viernes, 19 de agosto de 2016

La comezón del exilio


A veces en el exilio a alguien le entra una especie de comezón, natural y al mismo tiempo extraña, y comienza a manifestar un anticastrismo elemental, que repite viejos dichos y esquemas que ese mismo que sufre el padecimiento ahora, en otra época no solo rechazó sino se rio de ellos. U ocurre lo contrario, y el que es víctima del mal de pronto encuentra coincidencias y virtudes en lo que hasta ayer le producía repugnancia. No se trata de un problema ideológico, de cambio de posición y mucho menos hay una epifanía. Quizá la explicación sea más simple: cansancio, aburrimiento, ganas de ser distinto. Confieso no ser ajeno al síndrome, en ambas manifestaciones. Temo también que no exista inoculación, que una y otra vez el fenómeno se repita. Es posible que haya algo de envidia en ello, que se añore no ser como aquellos que se han mantenido firmes, en uno u otro sentido. El hecho cierto es que la comezón no respeta edades, ni años o décadas de exilio, por lo que puede afirmarse que casi nadie está a salvo de ella. La ciencia, por su parte, no la toma en cuenta. No figura en los manuales médicos al uso y hasta el momento ningún seguro la cubre. Tampoco aparece en los cultos más o menos esotéricos. La astrología ni siquiera la desprecia y los brujeros están ocupados con otras cosas. He pensado que  es posible que sea consecuencia del cambio climático, pero hasta ahora no he encontrado una institución, universidad o academia que esté dispuesta a dedicarle parte de su presupuesto.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Farsa y bochorno en la discusión sobre Cuba



El encuentro televisivo reciente —llamarlo “debate” es tergiversar la palabra— entre José Daniel Ferrer y Edmundo García, conducido por la periodista María Elvira Salazar en Mega TV, evidenció el despetronque, desde el punto de vista político e ideológico, en que ha caído del tema cubano.
El objetivo loable de poner a dialogar a dos figuras, mediáticas para los estándares de Miami, sirvió una vez más para poner al descubierto —pese o gracias al interés por conquistar audiencia de la emisora— ese descenso vertiginoso que desde hace años experimentan ambos extremos del espectro político referido a Cuba. Lo que se intentó presentar como discusión se redujo casi siempre, y por ambas partes, a un intercambio de lugares comunes, frases hechas, reproches manidos e intentos vanos de desacreditación mutua.
Lo lamentable no es lo que dicho despliegue de necedad pudiera representar para el futuro de la isla, porque en resumidas cuentas los interlocutores poco significan para dicho futuro, más allá de cierto rol limitado al espectáculo local, sino la contribución a limitar cada vez más la discusión visible sobre la situación cubana al choteo elevado a la categoría de problemática nacional. Por omisión, sumisión o desdén al enfoque serio, el fenómeno se repite en ambas costas del estrecho de la Florida. Interminables loas al “Comandante en Jefe” en la prensa oficial de la isla; banalidad en la televisión de esta ciudad.
Bajo esa óptica, cabe la sospecha de que tanto Washington como La Habana prefieren contribuir, aquí y allá, al esperpento como mecanismo de inmovilidad: con figuras así —elegidas no por su capacidad de referir sino por la posibilidad financiera que les permite desempeñar tal papel— poca ilusión queda para abandonar la espera.
Más lamentable aún si se toma en cuenta que los dos personajes aparentan simbolizar, o al menos juegan dentro de escenarios surgidos en fechas relativamente reciente, y que con su presencia —por edad, historial y supuestos grupos de referencia— serían, pudieran o aspiran a convertirse en nuevos actores dentro de dicha problemática.
Ese posible activismo —no importa que se ejerza de una manera clara o se encubra desde el ejercicio periodístico— ha nacido viciado por un aspecto que los delata, en acciones más que en palabras. En ambos casos sus posiciones, aparentemente asumidas de cara a situaciones nuevas —el ejercicio de una oposición pacífica a pesar de la fuerte represión en la isla y la práctica de un discurso acorde a La Habana en la ciudad de Miami—, no se trasladan a una práctica innovadora, porque esos supuestos marcos de referencia con los que intentan fundamentar su discurso no se complementan con su base de sustentación.
En última instancia todo se reduce a que sus grupos de referencia no son los mismos que sus grupos de pertenencia.
Es por ello que el supuesto debate, en vez de girar sobre la Cuba del presente y del futuro, volvió a caer una y otra vez en el pasado.
Dentro de lo que podría caracterizarse como dinámica del intercambio, García dominó a las claras. No solo por su capacidad para lo que podrían considerarse los mecanismos de este tipo de debate en Miami, sino fundamentalmente por la incapacidad de su oponente para trascender esos términos. Fue capaz de llevar al titubeo a Ferrer sobre el tema Posada Carriles, cuando la respuesta clara e inmediata de este debió haber sido el deslindarse de una figura con la cual no solo no es posible identificarlo de forma directa, sino que resulta completamente ajena en estos momentos a la situación cubana. Consiguió además que Salazar se desdijera sobre la “golpizas” en los videos de las manifestaciones opositoras. Supo aprovecharse de un viejo vicio del discurso de exilio: repetir clichés, frases hechas y sin sustentación en imitación a lo que se hace en Cuba: el discurso democrático exige responsabilidad, incluso en Miami.
Remitir a Posada Carriles, aprovechando y dando por sabido el nexo en el pasado de la Fundación Nacional Cubano-Americana (FNCA) con el terrorista, es una trampa recurrente, pero también fácil de desenmascarar: en la actualidad los fondos de Washington al grupo de los derechos humanos de dicha organización no se destinan a acciones terroristas. Puede cuestionarse la dependencia dichos fondos, pero dicho cuestionamiento no debe incluir una vinculación con el terrorismo. Si el actual Gobierno estadounidense ha sacado a Cuba de la lista de países terrorista, por qué La Habana no hace lo propio y saca de “su lista” a la FNCA. Si argumentar sobre el pasado no es válido cuando se trata de valorar en ese terreno al régimen cubano, por qué es válido referirse a esa otra época para el otro bando.
García, que este aspecto de la discusión pudo recurrir impunemente a la mentira —negar que el terrorismo en las ciudades fuera una práctica del Movimiento 26 de Julio para aliviar la presión de la lucha en las montañas—, ante la falta de respuesta apropiada de Ferrer, por desconocimiento o desinterés.
Lástima que ambos no supieran —o no pudieran— escapar de dicho encierro, cuando precisamente ha sido el cambio de situación generado a partir de una nueva actitud por parte de la Casa Blanca lo que les ha permitido a los dos ampliar su presencia ante las cámaras de la televisión de Miami.
Es por eso que, a falta de planteamientos serios sobre lo que ocurre en Cuba, la discusión se limitó a los intentos de descaracterizar al contrario, el retroceso a trincheras vacías, incluso el chiste ocasional y una lamentable ausencia de guardar las distancias. Todo ello pese a los esfuerzos, en ocasiones inútiles, de la moderadora.
Si se recuerda, como ya se ha señalado, que la misma periodista participó en un debate entre Ricardo Alarcón, entonces presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, y Jorge Más Canosa, en esa época chairman de la FNCA, poca esperanza queda.
Repetir que el envejecimiento del proceso cubano ha afectado no solo los círculos del poder en Miami, sino también al liderazgo del exilio y de la oposición pacífica no pasa de una perogrullada. Pero constatar ese deterioro no debe dejar de alarmarnos.
Se puede argumentar que la remisión al pasado resulta inevitable ante la permanencia del sistema establecido tras el 1ro. de enero de 1959. Cabe señalar que ambas esferas cuentan con representantes de mayor calibre intelectual. Nada de ello elimina el destacar que el descenso a niveles de sobrevivencia elemental, al referirse a Cuba, empaña el propio objeto de discusión.
Jorge Mañach, en su Indagación del choteo, criticó las funestas consecuencias —en el orden moral y cultural— de una práctica que no podía justificarse sino como “un resabio infantil de un pueblo que todavía no ha tenido tiempo de madurar por su cuenta”;  desde “el arribista intelectual que ha sentado plaza de maestro” hasta “el político con antecedentes impublicables”.
Lo peor no es convertir la política en broma, algo que puede resultar saludable, sino limitar el discurso a una broma transformada en política. 

