martes, 18 de abril de 2017

La inocencia violada


Anne Fontaine es una directora que comienza entusiasmando al espectador (al menos en mi caso lo ha conseguido en más de dos ocasiones) y termina defraudándolo un poco, o demasiado.
En Adore (2013), la adaptación al cine de la novela de Doris Lessing, dos amigas de toda la vida se enamoran de sus respectivos hijos adolescentes. Por un tiempo comparten romance, cama (en este caso balsa), reproches y celos. Pero lo que en un principio destaca en la pantalla por desacato a las convenciones sociales —donde la blasfemia nunca traspasa la descortesía—, termina en una narración de problemas de alcoba. Al final se impone un sentimiento agridulce —que si bien no reduce el sacrilegio tampoco lo menosprecia—, propio de esa moral pequeño burguesa que uno esperaba no solo ver rechazada sino caricaturizada.
Digamos que Adore termina en la antesala; no solo de toda la Nouvelle vague, también de Madame Bovary (Gemma Bovery, de 2015, es otra película de Fontaine, pero no una adaptación de la obra de Flaubert sino de la novela gráfica de Posy Simmonds, referida a la vida y muerte de un inglés expatriado en Normandía y que traza un paralelismo con el famoso libro).
Con The Innocents (Les Innocentes, 2016) Fontaine entra en un tema donde la sordidez de la guerra profana y marca definitivamente la inocencia a que alude el título. Durante buena parte de la proyección, lo desolado y turbio de los acontecimientos —que transcurren dentro de un panorama interno de ruina y desolación reinante, al tiempo que contrastan y se complementan con la blancura exterior del paisaje nevado— dejan apenas respiro y esperanza.
Sin embargo, en un desarrollo final la trama se acomoda a una solución que parece destinada al alivio de esa carga emocional que se ha ido acumulando sobre el espectador no impávido. La película termina con un desenlace que resulta artificial —desde el punto de vista dramático y existencial con el desarrollo anterior— y en el que poco importa la coletilla inicial con la explicación de que lo narrado se fundamenta en hechos reales.
Si en Adore la realizadora se inclinaba por un cierre impasible, en The Innocents decididamente apuesta por un final feliz.
La película cuenta una de las tantas atrocidades que no terminan sino se prologan tras los combates. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en diciembre de 1945, Madeleine Pauliac, una joven médico que formaba parte de un destacamento francés de la Cruz Roja —situado en la frontera entre Alemania y Polonia— es llamada al parto de una joven en un aislado monasterio de religiosas benedictinas. Poco después descubre que no es un caso único y que la mujer no es una recogida por caridad de las monjas, sino una de ellas.
Las religiosas habían sido violadas sistemáticamente por un grupo de soldados soviéticos que controlaban la zona, algunas de ellas hasta 40 veces. No solo habían sido asesinadas 20 sino otras cinco se encontraban embarazadas y a punto de parir. Habían pasado casi nueve meses desde el último ataque y los hechos se mantenían en secreto porque las religiosas —y en especial la Madre Superiora— consideraban que divulgar lo ocurrido no solamente llevaría al cierre del monasterio sino que las haría victimas también de la humillación y el desprecio.
La película desarrolla una trama donde la ignorancia y el miedo se mezclan con la obediencia y la fe, así como los instintos maternales en algunas de las monjas.
A todo ello la directora añade algunos elementos secundarios, como la presencia de un médico judío francés y un grupo de niños huérfanos de la guerra que tratan de sobrevivir en medio del caos —para lo cual a veces adoptan vicios y trucos de los mayores repitiendo conductas ya vistas en decenas de películas neorrealistas.
