martes, 27 de marzo de 2018

De armas, lemas e imágenes, y de la «Divina Comedia»


Sobre las armas, la libertad de comprarlas y los medios para lograr el fin del “castrocomunismo”: cuentan que décadas atrás un personaje en Miami se dedicaba a recorrer las armerías —sin sacudirse el polvo del camino ni preguntar dónde se comía y dormía— y compraba casi por centavos viejas escopetas de caza, cuchillos más o menos oxidados y pistolas inservibles. Días antes había realizado en dicha ciudad uno de los tantos radio maratones que abundaban entonces, con el fin de recaudar fondos para llevar la democracia a la Isla. Luego el arsenal obsoleto era colocado a bordo de una embarcación más o menos navegable. Entonces el personaje procedía a la parte más sencilla pero fundamental del plan: una llamada a tiempo a la policía local para denunciar el belicoso alijo.
Existen además otras versiones, que hablan de una segunda llamada, al principal periódico de la ciudad —que aparecía, por supuesto, en inglés—, para denunciar la denuncia y advertir del decomiso inminente. Aquí difieren las fuentes y es posible que dicha segunda llamada nunca se produjera y la aparición de la noticia dependiera simplemente de la frecuencia de la radio policial —que en cualquier ciudad y hasta pueblo de Estados Unidos conocen los reporteros, sin que ello contribuya a su cacumen—.
La clave o idea, que por un tiempo hizo al negocio lucrativo, es que constituía lo que hoy se conoce —con palabras a la moda— por un algoritmo perfecto: una serie de pasos sencillos que acarreaban una solución, en este caso un modo para sobrevivir por un tiempo sin disparar un chícharo.
Embargadas las armas, ya de por sí inútiles, la expedición tenía que ser prorrogada, las identidades de los patriotas mantenidas en el más absoluto secreto —por lo que más valía no estar investigando mucho sobre el dinero invertido— y las esperanzas de los cubanos alimentadas con un nuevo fracaso.
Apócrifa o no —hay una acotación trágica, que comenta la muerte del sujeto, algo frecuente décadas atrás en Miami—, la narración trata de advertir que el recurso oportunista, al que se agarran ahora algunos ¿exiliados? cubanos, de que la tenencia  de armas en manos ciudadanas es causa, razón necesaria y suficiente, conclusión y destino para evitar una dictadura como la castrista no es más que un espejismo o una justificación burda.
Incluso si dicho argumento —con un grado mayor o menor de acierto— se aplica a Estados Unidos y no a Cuba.
Toda el discurso en torno a la segunda enmienda constitucional estadounidense, y la necesidad de mantener viva la opción de crear milicias; de contar con ciudadanos armados como garante de la democracia y de la independencia de un poder central —de un Estado que podría derivar en un control totalitario— es pura falacia, que en última instancia poco tiene que ver con el partidismo, republicano o demócrata, y mucho con el mito del Estado.
De lo que se trata, más bien, es de la inversión de una ecuación fundamental del sistema democrático y el Estado de derecho. Mientras estemos considerando la posesión de un arma de fuego para uso personal —ya sea un revolver o pistola con objetivo de protección o una escopeta o fusil de caza con fines recreativos— nos estamos moviendo en el terreno de las libertades individuales y ciudadanas, que merecen todo el respeto y la necesidad de luchar en su favor.
Pero cuando entramos en el campo de los fusiles de asalto en manos civiles, transgredimos el terreno por la sencilla razón de que desvirtuamos el valor de uso de la mercancía: estas armas son creadas y tienen como objetivo la guerra, no la vivienda propia o vecina.
Para tal transgresión solo caben dos justificaciones. Una propiamente mercantil tiene más que ver con el valor de cambio del artículo y es el interés de fabricantes, vendedores y propagandistas de multiplicar la ganancia con el aumento de las ventas. La otra, social y psicológica, abarca de la sublimación —un mecanismo de defensa de la personalidad que canaliza deseos agresivos y de dominación hacia un terreno más visible y aceptable— a la fantasía que desde hace décadas explota el  cine, en particular el estadounidense.
Porque el postulado de la creación de una milicia para defenderse o limitar el poder de un Estado o gobierno tiene a su vez una segunda cara más oscura, y es que puede encerrar el propósito de destruir o sustituir ese gobierno y apoderarse del Estado. ¿Qué es lo que hizo Hitler en un primer momento sino fue crear una milicia o cuerpo paramilitar?
