sábado, 23 de diciembre de 2017

La Navidad y lo grotesco


Mientras Santa Claus se originó en Estados Unidos, en parte como una derivación de las tradiciones holandesas de San Nicolás, durante siglos los ingleses tuvieron a Father Christmas, un personaje emparentado con el antiguo folklore y las representaciones precristianas. Aunque en la actualidad ambas figuras son una, y más que fundido, la Made in USA se ha impuesto sobre la Old Christmas.
Las primeras personificaciones de Father Christmas datan del Siglo XV. A través del tiempo sufrió épocas de preponderancia y casi olvido. Incluso de prohibición  durante el auge del puritanismo: unos 15 años, alrededor de 1644 y entre 1649 y1660. Con el decreto que abolió los festivales, se suprimió la celebración de la Navidad.
Aunque el festejo volvió tras la Restauración de 1660, tanto la celebración navideña como su representación en la figura del Father Christmas entraron en decadencia durante el Siglo XVIII. No fue hasta la época victoriana que adquirió preponderancia. El Father Christmas, representado como un hombre barbudo, mofletudo y alegre, por lo general rodeado de mucha comida y bebida, comenzó a figurar regularmente en los magazines ilustrados alrededor de 1840. A partir de entonces se impuso el carácter familiar, hogareño del acontecimiento, así como la presencia de niños y de regalos.
Pero tales celebraciones no tenían un carácter religioso. En la ilustración que aparece arriba, de una obra de teatro de 1852, el Father Christmas es presentado como una figura grotesca, con una peluca cómica y un garrote en la mano, otros cuatro actores, tres de ellos soldados, y un doctor. La mujer es simplemente una espectadora. En la segunda ilustración, de una obra de 1836, Father Christmas es un jorobado con una larga capa, una corona y una vara de caminante.
La figura del Father Christmas tuvo una marcada influencia en Charles Dickens y su célebre Cuento de Navidad (A Christmas Carol), de 1843. Esta obra, y otras dos que escribió sobre el tema, Las campanas y El grillo del hogar, fueron fundamentales para una renovación del interés de la Navidad en Inglaterra.
Al escribir sobre los cuentos navideños de Dickens, Gilbert K. Chesterton destaca la relación entre la alegría y lo grotesco, y señala que es una de las cualidades fundamentales de la Navidad es lo grotesco como expresión natural de la alegría.
“Todos son felices porque nadie es circunspecto. Tenemos la impresión, sin saber cómo, de que Scrooge es todavía más feo cuando es bueno que cuando era cruel. El pavo que compra Scrooge es tan gordo, según Dickens, que es imposible que jamás se sostuviera de pie. Ese pavo desequilibrado y monstruoso sirve de símbolo de la felicidad desequilibrada de los relatos”, señala Chesterton, quien, solo falta agregar, era católico.

«Jesus is the reason for the season»: ¿de veras?