lunes, 15 de agosto de 2016

La silla


Fidel Castro cambió el trono por la silla. Acabamos de verlo en el acto en su honor, por cumplir 90 años, en un teatro de La Habana. La silla, omnipresente y ajena, interrumpe la fila de butacas. Uno se pregunta qué fue necesario para tenerla allí: simples destornilladores, sopletes de acetileno, soldadores de arco. Es lo de menos. Donde quiera que Fidel Castro va, también va su silla. Podría pensarse en necesidades de la edad, comodidades requeridas por un anciano, estampa de decadencia, pero es más que ello: es un símbolo del poder.
Los griegos colocaban tronos adicionales, vacíos, en los palacios reales y los templos de modo que los dioses pudieran estar presentes donde quisieran estar. Los romanos tenían dos tronos, uno para el emperador y otro para la diosa Roma, cuyas estatuas fueron asentadas sobre los tronos y los convirtieron en centros de adoración. El trono del emperador de China fue visto como el centro de la Ciudad Prohibida, que era el centro del mundo. La serie de puertas y de pasos que un visitante necesitaba traspasar antes de alcanzar al emperador fue diseñada para sobrecoger.
Una silla acompaña a Fidel Castro a todas partes. Aparece en las fotos de las visitas de mandatarios extranjeros en su casa; en las celebraciones públicas de estos diez últimos años, cuando ha participado en la presentación de un libro o en cualquier homenaje público; también en sus reducidas apariciones en la Asamblea Nacional de Poder Popular.
Para Castro, un asiento tiene gran importancia. Cuando el niño Elián González se encontraba en Miami, el entonces gobernante cubano visitó su escuela y declaró “intocable” la silla de Elián.
De espaldar más alto que las demás del salón plenario, tapizada en cuero beige, la silla de Fidel Castro permaneció vacía cuando su hermano Raúl fue electo presidente. “Fidel es insustituible”, dijo en su discurso el nuevo gobernante.
Entre julio de 2006 y diciembre de 2007, durante tres reuniones ordinarias del Parlamento cubano, la silla de Fidel Castro permaneció vacía. Una botella de agua, cerrada, inútil y sin destinatario, contribuyó al simbolismo.
El encerrarse en un sitio exclusivo, distinto al común de los mortales, es propio de monarcas y papas, aunque ahora algunos reyes lo rechazan. Los políticos electos —en parte por obligación e hipocresía— tratan de brindar la imagen de no caer en ello.
Uno contempla a Christian Thielemann dirigir una obertura de Wagner. Finaliza la ejecución y la cámara cambia, muestra a Joseph Alois Ratzinger, sentado en una especie de trono, colocado en medio del pasillo que permite la entrada a dos filas de lunetas. El pontífice aplaude con parsimonia estudiada y la curia a su alrededor lo imita con prudencia, incluso con cierto temor a extralimitarse o quedarse corta en el entusiasmo. Aislado y al mismo tiempo parte de la representación, compitiendo con ella como la esencia del verdadero espectáculo. Único y rodeado de seguidores, como un papa laico, Fidel Castro convierte la celebración de su cumpleaños en reafirmación y acto político, imponiendo su presencia, que es el pasado.

