sábado, 3 de febrero de 2018

Fantasmagorías


El Partido Republicano actual no es peor que el de 20 años atrás. Simplemente se ha puesto de manifiesto, de forma descarnada, su verdadera naturaleza y la deslealtad de principios, casi innata, de sus líderes. Pero no hay que acumular esperanzas de salvación en una llegada al centro del poder en Washington de un Partido Demócrata incapaz de superar el rumbo torcido que condujo a Bill Clinton a la Casa Blanca: el disfraz progresista como escalera a la cumbre del dinero. El problema, para Estados Unidos, no es de políticos sino de valores.
En 1784 la Academia de Ciencias francesa nombró a una comisión para analizar la teoría del magnetismo animal de Anton Mesmer. Curiosamente, dicho grupo incluía no solo a miembros destacados de la Escuela de Medicina de París, sino también al embajador estadounidense, Benjamín Franklin. El dictamen fue certero —el magnetismo por sí solo no era capaz de producir efecto alguno—, pero con una conclusión aún más importante: el estimular la fantasía de los pacientes puede resultar peligroso. Desde entonces el fallo ha servido una y otra vez para justificar la censura de espectáculos y obras más o menos artísticas, aunque esa consecuencia negativa no encierra el fenómeno.
Los peligros de la explotación de la fantasía —fuera de la literatura, el espectáculo  y el arte— están visibles, en su forma más degradada, en las redes sociales y el internet en general. En última instancia, Donald Trump no ha hecho más que despertarlos, o explotarlos.
“Parte de la capacidad para dirigir el país no tiene que ver con la legislación, no tiene que ver con las reglamentaciones, tiene que ver con dar forma a las actitudes, dar forma a la cultura, aumentar la conciencia”, dijo el expresidente Barack Obama a David Letterman en la entrevista que le concedió para iniciar el nuevo programa del presentador en Netflix, My Next Guest Needs No Introduction.
A esa formación de actitudes y valores en la ciudadanía no escapa ningún mandatario; ni siquiera Trump, menos aún Donald Trump. Y lo que estamos viviendo es un florecimiento del cinismo generalizado en la acepción más peyorativa del término: “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”. La obscenidad convertida en doctrina.
Así vemos a diario halcones republicanos de ayer que callan o miran hacia otro lado ante el peligro mundial que representa la Rusia de Putin. A un presidente que en su discurso “Sobre el estado de la Unión” se limita a pasar de puntillas sobre el tema y solo menciona a Moscú como rival, como si se tratara de la competencia entre la Coca-Cola y la Pepsi.
Asistimos al desfile de destacados líderes religiosos de las iglesias evangélicas que se arroban ante la presencia de un “pecador” en la Casa Blanca, que no solo apareció en un video denigrando a las mujeres al alcance de su mano, literalmente, sino con una supuesta pero divulgada —foto incluida— relación con una actriz porno, que solo está sirviendo en la actualidad para que ella —hábil la chica— gane dinero y se burle ahora de mantener la boca cerrada.
Presenciamos a legisladores que años atrás se rasgaban las vestiduras ante cualquier mención de un aumento del déficit nacional y hoy se han olvidado del tema.
Un cuerpo legislativo republicano que aplaude el “fin del ISIS” gracias a Trump, mientras una investigación de la BBC muestra que los talibanes están hoy activos en el 70% del territorio de Afganistán y que el Estado Islámico tiene una presencia en 30 distritos del país.
Durante su campaña electoral, Trump se presentó con el objetivo de subvertir ciertos valores que él consideraba impuestos a la sociedad estadounidense e impedían su grandeza. En la práctica, lo que ha hecho es destruirlos y colocar en su lugar un reinado de engaño y desvergüenza.
Esta es mi columna en el Nuevo Herald, que aparecerá en la edición del lunes 5 de febrero de 2018. 

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La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...