Fontaine parte de un tema actual —el uso de la violación como arma de guerra y demostración vil de poderío— para reflexionar sobre la permanencia de las convicciones y el enfrentamiento entre concepciones en apariencia diametralmente opuestas, pero que en determinadas situaciones encuentran puntos complementarios.
Así el mundo material y cartesiano de la doctora choca —se opone, aunque termina perfeccionándose— y planta cara frente a la fe y el fervor de la madre superiora de las novicias (otra figura jerárquica pero de orden inferior a la Madre Superiora del convento). Aunque aquí no se trata de un choque frontal entre el racionalismo y el misticismo. La espiritualidad de la religiosa no se encierra en el misticismo del aislamiento, sino en una convicción no ajena al mundo exterior.
En última instancia, el irracionalismo —en su vertiente negativa— está representado en la Madre Superiora y no responde tanto al fanatismo como al apego de las convenciones. A la escena que insinúa o representa la muerte de esta la sucede la imagen de la transformación del convento en refugio de niños, y en un sitio más abierto al mundo (lo que puede leerse también como otra concesión de la directora).
En este desarrollo de perspectivas, apariencias y visiones del mundo enfrentadas, hay también detalles que se señalan, pero cuya mención reiterativa poco añaden al desarrollo, como las convicciones comunistas de la médico.
En este sentido de desarrollo dramático, la película se anota uno de sus mayores valores en el excelente trabajo de actuación. Fontaine no es solo una buena directora de actores, sino que en sus mejores momentos siempre encuentra a quienes mejor logran caracterizar y trasmitir sus propuestas. Si Adore —que aquí ha sido utilizada fundamentalmente como elemento de comparación— debe sus méritos a la excelente labor de sus protagonistas, aquí repite igual provecho. Lou De LaÂge como la doctora —una joven actriz francesa conocida más por las series de televisión de su país— demuestra que su nominación al Cesar por Jappeloup fue algo más que una promesa. Pero es en las actrices polacas Agata Buzek y Agata Kulesza sobre quienes, en buena media, se sustenta el filme. Ambas son conocidas fuera de la producción nacional. Buzek por Zemsta, de Andrzej Wajda, y Nightwatching, de Peter Greenaway. Kulesza por Suicide Room, de Jan Komasa, y Rose, de Wojciech Smarzowski. A ellas se une un reparto de rostros que, en medio de cantos angelicales, trasmiten aún esa inocencia que les ha sido arrebatada.
Más allá de las limitaciones señaladas, The Innocents es quizá la mejor película de Anne Fontaine, que ha desarrollado una carrera en la que ha rehuido ser catalogada como una directora de temas y sensibilidad femenina, aunque no siempre con éxito. Coco Before Chanel no se salva ni con la actuación de Audrey Tautou, algo que sí logran Fanny Ardant, Emmanuelle Béart y Gérard Depardieu para mantener a flote Nathalie, pero solo como una cinta agradable. The Girl from Monaco, My Worst Nightmare, Dry Cleaning y My Father and I son películas muy menores.
En la actualidad Fontaine tiene otro filme, Marvin, en etapa de post-producción. Trata de la historia de Martin Clement, llamado Marvin Bijou al nacer, que abandona su pueblo, su familia y la hostilidad que lo ha rodeado desde su nacimiento por ser “diferente” y se dedica a crear un espectáculo con el cual culminará su transformación. Cuenta con la actuación de Isabelle Huppert y Finnegan Oldfield. Es una historia sobre el rechazo y la intolerancia. Con la presencia de la Huppert cabe esperar que de nuevo Fontaine nos logre mostrar su mayor mérito: la dirección de actores.

