lunes, 6 de febrero de 2017

“Trumpezones”


Donald Trump dijo el domingo que está creando una comisión encabezada por el vicepresidente Mike Pence, la cual investigará su acusación de fraude masivo durante la elección de 2016.
Durante una entrevista con Fox News emitida justo antes del SuperBowl del domingo, Trump hizo un listado de las maneras en las que creía que había ocurrido el fraude electoral.
El fraude fue evidente, dijo Trump, “cuando miras los registros y ves que gente muerta votó, que gente anotada en dos estados votó en dos estados, cuando ves otras cosas, cuando ves ilegales y están en las planillas de votación”.
Trump y la Casa Blanca no han podido demostrar la alegación del Presidente, ya que no ha habido prueba alguna, hecha pública, de una votación fraudulenta a gran escala durante la elección de noviembre pasado. Es más, con anterioridad los abogados de Trump habían confirmado, según aparece en documentos legales, que no había prueba de fraude en la elección del 8 de noviembre.
Sin embargo, ahora Trump habla de un fraude de alrededor de tres millones de boletas, las mismas que le faltaron para ganar el voto popular.
Llama la atención este empecinamiento de Trump. Veamos primero como esta derrota en el voto popular podría perjudicarle en su mandato y encontramos que no lo afecta en nada en lo que se refiere a funciones presidenciales. No solo no impidió que llegara a la Casa Blanca sino en relación a los factores de gobierno, y del discurso del actual mandatario, esta evidente falta de popularidad no impide que pueda actuar con plena autoridad. Y por otra parte no ha hecho nada por atraer al sector de la población norteamericana que no votó por él.
Se puede decir que ha dedicado sus primeras dos semanas a pagar cuentas pendientes (promesas de campaña) y a sus obsesiones.
Más allá de las protestas callejeras, por diversos motivos, la derrota del voto popular no ha sido argumento para impulsar una acción política determinada, y tampoco hay evidencia visible de que el partido opositor esté preparando estrategia alguna a partir de ese resultado.
Cabe por otra parte que su interés sea por una corrección de algo mal hecho, que realmente crea que ha existido un fraude. Lo que llama la atención entonces es que no exista un reclamo igual por parte de otros políticos, incluso en su mismo partido, que solo la sombra de Pence se limite una vez más a recordarnos aquel viejo anuncio de la Victor y “la voz del amo”, y repita lo dicho por el presidente.
Así que, de momento, el supuesto fraude electoral millonario se inclina a ser más un asunto personal que de Estado o nación. Susceptible que es el Presidente.
Si las razones para llevar a cabo la supuesta investigación son, al menos, torcidas, el procedimiento pinta a ser abigarrado.
Para algo que no ha sido motivo de polémica, sobre lo cual no hay el menor indicio y en que los factores más diversos han confluido para no denunciar irregularidad alguna, la acometida es más que desproporcionada.
Una comisión encabezada nada menos que por el vicepresidente. Todo el poder posible para descubrir un fraude que, hasta ahora, nada sugiere que exista.
Pero dicha comisión, desde antes de posar para la foto de rigor, llama la atención por varios aspectos:
* Implica una desconfianza hacia el sistema electoral: colegios, listas de votantes, máquinas de votación, etc. En fin, un cuestionamiento de un sistema que, a nivel nacional y en los últimos decenios, no ha dado muestras de incurrir en fallos o caer en fraudes.
* Convierte al vicepresidente en testaferro presidencial.
* Pasa por alto un procedimiento más sencillo y menos costoso, que es encargar a esa misma maquinaria electoral, en un año sin votación nacional, una revisión de las listas de electores en cada distrito, o en los lugares que se considera se produjeron fraudes.
* Crea un clima de desconfianza en el sistema electoral —lo cual podría ser también un objetivo del empeño en hablar de fraude— con una repetida acusación, vaga y sin fundamento.
* Desvía la atención, y posibles recursos, hacia otros problemas más acuciantes. Aquí también cabe la sospecha de si ese no sea un objetivo tras la creación de la comisión.
En cualquier caso, la propuesta de Trump, ejemplifica lo que han sido sus dos primeras semanas en la Casa Blanca: mucha bulla y pocos resultados. Hemos comenzado a vivir bajo una presidencia que no expone —y mucho menos avanza— en un plan de gobierno a través de los mecanismos establecidos en una sociedad democrática, que ha funcionado —con las imperfecciones conocidas— durante 230 años.
Podemos vaticinar —más bien intuir— que una reforma tributaria se llevará a cabo este año, porque lo quiere el Presidente, el partido gobernante y los legisladores que dominan el poder judicial. Pero más allá de este cambio legislativo, es difícil especular. Hay un interés grande por los republicanos de destruir el plan de salud creado por el expresidente Barack Obama, pero más allá de dicha intención se sabe poco. Lo demás se reduce a frases de campaña, arengas, promesas y sueños que cada cual puede soñar a su antojo.
Todo eso lleva a que, como gobernados, se nos ha comenzado a exigir confianza, fe y fidelidad en un mandatario que cada día que pasa se parece más a un caudillo, y algunos —o muchos— se han mostrado dispuestos a entregarse crédulos y vengativos, sin que mediara siquiera la necesidad de pedirles tan devoción.
Lo que no es más que otra prueba de que la democracia se deteriora en Estados Unidos. Y de ello habla el último estudio de la revista The Economist.
El sistema político de EEUU ha sufrido tal deterioro que ha pasado de considerarse una “democracia plena” a una “democracia defectuosa”, de acuerdo con datos de la Unidad de Inteligencia de The Economist.
El índice Democrático 2016, el cual es realizado anualmente, clasifica a 167 países según una puntuación que va de 0 (“régimen autoritario”) a 10 (“democracia plena”).
Por primera vez, durante los nueve años consecutivos que lleva haciéndose el informe, EEUU tuvo una clasificación menor a 8 puntos: 7,98, que lo coloca en el puesto 21 del ranking, por debajo de países como Noruega, Alemania y Uruguay, que se encuentra en el lugar 19.
“Estados Unidos ha sido rebajado debido a una mayor erosión de la confianza en el Gobierno y en los funcionarios electos. No es consecuencia de Donald Trump, aunque la elección de Trump como presidente de EEUU sí es en gran parte consecuencia de los viejos problemas de la democracia en Estados Unidos", declaró Joan Hoey, redactor del informe.
Todo indica que dicho deterioro de la democracia, lejos de detenerse, se incrementará sustancialmente con la administración de Trump.