sábado, 28 de enero de 2017

El sector no estatal en la economía cubana


A mediados de los años 70, uno de los criterios que se brindaba en los estudios sociales y económicos en Cuba, para rechazar el cooperativismo yugoslavo —a la luz de los postulados realizados por Ernesto “Che” Guevara durante la década anterior— era que incrementaba la desigualdad entre los que disfrutaban o aspiraban a los beneficios de vivir en una nación considerada socialista. El Gobierno de Raúl Castro puso fin a dichos planteamientos, y a partir de entonces los cubanos han podido —o logrado— “ser menos iguales que otros“, pero solo hasta un punto.
“Posiblemente, la reforma estructural más importante de Raúl Castro ha sido la apertura del sector no estatal en Cuba (SNE), que en 2014 abarcaba un millón de personas y creció del 16 % al 28 % de la fuerza laboral entre 2009 y 2015, aunque hubo una caída en 2015, seguida de un pequeño repunte en el primer trimestre de 2016”, se afirma en Voces de cambio en el sector no estatal cubano. A describir dicho sector laboral, y lo que es igualmente importante a servir de vocero —como se afirma en el título— de aquellos que trabajan con relativa independencia del Gobierno, se dedica el libro.
La obra recoge las “voces” de quienes en la actualidad tienen una participación minoritaria, pero decisiva, en la fuerza laboral cubana, con el potencial de transformar una economía predominantemente estatal (72 % de la fuerza) y en una situación difícil, pero que se ven impedidos para lograrlo por las restricciones gubernamentales.
Coordinado por el distinguido catedrático Carmelo Mesa-Lago, y con la participación de Roberto Veiga González y Lenier González —editores de Cuba Posible—, quienes realizaron las 50 entrevistas hechas en la Isla entre 2014 y 2015, Voces de… cuenta además con la participación de la politóloga Sofía Vera Rojas, que tuvo a su cargo las tabulaciones y el análisis, bajo la supervisión del catedrático Aníbal Pérez-Liñán
El empeño resulta especialmente meritorio por la dificultad a la hora de obtener la información. Cuba es una nación que se caracteriza por la publicación de estadísticas limitadas, en muchos casos, y sin actualización en otros. Poco, y por lo general incompleto, ha aparecido sobre el SNE en la prensa oficial cubana, más allá de los discursos de quienes dirigen el país. A ello se unen los lógicos temores y las reticencias de los entrevistados, así como la carencia de autorización para llegar a otros participantes. De esta manera, no se trata de una encuesta científica —y el libro lo destaca en varias ocasiones—,  que represente el universo del sector, pero sí se brinda una información muy útil, que ayuda a llenar el notable vacío existente al respecto.
Producir riquezas, pero no ser ricos
El VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), celebrado en abril del pasado año, reconoció la existencia de la propiedad privada sobre “determinados medios de producción”, con “el incremento del sector no estatal de la economía”, pero señalando al mismo tiempo que dicha gestión no implicaba “la privatización o enajenación de estos”. Es más, destacó que “no se permite la concentración de la propiedad y la riqueza en personas naturales o jurídicas no estatales”. Así se reconocía la existencia de un SNE, siempre que fuera regulado por el Estado.
Tal regulación quedó establecida mucho más allá de un cuerpo legal de normas, existentes en cualquier país, para constituirse en una camisa de fuerza al desarrollo. Si bien se concedió propiedad jurídica a las formas no estatales de producción, se prohibía no solo la concentración de la propiedad, sino también de la riqueza.
El SNE quedó limitado a dos tipos de “emprendimiento” privado. Por una parte, los pequeños negocios realizados fundamentalmente por el trabajador y su familia, como personas naturales, y empresas privadas de micro, pequeña y mediana escala, reconocidas como personas jurídicas. Por la otra, “los tipos de cooperativa que reconoce el modelo forman parte del sistema de propiedad socialista”, y tienen personalidad jurídica, ejerciendo propiedad colectiva de los medios de producción.
De esta forma, el congreso partidista cubano intentaba una respuesta propia a la pregunta del economista húngaro János Kornai: ¿es reformable el socialismo?
“Lenin tenía toda la razón. Si una sociedad permite que haya un gran número de pequeños productores de mercancía, y los deja acumular y crecer con el tiempo, tarde o temprano surgirá un genuino grupo de capitalistas”, afirmó Kornai.
Más allá de cuestionarse si realmente existe el socialismo en la Isla —lo que admite una respuesta ambivalente— y luego de recordar que un análisis de los factores económicos debe dejar a un lado los aspectos políticos del tema —en lo referente a las implicaciones y preferencias que encierra cualquier ideología, así como todo lo relacionado con  la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho—, el estudio de esta respuesta gubernamental nos muestra la improvisación característica del modelo cubano.
Si bien el Gobierno de la Isla ha reconocido su incapacidad para la producción y administración de, al menos, aquellas actividades que requieren un alto grado de independencia y autonomía, no por ello renuncia al control y la apropiación, absoluta o casi absoluta.
Al admitir, obligado por las circunstancias económicas, lo que dentro de un carácter marxista-leninista estricto sería “la explotación del hombre por el hombre”, mantiene a su vez una mentalidad rentista. En última instancia, el Estado sigue siendo el dueño de todo, o de casi todo. Se cierra el capítulo de la “ofensiva revolucionaria”, pero continúa abierto el de la “explotación del hombre por el Estado”, es decir el Gobierno.
En este sentido se entra en la trama del SNE en Cuba —un sector limitado aunque complejo—, que comprende cuatro categorías: cuentapropistas, usufructuarios, socios de cooperativas y compraventa de vivienda. Uno de los méritos de este libro es ir mucho más allá de la visión del trabajo por cuenta propia en Cuba divulgada por la prensa internacional, por lo general limitada a la descripción y exaltación de la “paladar” de moda.
Incongruencias de una política estancada
Al describir dichas categorías, Voces de… nos permite descubrir las incongruencias de las políticas que el Gobierno cubano aplica como formas de control. Un buen ejemplo de ello son las Cooperativas de Producción no Agrícola y de Servicios (CNA).
