lunes, 27 de febrero de 2017

“Fake News” en los Oscars: los liberales de Hollywood dicen que una película ganó pero no fue así


Fue la presidencia de Donald Trump lo que me llevó a ver —tras años de una renuencia a punto de convertirse en renuncia— la ceremonia de los Oscars. Pero resultó tras aburrida como las anteriores con un agravante: los repetidos premios a La La Land demuestran que, como el magnate, Hollywood apuesta al pasado.
Lo mejor de la noche fue la confusión de sobres y el premio anunciado que no fue. Algo así como una versión de The Trouble with Harry convertida en The Trouble with Beatty. Y con Shirley MacLaine —parentesco doble— contemplando desde la platea.
Ahora sí Trump podrá afirmar que los liberales lanzan “fake news”, y podrá citar como fuente la ceremonia. Ah, y no será una fuente anónima.

domingo, 26 de febrero de 2017

¿Por qué Donald Trump no acudió a la cena con los corresponsales de la Casa Blanca en Washington?


Además de los motivos conocidos del enfrentamiento de Donald Trump con la prensa y de su poco gusto por los chistes a cuenta suya, hay quizá una razón más poderosa para que el magnate no acuda a la cena de corresponsales de la Casa Blanca, uno de los eventos sociales más esperados del año en Washington y que se viene celebrando desde comienzos del Siglo XX.
Ocurrió no en las últimas semanas, sino años atrás. El evento ha pasado a la historia como “la cena que nos regaló la candidatura de Donald Trump”.
Así recuerda la revista The National Review la cena de corresponsales del año 2011 en Washington, a la que acudió el empresario.
Para The New York Times, fue “una noche de humillación pública que en vez de ahuyentarle, aceleró sus feroces esfuerzos para ganar estatura en el mundo de la política”.
El evento ha sido descrito en el diario español El País.
La cita tenía todos los ingredientes para que el magnate y estrella de la televisión disfrutase de la compañía de más de 2.500 personalidades de los medios de comunicación y el mundo del espectáculo. Pero en cuanto el presidente Obama tomó el micrófono, los presentes en la sala y los espectadores al otro lado de las pantallas de televisión se dieron cuenta de que Trump iba a cumplir un papel muy distinto del esperado.
“Vaya semana”, dijo el mandatario demócrata nada más empezar. Era su reacción a los días en que la Casa Blanca publicó su certificado de nacimiento para acallar el insultante rumor del que se había adueñado Trump y que aseguraba que no había nacido en Estados Unidos y por tanto su mandato era ilegítimo.
Los siguientes minutos pudieron cambiar efectivamente la vida de Trump, aunque solo él sabe si las burlas del presidente, las risas en toda la sala y el guión desenlazado durante los días siguientes verdaderamente le inspiraron a vengarse de Obama presentándose a las elecciones para sustituirle en el Despacho Oval de la Casa Blanca.
Lo que sí sabemos es que las palabras del presidente supieron a venganza por partida doble. La primera, porque Trump fue el objeto de sus chistes más duros aquella noche. Obama se rio de su presencia en el programa de telerrealidad The Apprentice, especuló con publicar un vídeo de su nacimiento para despejar todas las dudas e incluso aludió a que, aclarado su lugar de origen, “ahora [Donald] podrá centrarse en lo que verdaderamente importa”.
Mientras las pantallas proyectaban imágenes de su programa de televisión, Obama se dirigía a Trump: "Creo que todos sabemos cuáles son tus credenciales y amplia experiencia", dijo el mandatario al mismo tiempo que la audiencia veía al empresario expulsar a un concursante. "Este es el tipo de cosas que me mantienen despierto por la noche. Buen trabajo, señor, buen trabajo. Sin duda, Donald traerá el cambio a la Casa Blanca".
Trump fue agachando la cabeza según pasaban los minutos y poco a poco abandonó la sonrisa.
Hubo mucho más que chistes en la participación de Obama. El entonces presidente de EEUU pudo haberse burlado de Trump por otro motivo, sin que nadie lo supiese hasta varias horas después, al pronunciar “el tipo de cosas que me mantienen despierto por la noche”.
El día antes de acudir a la cena había dado la orden de que comenzara la operación militar que acabó con la vida de Osama Bin Laden en Pakistán.
El desenlace se supo 24 horas después, cuando el presidente compareció ante los estadounidenses para comunicarles que habían eliminado al mayor enemigo de la nación. Entretanto, también le había dado tiempo a salir a cenar y recordarle a Donald Trump que, al menos entonces, su mundo seguía siendo el del espectáculo.

