martes, 27 de junio de 2017

«Fake News»: Trump anuncia llegada de «aliens»


De acuerdo a un mensaje transmitido por Anonymous, la NASA tiene entre sus planes anunciar el descubrimiento de vida alienígena inteligente en el corto plazo. “La NASA dice que los alienígenas están al llegar”, escribió el grupo de hackers  en un comunicado.
El 26 de abril, Thomas Zurbuchen, un conocido científico de la agencia espacial estadounidense, realizó una declaración impresionante en torno a la posibilidad de la detección de aliens: “Teniendo en cuenta las diferentes actividades y misiones que buscan específicamente pruebas de vida extraterrestre, estamos a punto de hacer uno de los descubrimientos más profundos y sin precedentes en la historia”, expresó en una audiencia del Comité para la Ciencia, Espacio y Tecnología de EEUU.
En su conferencia, Zurbuchen enumeró los motivos que lo hace considerar estar "más cerca que nunca" de localizar vida fuera de la Tierra: por un lado, el reciente hallazgo de hidrógeno en Encelado, la luna de Saturno. Por otro, los auspiciosos resultados logrados con el Telescopio Espacial Hubble en los océanos de metano de una luna en Júpiter. Por si fuera poco, la misión en Marte indicó evidencias de que el Planeta Rojo presentó en el pasado los elementos necesarios para albergar vida.
A esa declaración se sumó en los últimos días el anuncio de Kepler. La misión descubrió 10 nuevos exoplanetas que se cree podrían ser habitables después de analizar otros 219 candidatos.
Basado en ambas fuentes y otros documentos en manos de la NASA, Anonymous se atrevió a asegurar: “Es muy probable que muchos otros planetas en todo el universo albergaran vida inteligente mucho antes que la Tierra”.
Impresionante como parece, quizá no lo sea tanto. Desde hace años nos venimos preparando para un anuncio de esta naturaleza. Para lo que sí no estábamos —o no estamos preparados— es para que algo así ocurra durante la presidencia de Donald Trump.
Pensar en la catarata de tuits que pueda producir el mandatario es algo, de por sí, estremecedor. Imaginar por un momento la campaña que podría imaginar en su contra, los muros que propondría construir, los vetos inmigratorios que trataría de establecer, las amenazas con bombas atómicas, misiles intercontinentales. Agregar además el gozo y fervor con que esa masa de fieles partidarios, sujetos ideales no solo para el renacimiento de la época de la guerra fría, sino para un revival de Flash Gordon y el planeta Mongo.
Más aún especular que los supuestos aliens sean seres más inteligentes que nosotros, y de pronto encuentren que el país más poderoso del planeta al que acaban de llegar está en manos de alguien como Trump.
Aquí es donde la noticia se vuelve realmente sobrecogedora. Porque, ¿qué decidirán en su infinito conocimiento?: borrarnos como hormigas, educarnos o cargar con un espécimen tan primitivo, que ni siquiera en sus textos más arcaicos hay dos líneas capaces de describirlo.