Una de las mayores virtudes de la democracia, tanto en Estados Unidos como en Europa, ha sido la capacidad de establecer sociedades que son a la vez muy permisivas y muy firmes —en determinados momento incluso rígidas— a la hora de sus principios fundamentales.
Así que quienes crean que en Estados Unidos la posibilidad de crear milicias —existen centenares de ellas— garantiza en última instancia una independencia del poder gubernamental y de los fundamentos del Estado, pueden seguir mirando películas y desconocer la historia del país, para no sufrir una decepción.
Un debate entonces sobre la permisividad para adquirir y almacenar fusiles de asalto tiene que obedecer a razones prácticas, datos estadísticos y criterios policiales.
El argumento constitucional debería quedar fuera, porque lo que se cuestiona no es el derecho de comprar y poseer un arma, sino el objetivo de tener un material no destinado a fines domésticos sino militares.
Bajo esos términos, la discusión no difiere mucho a otra posible: ¿Cuál es la utilidad de tener un tanque de guerra en el traspatio? Por supuesto que en este país hay muchas personas con el dinero más que suficiente para adquirir tales equipos —incluso por unos cuantos miles de dólares es posible la experiencia de manejar un tanque de combate, con fines recreativos, en determinadas instalaciones—, pero no son la mayoría. En el caso de los fusiles de asalto, el abaratamiento de la mercancía cambia la perspectiva.
Por otra parte, el razonamiento de que ceder en cuanto a los fusiles de asalto implicaría a la postre caer en una censura total de las armas no hace más que evidenciar una mentalidad intransigente: recuerda al “Che Guevara” con aquello de no ceder “ni un tantico así”.
Si la discusión sobre los fusiles de asalto puede llevarse a cabo sin el argumento constitucional, por qué recurrir a este. Simplemente por la facilidad que representa en cualquier debate el echar mano a un argumento de autoridad. Quienes han vivido en un país llamado comunista o conocen la teoría y práctica del marxismo-leninismo, saben de la “efectividad” de apelar a las citas.
Si en la desaparecida Unión Soviética, en la Cuba y la Corea del Norte de hoy una mención oportuna podía y puede poner fin a una discusión —y desencadenar consecuencias más graves—, en Estados Unidos tal apelación busca igual objetivo. Incluso de forma más descarnada mediante una asociación entre Biblia y Constitución. En todos los casos, el recurrir a un texto “sagrado” —no importa si a una página de Marx, Lenin, san Juan, san Pablo, Madison y Hamilton— es aún una forma socorrida —aunque en muchos casos también vulgar y barata— de buscar anotarse puntos a favor en cualquier debate.
Autoridad e imagen
Si el argumento de autoridad —magister dixit toma como premisa la opinión de quien la dijo, y pretende juzgar una creencia por su origen y no por sus argumentos en contra y a favor, incluye en su esencia todo lo contrario a lo que aparenta: carece de raciocinio. Es por ello que en esta época de posverdad en muchas ocasiones el valor de una imagen —adulterada, tergiversada por cierto objetivo— acude en su ayuda.
Acaba de ocurrir en un ejemplo de torpeza, cuando el pasado domingo un corto video de Emma González rompiendo la Constitución de EEUU se volvió viral en las redes sociales —al ser difundido por varias cuentas conservadoras y de la llamada “derecha alternativa”— y provocó casi de inmediato un fuerte rechazo por parte de los usuarios.
Solo que la imagen era falsa: en realidad lo que la activista rompe en el video original es un cartel de tiro al blanco.
Lo singular aquí, de acuerdo a los tiempos que corren, es que los creadores de tal tergiversación no solo no han mostrado el menor arrepentimiento sino justificado su acción con el recurso de la parodia: “Todos ustedes están molestos porque es creíble, ¿no? Ese es el mejor tipo de sátira”.
La explicación del recurso —en una época limitado a la literatura y el arte— no deja de ser conveniente, aunque cínico entre quienes apoyan a un presidente que ha hecho de las “fake news” uno de sus lemas predilectos.
Y es precisamente esta mezcla de lo viejo y lo nuevo lo que en la actualidad convierte en poco transitable el debate político en Estados Unidos, que por supuesto afecta otro menor en alcance, y que tiene que ver con el exilio cubano.