sábado, 13 de agosto de 2016

Preludio triste y sin muerte de Fidel Castro


Cuentan que a principios de la década de los años 1960, la época en que Fidel Castro solía acudir por las noches a revisar o preparar la portada del periódico Revolución, sucedió esta anécdota.
Una noche, tras terminar Fidel su labor de editor en jefe, Carlos Franqui, entonces director del diario, bajó la escalera que llevaba a su oficina y le dijo a varios reporteros: “Suban, suban, para que conozcan a Fidel”.
Uno de ellos no respondió y se quedó sentado.
Comenzaba a subir de nuevo la escalera Franqui, cuando se dio cuenta de la ausencia.
“¿Qué pasa Rine? ¿No quieres conocer a Fidel?”
Entonces Rine Leal, que continuaba tras su mesa y había vuelto a escribir a máquina, como si nada estuviera sucediendo, le dijo con voz pausada y expresión inquieta.
“No, no. No tengo ningún problema con conocer a Fidel. Lo que me preocupa es que él me conozca a mí”.
De haber tenido igual oportunidad por los años 70, no hubiera mostrado una reserva igual a la de Rine y mucho menos me hubiera atrevido a declarar una previsión tan peligrosa. Veía a Fidel con relativa frecuencia, pero nunca nadie me lo presentó. Una noche intenté acercármele, durante media hora avancé lentamente en medio del grupo que lo rodeaba y pensé haber logrado eludir con mi disimulo la vigilancia de dos de sus escoltas. Fue entonces que un tercero, al que no había visto, se limitó a decirme: “Hasta aquí”. Nunca más volví a intentarlo. Comprobé lo que mucho antes Rine logró intuir: era peligroso tratar de estar cerca de Castro.
¿Castro? Confieso que esta distinción impuesta en Miami me resultó ajena por muchos años y solo ahora no me molesta. Si empalagoso es el oír el “Fidel” o el “nuestro querido Fidel” de los adulones en la Isla, tampoco me entusiasma un “Castro” que quiere anular cientos de frustraciones en el exilio enfatizando con ira un apellido. Hoy puedo mezclar ambas palabras a mi antojo, dueño al menos de la forma de nombrarlo, sin practicar la fidelidad de la Isla ni el anticastrismo del “exilio histórico”.
Fidel fue una presencia frecuente —a veces venía una o dos veces por semana, en ocasiones pasaban un par de meses sin verlo— en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana cuando yo luchaba por graduarme de físico nuclear y luego de psicólogo. Luego esas visitas fueron distanciándose más, pero antes de que esto ocurriera decidió limitar los temas de aquellas “conversaciones”, que con frecuencia se extendían por varias horas. Nada de política internacional dijo un día, “porque luego lo dicho por él en aquel lugar se interpretaba como la posición oficial del Gobierno”.
Esa reserva inicial marcó el comienzo de un distanciamiento. Poco a poco se encerró más y más en su despacho de la Plaza de la Revolución y en sus visitas programadas o “sorpresivas” y en las actividades políticas en las cuales consideraba indispensable su presencia.
Sin embargo, a punto de iniciarse la década del 1980 —que cambió por completo al país con el éxodo del Mariel— todavía contemplaba a veces su caravana de jeeps por la avenida 26 en el Vedado, rumbo a la calle 23 para doblar a la izquierda y dirigirse hacia Miramar y la zona de las playas, avanzando a poca velocidad y respetando los semáforos. Él sentado al frente en uno de los vehículos. Pienso que mi generación fue la última que conoció a un Fidel más o menos cercano, pero en muchos de nosotros esa cercanía personal nunca logró disminuir el hecho de que estábamos obligados a aceptarlo.
Cuando Castro finalmente muera, creo que podré recuperar la imagen  de un Fidel de poco más de 50 años, que es la que domina mi vida de adulto en Cuba, y también la del gobernante joven que marcó mi niñez y adolescencia. Pero en ambos casos, estos recuerdos solo serán un asidero para volver a mi propia juventud y nunca una añoranza de una época heroica.
Quienes el primero de enero de 1959 éramos niños, nacimos bajo un signo hasta cierto punto siniestro: no somos los hijos de la Revolución —que vinieron después—, sino sus hijastros.
 Por capricho o necesidad de la que nos enseñaron era nuestra segunda madre —la tan traída y llevada patria cubana— fuimos entregados a un padre putativo, dominante y despótico, también sobreprotector y por momentos generoso, al que tratamos no solo de complacer sino de obedecer siempre. No nos quedaba otra alternativa, fue siempre nuestra justificación.
Vinimos al mundo con un destino injusto: ser una generación puente. Nuestro pecado original fue no nacer lo suficiente temprano para participar en la lucha revolucionaria, ni lo suficiente tarde para vivir en el “mundo glorioso del comunismo”.
Nunca tuvimos derecho a la vana ilusión de la infancia feliz de la pañoleta de pionero ni al miedo real de la pistola terrorista oculta bajo la camisa. Nuestro destino vulgar se caracterizó por el aburrimiento: el trabajo productivo y la guardia nocturna con el fusil sin balas.