lunes, 26 de junio de 2017

Donald Trump, el espejismo populista


No ha dejado de ser una pesadilla para quienes no nos acostumbramos a su victoria. Tampoco ha perdido adictos entre sus seguidores más fieles. Ordenes presidenciales, mítines, agravios, intrigas, chismes: el fenómeno Trump ocupa a diario las páginas de los periódicos y las pantallas de los televisores; impera en las redes sociales, reina en internet. Pero si nos detenemos en los logros de sus cortos meses de presidencia, en los resultados hasta ahora de su mandato, poco puede atribuírsele. No se trata, simplemente, de ejercer la crítica a sus posturas ni de rechazar sus planteamientos. No es manifestar acuerdo o desacuerdo aquí, sino hacer una pregunta: ¿qué tan efectivo está resultando como presidente Donald Trump?
Solo que la pregunta no admite una respuesta simple, porque lo realmente importante es señalar que aquello que, a falta de un nombre mejor, podríamos caracterizar como la “época de Trump” está —de forma lenta pero constante— transformando la sociedad estadounidense e incluso el panorama mundial.
Cuando se llega a esa conclusión, uno se da cuenta que hay otra pregunta aún más importante, pero a la que se alude poco en la “prensa del establecimiento” y menos aún dentro del Partido Demócrata: por qué detenerse una y otra vez en la calamidad que —para muchos de nosotros— significó el resultado de la votación electoral que llevó a Trump a la presidencia, y no analizar las causas que hicieron que el Partido Republicano lograra ampliar su poder legislativo, con logros sustanciales en ambas cámaras. Así como el hecho de que ambas victorias —ejecutiva y legislativa— han conseguido, y consolidarán y harán crecer sustancialmente en los próximos meses y años, un dominio casi absoluto sobre el poder judicial.
Todo ello obliga a la conclusión de que esta “época de Trump”, en su corto tiempo de existencia, actualmente tiene asegurada no solo una influencia sino un poder singular, cuyos efectos ya son capaces, en tan breve espacio de tiempo, de transformar de forma extraordinaria al país en que los estadounidense vivirán en los próximos años.
Si bien la efectividad presidencial de Trump, como gobernante, es relativamente poca en su mandato, en cambio está resultando traumatizante, no solo emocionalmente para sus detractores —que es al final lo que impera en la prensa y los lectores, cada vez menos— sino para Estados Unidos y el resto del mundo. Trump cuenta más por lo que permite hacer que por lo que hace.
Esta conclusión, por otra parte, arroja dudas sobre ese empecinamiento —de dicha prensa y los círculos demócratas— en promover un hasta ahora menos que improbable enjuiciamiento político al Presidente o impeachment.
Sobre todo porque la definición sobre esa supuesta coalición entre la campaña electoral de Trump y la cúpula del Kremlin tendía que ser tan abrumadora, en términos legales, que no dejara resquicios a la defensa política de un Partido Republicano que hasta ahora se muestra tan solidario con él. De ahí la importancia de analizar ese paso, del rechazo y el temor a la complacencia, que se ha establecido dentro de la cúpula del republicanismo.
Lo curioso de este efecto es que —en buena medida y en lo que respecta a resultados— se fundamenta no en la agenda de campaña de Trump y en lo que prometió, sino en lo que está permitiendo a los republicanos, que un tiempo temieron que el aspirante presidencial terminaría por destruir al partido bajo cuya bandera se presentó a las elecciones.
En estos momentos, ni Trump es un prisionero de su partido ni la organización se ha transformado a consecuencias de su elección. Lo que ha ocurrido es una especie de simbiosis, donde cada cual permite al otro beneficiarse sin interferirse mutuamente. Los escándalos casi a diario del mandatario tienen un papel de distracción cuya clave resulta ambivalente: no son tan dañinos como para impedir la marcha de un proyecto —pese a las tímidas quejas de algunos legisladores republicanos— y al mismo tiempo esa función de “distracción” actúa en dos vías opuestas, tanto en cierta dilatación de ciertos programas desde la Casa Blanca como en concentrar la atención del público y especialmente los medios de prensa en cuestiones que, en última instancia, no preocupan sustancialmente a su base de electores.