Las CNA, introducidas de forma experimental en 2013, tienen personalidad jurídica y son una forma colectiva de propiedad. En algunas, las últimas creadas, los socios son dueños de todo, en otras el Estado mantiene la propiedad del terreno y los edificios, al par que cede el uso y explotación del negocio a través de un contrato de arriendo por 10 años (renovable). Las CNA deben de ser autofinanciadas, o sea, que sus ingresos cubran sus gastos. Se alega que son más independientes que las cooperativas agrícolas.
Según el “zar de las reformas” cubano, Marino Murillo, estas cooperativas “son un ejemplo de cómo transformar la forma de gestión, sin cambiar la naturaleza de la propiedad”. Su número de socios aumentó de 2.300 a 5.500 entre 2013 y 2014, y a 7.700 en 2015. Una expansión más rápida de las CNA incrementaría notablemente el número de miembros.
Sin embargo, desde marzo de 2014 no se ha aprobado una nueva CNA, y en 2015 estas cooperativas crecieron solo un 6 %. Se han presentado propuestas, pero continúan pendientes. La creación de las CNA es compleja y prolongada, requiere una evaluación del Consejo de Ministros, quien toma la decisión final. Que una cooperativa de barberos, peluqueras o reparadores de equipos electrométricos requiera de un permiso a una instancia de poder tan alta resulta absurdo o risible. En la actualidad, el número de cooperativistas de las CNA constituyen apenas un 0,1 % de la fuerza laboral y se considera que no tienen un peso significativo en el desarrollo económico del país.
Producción agrícola
Peor ocurre con los usufructuarios de la tierra. El usufructo se inició en 1995, durante la crisis económica conocida como “Período Especial”, pero se mantuvo estático hasta 2009, cuando el Gobierno comenzó a distribuir tierras estatales.
El problema es que el contrato de usufructo tiene un plazo de duración de 10 años, mientras que en las reformas agrícolas sino-vietnamitas los contratos son por tiempo indefinido o 50 años, y los granjeros deciden qué sembrar, a quiénes vender y fijan precios de mercado. Los cubanos, por su parte, están obligados a vender a los centros de acopio, que fijan precios inferiores al de mercado.
La vuelta al acopio y los precios topados, que demostró por cuatro decenios que son ineficaces, ha sido criticada, al menos, por dos economistas cubanos. Uno de ellos, Pavel Vidal, consideró que “la peor secuela [del VII Congreso] para la economía cubana es la decisión de frenar el experimento de la comercialización agrícola en las provincias de La Habana, Artemisa y Mayabeque”.
En 2014, el ministro de Comercio Exterior informó que los usufructuarios las cooperativas agrícolas y los campesinos privados generaron el 83 % de la producción agrícola, mientras que las granjas y empresas estatales solo el 17 %.
Para Voces de… fueron entrevistados 25 usufructuarios. Su edad oscila entre 26 y 75 años,  y promedia 51 años. Solo el 25 % son menores de 40 años, un 44 % entre 41 y 60 años, y un 28 % mayores de 60 años. Todos son blancos.
Ambos datos, combinados, muestran un futuro no muy promisorio para la agricultura cubana, y el fracaso de Raúl Castro en sus intentos de disminuir las importaciones de productos agrícolas.
Compra y venta de casas
Una de las secciones más interesantes de Voces de… es la referida al mercado de bienes raíces en Cuba, por lo desconocido del tema salvo referencias anecdóticas.
La reforma de 2011 autorizó la compraventa de viviendas, a un precio fijado por el comprador y el vendedor. Ello ha hecho posible el surgimiento del corredor de bienes raíces o agente inmobiliario, un empleo hasta entonces casi desconocido en Cuba y no autorizado hasta fines de 2013.
En la actualidad los compradores prefieren a las viviendas anteriores a 1959 (“capitalistas”), debido a que son de mejor calidad que muchas de las edificadas por las microbrigadas de construcción.
Un fuerte impedimento para la compraventa de viviendas es que la oferta supera la demanda, debido al bajo poder adquisitivo de la población. Abundan los casos de compra de inmuebles por cubanos residentes en el exterior, mediante uso de un testaferro, lo cual es un delito.
No hay estadísticas oficiales sobre el valor de la vivienda construida o reparada, por lo cual no es posible calcular su impacto sobre el Producto Interno Bruto (PIB). La distribución de la construcción de viviendas en 2015 fue de un 54,7 % por la población y un 45,3 por el Estado; un indicador de que las reformas están logrando un incremento modesto de la iniciativa privada de la población. Aún así, el total construido en 2015 resultó un quinto de la cifra alcanzada en 2006 (111.400).
Dificultades para el SNE
El Gobierno cubano no quiere “ricos por cuenta propia”, y para impedirlo no le bastan el establecimiento de medidas fiscales. En la práctica este objetivo oficial —con independencia de lo cuestionable que resulta— se traduce en un freno para el desarrollo de un sector productivo indispensable para el desarrollo del país.
A la existencia del conocido freno burocrático se suman otros factores, en ocasiones con una incidencia mayor en dicho estancamiento. La apuesta por la inversión extranjera lleva en la práctica a despreciar a los nacionales y beneficiar a los de fuera.
En todo el libro se destacan diversos factores —algunos comunes a todos los grupos que componen el SNE, otros específicos— que dificultan la expansión de un sector con capacidad para resolver muchos de los problemas del país.
Quizá una de las paradojas mayores de la actual situación económica en la Isla es el florecimiento de las “paladares”, algunas de las cuales ofrecen platos de comida gourmet apreciados por visitantes extranjeros, mientras al guajiro no se le brindan los recursos y la libertad necesaria para producir una buena cosecha de plátanos.
La carencia de un mercado mayorista donde adquirir insumos; la limitación de las categorías de trabajo por cuenta propia; la prohibición de ejercer de forma privada las profesiones para las que están capacitados, en el caso de los graduados universitarios; la necesidad de adquirir los insumos en las tiendas de recaudación de divisas, lo que inciden en el aumento del precio del producto o servicio en venta. Estos son algunos de los problemas que afectan a quien se dedica a la labor privada, y que resultarían fáciles de resolver con una verdadera voluntad de cambio.
Estas limitaciones hacen que la mayoría de los cuentapropistas se dediquen a la alimentación y el transporte, cuando su labor tendría que estar mucho más diversificada. O que un médico —como se ejemplifica en el texto— se gane la vida en algo ajeno a su profesión.
 Pese a dichos obstáculos, resalta el carácter emprendedor del cubano. Quizá el dato más alentador que ofrece Voces de… es el hecho de que los trabajadores por cuenta propia dedican buena parte de sus ganancias a invertir en el negocio. Una muestra de desafío y coraje ante una situación difícil.

