miércoles, 24 de enero de 2018

Para recordar una hoja de Parra


A finales de la década de 1960 —alrededor de 1968 o 1969 para ser más exactos— Nicanor Parra era una especie de pequeño o gran ídolo para los escritores jóvenes cubanos o los que aspiraban a serlo. Más de un estudiante universitario hablaba de antipoesía como un recurso adicional y a la mano cuando se trataba de conquistar a una muchacha, doblemente efectivo si ella también tenía sus aspiraciones literarias.
De alguna forma la antipoesía tenía un encanto especial para el género femenino. Una especie de sexo oral que algunas rechazaban y decían no entender —y que ni les pasaba por la mente tratar de entenderlo en el futuro— mientras otras más atrevidas decían gustarle.
Por lo demás resultaba seguro mencionar a Parra. No era ciento por ciento seguro ideológicamente, pero políticamente sí. Había sido delegado del Congreso Cultural de La Habana en 1968 y el fantasma de Violeta Parra lo acompañaba.
Para entonces el Gobierno cubano continuaba explotando —con palpable disfrute añadido entre los nacionales— la atracción que ejercía sobre los intelectuales extranjeros.
Poco más que eso. Parra era sobre todo un poeta para intelectuales, pero el país permitía cierto elitismo. Por otra parte había demasiadas referencias comunes y vasos comunicantes entre la antipoesía y la poesía coloquial; los poetas nicaragüenses Ernesto Cardenal y José Coronel Urtecho; las fuentes compartidas de Ezra Pound, T. S. Eliot y William Carlos Williams, y hasta Eliseo Diego a una distancia respetable. Hubo algún que otro imitador nacional de Nicanor Parra, pero nada más. El resto quedaba en el fetichismo cultural  que siempre ha desencadenado el poeta chileno.
Ocurrió entonces un gesto ingrato, según el Gobierno cubano. El 15 de abril de 1970 Parra acudió a tomar el té en la Casa Blanca invitado por Patricia, la mujer del presidente Richard Nixon. Eran los días de la escalada militar en el conflicto vietnamita, los bombardeos y la posterior invasión a Camboya y cuando los miembros del Khmer Rouge eran aún desconocidos o apacibles combatientes antiimperialistas —para los estadounidenses, el resto del mundo y especialmente para los intelectuales latinoamericanos.
De poeta mencionado con extrañeza o entusiasmo, Parra pasó a ser persona non grata. Lo curioso o no tan curioso del caso es que los ataques —y las burlas, porque a un antipoeta no bastaba con atacarlo, había también que burlarse de él— alcanzaron pronto a la poesía.
Así la antipoesía pasó a ser negativa, malsana y burlona; vertedero de todo lo que no debería ser un poeta en un régimen socialista; fiel espejo de la decadencia del mundo capitalista.
Espejo que se podía mirar por un momento, para una breve mirada hacia el infierno, pero que se debía romper de inmediato, por miedo a la confusión y el contagio.
Como contrapartida de la antipoesía, la poesía colonial se convirtió en la propuesta adecuada para la Cuba socialista: sencilla aunque seria; sin excluir el humor pero nunca regodeándose en la burla y la ironía.
Donde la antipoesía se empecinaba en la incredulidad, la poesía coloquial reafirmaba la creencia en los valores positivos de la vida y el ser humano, especialmente si ese ser humano vivía o tenía el privilegio de participar en una sociedad socialista.
No se puede afirmar que la poesía coloquial se convirtiera en nuestro realismo socialista poético, pero sí que disfrutó de los beneficios de la complacencia con que era recibida en el ámbito del oficialismo cultural.
Al igual que en tantas otras tareas tristes de la cultura cubana, a partir de 1959, fue Roberto Fernández Retamar quien sostuvo la iniciativa. Impulsado por un doble objetivo, pues no se trataba solamente de cumplir una tarea de la vanguardia cultural revolucionaria, sino de promover el lenguaje poético que mejor lo definía o que únicamente lo definía. En 1970 la Casa de las Américas retiró la invitación a Parra para participar como jurado del premio que anualmente otorga la institución.
Luego, tras el golpe de Estado de Pinochet, empezaron a circular por La Habana rumores y acusaciones de que Parra apoyaba a los golpistas.
Poco hay de cierto en todo ello. Parra no fue un típico militante en contra de Pinochet. No fue agredido físicamente durante la dictadura. Tampoco tuvo que marchar al exilio y conservó su puesto de profesor de la Universidad de Chile y ocupó en ella un cargo directivo.
Sin embargo, no por ello dejó de sufrir los recursos de silenciamiento típicos del régimen: quemaron cajas con  sus Artefactos en 1973, así como la carpa del teatro-circo donde se presentaba Hojas de parra (1996), basada en su poesía, en marzo de 1977. Según el poeta, tres veces trataron de incendiar su casa de Isla Negra y que quemaron totalmente otra que había adquirido en Las Cruces, 120 kilómetros al oeste de Santiago de Chile.
Los hechos constituyeron una muestra más de las tácticas de miedo y destrucción usadas por los gobiernos totalitarios en cualquier época y parte del mundo, ya sea Cuba, España, Chile, Argentina o Alemania.
Hubo sin embargo un comentario de Parra que provocó un litigio.
