viernes, 29 de junio de 2018

«Hacer de América, Estados Unidos de nuevo»


Las elecciones legislativas del próximo noviembre no serán un simple proceso de renovación de congresistas, a mitad del período presidencial. Tampoco se limitarán a un referendo sobre Donald Trump y su política. No, lo que va a las urnas —más allá de cualquier nombre de senador, representante o gobernador— es la definición de Estados Unidos, como sociedad y nación, por los próximos seis, veinte, cincuenta años.
Si se impone la marea reaccionara que llevó a Trump a la Casa Blanca, y que él ha extendido al máximo, la nación retrocederá por décadas en diversos indicadores sociales y económicos, pero para la Historia será otro capítulo más y EEUU pasará a semejar a otros países como Polonia, Rusia o incluso Filipinas si, en última instancia, Trump logra adquirir su definición mejor.
Claro que, por ejemplo, el aborto será abolido al igual que los matrimonios entre personas del mismo sexo y se exigirá la certificación de un pastor para dar un niño en adopción; se modificará la Enmienda 14 de la Constitución, para revocar la “ciudadanía por nacimiento”, otorgada sin importar el estatus migratorio de los padres; las comunidades étnicas y de inmigrantes pasarán a ser parques temáticos, en el mejor de los casos; en el Congreso legislará solo un partido absoluto, con una reducida oposición acólita; estará prohibido hablar en lugares públicos otro idioma que no sea el inglés; todos los empleadores deberán conservar actualizado el “expediente cristiano” de subalternos y ejecutivos y los diezmos se integrarán a la planilla de declaración fiscal.
Quizá algunos encuentren exagerados o fantasiosos varios de los puntos anteriores, pero igualmente parecía absurdo que el actual presidente desembarcara en Washington; que esté a un paso de convertir a la Corte Suprema en un simple instrumento de sus políticas; que una vez electo, en lugar de ser controlado por el Partido Republicano se produjera lo contrario, y que ahora en las primarias de ese partido solo los aspirantes favoritos de Trump, plegados a él o simplemente sus imitadores han llegado a la boleta.  
Por lo demás, en el año y medio transcurrido el presidente y los congresistas de su partido en ambas cámaras han actuado con una impunidad absoluta: transformando procedimientos en el Congreso, gobernando por decretos y mintiendo a diario.
En el único aspecto principal en que Trump no ha logrado imponer su agenda es en la abolición del ”Obamacare”, pero tiene esa carta guardada para sacarla a relucir si logra imponer un Congreso hecho a su medida.
Aunque intenta dar impresión de que la inmigración —legal e ilegal— es su principal objetivo, destruir al Obamacare no es más que una meta postergada. 
Desde el inicio de su campaña electoral ha utilizado el tema migratorio, junto con sus inclinaciones racistas, como un instrumento para ganar adeptos y satisfacer su ego —ese viejo sueño de emperadores de construir murallas—, pero su interés principal es echar abajo el principal legado de su antecesor, al que odia tanto, la ley de servicios de salud para la población surgida durante el gobierno de Barack Obama.
Hasta el momento, hay poca esperanza de que el Partido Demócrata consiga la organización, el empuje y la unión necesaria para triunfar en las urnas con la contundencia necesaria. Los demócratas se lo están jugando todo a la carta del rechazo a Trump, pero la estrategia de mantener una diversidad de criterios ideológicos entre sus candidatos —de socialistas a moderados— encierra el peligro de que más que una ampliación de fronteras se termine en una balcanización interna a la hora de repartir recursos y apoyos.
Por su parte, Trump ha logrado transformar al Partido Republicano a su hechura, y estas elecciones van a servirle para quitarse de arriba a los republicanos que le resultan incómodos.
Así que es posible que a este país le esperen décadas oscuras, hasta que un nuevo político surja y decida “Hacer de América, Estados Unidos de nuevo”.

