sábado, 8 de julio de 2017

Trump y el choque de civilizaciones


En su primer acto publico en el exterior, el jueves en Varsovia, el presidente Donald Trump se refirió al “choque de civilizaciones”. Ni siquiera George W. Bush, y mucho menos Barack Obama, recurrieron durante sus respectivos mandatos a un concepto tan arcaico y erróneo.
En su versión moderna, el choque de civilizaciones es una teoría acerca de las relaciones internacionales formulada por Samuel Huntington, y se basa en las divisiones culturales y de valores, pero fundamentalmente religiosas. En este sentido, se crea un mantra donde se busca la preponderancia de la civilización occidental, y que de forma implícita o explícita limita cualquier conflicto a un discurso que se concreta en un pensamiento binario, que en su forma más burda se limita a “civilización contra barbarie”.
“La cuestión fundamental de nuestro tiempo es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”, dijo Trump en Varsovia.
“¿Tenemos la confianza en nuestros valores para defenderlos a cualquier costo?  ¿Tenemos el deseo y el coraje de preservar nuestra civilización ante aquellos que la subvertirían y la destruirían?”, clamó el presidente estadounidense.
Lo importante para Huntington es que este choque de civilizaciones lleva a la guerra: los conflictos entre civilizaciones son inevitables. Su teoría fue promulgada como una respuesta a los planteamientos de Francis Fukuyama, que sostenía que el mundo se aproximaba al fin de la historia (en el sentido hegeliano)  y la democracia occidental se impondría en todas partes de forma pacífica. (Veinticinco años después de publicar sus argumentos, Fukuyama escribió en The Wall Street Journal que se había apresurado demasiado, pero que consideraba que la esencia de su tesis continuaba siendo correcta.)
Uno de los problemas con el planteamiento de Huntington es que no toma en cuenta o relega a su segundo plano otros factores importantes, como la desigualdad social y económica, las crisis energéticas o la lucha por los recursos naturales. Pero para Trump, el enfocarse  en cuestiones religiosas o culturales, como principal fuente de conflictos, es ideal para elaborar un discurso al agrado de su base de sus partidarios. Al mismo tiempo, le permite recurrir a la vieja creencia estadounidense, de considerar al “mal” como algo ajeno, fuera de sus fronteras.
Trump puede adecuar sus palabras al lugar donde se encuentre, al estilo de un dealer de autos, y hablar en Polonia más fuerte en contra de Rusia o abandonar su retórica contra el islam en Arabia Saudita, pero el planteamiento de choque de civilizaciones resume la esencia de su enfoque sobre el terrorismo. Es el concepto que está detrás de prohibir la entrada a los ciudadanos de países donde predomina la fe musulmana o su rechazo a celebrar una cena de fin de Ramadán en la Casa Blanca, poniendo fin a una tradición observada durante años por sus predecesores y que se inició en 1805.
Abrazar dicha tesis es también la “justificación” para poner a un lado las violaciones de los derechos humanos y buscar alianzas con autócratas y asesinos como Vladimir Putin y Rodrigo Duterte.
Durante la época de Bush, este país estuvo gobernado por quienes dirigían sus acciones repitiendo equivocaciones tácticas y cálculos inapropiados sobre la base de adaptar los datos existentes a su manera de pensar. Políticos y funcionarios que se comportaban como prisioneros de un concepto ideológico tan desafortunado y falso como el que llevó a los jerarcas soviéticos a pensar que el comunismo terminaría conquistando el mundo, pero ni siquiera entonces se adoptó el criterio de choque de civilizaciones. Ahora es peor aun.
Un país que se apoye sólo en la eficiencia de sus fuerzas armadas no puede fundar un nuevo orden. Ni siquiera un desorden estable. El terrorismo debe ser enfrentado con una estrategia más “policial”, menos “bélica”, y no como una lucha religiosa. Porque entonces volvemos a la época de las cruzadas.
Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparecerá en la edición del lunes 10 de julio de 2017.

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