jueves, 26 de enero de 2017

Burocracia y Trumpismo


En las próximas semanas tendremos una mejor idea de la capacidad del Gobierno de Donald Trump. El magnate está firmando decretos presidenciales sin la menor idea de los obstáculos, legales y de todo tipo, que estos puedan enfrentar.
Sus acciones complacen a sus partidarios, y en especial a los de origen cubano, que no han podido librarse de la maldición del “hombre fuerte”. Pero en la política estadounidense, una maquinaria burocrática, de larga ejecutoria, siempre se ha impuesto más allá de la voluntad del mandatario. Por supuesto que la existencia de tal maquinaria no es necesariamente provechosa: lentifica procedimientos, deforma proyectos, obstaculiza planes. Pero cualquier solución radical en su contra encierra el peligro de entregarse a la voluntad de un caudillo, un hecho sin precedentes en la historia de Estados Unidos.
Cabe la posibilidad de que, dentro de seis meses, este país se convierta en algo diferente a lo que hemos conocido quienes llevamos décadas viviendo en él. Todavía me niego a esa posibilidad, a que funcionarios obedientes —al estilo de un régimen como el castrista— sustituyan a los burócratas, que en el sentido weberiano cumplen con su función.
Hay una diferencia entre el estancamiento vivido durante los últimos seis años en Washington, por diferencias partidistas extremas, y un desmantelamiento total del cuerpo administrativo de la nación. Al parecer Trump no solo considera que su victoria electoral supera ese estancamiento —con el predominio del Partido Republicano en el poder legislativo, al igual que la cercana preponderancia conservadora en el poder judicial—, sino se muestra encaminado a destruir la maquina de gobierno y sustituirla por un engranaje similar al que ha establecido en sus empresas.
El indicador más  notable en este sentido ha sido la elección prioritaria, para cada ministerio, dirección y agencia, de la persona con los criterios más opuestos al desempeño de la labor de dicho organismo. Es como si, en cada caso, hubiera primado el concepto de colocar siempre a un pirómano al frente del cuerpo de bomberos.
Tal actitud va más allá del concepto de gobernar la nación como se dirige una empresa. Por encima de lo absurdo e inadecuado de dicha propuesta, en el caso de Trump se está hablando de una forma de administración muy particular.
Pese a su extensión por todo el mundo, poderío económico, ganancias millonarias y publicidad en todas partes, el emporio Trump no pasa de ser un negocio familiar. No se cotiza en bolsa, no existe una junta de inversionistas: en la cadena de mando, todo se reduce a Trump y sus hijos. El capital es el de Trump, y él decide a su antojo. Los demás se limitan a obedecer.
Con igual criterio se ha establecido en la Casa Blanca, pero cabe la pregunta de si esa clase burocrática, en las más diversas instancias del Gobierno federal, se dejarán fagocitar por la camada de arribistas que ahora buscarán hacer carrera en Washington.
Es posible que ocurra. Ha pasado en otras ocasiones, en otras épocas, en otros países. Sin embargo, para que ocurra aquí y ahora, en Estados Unidos, hace falta que se establezca una situación en que se pase de la crispación al asalto.
No hay señales de ello. Al menos de momento. Por un tiempo continuarán dando fruto los resultados de la gestión económica del Gobierno de Barack Obama, y Trump se aprovechará de ellos aunque no le otorgue mérito alguno a su antecesor. El mejor ejemplo es el mayor símbolo capitalista. El miércoles el Dow Jones superó los 20.000 puntos. No hay mejor indicador de una bonanza bursátil. Puede considerarse una señal de confianza de los inversionistas en la nueva administración. Trump ha sido la fuerza que brindó el impuso final para romper la barrera. Pero si nos atenemos a los números, con Obama el Dow pasó de los 7.900 a los 19.700. Claro que es ridículo de con menos de una semana como mandatario establecer una comparación en las cifras, pero ello no es el punto. La clave reside en las dificultades a acometer una labor destructiva de tal magnitud, como la que al parecer pretende la nueva Casa Blanca, sin contar con el trasfondo de una situación de crisis.
La pregunta sería entonces si el recién inaugurado presidente está dispuesto a crear esa crisis.
Si hablamos de una crisis de grandes dimensiones —y el significado final de este término sería una guerra—, hay pocos indicios, en el historial de Trump como empresario, para afirmar que su ideal es llevar a la nación hacia un punto de destrucción extrema. Pero sí, y mucho, en igual historial, para apuntar al uso de los riesgos y las pérdidas empresariales, con el fin de obtener beneficios propios.
Solo basta sustituir los términos de bancarrota por un creciente peligro nacional, y transformar los beneficios, no en una ganancia de millones para él (mientras otros —contratistas, inversores, simples pintores y plomeros— quedaban arruinados o con cuentas sin la posibilidad de cobrar) sino en un rédito político que le permita sobrevivir. El empleo de la crisis como forma de negociación. Y aquí radica una de las grandes amenazas que posiblemente nos veamos obligados a afrontar los estadounidenses en los próximos meses o años.

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