viernes, 22 de junio de 2018

La chaqueta de Melania


Primero fue el gesto, luego la visita, por último el detalle. Y en el detalle estuvo el problema. Tanto que las redes sociales no han hablado de otra cosa.
Melania Trump aprovechó el Día de los Padres para hacer un poco de crítica al padre de su hijo. A través de su portavoz y amiga, Stephanie Grisham, envió un mensaje sobre cómo odiaba ver a los niños separados de sus familias, que esperaba que ambas partes pudieran unirse para conseguir una reforma migratoria exitosa y que creía  que necesitábamos ser un país que cumpliera con todas las leyes, pero también un país gobernado con el corazón. 
En un primer momento el gesto pareció algo osado, al menos independiente, contrario a la puesta en práctica de la opción “cero tolerancia”. El que llegue a este país sin los papeles en regla va para la cárcel, aunque venga buscando asilo político. Delincuente de entrada. Es decir, sin entrada.
Luego vino el viaje a Texas para visitar a unos 55 niños en una instalación de inmigración —que no están presos pero tampoco están libres— y la actitud ya no pareció tan espontánea y decidida, sino parte de una maniobra de propaganda.
La noche antes el presidente había firmado el decreto para por el momento mantener unidas las familias, al tiempo que expresado: “Creo que cualquiera con un corazón podría actuar de la misma manera”. Y ahí surgió la duda de si Donald Trump estaba copiando a su esposa o si esta, desde el principio, había jugado la carta del “policía bueno”.
Pero ocurrió el viaje —que debió haber sido planificado cuando Trump seguía repitiendo que todo era culpa de los demócratas— y surgió el detalle: tanto al subirse al avión de partida hacia Texas, como al bajarse de regreso en Washington, usó una chaqueta que a la espalda tenía un lema: “Realmente no me importa. ¿Y a ti?”. Entonces estalló el “escándalo” en las redes sociales y la chaqueta sustituyó al gesto, a todos los gestos anteriores.
Es de tontos pensar que Melania utilizó una prenda con tal lema a propósito. Si se fijó en algo, o si quienes la asisten se fijaron en algo, fue en que no llevara una prenda costosa. Y ese objetivo se cumplió: una sencilla chaqueta verde olivo de Zara, que cuesta unos $39.
Hay un empeño en Washington, desde hace muchas décadas, de recordar errores pasados para no repetirlos, al tiempo que se descuidan las posibilidades de caer en otros nuevos. Así que la atención se concentró en el precio y nadie miró el letrero, porque lo que todos estaban pensando era en los zapatos stilettosnegros del otro viaje a Texas, durante el huracán Harvey.
Para una modelo —y Melania lo sigue siendo a diario, como cuanto participó en el recibimiento de los estadounidenses liberados en Corea del Norte y su rostro era un ejemplo a copiar por las concursantes a Miss Universo—, tantos problemas con el vestuario merece una consideración a fondo.
Por lo demás, Trump ha contribuido en buena medida a este auge de la estulticia en las redes sociales, al alentar a sus seguidores en dicho empeño. ¿No fueron sus partidarios quienes hace unos meses formaron igual algarabía porque Emma González apareció con una chaqueta verde olivo?  Así que, una vez más, Melania es víctima de su marido.
Más importante que la chaqueta fueron las palabras de la primera dama dirigió a los  niños retenidos. “Sean amables y agradables con los demás, ¿de acuerdo?”, les dijo. También les deseó “buena suerte”.
Así de sencillo es el asunto para Melania. Con esa simpleza, poca importancia tiene la chaqueta que llevó al subir y bajarse del avión. Y para la próxima, que traiga los stilettos