Si la tergiversación del video original de González es fácil de despachar, no tanto resulta en lo que respecta a su atuendo durante el sábado que se celebró en Washington la “Marcha por Nuestras Vidas”. La chaqueta verde oliva y en especial el parche con la bandera cubana han desatado comentarios que van desde el uso de la bandera de un país comunista, por el equipo del legislador Steven King,—“Pointing out the irony of someone wearing the flag of a communist country while simultaneously calling for gun control isn’t ‘picking’ on anyone”— hasta el color de la prenda.
Un primer hecho es la potencial amenaza política que representa para los republicanos el que el movimiento estudiantil pueda transformarse en un importante factor en las urnas de cara a las próximas elecciones legislativas —algo que está lejos aún de concretarse— y en igual sentido el peligro político que significan rostros jóvenes y de claro valor mediático en su contra; algo que ya se había reflejado en una declaración del aspirante republicano al senado estatal del Maine, Leslie Gibson, cuando describió a González como una “skinhead lesbian” y sus palabras le costaron el tener que retirarse de la contienda.
Otro segundo, pero no secundario aunque en apariencia local, y con posible trascendencia a todo el país es el surgimiento de una figura que irrumpe de momento en el ámbito político —si bien con las limitaciones propias de la edad y los objetivos declarados— como un factor potencial de transformación de la imagen de la comunidad exiliada, no de Miami pero sí cerca.
Lo que llama la atención en este caso —tanto en la vestimenta de González como en los detractores de ella— es la necesidad de continuar empleando referencias visuales que tienen su raíz en un pasado más o menos cercano.
Si en algunos exiliados cubanos —con independencia de edad y tiempo en Estados Unidos— la chaqueta y el color verde oliva es una referencia imposible de arrancar de la memoria (que asocian con los guerrilleros insurrectos contra Batista, el ejército castrista y el propio Fidel Castro), otra lectura —más apropiada— podría llevar a John Lennon y al movimiento hippie.
Ya dentro del terreno de la imagen, hay también la creación de un contraste —de forma intencional o no—, como el protagonista de Full Metal Jacket, con el símbolo de la paz y la leyenda “Born to Kill” en el casco, que refiere inevitablemente a la época del auge de la contracultura en Estados Unidos.
En cualquier caso, el debate referencial a una “simple” chaqueta es, de por sí, un elemento importante a destacar. Si en gran medida la tendencia que llevó a la Casa Blanca a Donald Trump tuvo un carácter contracultural, un movimiento a la inversa, en este caso por parte de jóvenes —en línea opuesta generacionalmente— podría ganar importancia en el panorama político estadounidense.
Lo interesante de ello  —al menos para quien escribe este texto— es que vuelven a figurar los cubanos (y las cubanas, para ponerse en onda feminista) de nacimiento u origen, quienes parecen estar bendecidos —o condenados— al destino de los personajes en la Divina Comedia, donde cada familia florentina aparece con su pariente en el cielo o en el infierno.


viernes, 16 de marzo de 2018

Hawking, Miami, Dios y los agujeros negros


Como me ocurre siempre, suelo asociar a Stephen Hawking con el exilio. Carezco de lógica para explicarlo. Cuando en 1987 apareció su libro más conocido, Breve historia del tiempo, ya llevaba algunos años en Miami. Pero su lectura me advirtió, por lo menos entonces, de la imposibilidad de un puente entre mi vida anterior y la que había iniciado en Estados Unidos. Y lo curioso —al menos para mi— era que dicha incapacidad no tenía solo que ver con la política sino también con la ciencia en general y en particular con la física. Es decir, en esta ciudad descubrí los agujeros negros.
No es que desconociera con anterioridad la existencia de tales cuerpos, sino que lo poco que sabía de ellos pertenecía a un campo de estudio parcelado —y a una vida y un desarrollo profesional también parcelado— que a veces se fraccionaba pero continuaba en una esfera de aislamiento de la sociedad (todo lo aislado de la sociedad que un estudiante de física podía estar en Cuba) que yo explicaba bajo un concepto tradicional del científico que no distaba mucho de la época de la Ilustración (y pese también a una subordinación marxista-leninista inculcada de la función social del científico).
Hasta conocer la obra, figura y personalidad de Hawking, la imagen del científico —Galileo, Newton, Clausius— aprendida en el bachillerato y la universidad en Cuba había transitado por un perfil de laboratorio y biblioteca. Cierto que en parte Einstein rompía ese molde, pero era más por irreverencia que por función y trayectoria.
Con Hawking fue todo lo contrario. No solo por las circunstancias determinantes en su caso — padecía desde los años sesenta de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) y al diagnosticarle la enfermedad, cuando era estudiante de Cambridge, le habían dicho que le quedaban solo dos años de vida— sino por su labor como teórico, investigador y divulgador científico.
