domingo, 30 de octubre de 2016

El ídolo roto


Para algunos de sus admiradores seguramente es una decepción. Otros se mantienen fieles a sus ídolos. El fallecido lanzador estrella de los Marlins, José Fernández, estaba legalmente ebrio y tenía cocaína en el cuerpo cuando perdió la vida en un accidente con su embarcación el mes pasado, según el informe toxicológico dado a conocer el sábado.
La presencia del alcohol en los hechos no resultó una sorpresa. Los tres jóvenes —con Fernández iban Emilio Jesús Macías y Eduardo Rivero— que fallecieron en el accidente marítimo habían sido vistos en el American Social, un bar de lujo en el río Miami. Pero la presencia de droga en el cuerpo de Fernández sí es una sorpresa. El que sus índice de alcohol resultaran tan elevados abre el camino a complicaciones legales.
Aunque los dos acompañantes de Fernández tenían alcohol en el organismo, ninguno estaba legalmente ebrio, indica el informe de Medicina Legal del Condado Miami-Dade. Sin embargo, uno de ellos, Rivero, también tenía cocaína en la sangre.
Fernández tenía un contenido de alcohol en la sangre de 0,147, muy por encima del límite legal de 0,08. Otra medición indicó que el nivel de alcohol era exactamente dos veces el máximo permitido. Todo de acuerdo a la información publicada en el diario de Miami El Nuevo Herald.
Como suele ocurrir en esa ciudad, en la historia de Fernández el deporte se mezcla con la política, la imagen del exilio cubano y las posibilidades que brinda el abandonar Cuba.
Por ello su caso dará aún mucho que comentar. En primer lugar el joven deportista era un héroe local y también una conclusión optimista que podía esgrimir la comunidad cubana de Miami frente a frustraciones anteriores.
“En esas dos décadas, creo que solo otro suceso ha conmocionado a los cubanos de Miami tanto como la muerte de Joseíto: el caso de Elián González”, escribió la periodista Ivette Leyva Martínez en CaféFuerte.
“José logró lo que muchos deseaban para Elián: ser la encarnación del sueño americano. Ambos lograron salvarse de naufragios en ese mismo mar que ha devorado a tantos cubanos en busca de lo que José, inmenso, logró sin aparente esfuerzo”, agrega Leyva en su columna titulada José Fernández, el héroe fugaz.
“En solo 24 años lo fue todo: salvador -de su madre en el mar-, sobreviviente -de esas mismas olas y de una cirugía que puso en peligro su vida deportiva-, atleta superdotado y alabado por todos, líder de su equipo, ídolo de multitudes, objeto del deseo, encarnación del espíritu competitivo y de la alegría de vivir. Todo, excepto más tiempo”, enfatiza Leyva Martínez.
Ahora la imagen de Fernández se ha tornado menos mítica, más cercana a la realidad, quizá más humana.
“A sus 24 años, Fernández era demasiado humano y ese impulso vital que le hacía ganar juegos y dominar rivales en los terrenos de béisbol aparentemente le llevó a habitar en alguna zona oscura en las que muchos entramos, aunque pocos tenemos el coraje de admitirlo”, escribe Jorge Ebro en El Nuevo Herald, y titula su pieza José Fernández, el imperfecto héroe de Miami.
Solo que, siglos después de la antigua Grecia y olvidando aquellos tiempos de la Ilíada y la Odisea, nos hemos acostumbrado a que los héroes no surgen con imperfecciones —aunque las tengan—, y en especial los héroes para los cubanos, cuyo Olimpo no recuerda a Ítaca y Troya sino al catecismo católico.
Por ello, por ser un héroe local, no ha sido sencillo dar a la luz pública el resultado del informe forense.
La publicación del informe toxicológico ocurrió un día después de que el Miami Herald demandara a la Oficina de Medicina Legal de Miami-Dade con el fin de que entregara los resultados del examen.
La semana pasada, el Miami Herald obtuvo una copia de una orden de registro que indicaba que los cuerpos de los hombres emanaban “un fuerte olor a alcohol” cuando llegaron a la morgue. También se encontró un recibo del American Social en el bolsillo de uno de los hombres.