miércoles, 12 de abril de 2017

El frenazo


Paralización, estancamiento, marasmo. No son palabras ajenas a quienes dominan ese difícil “arte de la espera”, que ha caracterizado la vida en la Isla durante décadas. Pero lo que en estos momentos experimentan los cubanos es más que la inercia cotidiana, que desde hace largo tiempo conocen. Lo que sufren ahora es un verdadero frenazo.
Y para mayor calamidad, la retranca les está siendo aplicada desde ambas costas del estrecho de la Florida.
Cuando comenzó a operar el servicio en la Isla —en abril de 2015—, la palabra Airbnb, el propio concepto, debe haber sonado muy extraña muchos. Y no solo dentro sino especialmente fuera la apuesta arriesgada de puesta en marcha.
¿Un resultado del mundo de las transacciones online, las redes sociales, las plataformas digitales y los teléfonos inteligentes funcionando en Cuba, cuando la mayoría de las casas no tienen internet?
Pero los cubanos se adaptan rápido, aprenden pronto y funcionan de prisa.
Durante varios, varios y largos meses, todo fue de maravillas, hasta que al parecer ahora ha surgido un problema, un gran problema para quienes viven allá.
En Miami
Se han producido demoras en los pagos a quienes alquilan sus viviendas en Cuba, y aunque Airbnb le dijo a El Nuevo Herald —que trae la noticia—, que están trabajando en una solución, lo ocurrido es un buen ejemplo de lo difícil que resulta lo simple en Cuba.
El problema tiene que ver con el mecanismo de pago que utiliza la compañía para enviar el dinero a sus usuarios cubanos, según explica el diario de Miami.
El embargo prohíbe la mayor parte de las transacciones bancarias entre Estados Unidos y Cuba, así que Airbnb optó por utilizar una compañía de envío de remesas con sede en Miami, VaCuba, para entregar personalmente los pagos a los arrendadores en la Isla.
Así que una transacción por internet —donde se conecta a huéspedes con dueños de casas interesados en alquilar mediante una plataforma digital— en el caso cubano terminaba con una operación donde una persona le llevaba el dinero a otra a su casa.
Claro que en un principio, el transitar de momento del mundo del siglo XXI a casi la villa del medioevo se vio como un simple paso transitorio. Porque había comenzado el “deshielo” y  “Cuba es el país de más rápido crecimiento en Airbnb en la historia de nuestra plataforma”, como dijo Brian Chesky, director ejecutivo y fundador de Airbnb, cuando viajó en la delegación que el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, llevó a La Habana en marzo de 2016.
Para esa fecha, Airbnb contaba con 4.000 viviendas que ofertar en la Isla, en las que se hospedaban del 10% al 20% de los viajeros procedentes de Estados Unidos,  según afirmó Chesky durante una conferencia de prensa organizada por la Casa Blanca en La Habana.
Por supuesto que, en principio, el actual problema de los pagos es un asunto puntual con una solución más o menos cercana. Pero el tema del turismo, los viajes y las transacciones bancarias entre EEUU y Cuba no despiertan en estos momentos mucho entusiasmo.
Hay una total incertidumbre sobre el camino que tomarán las relaciones entre Washington y La Habana, pero es difícil el optimismo.
En La Habana
A noventa millas de las costas floridanas, la retranca es aún mayor.  Al punto que Fernando Ravsberg considera que si 2015 fue el año del “deshielo”, 2017 podría considerarse como el de la “congelación” de las reformas iniciadas en 2008.
“Las PYMES, las cooperativas, el trabajo autónomo, la unificación monetaria, la inversión extranjera, los cambios previstos en la constitución, la ley de prensa, la de cine, la que reconoce los derechos de la comunidad LGBTI, todo parece haber sido