“Por una parte es un salvador, si no fuera por Pinochet estaríamos como Cuba. Eso es un hecho. Pero enseguida las atrocidades que se cometieron. Uno quisiera un salvador sin atrocidades. ¿Cómo junta uno las dos cosas? La atrocidad con una operación de salvataje. Si uno quiere pensar en grande la cosa, no hay tal salvador. Un salvador a corto plazo ¿para qué? Un mecanismo que se llama consumismo, pan para hoy y hambre para mañana”, le dijo el poeta a Víctor Jiménez Atkin, quien filmó durante once años la película Retrato de un antipoeta.
Los familiares de Parra no estuvieron de acuerdo con la inclusión del comentario en el filme y en 2009, un mes antes del lanzamiento de la película, presionaron para que fuera eliminado. Uno de los patrocinadores también hizo lo mismo. El corte fue realizado, pero luego, en diciembre de 2011, la versión completa de la película.
Cuando Parra ganó el Premio Cervantes en 2011,  el nombre de Retamar no se oyó por parte alguna entre las proposiciones. Como una antigua ironía, fue el de Fina García Marruz el que se escuchó entre los candidatos posibles, en una especie de vuelta al pasado literario que no abolirá el azar.
Cuando en 2014 Parra cumplió cien años, fue la presidenta chilena Michelle Bachelet quien encabezó la lectura de El hombre imaginario, su obra más emblemática, como parte del homenaje que se le realizó en su país y en todo el mundo.
Hay una línea de Parra que mejor define no solo su relación con el régimen de La Habana sino la realidad de muchos procesos históricos. Es bueno repetirla, sino a diario, con la frecuencia apropiada: “Revolución / revolución/ cuántas contrarrevoluciones /se cometen en tu nombre”.
Este texto, que ya apareció publicado aquí, se reproduce como homenaje al poeta, matemático, físico y académico chileno Nicanor Parra, que falleció el martes a los 103 años en Santiago. 

domingo, 14 de enero de 2018

De Obama, Letterman y las segundas oportunidades



Un David Letterman introspectivo, alejado de la ironía y los chistes de ocasión; un Barack Obama, con su inteligencia y carisma característicos, que nos hace lamentar, una vez más, el retroceso que azota a esta nación con un patán en la Casa Blanca. My Next Guest Needs No Introduction, el nuevo programa de Letterman en Netflix arrancó con la primera entrevista televisiva a Obama tras dejar la Casa Blanca.
Pese a la audiencia entusiasta la representación fue algo sombría, quizá en parte por el escenario desnudo y la ausencia del más mínimo resplandor, salvo ambos participantes sentados en dos sillas casi desoladas con un fondo muy simple, apenas algunas luces.
El espectáculo —el concepto cabe en lo que se refiere a contemplación, pero suena casi a burla cuando se confronta con el despliegue visual y sonoro de The Late Show— fue el primero de lo que se anuncia como una serie de oportunidades únicas para explorar detalles más personales de los participantes, al tiempo que la curiosidad de quienes se sientan y dialogan, tanto entrevistador como entrevistado.
Con tal intención, es posible que el primer programa agotó en buena medida las reservas de interés. ¿Después de Obama y Letterman qué? Con una frecuencia mensual, luego aparecerán George Clooney, Jay-Z, Tina Fey, Howard Stern y Malala Yousafzai. La serie corre el peligro de quedar en simple ejercicio de estilo, peculiaridad o capricho.
Más allá del político —donde asistimos simplemente a una repetición—, Obama brindó una serie de detalles familiares como padre y esposo, simpáticos y hasta un poco conmovedores, pero sin gran importancia. Además de la simpatía, valió la pena verlo y escucharlo sobre aspectos de la relación con sus padres, donde logró mezclar cierta vulnerabilidad —solo posible de expresar tras el abandono del cargo— y tocar por momentos lo íntimo, así como referencias a su formación como político y persona. Paradójicamente, lo más interesante que ofreció Letterman no fue su papel de entrevistador: más bien determinados momentos en que Obama lo obligó a ser entrevistado, un derrotero que al principio tomó el programa y al que él se opuso con un humor abierto y una rispidez latente. Luego el propio Letterman retomaría esa vía al final.
Pese a que el tema del racismo ha alcanzado una vigencia momentánea tras el último exabrupto de Trump —algo que por supuesto la producción del programa no pudo anticipar—, el segmento central dedicado a la lucha por los derechos civiles y la desigualdad racial tuvo cierto tono de clase de moral y cívica, no por necesaria demasiado convencional.
Durante la entrevista se hizo evidente que, por supuesto, el expresidente había establecido pautas sobre lo que respondería: ausente estuvo el nombre de Trump o referencia alguna a sus tuits o mención alguna sobre el resultado de las elecciones o el rumbo actual de la presidencia. Fue, en lo esencial, un despliegue del ideario liberal estadounidense en su mejor ejemplo.
“Parte de la capacidad para dirigir el país no tiene que ver con la legislación, no tiene que ver con las reglamentaciones, tiene que ver con dar forma a las actitudes, dar forma a la cultura, aumentar la conciencia”, enfatizó el exmandatario.
Desde esta primera entrega, My Next Guest Needs No Introduction se presenta como una especie de exhibición de lo imposible para la televisión estadounidense actual, incluso en las estaciones por cable: una reflexión seria sobre la sociedad, tanto social como política, donde los aspectos culturales se priorizan y el farandulero esta ausente; pero sin olvidar detalles humanos y hasta triviales, alejado del formato encartonado que lastra a la televisión pública y al toque sensacionalista siempre presente en las cadenas de noticias, con independencia de sus preferencias ideológicas.