jueves, 26 de enero de 2017

Burocracia y Trumpismo


En las próximas semanas tendremos una mejor idea de la capacidad del Gobierno de Donald Trump. El magnate está firmando decretos presidenciales sin la menor idea de los obstáculos, legales y de todo tipo, que estos puedan enfrentar.
Sus acciones complacen a sus partidarios, y en especial a los de origen cubano, que no han podido librarse de la maldición del “hombre fuerte”. Pero en la política estadounidense, una maquinaria burocrática, de larga ejecutoria, siempre se ha impuesto más allá de la voluntad del mandatario. Por supuesto que la existencia de tal maquinaria no es necesariamente provechosa: lentifica procedimientos, deforma proyectos, obstaculiza planes. Pero cualquier solución radical en su contra encierra el peligro de entregarse a la voluntad de un caudillo, un hecho sin precedentes en la historia de Estados Unidos.
Cabe la posibilidad de que, dentro de seis meses, este país se convierta en algo diferente a lo que hemos conocido quienes llevamos décadas viviendo en él. Todavía me niego a esa posibilidad, a que funcionarios obedientes —al estilo de un régimen como el castrista— sustituyan a los burócratas, que en el sentido weberiano cumplen con su función.
Hay una diferencia entre el estancamiento vivido durante los últimos seis años en Washington, por diferencias partidistas extremas, y un desmantelamiento total del cuerpo administrativo de la nación. Al parecer Trump no solo considera que su victoria electoral supera ese estancamiento —con el predominio del Partido Republicano en el poder legislativo, al igual que la cercana preponderancia conservadora en el poder judicial—, sino se muestra encaminado a destruir la maquina de gobierno y sustituirla por un engranaje similar al que ha establecido en sus empresas.
El indicador más  notable en este sentido ha sido la elección prioritaria, para cada ministerio, dirección y agencia, de la persona con los criterios más opuestos al desempeño de la labor de dicho organismo. Es como si, en cada caso, hubiera primado el concepto de colocar siempre a un pirómano al frente del cuerpo de bomberos.
Tal actitud va más allá del concepto de gobernar la nación como se dirige una empresa. Por encima de lo absurdo e inadecuado de dicha propuesta, en el caso de Trump se está hablando de una forma de administración muy particular.
Pese a su extensión por todo el mundo, poderío económico, ganancias millonarias y publicidad en todas partes, el emporio Trump no pasa de ser un negocio familiar. No se cotiza en bolsa, no existe una junta de inversionistas: en la cadena de mando, todo se reduce a Trump y sus hijos. El capital es el de Trump, y él decide a su antojo. Los demás se limitan a obedecer.
Con igual criterio se ha establecido en la Casa Blanca, pero cabe la pregunta de si esa clase burocrática, en las más diversas instancias del Gobierno federal, se dejarán fagocitar por la camada de arribistas que ahora buscarán hacer carrera en Washington.
Es posible que ocurra. Ha pasado en otras ocasiones, en otras épocas, en otros países. Sin embargo, para que ocurra aquí y ahora, en Estados Unidos, hace falta que se establezca una situación en que se pase de la crispación al asalto.
No hay señales de ello. Al menos de momento. Por un tiempo continuarán dando fruto los resultados de la gestión económica del Gobierno de Barack Obama, y Trump se aprovechará de ellos aunque no le otorgue mérito alguno a su antecesor. El mejor ejemplo es el mayor símbolo capitalista. El miércoles el Dow Jones superó los 20.000 puntos. No hay mejor indicador de una bonanza bursátil. Puede considerarse una señal de confianza de los inversionistas en la nueva administración. Trump ha sido la fuerza que brindó el impuso final para romper la barrera. Pero si nos atenemos a los números, con Obama el Dow pasó de los 7.900 a los 19.700. Claro que es ridículo de con menos de una semana como mandatario establecer una comparación en las cifras, pero ello no es el punto. La clave reside en las dificultades a acometer una labor destructiva de tal magnitud, como la que al parecer pretende la nueva Casa Blanca, sin contar con el trasfondo de una situación de crisis.
La pregunta sería entonces si el recién inaugurado presidente está dispuesto a crear esa crisis.
Si hablamos de una crisis de grandes dimensiones —y el significado final de este término sería una guerra—, hay pocos indicios, en el historial de Trump como empresario, para afirmar que su ideal es llevar a la nación hacia un punto de destrucción extrema. Pero sí, y mucho, en igual historial, para apuntar al uso de los riesgos y las pérdidas empresariales, con el fin de obtener beneficios propios.
Solo basta sustituir los términos de bancarrota por un creciente peligro nacional, y transformar los beneficios, no en una ganancia de millones para él (mientras otros —contratistas, inversores, simples pintores y plomeros— quedaban arruinados o con cuentas sin la posibilidad de cobrar) sino en un rédito político que le permita sobrevivir. El empleo de la crisis como forma de negociación. Y aquí radica una de las grandes amenazas que posiblemente nos veamos obligados a afrontar los estadounidenses en los próximos meses o años.