El accidente era investigado por la Comisión de Conservación de Peces y Vida Silvestre de la Florida (FWC, por sus siglas en inglés), que inicialmente alegó que no se podían publicar los documentos debido a la investigación penal en curso. Sin embargo, el Herald alegó que no se habían presentado cargos penales contra nadie porque todos los que iban en la embarcación fallecieron.
El informe fue dado a conocer después de que la FWC se negara a ser parte de la demanda. “El Condado Miami-Dade se enorgullece de tener un gobierno transparente”, dijo el alcalde condal Carlos Giménez en un comunicado de prensa que explicó las razones por las que la FWC declinó participar en la demanda.
El abogado de la familia del pelotero insistió el sábado en que Fernández no estaba pilotando la embarcación cuando chocó con un rompeolas.
Señala que un testigo que hablaba por teléfono con Fernández “en el momento del impacto”, según el abogado. El testigo dijo a la policía y al abogado de Fernández que el lanzador “le estaba diciendo a la persona [que pilotaba la embarcación] que se desviara a la izquierda, a la izquierda, lejos de la orilla… y poco después se interrumpió la comunicación”, dijo el abogado.
La versión del testigo está respaldada por registros telefónicos y mensajes de texto, según el abogado de Fernández, quien cree que Macías estaba pilotando el SeaVee, llamado “Kaught Looking”.
El dato, sin embargo, tiene una gran importancia ante cualquier posible querella judicial pero se coloca a un lado de lo realmente importante para la comunidad cubana de Miami: levantar un estandarte de ejemplaridad —el hijo salvador de su madre de las aguas y la carrera triunfal en Estados Unidos— frente a la decepción del caso Elián. Y cabe la posibilidad de que el ángulo del alcohol y la droga sea explotado por la prensa oficial cubana, con mayor o menor discreción. No es difícil tampoco vaticinar este ángulo: convertir la figura de triunfador en víctima.
A los efectos de la valoración deportiva, el resultado del informe forense será de poca trascendencia en última instancia: su muerte temprana, simpatía y logros en los estadios superarán cualquier otra valoración.
Aunque tanto en Miami como en La Habana la política se impone sobre cualquier otro aspecto, la desafortunada muerte de José Fernández ha cobrado otra dimensión.


viernes, 28 de octubre de 2016

Cuba y las lecciones venezolanas


Si el presidente Nicolás Maduro está en problemas, con una situación que cada día escapa más de sus manos, el Gobierno cubano también debe estar preguntándose qué hizo o qué no hizo en su labor de asesoramiento de seguridad, pero más que un problema de los maestros, lo que ha ocurrido es que los alumnos salieron malos, indisciplinados y torpes.
No hay duda que el principal culpable de lo que está ocurriendo en Venezuela es Maduro, quien desde su llegada al poder ha sido incapaz de lograr el control del país. Ni Caracas es La Habana, y el dominio absoluto sobre todas las instituciones —políticas, económicas y sociales— que alcanzó Fidel Castro en corto tiempo, está muy lejos de la realidad venezolana. Pero más allá de las verdades obvias vale la pena detenerse en algunos datos y detalles, para tratar de descifrar similitudes y diferencias.
El temor de que en su país se repita lo ocurrido en Cuba es un reclamo constante de los manifestantes venezolanos. Sin embargo, no hay comparación entre lo que está ocurriendo allí y el proceso cubano, como antes tampoco la hubo con el Gobierno de Salvador Allende en Chile y el primer régimen sandinista en Nicaragua.
La destrucción de la sociedad civil en Cuba fue rápida y completa, por el mismo hecho de que estaba profundamente debilitada. No es lo mismo llegar al poder mediante las urnas, a consecuencia de un legado de corrupción incubado a lo largo de varios gobiernos democráticos, como ocurrió en la Venezuela de Hugo Chávez, que apoderarse del mando luego de una insurrección armada, tras el derrocamiento de una tiranía sangrienta y de la desbandada de un ejército desmoralizado.
Como hizo en su momento Chávez, durante el intento de golpe de Estado en su contra en el 2002, las calles venezolana han vuelto a llenarse de disparos, heridos y agresiones físicas.