Lo primero que nos quitó la revolución de Castro fue el derecho a la adolescencia. Mientras los jóvenes en todo el mundo quemaban banderas norteamericanas, desafiaban el poder establecido y fumaban mariguana, nosotros —pelados y obedientes— marchábamos bajo el sol ardiente y fingíamos una moral estoica y una entrega absoluta a unos ideales que nos habían impuesto sin nuestro consentimiento.
No puedo entonces abrigar emoción alguna por un Fidel heroico y rebelde. Me justifica la esperanza de que mi sentimiento es compartido por millares, que como yo recordamos con desprecio al gobernante que nos prohibió a los Beatles, obligó a tener el pelo corto e impuso la insoportable estupidez de considerar que el vestir un pantalón vaquero —“pitusas” los llamábamos entonces— era una provocación ideológica.
Se hizo todo lo posible para impedirnos la posibilidad de equivocarnos con una apariencia viril, de luchar en uno y otro bando. Cuando llegamos a la edad de matar y morir, impunemente o no, las guerras habían concluido; se limitaban a una opción para escogidos y estaban distantes aún las conquistas africanas plagadas de corrupción y sacrificios inútiles (fue el exilio quien vino a librarme de participar en ellas).
Cuando cumplí la mayoría de edad estaba vigente la Ley del Servicio Militar Obligatorio, el permiso de salida permanente del país vedado para los jóvenes y la enseñanza convertida en un ejercicio de chantaje que obligaba a demostrar no sólo una callada obediencia sino también una participación activa en las “tareas de la revolución”.
A mi generación le fue imposible ver en Fidel al joven rebelde, apoyado o rechazado por decisión propia, sino admitirlo como un dios natural, impuesto por la historia convertida en religión de las masas. Sus largos y fatigosos discursos leídos con desgano pero con apariencia de interés en reuniones y “plenos estudiantiles”, donde se “discutían” las oraciones pronunciadas por el Comandante en Jefe para concluir sin disensión alguna que todas eran perfectas, con las comas bien colocadas y los puntos —especialmente el punto final— apuntando siempre al corazón del enemigo.
Fuimos maestros de la espera. Nos enseñaron a dominar el arte de la paciencia: un futuro mejor, un cambio gradual de las condiciones de vida, un viaje providencial al extranjero. Nos enseñaron también a no arriesgarnos, a no creer en el azar, a resignarnos a la pasividad.
Todavía a veces seguimos esperando. Hemos hecho todo lo posible para cumplir nuestro destino sin su presencia. Si hemos podido desterrarlo de nuestras vidas, el día que fallezca debemos tratar de olvidar su muerte lo más rápido posible. No lograrlo sería otra frustración. Intentarlo al menos nuestra mayor esperanza.
Un amigo me repite que, cuando ocurra la muerte de Fidel Castro, quiere estar en un país desconocido, donde se hable una lengua que él ignora, se escriba en un alfabeto que le resulte indescifrable y las imágenes estén prohibidas.
Es un anhelo imposible. No puedo afirmar que será una de las noticias más importantes de este siglo, pero en muchos resultará definitoria.
Para acumular respuestas falta un elemento clave. Hay un ciclo que sigue sin cerrarse. Tendría que comenzar por una interrogación: el significado final de las acciones de un hombre que —de una forma u otra— influyó casi siempre en millones de vidas. Una influencia que fue disminuyendo con los años, hasta un estar pero no estar que deja abierta todas las interrogantes y no ofrece respuesta alguna.
Con el tiempo he llegado a la conclusión de que prefiero la sorpresa. He renunciado a tomar medidas para cuando Castro muera. Solo puedo aventurar que representará muchas horas de trabajo adicionales, si estoy vivo y si estoy trabajando. Traerá varias frustraciones y un par de desengaños y me hará todavía más cínico. Me resisto, sin embargo, a matar la esperanza.
Respecto al futuro de Cuba no cabe tanta indecisión. Un país no debe mantenerse indefinidamente anclado a parcelas excluyentes. La ruptura y la continuidad tienen un precio muy alto. Una nación no puede fundarse cada unos cuantos años. Tampoco permanecer estancada.
No ha sido fácil acostumbrarse a la idea de que Castro no será juzgado, condenado o al menos enfrentado a sus errores y desmanes. Sin embargo, se ha convertido en una realidad que nadie discute.
Para las naciones, la justicia y el desarrollo marchan casi siempre por caminos opuestos. La estabilidad y mejora del nivel de vida de los ciudadanos se alcanza, en muchas ocasiones, a través de las vías más mediocres y menos gloriosas.
Resulta curioso no estar listo para algo inevitable. Creo que es un sentimiento compartido, salvo por quienes tienen la tarea de no dejarse sorprender. No hablo de los planes de contingencia en Miami y Washington. Sé que a cada rato los periódicos desempolvan el obituario y le agregan nuevos datos al obituario de Castro. Más de un político lleva años trazando una estrategia para ese día.
Así que si Fidel Castro muere mañana, dentro de uno o dos meses, cinco o diez años, más allá de la pormpa y circunstancia luego solo quedará uno o muchos recuerdos amargos.