puesto en modo hibernación”, afirma Ravsberg.
Y es que la política de Raúl Castro, de avanzar las reformas “sin prisa pero sin pausa” podría haber dado ya todo lo que podía dar, según el analista, ya los pasos siguientes provocarían un “efecto dominó”: cualquier ficha que se tocara, obligaría a cambiar muchas más.
Sin embargo, en un principio el propio Castro trasmitió la impresión de que dichos cambios —“estructurales”, “profundos”, como los llamó— entraban dentro de los objetivos de su plan.
Aunque siempre el gobernante ha reafirmado que no daría marcha atrás en el proyecto “socialista”, ni que introduciría cambios “políticos”, el inmovilismo actual resulta difícil de digerir por los cubanos que en los dos últimos años transitaban por esperanzas múltiples.
Ahora, y debido a una serie de factores que no necesariamente estaban destinados a coincidir, pero que se han agrupado en una especie de tormenta perfecta del desconsuelo, los cubanos se ven atravesando una sequía espantosa en la Isla, cada vez con menos gasolina —y la importancia de ello trasciende el automóvil—, con la incertidumbre de si volverán las restricciones de la época de George W. Bush y con las puertas de entrada a Estados Unidos cada vez más cerradas.
Y mientras tanto, Eliécer Ávila preocupado por su computadora.
La oposición cubana recorriendo sin cansancio su conocida senda entre la paralización y el bochorno.
El frenazo
La renuencia o imposibilidad de avanzar, que repercute en todos los aspectos de la vida cotidiana cubana, obedece a un afán compartido —aunque desde signos opuestos— tanto de Washington como de La Habana en estos momentos.
En Cuba, Ravsberg cita al economista Juan Triana, quien asegura que la unificación de la tasa monetaria podría provocar el cierre de más del 60% de las empresas estatales, las cuales se benefician de un cambio artificial.
Cuando estas empresas necesitan importar, el Estado les reconoce la paridad entre el peso cubano y el dólar, mientras el cambio real es de 24 a 1.
Si la moneda y las tasas de cambio se unificaran esas empresas serían incapaces de comprar los insumos necesarios para seguir produciendo, explica.
Según Ravsberg, Triana asegura que la unificación de tasas cambiarias y la quiebra masiva de empresas estatales terminarían destruyendo alrededor de 2 millones de puestos de trabajo.
Para evitar ese desempleo en gran escala, la economía cubana tendría que diversificarse a un grado tal que la jerarquía política del país no admite. Ese fue el camino interrumpido desde sus comienzos, al que al parecer se oponía Fidel Castro —y todo indica que su fantasma también— y cuyos temores se multiplicaron tras la visita de Obama.
Al colocar barreras y trabas excesivas al sector privado, que han imposibilitado su desarrollo más amplio, y fracasados los objetivos de desarrollo agrícola para sustituir la importaciones, con la baja en los mercados mundiales de las materias primas y la crisis creciente en Venezuela, con fuerza creciente el Gobierno cubano se ha aferrado al inmovilismo.
Solo que al frenazo de La Habana posiblemente se sume muy pronto otro desde Washington.
¿Hacia donde mirarán entonces los cubanos?
En medio de dicho atasco, una pequeña señal ha “renacido”, aún pálidamente, en la prensa oficial cubana: el “antiimperialismo”; con el articulo condenatorio que desde hace meses no se veía, la información que hasta ayer se pasaba por alto o el tipo de caricatura que uno creía, en lo adelante se quedaría siempre en el tintero.
Y la causa de ello no parece ser tanto Venezuela como Rusia. Si Trump y Putin se apartan en serio y no con gesticos como hasta ahora, es posible que Raúl Castro vea un motivo y una esperanza, para salir de su aburrimiento.