sábado, 21 de enero de 2017

Otra vez el titiritero


Imagine por un momento: ¿un oso bailarín por las calles de La Pequeña Habana? ¿Unas strippers audaces o inocentes cheerleaders? Nada de eso necesita Miguel Saavedra para captar la atención de las cámaras.
Siempre presente con su reducido grupo de agitadores, Saavedra es un personaje que nos representa para bien y para mal. ¿Por qué la comisión de la ciudad no se ha reunido y bautizado una calle con su nombre? Se lo merece. Si en una época resultó imposible hablar de La Habana sin mencionar al Caballero de París, hoy ocurre lo mismo con él y Miami. Finalmente hemos logrado tener un apellido ilustre que simboliza nuestro peor destino. Falta el Cervantes, porque este otro Saavedra no se detiene ante la dificultad de un párrafo, la sumisión ortográfica y el apego a la palabra, pero no importa. Los objetivos de este nuevo hidalgo son más amplios: no hay protesta innecesaria que lo encuentre impasible. Donde la gritería impere, donde la estupidez amenace, allí estará Saavedra: el manifestante errante.
Pertenecer a la breve troupe de Vigilia Mambisa no es un destino carnavalesco. Uno no puede dejar de admirar el espíritu de este grupo de infatigables voceadores. Basta que aparezca una cámara en el horizonte, para que renazcan los rostros maltratados por los años, para que las gargantas se entusiasmen. Su organización nos recuerda la necesidad de la libre expresión. Nadie mejor que él para poner a prueba nuestra sinceridad ante el principio de que cualquier voz tiene el derecho a proclamar lo que piensa quien la emite, aunque resulte un eufemismo hablar de pensamiento en este caso.
El problema con Saavedra es que no creo que sus acciones estén guiadas por igual criterio libertario. Durante años, las variadas manifestaciones organizadas por Vigilia Mambisa han sido la expresión más vulgar de las diversas campañas atemorizadoras llevadas a cabo en esta ciudad. Cosa curiosa. El principal objetivo de la mayoría de estas campañas han sido los artistas: pintores y músicos fundamentalmente. ¿Por qué preocupa tanto el arte a este hombre poco ilustrado? No es simplemente un empeño personal. Si lo fuera, sus opiniones y actos no merecerían un comentario. Pero Saavedra se ha convertido en una figura pública. No hay exposición, concierto o puesta en escena que involucre la participación o el vínculo con artistas procedentes de Cuba en que no esté presente. Su rostro aparece en las pantallas y su nombre en la prensa local y nacional. Nadie se detiene en sus palabras, pero ningún periodista pasa por alto sus gestos a la hora de informar sobre los diversos actos culturales de esta ciudad, los que con frecuencia hacen titulares.
Saavedra no representa una posición más en el debate de ideas que se lleva a cabo todos los días, tampoco una de las tantas opiniones propias de un exilio diverso: es una caricatura, la imagen estereotipada siempre al auxilio de cualquiera que quiera presentarnos como una comunidad ignorante, irracional y torpe. En este sentido le hace daño al exilio, aunque pretenda todo lo contrario. Es por ello que vale la pena criticarlo: por la utilización que se hace en el exterior de las labores de una organización y un hombre que apenas logran reunir una veintena de seguidores, cuando la generosidad sustituye a la aritmética a la hora de contar.
¿Por qué ese empeño contra los artistas procedentes de Cuba? La respuesta es sencilla. Economía de medios y amplia cobertura. No es que estos artistas estén libres de culpa, es que Vigilia Mambisa convierte al debate cultural y la disparidad de criterios en escándalo callejero. El afán de protagonismo, el interés en "robar cámara", tergiversa una confrontación saludable.
Hay quienes consideran que no vale la pena detenerse en las labores de un grupo cuyas actividades apenas producen comentarios risibles e indiferencia: la carencia de seguidores es la mejor justificación de la existencia de Vigilia Mambisa. Pero no hay que considerar inofensiva a una organización que en las cuestionadas elecciones presidenciales, que llevaron al poder a George W. Bush se destacó por su labor intimidatoria durante el recuento de votos en el sur de la Florida. Luego Vigilia Mambisa ha continuado esa labor de algarabía —disfrazada de agitación política— y hoy, por supuesto, celebró en su “centro neurálgico” (perteneciente o relativo a la neuralgia), su sitio de combate que no es otro que un lugar para comer pastelitos y tomas café, la toma de posesión de Donald Trump. No deja de existir cierta justicia no-poética en ello. Saavedra no es más que eso: nuestro Donald Trump, pero sin dinero.
Si Vigilia Mambisa no ha logrado convertirse en una fuerza organizadora capaz de lanzar una turba peligrosa a la libertad ciudadana es porque vivimos en una sociedad democrática, no por la falta de interés de sus miembros. La diferencia entre las manifestaciones que realiza esta agrupación y los actos de repudio ejecutados por el régimen de Fidel Castro se debe al poder que le confiere a los segundos un estado totalitario. Nada los aparta en el apego a la irracionalidad, la intolerancia y la simplicidad de los medios. Saavedra quizá aspire a que ahora, con Trump, su poderío aumente.
Saavedra es un hábil titiritero siempre dispuesto a mostrar su espectáculo. A veces actúa por cuenta propia, otras no es más que un simple títere de intereses mayores. Tiene todo su derecho. Pero no debe ser ignorado. Es la mejor manera de proteger la misma libertad que le permite mostrarse, irritado y vehemente, ante el fotógrafo de turno.
Este texto es una versión actualizada de otro, publicado el viernes 12 de septiembre de 2003, en el Nuevo Herald.


domingo, 15 de enero de 2017

El nazismo y la ‘prensa mentirosa’