Pocos años atrás, por estos días circulaba con fuerza en Miami una calcomanía en los automóviles que enfatizaba que Cristo era la razón o causa de la Navidad (por supuesto suena mejor en inglés: Jesus is the reason for the season).
Era de esperar que una campaña de ese tipo se intensificaría este año, tras la elección de Trump y el auge que vive —al menos como poder político y grupo de opinión escuchado en Washington— el variado grupo de sectas evangelistas que constituyen la llamada “ultraderecha cristiana o evangélica”. Al menos en esta ciudad no he visto este año ese fervor anunciado, pero aquí el consumo y el hedonismo imperan, aunque algunos se nieguen a reconocerlo.
Trump es un demagogo barato, que no se esfuerza mucho al escoger los lemas que son bien recibidos por ese treinta y tantos por ciento de la población estadounidense que con fidelidad lo acompaña, y en esta ocasión le resultó aún más fácil.
“Para los cristianos, esta es una temporada santa, una celebración del nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”, dijo Trump durante la ceremonia de encender el árbol de Navidad en la Casa Blanca.
“La historia de Navidad comenzó hace 2.000 años con una madre, un padre, su hijo pequeño y el don más extraordinario de todos: el regalo del amor de Dios para toda la humanidad”, continuó. “Cualquiera que sea nuestra creencia, sabemos que el nacimiento de Jesucristo y la historia de esta increíble vida cambiaron para siempre el curso de la historia humana. Difícilmente hay un aspecto de nuestra vida actual que su vida no haya tocado: el arte, la música, la cultura, la ley y nuestro respeto por la sagrada dignidad de cada persona en todo el mundo”.
Todo muy bonito, salvo el pequeño detalle de que no hay prueba alguna del nacimiento de Jesús en diciembre. Claro que, para un mandatario que no debe haber leído libro alguno, eso parece no preocuparle.
La realidad es que, más allá de su valor propagandístico y demagógico, el lema de Cristo y la Navidad carece de fundamentación histórica y base real. Ninguna página del Nuevo o Antiguo Testamento registra la fecha del 25 de diciembre como natalicio de Jesús.
Si la fecha se calcula de acuerdo al nacimiento de Juan el Bautista, seis meses con anterioridad a Jesús, el primero nació en marzo y el segundo en septiembre. Por su parte, algunos teólogos egipcios consideran el 20 de mayo como la fecha del nacimiento de Jesús.
Una explicación más simple aún. Si de acuerdo a la tradición y a la Biblia los pastores cuidaban sus rebaños al aire libre el día de nacimiento de Jesús, es imposible que ello ocurriera en diciembre.
En realidad la pegatina debería ser: Constantino es la razón de la Navidad. O mejor aún: la fiesta navideña es un invento de Sexto Julio Africano, quien popularizó el 25 de diciembre como la fecha del nacimiento de Jesús. Claro que en ambos casos el lema no “pega”, nadie compra la calcomanía, y una vez más acabo en la ruina como comerciante.
Constantino fue un monarca corrupto y depravado, que autorizó el culto cristiano. La Iglesia Ortodoxa venera a Constantino I como santo, aunque entre sus acciones hay poco paradigmático. Por ejemplo, mandó a matar a su hijo cuando su esposa le dijo que este había tratado de seducirla, y al enterarse de que era simplemente un engaño, no encontró mejor solución que asesinarla a ella.
(No es que quiera hacer aquí el papel de aguafiestas, pero hay que reconocer la barbarie de la época de Constantino para darse cuenta de sus “bondades” y su carácter santo e inspirado por la buena fe y bondad cristiana.
Constantino decretó que a un hombre condenado se le podía llevar a morir a la arena, pero no podía ser marcado en la cara, sino que debía serlo en los pies; el propietario de un esclavo tenía sus derechos limitados, aunque aún podía golpearlo o matarlo; la crucifixión fue abolida por razones de piedad cristiana, aunque el castigo fue sustituido por la horca, para mostrar que existía la ley romana y la justicia; los padres que permitieran que sus hijas fueran seducidas serían quemados, introduciéndoles plomo fundido por la garganta; todos aquellos que abusaran de la recaudación de impuestos, recaudando más de lo autorizado, serían condenados a muerte; las niñas no podían ser secuestradas y no se permitía mantener a los prisioneros en completa oscuridad, sino que era obligatorio que pudieran ver la luz del día.)
Entre esos avances, se encuentra también que la Pascua podía celebrarse públicamente. El Concilio de Nicea estableció, en el año 325, la regla según la cual la Pascua se celebraría el primer domingo, tras la luna llena que sigue al equinoccio de primavera del hemisferio norte, el Díes nativitatis et epifaníae.
Lo que hizo el cristianismo, una vez convertido en religión de Estado, fue apropiarse de un culto pagano y transformarlo en festividad religiosa.
El verdadero fundamento para celebrar en estos días obedece a un ciclo de la naturaleza, y como tal tiene antecedentes en las culturas más diversas. Guarda relación con la duración del día (el 21 de diciembre, comienzo del invierno, es el día más corto del año) y los episodios de muerte y resurrección que se encuentran tanto en los cultos griegos, romanos, germanos y escandinavos como en los aztecas. Lo demás es puro invento, mitología y creencias.
La sociedad estadounidense se caracteriza por su pobre memoria, y es difícil que muchos sepan que los reverenciados peregrinos —que con devoción sacan a relucir algunos cuando invocan los valores fundamentales de la nación— no reconocían la festividad. Los puritanos de Nueva Inglaterra rechazaron la fecha. En Boston, de 1659 a 1681, fue declarada ilegal la Navidad. Después de la independencia, dicha celebración no era bien vista, porque se consideraba una costumbre inglesa.
Más allá de las razones comerciales que durante estos días, desde hace años dominan en Estados Unidos, Europa y otras partes del mundo que —con entusiasmo, a regañadientes o con rechazo poco efectivo por los gobiernos— han adoptado la “forma de vida americana”, en el festejo actual influyen no solo motivos religiosos sino los estereotipos y modos culturales más diversos, entre los cuales predominan el cine, la música y la literatura: desde Un cuento de Navidad, de Charles Dickens hasta White Christmas. de Irving Berlin, además de la repetición infatigable de las mismas películas por televisión cada año.
Por supuesto, si usted lo adopta como prueba de fe, tiene todo su derecho a hacerlo, porque la parte emocional e irracional de su persona le corresponde, al igual que a cualquiera de nosotros. Tampoco hay problema alguno con llamarle Navidad al día, en reconocimiento a tradiciones milenarias. Ahora, eso sí: no me diga que Jesucristo —si fuera cierto que existió— nació ese día. Porque no me queda más remedio que decirle que es mentira.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Raúl Castro no renuncia a morir como un turista