Claro que el factor fundamental aquí se resume en la variable tiempo. Los legisladores republicanos, y en especial quienes están al frente de ambas cámaras, están funcionando con objetivos a cumplir no en el plazo de los cuatro años de la presidencia sino simplemente de dos, hasta las próximas elecciones legislativas. De ahí su premura.
Saben que ciertos aspectos a su favor —la situación económica heredada de la pasada administración—, como otros creados en buena medida tras el triunfo republicano —la burbuja bursátil que terminará estallando—, pueden revertirse en un plazo relativamente corto, así como las consecuencias de sus propias políticas —la destrucción del Obamacare—, e influir en contra de ellos en las urnas en 2018. Pero al mismo tiempo, confían en que la transformación económica y social sea tan profunda, y las posibilidades de adquirir mayor político en los estados tan sólidas, como para lograr mantener su dominio.
Más allá del sonido y la furia, lo que han demostrado los primeros meses de la presidencia de Trump puede resumirse en dos elementos fundamentales.
El primero es que, pese a su retórica, el mandatario no se comporta como el caudillo que muchos temimos, en lo que se refiere a imponer su agenda política anunciada. Esta afirmación puede provocar argumentos en contra cuando se destacan declaraciones y gestos, pero si se analizan los pasos concretos dados por la administración, no se puede negar que Trump no solo “escucha” y se deja “asesorar” —al contrario de lo que se le sigue criticando en buena parte de esa prensa— sino que es capaz de delegar funciones en aspecto vitales dentro de la conducción del país.
Así la guerra en Afganistán ha quedado en manos por completo de las decisiones del alto mando militar —al contrario de lo ocurrido durante el Gobierno de Obama—; la CIA tiene luz verde para su labor en lo que respecta a Irán; el proyecto de sustitución de la reforma de salud es fundamentalmente creación de la dirección legislativa republicana, y en particular del presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, ya que la propuesta senatorial lo que busca es una compaginación con el mismo —la declaración de Trump de que es un plan “mezquino” es hasta el momento más hipocresía que oposición—, y lo que apunta hacia que el resultado final será lo que los republicanos venían añorando desde hace años; la reforma fiscal se encamina a transitar por iguales caminos y el cacareado plan de creación de infraestructura parece haberse reducido no a un plan gubernamental sino a un proyecto empresarial en manos de capital privado.
Todo ello nos lleva al segundo elemento. Y es que, en buena medida Trump ha abandonado la agenda populista que contribuyó a su victoria y lo distanció de otros oponentes republicanos en la lucha por la nominación presidencial —Rubio, Cruz, Bush, Christie, Carson— en cuanto a seguro de salud para todos, no a los recortes del Medicaid y a sus ataques a Wall Street.
Por supuesto que otra parte de su agenda populista, la más verbal —embestida contra la inmigración mexicana, “islamofobia”, exaltación machista— se mantiene en pie.
Trump utilizó el populismo como carta de triunfo —acorde a las circunstancias nacionales e internacionales— en la carrera electoral, pero no es su razón de ser, al estilo de tantos gobernantes latinoamericanos y algunos europeos. O las circunstancias no le han permitido desarrollarlo, y su acomodación característica lo han llevado a adaptarse al momento.
Se debe enfatizar que más que de cambios fundamentales en el proceder de Trump, lo que vale destacar es esa especie de adaptación a las circunstancias —y añadir que no deja de responder a su “flexibilidad” pregonada por él mismo— pero las cuales evidencian que, al final, el gran ganador de lo ocurrido el 8 de noviembre de 2016 en Estados Unidos fue, más que ese mandatario que algunos aún alaban y otros criticamos a diario, el grupo político que a partir de 1960 trató de apoderarse del Partido Republicano y que décadas después lo ha logrado a plenitud.