En su caso, más allá de exponer una personalidad singular, había impuesto su mente a su cuerpo.
Esa imposición constituye el aspecto ejemplarizante de Hawking, el bastión al que recurrir en tiempos fáciles o difíciles. Un mal que se fue agravando sin tregua hasta dejarle prácticamente paralizado y sin habla natural; y que no logró impedir que siguiera trabajando, recorriendo el mundo, impartiendo conferencias, disfrutando de la vida, e incluso con el tiempo necesario para casarse dos veces y tener tres hijos.
Pero tan estimulante como fue la vida de Hawking, hay otro aspecto que siempre me ha resultado más ilustrativo, y tiene que ver con sus teorías y descubrimientos.
El hallazgo de 1975, cuando planteó que los agujeros negros llegan a un grado de concentración tal que terminan evaporándose, emitiendo partículas elementales, no solo guarda una singular importancia dentro de los principios fundamentales de la física y la cosmología, sino también con la literatura. También al menos para mí.
Gracias a Hawking podemos transitar hoy por un territorio inmenso y que apenas se comienza a explorar —en última instancia, Houellebecq en su novela Las partículas elementales no fue mucho más allá del título—, donde el concepto del universo desborda todo lo conocido con anterioridad.
Si ciertos postulados de la física —el Principio de incertidumbre de Heisenberg, la entropía y la Segunda ley de la termodinámica, algunos aspectos de la Teoría general de la relatividad— con anterioridad habían dado pie a especulaciones que trascendían el campo puramente físico, no es hasta Hawking que se logra una fusión completa entre teoría científica y campo literario.
Fusión en que, quien sale peor parado, es el concepto de Dios. En El gran diseño se concluye que todos los universos posibles pueden ser explicados por las leyes físicas y sin ninguna intervención divina. Dios, simplemente, no es necesario. Ahora Hawking ha llegado al término de la comprobación final de sus planteamientos. Lástima que no esté aquí, para compartirla con nosotros.
Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparecerá en la edición impresa el lunes y ya se encuentra disponible en la edición digital.

domingo, 4 de marzo de 2018

De la historia como memoria fílmica selectiva o a un precio


A mediados de la década de 1970 tuve la idea de presentar en el cine club universitario que funcionaba en el conocido anfiteatro Varona, de la Universidad de La Habana, uno o varios programas dedicados al noticiero cinematográfico del ICAIC, como muestra del género y las técnicas —muchas veces innovadoras— que en Cuba se utilizaban en la elaboración de un material que por lo general, en cualquier parte del mundo, se limitaba a destacar algunas informaciones —y ocultar otras— de una forma convencional y sin mucho entusiasmo —o ninguno— por enriquecer su lenguaje y formato.
Mi intención era precisamente esa: destacar las innovaciones en el lenguaje fílmico que caracterizaban al noticiero cubano, sin detenerme en los hechos presentados, de sobra conocidos por el posible público y con la seguridad de que todo el material a exhibir había sido debidamente filtrado desde el momento de su elaboración. De la censura de los acontecimientos ya se había ocupado el ICAIC y no tenía que preocuparme. Era un material políticamente correcto, más “kosher” que los productos de cualquier carnicería judía debidamente certificada y sin la posibilidad de cuestionamiento ideológico alguno, que siempre encontraba al solicitar cualquier película, no solo estadounidense, sino de campo socialista o la propia URSS.
El único riesgo, que creía estaba asumiendo con la idea, era que las funciones transcurrían en una sala casi vacía: los estudiantes universitarios no estarían particularmente motivados en destinar una o varias noches a ver un material que por lo general rechazaban, más allá de preferencias políticas o razones ideológicas, por lo cansón y repetitivo de su contenido, y haberlo conocido con anterioridad en “círculos políticos o de estudio”, reuniones innumerables, trasmisiones de radio y televisión y acompañamiento forzoso a las proyecciones de los cines.
Tenía experiencia en ello. Cada semana, cuando acudía con un grupo de amigos y conocidos a las funciones de la Cinemateca de Cuba, solíamos abandonar la sala y turnarnos en la tarea de asomarnos a la espera del fin del noticiero. Hacíamos aquello incluso asumiendo pequeños riesgos. Daniel Díaz Torres, que por entonces solía ser uno del grupo y no había realizado aún ni siquiera un corto, nos advertía de la discreción imprescindible: estar en el vestíbulo de la Cinemateca esquivando el noticiero no solo no era bien visto sino implicaba arriesgarse a una denuncia. El propio Daniel a veces renunciaba a salir, y refunfuñaba en la luneta hasta que acababa el dichoso noticiero.