jueves, 21 de junio de 2018

La tolerancia exiliada


“El vocabulario de las invectivas periodísticas (traidor, lacayo de Versalles, cerdo asesino, báculo de Marx, ciénaga de Hitler, peste roja) había llegado a parecerse, en virtud de su uso excesivo, a la fraseología formal de cortesía empleada por los chinos”. El escritor inglés Christopher Isherwood describió así el ambiente que se vivía en Alemania, durante la época que antecede a la Segunda Guerra Mundial.
En muchos casos encuentro un lenguaje similar en los comentarios que aparecen en foros, blogs y cualquier otro sitio de Internet que debate la situación cubana. Participantes desde todos los rincones del mundo, incluida la propia Isla, prefieren el insulto y el ataque personal al debate de ideas y el intercambio de puntos de vista.
Es común ver a alguien sublevarse cada vez que se le señala una limitación del argumento que emplea. El negarse a la crítica —porque se la considera denigrante—, en lugar de profundizar en la discusión.
Los recursos empleados se repiten una y otra vez: la vejación como arma; la divulgación de mentiras, que en ocasiones se apoyan en elementos aislados de verdad pero que en su totalidad presentan un panorama falso; un enfoque demasiado estrecho, que impide una visión de conjunto y la demonización del enemigo.
 Participantes catalogados de “castristas” y “anticastristas”, “dialogueros” y “verticales” — por ellos mismos o por los demás— se enfrascan en batallas verbales, sustentadas en la utilización de un lenguaje deformado que impide una verdadera comunicación.
Esta deformación verbal se produce de dos formas. La abstracción —como un medio para despersonalizar y tergiversar las intenciones— y el deshumanizar a los opositores.
Lo que preocupa es que esta deformación tiene su origen en la manipulación del lenguaje propia de los regímenes totalitarios. La supervivencia de este mecanismo, en un medio tan democrático como el Internet, resulta deprimente.
Tanto en la desaparecida Unión Soviética (URSS) como en China y Cuba se recurrió y se recurre a la abstracción de lenguaje, como un medio de justificar las acciones: la “liquidación” de la explotación, el “ajusticiamiento” de los traidores y la “recuperación” de las propiedades del “pueblo”. Al mismo tiempo, los opositores eran deshumanizados verbalmente: “gusanos” y “escoria” (Cuba); “perros rabiosos del capitalismo” (China)  y “¬vampiros”, “bastardos” y “piojos” (URSS).
Es cierto que el recurrir a mecanismos similares, por parte del exiliado, forma parte de un mecanismo de defensa frente a la hostilidad que le rodea y produce. Pero esta razón no lo justifica. Hostilidad que éste sufre por el hecho de vivir una existencia anómala, al estar fuera de la patria, y agresión que este también genera, al concentrar sus pasiones y soledad y practicar un orgullo nacional exagerado.
Practicar la moderación y la cordura en nuestras discusiones políticas no nos libra del exilio. No contribuye al fin del castrismo o al mejoramiento de las condiciones en Cuba. Tampoco ayuda a la permanencia del régimen. Simplemente facilita el entendernos mejor.
Aclaración necesaria: este texto apareció en este blog, Cuaderno de Cuba, el 15 de septiembre de 2006. Creo que al menos dos motivos disculpan en parte la inclusión del “refrito”. Uno es que lo que comenta mantiene su vigencia. Otro es que el tema ha sido tratado durante esta semana en la publicación. En cualquier caso, confío en la tolerancia y acepto las críticas por tratar de revivir un texto viejo.
Ilustración: Carlos Estévez, Entropía del porvenir, 2008.