Lecciones de un fracaso


Aún se repite que la responsabilidad del fracaso de la fuerza paramilitar invasora contra el Gobierno de Fidel Castro, integrada por exiliados cubanos pero organizados por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, fue responsabilidad del entonces presidente John F. Kennedy. Esta afirmación errónea, tan arraigada en la mitología que opaca el razonamiento de un sector de la comunidad, apenas se rebate hoy día. Quienes no comparten esta creencia prefieren pasar por alto el capítulo, considerarlo parte del pasado, y concentrarse en los problemas actuales de la Isla y la mejor forma de lidiar con un régimen que no solo resultó victorioso en los combates: lo fundamental fue que salió fortalecido nacional e internacionalmente de un hecho que determinó su inserción plena en la contienda de la guerra fría, algo a lo que, durante décadas, debió en buena medida su supervivencia.
Sin embargo, existen documentos que prueban que el error de Kennedy se limitó a no cancelar el plan, que su inexperiencia de entonces –al inicio de su mandato– fue la culpable de no percatarse a tiempo de que estaba siendo mal informado, y que sus mayores errores respecto a Cuba ocurrieron después del fiasco de Bahía de Cochinos, cuando él y su hermano Robert alentaron toda una serie de planes descabellados para eliminar a Castro.
Lo curioso del caso es que, desde el punto de vista del sector más radical del exilio, no se le reconozca al presidente asesinado que fue el que más hizo por eliminar al líder de la revolución cubana, al tiempo que el propio Fidel Castro adoptó décadas después una actitud benevolente —mejor sería catalogar de hipócrita— a la hora de juzgar por escrito a su antiguo rival. También llama la atención que el Partido Demócrata no hiciera nada, o al menos aún no demuestre ningún interés en enfatizar la verdad sobre lo ocurrido.
Ese preferir sacrificar un análisis de lo sucedido, en aras de no sacar a relucir lo que sigue siendo un episodio embarazoso —para decir lo menos— de la política exterior de este país durante más de medio siglo, es responsable en alguna medida de la repetición del mismo error una y otra vez, como si la historia de las relaciones entre Washington y La Habana estuvieran empeñadas no en escribirse dos veces, más bien en multiplicarse con cada nuevo gobierno.
En el caso de la invasión de Bahía de Cochinos, Kennedy heredó un proyecto destinado al fracaso desde el inicio, y del que no se dio cuenta a tiempo de la magnitud del desastre que implicaba. “¿Cómo he podido ser tan estúpido?”, cuentan que les dijo a sus asesores después del fracaso de la invasión. Pero es falsa la afirmación de que el desembarco se vino abajo debido a que él no ordenara el necesario apoyo aéreo. Un informe de la propia CIA, que la agencia mantuvo guardado en sus bóvedas durante tres décadas, y solo fue desclasificado al cabo de dos años de intensas gestiones del Archivo Nacional de Seguridad, organización no lucrativa con sede en Washington, muestra que la arrogancia, el desconocimiento y la mala costumbre de intentar tapar un error tras otro con cambios que se presentaban como un avance del proyecto, cuando en realidad no eran más que nuevos pasos hacia el abismo, fueron las causas que llevaron al desastre. Sin embargo, me temo que a estas alturas muchos no lo conocen en el exilio.
“Al evaluar el desempeño de la Agencia, es esencial evitar que se concluya de manera inmediata, tal como muchas personas han hecho, que la principal causa de la derrota de la invasión fue la orden del Presidente de cancelar los ataques aéreos el Día D”, establece el análisis.
“Discutir esa sola decisión simplemente haría surgir la siguiente pregunta fundamental. Si el proyecto hubiera estado mejor concebido, mejor organizado, mejor manejado y, si hubiera contado con un personal más capacitado, ¿se hubiera sometido alguna vez esa precisa cuestión a la decisión presidencial? ¿Y se hubiera presentado bajo las mismas circunstancias inadecuadas en cuanto a la información?”, agrega.
Lo que al parecer nunca faltó en el proyecto fue el dinero. El estimado original, para lo que fue concebido bajo la administración de Eisenhower como un plan de propaganda, infiltración y apoyo a la resistencia dentro de la  sla, comprendía gastos de $4.400.000. Sin embargo, el costo total ascendió a más de $46.000.000. Una cifra que solo resultó en muerte, dolor y humillación para los expedicionarios, a los que La Habana siempre ha catalogado injustamente de “mercenarios” y batistianos, cuando en su mayoría se enfrentaron a un Gobierno con el que no estaban de acuerdo.
La Agencia omitió el informar al presidente Kennedy, en un tiempo apropiado, que el éxito era más que dudoso y que estudiara de nuevo el problema de derrocar a Castro. Al tiempo que en sus etapas finales, en medio de un afán frenético por producir un desembarco, aumentó la altivez en el trato hacia los cubanos y el menosprecio hacia sus líderes políticos de entonces. Algunos, como Aureliano Sánchez Arango, supieron retirarse a tiempo de cualquier asociación con el proyecto.
De acuerdo al informe de la CIA, la causa fundamental del desastre fue que la Agencia no le dio al plan la atención que requería, pese a su importancia por el inmenso potencial nocivo para Estados Unidos. Kennedy, sin embargo, continúa siendo el “gran culpable” para muchos exiliados. A veces por ignorancia y otras por conveniencia.
Este trabajo contiene ideas publicadas años atrás en El Nuevo Herald.