Ver el noticiero entonces en Cuba no era un simple acto informativo, sino de reafirmación revolucionaria: se esperaba que uno aplaudiera cuando aparecía Fidel Castro o con las palabras de sus discursos. Pero por lo general en la Cinemateca nadie aplaudía —salvo cuando se trataba de una “premier” y ante la presencia de funcionarios— y no pasaba nada.
Así que ese era el riesgo, creía yo: abandonado en la función programada en el Varona y sin nadie que escuchara mi “análisis” del lenguaje cinematográfico, un término que nos gustaba repetir a cada momento. Para un joven con pretensiones no solo de crítico de cine sino de estética y semiótica —de lo que, por supuesto, no sabía ni un carajo— y empeñado en adquirir “una cultura cinematográfica”, ese riesgo era poco.
Me equivocaba. Cuando presenté en la oficina del ICAIC mi propuesta, fue recibida no solo con frialdad y escepticismo, sino con recelos.
Había que consultar el pedido con la dirección del ICAIC. A su más alto nivel. Ingenuo como era, aquello me asombró. Pasaron las semanas y sin respuesta. Otro ciclo de películas tuvo que ser programado, porque quien tenía que autorizar el préstamo estaba de viaje o Santiago Álvarez, el director del noticiero, se encontraba muy ocupado para atender el asunto, o el propio Alfredo Guevara no tenía tiempo para decir sí o no.
Finalmente el ICAIC acordó prestarle a la universidad una selección elaborada para su presentación a los visitantes extranjeros: amigos de Cuba, intelectuales de paso, jurados del premio Casa de las Américas, delegados de los países sociales o representantes de partidos comunistas de cualquier parte.
Sobre la petición de cualquier noticiero en específico la réplica fue un rotundo no.
Al final proyecté una noche, en una sala vacía, dicha selección. Y el análisis y la discusión que había pensado llevar a cabo se quedó en mi mente. Aburrido y casi avergonzado, me enfrenté solo a la pantalla, para no decir nada.
Había topado con otra censura. Comprendí que lo que Fidel Castro había dicho ayer, el otro año o hacía ya cinco, no debía recordarse hoy. Que el plan que en un momento se había elogiado era ahora un fracaso o estaba abandonado. Que el dirigente internacional o el visitante de turno que aparecía en pantalla, el gobierno amigo que se mencionaba, ya no lo eran. La historia se escribía a diario en Cuba, pero recordarla era otro asunto: la memoria era selectiva.
Otra memoria —la colectiva gracias al paso del tiempo— aparece en el noticiero ICAIC, pero continúa encerrada.
Ha sido restaurada y se considera desde 2009 como “Registro de la Memoria del Mundo” de la UNESCO. Los noticieros cinematográficos latinoamericanos, que se produjeron cada semana entre 1960 y 1990, están ahora conservados y digitalizados. Son 1 490 emisiones. Pero no al alcance de todos, como por lo general ocurre cuando se lleva a cabo un proyecto de este tipo, colocados en un sitio en la red o al menos al alcance en una biblioteca. De eso no se habla.
El diario Juventud Rebelde informa que en el programa Mesa Redonda del pasado sábado se anunció que una selección, presentada por Lola Calviño, vicedirectora de la Cinemateca, será exhibida por el Canal Educativo 2.
No se informa de que dichos noticieros podrán ser vistos de forma gratuita, en su totalidad o de forma selectiva, por alguien que se interese por ellos en Cuba.
La conservación y digitalización se llevó a cabo gracias a un convenio firmado por la Cinemateca de Cuba y el ICAIC con el Instituto Nacional del Audiovisual (INA) de Francia, quien corrió a cargo del proceso.
De acuerdo a una información aparecida hace casi cinco años en el sitio Cubadebate, el 14 de diciembre de 2013, el convenio “también asegura la explotación conjunta de los fondos digitalizados con beneficios para ambas partes, aunque el ICAIC se reserva los derechos patrimoniales y la titularidad de los fondos originales del Noticiero”.
Así que la posibilidad que existe es de que dichos noticieros se puedan adquirir fuera de Cuba o pagándolos con divisas.