La Asamblea Nacional del Poder Popular aprobó extender hasta el 19 de abril de 2018 la actual legislatura, que debía concluir el próximo 24 de febrero después de la celebración de unas elecciones generales. Por pocas horas, la noticia ocupó titulares en la prensa internacional, y desató comentarios y especulaciones sobre si ello constituía una especie de preanuncio de que Raúl Castro no se retiraría del poder administrativo el próximo año, como se esperaba y él mismo había dicho.
Por breves horas.
Porque durante el discurso de clausura del período legislativo, el propio gobernante ratificó su partida.
“Finalmente, compañeras y compañeros, deseo ratificar lo ya expresado por mí en el Sexto y Séptimo congresos del Partido acerca de la conveniencia de limitar a dos términos de cinco años el ejercicio de los principales cargos de la nación. En consecuencia, cuando la Asamblea Nacional del Poder Popular se constituya el 19 de abril del próximo año, habrá concluido mi segundo y último mandato al frente del Estado y el Gobierno y Cuba tendrá un nuevo presidente”, dijo Raúl.
Una vez más, la pesadilla de adelantarse a los acontecimientos, y lanzar como información lo establecido por fuentes parcializadas y datos incompletos, volvió a jugarle una mala pasada a ciertos periodistas. Algo común en la época de internet y de las bien y mal llamadas fake news.
Cierto que existían ciertas claves para dicha especulación, a partir de la extensión del cronograma de las elecciones generales. Cierto también que la ocasión se vio propicia para retomar distintos análisis —sin importar si eran bien fundamentados sino por el simple hecho de que habían encontrado eco en la prensa fuera de la Isla—, así como los ocasionales comentarios de figuras cercanas al Gobierno cubano, y que iban desde una declaración de Mariela Castro en junio, en que afirmó que “hay mucha gente que no quiere que mi padre deje el poder, mucha gente que está presionando para que no lo haga”, o incluso unas palabras lanzadas recientemente por el propio Castro durante una visita a Santiago de Cuba: “El 26 de julio les hablo”; donde cabía suponer que la promesa de un discurso durante la celebración de la fecha más importante del calendario revolucionario cubano era todo lo contrario a un anuncio de retirada de la dirección del Gobierno.
Sin embargo, a favor del argumento de que todo seguía por el camino pautado estaba el hecho de que las elecciones municipales, fijadas originalmente para octubre, ya habían sido pospuestas por un mes y celebradas en nuevas fechas, primera y segunda vuelta, por las mismas razones —pretexto, dirán otros— que ahora: “la situación excepcional” provocada por el paso del huracán Irma en septiembre de este año.
Bastó un anuncio de prórroga de casi dos meses para darle fuerza a esa especie de euforia a la inversa, de que realmente “Raúl no se iba”. En Miami, una ciudad tan apegada al castrismo, ello se entiende (“Raúl Castro no se va en febrero, Cuba pospone las elecciones”, fue el título desacertado e incompleto del Nuevo Herald).
En España no tanto.
“La tan esperada transición de poder en la cúpula de Cuba se demora. El general Raúl Castro seguirá en el poder al menos dos meses más después de que el Parlamento aprobara este jueves en La Habana una extensión del periodo legislativo en curso, que debía concluir el 24 de febrero de 2018, hasta el 19 de abril. El suspense en torno a la sucesión cubana crece”. Con este párrafo encabezó la noticia el diario español El País.
Sin embargo, la fecha importante anunciada ayer no fue tanto la extensión del actual período legislativo como la celebración de un Pleno del Partido Comunista de Cuba en marzo del año que viene. Lo llamativo de esta próxima reunión —algo que puede resultar paradójico y difícil de entender fuera de la Isla— es su propio anuncio.
Esta segunda notica se produjo en un encuentro (el IV Pleno), del que solo se supo su realización por lo aparecido en el diario Granma. Lo que vale destacar es que la breve nota del periódico partidista especifica que el objetivo de la siguiente cita es “la proyección estratégica para los años venideros”.
Lo que pasaron por alto algunos periodistas, más allá de titulares y en el ángulo que le dieron a lo que reportaron, fue la personalidad de Raúl Castro, que se caracteriza por los pasos pautados y las decisiones de acuerdo al procedimiento establecido.
El dicho repetido hasta la saciedad, de la preocupación de Raúl Castro por dejarlo todo amarrado antes de su partida —parcial o total, física o del poder— vuelve a cobrar vigencia.
Lo que ocurre en estos momentos no es tanto que Raúl “no quiere irse”, sino la forma en que se irá, y aquí el lector pude agregar comillas a su gusto.
“Yo me voy a retirar, pero claro, siempre con un pie en el estribo”, dice el escritor Norberto Fuentes que en una ocasión le comentó Raúl Castro.
Esa tendencia o manía de controlarlo todo —“a mí no me gusta eso del figurado de Fidel. A mí lo que me gusta es controlar los hilos”— es lo que sustenta esa salida anunciada[1] y puesta en duda por algunos.
En los últimos meses se ha susurrado en ciertos círculos cercanos al poder en Cuba, o entre exfuncionarios de alto rango, de que la salida de Raúl era absoluta, que incluso se retiraría de su cargo como primer secretario del Partido, y curiosamente la fecha que se mencionaba era marzo. Hoy cabe preguntarse cuánto hay de cierto en ese rumor limitado, demasiado limitado para que llegara a la calle e incluso para comentarlo en un escrito hasta ahora. Continúa siendo improbable que abandone el cargo partidista el próximo año, pero su retirada de la presidencia en abril es el primer capítulo de una salida en dos fases, si le queda tiempo.