miércoles, 5 de abril de 2017

A peñascazos


Entre tantas noticias, hay una que me apasiona: la nueva “guerra” por Gibraltar en los tabloides británicos. Y es que lingüísticamente tienen cada perla que bien vale la lectura. Además de lo saludable que resulta, para la labor de historiadores y novelistas, el comprobar que muchos al parecer no se acuerdan del Tratado de Utrecht, lo que hasta cierto punto es entendible, porque se firmó en 1713.
Hasta ahora lo mejor es esta portada de The Sun, con el titular Up yours senors!, que libremente podría traducirse en algo así como que “vayan a que les den por el culo [a los españoles]”, algo que suena bien grosero aquí pero que no resulta difícil escuchar en un taxi de Madrid o Lisboa.
Y es que más o menos, con mayor o menor finura o antigüedad, así van las cosas. Kelvin MacKenzie, director de The Sun entre 1981 y 1994 y hoy columnista del diario, recurrió al inglés arcaico para llamar a los españoles “donkey rogerers”, que vendría a ser algo así como “follaburros”. Y añadió que los dirigentes de ese país eran además “asquerosos”.
Desde imponerle un aumento especial al Rioja hasta expulsar a los 125.000 españoles que trabajan en el Reino Unido, las propuestas no han sido muy originales y tampoco disímiles de algunas de Trump y sus partidarios en Estados Unidos, y es que el nacionalismo —en su versión irracional e ignorante, que es la que suele imperar— se parece en todas partes, aunque siempre aspira a ser propio.

lunes, 3 de abril de 2017

El mercenario de Trump


El fundador de la firma de servicios de seguridad Blackwater, Erik Prince, mantuvo una reunión secreta en enero con un confidente del presidente de Rusia, Vladímir Putin, en un aparente intento de abrir líneas de comunicación entre Moscú y el entonces presidente electo, Donald Trump.
Así lo asegura hoy el diario The Washington Post, al señalar que la reunión se celebró el 11 de enero (nueve días antes de la investidura de Trump) en las islas Seychelles y fue organizada por Emiratos Árabes Unidos (EAU).
Lo que siempre me llama la atención son esas figuras que siempre aparecen asociadas a Trump. En el caso de Prince, ya tiene la familia en el gabinete de Trump. Su hermana es Betsy DeVos, quien es ahora secretaria de Educación, un tema que desconoce por completo y que lo más comentado que expresó durante las audiencias de confirmación en el Senado es que los maestros deberían andar armados, para defenderse de los osos.
Sin embargo, la notoriedad de Prince es más tenebrosa.
En enero de 2009 se anunció que Irak no le renovaría el contrato a la empresa de servicios de seguridad Blackwater Worldwide. Por otra parte, el gobierno de Barack Obama estudiaba entonces no ampliar su contrato con la firma, según The Washington Post.
En diciembre de 2008, un informe del panel de asesores del Departamento de Estado recomendó al Gobierno norteamericano no renovar a Blackwater el contrato de servicios de seguridad para los diplomáticos estadounidenses en Irak. Esta recomendación llegó después de que seis miembros de esta empresa fueran acusados del homicidio de 14 ciudadanos iraquíes —entre ellos algunos niños— y dejar heridos a 20 por un tiroteo en Bagdad en 2007. Los vigilantes formaban parte de un convoy de vehículos blindados cuando decidieron usar la táctica del fuego de supresión y usar ametralladoras y lanzagranadas contra la población civil en el centro de la capital iraquí, informó entonces el diario español El País. Para más detalles, vea la información completa en Cuaderno de Cuba.
Sobre los orígenes de Blackwater y el empleo de mercenarios por parte del Gobierno de Estados Unidos, en especial durante la administración de George W. Bush, haga un clic en La hora del mercenario.