jueves, 22 de junio de 2017

Grotesca diva

Quizá pocos, muy pocos entre nosotros, identifican su nombre hoy. Quizá es solo mi ignorancia, o que soy arrogante. Estoy seguro —quiero estarlo— que entre mis amigos cinéfilos es diferente. Al menos su recuerdo, en escenas más o menos breves pero siempre notables. Es difícil olvidar su cuerpo, sus gestos, su capacidad histriónica y esa forma de representar que ahora se nos ha vuelto cercana y tan moderna, para algunos, y que en otra época ella inició, anticipó, predijo; en el cine, el teatro y lo que fue en verdad el cabaret. Estuvo junto a las que siempre serán las más bellas — Louise Brooks, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Asta Nielsen— y con los de talento y alboroto — Oskar Kokoschka, Ernst Toller. Trabajaron para ella Jackson Pollock y Tennessee Williams. La dirigieron realizadores célebres — G. W. Pabst, Jean Renoir, Federico Fellini, Rainer Werner Fassbinder, Volker Schlöndorff — y Werner Herzog la contrató para el remake de Nosferatu, el clásico de Murnau, pero murió dos semanas antes de que comenzara el rodaje. Fue propietaria de cafés, restaurante y cabarets, casi siempre mezclados.
Muy pobre a veces, lavó platos y posó desnuda. Era judía, y cuando en Berlín no le permitieron actuar más se fue a Londres y luego a Nueva York. Participó en el movimiento expresionista y dada, y se le considera precursora del punk. Cantante, bailarina, en una ocasión danzó representando un orgasmo en Berlín, y los espectadores llamaron a la policía.
Tres escenas suyas son particularmente memorables. Una en la que lleva a hacer ejercicios, a un ritmo frenético, a las pupilas/reclusas en Diary of a Lost Girl (1929), de Pabst. Otra —la más conocida en nuestros días— en su papel de Nhishma (Pijma en inglés) en Julieta de los espíritus (1965), de Fellini; una película que en su momento no fue tan bien recibida por la crítica y que en buena parte no ha envejecido muy bien. Pero la escena con la gurú/mística/vidente es de las mejores del filme. La tercera —y su última película— cuando canta acompañada de un joven pianista durante la fiesta de Navidad en Coup de grâce (1976), de Schlöndorff.
Fue como nadie una artista del performance, que con un cuerpo horrible —ya hay que decirlo— y una gestualidad extraordinaria representó en vivo lo que siglos antes Franz Xaver Messerschmidt había logrado en la escultura.
Escandalizaba a la audiencia, y por ello la fascinaba aún más. Llevó a los límites y destrozó las convenciones sociales. Apenas le quedó tiempo para casarse dos veces.
Todo eso fue Valeska Gert.


miércoles, 21 de junio de 2017

Maduro, el «anti-Chávez»