Tanto Obama como Letterman —cada cual en su terreno— ya pasaron por el reconocimiento, el triunfo y la fama. Ambos no han logrado trascender ese período de ajuste que viene tras lo logrado y el programa lo mostró a cabalidad.
El tema de la segunda oportunidad apareció una y otra vez, tanto bajo el disfraz del chiste más o menos cruel —“A ti te botaron, a mi no”, le dijo Obama a Letterman— como del imposible convertido en un lamento —“Creo que tienes que volver a la Oficina Oval”— al que el expresidente contestó que si no se lo impidiera una enmienda constitucional, sería Michelle la razón y motivo para no intentarlo: “Quiero conservarla junto a mí”.
Uno de sus mejores momentos fue la salida juntos, caminando hacia una puerta que se abre al exterior del estudio que es el mundo: ese mundo en que ambos saben ya no son protagonistas cotidianos. En esta ocasión intentaron lograrlo de nuevo, al menos una vez al mes y gracias a Netflix, que se ha convertido en una especie de protectora de las segundas oportunidades.

viernes, 12 de enero de 2018

“Países de mierda”


El incidente ha asombrado, quizá por su crudeza en boca del jefe de Estado de una democracia, de quien no se espera un tono soez, pero no evidencia nada nuevo. Donald Trump afirmó durante una reunión con legisladores de ambos partidos que Estados Unidos no debería recibir inmigrantes de “países de mierda”, como Haití o las naciones africanas, sino de otros como Noruega, según informaron medios nacionales el jueves.
La Casa Blanca no ha negado esas palabras y se ha limitado a decir que el presidente “siempre luchará por el pueblo estadounidense”.
Más allá de los comentarios que ha provocado el exabrupto —inconveniente pero no inesperado—, no asombra a quien conozca un mínimo del historial del gobernante: desde años antes de concretar sus aspiraciones a la presidencia de Estados Unidos, Trump afirmaba a quien quisiera oírlo, su repudio a la política migratoria de este país, que él consideraba no solo injusta sino inapropiada para la economía nacional, y bajo la cual, de acuerdo a su criterio, existían más restricciones para la entrada de un europeo que para el de otros países que consideraba inferiores, y entre los cuales incluía desde Asia a Latinoamérica, pasando por supuesto por África.
Así que ahora se podrá acusar de muchas cosas al magnate, menos de no ser sincero. El problema es que esa sinceridad deja en claro su objetivo de desarrollar un programa de limpieza étnica en Estados Unidos —si bien hasta el momento por medios no extremadamente violentos— que podría terminar emparentando su administración con los peores ejemplos históricos.
A pocos días de cumplirse su primer año de mandato, el presidente se ha esforzado esta semana en hacer realidad los peores pronósticos sobre su capacidad para el cargo. Errático, furioso, aparentando ser conciliador a veces, multiplicando sus reuniones incluso con la prensa, obstinado como siempre en su cuenta de Twitter y contradictorio siempre, hemos asistido a un despliegue extraordinario de furor y estulticia: como si un productor de televisión hubiera comprado los derechos de Fire and Fury: Inside the Trump White House, de Michael Wolff, para convertirlo en un reality show con el supuesto líder mundial como protagonista.
En una nación que desde antes de la Segunda Guerra Mundial —pero sobre todo después de esta— ha estado dedicada a un papel hegemónico, el actual mandatario se empecina en complacer, de palabra y acción, a esa minoría incondicional que aún lo apoya, y olímpicamente se olvida de su función como jefe de Estado. Trump se empecina en dar lecciones de la mejor forma de comportarse como matón de barrio a la hora de gobernar una gran potencia.
Para sustentar esa boconería el gobernante quiere destinar cada vez más recursos a las fuerzas armadas, pero es un camino extremadamente peligroso cuando por día se multiplican los matones en ese barrio que llamamos la aldea global.
Tras décadas de una civilidad no exenta de hipocresía exagerada a veces —es cierto— con un execrable lenguaje “políticamente correcto”, pero avanzada en su esencia y por lo general en sus métodos —aunque tampoco libre por completo de culpas—, el actual inquilino de la Casa Blanca opta por la vocinglería zafia.
Es difícil imaginar cuántos, dentro de su propio partido, deben estar preocupados en estos momentos por ese tensar la cuerda entre unos argumentos de campaña que parecían destinados a atraer al sector blanco e inculto de la población estadounidense —algo logrado con éxito— y una práctica que se desarrolla bajo la ilusión demente de que basta con cumplir las promesas a ese sector, y hablar el lenguaje de su preferencia, para con ello mantenerse en el poder durante cuatro u ocho años. Trump, que en una ocasión reconoció ser un white trash pero con dinero, según el libro de Wolff  —“¿Qué quiere decir eso de ‘white trash’?” preguntó la modelo internacional. “Son personas simplemente como yo”, le respondió Trump. “Solo que ellos son pobres.”—, lo cual se puede interpretar a su favor o en contra en dependencia de haber leído o no a Faulkner, persiste en hacer retroceder culturalmente a Estados Unidos, al tiempo que brinda a los demócratas cada vez más argumentos para un ataque certero (que estos lo logren es otro problema).
Lo que deja a las claras las palabras de Trump —como si a estas alturas ello fuera aún necesario— es que tras su retórica de preservar los trabajos de los estadounidenses, salvaguardar al país de ataques terroristas y el lema de “América primero” hay la misma concepción racista de Richard B. Spencer: ambos buscan la supremacía blanca.
