viernes, 27 de octubre de 2017

Las drogas y «la ley y el orden» de Trump


Los votantes de Donald Trump se están muriendo, por sobredosis y suicidio, y el presidente ha venido a su rescate.
Un estudio de los economistas Angus Deaton y Anne Case encontró que durante los últimos 15 años un grupo —los hombres blancos de mediana edad— presentó una tendencia alarmante: sus miembros morían en cantidades cada vez mayores, y el indicador crecía en la medida de que estas personas carecían de un título universitario. La explicación en parte obedecía a factores como la globalización y los cambios tecnológicos, pero el dato verdaderamente inquietante es que ello ocurre en Estados Unidos más que en otros países de gran desarrollo, como los europeos.
un concepto sociológico explica en parte una de las deficiencias de un medio de comunicación atrapado en la explicación fácil e inmediata de los acontecimientos, a un precio que cada vez más pone en duda su capacidad para llevar a cabo la tarea.
Un concepto sociológico sirve para explicar lo que está ocurriendo a estos norteamericanos, y es el de anomia. No es un término nuevo, pero su falta de novedad no impide que mantenga vigencia. La anomia fue por primera vez definida por el sociólogo francés Émile Durkheim en La división del trabajo en la sociedad (1893): “Un estado sin normas que hace inestables las relaciones del grupo, impidiendo así su cordial integración”. Durkheim desarrolló el concepto en su obra clásica sobre el suicidio, El suicidio (1897), y luego fue estudiado por Robert K. Merton en Social Theory and Social Structure, 1949..
La anomia, que en última instancia implica una disociación entre los objetivos culturales y el acceso de ciertos sectores a los medios necesarios para llegar a esos objetivos, no ha sido un fenómeno ajeno en EEUU, y precisamente la creación del Estado de bienestar estaba supuesto al alivio o la eliminación del síntoma. Pero lo que ha ocurrido es una transformación de objetivos y medios, que ha llevado al mismo tiempo a que uno de los grupos poblacionales hegemónicos que se pensaba ausente en buena parte del problema —ciudadanos blancos de la clase media baja y etnia dominante del país— sean ahora las víctimas, al tiempo que los medios para resolverlo —el Estado de bienestar, pluralismo, multiculturalismo— se han convertido en supuestos culpables.
La existencia de la anomia produce miedo, angustia, inseguridad e insatisfacción, e incluso es causa de suicidio. Todos estos factores influyeron en quienes votaron en favor de Trump más que las cifras sobre recuperación económica, los índices de desempleo y el hecho comprobado de que la inmigración ilegal era la más baja en años.
En 2016 se conoció que una franja de la población estaba muriendo masivamente por el alcoholismo, la drogadicción y el suicidio. Ciudadanos de la raza blanca, edad mediana y baja educación. Y precisamente este sector poblacional es el que resultó decisivo, en muchos lugares, para el triunfo de Trump.
Ahora, meses después de ocupar la Casa Blanca, el presidente ha firmado un decreto para combatir esta epidemia, en un acto donde recordó la muerte de su hermano por alcoholismo —como si se tratara simplemente de una reunión de Alcohólicos Anónimos— y se apresuró a culpar a México y China del suministro de drogas, sin enfatizar la culpa de las firmas farmacéuticas estadounidenses en el abuso de los opioides. Al parecer, el Gobierno canalizará más recursos —dentro de los existentes, porque el plan no contempla mayores fondos— hacia las zonas rurales donde precisamente radican esos partidarios de Trump.
El acto en que se decretó que la crisis por el abuso en el consumo de los opiáceos era una emergencia de salud pública fue una puesta en escena destinada a establecer un control, en buena medida policial, sobre un sentimiento de ira frustración y desarraigo que el actual mandatario supo aprovechar para llegar a la Casa Blanca.
Si la anomia puede conllevar a una rebelión ante metas y medios hasta ahora socialmente aceptados o impuestos —lo que ha llevado a una formulación simbólica negativa ante lo “políticamente correcto”—, la contrapartida es la creación de un nuevo sistema de metas y de medios aceptables, y eso fue precisamente lo que Trump viene desarrollando, desde su discurso de aceptación de la nominación presidencial republicana. En aquella ocasión afirmó que él presidiría “un país de la ley y el orden” y el jueves aprovechó la crisis por el consumo de drogas que vive este país para enfatizar su ambición caudillista. Si se mostró compasivo y se detuvo en una anécdota personal, no hay por ello que dejarse engañar: nos recordó que no fuma ni bebe, excelentes cualidades que también adornaban a Hitler. Basta no olvidar que se trata del gobernante que no ha mostrado reserva ni escrúpulo alguno para programar una reunión dentro de poco con el presidente de Filipinas Rodrigo Duterte, una especie de carnicero que ha decidido resolver el problema de la drogadicción por el simple expediente del asesinato. 

El absurdo como política o la política del absurdo


La divulgación parcial de documentos sobre el asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy será por tiempo breve tema para la prensa, pero de poca importancia —lamentablemente— para una reflexión sobre la sociedad norteamericana: a primera vista nos parecen tan lejanos y ajenos. Aunque en última instancia se limitan a repetir un patrón aún vigente, con esa mezcla de realidad y fantasía que siempre ha caracterizado la política de Estados Unidos. Por mucho que uno se asombre, hasta ahora el pragmatismo termina por imponerse, y lo demás es tema para películas. Quizá por momentos —para deleite y curiosidad de algunos, como quien escribe este comentario— el conocer tantos disparates de un gobierno que supuestamente estaba llamado —o simplemente cumpliendo el destino— de ejercer la hegemonía mundial le vale para reafirmarse en la idea de que la mediocridad en la Casa Blanca, con independencia de partido, hubiera sido mejor sustituida por poner al mando alguien como Ionesco, porque entonces el absurdo hubiera sido razón de ser, estética como ética, y no simple pretexto.