“La prensa es mentirosa, está ahí para manipular a la gente y a eso se dedican”, dijo Donald Trump en 1981. Uno de los problemas con tal declaración es que no es original, antes la usó el nazismo.
Los nazis utilizaron el término de “prensa mentirosa” para lanzarlo contra sus enemigos en la Alemania de entreguerras. Tacharon de mentirosos a todos los medios que disentían de sus premisas, acusándolos de estar en manos de judíos o bolcheviques. Cuando el nazismo llegó al poder, su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, utilizaba tal calificación para dirigirse a los medios noticiosos extranjeros con una cobertura crítica sobre lo que estaba sucediendo en Alemania.
Pero ellos tampoco fueron originales.
El término lügenpresse fue empleado por primera vez tras las fallidas revoluciones de 1848. Entonces los grupos conservadores católicos empezaron a denominar así a los medios impresos de corte burgués liberal que habían defendido las revueltas. Además de mentirosos, sus creadores insinuaban que esos periódicos estaban controlados por judíos y masones. Posteriormente la palabra se empleó contra la prensa gala por su cobertura de la guerra franco-prusiana y, en la I Guerra Mundial, para designar a la prensa aliada, especialmente a la británica, después de que esta hablase de “la violación de Bélgica” tras la invasión alemana de este país, informa el diario español El Confidencial.
Hoy en Alemania ha renacido el empleo de la palabra lügenpresse, por parte del grupo Pegida (siglas en alemán para “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente”). “Lügenpresse, Lügenpresse, Lügenpresse…!” (“¡Prensa mentirosa, prensa mentirosa...!”) es uno de los eslóganes del movimiento islamófobo y marcadamente nacionalista, que desde hace más de dos años saca cada lunes a miles de personas a las calles de diferentes ciudades de Alemania. No se trata de simplemente corear una consigna. En la actualidad los periodistas se niegan a cubrir los actos de dicha organización, debido a las múltiples agresiones físicas que han sufrido por parte de sus miembros.
En 2014, lügenpresse fue elegida la no-palabra del año en Alemania, un dudoso título que concede un grupo de lingüistas del país. En 2016 le tocó dicho “honor” a
volksverräter, un concepto, si se quiere, mucho más cercano al nazismo: “traidores del pueblo”.
Tampoco el término lügenpresse está asociado solo al nazismo. En la República Democrática Alemana se utilizaba con frecuencia para referirse a la prensa “capitalista”. Y, por supuesto, también se ha empleado, y se emplea, en su variante en español, en la Cuba de los Castro.
Alternativa para Alemania (AfD), el emergente partido alemán de ultraderecha que ha ido aumentando sus cifras en las encuestas de intención de voto, es un movimiento con fuerte similitud al estadounidense Alternative right ("Steve" Bannon, nominado principal estratega y asesor de Trump, es el jefe ejecutivo de Breitbart News, el sitio en internet asociado a alt-right.), que ha adoptado el vocablo para referirse, de forma genérica, a todos los medios, públicos o privados, que en su opinión forman parte del establishment. (Se debe agregar que las asociaciones entre el vocabulario de la ultra derecha alemana y Trump y sus partidarios no se limitan al lügenpresse. En igual sentido se encuentran las referencias, implícitas o declaradas, contra la presencia extranjera, la desestabilización cultural y étnica y la pérdida de “identidad” que subyacen en el postulado de hacer a “América grande de nuevo”),
Junto al término lügenpresse, en Alemania se utiliza otro similar en pronunciación y significado cercano: lückenpresse, que puede traducirse como “prensa con vacío” y es también empleada por los miembros de Pegida para criticar a los medios de mayor difusión.
Los argumentos son conocidos, con independencia del idioma: ciertas noticias significativas se silencian; algunas se promueven, mientras que otras se someten a la supresión; varias reciben una evaluación sesgada, al presentarse en un contexto determinado o desde cierta perspectiva impuesta, al tiempo que hay temas a los que se les aplica un doble rasero.
El problema con dichos planteamientos es que, con frecuencia, quienes los utilizan se sirven de ellos como justificación para hacer precisamente lo que critican: amparándose en ellos intenta promover la censura y que se escuche y lea solo sus puntos de vista. En última instancia, todo se reduce a un ejercicio demagogo.
“La primera víctima de la guerra es la verdad”. El empleo de lügenpresse se remonta a la época en que las naciones en guerra buscaban difamar, degradar o desacreditar las noticias del respectivo otro para crear o intensificar una imagen de enemigo y para quitarle su legitimación, mientras que instrumentalizaban el medio y justificaban de esta manera las propias decisiones. Al parecer, estamos volviendo a iguales tiempos.