Este ideal supremacista explica la renuencia de Trump a encontrar una solución para los “dreamers”, a los que en última instancia está tratando de utilizar como simples rehenes para lograr los fondos necesarios para construir una parte del famoso muro —con esos fondos y esa construcción parcial de la muralla al parecer piensa cerrar ese capítulo— que lo catapultó a la campaña presidencial.
Nada más insensato que esa oposición a los beneficios para los cerca de 800.000 jóvenes —una cifra no demasiado elevada para los estándares demográficos nacionales— que gracias al programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA) se han visto libres de ser deportados. Todos llegaron a este país siendo niños y han cumplido con el requisito de estar trabajando o estudiando a la hora de inscribirse en el plan. A estas alturas, para muchos el inglés debe ser su idioma fundamental. Hay múltiples testimonios de graduados universitarios entre ellos. Incluso puede argumentarse, desde el punto de vista económico, que esta nación ha invertido recursos en su formación que se perderían de ser expulsados. Han confiado en el sistema político de EEUU a la hora de inscribirse y no han cometido delito alguno. Su deportación no sería más que un ejercicio de limpieza étnica. Por supuesto, el Gobierno de Trump no quiere aniquilarlos: se conforma con aniquilarles sus vidas.
En el caso de los beneficiados con el TPS (Estatus de Protección Temporal), que ha protegido a miles de nicaragüenses, salvadoreños, haitianos y africanos (estos últimos en menor medida), la disposición no solo es cruel sino profundamente engañosa, al obligarlos a intentar legalizar su status migratorios al tiempo que les cierra las vías para hacerlo y les exige requisitos que sabe no pueden cumplir. También aquí, la razón económica no es más que un pretexto.
Según un estudio reciente del Center for Migration Studies, la mayoría de los haitianos acogidos al TPS llevan viviendo en EEUU 13 años y tienen 27.000 hijos nacidos en este país. Más del 80% cuentan con empleo y 6.200 ha adquirido hipotecas para pagar las viviendas que legalmente han adquirido.
De cumplirse los planes de Trump, en pocos años EEUU se vería obligado a importar fuerza de trabajo, con un carácter más o menos temporal, solo que entonces se recurría a países europeos, principalmente de las exrepublicas socialistas, como viene haciendo desde hace años el magnate en sus instalaciones turísticas.
El Gobierno de Trump siempre se ha mostrado partidario de conservar los monumentos confederados, y desde el punto de vista histórico tiene razón en ello, pero tal fidelidad a la historia obliga a más: a preservar no solo la piedra sino el progreso y la justicia social. De seguir por el rumbo que marcha la administración, habría que borrar la inscripción en la Estatua de la Libertad, y algo peor: lamentar el retroceso en el país y la vuelta a los tiempos en que los ciudadanos eran valorados según el color de su piel y el país de origen. Quienes nacimos en el extranjero, en lugares como la propia Cuba, debemos a empezar a inquietarnos. Porque al cartel de “no haitianos, no salvadoreños, no mexicanos, no nicaragüenses, no africanos” se le podría agregar otra palabra: “no cubanos”. 

Rubio y Bolton: sordos y virus


Si uno lleva suficientes años escribiendo sobre Cuba, tarde o temprano, cada vez que surge un nuevo tema, comienza a sufrir una especie de alucinación auditiva; a escuchar ciertos chirridos, algo parecido a un sonido de grillos.
No es que sea víctima de un “ataque sónico”. Es que a ambos lados del estrecho de la Florida las historias se repiten, se cuentan y escriben dos veces, con cierto empecinamiento —similar en ambos rivales políticos e ideológicos— en no dejar mal parado a Marx.
Durante una audiencia en el Senado el martes, a falta de una mejor explicación ante la incapacidad para dar una respuesta sobre lo ocurrido hace más de un año a diplomáticos y espías estadounidenses y canadienses —que en un principio se identificó como ”ataques acústicos o sónicos” y ahora tiende a referirse más vagamente como “incidentes”—, los funcionarios del Departamento de Estado recurrieron a lanzar la suposición aventurada: la posible utilización intencional de un virus para infectar a los empleados.
Aunque nadie avanzó más allá de la hipótesis, por un momento tantearon una vía con un historial de desacuerdos, desacatos y falsedades; declaraciones sin sustento para ganar favores y votos.
Todd Brown, subdirector del servicio de Seguridad Diplomática en el Departamento de Estado, no mostró pruebas para atribuir los ataques a un virus. Otros funcionarios al tanto de la investigación habían dicho antes a la Associated Press que un virus u otro patógeno no encabezaban su lista de posibles causas.
Pero la teoría del virus acaba de aterrizar en el Senado y no deja de ser tentadora, aunque peligrosa. Más cuando se contempla dentro de la trama actual, de nuevas pesquisas para sustituir a las anteriores, que no encontraron nada, y de tantas preguntas sin respuestas que acercan con fuerza al debate a “la vieja disputa entre quienes apoyan y quienes se oponen a vínculos más estrechos entre Estados Unidos y Cuba”, como bien ha señalado Josh Lederman en un cable de la Associated Press.
Y aquí es donde comienzan a oírse los grillos.
El cuento de las armas biológicas
John R. Bolton, exembajador de Estados Unidos ante Naciones Unidas y exsubsecretario de Estado —ambos cargos durante la presidencia de George W. Bush— terminó quejándose de que dicha administración, de la que ya no era miembro, no mostraba al resto del mundo su agresividad y poderío de una forma enérgica.
