sábado, 13 de mayo de 2017

El gran espectáculo


El fenómeno Trump es uno de los más notables que ha ocurrido en la sociedad estadounidense en los últimos 50 años, por el simple hecho de que trasciende la política. En su existencia hay al menos dos aspectos fundamentales: uno social y otro del individuo. Esto hace que las dos razones tradicionales —la economía y la política—, a las que existe la costumbre de recurrir a la hora de las explicaciones en resultados anteriores, sean aquí insuficientes.
Trump es un fenómeno cultural creado por la sociedad norteamericana. Su triunfo —a diferencia del de Obama— no responde a motivos económicos. Solo una crisis económica, como la gran recesión iniciada en el segundo mandato de George W Bush, explica que un miembro de la raza negra, y con una mezcla de nacionalidades y un origen étnico tan complejo como Obama, llegara a la Casa Blanca. Su ascenso al poder fue único, pero no insólito. Trump es un fenómeno insólito.
Pero si la victoria de Obama fue singular, los ocho años de su administración transcurrieron dentro de los cauces más normales. No se trata aquí de valorar su mandato o pronosticar el alcance de su legado. Mucho menos de mostrar acuerdo o desacuerdo con lo realizado por el exmandatario. Simplemente decir que Obama —lo que logró, y lo que no pudo o fue incapaz de llevar a cabo— puede analizarse en los términos acostumbrados.
Con Trump no ocurre ello. Su peculiar campaña electoral —se intuyó entonces y se criticó sin resultado— fue apenas un preámbulo. Estamos ante un mandatario que no solo es impredecible —decirlo se ha convertido en un cliché— sino frente a un gobernante cuyas acciones son difíciles de analizar; sus resultados imposibles de calcular y sus consecuencias inasequibles. En última instancia, al hablar de Trump todo se limita a estar a favor o en contra. Puede argumentarse que el poco tiempo transcurrido, desde su toma de posesión, es lo que hace imposible tal análisis, pero esta es una respuesta incompleta: si con él solo cuenta el momento, no queda más remedio que enfrentar el problema desde ahora. Porque esa acumulación de momentos, cuando se conviertan en años, amenaza con transformar radicalmente al país.
Con una óptica a largo plazo es hasta cierto punto fácil hacer predicciones. A partir de una permanencia ininterrumpida —¿cuatro, ocho años?— Trump convertirá a EEUU en una especie de Rusia de Putin. No establecerá un régimen totalitario sino una autarquía. La libertad de prensa no será suprimida por completo, sino simplemente controlada. Designará a un sucesor que será elegido en elecciones dirigidas y no necesariamente hundirá al país en una crisis económica incontrolable, como tampoco reducirá por decreto —al estilo de los desaparecidos gobiernos llamados “comunistas”— el nivel de vida de la población. En el terreno de la política internacional se multiplicará el proceso —ya iniciado— de la elección de gobernantes que representen todo lo contrario a lo que él significa. América (es decir, y más correctamente, Estados Unidos) no será “grande de nuevo” sino todo lo contrario: menos que antes en la arena mundial. O puede suceder todo lo contrario, porque las predicciones, como los sueños, solo eso son.
Sin embargo, aunque el futuro puede preocupar, lo inmediato define. Y es en la posible transitoriedad de la administración Trump donde caben las especulaciones actuales.
Crisis política o nueva política
Más allá de la incapacidad constante del Partido Demócrata para enfrentar a Trump, y sin entrar en la discusión de que, en el terreno político, este país avanza hacia una crisis del bipartidismo (tema para otro comentario), dos de las cuestiones fundamentales que enfrenta la sociedad norteamericana en estos momentos son la incógnita de si es posible en EEUU el establecimiento de un gobierno populista y  la interrogante sobre el peligro de disolución, en cuanto a sus valores fundamentales y trayectoria, del Partido Republicano, precisamente en el momento en que ha alcanzado su definición mejor (¿peor?) o al menos codiciada: la cumbre del poder no solo ejecutivo sino legislativo y con igual destino en marcha hacia el judicial.