Guerra comercial, mercantilismo y capitalismo


Si la caída del Muro de Berlín marcó el fin de buena parte del mundo comunista, la crisis financiera de 2007-2008 también significó el fin de una era, esa en que estudiosos y charlatanes se mezclaron con la intención de convertir al mercado en un nuevo dios, al que había que obedecer y respetar sin interferir nunca en sus designios, y donde el libre comercio reinaría a sus anchas.
Aunque en Europa, una década antes, en agosto de 1998, Mark Lilla declaraba muerto el espíritu del 68, en un artículo en The New YorkTimes, en mayo de 2007 llegaba a la presidencia de Francia Nicolas Sarkozy, con una plataforma influida por el ideal neocon norteamericano y la propuesta de un conservadurismo compasivo, similar al del estadounidense George W. Bush (que de compasivo tenía poco entonces pero más de lo que se apreció en su momento si se le compara con el actual gobierno estadounidense).
Si bien el triunfo de Sarkozy demostró su habilidad política para criticar abiertamente una situación que había ayudado a crear, fue sobre todo el comienzo del fin de los procesos electorales en que los franceses tendrían que escoger simplemente entre la izquierda y la derecha. En esa ocasión se decidieron por la última y luego, en 2012 con François Hollande por la primera, pero ya desde Sarkozy comenzaba a ser evidente que las cosas no iban a ser tan sencillas.
Tarde o temprano, a Europa tenía que llegarle su hora. Cuando el fracaso del ensayo de un supuesto ideal comunista determinó no solo el fin de un sistema político, social y económico en varios países, y redujo a los partidos comunistas a una especie en vías de extinción, su conclusión implicó un cuestionamiento del ideal socialista en un sentido más amplio. Paradójicamente, si la incapacidad en la práctica de la aplicación del modelo comunista ruso (en sus variantes soviética, china o de otro tipo) fue la causa de su fin, el triunfo de las medidas y leyes logradas por los socialistas y políticos de izquierda terminó en ocasiones convertido en un freno para el desarrollo.
Libre del muro de contención que significaba la existencia del campo socialista, el capitalismo logró un desarrollo incontenible a nivel mundial, pero —cuesta trabajo repetirlo por lo cansón— con resultados más desiguales que nunca. 
Las respuestas entonces a ese desarrollo capitalista sin las contenciones políticas que en otra época habían implicado la URSS y el “campo socialista” se resumieron en las supuestas bonanzas del libre mercado a nivel mundial y el traslado de capitales, empresas y centros financieros: la globalización. No fue el único, pero sí uno de los más notables y comentados.
Mientras que el comunismo duró varias décadas, el neoliberalismo en su estado puro disfrutó de una vida mucho más breve y feliz. Bastó que las cosas comenzaran a marchar mal para que los banqueros y quienes los representan en Washington se sintieran obligados a llamar a la caballería al rescate. A la hora de las ganancias, se debía respetar al capital privado. Aunque al llegar el momento de las pérdidas, ahí estaba el Estado, benefactor de los ricos y corporativo en esencia, para cargar las cuentas sobre las espaldas de los contribuyentes.
Como consecuencia en parte de la crisis financiera, pero con desarrollos anteriores, esa descomposición en lo ideológico y la repetición de calamidades, ahora sin el consuelo de una utopía, han llevado a una fragmentación donde futuro y ayer se mezclan y en la amalgama progresistas y reaccionarios cambian caretas y personajes. El fenómeno, por lo demas, no es nuevo y ocurre en particular cuando un gobierno se decanta o aspirar al mandato autoritario. Basta un ejemplo: en el Portugal de Salazar el dictador había establecido un control férreo sobre el precio de los alquileres, que ni soñar hubieran los anti desahucios en Barcelona y Madrid y los demócratas de izquierda en Nueva York. Ello se tradujo, como en su tiempo destacaron los neoliberales, en la ausencia de nuevas edificaciones y la falta de reparaciones de los inmuebles. Pero, por otra parte, durante décadas benefició a quienes contaban con menos ingresos para pagar un techo, algo que se ha vuelto precario ahora, incluso con tres partidos de izquierda (comunistas, socialistas y bloque de izquierda) en el poder.