Es más, por aquellos años del segundo período presidencia de Bush hijo añoraba la época en que los halcones eran numerosos en la Casa Blanca, cuando cubrían todas las puestos y nada se movía que no fuera aprobado por ellos.
Esos tiempos han vuelto ahora, solo que Bolton, hasta el momento, se ha quedado fuera del reparto. Dicen que por un problema de bigote. Pero no se sabe si en un futuro más o menos cercano decidirá afeitarse o le perdonan la facha.
Bolton se hizo famoso por una actitud muy recurrida entonces, durante la época de Bush, y que ahora vuelve a estar de moda: cuando un informe de inteligencia no le convenía o no le gustaba, simplemente lo echaba a un lado y decía que no servía.
En su época de subsecretario de Estado, Bolton se caracterizó por interpretar con fines ideológicos los análisis de inteligencia y en hacer afirmaciones que no estaban sustentadas en datos (el senador Marco Rubio ahora parece ser su mejor heredero). Un buen ejemplo de ello fue lo que dijo respecto a la supuesta amenaza bioterrorista que significaba Cuba.
El 6 de mayo de 2002, pocos días antes de la visita del expresidente Jimmy Carter a Cuba, Bolton declaró ante una audiencia del conservador Heritage Institute: “Estados Unidos cree que Cuba dispone al menos de un programa limitado de investigación y desarrollo de armas biológicas ofensivas”, tras lo cual agregó que la Isla había “suministrado biotecnología de uso múltiples a otros Estados terroristas”.
Luego se supo que la principal intención de Bolton era obstaculizar el viaje de Carter a Cuba y desprestigiar al expresidente demócrata. El propio Secretario de Estado de entonces, Colin Powell, se vio obligado a suavizar —y en parte rectificar— las declaraciones de Bolton.
Al sector más extremista del exilio de Miami le encantaron las declaraciones de Bolton. Siguieron repitiéndolas meses y años después. Agregaron nuevos “testimonios” de desertores; se realizaron programas de televisión y se escribieron artículos y reportajes sobre la “amenaza”.
Aunque quienes salieron en defensa de Bolton y afirmaron que Cuba era una amenaza bioterrorista para la región nunca aportaran alguna prueba concreta al respecto. Al parecer, su silencio fue la única prueba verídica que pudieron brindar. Y pasó el tiempo hasta que el tema cayó por su propio peso. Nadie ha vuelto a mencionarlo. Pero, ¿cuánto tiempo tardará hasta que esta referencia a “un virus” en la audiencia del Senado despierte ese argumento dormido?
El análisis y la ideología
Fulton Armstrong, fue un analista de la CIA que criticó el discurso de Bolton sobre la amenaza bioterrorista de La Habana. Armstrong fue entonces uno de los expertos que Bolton trató de que fueran despedidos (en este caso que la CIA lo sacara de la nómina).
El nombre de Armstrong, con más de 20 años de experiencia, saltó al dominio público por primera vez durante las audiencias de confirmación en el Senado, para que Bolton ocupara el cargo de representante de EEUU en Naciones Unidas —algunos consideraron que de forma inapropiada, ya que se encontraba entonces trabajando como agente encubierto en el exterior—. Bolton nunca fue confirmado, y ocupó la posición de forma interina durante un año.
Armstrong trabajó en la Oficina de Intereses de EEUU en La Habana a finales de los años 80. Luego desempeñó el cargo de director del Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional para un área que incluía a Cuba. En 2000 fue asignado como principal analista de inteligencia para América Latina del Consejo Nacional de Inteligencia (NIC). Durante esos años realizó informes de inteligencia sobre Cuba, Nicaragua, Haití y Venezuela (el nombre de Armstrong también volvió a aparecer posteriormente en la prensa, porque formó parte del grupo de trabajo interagencias sobre Cuba al que pertenecía la espía Ana Belén Montes; más adelante Mauricio Claver-Carone consideró que Armstrong estuvo detrás de los reportajes de la Associated Press sobre los programas de USAID en Cuba).
De acuerdo a la publicación neoconservadora The Weekly Standard, Armstrong escribió un estudio sobre inteligencia para la CIA en 2002, ya desclasificado. El estudio destacaba la existencia de cuatro prioridades diferentes en los asuntos de interés nacional, de las cuales solo dos eran de una “importancia estratégica genuina”.
Armstrong calificaba a las medidas políticas de EEUU hacia Cuba en la tercera de estas categorías. Estas medidas no estaban, por lo tanto, destinadas a resolver un problema de prioridad nacional. Todos los asuntos concernientes a la Isla —así como las respuestas de Washington— carecían de lo que el analista consideraba una real importancia estratégica.
Según Armstrong, “en ocasiones, cuestiones que no afectan a la nación en su conjunto son elevadas a la categoría de interés nacional debido al poder de los electores. Al tiempo que en un sentido general son consistentes con el interés nacional, estas prioridades políticas favorecen a los intereses de un grupo sobre otros. Estos electores presentan de una forma muy activa sus enfoques [sobre una cuestión considerada de interés nacional], pero sus opositores consideran que estos soslayan aspectos más importantes”.
Luego se preguntaba: “¿Debe un analista aceptar el punto de vista de intereses muy particulares y limitados, como una expresión válida del interés nacional, cuando una administración parece apoyarlos?”.
El dilema, presentado por Armstrong en el estudio, tiene una plena vigencia en lo que respecta al supuesto “ataque sónico” o de otro tipo ocurrido a estadounidenses y canadienses.