Pese a la existencia de factores externos —Trump, Venezuela, Rusia— que pudieran estar influyendo en cualquier decisión sobre la formación del próximo gobierno cubano —incluso más allá del puesto de mandatario—, lo que parece fundamental es esa especie de “cuadre de caja”: que Raúl considere garantizado el que su elegido no será cuestionado luego de un traspaso de poder —aunque solo sea en el ámbito administrativo del país— y garantizar a sus aliados más cercanos —Venezuela y Rusia— que hay que impulsar las reformas parciales internas para que todo continúe siendo lo mismo, algo que, por otra parte, tampoco es ajeno a ellos.
Esta debe ser la cuestión para alguien que no toma decisiones desojando margaritas o bajo la duda hamletiana, sino de acuerdo a su esencia de conspirador nato, que ha desarrollado durante toda su vida.
Y aquí brota esa diferencia fundamental entre los hermanos, donde Fidel Castro terminó aferrado a lo que consideraba su ejemplo —“Las ideas comunistas permanecerán”, dijo en su último y breve discurso ante el Partido— y a sus “reflexiones” sobre la situación internacional, mientras que Raúl ha asistido —entre el temor y la frustración— a su incapacidad de lograr hacer avanzar al país en lo económico, aunque no en lo político, porque esto último nunca ha sido su objetivo.
Sin el apresuramiento por enfatizar el hecho de la prórroga por apenas dos meses, para lanzarse a la especulación y el “suspense”, los reporteros hubieran hecho mejor en detenerse y esperar a leer, o mejor ver, el discurso del gobernante —algo que, repito, se ha convertido casi en una tarea imposible en la situación existente en la prensa cotidiana actual. Porque más allá de consignas y de los párrafos de ocasión habituales, el texto tiene un marcado carácter reformista.
Castro retomó el tema de la unificación monetaria, que parecía olvidado, y constituye la muestra más evidente del fracaso hasta ahora de su política reformista en el campo económico.
“Nadie puede calcular, ni el más sabio de los sabios que tengamos nosotros, el elevado costo que ha significado para el sector estatal la persistencia de la dualidad monetaria y cambiaria, la cual favorece la injusta pirámide invertida, donde a mayor responsabilidad se recibe una menor retribución y no todos los ciudadanos aptos se sienten motivados a trabajar legalmente, al tiempo que se desestimula la promoción a cargos superiores de los mejores y más capacitados trabajadores y cuadros, algunos de los cuales emigran al sector no estatal.
Debo reconocer que este asunto nos ha tomado demasiado tiempo y no puede dilatarse más su solución”, afirmó Castro.
De igual forma, se refirió al sector productivo no estatal: “No resulta ocioso en este sentido, ratificar que no renunciamos al despliegue y desarrollo de las formas de gestión no estatales en nuestra economía”. Al mismo tiempo, enfatizó: “Ni retrocederemos ni nos paralizaremos”, en ese aspecto. Consideró que “debemos consolidar la todavía incipiente participación de la inversión extranjera en nuestra economía, dirección que en el transcurso del año 2017 mostró resultados superiores, pero ciertamente es todavía insuficiente”.
El mandatario se refirió brevemente a lo que considera “la transformación paulatina y el perfeccionamiento del sistema empresarial estatal”, donde se han establecido nuevas normas jurídicas que representan “un paso más en el objetivo de separar las funciones estatales de las empresariales e incrementar la eficiencia y organización, otorgándole mayor autonomía en su gestión”.
De dichas normas, publicadas en la Gaceta Oficial de Cuba, se ha comentado poco, no en la prensa extranjera sino en la oficial cubana —que se caracteriza por tratar dichos asuntos limitándose a repetir consignas y a decir nada o casi nada de valor—, pero significan una mayor independencia de las empresas del poder central, lo que debe traducirse en más eficiencia. Por supuesto que siguen siendo empresas estatales —con las limitaciones que en algunos casos ello ocasiona—, pero si resultan más productivas en última instancia significarán una mejora en la situación económica del país.
Por supuesto que Castro es mucho mejor describiendo males que en las soluciones que propone, y ausente de su discurso estuvieron los grandes problemas que afectan la vida del ciudadano de a pie. Ello para no hablar de la falta de libertad y la carencia de democracia. Pero no se trata de decir que es un buen gobernante, sabemos desde hace tiempo que no lo es. Lo que se señala aquí es la continuación, para el próximo año, de un proceso paulatino —demasiado lento y por momentos odioso para quien escribe este texto— de modificación del país. Y ese proceso está ocurriendo incluso más allá de los objetivos e intereses de quienes lo gobiernan.
A los efectos de ese cambio, quizá uno de los aspectos más admirables —no la acción de admirar sino el signo de exclamación— es la persistencia en el exilio de falso ídolos, que van de Trump a Soler y Rodiles, y que no cuentan para nada. Y es seguro que lo escrito aquí no se repetirá entre los que toman café en el Versailles, quienes siguen convencidos de que no hay que creer ni una sola palabra de lo que dice Castro. Pero ayer asistimos a la confirmación de la voluntad de Raúl de Castro de morir como un turista, o tal vez en el estribo del Partido.