La sombra de Castro


Fidel Castro se ha deconstruido en los diez últimos años. Cuando Castro se retiró del mando cotidiano del poder en Cuba hizo una elección obligada. Entre el poder y la vida decidió por la última. Se aferró a resistir al precio de sacrificarlo todo o casi todo. Ese Alejandro que persiguió con un nombre repetido en documentos e hijos no es ahora más que eso: un nombre, apenas un ideal, jamás un modelo. Mucho menos un estilo de vida. Morir joven nunca entró en sus planes. Abandonar el poder tampoco. Pero sabe adaptarse a cualquier circunstancia. Si el precio es muy alto, no hay que pagarlo. Alejandro El Magno está bien para los libros de historia, pero hace rato que ese destino quedó atrás y todo sacrificio tiene un límite. Aunque no lo parezca, su capacidad en ese sentido es muy limitada. La vida, pese a las vejaciones de la enfermedad, la humillación de la edad y los desengaños del cuerpo vale aún la pena. Solo es necesario acomodarse a las circunstancias, adaptarse a los tiempos, salvar lo que aún puede ser salvado.
Lo que vale la pena salvar se resume en aspectos muy concretos. En primer lugar, la continuidad de un proceso. No por una fe absurda en su futuro, sino por una utilidad práctica. Existen otros lugares para los pocos años que aún espera le quedan por delante, pero ninguno como la Isla. Contribuir a esa continuidad es su tarea principal en estos momentos: demostrar que está vivo y está ahí. Sabe que su presencia es necesaria para todo siga igual o para que lo que cambie no lo afecte. Una permanencia que ya puede prescindir de inmiscuirse en todos los aspectos de la vida cotidiana de los cubanos, pero que aún no puede renunciar a su estampa, ahora modificada.
Lo segundo es un proceso de símbolos, de imágenes que se han explotado hasta la saciedad durante decenas y decenas de años. Por un tiempo se preparó a la población y a sus aliados para que aceptaran ese nuevo papel: de guerrillero a viejo sabio, de estadista a consejero, de lo invulnerable a lo frágil. Requirió todo un proceso, y eso es lo que con habilidad realizó el régimen de La Habana: sin sobresaltos, pero sin despertar ilusiones. Las constantes referencias a  la edad, las advertencias sobre los abusos al cuerpo en otra época, que de forma implacable le pasaron la cuenta a quien parecía invencible. Pero sobre todo, para no dar pie a la posibilidad de una derrota. No fue un destino estoico, una salida heroica o una inmolación. Para símbolo de la entrega al ideal revolucionario ha bastado con el Che. Poco importa si son sus restos o no los que se encuentran enterrados en Santa Clara. Lo importante ha sido el hecho de que la Isla atesora su imagen. Lo demás es secundario.
Fidel Castro le viene haciendo un favor a sus seguidores. A veces no importa lo que escribe o lo que habla, otras sí. Pero al final lo único que vale es que está ahí. Lo que escribe puede ser interpretado como un conjunto de significados dispersos o simplemente una muestra de torpes banalidades. Es válido argumentar que durante esta década sus textos encierran una pluralidad de ideas o que se ha contradicho una y otra vez: que se ha limitado a una interminable regresión de repeticiones destinadas a no decir nada. Detenerse en sus cualidades intrínsecas es una trampa, porque siempre han estado destinados precisamente a la inestabilidad, lo fortuito, a la falta de una presencia evidente y a desviar la atención de lo fundamental: perder el tiempo diciendo que en muchas ocasiones el exgobernante cubano desvaría, que su mente pasa de un tema a otro obviando las leyes elementales de la coherencia y que se entretiene en aspectos que guardan poca o ninguna relación con lo que ocurre en Cuba no es más que seguir al pie de la letra los propósitos que obedecen a su creación: hacerle el juego a Castro.
Una y otra vez, por ignorancia o conveniencia, buena parte del exilio ha entrado en ese juego. Con una falta de pudor absoluto en la lógica se ha corrido a  afirmar que el mandatario está “decrépito”, “enloquecido” y al borde la muerte, y al mismo tiempo corrido a escuchar o leer sus palabras. Nunca un enemigo tan supuestamente débil ha obtenido tanto con tan poco. Luego de diez años el “Comandante en Jefe” es aún es capaz de movilizar a sus enemigos frente a una pantalla, un texto o a la espera de una entrevista que se sabe no va a despejar incógnitas. Como lograr tanto con tan poco merece al menos el reconocimiento de una capacidad para entretener superior a cualquier programa de televisión. Para empeorar aún más las cosas, Castro es capaz de entretener aburriendo.
En esa batalla, no de idea sino de imágenes, La Habana siempre le ha ganado la partida a Miami. Reconocerlo no es demostrar fervor por la situación en la Isla, tampoco una muestra de simpatía. Es simplemente decir la verdad. Basta contemplar las fotografías que aparecen en este blog y en la prensa de todo el mundo.
La adulación que se refleja en la prensa oficial de la Isla se ha extremado con la celebración de los 90 años de Castro. Pero ese juego de resaltar el mito no impide avanzar tímidamente por otra senda, casi siempre en apariencia, a veces en cuestiones importantes, pero siempre preservando la esencia fidelista de conservar el poder. En muchos casos en el exilio se ha caído en el agravante de un ejercicio voluntario de masoquismo. Jugar la carta del pasado ha definido por muchos años la única estrategia visible del exilio. Desde ese punto de vista, se entiende la incapacidad para entender lo que ocurre en Cuba. El célebre slogan “No Castro, no problem” ha resultado ser no mucho más que una calcomanía llamativa, para colocar en el guardafrenos trasero del automóvil, que resume una forma de pensar caduca, un círculo vicioso.
La verdadera pregunta, que se elude a diario es Miami, es bien simple: ¿Cómo es posible que esa figura frágil garantice aún la permanencia de un régimen? La repuesta difícil comienza por reconocer que algo más que un caudillo en su ocaso juega un papel determinante en la supervivencia de un sistema.
Ese jugar con las especulaciones y desbaratarlas es típico de los Castro, ambos hermanos. Cierto que cuentan con todo el poder que confiere un Estado totalitario, lo que permite que su interlocutor se limite a una expresión idiota y complaciente en todo momento.
Contrario a las apariencias, el análisis del estancamiento actual de la situación en la Isla debe partir de encontrar el verdadero vector de freno a la evolución del proceso cubano: Raúl Castro. No es Fidel quien frena a su hermano menor, quien ha impedido el avance de reformas y cambios. Es el general de ejército el que aún no se siente seguro en la guayabera de la presidencia, y la explicación es bien sencilla: falta de imaginación. La clásica distinción entre el creador y el traductor. Donde uno no se detiene, el otro duda. Esa carencia de imaginación de Raúl Castro y esa falta de osadía, características escondidas bajo una apariencia de hombre práctico y administrador eficiente, se han puesto de manifiesto durante esta década. Ya no es necesaria la figura de Fidel Castro en su permanencia física cotidiana. Basta con su imagen repetida, o apenas con su sombra constante. 