Tras el anuncio del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, que declaró ha iniciado los trámites para enjuiciar a la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, luego de que esta advirtiera que comenzaría a investigar la corrupción dentro del régimen, la oposición declaró que entraba en una etapa de “protesta permanente” hasta que se produzca un cambio de Gobierno.
El llamado de la oposición se apoya en el artículo 333 de la Constitución, que convoca a todos los venezolanos a unir esfuerzos para defender a la Carta Magna cuando esta es amenazada.
Alrededor de la fiscal Ortega parece estar aglutinándose un importante grupo de chavistas, alarmados por la situación del país y por los planes del madurismo de reemplazar la Constitución, impulsada por el fallecido gobernante Hugo Chávez, a través de una Asamblea Constituyente escogida a dedo por Maduro.
Se trata, sin duda, de una escalada hacia la guerra civil en Venezuela, y no solo entre los conocidos términos de “chavistas” y “antichavistas”, sino en una escala más amplia, que podría incluir a un sector todavía apegado a la figura de Chávez y otro que apuesta por Maduro.
Sin embargo, la prensa cubana de dedica a presentar lo que está ocurriendo en Venezuela simplemente como resultado de una conspiración internacional, una “guerra psicológica” desatada desde el exterior o una batalla entre la OEA, o un grupo de países dentro de esta organización, y el “pueblo venezolano”.
Particularmente peligroso para Maduro es el riesgo de que la fiscal comience a investigar la enorme corrupción dentro del régimen.
Pero la realidad venezolana transita por otros rumbos.
La fiscal busca concentrarse en la corrupción del Gobierno de Venezuela, país señalado por años como el más corrupto de América Latina por la ONG Transparencia Internacional, así como investigar los presuntos vínculos entre el narcotráfico y la máxima cúpula del régimen.
Declaraciones en este sentido, pronunciadas por Ortega, son las que al parecer han sacudido los cimientos del chavismo, y cambiado la naturaleza del enfrentamiento entre el régimen y la fiscal.
El primer vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Diosdado Cabello, “tomó parte, como suele hacer, en la manifestación que avanzaba llena de colores, banderas y pancartas. «Diga lo que diga la OEA seguiremos en las calles y los vamos a vencer», afirmó el dirigente, quien además habló de un país que está de pie, alegre de ir a un proceso Constituyente que ni por asomo emprenderían los gobiernos de derecha del mundo, los mismos que han satanizado a la Revolución iniciada por Hugo Chávez”, escribe Juventud Rebelde en su edición del 19 de junio.
Pero esa constitución que ahora quiere cambiar a la fuerza Maduro no es una “constitución burguesa”. La Constitución venezolana fue aprobada mediante referéndum en diciembre de 1999 tras haber sido promovida por el expresidente Chávez. Su intención es dejar atrás la Carta Magna “bolivariana” promulgada por el fallecido ex mandatario Hugo Chávez en 1999.
La Constitución vigente fue redactada por 131 constituyentes electos por voto directo, universal y secreto, y luego aprobada en referendo. Dicho documento fundó la denominada Quinta República, bajo la etiqueta “bolivariana”.
El anuncio de Maduro se produce cuando Venezuela enfrenta una escalada de tensión política en medio de una crisis económica con una desbordada inflación de tres dígitos y severos problemas de escasez de alimentos y medicinas. Pero no solo eso. El país sudamericano sufre también de una severa situación en que impera la corrupción y han abundado las denuncias de vínculos entre el narcotráfico, sectores militares y la elite gobernante, algo que la fiscal quiere investigar.
Funcionarios de alto rango, entre ellos el vicepresidente Tareck El Aissami, han sido sancionados por Estados Unidos que los acusa de supuestos vínculos con el narcotráfico.
Aunque el presidente venezolano aseguró que la consulta “es con todos los sectores, políticos, académicos, religiosos, sociales y económicos”, la mitad de ellos serán escogidos por sectores sociales en los que el gobierno tiene influencia.
Además, al parecer la Constituyente buscaría la aprobación de un Parlamento Comunal. Aunque las organizaciones comunitarias en Venezuela ya tienen un gran alcance a través de unos 45.000 consejos comunales, la Constituyente podría darles más prominencia. Incluso, hay quienes sostienen que la intención del Parlamento Comunal, que estaría integrado por sectores populares, es restarle poder a la Asamblea Nacional o incluso llegar a sustituirla. Una especie de “sóviet” venezolanos.
Dentro de su proyecto político —si es que puede hablarse en ese sentido en el caso de Maduro— su intención entonces no sería más que retroceder, del “socialismo del Siglo XXI” al comunismo de principios del siglo pasado. En su caso, la historia no se escribe: simplemente retrocede. 