[1] “No voy a llegar a tatarabuelo (…) porque se van a aburrir los cubanos de mí”, dijo Raúl Castro durante una visita a México en noviembre de 2015. “El 24 de febrero de 2018 concluyo y me retiraré”, agregó durante una comida en una famosa quinta de Mérida, la primera ciudad mexicana que conoció en su juventud.
El 24 de febrero de 2013, al reelegirse para un segundo mandato de cinco años, Castro dijo que abandonaría el cargo y no optaría a una tercera reelección tan pronto terminara su mandato.
“Este será mi último mandato”, dijo Castro entonces, sin precisar la fecha de su retiro.
Vea la noticia completa en: Univisión.

martes, 19 de diciembre de 2017

Entre la Valsan, el legislador y el alcalde


El proceso de naturalización de miles de residentes cubanos, llegados en las dos últimas décadas, no se ha traducido en fuerza política. No hay duda de que existen diferencias en la forma de asumir lo que de forma rápida podría nominarse “anticastrismo”, entre quienes han llegado en los últimos 20 años y quienes constituyen el llamado “exilio histórico”, en vías de extinción por razones biológicas.
Las señales que expresan esas diferencias han sido espectaculares y anecdóticas. Quienes han llegado después viajan con frecuencia a Cuba y no tienen reparos en ir a un concierto en que participan artistas que viven en la isla.
Sin embargo, esas diferencias no trascienden a un plano que alcance una repercusión mayor: quienes optan por viajar a Cuba están representados por legisladores que se oponen con tesón a estos viajes y escuchan emisoras radiales en donde aún están prohibidos los discos de esos artistas que brindan conciertos en Miami.
Es decir, que pese a ese medio millón de cubanos, en cierta medida Miami sigue siendo la misma, si usted se limita a leer la prensa local, escuchar la radio o ver la televisión. No quiere decir que los puntos de vista no se hayan ampliado, sino que la opinión dominante que expresan estos medios es la del exilio tradicional.
Queda entonces limitado a la visita al supermercado o a la Valsan más cercana ese cambio del exilio de Miami, que representa la considerable cifra de un medio millón de cubanos. En otras palabras, que lo que constituye un exilo fundacional sique llevando la batuta en esta ciudad. Por supuesto que salta de inmediato la comparación con Cuba, donde ocurre algo similar.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Raúl, el otro

Hay una iconografía de Raúl Castro, más o menos breve, que lo aparta del poder y desata una duda y otra: ¿fue más que seducido por la guerra, obligado a ella por su hermano? ¿Le ha importado en algún momento la gloria —no atañe aquí si espuria o no— o hubiera preferido un destino más vulgar y simple?
Existen anécdotas, comentarios de quienes estuvieron allí o allá, cerca o a su lado, y alardean encuentros, cercanías, momentos, frases y diálogos que buscan marcar distancias, debilidades; llantos o confesiones que se escuchan con esa mezcla de incredulidad y asombro que no permiten una certeza absoluta (“aquella noche, ya borracho, Raúl lloraba al recordar cuando Fidel, con el pretexto de hacerlo más hombre, lo obligó a matar a un ladrón o desertor en la Sierra”).
Pero por encima de todo están esas pocas fotos que siempre muestran un gesto, un detalle, una gorra y hasta una sonrisa o cierta picardía que parecen estar destinados a dejar un testimonio voluntario de rechazo a la imagen de caudillo que nunca permitió su hermano que lo abandonara, salvo cuando se le impusieron los vejámenes de la enfermedad y el tiempo.
Lo mejor de esos momentos transitorios es que la imagen muestra a un sujeto que nunca es lacónico, sino casi mordaz en su desafío al apellido e intentar ser simplemente Raúl.


Fotografías: archivo Gabriel García Márquez. Universidad de Texas, Austin. Harry Ransom Center.

¿Qué recursos le quedan al régimen cubano para el próximo año?