viernes, 12 de agosto de 2016

Los nuevos cubanoamericanos por Trump


No sé la cifra. Quizá se conocerá después de las elecciones. Impresiones y anécdotas. A eso se reduce todo. Comentarios, detalles. Pero es un fenómeno interesante. Algunos —¿varios?, ¿muchos?, repito que el número actual no me es posible precisarlo— cubanos que han llegado a este país en los últimos diez o quince años son fanáticos de Donald Trump, incluso antes de saber que existía. Si son ciudadanos y logran votar —otro detalle que ignoro—, el magnate tendrá que agradecérselo a Fidel Castro. Solo que este detalle ni lo sabe ni le interesa.
Las causas de ese fanatismo —lo siento, pero no tengo una mejor palabra para catalogarlos— hay que buscarlas en su formación. Es lamentable, pero se debe agregar que esa formación no fue buena. Por supuesto que no es su culpa, pero tampoco tiene que ser su condena. Quizá un día lo superen. Por otra parte, no soy optimista; nunca lo he sido, así que para mí por el momento están condenados: son incapaces de comprender a este país.
A quienes me refiero están formados por una mezcla extraña: han asimilado, aunque no comprendido, lo peor de dos mundos. Impedidos de distinguir matices. No es que lo vean todo en blanco y negro. Es algo peor. No fueron creados en un mundo donde la posibilidad de cambiar las circunstancias —políticas, sociales, económica— se consideraba, al menos, una utopía; algo peor, una idea, una actitud, una conducta peligrosa. Así que desde el principio decidieron que su única opción era sobrevivir a cualquier precio.
En muchos casos alejados de su familia, conviviendo con ajenos a los que no era prudente tratar como simples amigos e incluso compañeros —esa palabra tan desvirtuada en Cuba, donde, a diferencia de España, carecía de valor por completo, al punto de que en la actualidad se ha suprimido totalmente—, y pasaron años con “tías y tíos” en los albergues, profesores en las aulas, militantes como ellos en las reuniones políticas, parejas por una noche en una cama o un surco: siempre con desconfianza, con miedo a la traición; nunca manifestando su verdaderos sentimientos, sus objetivos en la vida, si es que tenían alguno: fueron desclasados, despolitizados, desposeídos, y por supuesto maltratados.
Luego llegaron a un país donde no comprenden que beneficios, derechos e incluso privilegios no han caído del cielo, sino que han sido necesarios años, décadas, siglos para conquistarlos. Y lo primero que les ocurre es que son desagradecidos, pero sin saberlo. En resumidas cuentas, la vida en Cuba los llevó a siempre fingir un agradecimiento que ellos creían —y tenían razón en ello— carecía de méritos. Fidel, Fidel, Fidel, y repetirlo resultó fácil porque la palabra no tenía valor. Oponerse no solo era inútil, sino también tonto: un riesgo innecesario propio de idiotas. Y así desarrollaron su capacidad de la forma más primitiva: lo elemental de la ley de la selva.
No es extraño que en esa selva, tan adentrada en su mente, Trump sea una especie de león al que se respeta: la crudeza, el desplante, el desprecio, incluso la violencia algo que reconocer y admirar.
Trump es el caudillo, el guía, el jefe, pero con una diferencia fundamental para ellos: es el “máximo líder” que se elige, no que les cayó impuesto desde antes de que nacieran. Y hay regocijo precisamente en ello: que Trump no se calle nunca. Mientras más barbaridades más regocijo. Un líder al que aplaudir y seguir alegremente, y si sale malo poco importa, porque de otro peor fueron capaces de escapar.
Trump está en contra del “sistema” —no se dan cuenta, por supuesto, que Trump es “el sistema”— y que bueno es estar al fin en contra del “sistema”, sin por otra parte tener que arriesgar nada. Trump los llena de una satisfacción que creian perdida, que nunca soñaron poder alcanzar en Cuba. Claro que en Miami es muy fácil estar en contra del Presidente —y es bueno que así sea—, pero mejor aún que pueda alardearse de ello y convertir entonces un derecho democrático en una pequeña rebelión. Rebelión a la que nunca aspiraron en Cuba.
Mejor todavía aterrizar en un lugar donde se pueden reclamar derechos y al mismo tiempo no tener conciencia de que hay que pagar por ellos. Más bonito todavía el estar dispuesto a negarse a contribuir a que otros los tengan también.
Lo primero es que Trump no es un “político”. Está aspirando a la presidencia de este país a través del mecanismo establecido democráticamente para lograrlo y siguiendo —es verdad que en ocasiones a regañadientes— los métodos creados para ello y doblegándose  a ese partido cuando no le ha quedado más remedio —por oportunismo y por cobardía— que nominarlo; pero dice que no es “un político”, y que dulce resulta creerle.