sábado, 25 de febrero de 2017

Periodismo 101


Desde que Donald Trump anunció su aspiración a convertirse en presidente de Estados Unidos, la prensa —su función, integridad y alcance— ha estado en el centro de su estrategia. Ello ha ocasionado la repetición de mitos y errores anteriores, que en el exilio en Miami ya eran conocidos, pero que ahora trascienden el caso cubano y adquieren una proyección nacional.
Pero ante todo son necesarias dos premisas fundamentales.
Trump no odia la prensa y la prensa “ama” a Trump
La insurgencia de Trump en la política estadounidense es lo mejor que hubiera podido ocurrirle a la prensa escrita, las agencias de cable y las cadenas informativas televisivas en los últimos años de franca decadencia, por factores económicos y de tecnología.
Si en estos momentos Trump se refiere a la prensa como el “enemigo del pueblo” es porque su proyección política necesita siempre de un “enemigo”.
No hay nada original en dicha propuesta: salvando las inevitables distancias, el actual gobernante de EEUU nos recuerda a dos figuras nacidas en Cuba: Fidel Castro y Miguel Saavedra.
La urgencia de utilizar al “otro” como causa de males —el imperialismo yanqui, los bongoseros provenientes de la isla, los exiliados de países islámicos— y miedos es un recurso de distracción fácil y socorrido.
Pero al mismo tiempo que ataca la prensa, Trump requiere, casi desesperadamente —y en esto se unen factores de estrategia política con características de personalidad— estar constantemente bajo las luces y aparecer en tinta. Es más arriesgaría el criterio que una docilidad absoluta de los medios, aunque al principio satisfactoria como señal de triunfo, terminaría por aburrirlo.
Educar suele transformarse en una labor estéril, sobre todo en política
Intentar convencer a los partidarios de Trump con argumentos, de momento conduce al fracaso. Porque son más fanáticos que seguidores de una idea y el irracionalismo se impone ante razonamiento alguno.
Sin embargo, una vieja renuencia a rechazar por completo el psicoanálisis me lleva a la ilusión de que la racionalidad no carece de fuerza ante la neurosis, y que enfrentar el mal con el reconocimiento del mismo es el primer paso necesario para su cura.
Así que estoy dispuesto a perder algún tiempo en la exposición de ciertos principios periodísticos elementales, no con la esperanza de impedir de que sigan repitiéndose errores, sino como simple acto de fe.
Objetividad, imparcialidad, balance
Los fanáticos de Trump —hablar de partidarios en este caso no describe por completo al grupo— evidencian una ausencia de mejores argumentos cuando acusan a cualquier columna, artículo de opinión o editorial de falta de objetividad. No solo recurren a un paradigma de lo “políticamente correcto”, que tanto detestan, sino apelan a la hipocresía ante la carencia de mejor recurso.
El llamado balance informativo —un criterio más cercano a la realidad que esa supuesta objetividad— que debe estar presente en una información atañe a las noticias, no a los artículos de opinión, porque de lo contrario estos últimos carecerían de sentido.
Un periódico o una emisora de televisión, pero fundamentalmente el primero, tiene dos cuerpos principales muy bien definidos, que se diferencian tanto en presencia física —aparecen en un conjunto de páginas diferentes— como en grupo de redactores, periodistas y dirección.
Estas fronteras fueron hasta hace pocos años muy estrictas, pero con la pérdida de circulación de los periódicos —por razones tecnológicas y no políticas— se han ido debilitando en algunos medios, no en todos. Aunque en lo esencial se mantienen.
Así que a una noticia es bueno exigirle que contenga tanto los criterios, o visión sobre los hechos, que tiene una parte como de la otra, o que se busque la opinión de todos los supuestos participantes.
Pero es tonto pedirle a un columnista que escribe 50 palabras a favor de Trump y luego tenga que “balancearlas” con otras 50 en contra.
Lo que sí es conveniente es que un medio de prensa, en sus páginas editoriales o de opinión contengan los criterios más diversos. Pero esto último no es siquiera una exigencia.
La existencia de una “prensa objetiva” es un modelo puesto en práctica por la prensa estadounidense durante décadas, pero no siempre fue así. Baste recordar —para citar un ejemplo conocido— el papel de esa prensa a favor de la intervención de EEUU en el conflicto independentista cubano.
En ese entonces, la prensa escrita, la única existente, se caracterizó por difundir lo que ahora se llamarían “fake news”, como una forma de presión para la entrada de Washington en una “guerra ajena”.
El tomar partido no necesariamente anula el valor periodístico de un medio de prensa. A diferencia de EEUU, la prensa europea se caracteriza por una clara definición ideológica, y no por ello carece de valor.
Sin embargo, lo más paradójico entre los fanáticos de Trump, y el mismo mandatario, es exigir neutralidad y parcialidad cuando la actual administración carece de ello.