sábado, 14 de enero de 2017

Siempre estuvimos avisados


Tristeza producen las imágenes y declaraciones de los cubanos que han quedado varados en terceros países; sentimientos solidarios de mínima humanidad —y más si se ha nacido en Cuba— ante la frustración, incluso el desespero de los que han pasado por riesgos, peligros mortales e invertido ahorros, el producto de la venta de sus propiedades y la ayuda de sus familiares en el exilio para lograr un objetivo, que a punto de alcanzarse o con la esperanza de lograrlo hoy se ha transformado en un desconsuelo árido.
Nada nuevo, por otra parte, en lo que respecta al caso cubano. Décadas atrás era común que quien intentara irse de Cuba enfrentara no solo la represión y el ostracismo político —incluso entre familiares y antiguos amigos que de pronto dejaban de serlo—, sino también una espera que se extendía por varios años, los cuales se iniciaban con la separación laboral y en los que una y otra vez se atravesaba el ciclo de esperanza-frustración: trámites que llevaban a visas nunca obtenidas o canceladas, cierres temporales —con frecuencia de varios años— en la otorgación del permiso de salida y las dificultades más diversas, impuestas por el régimen y diversos gobiernos extranjeros. Todo ello mientras se soñaba con la oportunidad única. Época además en que solicitar el permiso de salida era, realmente, un acto de oposición; a veces permitido, pero siempre castigado. No es un empeño en establecer comparaciones y distancias, sino simplemente dejar constancia.
Luego la huida se convirtió, fundamentalmente, en una carrera contra el reloj, donde fines y medios fueron definidos por el dinero. Dinero para escapar; dinero por alcanzar en Miami o cualquier otra ciudad de Estados Unidos. La motivación económica —nada condenable de por sí— también tuvo sus altibajos, y desde hace algún tiempo estos también son conocidos.
Nada de encerrarse en reprochar “abusos” ahora, pero el sentimiento ante lo ocurrido —válido como respuesta emocional— tendrá, como siempre, duración limitada. La prensa lo utilizará por algunos días —pocos debido a los acontecimientos nacionales la próxima semana— y los políticos, por supuesto, tratarán de aprovecharlo al máximo.
Lo demás será una vuelta a lo cotidiano, y esa cotidianidad ya estaba impuesta. Porque en los sentimientos siempre se mezclan o coexisten la sinceridad y la hipocresía. Y pese al pecado poco original que todo periodista debe evitar—el citarse o repetirse—, me arriesgo a publicar de nuevo una columna aparecida el 12 de octubre de 2015 en el Nuevo Herald, para recordar que, al menos, no podemos decir que no estábamos advertidos. Solo añadir que las cifras ofrecidas en el artículo original fueron luego ampliamente superadas.
¿Reajuste cubano?
Si hay un aspecto que hasta el momento puede señalarse como fallido, en el enfoque de la administración Obama respecto al Gobierno cubano, es el objetivo de reducir el incesante tráfico migratorio desde la isla.
Durante los nueve primeros meses del año fiscal 2015 (octubre 2014-junio 2015) entraron en Estados Unidos 27.296 cubanos, según cifras de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EEUU. Ello implica un aumento del 78 por ciento respecto al mismo periodo del año pasado.
La esperanza de que un acercamiento entre Washington y La Habana iba a mejorar las cosas en Cuba ha quedado suplantada por la realidad de aprovechar el momento para escapar.
El alza en las salidas responde fundamentalmente al temor de que la normalización de vínculos entre ambos países pondrá fin a la Ley de Ajuste Cubano, que otorga un trato especial a los cubanos. Como suele ocurrir, la avalancha provocada por el miedo a la supresión o cambio de la medida está contribuyendo precisamente a que cada día resulte más difícil sustentar que se mantenga vigente.
Continuamos presenciando el abandono de un país donde impera la represión, el desencanto y la inseguridad. Aunque asistimos a un escape distinto. En mucho casos es simplemente temporal y sin necesidad de desprendimiento alguno. Y ello, por supuesto, está cambiando a un exilio que en buena medida ha dejado de merecer tal nombre.
Sigue en pie el indiscutible derecho de buscar afuera un futuro mejor al que brinda el país de origen. Pero atrás quedó el principio de abandonarlo todo y empezar de nuevo como un acto de reafirmación.
El concepto de emigrante se ha impuesto sobre el de exiliado y se diluye la idea de la diáspora, tanto en su acepción de un viaje más allá de las fronteras de la patria, como en su aspiración de un regreso a los principios fundamentales. El salir a medias sustituye el regreso añorado.
Nada de ello elimina riesgos, esperanzas y temores. Simplemente hay un cambio de sentido en la partida, que hace que ahora algunos esgriman la condición de refugiado como medio de obtener beneficios y no como realidad lacerante.
En un mundo donde la palabra inmigración se asocia a otras como crisis y rechazo, y en un país en que el tema ha irrumpido de lleno en la campaña electoral presidencial, los cubanos disfrutan de una especie de paraíso, al que una mayoría se acoge pero del que también unos cuantos —¿o muchos?— abusan.
Vivimos un momento en que las fronteras entre Cuba y Estados Unidos — países que al menos en política e ideología continúan siendo contrarios— son cada vez más porosas. Este hecho, que en líneas generales puede considerarse un avance, tiene también una característica no tan meritoria: una subordinación —primero al Estado, luego a la familia y por último a otra nación— que hace que quienes viven en la isla no solo sean incapaces de trascender del ámbito familiar al ciudadano, sino que vivan encerrados en la burbuja de la válvula de escape.
Un matrimonio de más de 65 años vive en la isla con unas pensiones miserables que no llegan a los $20. Se traslada a Miami y puede llegar a recibir hasta $1.457 mensuales en ayuda económica suplementaria y sellos de alimento. El logro solidario y la condición de expatriado quedan desvirtuados si esa pareja decide pasar una parte del tiempo aquí y otra allá. Residiendo en ambos países a cuenta de unos beneficios a los que no contribuyeron en nada para obtener. ¿Humanidad hacia los refugiados cubanos o injusticia con los contribuyentes estadounidenses? ¿Hay que comenzar a pensar en un reajuste?