La realidad política actual lleva una devaluación constante de los términos, un cambio de algunas letras para justificar una adhesión a lo que antes se criticaba, una actitud compartida aunque se llegue a la misma por caminos bifurcados: no se habla de globalización sino de globalismo, el antieropeismo puede ser de un signo u otro y uno de los gobiernos estadounidenses menos dado a las regulaciones en las últimas décadas —en el Donald Trump— firma todos los días nuevos aranceles que no son más que una forma drástica de regular el mercado. 
Las reacciones que han provocado estos cambalaches han surgido desde ambas cabeceras ideológicas tradicionales, al punto de que por momentos da la impresión de asistir a un ritual de rostros trocados: los mismos que criticaban ayer el proteccionismo y el nacionalismo latinoamericano, como muestras de la nefasta influencia de un Estado patriarcal, saludan hoy el proteccionismo y el nacionalismo de Donald Trump, como ejemplos de la firme defensa de los intereses del país y sus trabajadores. 
La aceptación de este trueque requiere un compromiso emocional: Trump vende la idea de regresar la nación que preside no a un Estados Unidos del ayer sino del mito, todo reducido a la familia y el negocio, como se vio en la última Convención Republicana: las mujeres de Trump, los que hacen negocios con Trump: el entonces candidato que decía no creer en la política, renegar del establishment político —aunque él es la esencia del establishmenteconómico— y verlo todo con la óptica del negociante.
Sin embargo, un negociante que no consulta las verdaderas cifras económicas o que no está al tanto de las complejidad actual de la economía. ¿O será que ni lo uno ni lo otro le importa y solo le obsesiona complacer a su base de votantes, con una fidelidad digna de una telenovela? En lo que cada día se acerca más a una abierta guerra comercial con China, Trump habla solo del déficit comercial en términos de mercancías y no de servicios. Los servicios constituyen el 90% de la economía de Estados Unidos, mientras que por constraste China no exporta servicios en una cifra que se acerque a sus exportaciones de productos manufacturados. Cuando Trump difundió la noche del lunes el anuncio de nuevos aranceles a China, por valor de $200.000 millones de dólares al año, y la amenazó con un aunmento en la escala, Pekín respondió de inmediato con extender la respuesta a  “múltiples medidas tanto cuantitativas como cualitativas”, y no limitarse a un simple aumento de aranceles sobre productos estadounidenses, sino también a buscar medidas que afecten los servicios, desde dificultar el turismo o la educación de ciudadanos chinos en Estados Unidos hasta alterar el ritmo de compras de deuda pública estadounidense.
Como un supuesto ideal, el proteccionismo utiliza las tarifas para fortalecer las industrias nacionales y protegerlas de una desleal competencia extranjera. En teoría, con las nuevas tarifas a las industrias extranjeras del acero y el aluminio, más compañías de Estados Unidos comprarán esos productos en el mercado del país, pero los precios serán más elevados porque las industrias locales no tendrán que temer la competencia extranjera. Por supuesto que aumentarán las ganancias para las grandes compañías, y es posible que aumenten los salarios de empleados y trabajadores —si se hace abstracción de que las instalaciones industriales se automarizan cada vez más—, pero toda la población tendrá que pagar más por los servicios y productos más diversos, desde los boletos de avión hasta la cerveza.
Trump repite que Canadá tiene un arancel de 270% sobre los productos lácteos, pero no dice que el 10% de estos productos, que se consumen en el país vecino, son estadounidenses. Estados Unidos exporta a Canadá cinco veces más productos lácteos de los que importa.
El presidente señala la tasa del 10% que Europa impone a los automóviles extranjeros, mientras que los que EEUU importa de allí solo pagan 2,5%. Pero el negocio de venta de los fabricantes de automóviles estadounidenses alcanza los $11.800 millones, una cifra nada desprecible. Por su parte, la UE tiene también motivos de quejas: por el 55% que se impone a la ropa y el calzado, el 350% que se aplica al tabaco y el 165% a los cacahuetes. Y España en particular: recientemente EEUU aumentó en un 60% los aranceles contra la aceituna negra de esa nacionalidad, los cuales pasan del 21,60% al 34,75%.