Los opioides, las farmacéuticas y las promesas de Trump


Como suele ocurrir con Donald Trump, sus anuncios y promesas se resumen en algarabía, promesas y medidas que luego se quedan a medias.
Durante su campaña presidencial, Trump anunció que, de ser elegido, llevaría a cabo acciones contundentes para luchar contra la adicción a los opioides. En agosto pasado le dijo a los periodistas que declararía la epidemia una “emergencia nacional”. Lo hizo el jueves, pero limitándose al concepto de emergencia nacional de salud pública.
Hay una diferencia fundamental entre anunciar una emergencia de salud pública y declarar una emergencia nacional. La mayor distinción está en el dinero. El decreto no otorgará fondos adicionales para enfrentar un problema que mata a cerca de 100 estadounidenses cada día, y se limitará a expandir el acceso a los servicios médicos en zonas rurales. Ampliar el fondo de emergencias de salud pública —que en la actualidad solo cuenta con $57,000— queda en manos del Congreso para el próximo presupuesto.
Trump señaló a México como un factor importante de la crisis, debido a la entrada de drogas, así como a China.
 “Un asombroso 90% de la heroína en Estados Unidos proviene del sur de la frontera, donde construiremos un muro, lo que ayudará mucho en este problema”, aseguró. el presidente, aunque el tema a tratar el jueves no era el consumo de la heroína sino los derivados del opio.
Desde 1999, el número de muertes por sobredosis que involucran opioides se ha cuadriplicado. Entre 2000 y 2015, más de 500,000 personas murieron por sobredosis de drogas: los opiáceos representan la mayoría de ellas.
Según el Centro para la Prevención y Control de Enfermedades (CDC), más de 27 millones de estadounidenses abusan de los opiáceos, que van más allá de la heroína. Casi el 50% de las muertes por sobredosis en 2015, advierte el centro, están relacionadas con analgésicos de la familia de los opioides, recetados para tratar dolores moderados y fuertes en algunos pacientes.
Según Trump, la Agencia de Medicamentos y Alimentos (FDA) ha pedido que el fentanilo, una droga sintética que se fabrica ilegalmente, pero también de forma legal por algunas farmacéuticas, “sea expulsado del mercado inmediatamente”, y que en su próxima visita a China hablará con el presidente chino Xi JinpingXi sobre este tema porque, dijo, se fabrica allí.
Pero las palabras presidenciales no enfatizaron ni detallaron la gran responsabilidad que tienen por esta crisis algunas firmas farmacéuticas estadounidenses, entre ellas Purdue Pharma, productora del analgésico OxyContin, que se aprobó en 1995 y ya en 2001 sus ventas alcanzaron los $1,600 millones, una cifra superior a las de Viagra.
Solo en 2012, los médicos en esta nación escribieron más de 282 millones de recetas para analgésicos opiáceos, incluidos OxyContin, Vicodin y Percocet, una cantidad que equivalía casi a un frasco por cada habitante.
De acuerdo con una investigación publicada en el American Journal of Public Health, entre agosto de 2013 y diciembre de 2015, varias empresas farmacéuticas, entre ellas Purdue Pharma, pagaron más de $46 millones a más de 68 mil médicos de todo el país, a través de comidas, viajes y honorarios para incitarlos a recetar opioides. Purdue Pharma se declaró culpable de engañar al público sobre el riesgo de adicción del OxyContin en 2007 y tuvo que pagar una multa de más de $600 millones.
En la actualidad se ha extendido el consumo de la heroína y el fentanilo, 50 veces más poderoso que el OxyContin. Pero el origen del problema se encuentra en los abusos al recetar indiscriminadamente opioides y en la avaricia de los fabricantes de medicamentos. En discursos y tuits, el presidente ha amenazado a la industria farmacéutica. El jueves pasó por alto la oportunidad de realizar un ataque concreto y certero a esa industria. Prefirió lanzar las culpas al otro lado de la frontera.
Esta es mi columna en el Nuevo Herald, que aparecerá el lunes 20 de octubre.