Firma de EEUU brinda servicios para filmaciones en Cuba


Esta noticia la publiqué el 3 de agosto de 2016 en Cubaencuentropero en Miami es ahora que han descubierto la existencia de esta empresa, la primera de su tipo en poder facilitar equipos, personal y logística a quienes vayan a filmar o realizar programas de TV para el mercado de EEUU e internacional. En lo aparecido en Cubaencuentro se ofrecen más detalles sobre la empresa y sus objetivos que en lo publicado en El Nuevo Herald. A continuación, lo que fue noticia hace casi ya un año:
Una firma estadounidense que brinda servicios para la producción cinematográfica y televisiva acaba de instalarse en Cuba. Tanto el hecho en sí como la composición de la empresa y sus objetivos son un indicador de los nuevos tiempos que corren por la isla.
Cuba International Network (CIN) se convirtió recientemente en la primera empresa estadounidense autorizada para establecerse en Cuba y brindar equipos y personal para apoyar la producción de programas de televisión y la filmación de videos para el consumo en los mercados de Estados Unidos y el resto del mundo, informa PRNewswire.
Se trata de la primera instalación de su tipo con la capacidad de ofrecer la imprescindible capacidad tecnológica y los servicios necesarios que hagan posible en Cuba la elaboración de un producto acorde a los estándares de la industria existente en EEUU.
CIN, con presencia en Miami y La Habana, así como en Jamaica, trabajará con socios locales y brindará instalaciones, servicios y seguridad para personas y equipos en Cuba. Desde unidades móviles con multicámaras, equipadas para la transmisión, hasta asistencia para la aprobación de proyectos, aspectos relacionados con los derechos y las medidas logísticas. De acuerdo a CIN, cuenta con la capacidad para brindar apoyo a cualquier proyecto de cualquier tamaño y en cualquier locación en la isla y la región.
“El potencial de Cuba como un destino para el cine y la trasmisión de programas se halla entre los que causan mayor entusiasmo en el mundo actual, aunque el reto es contar con la capacidad necesaria en el suelo cubano. Ese es el problema que le resolvemos a nuestros clientes”, explica Barry Pasternak, director ejecutivo (CEO) de CIN.
"Cuba añade una nueva y completa dimensión para la industria cinematográfica y televisiva a la hora de brindar un contenido auténtico desde un país que lleva a cabo una excitante transición cultural y económica en una ubicación”, enfatiza Pasternak.
Más allá del “comercial” del CEO de Cuba International Network —que imaginamos con una imagen de palmeras con Carmen Miranda al fondo y música de Xavier Cugat (sí no son cubanos, pero que importa)— hay al menos tres aspectos que valen la pena destacar.
Uno es el hecho de que el Gobierno de La Habana admite su incapacidad para brindar los medios adecuados para este tipo de productos. Es decir, el Instituto del Arte y la Industria Cinematográficos (ICACIC) y el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) pasan a un segundo o tercer plano, al menos en lo que respecta a la producción y el mercado internacional. En el caso del ICAIC, se puede incluso poner en duda la necesidad de su existencia en la Cuba actual.
El segundo es que las razones comerciales —el reconocimiento implícito de la ausencia en la isla de la tecnología adecuada y la decisión de permitir que sea suministrada desde el exterior— se colocan por delante de cualquier otra y lo que prima es buscar facilitarle a las compañías extranjeras que vengan a filmar o a realizar programas en Cuba. En este caso la economía se impone por encima de la ideología. No quiere decir esto falta de control político sino abandono a ser faro en todo momento y guía ideológica: ya no más “seremos como el Che”.
El tercer aspecto guarda relación con una primera mirada, por supuesto superficial, a quienes integran el equipo de CIN según su página web.
Uno de los miembros de ese equipo es Osvaldo Cárdenas, que se especifica “ocupó elevadas posiciones en el Gobierno de Cuba, entre ellas la de embajador en Surinam” y quien en la actualidad reside en Jamaica, “donde fundó una compañía para realizar negocios en Cuba y desarrollar relaciones comerciales en Cuba y otras zonas del Caribe”.
El detenerse en la figura de este ejecutivo solo intenta señalar un ejemplo de esa transformación de funcionario a consultor y empresario que cada vez más ocurre en la situación cubana, y donde el historial dentro del régimen de La Habana incluso actúa como carta de presentación. El país transita esta vía, “sin prisas pero sin pausas”, más allá de los discursos y las celebraciones.