Desde el punto de vista histórico, el liberalismo surgió como una superación del Estado mercantilista, con una economía de libre mercado, basada en la división del trabajo, carente de influencias teleológicas e impulsada por el egoísmo individual, que terminaría encausando al egoísmo hacia el bienestar privado que a su vez es encauzado hacia el bienestar social. El hombre estaba obligado a servir a los otros, a fin de servirse a sí mismo. Desde unos años antes de la caída del comunismo, pero sobre todo tras la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, el neoliberalismo se convirtió en la teoría capaz de lograr el desarrollo, y en última instancia el bienestar de todos, mediante la desigualdad. La paradoja del enunciado descansaba en buena medida en el fracaso del comunismo, un anunciado proyecto de justicia social que no solo se había convertido en un sistema totalitario en la práctica política sino fracasado en sus objetivos económicos.
 Pero además de deber su popularidad, en buena medida, a un fracaso ajeno y no a un mérito propio, el neoliberalismo olvidaba que el egoísmo se expresaba mejor en la avaricia individual que en el bienestar social, al que parecía destinado según los primeros teóricos del liberalismo económico. La ganancia sin límites se perseguía a diario, sin considerarse un vicio y elogiándose como una virtud: sin pudor ni decencia.
Desde sus inicios, el liberalismo económico llevaba en última instancia al Estado corporativo. Esa mala semilla que tiene en su interior la sociedad propugnada por los neoliberales. Cuando éstos hablan de disminuir el papel de un Estado paternal, regulador y mercantilista, tras sus palabras está el afán de desmontar cualquier mecanismo de protección y ayuda a la población, para imponer con absoluta libertad sus proyectos de beneficio personal. Al negarse a intervenir desde un principio en el alza del crudo, George W Bush no hizo más que defender sus intereses familiares y los de su círculo de poder. Es cierto que una crisis bancaria de grandes proporciones afectó a todos los sectores sociales y económicos, pero lo fue también que los precios elevados de la gasolina perjudicaron especialmente a quienes, en la pirámide económica, estaban por debajo de los ricos, desde la clase media hasta los indocumentados.
 El debate sobre el papel del Estado en los procesos económicos tuvo dos vertientes durante la segunda mitad del siglo pasado. En la primera y de mayores consecuencias políticas fue un enfrentamiento entre capitalismo y socialismo. Pero también se desarrolló, y de forma destacada dentro del mismo sistema capitalista. Ambas están, por otra parte, íntimamente relacionadas. La intervención del Estado, para prevenir y solucionar las crisis económicas fue la solución propugnada por John F. Keynes para precisamente salvar al capitalismo y evitar un estallido social que llevara a una revolución socialista. Se puso en práctica con éxito en este país durante muchos años. Luego le llegó el turno a Milton Friedman, y sus principios fueron desarrollados con mayor o menor eficacia en Europa y Estados Unidos por los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, así como en Latinoamérica por el equipo económico imperante durante la dictadura de Augusto Pinochet en Chile.
 Parecía que los neoliberales de Bush eran los herederos perfectos de tal teoría, que lo dejaba todo en manos del mercado. Sin embargo, volvió a cumplirse el principio de que los extremos que se tocan: su administración adquirió un cariz mercantilista, donde un presidente inepto utilizó al Gobierno para distribuir prebendas e intentar salir al rescate de sus compinches en dificultades.
Con más o menos rescoldos, el Gobierno de Barack Obama acudió al rescate de la banca y la industria automovilística. Solo que tras la salvación vino la penitencia, y su administración impuso restricciones —muchas de las cuales han sido derogadas ahora— que impidieran a banqueros y empresarios actuar como simples buscadores de riqueza en territorio salvaje, arrancando cabezas enemigas, engañando e intercambiando basura por oro.
Hoy, con la Casa Blanca convertida en un nuevo Versailles con un rey espurio, el mercantilismo se ha convertido en la piedra angular de una administración republicana que rechaza algunos de los principos básicos del republicanismo hasta ahora conocido, como el libre comercio, mientras los legisladores de dicho partido —acólitos sometidos por Trump— aplauden resignados.
Por otra parte, si bien es cierto que en una economía de mercado libre la creación de mercancías está determinada por los precios y el consumo, en la actualidad estos mecanismos ya no son regidos por la simple ley de la  oferta y la demanda, sino también por la propaganda, las técnicas de mercadeo, los monopolios y un mercado global donde no sólo se venden mercancías sino también se compra mano de obra a bajo precio. Sin embargo, a través de los siglos la avaricia de unos pocos no sólo se ha mantenido, sino también aumentado.

