miércoles, 25 de octubre de 2017

Un cubano esperando a Godot


Solo la arrogancia y el desconocimiento explican que en Miami hay tantos llamados a la transición en Cuba, sin plantearse que cuando aquella se ponga en marcha ocurrirá también un cambio en esta ciudad.
Da la impresión que los portavoces de la idea, y los elaboradores de esos planes que no pasan de comentarios diarios en las tertulias más diversas, consideran que todo se reduce a una exportación de recursos, proyectos y talentos, con el objetivo de reproducir en la Isla una sociedad similar a la existente aquí.
Pasan por alto dos aspectos fundamentales. El primero es que Miami no es la Cuba del futuro, como cada vez representa menos la del pasado. Felizmente se aleja de ese modelo. Nadie se engañe por algunos programas radiales, una que otra feria y las guayaberas de los políticos de turno en las efemérides destinadas a recaudar simpatías y votos. El segundo es que Cuba no será el Miami del pasado. Demasiadas diferencias se han acumulado a lo largo de los años para que sea posible siquiera imaginar una confluencia futura.
Los valores, ventajas y beneficios que se disfrutan aquí, y vale la pena intentar establecer en Cuba, son intrínsecos de la sociedad estadounidense —la mayoría característicos de cualquier nación democrática desarrollada— y no fueron establecidos por los exiliados. Nos hemos adaptado a ellos, en algunos casos se puede agregar que hasta los hemos enriquecido, pero existían antes de que el primer exiliado cubano llegara a estas costas.
No se trata de restarle méritos a una comunidad. Es situarla en el lugar que le corresponde: trabajo, esfuerzo, sacrificio y capacidad creativa por encima de la demagogia, el chanchullo, la estafa y la politiquería. En la nación cubana que se edificará en un futuro, sin fecha o pronóstico seguro, serán necesarios profesionales, inversionistas y administradores: los políticos pueden ahorrarse el boleto. No es que los de allá sean buenos; es que muchos de los de aquí no han mostrado ser mejores.
Cuba comenzará a ser una nación más plena en la medida en que se libre de esa dependencia enorme de los políticos. No hay que alimentar la especie, más bien alentar que entre en un período de extinción. Que finalmente sea posible que la administración de las cosas se imponga sobre la administración de los hombres.
Sobran en Miami los que preparan planes o llegan de visita con proyectos destinados a la conquista de notoriedad y dinero; elaboran constituciones futuras y discuten leyes para una república imaginaria. Es posible que la discusión de tales planes resulte entretenida para algunos, lucrativa para unos pocos y también que contribuya a la peregrina estabilidad emocional de unos cuantos. Pero estas “ganancias secundarias” poco tienen que ver con el supuesto objetivo primordial de sentar las los fundamentos de una nación aún por construirse. Ese país, si en algún momento lega a materializarse, será obra y responsabilidad de quienes viven allá. El habitar en esta costa nos incapacita para algo más que ayudar.
Si aspiramos a una Cuba democrática, tenemos que partir no de proyectos sino de valores fundamentales, muchos de los cuales existieron en alguna medida en la nación en desarrollo antes del funesto golpe de Estado de Fulgencio Batista, pero de forma tan precaria que permitieron el surgimiento de las tiranías y violaciones de derechos fundamentales que mancharon la historia cubana.
Si aquí existe la libertad de expresión, es en muchos casos a contrapelo de esos mismos exiliados de “verticalidad y línea dura” que tanto proclaman el derecho de que impere en la Isla. Si es necesaria la justicia, no hay que buscarla de forma selectiva, olvidando atropellos, torturas y asesinatos anteriores al 1ro. de enero de 1959, y bajo la desacreditada tergiversación de considerar “acciones patrióticas” simples actos de terrorismo. Si queremos una Cuba para todos, no hay que partir de exclusiones, como no fueron excluidos los batistianos de Miami.
Es en este sentido que Miami debe servir de ejemplo para una Cuba futura. Generosidad de una ciudad que ha dado cabida a diversas generaciones de inmigrantes, con pasados políticos variados y participaciones y responsabilidades diferentes, en un proceso que no se originó con el comienzo del año 1959 ni surgió solo del engaño y la traición, aunque estos aspectos formaron parte de un movimiento traicionado y desvirtuado.
Generosidad que en lo personal puede resultar difícil de asimilar: para los familiares de tantos fusilados, los prisioneros políticos que cumplieron largas condenas injustas, las víctimas de la represión, el terrorismo y los crímenes de cualquier bando y todo aquel que respiró a plenitud el día que falleció Esteban Ventura Novo, quien por muchos años se paseó por estas calles sin rendirle cuentas a nadie de sus crímenes.
Cuando cada exiliado, no importa el lugar remoto donde finalmente ha hecho su vida, y cada habitante de la Isla que no ha conocido más que de trabajos y limitaciones, y abrigado siempre el deseo perenne de marcharse del lugar en que nació, ha sido fiel a la decisión de pese a todo mantenerse en la prórroga o se ha aferrado con una ilusión suicida a un ideal abandonado, tergiversado y falso abandone la espera, será más libre. Cuando cada cubano comprenda que el cambio que se quiere no es solo una esperanza pospuesta una y otra vez, sino también un proceso personal, y que para iniciarlo no tiene que pedirle permiso a nadie, dependerá menos de lo que ocurra en la política nacional. Cuando cada uno de nosotros mandemos a paseo a los funcionarios, activistas y líderes políticos y comunitarios de aquí y de allá, seremos más dueños de nuestro destino. Cuando esto ocurra, la transición estará en marcha, en Cuba y en Miami.

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