Si en última instancia ocurre el próximo año la salida de Raúl Castro de la gestión cotidiana de gobierno en Cuba, será no solo el traspaso de una función administrativa, sino un intento de eludir —quizá apremiado por la edad y el cansancio— un fracaso que se ha extendido por una década.
Al asumir oficialmente el control total del país —político, ideológico y administrativo— el menor de los Castro buscó o aparentó buscar una reducción de la permanente brecha entre la Cuba del ciudadano de a pie y la Cuba de permanencia,  estabilidad y desarrollo: la visión que a los ojos del mundo siempre ha buscado ofrecer el Gobierno  cubano.
En los inicios de eso que burdamente puede clasificarse de “raulismo” —aunque el concepto es difícil de argumentar porque siempre se ha quedado a medias— fue posible especular que del ensanchamiento o disminución de esa brecha dependía el fracaso o el triunfo del segundo de los Castro. Aunque ya entonces era necesario advertir que no debía confundirse ese fracaso o triunfo con la caída del régimen.
Nunca fue la búsqueda de una mayor democracia lo que estuvo en juego en La  Habana, sino el intento de encaminar al país en una estructura económica más eficiente dentro de un sistema totalitario, con un gobierno que funcionara a esos fines. De lo que  se trató fue de superar la etapa en que el líder supremo determinaba tanto la  participación en un conflicto bélico como un nuevo sabor de helado.
A partir de ese momento, el país comenzó a arrastrarse entre la necesidad de que se multiplicaran los supermercados, viviendas y empleos, y el miedo a que todo esto fuera imposible de alcanzar sin una  sacudida que ponga en peligro o disminuya notablemente el alcance de los centros de  poder tradicionales. No fue necesario que transcurriera mucho tiempo para comprobar que  las respuestas en favor de transformaciones resultaron descorazonadoras. El avance económico y las posibilidades de empleo fueron sustituidas por la promesa de la vuelta al timbiriche y la ilusión —aún alimentada— de la llegada de providenciales inversiones extranjeras.
Al final, o más bien desde los inicios, se impuso el miedo. Rodeando la indecisión entre la  permanencia y el cambio, el peligro del caos, Cuba continuó estancada en su desarrollo, y ha terminado por caer en una recesión que el propio Gobierno ha tenido que admitir. En su favor, hay que añadir que ha logrado con éxito vender su estabilidad, por encima de cualquier esperanza de  mayor libertad para sus ciudadanos. Esto ha funcionado en la arena internacional, tanto entre gobiernos más o menos aliados, permisivos o incluso hostiles.
Las apariencias de estabilidad, sin embargo, no  deben hacer olvidar al Gobierno cubano que, en casi todas las naciones que han  enfrentado una situación similar, lo que ha resultado determinante a la hora de definir  el destino de un modelo socialista es la capacidad para lograr que se multipliquen no  mil escuelas de pensamiento sino centenares de supermercados y tiendas.
De esta manera, entre las dos opciones —que no necesariamente toman en  consideración el ideal democrático— el régimen optó por el mantenimiento de un poder férreo y obsoleto, que sobrevive por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales y que en buena medida se sustenta en la represión y el aniquilamiento de la voluntad individual.
La otra opción era el desarrollo de una sociedad que avanzaba en lo económico y en la satisfacción de las necesidades materiales de la población —sobre la base de una discriminación económica y social creciente—, pero que a la vez conservaba el monopolio político clásico del totalitarismo.
Esta segunda disyuntiva, que abría un camino paralelo a las esperanzas de adopción de  cualquiera de las alternativas democráticas existentes en Occidente, nunca ha sido ajena a la  realidad cubana, y han existido tibias muestras de ensayo al respecto, pero que por la incapacidad inherente a la elite gobernante cubana que aún persiste en el poder nunca ha existido una intención expresa y decidida para ponerla en marcha.
Falta de voluntad
De esta forma, en estos diez años se ha asistido en Cuba a una falta de voluntad frente a la necesidad de decidir un camino entre la China de  hoy, de cara al futuro, y la Corea del Norte aferrada al ayer. Por supuesto que ambas  vías arrojan por la borda cualquier ilusión democrática, pero no por ello fueron —y son— cada vez  más reales ante la posibilidad de tener que aceptar —con disimulado júbilo o a regañadientes— el hecho de que la transformación política en la Isla es a largo plazo.
Pero si durante los primeros años de su mandato Raúl Castro pudo limitar las definiciones ideológicas al mantenimiento del statu quo, y utilizó en sus limitados y breves discursos el argumento de la “legitimidad de origen” (el triunfo durante la insurrección del Movimiento 26 de Julio), y así esquivar con éxito que su mandato comenzara a ser analizado de acuerdo con la “legitimidad de ejercicio”, a partir de finales de 20l0 las cosas comenzaron a complicarse con la notoria declaración de Fidel Castro de que “el modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros mismos”.
Estas palabras del ya fallecido exgobernante, que han sido sujetas a diversas explicaciones —desde un supuesto espaldarazo al gobierno de su hermano hasta una muestra de demencia senil—, colocaron en un primer plano la necesidad de lograr una eficiencia del sistema, al tiempo que Fidel Castro se reservó para él, de forma absoluta y repetitiva durante un tiempo, la exposición detallada de sus méritos, y singularizar así en su persona la “legitimidad de origen”, con la publicación de dos volúmenes de lo que podrían considerarse sus memorias, La ofensiva estratégica y La victoria estratégica, ambos de 2010, así como luego con Guerrillero del tiempo (2012), una entrevista autobiográfica de más de mil páginas y dos tomos con la periodista cubana Katiushka Blanco, a los cuales se sumó un texto relativamente más antiguo, la Biografía a dos voces (2006), con Ignacio Ramonet.
Con Fidel Castro convertido en el máximo representante de la “legitimidad de origen”, su hermano menor  se vio obligado a tratar de ejemplificar que era cierto su señalado pragmatismo, y a demostrar su eficiencia en el terreno de la “legitimidad de ejercicio”, la cual tendría que venir dada por los logros en conseguir cierto avance en el nivel de vida de la población, que ha buscado alcanzar mediante la inversión extranjera adecuada y una limitada liberalización económica.
Sin embargo, y aunque contó con una situación excepcional y privilegiada tras el acercamiento hacia el Gobierno de la Isla que emprendió el expresidente estadounidense Barack Obama, el temor —y en buena medida también la “larga mano de Castro” de su hermano aún vivo— impidieron el aprovechamiento pleno de tal oportunidad. El visible miedo desatado tras la visita de Obama a Cuba —un acto osado del exmandatario estadounidense, pero que a estas alturas podría considerarse que resultó contraproducente en esa situación de tanteo, y más una satisfacción personal para el inquilino de entonces de la Casa Blanca que otra cosa, o una muestra de vanidad y candidez— impidieron un avance mayor y las fechas terminaron por imponer la realidad: el mismo mes que es electo Donald Trump muere Fidel Castro.
Cabe argumentar, por supuesto, que sin la visita de Obama en última instancia el resultado hubiera sido el mismo: el régimen cubano nunca estuvo dispuesto a ceder en lo más mínimo.
Indefinición
Estos aspectos continúan en buena medida sin ser definidos. Primero fue la frustración a consecuencia de que las esperanzas despertadas tras el discurso de aceptación del mando, y las primeras medidas de cambios económicos, no continuaron a un ritmo creciente sino todo lo contrario: se detuvieron. Luego ha ocurrido el limbo actual, creado por la Administración Trump, donde si bien es cierto que el anunciado retroceso a lo establecido por Obama se ha limitado de momento más a retórica que a resultados concretos, no deja de imperar un clima de incertidumbre que ha contribuido a un creciente temor en los inversionistas extranjeros y a un retroceso real en las relaciones entre Washington y La Habana. A estos dos factores se ha sumado un empeoramiento en las condiciones económicas de la Isla, una falta de liquidez que hace dudar del cumplimiento en los pagos de las deudas renegociadas y un Gobierno venezolano en crisis, que si bien parece más firme en el poder que meses atrás no por ello ha dejado de estar amenazado por una quiebra financiera total. Con aliados como Rusia y China no dispuestos a sustituir el papel de Venezuela como principal sostén económico —las exportaciones de China a Cuba disminuyeron en un 29,8% desde enero a octubre, en relación con el mismo periodo del año anterior— la Isla depende cada día más del volátil sector turístico internacional. Todo lo anterior no hace más que presagiar un aún más difícil próximo año en Cuba, cuando supuestamente Raúl Castro dejará a otro el hacerse cargo de los problemas diarios de la administración del país.
Por un tiempo Raúl Castro se apoyó en tres condicionantes —tres pretextos se podría decir también— para “justificar” las demoras en lograr una mayor eficiencia del sistema cubano. El primero fue la lucha contra la corrupción, que ha resultado el pilar raulista más repetido en los medios de prensa cubana. El segundo fue un extendido proceso organizativo, que de vez en cuando mostró algún signo de avance, pero que a la larga solo ha significado un cambio de fichas para dejarlo todo igual. El tercero continúa siendo un plan de inversiones extranjeras, que sería la solución a largo plazo de los problemas económicos de la Isla, y que hasta ahora solo ha mostrado pobres resultados.
Cuba vuelve a esgrimir el argumento de plaza sitiada, que en su último período de Gobierno Obama intentó dejar a un lado y que ahora, con Trump en la Casa Blanca renace con fuerza.
Bajo esa óptica, las negociaciones solo se logran a partir de crisis. Fue la forma preferida —mejor sería afirmar que única— que practicó Fidel Castro. Hasta ahora, tanto Estados Unidos como Cuba la han eludido durante este año. El caso de los supuestos “ataques sónicos” es de momento no la excepción sino la confirmación de la regla: en la práctica los únicos afectados son los cubanos de aquí y allá. Pero no se sabe por cuánto tiempo ello continuará así.
 Solo puede afirmarse con reservas —a veces con muchas reservas— que el Gobierno cubano ha mirado al de Corea del Norte como ejemplo, aunque tampoco es desacertado señalar que hay una serie de similitudes —papel de las fuerzas armadas, privilegio a la cúpula militar y culto a la personalidad— que emparentan a estos dos países distantes en geografía y a veces cercanos en política. Vale indicar también que resulta evidente que las alternativas para Cuba son entre la estabilidad y el caos, y nadie en Washington quiere una situación caótica a noventa millas de Estados Unidos. Pero igualmente resulta pertinente la pregunta: ¿qué recursos le quedan al régimen cubano para el próximo año?   