domingo, 18 de junio de 2017

Por el boulevard de los sueños rotos


Ya son 58 años transcurridos y no han logrado nada. Bueno, al menos en lo que dicen todos los días: el fin del régimen de La Habana. Porque en otros aspectos no se pueden negar sus éxitos. Pero esa repetición diaria de conceptos caducos solo encuentra cabida en un sector cada vez más reducido del exilio cubano de Miami.
Aunque no se puede negar su importancia como desahogo emocional. Hay que destacar esa capacidad inmutable para alimentar una ilusión.
Con los años, esa ilusión fue alejándose de su fuente de origen y adquiriendo una fisonomía propia. Desde el punto de vista social, político y económico pocos imaginan en Cuba una vuelta al país que en ese sector del exilio —actualmente en extinción— aún se añora a diario. Ese futuro en forma de pasado, que podría  fulgurar sin la presencia de los hermanos Castro. Lo triste del caso es que ese pasado ya ha regresado a Cuba. Es al menos lo que se ve en sus calles. Pero no en el esplendor de los años 50 sino en la pobreza de esos mismos años.
Esta ilusión que provoca escepticismo en Washington, bromas en Madrid y una sacudida de hombros en Berlín todavía entretiene a algunos exiliados, que por otra parte no dejan, en lo personal, de garantizar su hoy y mañana: pagar impuestos e hipotecas, luchar por mantener sus trabajos y educar a sus hijos.
Son los que hablan a diario sobre el futuro de Cuba, pero pocos se arriesgan a definir el suyo de acuerdo al destino de la Isla. Ello los descalifica para participar en cualquier decisión al respecto, pero no es lo único que se los impide.
Resulta patético escucharlos aún, en las tribunas que todavía dominan. Esta última visita del presidente Donald Trump a Miami —el mismo día que reconoció que está siendo investigado— es una triste reafirmación de que, en esa algarabía que encuentra eco en la radio y televisión de la ciudad, en su cara más visible y estereotipada una parte de la comunidad exiliada sigue prisionera de la arcadia del pasado —batistiana y reaccionaria— y se limitada a las mismas justificaciones cansadas y perennes. Aunque todo ello no impide reconocerles el valor de su obsesión, y en algunos casos incluso la justeza de sus propósitos y la razón de esas apuestas que siempre han terminado perdiendo.
Tampoco hay que dejar de saludar los beneficios terapéuticos —también desde el punto de vista emocional— que para dicho grupo anquilosado representa ese renacimiento tardío que les ha proporcionado Trump a cambio de unos cuantos votos. Precio no demasiado elevado en cuanto al panorama político nacional estadounidense —la noticia del discurso de Trump apenas mencionada en la prensa que de verdad importa, opacada por los líos en crecimiento continúo de la Casa Blanca— y acompañada de figurantes intrascendentes para el futuro de Cuba.
Durante décadas también, las características del proceso electoral norteamericano les brindó  la posibilidad de incidir en un futuro en que, en lo personal no se jugaban nada.
Sin embargo, a los efectos de importancia para lograr la democracia en Cuba, Trump ni siquiera decepcionó. Simplemente añadió otro apéndice inútil a un resultado anunciado. Durante mucho tiempo la política de Estados Unidos hacia el Gobierno de La Habana no se juzgó por su efectividad sino por su complacencia emocional hacia un sector de esa comunidad con derecho a voto. La paradoja era que existía un grupo numeroso de cubanos que, en cierto sentido, habían renunciado a serlo pero no a proclamarlo: adquirido la capacidad de votar como estadounidenses, pero no de acuerdo a lo que resultaba mejor o peor para su país de adopción, sino a partir de lo que ellos creían era lo más conveniente para la nación de origen. Se convirtieron en extranjeros por conveniencia o por ideales sinceros, pero no por ello renunciaron a tratar de influir en el futuro de la patria que dejaron atrás.
Planteado en estos términos, la ecuación no resultaba por sí misma reprobable, pero no así en cuanto al desarrollo práctico.
Lo no tan meritorio ocurrió cuando esa influencia no logró guiarse por criterios espontáneos y efectivos, sino quedó en mano de vocingleros, demagogos y aprovechados, que en algunos casos incluso se valieron de la inmadurez política —la frustración y el desencanto de quienes aspiraban pero no podían influir en los destinos de su país— para escalar posiciones políticas.
Cuando llegó un inquilino a la Casa Blanca que no respondía a los intereses estrechos de quienes no votaron por él llegó la hora del pataleo. Ese pataleo ha reverdecido con el presidente actual, que dice abrazarlos cuando en realidad ni siquiera es capaz de colocar la política hacia Cuba al mismo nivel en que la dejó el expresidente George W. Bush, y que impunemente se proclama “dialoguero” y negociador, en medio del regocijo de ese exilio que por décadas se había proclamado “intransigente”. Bush y no Castro es el gran perdedor del discurso de Trump el viernes en Miami. Un presidente que entre vítores se apropia y repite lo establecido en una ley —la Helms-Burton— que en ningún momento ha dejado de estar vigente. Pero lo más asombroso es que tanto Trump como el senador Marco Rubio y el legislador Mario Díaz Balart incorporen en su retórica la estrategia de Obama de emponderar el sector productivo privado y lo disfracen con una ampulosidad “empresarial” que la práctica es imposible de llevar a cabo.
Así que esa vuelta a la retórica de línea dura no es solo una vuelta al pasado sino una continuación del empeño demostrado por décadas, tanto por gobiernos demócratas como republicanos, de cambiar algo para todo siga igual. Ahora al menos, la definición entre lo útil y lo inútil es más clara que nunca.