Lo segundo es que Trump es un pillo, pero eso lo saben y es otro motivo más para admirarlo: porque en Cuba se acostumbraron que los pillos eran quienes vivían mejor, y si se puede ser pillo sin peligro, y sin ser “político”, pues mucho mejor todavía.
Además de que Trump es rico y se hizo rico a sí mismo —su herencia, $10, $100 millones como él dice, se olvida enseguida—, sin necesidad de ser “político”, sin tener que militar en partido alguno para tener casas y edificios en donde quiere y viajar a donde quiere y comprar lo que quiere. Ni siquiera Fidel ha tenido tanto y Trump lo ha tenido sin tener que meterse en la política. Si se mete ahora es porque quiere. Y qué bueno eso de poder hacer lo que a uno le da la gana.
A Trump los otros lo envidian, pero ellos no envidian a Trump. Saben que nunca serán como Trump y no les preocupaba mucho, aunque en el fondo lo quisieran. Lo que de verdad saben que pueden es soñar con Trump, junto a Trump, y que delicioso es compartir el sueño de Trump.
Pero lo mejor de todo es reírse de los que dicen que Trump miente y que es irracional y que es despótico y traicionero y vengativo, porque todo eso les deleita de Trump, que en resumidas cuentas sabe como joder a otros y no le pasa nada.
Durante los años 90 y a principios de este siglo se creyó que iba a producirse un cambio político en Miami, y que la intransigencia de que tanto se acusaba y se acusa al llamado “exilio histórico” —con razón y sin ella— iba a desaparecer; que el aislamiento hacia Cuba —en su totalidad y no solo por razones políticas hacia el Gobierno de La Habana— desaparecería. El cambio demográfico y la biología producirían una transformación en Miami. Los demócratas se ilusionaron y los republicanos estaban asustados.
Los republicanos vieron el peligro e intentaron atajarlo —limitar contactos, remesas, viajes, incluso la llegada de más cubanos— y estaban en lo cierto en sus temores. Los demócratas se limitaron a repetir esa vieja tendencia que los sigue afectando de no hacer mucho y esperar que los nuevos electores le cayeran no del cielo sino de Cuba.
Pues bien, vino el cambio y viajar a Cuba cada vez es más fácil y frecuente y el dinero corre a conveniencia y los padres y niños en la isla no tienen que preocuparse ni siquiera por los uniformes, simplemente pedirlos a Miami. Pero no hay más demócratas, ni más republicanos, al menos no gracias a los “recién llegados”, y lo que hay es más independientes, gente que no se afilia ni a un partido ni al otro. Imposible determinar de momento si esa tendencia en el Miami actual se debe a un solo factor. Posiblemente no. Por otra parte no hay nada criticable en ser independiente y votar ahora por unos y luego por otros o por los dos a la vez según convenga. ¿Pero no cabe la sospecha que tras esa tendencia se encuentre también una actitud hacia el no comprometerse? ¿A evitar el descubrirse con una etiqueta, una clasificación, una categoría?
A lo que sí ha contribuido este cambio demográfico es a un hecho insólito hasta hace unos años: el tema Cuba ha quedado fuera por completo de la campaña presidencial.
Quienes han crecido en la isla después del 1ro. de enero de 1959 han estado demasiado “politizados” y huyen ahora de la política. Falso. La “politización” fue otra falacia, alimentada en buena medida por el propio régimen. Las generaciones posteriores a 1959 nunca estuvieron politizadas, porque para ellas esa politización impuesta fue simplemente obediencia, servilismo. Todo lo contrario, no creen en la política. Y que mejor ahora que preferir a un candidato que también dice no creer en la política, que reniega del establishment político —aunque él es la esencia del establishment económico— y que todo lo ve con la óptica del negociante.
Para Trump todo se reduce a la familia y el negocio. Lo vimos en la Convención Republicana, por si aún teníamos duda. Las mujeres de Trump, los que hacen negocios con Trump.
Mejor todavía, y más razón aún para tanta admiración. Trump vende la idea de regresar el país no a un Estados Unidos del ayer sino del mito. Ese Estados Unidos que por edad, por política, por geografía quienes nacieron en Cuba después de 1959 no conocieron y siempre anhelaron. El país detenido en sueños e ilusiones y del que quizá alguna vez y en secreto los viejos le hablaron. Más que a una nación de añoranza un idilio en forma de país. ¿Y cómo ahora nosotros vamos a querer que no voten por Trump?