La crisis del Partido Republicano —que no es aparente pero sí real— obedece a dos problemas: dirección y facciones, especialmente el Tea Party. Los años de la administración Obama consolidaron un problema existente desde la llegada de George W Bush a la presidencia: el peligro de escisión. Si la popularidad inicial, tras el 9/11, y el capital político luego desperdiciado de Bush lo impidieron, la amenaza estuvo presente durante el proceso de elecciones primarias y se saldó con una salida disfrazada de victoria: el dominio de la Casa Blanca y las dos cámaras legislativas. Pero el riesgo sigue ahí. Desde que manifestó su intención de postularse, Trump y el partido que adoptó como propio —por conveniencia y no por convicción— han estado bordeando el enfrentamiento y lo han evitado debido al provecho mutuo. Hasta el momento todo parece indicar que el Presidente no tendrá problemas con un viejo taimado como Mitch McConnell, pero con un joven ambicioso como Paul Ryan. ¿Y Mike Pence? ¿Siempre a un lado, con su sonrisa y apariencia fiel? ¿Se confirmará con seguir repitiendo hoy lo que Trump desmentirá mañana?
Sin embargo, cada vez se hace más evidente que el mayor obstáculo para el avance de la por ocho años añorada agenda republicana es el propio presidente. Y la palabra clave es: distracción.
No hay semana en que Trump no haga algo para entorpecer tal agenda. Por supuesto que al mismo tiempo lleva a cabo acciones mayores o menores, para ofrecer algún tipo de satisfacción, al estilo de los descuentos en los supermercados: una nominación a la Corte Suprema aprobada en el Senado, beneficios económicos a la ultraderecha cristiana, decretos puntuales. Sin embargo, lo fundamental de dicha agenda aún queda pendiente (la sustitución del Obamacare es solo un proceso iniciado, y hasta ahora más con fines de justificación política, de enmascarar resultados).
Y aquí se llega al centro del asunto: el personalismo de Trump es lo único definitorio en Washington a partir del 20 de enero. Desde ese día, el Gobierno de EEUU avanza solo mediante dos formas de mando, una tradicional y otra novedosa: decretos presidenciales y tuits.
La primera tiene en ocasiones alcance limitado, en otras su objetivo ha sido paralizado al poco tiempo de emisión; pero no por ello deja de ser una forma de acción concreta.
Con los tuits resulta diferente. Que Trump haya transformado un medio de comunicación directo y acotado en contenido —que muchas veces refleja un impulso y resulta efectivo en su capacidad de conmocionar—, tanto en una forma de respuesta emocional, una imitación de “ordeno y mando” o un puro acto especulativo no es más que poner de cabezas la gestión presidencial.
El problema con ello es que esta forma innovadora de gobierno no cumple su supuesta función.
En primer lugar porque la sociedad estadounidense valora el asombro pero no practica la obediencia ciega. Paradójicamente, el país ideal para gobernar mediante tuits sería uno de los más atrasados del mundo —política, social y económicamente—, y es Corea del Norte, como lo fue China en la época de Mao. Lo que lleva a cabo Trump en internet es la escritura de su “Libro Rojo”. Con talento literario se dedicaría a escribir haikús. Para seguir con las (malas) comparaciones literarias, podría decirse que en los tuits el Presidente construye su “Aleph”, donde cabe todo, desde la intención de cambiar la Constitución hasta burlarse de Schwarzenegger o promocionar la marca Ivanka.
En segundo, porque junto a ese medio poco convencional, la Casa Blanca está obligada a recurrir cotidianamente a las formas tradicionales de comunicación: conferencia de prensa, declaraciones, entrevistas. Y ambas formas no se complementan sino colisionan a diario (Trump ha expresado su intención de eliminar las habituales conferencias de prensa de sus portavoces, y lo ha anunciado con… un tuit).