jueves, 12 de enero de 2017

El muro será también para los cubanos


Durante décadas los gobiernos norteamericanos le hicieron creer a los exiliados cubanos que eran únicos. En parte lo fueron y también en parte aún lo son. Pero desde hace también años se han multiplicado las campañas para demostrarles que en muchos sentidos han dejado de serlo. Fueron dos presidentes demócratas —primero Bill Clinton y luego Barack Obama— quienes más ha influido para devolver a los cubanos al cauce normal a cualquier latinoamericano o caribeño que llega a Estados Unidos. Clinton con la devolución a Cuba del niño balsero Elián González —en cumplimiento de las leyes estadounidenses—, pero sobre todo con la política de pies secos/pies mojados. Ahora Obama acaba de culminar lo iniciado por Clinton, y para añadir “insulto al agravio” lo ha hecho apenas una semana antes de su partida de la Casa Blanca. La medida entra en vigor de inmediato.
Más que la interrogante “¿por qué lo ha hecho?”, cabe otra pregunta: “¿por qué ahora?”, y la respuesta parece sencilla: para culminar, de forma lógica, el camino emprendido el 17 de diciembre de 2014. Para culminarlo de acuerdo al término de su mandato cabría agregar.
¿Por qué no lo hizo antes? La primera respuesta podría considerarse en clave electoral, y decir que la demora tuvo como objetivo no perjudicar la fallida campaña electoral hacia la presidencia de Hillary Clinton. Pero en este caso ese objetivo único tuvo un alcance muy limitado —no brindarle una munición adicional al exilio cubano republicano— y permitir que ese sector de la comunidad cubana continuara decantándose en contra de la llegada de nuevos inmigrantes. Hoy los republicanos y ese mismo sector del exilio podrán lanzarse a repetir de que se trata del último regalo de Obama al régimen de La Habana, pero en su fuero interno deben sentirse aliviados de que su enemigo durante ochos años, en su adiós les facilite el camino.
Porque si las medidas anunciadas por Obama son un regalo a Raúl Castro, también resultan, en parte, una dádiva al senador Marco Rubio y el representante Carlos Curbelo, ambos republicanos.
Obama, tan acusado en estos días de hacer todo lo posible por entorpecerle el terreno a Donald Trump, por una vez se lo ha facilitado. ¿No habían aparecido en la prensa declaraciones de partidarios y miembros de su campaña de que el presidente electo pondría fin a la política de pies secos/pies mojados? ¿No ha sido el tema anti-inmigrante el puntal de la plataforma política del magnate, desde el primer día?
Así que aquí resulta difícil definir la decisión de Obama bajo un prisma exclusivamente partidista, y hay que verla como un paso necesario dentro de una política de normalización en las relaciones entre Washington y La Habana.
Política de normalización que algunos apuestan será interrumpida bajo la nueva administración, pero que con esta decisión de última hora vuelve a quedar a las claras las dificultades para un retroceso completo.
“Al dar este paso, estamos tratando a los emigrantes cubanos de la misma manera que tratamos a los migrantes de otros países”, dijo el presidente Obama en un comunicado. Y aquí radica la clave. Los cubanos, por primera vez en décadas, podrían a pasar a integrar las filas de los “indocumentados”, “sin papeles”, “ilegales” o cualquier otro de los nombres —algunos eufemísticos, otros descarnados— con los que se señalan a los logran entrar sin autorización a Estados Unidos. Entrada que el próximo Gobierno de Trump continúa empeñada en señalar que será sumamente imposible difícil sino imposible. El muro será también, para los cubanos.
Más allá de la derogación de la política “pies secos/pies mojados”, la consecuencia más importante es que a los emigrantes cubanos provenientes de América Latina ya no se les dará automáticamente el permiso para quedarse y ser elegibles para la residencia legal permanente al año y un día de su llegada, según dispone la Ley de Ajuste Cubano de 1966.
Por lo demás, hay aspectos del acuerdo, entre los gobiernos de EEUU y Cuba, que simplemente reiteran lo ya existente.
“El Gobierno cubano ha acordado aceptar el regreso de los nacionales cubanos que han sido expulsados, al igual que ha aceptado el retorno de los inmigrantes interceptados en el mar”, añade el comunicado. En este punto no hay nada nuevo.
El programa de reunificación familiar, el compromiso de emitir 20.000 visas de inmigrantes anuales y la posibilidad de solicitar asilo se mantienen. Aquí tampoco
Pero al mismo tiempo el Gobierno de la Isla se compromete a recibir a individuos en una lista de 2.746 cubanos calificados de inadmisibles tras el éxodo del Mariel y a recibir a otros que no aparecían originalmente en la lista pero que emigraron en ese periodo y cometieron crímenes. Adicionalmente, el gobierno de la Isla aceptará otros cubanos considerados “deportables” fuera de este acuerdo, tras un análisis “caso a caso”, de acuerdo a la información publicada en el Nuevo Herald. Y aquí sí hay un paso de avance en la cooperación en asuntos migratorios entre ambos gobiernos
El acuerdo, que ha resultado sorpresivo precisamente por producirse en los últimos días del mandato de Obama, tendrá dos repercusiones inmediatas.
Una será política, y en el exilio republicano se enfatizarán los aspectos que podrían catalogarse de “regalo a Castro”, como la eliminación del Programa de Parole Profesional para Médicos Cubanos, que daba visas a los profesionales cubanos de la salud enviados a trabajar a otros países, y que fue establecido por el expresidente George W. Bush en 2006.
Pero en lo fundamental la decisión de Obama se mantendrá en pie, en lo que respecta a cerrar “la puerta abierta”, de forma indiscriminada, a todo cubano que busca huir de la Isla. Por supuesto durante los próximos días se escucharán pronunciamientos en Miami en contra de la medida y brotarán con fuerza —aun más si es posible— los comentarios de rechazo al presidente saliente. Cabe esperar que incluso surjan declaraciones de “modificar” —disfrazado incluso con frases de “anular”— lo anunciado por Obama, pero a la larga se enfatizará el hecho de que la entrada debe obedecer a “motivos políticos” y aquí todo se volverá pura retórica partidista.
En resumidas cuentas, la Ley de Ajuste Cubano solo puede ser eliminada por el Congreso, pero si “pies secos/pies mojados” fue un primer paso en establecer límites a dicha ley, con la decisión del jueves la tarea por disminuir su alcance ha logrado, entre otros objetivos, en colocarla a las puertas de una discusión en el Congreso que vienen intentándose desde tiempo atrás, precisamente por legisladores republicanos.
No por gusto, según explicó el asesor de seguridad nacional Ben Rhodes en una llamada con reporteros, la discusión sobre la permanencia del ajuste ha sido motivo de comentarios entre los legisladores republicanos de origen cubano. De hecho, Rhodes comentó a los periodistas que la preocupación de algunos congresistas y la presentación de proyectos de ley para modificar la Ley de Ajuste Cubano así como la obtención de beneficios a partir de ella, le dieron “ímpetu” a la administración para realizar el cambio, de acuerdo al Nuevo Herald.
Por uno de esos giros sorpresivos, que no abolirá el azar político, el demócrata Rhodes adopta la óptica republicana que por décadas ha imperado en Miami sobre los medios para llevar la democracia a la Isla: “Es importante que Cuba siga manteniendo una población de jóvenes y dinámica, que claramente están actuando como agentes de cambio”. Es decir, cerrar la válvula de escape para aumentar la presión interna.
Y al final se impondrán las cifras. Según informes de la Guardia Costera. Más de 40 mil cubanos llegaron a EEUU en 2015. Este mismo año, entraron a EEUU un total de 1.663 profesionales cubanos de la salud. El aumento de la llegada de cubanos a suelo estadounidense, que CUBAENCUENTRO viene señalando reiteradamente, ha sido el catalizador de un acuerdo que se veía venir desde que el Gobierno cubano modificó sus normas migratorias.
Un acuerdo se cumple en su totalidad, y por supuesto que La Habana no va a permitir el regreso de los “deportables” si se restablece el parole a los profesionales de la salud.
Así que todo apunta hacia el final definitivo de la excepcionalidad cubana, en este caso acompañado de una de las tantas paradojas que siempre rodea al caso cubano, y que podría resumirse en una fórmula simple: Trump te lo prometió, pero antes Obama te lo cumplió.