jueves, 11 de agosto de 2016

Cuba y el trabajo esclavo



Casi un 60% de naciones se encuentra en un alto riesgo de usar trabajo esclavo en sus cadenas de suministros, de acuerdo a un nuevo índice global dado a conocer el jueves, que coloca a Corea del Norte como el país que tiene el peor historial de trabajo esclavo en el mundo. Por su parte, Cuba no figura en un lugar prominente en la relación.
Mediante el análisis del tráfico humano o esclavitud, las leyes nacionales y la especificidad y profundidad de las leyes para evitar este tipo de labor en 198 naciones, la firma de análisis de riesgo Verisk Maplecroft encontró que 115 naciones se encontraban en un riesgo elevado o extremo de utilizar esclavos.
“Pocas naciones en el mundo son actualmente inmunes a la esclavitud moderna”, señaló Alex Channer, un destacado analista de derechos humanos de Verisk Maplecroft.
Cerca de 46 millones de personas en todo el mundo están viviendo como esclavos, obligados a trabajar en fábricas, minas y granjas, vendidas para el comercio sexual, atrapadas en la servidumbre por deudas o nacidas presas de un sistema que les obliga a la servidumbre, de acuerdo al Índice Global de Esclavitud para 2016 del grupo de derechos humanos, la Fundación Walk Free, informa la agencia Reuters.
El índice está destinado a ayudar a los negociones en la identificación de los países con mayor riesgo de explotar trabajo esclavo.
De acuerdo a la directora de la fundación, Fiona David, se calcula que “dos tercios de los aproximadamente 46 millones de personas que viven en condiciones de esclavitud se encuentran en Asia. Hablamos de trabajadores forzados en las fábricas de ladrillos, niños mendigos en Afganistán y la India, gente que trabaja la tierra o en el sector textil obligada por sus deudas. La creciente población y su integración en las cadenas de valor globales de la región de Asia y el Pacífico puede dar como resultado unos costos laborales muy bajos en la producción de bienes y servicios que todos nosotros consumimos”, de acuerdo a una entrevista aparecida en el servicio de radiodifusión alemán Deutsche Welle.
En relación a Corea del Norte, la organización estima que unos 100.000 ciudadanos fueron enviados fuera del país para trabajar en condiciones equivalentes al trabajo forzado, a cambio de divisas para Pyongyang.
El régimen norcoreano requiere trabajo sin compensación económica por parte de adultos, niños escolarizados y estudiantes universitarios, y opera un extenso sistema de campos de trabajo, según apunta la fundación en su informe.
En el caso de Cuba, las cifras que brinda la organización en su índice son las siguientes:
Estimado de personas viviendo bajo un régimen de esclavitud moderna: 37.800.
Porciento estimado de la población viviendo en esclavitud: 0,332%.
Población: 11.390.000
Vulnerabilidad respecto a la esclavitud moderna: 32,05/100.
Este último índice es inferior al norcoreano (45,84/100) y también a los de Haití (43,65/100) y República Dominicana (38,13/100). Por su parte, estos son los indicadores para Estados Unidos (27,50/100) y España (24,16/100).
Respecto a la posición de predominio de la esclavitud en los países, los indicadores son los siguientes (una posición con mayor predominio ocupa los primeros lugares en el listado de 167 países): Corea del Norte 1, Haití 8 y República Dominicana 8, Cuba 35, EEUU y España 52.
En diversas ocasiones ha sido denunciada la explotación laboral de los ciudadanos por parte del Gobierno cubano.
Según un pacto entre Brasil y Cuba que fue negociado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la agencia regional dependiente de la Organización Mundial de la Salud de las Naciones Unidas, el Gobierno brasileño le pagará a Cuba el equivalente de $4.080 mensuales —o casi $ 49.000 al año— por cada uno de los médicos cubanos, escribió el periodista Andrés Oppenheimer en un artículo de agosto de 2013 que reprodujo el diario uruguayo El País.
La Federación Nacional de Médicos Brasileños, Fenam, ha dicho que “los contratos de los médicos cubanos tienen todas las características del trabajo esclavo”. Según el contrato negociado por la OPS, llamado Mais Medicos (Más Médicos), Brasil le paga a Cuba los $ 4.080 mensuales por médico, y luego Cuba le paga a los médicos una fracción del total. Y ahí está, precisamente, el problema: ni Brasil, ni Cuba, ni la OPS dicen qué porcentaje del salario pagado por Brasil le pagará Cuba a los médicos cubanos, escribe Oppenheimer.
Solidaridad sin Fronteras, una organización con sede en Miami que ayuda a los médicos cubanos en todo el mundo, dice que el Gobierno cubano paga a los médicos que trabajan en Brasil y en otros países entre $250 y $300 mensuales, es decir alrededor del 7% del salario pagado por Brasil al Gobierno cubano. El 93% restante va a parar a los bolsillos del Gobierno cubano, dice el grupo. “Es un sistema de esclavitud moderna“, me dijo en una entrevista Julio César Alfonso, presidente de Solidaridad sin Fronteras, agrega el periodista.
En febrero de 2010, siete médicos y un enfermero cubanos demandaron a Cuba, Venezuela y a la empresa estatal de este último país PDVSA por presunta conspiración para obligarles a trabajar en condiciones de “esclavos modernos”, como pago por la deuda cubana con el Estado venezolano por suministro de petróleo, denunció Amnistía Internacional.
Los demandados, “intencional y arbitrariamente”, colocaron a los profesionales de la salud en “condición de servidumbre por deuda” y estos se convirtieron en “esclavos económicos” y promotores políticos, según el documento de la demanda presentada en EEUU.
El 22 de agosto de 2015 alrededor de medio centenar de cubanos que abandonaron las misiones médicas de Venezuela se concentraron en Bogotá para denunciar "el limbo legal" en que se encontraban casi mil de ellos que permanecían a la espera de un visado para EEUU y habían agotado su tiempo de estancia regular en Colombia
Según datos oficiales de Migración Colombia, en total 720 cubanos habían ingresado en el país en lo que iba de año de manera irregular tras desertar en Venezuela.
Actualmente, según esos datos, 117 de ellos estaban a la espera del visado estadounidense, mientras que 603 ya habían deportados en lo que iba de 2015.
Sin embargo, ese dato contrastaba con el que manejaban los propios cubanos ya que, según explicó el médico José Ángel Sánchez, desde enero hasta la fecha estimaban que alrededor de 1.600 habían ingresado a Colombia.
“Nosotros somos esclavos modernos, tomé la decisión de abandonar la misión para buscar una mejor solvencia económica”, destacó entonces la médico Inalbis Lao Miniel.
Lao Miniel explicó que con el salario que percibían en Venezuela “apenas cubren las necesidades básicas de cualquiera” y debían vivir en infraviviendas, lo que hizo que se contagiara con dengue.
El problema de los cubanos que llegan a Colombia en la búsqueda de una vía para llegar a EEUU continúa presente actualmente.
En una información de Cubanet se denunció las pésimas condiciones de vida en que se encontraban los presos cubanos en los campamentos de corte de marabú y producción de carbón en 2015.
“Casi siempre están ubicados en lugares distantes y solitarios, y  por lo general no permiten la visita de familiares para evitar que se conozcan las verdaderas condiciones de vida de los reos que allí laboran“, relata la información de Cubanet.
“Declaraciones de algunos presos durante una visita al Campamento de Reclusos de Guasimilla, en el municipio granmense de Bayamo, trasladados allí desde la prisión Provincial de Las Mangas para cumplir con parte de su castigo, desempeñándose como carboneros, ponen al desnudo la lamentable historia de dolor y esclavitud moderna que viven a diario”, agregaba Cubanet.
En julio de 2015 Cuba y Malasia salieron de la lista de EEUU de países que no combaten la trata de personas y la esclavitud moderna, una medida que fue criticada por un legislador demócrata y activistas.
“Las mejoras a la calificación de Malasia y Cuba son ejemplo de la politización del informe y el sello de aprobación a países que no han tomado las medidas básicas para hacer honor a esta mejora”, consideró entonces el senador demócrata Robert (Bob) Menéndez.
El 31 de julio de 2016 la agencia de noticia oficial cubana Prensa Latina publicó la información de que la primera ministra británica, Theresa May, anunció ese día que el primer grupo especial confeccionado para hacer frente a la esclavitud moderna va a ser establecido en Reino Unido, en aras de erradicar dicho lastre.
“La ley de esclavitud moderna presentada por May, primera de su tipo en Europa, permite la aplicación de nuevas sanciones para aquellos que subyuguen o esclavicen a sus similares”, señalaba Prensa Latina.
Es evidente que una ley similar no puede establecerla el Gobierno cubano. Al menos que esté dispuesto a sentarse en el banquillo de los acusados.