Tuits y más tuits
En la actualidad todos los mandatarios recurren a las redes sociales, pero lo hacen —o sus asesores lo hacen por ellos— como un moderno medio informativo, no como gestión de gobierno. Los tuits de Trump no se limitan a informar, sino son ante todo un instrumento de definición de mandato. Pero en especial una expresión de su personalidad.
Ahora el ciudadano estadounidense no solo conoce las decisiones de gobierno, sino aparentemente lo que las rodea. Nada habría reprochable en ello si se tratara de un proceso participativo, pero el Presidente lo desarrolla a partir de una concepción de inefabilidad, lealtad y obediencia.
Al mismo tiempo, el uso y el abuso de su cuenta de Twitter le permite introducir un factor determinante en los textos breves, y es su carácter emocional. Trump no se limita a trasmitir intenciones. En especial los contenidos de dichos mensajes refieren a la parte volitiva e irracional de su persona, y tienen cabida por igual insinuaciones, prejuicios y simpes exabruptos. De esta manera, la racionalidad implícita en una forma de gobierno democrático se reduce en buena medida a la voluntad de quien ejerce la tarea: se pasa del servidor público al líder o caudillo.
Por otra parte, la efectividad lograda por Trump con ese “tuiteo” constante ha llevado a la adopción de conductas imitativas, y hemos comenzado a asistir a una especie de batalla de tuits en desarrollo.
Todo apunta a convertir a la presidencia en un espectáculo, en la peor acepción del término: feria de barracas, función de circo, payasería sin límites.
Psicoanálisis y Trump
Como consecuencia, en la relación de Trump con la prensa (tema cuya amplitud también merece otro trabajo), el Presidente manifiesta no solo el clásico conflicto aproximación/evitación, sino en muchas ocasiones “descoloca” al periodista. Nunca antes en la Casa Blanca se ha visto un mandatario tan sediento de aparecer en la televisión, internet y los periódicos, al tiempo que crítico tan feroz de esos medios que denigra y requiere. No hay decreto que firme, reunión que celebre, donde las cámaras estén ausente, en que siempre exhiba su firma del documento o un simple apretón de manos (salvo con Angela Merkel). Se sabe que dedica las noches a la televisión, que tras largas horas frente a la pantalla acumula opiniones, rencores y respuestas que lanza al amanecer siguiente en su cuenta de Twitter. Al punto que ha resultado una verdadera “bendición” para un medio plagado de problemas de todo tipo (y este texto no deja de ser una muestra de ello). Prefiere el formato de la entrevista breve y limitada a pocos puntos, por encima de las conferencias de prensa, donde a veces no sale bien parado. Pero si por un momento uno logra el difícil intento de apartarse de la política, resulta curioso y hasta instructivo, el ver estas entrevistas no como ejercicio periodístico, sino como sesiones ante el psicoanalista. El problema es que la función del periodista —al menos como declara intención— es buscar la verdad y no atender al paciente, oír sus quejas, lamentos y conflictos. Y casi siempre uno termina sintiendo un poco de “pena” ante el comunicador descolocado, y también otro poco frente al infortunado mal escuchado o desatendido.
No se trata de intentar un análisis de la personalidad de Trump, y mucho menos de aventurar un juicio sobre una posible patología (algo, por otra parte, incluso poco ético desde el punto de vista de un psicólogo sin los medios adecuados). Lo que llama la atención —hasta el caso de una peligrosa adicción— es ver la candidez con que Trump evidencia sus obsesiones. Reconocer que hasta tres veces preguntó al exdirector del FBI si estaba siendo investigado. En una ocasión uno lo entiende, ¿pero tres? (hay que aguantarse la lengua para no decir que tras ello se evidencia un problema de inseguridad). Volver una y otra vez al tema de unas elecciones donde salió vencedor; seguir insistiendo en su rival derrotada; recurrir a un calificativo despectivo para referirse a un funcionario que despidió de un plumazo.
La presidencia de Donald Trump se ha convertido en el gran espectáculo nacional. Lo que nos deja con una gran pregunta: ¿y eso es bueno o es malo?

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