miércoles, 25 de octubre de 2017

Marx en la selva boliviana


Entre los gobiernos populistas latinoamericanos, el de Evo Morales se destaca por medidas, discursos e ideas estrafalarios. Ocupa con frecuencia los titulares de prensa, pero las noticias no caben en las páginas políticas ni económicas, más bien en la sección de curiosidades, hechos insólitos y extravagancias, como esa de que las manecillas del reloj giren a la izquierda y los números que indican las horas estén en una posición invertida. El presidente dice estar inspirado en las culturas indígenas, pero más bien da la impresión de que en algún momento vio las películas de los hermanos Marx, se las tomó en serio, o lo que es peor: las confundió con tratados históricos. Con frecuencia da la impresión que el Marx que lo inspira no es Karl —austero y estudioso— sino otro, Groucho, al parecer empeñado en poner al mundo de cabeza; con la diferencia de que este lo hacía en el cine, la televisión y el teatro, y muy bien por añadidura.
Ante todo dos puntos a señalar. El primero es nacional. Morales llega a la presidencia en medio de una crisis política en que los gobiernos se sucedían en pocos meses. Eso tampoco era serio. El segundo, internacional, su mandato se inició en medio de una situación internacional en que el fracaso de las políticas neoliberales en Latinoamérica —por las razones que fueran— sirvió de caldo de cultivo para el surgimiento del  “Socialismo del Siglo XXI” en Venezuela, la “revolución ciudadana” en Ecuador y la vuelta de un peronismo tan trasnochado como cualquiera de sus versiones anterior en Argentina. A todo esto se unió la supervivencia del régimen castrista en Cuba. Al principio, Morales no estaba solo, lo único que es mala compañía, pero esta situación ha cambiado en los últimos años, con una vuelta a políticas que, a falta de una definición mejor, se acercan más a una posición de centro derecha o derecha moderada que a un extremismo de izquierda. En lo personal, el futuro político de Morales en estos momentos aguarda una definición de destino, pues si bien ha declarado su deseo de retirarse de la vida pública, sus acciones indican un interés persistente en buscar una reelección que los bolivianos han rechazado en una consulta en las urnas. Pero a diferencia de Nicolás Maduro en Venezuela, en la actualidad Morales no parece empeñado en una radicalización de su modelo.
Otra cuestión a tener en cuenta es la realidad innegable que la población indígena —en Bolivia y otros países latinoamericanos— ha sido explotada por siglos, despojada de sus riquezas, diezmada y menospreciada.
Hechas todas estas salvedades, queda entonces por ver lo que realmente ha hecho  Evo Morales en favor de su país.
Reivindicaciones culturales indígenas
En parte la reivindicación indígena que Morales ha realizado en Bolivia se ha llevado a cabo fundamentalmente a un nivel de superestructura —para utilizar la terminología marxista— e incluso en este sentido, en muchas ocasiones ha caído más en un folklorismos que en un verdadero rescate cultural.
Pese a los tintes autoritarios que muestra no pocas veces, Morales no es Pol Pot ni intenta una “revolución cultural”. Al menos hay que reconocerle eso. Lo poco serio es una especie de bendición para su país y el resto de Latinoamérica. No ha destruido las ciudades y puesto a todo el mundo a vivir en aldeas; no ha prohibido el uso del español, que en resumidas cuentas es la lengua de los colonizadores; tampoco ha revertido la economía a un estado de “comunidad primitiva” y hasta el momento no le ha exigido a los bolivianos que anden en taparrabos y al ejército que se defienda con lanzas, flechas y macanas. Algunos de sus comentarios, o los de sus ministros, pueden causar rechazo a los oídos occidentales —el trabajo infantil, la vuelta a creencias milenarias y el repudio a los libros—, pero su gabinete no se aparta en la actuación diaria de muchos de los procedimientos que rigen al mundo occidental, de forma más o menos democrática.
El milagro económico boliviano
Bolivia lleva más de una década creciendo a un promedio anual del 5%, que es muy superior al de Estados Unidos y el resto de los países sudamericanos.
Según los estimados de 2013, su Producto Interno Bruto fue de $591.100 millones; la tasa de crecimiento económico del 6,8 % y el per cápita de $5.500. Es un país pobre con respecto al resto del mundo, pero está por encima de Uruguay, El Salvador, Paraguay y Honduras (de acuerdo a las cifras de la CIA).
A pesar de la crisis del precio de las materias primas, Morales logró ahorrar y fue cauto en no despilfarrar el dinero que le llegó después de decretar la nacionalización de los hidrocarburos en 2006, informa la BBC.
Por otra parte, Bolivia ha crecido gracias a los cuantiosos ingresos que le dan las exportaciones de gas natural (que le vende a Brasil y Argentina), y corre el riesgo de anclar su desarrollo a este recurso.
Aunque ha hecho esfuerzos por diversificar la economía (con la venta de diesel, estaño y soya), queda pendiente la pregunta de por cuánto tiempo podría sostener su modelo de desarrollo.
Más allá de las críticas políticas a su autoritarismo señalado, en lo que a la economía se refiere, expertos internacionales y nacionales coinciden al valorar los resultados de la gestión del equipo del mandatario.
El año pasado, Bolivia creció 4,3%, seguido por Paraguay (4,1%) y Perú (4%). La lista sigue con Colombia (2%), Chile (1,6%) y Uruguay (1,5%).
El desempeño boliviano fue bastante alto si lo comparamos con Estados Unidos, que apenas creció 1,5% y con Latinoamérica en su conjunto que sufrió una contracción de 0,9%.
Las claves del crecimiento económico boliviano
Tres son los factores claves que han permitido el crecimiento económico boliviano, único en la región: hidrocarburos, ahorro y estabilidad.
En 2006, cuando Morales decretó la nacionalización de los hidrocarburos, se inició una nueva etapa en la economía boliviana.
Esta nueva fase incluyó en algunos casos el paso de empresas privadas a manos del Estado y, en otros, la renegociación de contratos con empresas extranjeras que continuaron operando en el país.
Una docena de multinacionales suscribieron nuevos contratos con la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) y —entre otras cosas— se acordó el pago de un tributo sobre el valor de la producción de entre el 50 y el 85%.
“Al cambiar la política impositiva, aumentaron considerablemente los ingresos del Estado”, dice Luis Pablo Cuba, docente invitado de la Universidad Mayor de San Simón.
“Pienso que la nacionalización y el Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH) fueron algunos de los principales elementos que explican el alto crecimiento económico”.
El alza de ingresos fiscales fue acompañada de fuertes inversiones públicas y un modelo de desarrollo productivo basado en la demanda interna.
A dicha alza se ha sumado el ahorro, un aspecto clave que diferencia la gestión económica boliviana de la venezolana, pese a las afinidades ideológicas.
”En los últimos 14 años, el crecimiento económico ha sido impulsado principalmente por el boom de las materias primas, los ingresos por aumento de impuestos, significativas inversiones públicas y alto gasto social”, le dijo a BBC Mundo un portavoz del Fondo Monetario Internacional (FMI).
“Durante el boom de las materias primas la pobreza en Bolivia bajó un tercio y las autoridades sabiamente ahorraron una parte de los recursos construyendo un cuantioso colchón financiero”, agregó.
Un colchón que pasó de $700 millones a $20.000 millones, configurando un ahorro que le permitió amortiguar la caída de precios de las materias primas a partir de 2014.
Y a pesar de que la curva es decreciente, sigue destacando sobre el resto de sus vecinos: Bolivia creció un 5,5% en 2014; un 4,9% en 2015 y un 4,3% en 2016.
Ese liderazgo en el Cono Sur se mantendría este año y el próximo, según las proyecciones del FMI para Bolivia, con un 4,2% y un 4%, respectivamente.
Un análisis de Nicole Laframboise, publicado en el blog del FMI Diálogo a Fondo, señala que otro factor importante ha sido la caída en la dolarización (la utilización de dólares en vez de la moneda local) desde hace más de una década.
“Esto ha ayudado a mejorar la efectividad de la política monetaria, ha contribuido a la estabilidad del sector financiero y ha permitido que más bolivianos tengan acceso al crédito y a los servicios financieros”, dice Laframboise.
A los dos factores anteriormente mencionados se une la estabilidad.
Tanto los expertos del FMI, como analistas locales, coinciden en que la estabilidad social ha contribuido al crecimiento económico.
Entre 2001 y 2005 Bolivia tuvo cinco presidentes bajo un clima de alta polarización y conflictividad. Al inicio del mandato de Morales también se atravesaron momentos muy complicados, durante el proceso constituyente y con sus adversarios políticos se atrincheraron en la regiones ricas de Bolivia.
Sin embargo, la radicalidad de los primeros años fue disminuyendo.
A eso se suman indicadores de inclusión que favorecen la estabilidad. Por ejemplo, entre 2004 y 2015 la pobreza bajó de un 63% de la población a un 39%, según datos del FMI.
Por otro lado —según cifras del FMI—, la distribución del ingreso también mejoró en ese período. Bolivia pasó de ser el país más desigual en Sudamérica a situarse en una posición promedio en la región.
Estos logros han beneficiado la imagen externa de un país gobernado por un partido compuesto por organizaciones sindicales y centrales agrarias indígenas y campesinas, que han negociado con el Gobierno para llegar a acuerdos y evitar que se generen crisis de magnitud como solía ocurrir en las últimas décadas.
Los adversarios de Morales critican que algunos grupos de presión han sido excesivamente favorecidos con los ingresos fiscales y que en ocasiones los beneficios del crecimiento dieron origen a casos de corrupción que han involucrado a líderes políticos oficialistas.
En todo caso, se le reconoce a Morales que a pesar de su discurso reivindicativo, en el plano económico sus políticas han sido lo suficientemente cautas y pragmáticas como para, por ejemplo, vender su gas a través de contratos a largo plazo en los que se establece una cotización fija, controlar la inflación y mantener reservas fiscales.Y así, consolidarse como el país que más crece de América del Sur.