viernes, 16 de junio de 2017

Trump y Cuba: la farsa y la piedra


La historia es vieja, muy vieja; la ilusión infinita. Lo que no deja de producir sorpresa es esa capacidad del exilio miamense, de volver una y otra a tropezar con la misma piedra, y cuando no la encuentra buscarla y colocarla en la vía.
Donald Trump y el exilio, donde los papeles de seductor-seducido se han venido intercambiando desde que el actual mandatario se dio cuenta que no era una mala aritmética contar con votos de cubanoamericanos, y que tampoco era muy difícil ganárselos.
A partir de ese momento, las cifras han importado poco para repetir viejos mitos con nuevos nombres; acelerar mentiras que reafirmen, más o menos, que sin la “little help” de los cubanos de Miami, Trump no habría salido nunca de su penthouse en Manhattan; y también que sin la participación del actual inquilino de la Casa Blanca, el fin del castrismo resultaría imposible.
Lo peor es que vivimos uno de esos tantos momentos, en lo que respecta a Cuba y Estados Unidos, donde oportunistas, revanchistas y reaccionarios de ambas orillas compiten a ver quien cae más bajo.
Ni el régimen de La Habana merece defensa alguna, ni tampoco el desfile de los que se titulan opositores inspira confianza, y mucho menos el tardío reverdecimiento de La Pequeña Habana. Al final todo se resume a una pérdida de tiempo enorme para el avance de la democracia en ambas costas, y lo que se escucha es simplemente un coro de idiotas aprovechados o de aprovechados idiotas.
“Estoy tratando de revertir la dinámica; estoy tratando de crear un sector empresarial cubano que vaya adonde está el gobierno cubano y lo presione para que haga cambios. También estoy tratando de crear una clase floreciente de empresarios privados independiente del gobierno”, ha expresado el senador Marco Rubio, que de pronto se ha atribuido —¿realmente se lo ha dado Trump?— el papel de “Zar” de Cuba dentro de la Administración y el Congreso.
Sin embargo, esa creación de un “sector empresarial cubano” era precisamente lo que estaba tratando de hacer Obama, con resultados pobres. Porque si bien el régimen de La Habana acepta al trabajador por cuenta propia y una pequeña empresa privada con limitada contratación, lo que ha dejado bien claro que no permitirá es lo que considera “concentración de propiedad y riqueza”. O sea, la creación de verdaderos empresarios. Así que lo que se demuestra de nuevo es que ni demócratas ni republicanos tienen la más puta idea de cómo tratar con Cuba, y no me refiero solo al gobierno sino a la población en general.
Puro disparate pretender crear desde fuera una “clase floreciente” de empresarios “buenos”, frente a otros empresarios “malos” (los militares), cuando desde hace varias décadas el país está bajo el mando de una dictadura militar.
El colocar al Grupo de Administración Empresarial, S.A. (GAESA) en el centro de las nuevas medidas demuestra no solo una falta de visión política, al tratar con el gobierno de La Habana (porque en resumidas cuentas la administración Trump no renuncia a la negociación), sino una táctica desafortunada (que no rendirá frutos) y una estrategia sin posibilidades de triunfo.
Dejar fuera a los militares, como potenciales agentes de cambio en Cuba, podrá sonar “glorioso” en La Pequeña Habana, pero tiene en su contra siglos de historia, las geografías más amplias y los resultados políticos más notorios. Las transiciones no suelen ocurrir al gusto y la medida de los ineptos. Y los aptos no siempre son los intachables.
De momento, la tan anunciada política de Trump hacia Cuba se reduce a un acto de malabarismo. Más o menos como lanzar unos cuantos cohetes sobre un aeropuerto militar sirio propiamente avisado. Mucho para gritar y poco para defender. Un nuevo capítulo de la farsa. 

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...