lunes, 11 de diciembre de 2017

Fama e infamia en «La reina de España»


Una escena de La reina de España (2016), de Fernando Trueba, me devolvió no a España ni al cine ni a lo que he leído sobre el franquismo, sino a lo que respondió Guillermo Cabrera Infante cuando le pregunté por la fama: “Andy Warhol dijo que todo el mundo debía ser famoso durante 15 minutos. Debió decir que todo el mundo es famoso solo 15 minutos”. Aunque mencionar a Warhol no es lo que importa aquí, ni hablar de la fama siempre tan vana, tan solo recordar lo que vino luego; lo que contó con gracia Guillermo como un ejemplo de descaro que era más que todo desenfado:
Una actriz española, famosa entonces, actuaba en La Habana. Era una mujer desenfadada, un si es no es lesbiana. El incidente, la anécdota o lo que fue ocurrió durante una representación de La Dama Boba. Aguardando su turno para salir a escena, la actriz se sentó tras bambalinas a fumarse un cigarrillo. Cruzó la pierna y encendió no sólo un Camel sino también la imaginación erótica de un tramoyista próximo, que se acercó al amor de la lubre o a la lumbre del amor. Acto (primero) seguido le puso él a ella una mano en la tersa rodilla visible, luego metió mano en lo invisible y finalmente franqueó lo que en España se llaman bragas. Todo este tiempo la española no había dejado de fumar y sí había dejado hacer al cubano sigiloso. Ahora arrojó ella la colilla al suelo, miró al intruso en el polvo cara a cara y le dijo: “Ha llegado usted a su meta —¿y ahora qué?”.[1]
“Fin del acto. O después de la fama la infamia”, agregó, y no supe ni lo podía saber él tampoco que al contar esa anécdota estaba anticipando no solo la escena que yo vería ahora —gracias a Netflix y con un año de retraso—, sino la mejor crítica que puede hacerse de esta película. De fama e infamia trata La reina de España, pero lo mejor que puede decirse de ella es que es una película que en medio de una trama trillada por momentos nos sorprende, levanta la atención de quien la está viendo y recuerda que está hecha por un director de mérito, aunque no es una buena película.
Uno de los problemas con La reina de España es que intenta abarcar mucho —el franquismo, un homenaje al cine, la comedia y el drama, la simulación y el compromiso, varias historias de amor, y con un montón de guiños y referencias para iniciados— con un estilo y un desarrollo demasiado convencional y facilista para tantas pretensiones. Pese a ello, hay que agregar que Trueba ha logrado un espejo perfecto de la película dentro de la película: lo que vale por encima del engendro cinematográfico que esos norteamericanos —famosos y despistados— están realizando en España por razones financieras, y con el consentimiento de Francisco Franco por motivos políticos y económicos, son los destellos de buena actuación con los que Trueba intenta decirnos que pese a todo, cualquier película, y en especial cualquier película estadounidense, merece verse; una visión por otra parte simplista y que responde más bien a un criterio solo válido para el cine de Hollywood hasta el inicio de la década de 1960.
En un ejercicio que ya han practicado otros —escritores y directores de cine— Trueba ha sacado su representación imaginada de directores, guionistas y actores y los ha metido en esta película, caricaturizados pero con añoranza. A veces esa caricatura de poner a filmar en España a un director alcohólico y siempre dormido —con estampa de John Ford y algo de John Houston— y a un notorio guionista comunista y en la lista negra —Dalton Trumbo— desperdiciando su talento en bodrios de paso, que en la secuencia más delirante del filme entona himnos de la republicanos de la guerra civil, decepciona más por lo burda que por lo insólita.
Precisamente es en los actores donde radica el principal mérito de La reina de España —que cuenta con un reparto destacado— y la película es ante todo Penélope Cruz. Cuando ella está bien —y no siempre está bien— quien la contempla olvida el resto.
Junto a Penélope Cruz, Loles León se limita a repetir una actuación única y repetida en tantas cintas de Almodóvar; Rosa María Sardá no hace más que ser Rosa María Sardá y Ana Belén a mostrarnos que envejece no muy bien. Por otra parte, la presencia dominante de actrices de Almodóvar hace que por momentos uno se pregunte si no se ha equivocado de película.
En cuanto a los actores, Antonio Resines, el protagonista masculino, se ajusta a realizarlo con la discreción que impone su papel; Javier Cámara está bien, pero uno vuelve a pensar que con Almodóvar lo ha hecho mejor, y el realizador mexicano Arturo Ripstein es una presencia agradable y breve.
La reina de España es el clásico ejemplo de la maldición de las segundas partes. Con igual reparto, los mismos personajes, argumento parecido y motivaciones similares, Trueba realizó en 1998 La niña de tus ojos, una cinta excelente que desde hace años quería repetir. Sin embargo, la ironía y el desenfado de aquella se ha perdido aquí —quizá en parte por el traslado de la Alemania nazi a la España franquista— y la infamia y la fama han demostrado no solo ser vanas como tantas veces: también banales. 

[1] “Cabrera Infante: Entrevista con música adentro”. En Cultura sin miedo. Edición de Soren Triff. P. 45.

martes, 5 de diciembre de 2017

¿Con libreta o sin libreta?