domingo, 2 de abril de 2017

Bouguereau, sociedad y erotismo


La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad mitad del siglo XIX y la publicidad actual. En uno todo es pasado. En otro encontramos iguales representaciones, pero con mayor provocación.
Nada más fácil que descartar a Bouguereau como artista. Ya lo hicieron en su momento Gauguin, Cézanne y Van Gogh. Durante las tres últimas décadas del XIX fue el pintor más conocido de París, que era como decir del mundo. Luego sus cuadros se convirtieron en sinónimo de mediocridad y hasta de burla para los estudiantes de arte. A partir de 1980 ha comenzado una revalorización de su obra, pero siempre a partir de su destreza, no de su talento. Ello se refleja en el mercado. Para un creador de 822 cuadros conocidos, y que se mantuvo pintando seis días a la semana casi hasta su muerte a los 79 años —aunque muchos se han perdido—, solo algunos han alcanzado el millón de dólares y muy pocos los dos o tres millones. Si se compara con los precios astronómicos de las obras impresionistas, quien en una época fue muy cotizado entre magnates franceses y estadounidenses se preguntaría hoy si valió la pena tanto esfuerzo.
De hecho el nombre de Bouguereau ha servido para acuñar un término peyorativo, el  “Bouguereauté” que le endilgaron Degás y sus seguidores. Su manera, en buena medida, llevó a la consagración de un estilo opuesto. Las superficies de sus pinturas “lisas y artificiales” fueron catalogadas de poseer un “acabado lamido”, deslavazado, demasiado liso y trabajado en exceso. Tal estilo, que con anterioridad había sido admirado en Ingres —quien destacó que “la pincelada, por más lograda que sea, no debe ser visible”— tuvo su contrapartida en la textura y los brochazos, muy visibles, que caracterizan a los cuadros impresionistas y post-impresionistas.
Más allá del estilo de pintar —aunque íntimamente relacionado con ello— la fama y fortuna de Bouguereau, así como su posterior descrédito, obedeció a su interés en mostrar a la burguesía europea y estadounidense lo que esta quería ver: mujeres hermosas, niñas pobres pero encantadoras —y sobre todo muy limpias—, mitología clásica y una idílica vida campestre. Tal visión, que fue cambiando ligeramente con los años, adaptándose al público —“Qué usted espera, tiene que adaptarse al gusto del público y el público solo compra lo que le gusta”, dijo en una ocasión— la aceptó no solo en su obra, sino trató de imponerla a otros.
Con el control absoluto del Salón de pintura de la Academia de Bellas Artes, admitía en la exposición anual solo las obras que eran de su agrado o de los pintores que no lo criticaban o atacaban, al punto de que Cézane se quejó en una ocasión de haber sido excluido del “Salón de Monsieur Bouguereau”.
Sin embargo, esa mirada típica de la pacatería e hipocresía de la burguesía francesa, reflejada en sus cuadros, no estuvo libre de pequeños y saludables excesos. Si el erotismo de  Bouguereau casi nunca se libra  de la cautela —baste comparar su Nacimiento de Venus con el de Cabanel— y su fetichismo con los pies de niñas y jovencitas responde al gusto de la época, en ocasiones sus cuadros bordean lo siniestro.
Dentro de ese juego especialmente rentable de satisfacer las fantasías sexuales de los espectadores masculinos —sin trasgredir los códigos morales establecidos por el Segundo Imperio—, algunas pinturas de Bouguereau nos presentan una escena conocida donde aparece un detalle, un tema o un aspecto que rompe las convenciones.
Dante y Virgilio en el Infierno nos muestra una escena que podemos considerar de vampirismo (el hereje y alquimista Capocchio es mordido en el cuello por Gianni Schicchi, un famoso suplantador de personas para obtener sus herencias). El cuadro tiene una notable carga erótica y contrasta con otro de Delacroix sobre igual tema. En El primer duelo o Despertar de la tristeza (nombre que recibe tradicionalmente en español) está presente también el erotismo en las figuras, sus poses y un posicionamiento que resulta chocante con el tema.
La pintura describe el momento en el que Adán y Eva han descubierto el cadáver de su hijo Abel, asesinado por Caín. Tal característica desentona con el hecho de que, cuando la realizó, el pintor había sufrido recientemente la pérdida de su segundo hijo.
Bouguereau  pertenece a la época en que los cuerpos femeninos blancos, depilados, blancos, idealizados al gusto del momento, se ofrecían a los visitantes de los salones de arte como ejemplos de belleza y alta cultura. Fueron el reverso de la prostitución imperante en las sucias calles. Hoy tal disparidad se encuentra en las páginas de anuncios de artículos de moda de las revistas de papel cromado, y las noticias que llenan el resto de la publicación.