Un cubano esperando a Godot


Solo la arrogancia y el desconocimiento explican que en Miami hay tantos llamados a la transición en Cuba, sin plantearse que cuando aquella se ponga en marcha ocurrirá también un cambio en esta ciudad.
Da la impresión que los portavoces de la idea, y los elaboradores de esos planes que no pasan de comentarios diarios en las tertulias más diversas, consideran que todo se reduce a una exportación de recursos, proyectos y talentos, con el objetivo de reproducir en la Isla una sociedad similar a la existente aquí.
Pasan por alto dos aspectos fundamentales. El primero es que Miami no es la Cuba del futuro, como cada vez representa menos la del pasado. Felizmente se aleja de ese modelo. Nadie se engañe por algunos programas radiales, una que otra feria y las guayaberas de los políticos de turno en las efemérides destinadas a recaudar simpatías y votos. El segundo es que Cuba no será el Miami del pasado. Demasiadas diferencias se han acumulado a lo largo de los años para que sea posible siquiera imaginar una confluencia futura.
Los valores, ventajas y beneficios que se disfrutan aquí, y vale la pena intentar establecer en Cuba, son intrínsecos de la sociedad estadounidense —la mayoría característicos de cualquier nación democrática desarrollada— y no fueron establecidos por los exiliados. Nos hemos adaptado a ellos, en algunos casos se puede agregar que hasta los hemos enriquecido, pero existían antes de que el primer exiliado cubano llegara a estas costas.
No se trata de restarle méritos a una comunidad. Es situarla en el lugar que le corresponde: trabajo, esfuerzo, sacrificio y capacidad creativa por encima de la demagogia, el chanchullo, la estafa y la politiquería. En la nación cubana que se edificará en un futuro, sin fecha o pronóstico seguro, serán necesarios profesionales, inversionistas y administradores: los políticos pueden ahorrarse el boleto. No es que los de allá sean buenos; es que muchos de los de aquí no han mostrado ser mejores.
Cuba comenzará a ser una nación más plena en la medida en que se libre de esa dependencia enorme de los políticos. No hay que alimentar la especie, más bien alentar que entre en un período de extinción. Que finalmente sea posible que la administración de las cosas se imponga sobre la administración de los hombres.
Sobran en Miami los que preparan planes o llegan de visita con proyectos destinados a la conquista de notoriedad y dinero; elaboran constituciones futuras y discuten leyes para una república imaginaria. Es posible que la discusión de tales planes resulte entretenida para algunos, lucrativa para unos pocos y también que contribuya a la peregrina estabilidad emocional de unos cuantos. Pero estas “ganancias secundarias” poco tienen que ver con el supuesto objetivo primordial de sentar las los fundamentos de una nación aún por construirse. Ese país, si en algún momento lega a materializarse, será obra y responsabilidad de quienes viven allá. El habitar en esta costa nos incapacita para algo más que ayudar.
Si aspiramos a una Cuba democrática, tenemos que partir no de proyectos sino de valores fundamentales, muchos de los cuales existieron en alguna medida en la nación en desarrollo antes del funesto golpe de Estado de Fulgencio Batista, pero de forma tan precaria que permitieron el surgimiento de las tiranías y violaciones de derechos fundamentales que mancharon la historia cubana.
Si aquí existe la libertad de expresión, es en muchos casos a contrapelo de esos mismos exiliados de “verticalidad y línea dura” que tanto proclaman el derecho de que impere en la Isla. Si es necesaria la justicia, no hay que buscarla de forma selectiva, olvidando atropellos, torturas y asesinatos anteriores al 1ro. de enero de 1959, y bajo la desacreditada tergiversación de considerar “acciones patrióticas” simples actos de terrorismo. Si queremos una Cuba para todos, no hay que partir de exclusiones, como no fueron excluidos los batistianos de Miami.
Es en este sentido que Miami debe servir de ejemplo para una Cuba futura. Generosidad de una ciudad que ha dado cabida a diversas generaciones de inmigrantes, con pasados políticos variados y participaciones y responsabilidades diferentes, en un proceso que no se originó con el comienzo del año 1959 ni surgió solo del engaño y la traición, aunque estos aspectos formaron parte de un movimiento traicionado y desvirtuado.
Generosidad que en lo personal puede resultar difícil de asimilar: para los familiares de tantos fusilados, los prisioneros políticos que cumplieron largas condenas injustas, las víctimas de la represión, el terrorismo y los crímenes de cualquier bando y todo aquel que respiró a plenitud el día que falleció Esteban Ventura Novo, quien por muchos años se paseó por estas calles sin rendirle cuentas a nadie de sus crímenes.
Cuando cada exiliado, no importa el lugar remoto donde finalmente ha hecho su vida, y cada habitante de la Isla que no ha conocido más que de trabajos y limitaciones, y abrigado siempre el deseo perenne de marcharse del lugar en que nació, ha sido fiel a la decisión de pese a todo mantenerse en la prórroga o se ha aferrado con una ilusión suicida a un ideal abandonado, tergiversado y falso abandone la espera, será más libre. Cuando cada cubano comprenda que el cambio que se quiere no es solo una esperanza pospuesta una y otra vez, sino también un proceso personal, y que para iniciarlo no tiene que pedirle permiso a nadie, dependerá menos de lo que ocurra en la política nacional. Cuando cada uno de nosotros mandemos a paseo a los funcionarios, activistas y líderes políticos y comunitarios de aquí y de allá, seremos más dueños de nuestro destino. Cuando esto ocurra, la transición estará en marcha, en Cuba y en Miami.