La “toma de Venezuela” finalizó el miércoles con un saldo provisional de al menos 120 manifestantes heridos, un policía muerto, otros dos heridos y 147 opositores detenidos, que el jueves continuaban arrestados, la mayoría en varios estados del país, según anunció por su parte el líder opositor Henrique Capriles, que hizo un recuento, mostrando las fotos de los heridos de bala, según informó el diario español El País.
La oposición venezolana ha dado de plazo hasta el próximo jueves al chavismo, para que acepte un acuerdo que permita celebrar elecciones para salir de la grave crisis que vive el país. Un ultimátum que llega con la amenaza de forzar la destitución de Maduro en una acción combinada del Parlamento y de la movilización social informa el periódico español ABC.
La Mesa de Unidad Democrática (MUD) ha convocado una huelga general de 12 horas para hoy viernes, que se celebrará en un ambiente de fuerte tensión y bajo la sombra de que el país se vea atrapado por una ola de violencia y represión a la vista de las detenciones y heridos registrados durante las masivas marchas del miércoles.
Para intentar disuadir a la población de que siga la huelga, Maduro anunció ayer jueves una subida del 40% del salario mínimo. Parece un alza sensible, pero no lo es tanto cuando se tiene en cuenta que el FMI pronostica para el país una inflación del 700% al acabar 2016. De hecho el Gobierno se ve obligado a aprobar periódicas subidas del sueldo para poder sobrevivir ante la constante subida de precios.
El régimen, además, ha desplegado a sus leales para boicotear todos los actos previstos por la disidencia. Así, decenas de chavistas se concentraron el jueves a las puertas de la Asamblea Nacional –dominada por la oposición– para intentar impedir el paso a diputados y periodistas. Incluso intentaron entrar por la fuerza en el Parlamento, lo que fue evitado por la Guardia Nacional Bolivariana.
No dejaron entrar en el hemiciclo a algunos legisladores, y representantes del Legislativo denunciaron que también les cortaron la luz, por lo que tuvieron que trabajar con el auxilio de generadores eléctricos. Pero finalmente la Asamblea pudo celebrar una sesión consagrada a la “participación de la ciudadanía en la defensa de la Constitución”.
El Gobierno está dispuesto asimismo a recurrir al Ejército para controlar la huelga general. El número dos del régimen, Diosdado Cabello, anunció así que las fuerzas armadas tomarán el control de las empresas que se sumen al paro. “Lo conversé con el Presidente, es instrucción del Presidente: empresa que se pare, empresa tomada por los trabajadores y por la fuerza armada, aquí no vamos a permitir bochinche (alboroto)”, sostuvo Cabello.
El propio Maduro amenazó indirectamente con confiscar a las empresas alimentarias y farmacéuticas que secunden la huelga. “Empresa parada, empresa recuperada por la clase obrera (...), no voy a dudar ni voy a aceptar ningún tipo de conspiraciones”, declaró..
Por su parte, el ministro de Defensa, Vladimir Padrino, aseguró que el Ejecutivo fiscalizará todas las empresas productoras y distribuidoras de alimentos y medicinas, con el fin de garantizar su distribución. “Debemos garantizarle a nuestro pueblo que le llegue su alimento, que le llegue su medicina, que los hospitales tengan sus insumos”, declaró el ministro, quien subrayó que “ninguna distribuidora de alimentos se puede paralizar”, por lo que exhortó a los Comités Operativos de Producción Obrera (COPO) a que sean los propios trabajadores los que «garanticen el funcionamiento» de las empresas.
En lo que la oposición no parece tener claras las cosas es en el diálogo anunciado por el Vaticano para el domingo. El miércoles Capriles aseguró que no acudirían, pero el jueves el secretario ejecutivo de la MUD, Jesús “Chúo” Torrealba, aseguró que sí asistirán, pero con el objetivo de buscar una salida electoral a la crisis: “Vamos a plantear un punto central: recobrar la agenda electoral. Bien para activar el revocatorio, o bien para celebrar elecciones generales”.
