jueves, 22 de junio de 2017

Grotesca diva

Quizá pocos, muy pocos entre nosotros, identifican su nombre hoy. Quizá es solo mi ignorancia, o que soy arrogante. Estoy seguro —quiero estarlo— que entre mis amigos cinéfilos es diferente. Al menos su recuerdo, en escenas más o menos breves pero siempre notables. Es difícil olvidar su cuerpo, sus gestos, su capacidad histriónica y esa forma de representar que ahora se nos ha vuelto cercana y tan moderna, para algunos, y que en otra época ella inició, anticipó, predijo; en el cine, el teatro y lo que fue en verdad el cabaret. Estuvo junto a las que siempre serán las más bellas — Louise Brooks, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Asta Nielsen— y con los de talento y alboroto — Oskar Kokoschka, Ernst Toller. Trabajaron para ella Jackson Pollock y Tennessee Williams. La dirigieron realizadores célebres — G. W. Pabst, Jean Renoir, Federico Fellini, Rainer Werner Fassbinder, Volker Schlöndorff — y Werner Herzog la contrató para el remake de Nosferatu, el clásico de Murnau, pero murió dos semanas antes de que comenzara el rodaje. Fue propietaria de cafés, restaurante y cabarets, casi siempre mezclados.
Muy pobre a veces, lavó platos y posó desnuda. Era judía, y cuando en Berlín no le permitieron actuar más se fue a Londres y luego a Nueva York. Participó en el movimiento expresionista y dada, y se le considera precursora del punk. Cantante, bailarina, en una ocasión danzó representando un orgasmo en Berlín, y los espectadores llamaron a la policía.
Tres escenas suyas son particularmente memorables. Una en la que lleva a hacer ejercicios, a un ritmo frenético, a las pupilas/reclusas en Diary of a Lost Girl (1929), de Pabst. Otra —la más conocida en nuestros días— en su papel de Nhishma (Pijma en inglés) en Julieta de los espíritus (1965), de Fellini; una película que en su momento no fue tan bien recibida por la crítica y que en buena parte no ha envejecido muy bien. Pero la escena con la gurú/mística/vidente es de las mejores del filme. La tercera —y su última película— cuando canta acompañada de un joven pianista durante la fiesta de Navidad en Coup de grâce (1976), de Schlöndorff.
Fue como nadie una artista del performance, que con un cuerpo horrible —ya hay que decirlo— y una gestualidad extraordinaria representó en vivo lo que siglos antes Franz Xaver Messerschmidt había logrado en la escultura.
Escandalizaba a la audiencia, y por ello la fascinaba aún más. Llevó a los límites y destrozó las convenciones sociales. Apenas le quedó tiempo para casarse dos veces.
Todo eso fue Valeska Gert.


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