sábado, 21 de octubre de 2017

Cine e imagen


Hasta hace unos años, al analizar el producto cinematográfico nos encontrábamos dos características fundamentales: era un lenguaje y al mismo tiempo una mercancía. Como lenguaje cumplía la función de comunicar a través de la proyección de imágenes. Pero para ello tenía que existir como mercancía. Incluso cuando supuestamente rechazaba su valor comercial, era un producto: un artículo creado gracias a una base material e industrial.
 Cuando hablábamos de producto cinematográfico, la película, lo abordábamos en un sentido general y no solo como producto cultural o artístico. De hecho el cine no nació como forma artística y tampoco fue esa posibilidad lo que atrajo a los primeros espectadores, que asistían no a “representaciones artísticas” sino a exhibiciones de actualidades, actos de ilusionista, trucos o como quiera llamárselos.
Aunque las características de lenguaje y mercancía continúan presentes, el hecho de que ahora la posibilidad de “hacer cine” se haya expandido —y paradójicamente limitado en cuanto a su representación ante determinado público reunido en un local— desde años ha vuelto a colocar al análisis cinematográfico en la valoración la imagen como esencia de su función —más allá de criterios sociológicos y exégesis ideológicas—, al tiempo que asistimos a una saturación de un medio donde no solo las imágenes sino las propias palabras, con cada vez mayor frecuencia no significan nada. De ahí la importancia de volver a detenerse en los elementos esenciales que las conforman.
 En breve tiempo, la película se impuso no solo como obra de ficción. Desde el inicio, surgieron otras formas narrativas que no podían se excluidas del fenómeno cinematográfico: desde el documental en todas sus manifestaciones hasta el cine didáctico y  científico, además del simple “cine de aficionado”, que en su dimensión más hogareña solo pretendía conservar la imagen de una familia o la del desayuno de un bebé.
Movimiento de la imagen, imagen del movimiento: la esencia del lenguaje cinematográfico, lo que entusiasmó a los primeros espectadores —con independencia de los temas tratados— y lo que aún hoy atrae al público. Para lograrlo son indispensables dos cualidades intrínsecas del cine:
-La fotografía como imagen-reflejo en un plano bidimensional de las características de los objetos reales.
-La sucesión de las imágenes en el tiempo, aportando así la dimensión temporal al espacio.
De ambas se desprenden las cualidades de la imagen cinematográfica: es realista en el sentido de que está dotada del poder de captar y trasmitir las “apariencias” o características visibles de la realidad, y al mismo tiempo posee la cualidad de otorgarle “realidad” a los hechos más fantásticos. Esta cualidad, que desde la época de Melies posibilitó la existencia del cine fantástico, de horror y ciencia ficción, está presente también en el documental, tanto en su valor testimonial —hechos y personas reviven ante nuestros ojos—, como descriptivo —gran parte del conocimiento actual acerca de naciones, ciudades y culturas se le debe al cine, y científico: el drama del crecimiento de una planta se desarrolla en varios minutos en nuestra sala.
Ello permite enunciar otro aspecto de la imagen cinematográfica, y es el hecho de que esta se encuentra siempre en presente, lo que constituye a su vez uno de los pilares sobre los que se asienta la narrativa fílmica.
Esta cualidad de presente artístico o expresivo no es solo propia del cine —aparece también en la música—, pero es la pantalla —por su aspecto realista— donde se brinda con mayor fuerza al espectador.
A lo anterior hay que agregar que la imagen tiene un “papel significativo”. Todo lo que aparece en la pantalla tiene un valor o sentido. Desde el punto de vista dramático, la estética cinematográfica descansa en la convención fundamental de la supresión del tiempo —carente de acción significativa— mediante la sucesión de acontecimientos sin aparente relación con la trama.
Sobre esta base se fundamenta el arte, y cuando nos salimos de esta definición, corremos el riego de apartamos de este, al menos en su aspecto más tradicional. Bajo este principio podemos analizar toda la historia del cine y ver como el concepto de “acción significativa” ha ido evolucionando a través de los llamados “movimientos cinematográficos”. Un ejemplo es el Neorrealismo Italiano, cuyos realizadores no hicieron otra cosa que otorgarle otra dimensión al concepto.
Incluso en películas carentes de una narrativa, en el sentido convencional del término, hay una sucesión de “actos significativos”, que el director desarrolla para lograr la comunicación cinematográfica.
Lo anterior no solo está presente en películas que en mayor o menor grado responden a cánones estéticos, sino que es su condición de producto cinematográfico, por cuanto descansa en el hecho de ofrecer una visión elegida y depurada de la naturaleza del objeto fílmico y no una simple copia.
Ya en los orígenes del cine, donde lo que importaba era el fenómeno de la “impresión de realidad” implícita en el espectáculo y no el tema elegido, existía la tendencia de filmar temas “móviles”, como trenes, caballos al galope, olas chocando contra las rocas y buques avanzando hacia el horizonte.
Esto nos lleva a enunciar una cuarta cualidad de la imagen cinematográfica: su carácter de realidad escogida, recreada y elaborada. Todo filme nos presenta un punto de vista, determinado por las creencias, sentimientos y valores de sus creadores y productores.
Como quinta característica está el hecho de que, al igual que temporalmente el cine responde al tiempo presente, espacialmente es un hecho determinado o de unicidad representativa.
Por su realismo científico, inherente a la cámara, el cine sólo capta aspectos propios y exactamente determinados de la naturaleza de las cosas. En el cine, la imagen tiene un significado preciso y limitado: “tal casa”, “tal árbol”, “tal hombre”.