Tanto Chávez como ahora Maduro han resultados malos discípulos de Fidel Castro: no han aprendido una lección fundamental del régimen de La Habana, que es reprimir desde el primer día, cuando el régimen está en la cúspide de la popularidad, y no recurrir al asesinato como último recurso sino establecerlo como principio básico. La habilidad del Gobierno cubano ha sido evitar, mediante la represión sistemática y sin recurrir a la violencia de último momento, que miles de manifestantes se lancen a la calle e interrumpan las vías.
Esta capacidad para eliminar la sociedad civil, matar la esperanza en el cubano y utilizar la represión profiláctica explica en parte el hecho de que los manifestantes venezolanos estén en las calles pese a la fuerte represión.
Sin embargo, hay que señalar también que frente a la represión que se está empleando en Caracas, los actos de repudio en Cuba palidecen en cuanto al uso de la violencia. Y pese a ello, continúan las protestas en Venezuela.
Otro factor en la explicación de la pasividad de la población cubana radica en Miami. Los que hemos podido hemos preferido el abandono a la permanencia. Esta ciudad como destino. El exilio como ara y también pedestal.
Uno de los mayores logros del gobierno de Raúl Castro ha sido la capitalización de los inmigrantes cubanos, para los fines económicos del régimen, sin tener que pagar un rédito político.
Cuando el líder opositor venezolano ahora detenido Leopoldo López visitó Miami años atrás, en una breve conversación me dijo bien claro que la lucha opositora debía desarrollarse en la calle. Ha sido consecuente con ese propósito. Para entonces ya existía la amenaza de Maduro, de que le estaba preparando “una celda pulidita” y que era “cuestión de tiempo” para que la ocupara. López no se detuvo ante esa amenaza.
También en Miami se han escuchado a líderes opositores cubanos expresar igual criterio, de que hay que tomar las calles. Pero hasta ahora no hay resultados visibles. Salvo algunos videos que llegan de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), las protestas de la oposición no han logrado la conquista de la calle.
Hasta el momento, el exilio como futuro —como alejamiento colectivo para ganar en individualidad— es un aliciente mayor que un enfrentamiento callejero. Decirlo no es un reproche ni una justificación. Es simplemente constatar un hecho: todos somos perdedores.

jueves, 13 de octubre de 2016

Votos y claves en la elección presidencial de EEUU


Una clave fundamental para el Partido Demócrata es superar el viejo esquema de distribución de la riqueza por otro más acorde a la época actual, donde las necesarias medias reguladoras se combinen con otras destinadas a impulsar el desarrollo económico.
Mientras que una distribución de la riqueza depende en buena medida de la adopción de una legislatura que favorezca la justicia social —algo positivo en esencia pero que de inmediato enfrenta una confrontación ideológica en Estados Unidos—, un esquema fundamentado en la creación de oportunidades, capacitación laboral, incremento del número de profesionales y facilidades empresariales entraría a jugar en el mismo terreno que los republicanos han logrado en buena medida acaparar como propio, y de donde sacan el mayor provecho político de un problema que en realidad ellos crearon.
La culpa de la creciente desigualdad en este país no es del actual mandatario Barack Obama. Todo empezó décadas atrás, con el Gobierno de Ronald Reagan, que se caracterizó por destruir muchos de los frenos que por décadas impidieron una acumulación desproporcionada de riqueza, así como los límites a las grandes corporaciones, y estableció que la avaricia no era un mal sino una virtud.
No es que los supuestos ideológicos para colocar a la avaricia como el principal motor del desarrollo económico no existieran desde mucho antes, sino que los diques sociales y políticos que la contenían fueron derribados. De esta manera, el culto a la riqueza del protestantismo fue convertido en rapacidad institucionalizada, no solo para ser ejercida hacia el exterior sino desde dentro.
Los ciudadanos no siempre votan de acuerdo con lo que es mejor para sus propios bolsillos. Entre 1979 y 1995, los trabajadores norteamericanos aceptaron con complacencia las desigualdades en riqueza e ingreso y el aumento vertiginoso de las ganancias corporativas. Los votantes favorecieron a los candidatos republicanos dispuestos a recortar los impuestos (Reagan) y castigaron a los que los aumentaron (Bush padre). Si eligieron a Bill Clinton fue porque era un demócrata centrista, pero en 1995 beneficiaron en sus boletas a Newt Gingrich y al nuevo Congreso republicano.