Trump miente sistemáticamente. Esto no es una opinión, es un hecho. Basta revisar sus discursos y confrontarlos con los datos. Miente hasta de una forma ridícula. Pero no lo hace solo por una cuestión de temperamento sino con un objetivo determinado.
Hasta ahora, todas sus acciones como presidente se han caracterizado por un objetivo común: satisfacer las aspiraciones, inquietudes y reproches de la base de votantes que fue decisiva en su elección.
En este sentido, puede decirse que está cumpliendo con sus promesas de campaña, pero también hay que agregar que se comporta no como el presidente de un país sino de solo ese 38% que lo apoya.
Exigir mesura y neutralidad ante el desenfreno es pedir al contrario que adopte una actitud suicida.
Filtraciones
Trump quisiera prohibir la divulgación de informaciones en que todas las fuentes no se identifican.
Además de que tal criterio supone una extrapolación de sus funciones presidenciales —y en ello vuelve a emparentarse con gobernantes como Fidel Castro—, también evidencia desconocimiento de la forma en que se elabora una información. Y aquí me refiero fundamentalmente a lo que es una noticia o un análisis, no a una columna de opinión.
El periodismo funciona bajo el criterio de confiabilidad. Es decir, que lo que se publica es cierto.
La administración de Trump no ha logrado demostrar que lo aparecido en la prensa, desde que asumió la presidencia, sea falso. El criterio de “fake news” es una simple coletilla política e ideológica.
Lo importante aquí —hasta este momento en la sociedad estadounidense— es que decir la verdad no es solo un criterio ético sino también resulta rentable.
De lo contrario, The National Enquirer estaría en la misma posición que The New York Times, The Washington Post y The Wall Street Journal. Pero The National Enquirer es simplemente un tabloide de supermercado.
Que se produzcan filtraciones es un índice de disfuncionalidad de un gobierno, una empresa o incluso una familia. Pero el problema es de la institución en que se originan tales filtraciones, no de los órganos de prensa que las reproducen.
Durante los ocho años de mandato de Barack Obama no se produjeron filtraciones internas del tipo que vienen ocurriendo casi a diario en la actualidad, pero tampoco dicha administración se vio libre del problema.
Es más, el asunto de las filtraciones ha llegado al punto de institucionalizarse.
El lanzamiento de WikiLeaks ocurrió diciembre de 2006, si bien su actividad comenzó en julio de 2007-2008, dos años antes de que Obama llegara a la Casa Blanca.
Durante la campaña electoral, Trump no solo alabó las filtraciones perjudiciales a su contrincante Hillary Clinton, sino que saludó y estimuló verbalmente a que una potencia enemiga de EEUU, Rusia, las llevara a cabo.
Fuentes anónimas
Un reportero no tiene que dar a conocer el nombre de sus fuentes anónimas, ni siquiera a su editor de noticias, aunque a veces lo hace.
Todo el proceso se sustenta en un criterio de confiabilidad.
El nombre de las fuentes anónimas no se denuncia, aunque incluso ello puede costar la cárcel al periodista (ha ocurrido) y aunque al final resulte que tras la filtración se oculte determinado objetivo político (ha ocurrido también).
El criterio fundamental, repito, es dar a conocer un hecho cierto, y la administración de Trump ha demostrado ser incapaz de probar que lo divulgado por la prensa sea falso.
Un periodista puede inventar fuentes e incluso informaciones, pero dicha práctica, como el crimen, no paga.
Siempre la verdad sale a relucir y le cuesta al periodista que mintió el ejercicio de la profesión.
Ha sucedido en ocasiones y se han tomado medidas al respecto. Al final, tras estos hechos, la prensa ha salido fortalecida y no lo contrario.
Internet y órganos de prensa
paina﷽﷽﷽﷽﷽ecen en un conjunto de aginase dos cuerpos principales muy bien definidos, que se diferencian tanto en cuanto a presenLa llegada de internet ha supuesto la posibilidad de una mayor y más rápida difusión de puntos de vista e informaciones. Pero ningún blog aislado o sitio de unos pocos puede sustituir la función de un importante órgano de prensa. Por una razón muy sencilla: recursos. El periodismo investigativo requiere de tiempo y dinero. Hay casos aislados y notables, pero no hacen la norma.
El fenómeno Trump ha propiciado precisamente el renacimiento del periodismo investigativo y nos ha demostrado la necesidad de que existan —con independencia del formato— instituciones noticiosas capaces de ir más allá de la opinión.
De la manera en que Trump y sus fanáticos vienen planteando el problema, no se trata de una elemental sustitución de una prensa desfavorable al actual inquilino de la Casa Blanca por otra que destaque sus cualidades. Tampoco es simplemente resaltar las virtudes de ese 38% que lo apoya y despotricar sobre los que están en contra.
Lo que está en juego es que exista la prensa o desparezca, convertida en una maquinaria de propaganda. No es que no pueda acontecer, ha pasado en otros momentos, es que no debe ocurrir.