Para un país que consideraba dicho noticiero “un suceso cultural en la isla”, esa “cultura” ahora habría que pagarla.
Muchos de los mencionados en este recuento están muertos, “La Lola” ya no es aquella muchacha estudiante de Letras de entonces y yo, por supuesto, tampoco soy el mismo y ni siquiera vale la pena citar a Neruda. Lo único presente, imperecedero en Cuba, es igual censura. La única esperanza es que ahora eludirla tiene otro precio: en euros o en dólares. 

jueves, 1 de marzo de 2018

Así se forjó el acero


Donald Trump quiere imponer un nuevo arancel global del 25% al acero y del 10% al aluminio importados. Lo hará invocando la seguridad nacional y para revitalizar su industria. Ambos supuestos objetivos hacen recordar a la URSS de mediados del pasado siglo: la preponderancia de la industria pesada sobre la ligera, como puntal de desarrollo, y el recurrir a una explicación “casi sagrada”: la defensa de la soberanía nacional. Tal estrategia ayudó a la URSS a entrar al círculo de las naciones ganadoras durante la Segunda Guerra Mundial, pero hoy las guerras se ganan en otro terreno.
Más allá del populismo nacionalista, el proteccionismo y la tarea perenne de mantener contenta a su base de votantes más fieles, hay una explicación más vulgar pero incluso más valedera para las propuestas alzas de aranceles.
Los miembros del ejecutivo que acompañan a Trump en este objetivo han mantenido nexos económicos con la industria que ahora buscan beneficiar.
La acción unilateral de Trump está respaldada por Robert Lighthizer, representante de Comercio Internacional, que como abogado defendió los intereses de la industria siderúrgica en Washington, el secretario Wilbur Ross, que como inversor reestructuró compañías de la industria, y Peter Navarro, su asesor económico. Por su parte, Gary Cohn, principal consejero económico de la Casa Blanca, con una visión más globalista, y James Mattis, secretario de Defensa, mantienen una posición de mayor cautela.
Las cifras contradicen las arengas, frases y declaraciones de Trump contra el “comercio injusto” y los malos acuerdos internacionales.
Estados Unidos produce el 70% del acero que consume y solo el 3% es de uso militar, de acuerdo con los datos del American Iron and Steel Institute. El Cato Institute señala que la industria da empleo a una proporción muy marginal cuando se compara con las empresas que lo consumen, que superan los 6,5 millones, de acuerdo a una información del diario español El País.
Alan Greenspan, Ben Bernanke y otros economistas que pasaron por la Casa Blanca urgieron a evitar imponer las nuevas tarifas bajo la bandera de la seguridad nacional, porque consideran que “el coste diplomático” no redundará en beneficio de la economía, ya que los aranceles elevarán el coste de producción y el precio que paga el consumidor al final. "Es una vía muy cara de preservar empleos en industrias en declive o menos competitivas", añadió el presidente de la Reserva Federal de Nueva York, William Dudley.
Sin embargo, Trump no suele escuchar a los expertos. Así que lo único que resta es aguardar el inicio de una guerra comercial, en donde el acero y el aluminio serán los instrumentos de combate, pero no precisamente en aviones, tanques y carros blindados. 

Sin esperanza


Fue una colaboradora con la plena confianza de un Trump empresario, candidato y presidente. En esa difícil labor la ayudaron su habilidad y figura, pero sobre todo su fidelidad a toda prueba. La anunciada renuncia de Hope Hicks como directora de comunicaciones de la Casa Blanca abre un nuevo capítulo en esa saga cotidiana, donde se mezclan política, telenovela e intriga internacional, que caracteriza al gobierno en Washington.
Durante esos tres años de Hicks junto al presidente Donald Trump, han existido en abundancia todos esos elementos señalados. Ya debe estar más de un editor con la oferta de un contrato millonario, si ella se decide a contar o escribir sus experiencias. Y es que en la trayectoria —por momentos casi vertiginosa— de esta exmodelo, joven y sin experiencia política hay material para un libro, una serie o una película.
Para conocer del papel de Hicks hay que volver a la lectura de Fire and Fury, de Michael Wolff, y recordar como esa labor de directora se limitaba en un principio a una adecuada ordenación de lo aparecido en la prensa —lo que Trump desconocía por no haberlo visto en Fox o que no le dijeran aquellos con los que conversa por las noches— y dejar para lo último u omitir todo lo que sabía iba a resultar desagradable al mandatario.
