jueves, 16 de marzo de 2017

Investigando a Trump


¿Y si fuera cierto que a Trump lo han estado investigando las agencias de inteligencia? Pues la conclusión entonces no es afirmar que el actual presidente de Estados Unidos es inocente o culpable, sino dilucidar si existieron —o existen— razones justificadas para esa investigación. En este país todo el mundo es inocente hasta que se pruebe lo contario. Pero como están las cosas, es probable, o muy probable, que existieran razones para la investigación, o todavía las hay.
El problema con tal enredo —no encuentro otra palabra para describir mejor lo que está ocurriendo— es que hay en curso una batalla entre la realidad y la retórica. Y en este punto hay que reconocer que Trump ha logrado su objetivo.
Investigar a Trump no ha sido ni es un delito. El uso inapropiado de un servidor privado de internet y todo un conjunto de correos electrónicos de su oponente, Hillary Clinton, fueron investigados durante un tiempo que —nada casualmente— coincidió mayormente con la campaña electoral.
Por lo tanto, lo que aún no se puede afirmar es que Trump fuera o es culpable de algo.
Ese algo es imposible de precisar en estos momentos. Solo pocos saben en este país, con certeza, sobre la inocencia o culpabilidad de Trump.
La cuestión fundamental es que, cuando el mandatario produjo los famosos tuits, dio a entender algo muy distinto.
Trump dijo literalmente que Obama le había “pinchado” los teléfonos. Y agregó en los cuatro tuits tres palabras claves: macarthismo, Nixon, Watergate.
Estas tres palabras definieron sus mensajes mucho más allá de la simple mención a que sus teléfonos habían sido intervenidos (“pinchados”).
Estas palabras caracterizaron la supuesta intromisión telefónica como una vendetta política, un abuso de autoridad, un atentado a la privacidad: un acto propio de un régimen totalitario.
Primero a través de sus asesores y luego personalmente, en la reciente entrevista con la cadena Fox, Trump ha intentado cambiar el alcance de lo que escribió. Durante semanas se viene debatiendo sobre si, en efecto, sus líneas telefónicas fueron intervenidas o si se emplearon métodos más modernos para conocer sus comunicaciones, o contenidos de información que pudieran brindar datos relevantes.
Así se ha pasado a la semántica, la gramática, la tecnología  y los actuales medios de espionaje —incluso formas más inverosímiles, como el gesto de las comillas con las manos de su secretario de prensa o la referencia a los hornos de microondas por su asesora más florida y esperpéntica— en un despliegue amplio de encubrimiento.
No todo ha sido tiempo perdido en tal embrollo. Hemos asistido también a un cambio notable de posición, por parte de uno los legisladores en apariencia más fieles a Trump.
Devin Nunes, el representante por California que participó en el equipo de transición de Trump y está al frente de la comisión de inteligencia de la Cámara de Representantes dijo el miércoles que no existían pruebas de que en la Torre Trump se hubieran intervenido los teléfonos durante el tiempo que el actual mandatario era candidato.
“No creo que hubo una intervención telefónica en la Torre Trump”, dijo Nunes. Agregó que si se tomaban al pie de la letra los tuits de Trump, entonces “claramente el Presidente estaba equivocado”.
Por su parte, el secretario de Justicia,  Jeff Sessions, que actuó como consejero legal durante la campaña de Trump y también participó en el equipo de transición, respondió con un “no” cuando los reporteros le preguntaron si le había ofrecido al Presidente información alguna sobre la supuesta intervención telefónica en la Torre Trump.
De esta manera la afirmación de una actitud vengativa y francamente totalitaria, por parte del ahora expresidente Obama, ha quedado prácticamente descartada.
La intervención en las comunicaciones de un agente extranjero o de un representante de una potencia enemiga es un ejercicio cotidiano de las agencias de inteligencia de las más diversas naciones en el mundo actual.
Sin embargo, en Estados Unidos, para extender dicha actuación a un ciudadano estadounidense se requiere una autorización judicial. Y esa autorización o su solicitud es la que hasta ahora no aparece.
No es lo mismo que en una llamada interceptada de un embajador, funcionario o agente extranjero figure un estadounidense al otro lado de la línea (por lo general el nombre se tacha cuando se da a conocer el informe, si no resulta relevante o no está autorizada su divulgación). Lo que importa aquí es la relevancia o participación del estadounidense: caso Flint.
Por lo que queda en pie es una pregunta más amplia: ¿había razones para sospechar de Trump o de su equipo?

Foto: Devin Nunes.

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