Por la vuelta de Hitchcock


El termino de la Guerra Fría no fue el fin de la historia, y mucho menos de la novela de espionaje. Es más, el thriller vuelve a diario, sin necesidad de talento y de narración audaz, a través de las pantallas llenas de noticias, que por lo general se limitan a repetir el cotidiano capítulo de intriga, en que se ha convertido la política, en Washington y el mundo. Pero un momento, ¿no siempre lo fue?
Sí, solo que en otra época había algo más de imaginación, al menos en ocasiones; un esfuerzo adicional por mostrar el talento. Ahora todo resulta tan burdo, tan soez, que recuerda cualquier argumento de una mala novela. Un pésimo relato con Donald Trump como el personaje enviado a sacarle a uno lo peor que tiene: que solo resulta atractivo cuando insulta.
Este último capítulo, de un Trump que a diario se inventa nuevas reglas, sobre las cuales fundamentar su presidencia, para desbaratarlas por la noche, a la espera de un nuevo día de la creación, y el escándalo de espionaje e interferencia de Rusia en el proceso electoral estadounidense, que lo persigue pero no acaba de agarrarlo, rompe todo los patrones de  la racionalidad —y lo que es peor, de la civilidad— para caer en el absurdo y la locura.
Solo que es un absurdo tonto y una locura idiota. Y también que tanto absurdo y locura no se originan solo en una fuente —ya sea Trump o sus detractores—, sino que brota por todas partes.
Por lo que el leer o mirar toda esa intriga produce un sentimiento de repulsión en que las preferencias políticas, las ideologías y los valores ciudadanos desaparecen ante el asco que causa la trama. Y donde llega un momento en que se esfuma el culpable y solo queda el cinismo. Mal momento para cualquier nación y cualquier individuo.
De lo que se trata ya no es siguiera si Trump está tan inmaculado como declara, sobre lo que no se le acusa sino apenas insinúa; si hay instituciones gubernamentales que actúan con independencia de los fines partidistas o si el calendario que acompaña a la aparición de los hechos sigue una rutina o un objetivo más torcido aún que lo que expone. Porque hoy todo está mezclado en una historia que no se sabe si está contada por un idiota o por un villano, o por ambos a la vez, que es lo más probable.
Por lo que llegamos al momento en que no importan los buenos y malos, sino solo se aspira a una mejor trama: to know a hawk from a hand saw”.

domingo, 8 de enero de 2017

Una muerte poco significativa


La muerte del ministro del Interior cubano, el general de división Carlos Fernández Godín, lleva a dos lecturas inmediatas. Este fallecimiento apenas comenzado el año, de uno de los “históricos” de la revolución cubana —y por cierto no de los de edad más avanzada dentro de este grupo (Godín tenía solo 78 años)— es apenas un hecho puntual.
La segunda lectura, en el plano más simbólico, es importante, pero no tiene el porqué manifestarse ahora con una fuerza decisiva.
Godín muere luego de sustituir, en octubre de 2015, al general  de cuerpo de ejército Abelardo Colomé Ibarra, quien renunció por problemas de salud y aún vive.
Si se considera que Colome Ibarra (Furry) ocupaba el cargo desde 1989, hay un acortamiento significativo en la permanencia al frente de uno de los principales centros del poder en Cuba. A ello se añade que no se trata de una muerte repentina, sino “a causa de complicaciones de una enfermedad crónica que padecía”, según una nota oficial del Consejo de Ministros.
Por supuesto que lo importante aquí no es esta muerte, sino otra anterior: la de Fidel Castro en noviembre del pasado año.
Falta por ver entonces si asistimos a un evento aislado o a la continuación de una cadena de desapariciones. La edad del resto de los miembros fundadores del movimiento revolucionario, que llegó al poder en enero de 1959, muy superior a la de Fernández Godín, inclina a pensar lo segundo: la repetición en Cuba de lo ocurrido en la Unión Soviética a partir del 12 de noviembre de 1982, cuando Yuri Vladímirovich Andrópov llegó a la cumbre del poder, para ejercerlo solo por 15 meses  y su sucesor, Konstantín Chernenko, por apenas un año. La importancia del Ministerio del Interior (Minint) en Cuba permite, por otra parte, esta conjetura: no se trata de una muerte en la cúspide, como las señaladas en la URSS, pero sí de una baja en la cumbre.
Baja que no significa fractura. Y eso hay que tenerlo bien claro. La desaparición física de Fernández Godín no significará cambio sustancial alguno en el cuerpo represor cubano. Incluso puede hablarse, hasta cierto punto, de muerte anunciada.
El VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, celebrado en abril de 1916, trajo la esperada salida de Colomé Ibarra del Buró Político, pero no así la entrada en tan selecto grupo de su sustituto entonces al frente del Minint. Fernández Godín se mantuvo solo en el Comité Central. Ya desde entonces pudo anunciarse que su desaparición física estaba cercana. La sucesión pautada y lo ocurrido ahora pasa a ocupar un lugar relativo.
Todo apunta hacia que el puesto de Fernández Godín lo ocupará el viceministro primero del Minint, Julio César Gandarilla Bermejo. Es el mecanismo de sucesión clásico que ha adoptado Raúl Castro bajo su mandato. De hecho, durante el acto por el 55 aniversario de la creación del Minint, celebrado el 6 de junio de 2016, Gandarilla Bermejo ocupó el puesto al lado de Raúl, y al parecer ni
Fernández Godín ni Abelardo Colomé Ibarra pudieron asistir por motivos de salud. Así que cabe afirma que Gandarilla Bermejo ha estado en la práctica al frente del Minint en los últimos tiempos.
Gandarilla Bermejo es además la figura ideal para el cargo, de acuerdo a los parámetros de Raúl Castro, sobre todo porque fue Jefe de la Dirección de Contrainteligencia Militar (Cim) del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Minfar), al igual que lo fue Fernández Godín hasta 1989. Es decir, ambos fungieron como figuras principales en el desplazamiento, llevado a cabo por Raúl Castro, de figuras de la inteligencia cubana y la colocación en su lugar de miembros de las fuerzas armadas al frente del Minint, movimiento ocurrido a partir de la Causa No. 1. Aunque el también vicealmirante ya debe tener más de setenta años, solo resta esperar que, de oficializarlo en el cargo, el Castro que sobrevive continuará haciéndole guiños a la biología.
Otra posibilidad, la dilatación del nombramiento, no parece acorde a los tiempos que corren, con la muy cercana presidencia de Donald Trump en Estados Unidos y la situación venezolana. Gandarilla Bermejo ha realizado labores de contrainteligencia en Venezuela.
La muerte de Fernández Godín entra entonces dentro de un guión pautado, donde son difíciles las especulaciones sobre un ascenso inmediato del coronel Alejandro Castro Espín a dirigir el Minint, ya que en la actualidad no ocupa un cargo cercano a la línea sucesoria dentro de la institución, y Raúl Castro por lo general se ha mantenido fiel al mecanismo de sucesión creado por él. No pasa de un hecho esperado, pero que al mismo tiempo recuerda la inevitable biología. Por ello quizá despertará más apuestas en Miami que en La Habana, donde siempre la regla para el triunfo ha sido jugar al seguro.


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