De esta forma, logró convertirse en una especie de doble filtro, traductora en ambos sentidos no del razonamiento presidencial sino de la cambiante emocionalidad del hombre más poderoso del mundo.
Ahora la clave de su éxito resulta fácil de enunciar, pero extremadamente difícil de mantener: nunca intentar hacer cambiar de idea a Trump y siempre dejar claro que su interés se limitaba a cumplir con su voluntad. Paradójicamente, mucho debe haberla ayudado esa falta de experiencia y conocimiento político: el no intentar desempeñar un rol —como Bannon— sino limitarse al papel de tuerca y no de palanca.
Y más allá de uno que otro traspiés lo supo hacer bien, muy bien, quizá demasiado para seguir soportando esa carga y ese desgaste.
Así que la partida de Hicks deja una primera lectura: para Trump, su predilección por las modelos, su celo por una entrega absoluta, su ego sin límites y su inestabilidad mental surge un vacío, difícil de ocupar de momento. Es posible que esto ayude a explicar su último ataque de ira contra el secretario de Justicia o el anuncio de la preparación de su equipo de reelección; ambos hechos no serían más que respuestas emocionales de signo opuesto pero convergentes.
Para entender mejor la hora y momento del ascenso de Hope Hicks en la Casa Blanca, hay que tener en cuenta que su relación con los Trump no tuvo nada que ver ni con la política ni con los negocios, sino con la moda.
Se inició cuando la firma de moda de Ivanka Trump recurrió a los servicios de Hiltzik Strategies, la compañía en la que Hicks —exmodelo de Ralph Lauren— trabajaba como relacionista. Pero no se limitó solo a ello. Como modelo, llegó a desfilar con algunos de los diseños de Ivanka Trump.
Luego ocurrió el primer salto en la carrera que la llevó a la Casa Blanca, cuando en octubre de 2014 se convirtió en la responsable de las relaciones públicas de la compañía inmobiliaria del actual mandatario. Tras ello, el segundo salto lo llevó a cabo junto a Trump, cuando este lanzó su campaña presidencial y le pidió que se incorporara a la lucha electoral en las primarias republicanas.
Así que puede afirmarse que ambos se iniciaron juntos en la batalla por la Casa Blanca.
Más allá de las imprescindibles afinidades en este terreno, no fue una unión ideológica sino por la conquista del poder, de fama (mucha más para Trump) y fortuna (para Hicks).
Un dato importante: Hicks estuvo a cargo de la cuenta de Twitter de Trump durante la campaña electoral. Esto la colocó tanto en uno de los instrumentos más eficaces para el triunfo del candidato como en el centro de lo que —algo eufemísticamente— podría considerarse el pensamiento y la acción de Trump en estado puro; también del escándalo no solo como el mejor medio de llegar al fin sino como un fin en sí mismo.
Fue la responsable de transmitir los mensajes que el futuro presidente quería lanzar a todos: sus partidarios, sus enemigos, y por añadidura al resto del mundo.
No es que moverse en ese terreno dejara de propiciarle dividendos, pero se comenta que en algún momento intentó regresar al mundo de la moda. Trump quería que permaneciera a su lado y tras el triunfo en las urnas se apresuró a crear el puesto de directora de Comunicaciones Estratégicas para Hicks. En alguien como Trump, el vínculo afectivo estaba establecido, mucho más permanente que el sexual, estaba establecido: la combinación perfecta, una especie de hija adoptiva o postiza, sin ataduras familiares o de sexo y de una fidelidad extrema.
Solo que en Washington ello no resulta suficiente. Más allá de lo personal, y de la carencia afectiva que resultará para Trump no tener Hicks a su lado todos los días, lo que importa es la trama política, y en ese sentido el papel de Hicks —aunque en un plano diferente— ha sido más constante, por más tiempo y en algunos sentidos de mayor relevancia que el de Steve Bannon.
En primer lugar está el hecho de la salida, por diversos motivos, de las figuras que Trump llevó a la Casa Blanca para crear lo que se esperaba sería un gobierno de nuevo tipo, y que eran de su extrema confianza.
Un ejemplo de ello, más o menos reciente, fue la partida de Keith Schiller, exguardaespaldas de Trump. Un hombre de su entera confianza que dejó su trabajo en septiembre como director de Operaciones de la Oficina Oval y asistente adjunto del presidente. Ahora ella se une a esa lista.