Estas cualidades espaciales y temporales, a la vez que brindan grandes posibilidades al cine, serán sus mayores limitaciones a la hora de considerarlo como lenguaje, si no existieran los aspectos de contexto entre las imágenes.
De ahí el “valor relativo” de la imagen cinematográfica, ya que está determinada por:
-El contexto cinematográfico. Su valor en relación a la precedente y sucesiva. Hecho que a partir del surgimiento del montaje posibilitó la existencia de un lenguaje y de una estética del cine.
-El contexto mental del espectador, que al relacionarse con el filme adecúa los contenidos de la imagen a sus valores y viceversa, lo que lleva a la formación de los fenómenos de acondicionamiento cultural que ayudan a explicarnos el gusto cinematográfico.
Es precisamente esta sexta cualidad de la imagen cinematográfica la que posibilitó —es más, exigió— la existencia del montaje.
El recurso del montaje, como expresión de continuidad de diversos planos de acción era un recurso conocido y utilizado por los narradores del siglo XIX. Está presente en las historietas gráficas que a partir de los siglos XVI y XVII comienzan a desarrollarse por toda Europa.
Desde el surgimiento del cine, el montaje forma parte de la esencia del medio. Se evidencia en uno de los filmes presentados en la primera exhibición del Cinematógrafo Lumière. En La llegada del tren a la Estación Central podemos observar, gracias a la posición en que fue colocada la cámara, el primer plano secuencia de la historia del cine. Desde que aparece la locomotora en la lejanía hasta los rostros de los pasajeros ocupando toda la pantalla, el espectador establece múltiples relaciones con las imágenes que se suceden, gracias al valor relativo de estas y su sucesión en un breve intervalo de tiempo. El tren de pronto adquiere vida, no solo en su presencia cercana —el humo de la maquina, etc.—, sino también porque se nos ofrece en su dimensión de medio de transporte de seres humanos. Personas que hasta un instante anterior eran desconocidas, ahora se encuentran frente al espectador: para mostrarnos, gracias a su presencia en la pantalla, sus temores, trajines y destinos.
A esta cualidad del montaje interior, que posibilitó la existencia de un lenguaje cinematográfico desde las primeras películas silentes, se unió luego, tras la aparición del sonido, no solo la presencia de un lenguaje visual, sino también sonoro, que abrió las puertas para  que este medio sea la vez lenguaje cinematográfico y mezcla de lenguajes.
Mediante imágenes sucesivas, desarrolladas en un tiempo dado, el cine nos muestra su contenido. Al igual que la música, el cine es un arte temporal, ya que se desarrolla en el tiempo, pero a diferencia de esta —que se trasmite directamente al espectador mediante el sonido, en un espacio determinado (los efectos de espacialización en la música comenzaron a desarrollarse cerca de la mitad del siglo XX)—, el cine utiliza un medio espacial cambiante: nos brinda el tiempo no solo por medio de una percepción directa (la duración de la película), sino mediante la utilización de la característica primordial de esta dimensión: la duración del espacio fílmico. Así, operando sobre la longitud de las imágenes, los recursos de la toma desde diferentes ángulos con diversos lentes y el empleo del montaje, el tiempo de la sucesión cinematográfica impone su propia cronometría sobre el espectador.
 Pero a su vez, el espacio fílmico —ese espacio de aquí y ahora al que se hizo referencia al hablar de la imagen— es un espacio temporal. Mediante la utilización del montaje, el cine nos traslada de un escenario a otro, y acorta o alarga su contemplación.
Esto nos lleva al análisis de la segunda característica de la sucesión cinematográfica: su relativismo. En el cine, tanto el tiempo como el espacio tienen un carácter relativo. Un hecho que ocurre en minutos puede ser alargado mediante el recurso del montaje —utilizado desde los primitivos realizadores ingleses hasta nuestros días, y hecho famoso por el norteamericano David W. Griffith con su rescate “en último minuto”. De igual forma, un espacio puede ser descrito con mayor o menor precisión según la velocidad de movimiento de la cámara o la aceleración de las imágenes. Pero este relativismo no sólo está presente como recurso narrativo en el llamado “cine artístico” o incluso de aventuras, sino que ha sido utilizado con sentido didáctico por las películas científicas, y aun el simple aficionado lo emplea.
Como tercera característica de la sucesión cinematográfica, podemos señalar que el cine no se limita a representar la imagen del movimiento. Más bien podemos hablar de una imagen que es una mezcla de movimientos. No solo tenemos la duración de los fragmentos de filmes determinados por el montaje, sino los movimientos de la cámara —la que además puede realizar un “montaje” en su trayectoria, en los conocidos planos-secuencia—, así como los desplazamientos de los personajes dentro del set y la frecuencia de filmación —ya que, como se ha mencionado, la velocidad estándar de proyección de 24 cuadros por segundo puede alterarse para lograr efectos dramáticos y científicos—, la utilización de la música, que contribuye a imponer determinado tempo, así como las voces y los efectos sonoros, que juegan también un papel fundamental en el desarrollo temporal.
De aquí que señalemos, como cuarta y última característica de la sucesión fílmica la existencia en el cine de dos medios fundamentales, uno visual y otro auditivo. Ambos medios son igualmente importantes, aunque, en la mayoría de los casos, gran parte del contenido cognoscitivo y afectivo viene dado a través de la imagen. 

martes, 3 de octubre de 2017

¿Por qué Cataluña no y Cuba sí?