Desde hace años, la libreta de abastecimiento cubana atraviesa por una agonía que, es de esperar, concluya con una muerte por adelgazamiento. Al final no habrá gran mérito en eliminar un documento que ya cuenta con más de cincuenta años, un verdadero récord. La cuestión fundamental es que ésta tiene dos aspectos, aunque se tiende a enfatizar uno y olvidar el otro.
Siempre se menciona a la libreta como el instrumento que regula la cantidad que se puede adquirir de un producto alimenticio, desde frijoles hasta algún tipo de lo que se llama eufemísticamente ”producto cárnico”. Esta función reguladora y restrictiva es objeto de crítica, en Cuba y el exilio, desde hace décadas.
Pero  hay otra función que cumple la libreta, la de canasta básica de alimentos: un medio que permite la adquisición de alimentos subsidiados. En este sentido “libretas” similares han existido en otros lugares, y siempre se le han visto en un sentido positivo. De hecho, si la libreta termina por desaparecer, es posible que el Gobierno cubano se vea obligado a poner en práctica alguna forma de subsidio, para un grupo básico de alimentos, destinado a las familias menos favorecidas.
En el pasado el gobernante Raúl Castro se ha referido a este sentido y no a la función igualitaria que con poco éxito la libreta ha desempeñado durante tantos años. No deja de resultar conveniente que se impusiera un enfoque más realista sobre la situación en que se encuentra la Isla, pero al mismo es de lamentar lo poco que se ha logrado en superarla: la libreta sólo resuelve, a duras penas, la alimentación por algunos días, y siempre ha provocado más rechazo que cualquier otro sentimiento y opinión.
Es cierto que  los precios de los productos cubanos que brinda la libreta están subsidiados por el Estado cubano. Pero al mismo tiempo, los precios de los mismos artículos, cuando se adquieren “por la libre” son excesivos, incluso en comparación con el mercado norteamericano. Esto, por supuesto, sin tomar en consideración la diferencia abismal entre los salarios entre las dos naciones.
Como los productos por la libreta no cubren ni remotamente las necesidades mínimas y el problema de la falta de alimentos en los establecimientos estatales es ya una situación endémica en Cuba, el gobierno de Raúl Castro intentó organizar un poco mejor la economía, combatir la corrupción e incentivar ciertos sectores productivos como el campesinado. Sin embargo, los resultados han sido muy limitados. Lo que ocurrió fue el establecimiento de una situación que los cubanos no conocieron por décadas, pero que en los últimos años ha vuelto a acostumbrarse a ella: artículos en los establecimientos, pero sin dinero para comprarlos: mirar y no poder adquirir. ¿Culpa del “bloqueo” también?
En buena medida, lo que impide el avance en la economía cubana es el tratar de mejorar un modelo obsoleto. Es como empeñarse en echarle aceite a los ejes de una carreta tirada por bueyes, con la ilusión de que va a poder competir favorablemente contra un tractor.
Cuando Fidel Castro se vio obligado a realizar un traspaso temporal del poder debido a su enfermedad, muchos pensaron que Raúl Castro, una vez en el poder de forma permanente, desarrollaría un modelo similar al chino. Pero nada de ello ha ocurrido. El que Fidel Castro se recuperara en cierta medida de su padecimiento fue posteriormente uno de los factores más repetidos para justificar la falta de avance en las prometidas reformas estructurales. Pero tras un año de su fallecimiento la única realidad imperante en Cuba es que poco o nada ha cambiado. Y en algún sentido, uno que otro cambio ha sido para peor.
Por ello una mirada hacia atrás no permite muchas esperanzas en un supuesto Raúl Castro partidario del modelo chino. En los años 90, que fue el momento de mayor liberalización económica, las Fuerzas Armadas Revolucionarias iniciaron una gran expansión de sus actividades económicas, pero sin inclinarse a llevar a cabo un proceso de reformas de mercado sino a buscar la financiación de sus propias fuerzas, y de paso el enriquecimiento o al menos la mejora del nivel de vida de los oficiales. Aquí también puede argumentarse que Fidel Castro fue el elemento de freno a la ampliación de este proceso, pero  hay elementos  para pensar que los motivos que frenan el desarrollo económico trascienden el simple marco de la gestión y tiene un aspecto político fundamental.
Ese modelo empresarial en manos de las fuerzas armadas fue extendido luego, pero lo que ocurrió fue un crecimiento en el número de entidades y recursos a su cargo. En su totalidad, la economía cubana no ha avanzado siquiera hacia un sistema empresarial con mayor eficiencia, con independencia de que la propiedad de los medios de producción continúe en manos del Estado
Cuando Raúl habló de “reformas estructurales”, en algunos casos “profundas”, se albergó la esperanza de una transformación del sistema al menos en sus aspectos económicos, pero en la práctica, y en el mejor de los casos, ello solo se ha referido a diversos factores organizativos, que a una ampliación sustancial del limitadísimo sector de la producción y los servicios por medios privados.
La afirmación tantas veces repetida por el Gobierno cubano, que la empresa estatal socialista continuaría siendo determinante, “... con un poco más de eficiencia”, solo se ha cumplido en su primera parte. Si ha cierta eficiencia en algunas empresas en Cuba son aquellas de capital mixto.
La búsqueda de eficiencia ha cedido ante la necesidad de un reparto amplio de los poderes, que se traduce en alianzas y compromisos que se justifican desde un fin político pero no económico.
Por ejemplo, el Gobierno de Raúl ha disminuido el número de ministros, pero al mismo tiempo aumentado el de los vicepresidentes. Aun suponiendo que esta estrategia tuviera como objetivo ampliar la dirección colectiva, hay algo distorsionado en ella, de acuerdo a la capacidad productiva, el comercio y el tamaño del país. Los problemas económicos de Cuba no dependen de la reducción ministerial o el cambio de carteras.
La conclusión es que, al tiempo que el aparente esfuerzo por disminuir o eliminar la hipertrofia de la superestructura gubernamental de la Isla se ha convertido en una especie de “mover fichas”, sin resultados notable, tampoco se han realizado otras trasformaciones que se requieren para iniciar al menos la adecuación de la estructura económica a la realidad del país, desde la disminución del número excesivo de centros universitarios hasta el traspaso de labores del comercio minorista y los servicios a manos privadas, algo que  no hay intenciones de llevar a cabo.
El gobierno de Raúl Castro ha tratado de estimular la agricultura a través de formas diversas, desde lograr que el Estado pague sus deudas a los campesinos hasta un aumento de los precios que paga por los productos agrícolas y la entrega de tierras improductivas en usufructo a quienes quieren cultivarlas. Hasta el momento, los resultados de tales planes han sido pobres.
Tras las primeras esperanzas de cambios, además del uso de la represión, el gobierno de Raúl Castro  ha dependido, para su legitimidad, de la herencia revolucionaria legada por su hermano y no de una eficiencia pretendida y no alcanzada. Sin embargo, al parece la cúpula gobernante cubana parece atrapada en el hilo tenue de continuar tensado esa legitimidad heredada —ahora mediante ceremonias repetidas de recordación bajo techo más que actos en la Plaza— y el subsistir al frente del Gobierno pese a su torpeza. Una mayor capacidad administrativa permitiría a esa misma elite —o sus herederos— continuar disfrutando de “las mieles del poder” sin tener que depender tanto del ejercicio de la represión y la escasez como instrumentos de distracción. Al final, la solución más fácil ha sido dejarlo todo en manos de la biología. Solo que la situación biológica ha demostrado no solo ser efectiva sino implacable, y tal resultado no puede proseguir sin dejar al menos un plan de salida y permanencia para la nueva y futura clase gobernante. Aquí radica lo que hasta ahora no son más que especulaciones para el próximo año en la Isla.
Por supuesto que dentro de estos planes no deben estar contemplado no solo el modelo de reparto del poder, sino las posibles medidas que afectarán a la población. Y aquí es donde cabe la pregunta sobre el futuro de “la libreta”.
La libreta “se ha venido convirtiendo, con el decurso de los años, en una carga insoportable para la economía y en un desestimulo al trabajo, además de generar ilegalidades diversas en la sociedad”, dijo Raúl Castro al comienzo de su mandato, cuando hablaba de la eliminación de “subsidios y gratuidades indebidas”. Por entonces se pensaba que la nueva política sería subsidiar a personas con bajos ingresos, ya no productos. Pero nada se ha avanzado en este sentido.
“Con la libreta nadie puede vivir, pero sin la libreta hay mucha gente que no puede vivir”, dicen muchos cubanos en la actualidad.
¿Con libreta o sin libreta? Dar una respuesta a esta pregunta será una de las labores de quien ocupe la presidencia cubana a partir del próximo año, si se produce el esperado cambio.

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