Con hechos y sin pruebas
El doctor Charles Rosenfarb, director de la oficina médica del Departamento de Estado, ha rechazado las conjeturas de que los problemas de salud fueron psicosomáticos. La AP ha informado que anormalidades en el cerebro fueron detectadas en los estadounidenses que enfermaron, específicamente cambios en los tractos de la materia blanca que forman el sistema de comunicación interna del cerebro.
Se desconoce cuántos pacientes presentaron las anormalidades. Sin embargo, Rosenfarb dijo que de los 80 empleados de la embajada y sus cónyuges, que fueron examinados entre febrero y abril de 2016, 16 tenían síntomas y “hallazgos clínicos médicamente verificables” correspondientes a una leve lesión traumática en el cerebro. El verdadero total quizá sea más alto, porque otros estadounidenses fueron sometidos a exámenes después de que ocurrieran supuestamente nuevos ataques, de acuerdo a la AP.
Algunos síntomas comenzaron “a los pocos minutos y hasta horas después del evento”, como “dolor agudo y focalizado en el oído”, fatiga extrema y visión borrosa. En muchos pacientes, los síntomas desaparecieron días o semanas después, pero luego desarrollaron otros males persistentes, como problemas de memoria y concentración. La pérdida auditiva en un solo lado, así como problemas de sueño y equilibrio también fueron persistentes. De los 24 pacientes, 10 regresaron a laborar al menos tiempo parcial.
Por otra parte, un total de 27 canadienses destinados en Cuba han sido examinados, después de que varios de ellos sufrieran diferentes dolencias inexplicadas.
De estos 27 individuos, entre personal diplomático y sus familias, ocho necesitaron atención sanitaria por síntomas como mareos, dolores de cabeza y hemorragias nasales.
Las autoridades canadienses han explicado que hasta el momento, las familias de tres diplomáticos destacados en La Habana han regresado a Canadá, dos de ellos tras sufrir síntomas, pero que los niveles de personal diplomático canadiense en la capital no han cambiado. Canadá ha descartado el cierre de su embajada.
Algo ocurrió, pero hasta ahora la opacidad de la información no permite más que conjeturas. Y lo más importante en este sentido es que la naturaleza del hecho se ha mezclado con las reacciones al mismo, hasta el extremo de que las justificaciones de estas, o su ausencia, dominan la discusión.
Dos respuestas
Estamos entonces ante un mismo misterio sin respuestas, pero con dos reacciones muy distintas por dos gobiernos a los que une e identifica la proximidad geográfica e ideológica, más allá de diferencias partidistas de ocasión, pero a los que también separa la presencia de un poderoso sector poblacional, formado por exiliados, en solo uno de ellos.
Por lo tanto, las dos reacciones tienen más que ver con la política, y los electores, que en su momento señalaba Armstrong, que con la realidad de lo ocurrido.
Hay que agregar que el Departamento de Estado ha mostrado una cautela, en no lanzar una acusación directa y sin fundamento contra el Gobierno cubano, que llega ahora al extremo de suprimir una alerta que aconsejaba a los estadounidenses no viajar a la Isla, sustituida por una recomendación de que reconsideren un posible viaje (al mismo tiempo, suprimió una referencia a la responsabilidad del Gobierno cubano de prevenir ataques a sus diplomáticos).
Pese a la alerta anterior, más de un millón de estadounidenses viajaron a Cuba en 2017, casi un 200% de incremento con relación a 2016. Parece que el senador Marco Rubio necesita que Bolton regrese al Departamento de Estado. Y por esa maldición bizarra que suele acompañar siempre a lo que ocurre en Cuba, al final todo se resume en un bigote.

«Los tres chiflados» en la Casa Blanca


La actual presidencia de este país no llega a novela, tampoco a película, ni siquiera a serie de televisión. Es más o menos un episodio de Los Tres Chiflados, en que los protagonistas se reparten golpes a diestra y siniestra, ante el menor motivo y casi siempre sin que este sea necesario para lanzar el porrazo.
Confieso que me ha divertido mucho con las 351 páginas Fire and Fury: Inside the Trump White House, de Michael Wolff, y que no me preocupa en lo más mínimo reconocer que en el libro deben haber exageraciones, cierta práctica del cuestionable ejercicio —desde el punto de vista periodístico— de crear escenas y diálogos, y no simplemente reproducirlas o reportarlas. Tampoco me disgusta, sino todo lo contrario, que sea fundamentalmente un libo de chismes políticos, o de la política como un chisme, muy bien escrito de acuerdo a los estándares del genero y que puede leerse como una novela (diálogo durante una cena, el 3 de enero de 2017, en Greenwich Village: “El bigote de Bolton es un problema”, bufó Bannon. “Trump no piensa que brinde la mejor imagen para el cargo. Ustedes saben que Bolton suele no gustar de primera impresión”./ “Bueno, los rumores son que se metió en problemas porque se peleó en un hotel una noche y persiguió a una mujer”./ “Si le digo eso a Trump, podría darle el trabajo”).
Otro ejemplo, donde el periodismo roza la literatura: “Le ofreció a su esposa una promesa solemne: simplemente no hay forma posible de que gane. E incluso para un marido de una infidelidad crónica —casi se diría que impotente por naturaleza para ser fiel— esta era una promesa que él parecía seguro de poder cumplir”.
Nada de ello impide el placer culpable de disfrutar ese retrato del jefe de los mentirosos de la Casa Blanca en su papel de payaso iletrado y fantoche, que es el que mejor representa. Es el libro que se merece.