Para alguien nacido en Cuba y de madre y abuelos españoles y apellido catalán, que además considera ese nacimiento en la isla más bien un asunto temporal, forzado por las circunstancias económicas del momento, que obligaron a sus antepasados a emigrar, es lógico que sienta, más que piense, que sus simpatías deben colocarse del lado de esos catalanes —no de los políticos— que reclaman el derecho a la independencia; o al menos a un federalismo amplio que permita al sentimiento nacionalista, que asume como un concepto histórico y cultural, expresarse a plenitud dentro de una confederación de “nación de naciones” que deje a una instancia superior cuestiones que muchas veces —y con preferencia de que fuera así siempre— no afectan la vida cotidiana, las cuales hasta hace poco se creía avanzaban hacia una integración regional, más que de límite nacional, donde las fronteras —en muchas ocasiones caprichosas y casi siempre fuentes de trámites engorrosos— tendían a diluirse y no a enfatizarse, como viene ocurriendo.
Para alguien así, lo que viene ocurriendo en Cataluña le recuerda cada vez más lo que muchos años atrás sucedió con Cuba, y no deja de parecerle que el destino último será el mismo.
Una lástima que así sea, pero la tozudez española, o del poder central español, nunca ha resultado buena.
Comprendo que resulta una visión extremadamente simplista, pero he partido de que se trata de un sentimiento y no de una creencia, y las emociones, en esencia, suelen ser simples.
Lo que ha comenzado a molestarme es percibir igual simplismo en quienes se oponen férreamente, y acusan a los catalanes independentistas de practicar un sentimiento nacionalista pasado de moda, cuando en la práctica ellos mismos apelan a igual nacionalismo vetusto.
Luego están esas diferencias culturales, históricas y hasta de idioma, que en el caso de los cubanos no llegaron nunca ha ser tan acusadas como ocurre con catalanes y vascos (los cuales, de momento, asisten con una pasividad asombrosa a lo que ocurre no muy lejos).
Ni en Barcelona ni en Bilbao me he sentido nunca que estoy en España, si tomo de referencia a Madrid, Sevilla o Valencia. Hay más diferencias entre los ciudadanos de esas dos primeras ciudades y las otras, que las que brotan entre los residentes de Nueva York y Houston, que son bastantes.
Entonces, ¿por qué no permitir un verdadero referendo en Cataluña? El argumento de que es una cuestión en la que deben votar todos los españoles valía con igual fuerza para referirse a la independencia cubana. ¿Es que la geografía pesa más que la historia? El principio no es válido para Europa, y la existencia de países pequeños, diminutos en relatividad de territorio, no debe ser despreciada.
Creo, y me lo confirman diariamente las declaraciones de los propios españoles, y en particular de los opuestos al independentismo catalán, que es difícil de mencionar un asunto —luego problema y en la actualidad crisis— peor manejado, que la de Cataluña por parte del Gobierno de Mariano Rajoy, quien en un principio se aprovechó de una mala utilización anterior, por parte del Gobierno de Zapatero, para dejar que el tema se magnificara a su dimensión actual; no solo por incompetencia, sino fundamentalmente para explotar la situación con un objetivo diversionista, que distrajera al electorado de la atención que merecían sus propios problemas (Bárcenas, corrupción y compañía) en el Gobierno. Ahora se enfrenta a lo que ayudó —no solo permitió— a que creciera sin compresión alguna, más que sin control alguno.
Solo a un político con un caparazón tan duro como Rajoy, y con una clase dirigente política tan deteriorada como la española —Gobierno y oposición— le caben aún esperanzas de sobrevivir a esta crisis.
El otro argumento que no cesa de asombrarme es el llamado constante al constitucionalismo, como si tal documento (la constitución española) no pudiera ser refrendado y modificado, y fuera una especie de texto sagrado en un país cada vez más ateo. España debería mirar más hacia Suiza y menos a Madrid.
Fotografía: embarque de la primera espedición de voluntarios catalanes a Cuba.