La mayoría de los norteamericanos acogieron con satisfacción la reforma del sistema de asistencia social, al que culparon de gran parte de los problemas económicos nacionales, aunque tal medida solo le ahorró al país mucho menos del uno por ciento del producto nacional bruto. Las letanías de que las diversas reducciones de impuestos beneficiaban principalmente a los ricos tuvieron poco efecto en las urnas, y cualquier propuesta para regular los negocios fue inmediatamente tachada de comunista o izquierdista, antinorteamericana o anticuada.
El auge económico de los noventa hizo olvidar el crecimiento sin límites de la brecha que separaba a ricos y pobres. De pronto el país entero empezó a jugar a la Bolsa de Valores, y desde los empleados de limpieza hasta los directores de empresa todos se convirtieron en inversionistas.
Cuando aspiraba a la presidencia por vez primera, Obama dejó claro que la culpa no solo había que buscarla en Reagan y la familia Bush, sino también en Clinton. Ahora que la exsecretaria de Estado Hillary Clinton compite con el magnate Donald Trump por la presidencia, el agradamiento de la brecha entre los más y los menos favorecidos, y lo que han hecho o no los demócratas, y en especial Barack Obama para solucionar el problema, ha vuelto a colocarse en el centro del debate político.
No es la primera vez que esto ocurre en la nación norteamericana y no hay que pensar que será la última.
Estados Unidos parece condenado al péndulo entre los intereses públicos y los privados. Pasó durante la época dorada a finales del siglo XIX, en la década iniciada en 1920 y volvió a comienzos de esta centuria: el engrandecimiento de las corporaciones, la especulación y las ganancias financieras exorbitantes que revientan como una burbuja y la crisis económica resultante, todo lo cual conduce al establecimiento de nuevas regulaciones.
Durante el primero de los tres debates presidenciales, Clinton perfiló una agenda económica que recoge tanto algunos de los planteamientos que durante las primarias demócratas formuló el senador Bernie Sanders —y que le ganaron una gran popularidad— como también varios de los reproches que viene haciendo desde hace algún tiempo la senadora demócrata por Massachusetts Elizabeth Warren, quien se ha destacado por una actitud crítica frente a Wall Street.
Esa actitud, que al principio de la campaña se dudó que pudiera adoptar la exsenadora, se ha convertido en parte de la agenda de la candidata demócrata.
Siempre cabe considerar que se trata simplemente de un “truco” para ganar las elecciones, pero en la práctica no va a resultar tan fácil no cumplir dichas promesas, y esta afirmación no descansa en una confianza ingenua en la exsecretaria, sino en el hecho de que el movimiento creado por Sanders conserva una vigencia latente que no será fácil desestimar.
Si bien por una parte el gobierno de Obama adoptó regulaciones al capital financiero —algo muy criticado por los republicanos— en la práctica los presupuestos nacionales aprobados en los últimos años no dejaron de favorecer al capital financiero.
Por supuesto que el “conservadurismo” de Obama no ha resultado contrario a los ideales de quienes desean mayor justicia social sin recurrir para ello a la conocida inutilidad de los intentos revolucionarios. Pero ello no basta, si los demócratas logran imponerse en las urnas.
En la actualidad, más del 40% del ingreso total de la población estadounidense está en manos del 10% de quienes reciben mayores ingresos en el país. Las cifras son similares a las existentes en los años 20 del siglo pasado, que luego fueron reducidas hasta finales de los 60. El 1% de las familias más acaudaladas poseen en estos momentos más del 40% de todos los medios económicos, entre ellos viviendas e inversiones financieras, lo que es superior a cualquier cifra en años anteriores a 1929.
Como señaló hace años el exasesor republicano Kevin Phillips, en su libro Wealth and Democracy, Estados Unidos ha vuelto a la época de los Vanderbilt, Rockefeller, Carnegie y Morgan de finales del siglo XIX. Ese es el país cuya población este año va a las urnas.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...