”Pocas personas que conocían a Trump se hacían ilusiones con él. Casi un fiel reflejo de su apariencia, era lo que representaba: brillo en los ojo, alma de ratero. Solo que ahora era el presidente electo”, escribe Wolff. Trump —que nunca ha escrito un libro pese a los publicados a su nombre— con el empeño persistente de un sujeto que siempre busca ser protagonista y exige el papel de héroe. La comparación más exacta es con Hulk Hogan: dedicado a vivir su personaje. Trump, famoso por no ser famoso, de acuerdo a la prensa neoyorquina de la década de 1980.
Disfrute culpable
La culpabilidad viene tanto por la conciencia de lo inevitable que han resultado tantas situaciones más cercanas al teatro del absurdo —Le Roi se meurt— que propias de una democracia, como por el disfrute bastardo de esa trama que por momentos raspa cierta amplitud  —decir shakesperiana sería una indignidad más que un sacrilegio— y nunca lo logra: el sueño sucesorio, la hija ambiciosa, el yerno inepto, la esposa que llora al no alcanzar la derrota y el futuro gobernante que palidece ante el poder.
Todo ello deja apenas un detalle para llegar —sino al teatro isabelino— al menos a Broadway. Es cuando Michael Flynn, advertido por amigos de que aceptar $45,000 por un discurso en Rusia ha sido una mala idea, responde según el libro: “Solo sería un problema si ganamos”. Fue una campaña política designada para una derrota anunciada, nadie esperar ganar, y mucho menos el candidato, escribe Wolff. Solo Bannon, en las últimas semanas, comenzó a ver en las cifras de las encuestas de algunos estados una tendencia que podría llevar a la victoria.
El texto recurre aquí a la misma premisa que sirvió a Mel Brooks para The Producers, la película, el musical y la obra de teatro: ¿quién podría imaginar que Springtime for Hitler iba a resulta todo un éxito o que Donald Trump ganaría la presidencia de Estados Unidos?
El error ya había llevado a los tribunales a Bialystock, el productor teatral de la obra de Brooks, antes que a Flynn lo perdiera su ignorancia cinematográfica.
Un libro —no al menos en este caso— casi siempre es incapaz de acabar con una presidencia, por mala que esta sea. En el caso de Fire and Fury solo cabe apostar por ventas récords, múltiples traducciones apresuradas y el escándalo de momento.
Hasta ahora, el intento del abogado de Trump, solicitando al autor y a la editorial de que “desistan de cualquier publicación, revelación o divulgación” de la obra, solo ha servido para adelantar la fecha de salida del libro.
Nadie se salva
Trump, que de momento no ha podido superar la etapa de aspirante a dictador, pese a la cobardía y complacencia de buena parte de los congresistas republicanos —quienes  se han plegado tanto a su agenda política como a sus caprichos más ridículos— inicia así un segundo año de mandato que se anuncia le resultará más difícil que el anterior.
Por lo pronto, nadie se salva en este rifirrafe donde, de nuevo, Steve Bannon se limita a repetirse en su papel de un ambicioso y petulante lanzador de cuchillos en todas direcciones, y Trump como siempre se refugia en su torre de caos e infantilismo. Vale añadir que si Trump es quien queda peor parado en el libro, porque su figura es ridiculizada no mediante el más o menos sutil arte de la ironía, sino por la aplastante realidad de cientos de testimonios, el pretencioso Bannon —con aspiraciones de Richelieu, gestos de Fouché y disfraz de Montesquieu— aparece con más frecuencia de la que quisiera como un patético arribista. De la descripción del arribo de Bannon a su oficina en la Casa Blanca: “y de inmediato comenzó a sacar los muebles. El objetivo era no dejar algo que sirviera para que alguien se sentara. No iban a celebrarse reuniones, al menos no reuniones donde la gente pudiera sentirse confortable. Discusiones limitadas. Debates limitados. Era la guerra, una oficina de guerra, un puesto de mando”.
Así describe Wolff el cambio ocurrido en Bannon al llegar a la Casa Blanca: “En la primera semana, Bannon pareció haber eliminado la camaradería del Trump Tower, incluida la disposición a hablar extensamente a cualquier hora, y a ser mucho más remoto, si no inalcanzable. Él estaba ‘centrado en mi mierda’. Él solo estaba haciendo cosas. Pero muchos sintieron que hacer cosas, en su caso, era estar tramando complots contra ellos. Y ciertamente, entre las características básicas del personaje, Steve Bannon fue un conspirador. Golpear antes de ser golpeado.
Anticiparse a los movimientos de los demás: contraatacarlos antes de que puedan hacer su movimientos. Para él esto era ver las cosas por delante, enfocarse en una serie de objetivos. Su primer objetivo fue la elección de Donald Trump, el segundo el personal de la Administración de Trump. Ahora se estaba apropiando del alma de la Casa Blanca de Trump. Porque él entendió lo que los otros aún no sabían: esta sería una lucha a muerte“.
Bannon, además, rompió algunos de sus propios récords de maledicencia y cobardía el domingo, al declarar que lo dicho por él, según el libro, contra Don Jr., el primogénito de Trump, no era sobre este sino dirigido a Paul Manafor. Y todo porque teme quedarse sin trabajo y sin dinero: Rebekah Mercer, donante y accionista de Breitbart News, ha retirado su apoyo a Bannon por “sus acciones y declaraciones recientes”.