lunes, 6 de febrero de 2017

“Trumpezones”


Donald Trump dijo el domingo que está creando una comisión encabezada por el vicepresidente Mike Pence, la cual investigará su acusación de fraude masivo durante la elección de 2016.
Durante una entrevista con Fox News emitida justo antes del SuperBowl del domingo, Trump hizo un listado de las maneras en las que creía que había ocurrido el fraude electoral.
El fraude fue evidente, dijo Trump, “cuando miras los registros y ves que gente muerta votó, que gente anotada en dos estados votó en dos estados, cuando ves otras cosas, cuando ves ilegales y están en las planillas de votación”.
Trump y la Casa Blanca no han podido demostrar la alegación del Presidente, ya que no ha habido prueba alguna, hecha pública, de una votación fraudulenta a gran escala durante la elección de noviembre pasado. Es más, con anterioridad los abogados de Trump habían confirmado, según aparece en documentos legales, que no había prueba de fraude en la elección del 8 de noviembre.
Sin embargo, ahora Trump habla de un fraude de alrededor de tres millones de boletas, las mismas que le faltaron para ganar el voto popular.
Llama la atención este empecinamiento de Trump. Veamos primero como esta derrota en el voto popular podría perjudicarle en su mandato y encontramos que no lo afecta en nada en lo que se refiere a funciones presidenciales. No solo no impidió que llegara a la Casa Blanca sino en relación a los factores de gobierno, y del discurso del actual mandatario, esta evidente falta de popularidad no impide que pueda actuar con plena autoridad. Y por otra parte no ha hecho nada por atraer al sector de la población norteamericana que no votó por él.
Se puede decir que ha dedicado sus primeras dos semanas a pagar cuentas pendientes (promesas de campaña) y a sus obsesiones.
Más allá de las protestas callejeras, por diversos motivos, la derrota del voto popular no ha sido argumento para impulsar una acción política determinada, y tampoco hay evidencia visible de que el partido opositor esté preparando estrategia alguna a partir de ese resultado.
Cabe por otra parte que su interés sea por una corrección de algo mal hecho, que realmente crea que ha existido un fraude. Lo que llama la atención entonces es que no exista un reclamo igual por parte de otros políticos, incluso en su mismo partido, que solo la sombra de Pence se limite una vez más a recordarnos aquel viejo anuncio de la Victor y “la voz del amo”, y repita lo dicho por el presidente.
Así que, de momento, el supuesto fraude electoral millonario se inclina a ser más un asunto personal que de Estado o nación. Susceptible que es el Presidente.
Si las razones para llevar a cabo la supuesta investigación son, al menos, torcidas, el procedimiento pinta a ser abigarrado.
Para algo que no ha sido motivo de polémica, sobre lo cual no hay el menor indicio y en que los factores más diversos han confluido para no denunciar irregularidad alguna, la acometida es más que desproporcionada.
Una comisión encabezada nada menos que por el vicepresidente. Todo el poder posible para descubrir un fraude que, hasta ahora, nada sugiere que exista.
Pero dicha comisión, desde antes de posar para la foto de rigor, llama la atención por varios aspectos:
* Implica una desconfianza hacia el sistema electoral: colegios, listas de votantes, máquinas de votación, etc. En fin, un cuestionamiento de un sistema que, a nivel nacional y en los últimos decenios, no ha dado muestras de incurrir en fallos o caer en fraudes.
* Convierte al vicepresidente en testaferro presidencial.
* Pasa por alto un procedimiento más sencillo y menos costoso, que es encargar a esa misma maquinaria electoral, en un año sin votación nacional, una revisión de las listas de electores en cada distrito, o en los lugares que se considera se produjeron fraudes.
* Crea un clima de desconfianza en el sistema electoral —lo cual podría ser también un objetivo del empeño en hablar de fraude— con una repetida acusación, vaga y sin fundamento.
* Desvía la atención, y posibles recursos, hacia otros problemas más acuciantes. Aquí también cabe la sospecha de si ese no sea un objetivo tras la creación de la comisión.
En cualquier caso, la propuesta de Trump, ejemplifica lo que han sido sus dos primeras semanas en la Casa Blanca: mucha bulla y pocos resultados. Hemos comenzado a vivir bajo una presidencia que no expone —y mucho menos avanza— en un plan de gobierno a través de los mecanismos establecidos en una sociedad democrática, que ha funcionado —con las imperfecciones conocidas— durante 230 años.
Podemos vaticinar —más bien intuir— que una reforma tributaria se llevará a cabo este año, porque lo quiere el Presidente, el partido gobernante y los legisladores que dominan el poder judicial. Pero más allá de este cambio legislativo, es difícil especular. Hay un interés grande por los republicanos de destruir el plan de salud creado por el expresidente Barack Obama, pero más allá de dicha intención se sabe poco. Lo demás se reduce a frases de campaña, arengas, promesas y sueños que cada cual puede soñar a su antojo.
Todo eso lleva a que, como gobernados, se nos ha comenzado a exigir confianza, fe y fidelidad en un mandatario que cada día que pasa se parece más a un caudillo, y algunos —o muchos— se han mostrado dispuestos a entregarse crédulos y vengativos, sin que mediara siquiera la necesidad de pedirles tan devoción.
Lo que no es más que otra prueba de que la democracia se deteriora en Estados Unidos. Y de ello habla el último estudio de la revista The Economist.
El sistema político de EEUU ha sufrido tal deterioro que ha pasado de considerarse una “democracia plena” a una “democracia defectuosa”, de acuerdo con datos de la Unidad de Inteligencia de The Economist.
El índice Democrático 2016, el cual es realizado anualmente, clasifica a 167 países según una puntuación que va de 0 (“régimen autoritario”) a 10 (“democracia plena”).
Por primera vez, durante los nueve años consecutivos que lleva haciéndose el informe, EEUU tuvo una clasificación menor a 8 puntos: 7,98, que lo coloca en el puesto 21 del ranking, por debajo de países como Noruega, Alemania y Uruguay, que se encuentra en el lugar 19.
“Estados Unidos ha sido rebajado debido a una mayor erosión de la confianza en el Gobierno y en los funcionarios electos. No es consecuencia de Donald Trump, aunque la elección de Trump como presidente de EEUU sí es en gran parte consecuencia de los viejos problemas de la democracia en Estados Unidos", declaró Joan Hoey, redactor del informe.
Todo indica que dicho deterioro de la democracia, lejos de detenerse, se incrementará sustancialmente con la administración de Trump.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...