A esto se suma que desde diciembre de 2016 Trump ha tenido cinco directores de comunicaciones. El primero escogido para el cargo fue el asistente de campaña Jason Miller, que tuvo que hacerse a un lado antes de que el mandatario jurara en medio de alegaciones sobre una supuesta relación, Luego vinieron Sean Spicer, Mike Dubke y Anthony Scaramucci, que tras un escándalo de insultos e improperios tuvo que dejar el puesto a los pocos días de nombrado y fue sustituido por Hicks.
La propia Hicks no se ha visto libre de controversia en el puesto, por su relación con el exsecretario de la oficina presidencial, Rob Porter, quien tuvo que renunciar por un caso de supuesta violencia doméstica. En su momento no pareció ser decisivo para una partida inmediata, pero al poco tiempo parece que comprobarse que sí. O casi decisivo. Quizá al final todo no sea más que un ajuste de cuentas.
El escándalo de Porter llevó a rumores de que el jefe de gabinete, John Kelly, pensaba renunciar al cargo por el mal manejo de la situación. Al inicio de esa crisis, se produjo una declaración de apoyo firmada por Kelly en cuya redacción estuvo profundamente involucrada Hicks. Es muy posible que este no perdonara el embarazo que le produjo dicha declaración. Quizá al final todo se limite a un asunto de faldas y de falta, pero es difícil que las consecuencias en Washington surjan por un solo lado.
Sin embargo, el hecho específico que parece haber constituido el catalizador de la salida de Hicks fue la sesión de casi ocho horas, ante una comisión de la Cámara de Representantes, en que se le preguntó sobre la interferencia de Rusia durante las elecciones presidenciales de 2016.
Hicks no solo dijo a los legisladores que su trabajo para Trump de vez en cuando requería que ella dijera “mentiras blancas”, sino que, en un principio, se negó a responder preguntas relacionadas con el período de transición entre la elección y la toma de posesión de Trump, así como sobre asuntos del Ala Oeste de la casa presidencial.
La directora de comunicaciones, que aclaró que nunca había mentido sobre la llamada “trama rusa”, invocó el “privilegio ejecutivo o privilegio presidencial” y señaló que estaba siguiendo las instrucciones a la hora de negarse a responder preguntas sobre su etapa tras las elecciones y en la Casa Blanca.
No quedó claro si el presidente Trump la había autorizado a invocar dicho privilegio a su nombre. Luego que se le indicó que con anterioridad había ofrecido algunas respuestas al respecto, ante la Comisión de Inteligencia del Senado, contestó sobre la etapa de transición, pero se mantuvo firme en su negativa respecto a su etapa en la Casa Blanca.
En cualquier caso, y aunque se ha afirmado que con anterioridad había hecho saber su intención de renunciar, el que lo hiciera un día después del encuentro es sintomático. En este caso, la relacionista no tuvo en cuenta las relaciones públicas o el momento político. Quizá fue su venganza con Kelly.
Con la salida de Hicks, el matrimonio de Ivanka Trump y Jared Kushner se queda sin  uno de sus principales aliados. Ello ocurre en momentos en que Kushner, que ha perdido sus privilegios para asistir a las reuniones diarias de inteligencia, se encuentra cada vez más cuestionado por las dificultades financieras de su familia y como ello podría influir en su capacidad a la hora de actuar como mediador internacional. Un matrimonio que ha visto perder su poder en el ejecutivo, pese a la salida de Bannon, más allá de la relación familiar. Lo que implica que, en última instancia, Trump es solo Trump, y cada vez más solo.
Para el presidente, y más allá de las consideraciones afectivas, la pérdida puede que de momento no lo afecte políticamente, pero contribuye a aislarlo cada vez más en un entorno donde los intereses partidistas cuentan más que las lealtades personales. Por otra parte, y aunque Hicks ya ha sido entrevistada por el fiscal especial Robert Mueller, su presencia en el avión presidencial durante la elaboración de la declaración falsa sobre la famosa reunión en la Trump Tower —entre miembros de la familia y la campaña de Trump y una abogada rusa con supuestas conexiones con el Kremlin, quien ofreció materiales comprometedores sobre Hillary Clinton— la hacen ahora más vulnerable. Y Mueller sigue demostrando que es un tipo de cuidado, de mucho cuidado.
En cualquier caso, es difícil que esta renuncia cierre una etapa en la vida de la exmodelo que llegó a la Casa Blanca, con el glamour de una protagonista de Truman Capote y sin la astucia de un personaje secundario de John le Carré. No siempre la mezcla de discreción, juventud y gracia da buenos resultados.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...