Una aclaración necesaria: el libro presenta 200 testimonios de personas cercanas al presidente, recogidos durante 18 meses, y entre los cuales se encuentra un breve encuentro con Trump. Mucho de lo que se dice no es nuevo, sino viene apareciendo en la prensa desde hace tiempo: Washington es la piedra de la locura, y aburre por no aburrir.
La gran incógnita continúa siendo hasta cuándo y dónde la actual presidencia podrá seguir resintiendo este ejercicio de desgaste y desprestigio. Cabe esperar que la trifulca entre Trump y Bannon, además de constituir otra especie de pelea de dos calvos por un peine, no tenga mayor trascendencia que el continuar acercando al presidente y el republicanismo tradicional. En última instancia, Trump no es un ideólogo —hasta el momento su fanatismo se limita a continuar promocionando su marca y acrecentando con ello su fortuna familiar— y un populista por conveniencia y no por convicción (el prologo del libro, dedicado a Roger Ailes y Bannon, ofrece varias de las claves sobre la singular simbiosis entre la persistencia de Trump por alcanzar cada vez más prominencia y los objetivos y la ideología del actual movimiento conservador estadounidense). Todo ello no hace más que poner a las claras que, en última instancia, lo único que importa en esta lucha cotidiana es el dinero: en un momento dado, Trump prácticamente “vendió” su campaña —que estaba  en ruinas— a Bob Mercer y su hija Rebekah, quienes primero habían apoyado a Ted Cruz, los que inyectaron $5 millones y colocaron al frente de la misma a Bannon y Kellyanne Conway. Para entonces, Trump solo mostró asombro ante el interés de los Mercer en la contienda: “Esto”, les dijo, “está bien jodido”.
Nunca, al menos en las últimas décadas, ha estado tan a las claras que las diferencias ideológicas en Estados Unidos se limitan al empeño de los que más tienen a continuar acumulando sin límites a expensas de los que poseen menos. Lo demás son pretextos.
Economía y cultura
Con una situación de mejoría económica, gracias en buena parte a la labor de la administración anterior y a una economía mundial que en buena medida ha superado la crisis anterior, los poderosos y sus empresas consideran que esta es la hora de sacar más, explotar al máximo y repartir migajas. Mientras tanto, consideran suficiente inculcar falacias como el alza bursátil como ejemplo de bienestar público. Para ellos, basta mencionar el hecho y traducirlo en que significará mejores retiros y beneficios para todos. Quienes sinceramente creen en ello, olvidan el carácter especulativo de dicho incremento, y han caído de nuevo en el viejo fetichismo del mercado: olvidan que tanto las subidas como las caídas bursátiles forman parte del  mismo negocio (un consejo cinematográfico: vuelvan a ver Trading Places).
La administración Trump está utilizando los indicadores económicos —algunos, como los índices de empleo, que el presidente consideró durante su campaña que carecían de objetividad— no solo para señalar lo positivo de su gestión, eso lo han hecho todos los gobiernos anteriores, sino con el más burdo fin electoral. Aquí lo que vale señalar es la torpeza y la manipulación de querer presentarnos que estamos viviendo en la mejor época posible. Cuando un indicador no obedece este objetivo —como el hecho de que la venta de automóviles disminuyó ligeramente en 2017— simplemente no se enfatizan por el Gobierno. Poner en duda que EEUU cuenta en la actualidad con mejores datos económicos, que durante el segundo período de Georges W. Bush y el primero de Barack Obama, es cosa de tontos; pero igualmente de tontos es considerar que tales datos se deben a la obra y los milagros de Donald Trump.
Por otra parte, tanto el mandatario como sus seguidores cometen a diario el viejo pecado castrista de mirar al pasado (en el caso de Cuba específicamente a los crímenes cometidos por gobierno durante la dictadura batistiana) para no ver el presente o el futuro. La obsesión con Hillary Clinton o con Obama es un argumento que envejece a diario, por causas naturales. En las elecciones de este año no se postularán ni Clinton ni Obama. Es hora de doblar esa página.
Mientras tanto, sique el pie que el origen de lo que estamos viviendo —o sufriendo— en EEUU no es económico sino cultural, y en esos términos se definirán las elecciones legislativas de este año. No es posible —o no debe ser posible, porque no hay que descartar el pesimismo— que una minoría de votantes, que fueron los que le dieron el triunfo a Trump, impongan su criterio a toda la nación. Más cuando esa minoría reside en los estados que menos aportan a la economía del país y que menos cuentan en términos culturales y sociales. Trump no venció en las votaciones de las grandes ciudades ni entre los profesionales, y al menos que mucho haya cambiado en el último año, EEUU no se define como un Estado cuya única o fundamental riqueza sea solo agrícola, ni siquiera manufacturera. Esa batalla en aumento, entre el poder central y estados como California y Nueva York seguirá su curso. Si fuera el siglo XIX, habría que temer que el país marcha hacia una nueva guerra civil, pero son otros tiempos. La barbarie —o la barbaridad— que representa Trump no tiene futuro. Si algo recuerda el libro de Wolff es al sonido y la furia, no contada sino creada por un idiota.
Lo que importa entonces con Fire and Fury es reconocer que Estados Unidos no ha caído aún en el autoritarismo, y ello no hay que agradecérselo al presidente. Más bien es todo lo contrario.
Una versión mucho más reducida de este texto, por razones de espacio, y con el título Trump y Bannon: los dos chiflados, aparece también en el Nuevo Herald.

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