Las Vegas y lo siniestro


Más allá de la tragedia, o como parte intrínseca de ella, para un presidente tan simplista como Donald Trump, y para una sociedad tan obsesionada con un ataque terrorista como la estadounidense, Stephen Paddock es más que un enigma, más que la peor de nuestras pesadillas: escenifica lo siniestro freudiano en un estado puro; una vivencia contradictoria donde lo extraño se nos presenta como conocido y lo conocido se torna extraño.
Ese sentimiento, donde se mezcla lo familiar y lo conocido con una sensación de extrañeza —en medio de un ambiente de terror que nos produce angustia—, desafía las explicaciones en que se busca explotar la maldad hacia el otro (lo ajeno) y el cierre de fronteras; nos enfrenta a ese mal insondable, que suele —o puede— albergarse en nuestro interior y en ocasiones explota.
A partir ahora lloverán los análisis que traten de interpretar qué pasaba por la mente de Paddock, qué lo llevó a cometer tal monstruosidad gratuita. Luego que las explicaciones más a mano no llegaron siquiera a formularse —nada de conflictos raciales, ni algún tipo de adicción provocada por traumas infantiles; ausente una aparente frustración social o económica; sin datos de un historial previo que permitiera intuir, aunque fuera levemente, un destino peligroso; descolocados los vínculos con grupos extremistas— la mirada se fuerza hacia el individuo y más allá: dentro de su inconsciente: una atrofia oculta durante decena de años de vida normal, que le permitió el retiro y una vida plácida y obscura hasta la noche y madrugada del 2 de octubre. Oportunidad para recorrer de nuevo el cine de David Lynch —Eraserhead, Twin Peaks, Mulholland Drive—, no solo en busca de una explicación, que no se encuentra, sino para volver a experimentar la fascinación ante el mal, que no admitimos pero nos persigue y en cualquier momento aparece y nos acosa: a nosotros, los desprevenidos.
Los hombres perpetúan el mal, de forma constante, aunque nos resulta difícil admitirlo. Nos es imposible lidiar con ello y tratamos de ocultarlo, enmascarlarlo.  Tergiversamos recuerdos y acontecimientos; inventamos pasado y presente para seguir viviendo. Construimos una ficción que nos satisface, y esa ficción es muchas veces personal y propia, pero también política, como nación.
La mayor matanza masiva con un arma de fuego en la historia de Estados Unidos volverá a colocar en el primer plano diversos debates políticos. En primer lugar el de la venta de armas de asalto. Esa discusión, que se ha tornado bizarra por sus connotaciones políticas y fundamentalmente por los intereses económicos que la sustentan, carece de explicación fuera de ese sustento. Así, tras las frases huecas de ocasión que volverán a repetirse —“las armas no matan, es la gente la que mata”—, los legisladores temerosos y los grupos de presión, casi no habrá tiempo para maravillarse de la forma en que un “club de cazadores” se ha convertido en una poderosa maquinaria de cabildeo que literalmente compra políticos y propaga al mismo tiempo un par de falacias que muchos repetirán ahora convencidos y contentos; una letanía al uso que no tiene en cuenta que cuando se introdujo en 1791, en la Constitución de Estados Unidos, el derecho a ir armado, nadie podía imaginarse el poder de un fusil de asalto de petición actual; una aseveración formulada bajo la premisa de considerar dicha Constitución como un texto no sujeto a ser interpretado, renovado y revisado de acuerdo a los tiempos que corren, todo como parte de un canon calvinista que si bien está muy arraigado en la sociedad estadounidense, no por ello impide su cuestionamiento: dar a la constitución americana el carácter “sagrado” de texto bíblico parte de igual superchería religiosa.
Sin embargo, en última instancia el defender o rechazar el derecho a ir armado no hace más que desviar en parte el problema, o en un sentido más amplio la naturaleza del asunto. Basta tomar en consideración que en Suiza, a diferencia de otras naciones europeas, no solo rige el derecho de que los ciudadanos estén armados (29% de la población), sino que un gran número de armas en los hogares es provisto por el propio ejército suizo, que permite a quienes pasan el servicio militar obligatorio conservar los fusiles.
Aunque las cifras de armas en manos de la población en Suiza son muy inferiores a las de EEUU (donde hay más armas que habitantes), Alemania y Austria —en 2016 el ministerio de defensa suiza estimó que había dos millones de armas en manos privadas, de una población de 8,3 millones—, casi duplican a la otros países europeos como Italia y Francia. En Europa, el tener más o menos armas en manos privadas no se usa como explicación básica para un aumento de crímenes.
Claro que la afirmación anterior no debe olvidar la existencia de matices. Uno es la sencillez del procedimiento para adquirir armamentos de mayor o menor potencia, que diferencia a cualquier nación de Europa de lo que ocurre en EEEUU, lo cual contribuye a explicar como los perpetradores de ataques terroristas en suelo europeo han recurrido a medios más burdos —como vehículos, cuchillos y machetes— en los últimos ataques terroristas. Otro matiz que tampoco se debe descartar es la facilidad con que se puede convertir un arma semiautomática en automática en EEUU, si bien hacerlo es ilegal. Pero en su conjunto no vale la simplificación de que todo se resuelve con una prohibición absoluta de la adquisición de un arma de fuego por un particular, al estilo de las leyes vigentes en los países totalitarios.
Lo que es válido en cuanto a la potencialidad del número de víctimas —dato, por lo demás de su suma importancia—, no se aplica automáticamente al riesgo del hecho: no armas, paz absoluta.
En igual sentido que una demonización de las armas de fuego incurre en la demagogia y el absurdo, el extremismo contrario resulta de una nocividad incluso peor. En este terreno se sitúa una propuesta legislativa republicana, pendiente de discutir en el Congreso en Washington, que allanaría la compra de silenciadores para las armas de fuego. Uno de los aspectos que primero se destacó en las informaciones sobre lo ocurrido en Las Vegas fue el hecho del sonido de los disparos, al principio confundidos como un efecto sonero del concierto, y lo peor que hubiera sido todo de no escucharse ese ruido.
Este drama coloca a Trump en un terreno que le resulta poco cómodo. Un hombre blanco, de 64 años, sin vínculos hasta el momento con grupos extremistas, que dispara inclemente a una multitud. Mientras se desarrollaba la noticias, aproximadamente a las seis de la mañana, hora del este en EEUU, los medios de prensa se preguntaban por la ausencia de tuits del Presidente sobre lo que ocurría, con seguridad ya despierto a esa hora e informado al respecto. Y es que la tragedia se sitúa en un marco de referencia que el mandatario suele esquivar o desconocer. No es tampoco el momento del reproche partidista, siempre menos oportuno que oportunista. Hay que reconocerle a Trump un comentario justo sobre lo ocurrido, una lucidez casi insólita en él al describir el hecho: “Un acto de maldad pura”. Y esa frase, casi una epifanía, es una muestra de deslumbramiento, suyo y de todos. Tal descripción, y que la matanza ocurriera en Las Vegas —el lugar de la ilusión fácil y la alegría espuria— encierra un simbolismo obsceno del que nos costará trabajo desprendernos. 

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...