viernes, 15 de junio de 2018

Entre la ópera y el burlesco


Two Sisters from Boston(1946) es un musical que toma prestados dos o tres temas de la ya para entonces en decadencia screwball comedy—la farsa, las identidades trocadas y la comedia de sexo sin sexo—, pero domesticando cualquier elemento de lucha de clases al enfrentamiento entre ingenuidad e ingenio y la presencia de una pobreza solidaria y una riqueza bondadosa. Eso sí, la película deja un poco a un lado esa amabilidad forzada y risueña, en uno de los contrastes preferidos por el Hollywood de los 40 y 50, para mostrar la hostilidad y el desafío entre la cultura de élites y la diversión popular. Y aquí lo hace lanzándose a los extremos: la oposición entre el burlesco y la ópera. Lo mejor para el espectador es que esa disparidad la representan dos ejemplos notables, cada uno en lo suyo: Lauritz Melchior y Jimmy Durante.
La película es también uno de los cientos de ejemplos —que aún hoy no dejan de asombrar— de como un género tan genuinamente estadounidense y popular fue creado en gran medida por extranjeros cultos que al inicio de sus carreras en Hollywood ni siquiera hablaban inglés o simplemente lo chapurreaban (el “Bring on the empty horses” de Michael Curtiz en la filmación de The Charge of the Light Brigade). Su director, Henry Koster, había recorrido la senda tenebrosa del artista judío que escapa de la Alemania nazi, para luego de recorrer varios países europeos terminar en Estados Unidos. Pero hay dos detalles con Koster que de alguna manera están presentes en Two Sisters fromBoston. Uno es que su abuelo materno fue el famoso tenor Julius Salomon. El otro tiene que ver con su escape: en 1933, mientras se encontraba en un banco, lo insultó un oficial de las tropas paramilitares del partido nazi. La respuesta de Koster fue darle un piñazo que lo dejó inconsciente. Al salir del banco, fue derecho a la estación de trenes y sacó un boleto para París. La audacia es un elemento clave en esta película por lo demás simple.
Jimmy Durante aparece cuarto en los créditos, pero su estilo —canto y actuación— es primero, porque logra lo que no es fácil para un actor aunque parezca todo lo contrario: convertir lo estereotipado en una marca propia, algo único (precisamente es en el cine norteamericano donde se disfrutan los mejores ejemplos de ello, de Groucho Marx a John Wayne). El nombre de Lauritz Melchior lo precede porque si bien ahora solo debe sonar a especialistas y aficionados, al menos durante tres décadas (1920-1940) fue considerado uno de los mejores tenores wagnerianos, sino el mejor, y estuvo en Bayreuth y cuentan que allí, en julio de 1925, su interpretación de Parsifal hizo que “las lágrimas corrieran por las mejillas de Hitler”, según Hugh Walpole, el novelista inglés que fue amigo y protector del cantante nacido en Dinamarca y se reunió varias veces e incluso cenó con el líder nazi.
Melchior, que cantó con las principales sopranos wagnerianas de su época —Kirsten Flagstad y Helen Traubel— pero también el himno nacional estadounidense en un estadio, hace un breve dúo con Kathryn Grayson —una de las protagonistas de la cinta, junto con June Allyson— y participa en dos secuencias operáticas, que no pertenecen a ópera alguna sino son adaptaciones musicales de Liszt y Mendelssohn, y en otra cómica sobre una grabación primitiva (Melchior hizo gran número de grabaciones con la Deutsche Grammophon), pero su mejor momento musical en la película es cuando interpreta un fragmento de la primera escena del acto tercero de Lohengrin(aunque la composición de Wagner no aparece en los créditos). De hecho, pese a que las representaciones musicales tienen un marcado acento visual de ópera italiana y francesa —seguramente por razones políticas y de taquilla—, el wagnerianismo de Melchior termina por imponerse en una cinta dirigida y producida por creadores judíos en un Hollywood recién salido de la guerra. Por lo demás, Melchior admite la burla a su personaje —exigencias de Hollywood, la época y el dinero y otra labor aparte como cantar en un juego de los Dodgers además del Metropolitan— pero no de su arte: cuando canta lo hace bien en serio.
Cuando protagonizó Two Sisters from Boston,Grayson ya había hecho musicales conocidos —Thousands CheerAnchors AweighZiegfeld Follies— pero no tan exitosos como dos posteriores —Show BoatKiss Me Kate— y la aguardaban dos películas con el insoportable y popular Mario Lanza —That Midnight KissThe Toast of New Orleans—, al que detestaba por su alcoholismo y mal carácter, y quien además había intentado darle “un beso francés” durante una escena de esta última, circunstancia agravada, según Grayson, por el hecho de que Lanza tenía la costumbre de comer ajo crudo antes de filmar.
Si bien la vocación original de Grayson era ser cantante de ópera, y había sido educada para ello, nunca paso de ser una soprano de cine. Representó ese papel más de una vez, sin llegar nunca al escenario soñado. 
Con su voz de soprano de coloratura, logra durante la escena de su primera incursión —engañosa y casi furtiva— en la Ópera de Nueva York un chiste compartido entre diletantes y profano: la ira en el aria de Melchior. Junto al encontronazo entre la ópera y el burlesco, que por supuesto en la cinta tiene sobre todo una dimensión moral, hay también una referencia más sutil en la película, y es la distancia entre un tenor wagneriano y una soprano de coloratura (en las obras de Wagner el rol ideal es de soprano dramática, mientras que la de coloratura es propia de la ópera italiana, incluso en Verdi), pero que se diluye en el final feliz propio del Hollywood de entonces. Si el musical recurre en ocasiones a la ópera, lo hace en una búsqueda de distinción, de necesario prestigio del momento, pero nunca como una reafirmación de su esencia sino todo lo contrario: lo popular define un género que incorpora al jazz, que en la época dorada del musical era también música popular (swing) y admite de pasada el canto lírico por las razones citadas. En pleno esplendor del musical —la década de 1950—, la resistencia a lo que el espectador puede percibir como “alta cultura”, aunque representada más bien como artificialidad vacua y no verdadera cultura, encuentra su definición mejor en dos películas de Fred Astaire —The Band WagonFunny Face—, aunque el ataque más despiadado y disfrutable a dicha forma musical se encuentra en las comedias de los hermanos Marx. Para entonces, y desde antes, el ballet logra una mejor simbiosis. 
Volviendo a la música en Two Sisters from Boston, después de todo, Grayson es la gran afortunada en la película. No solo porque su personaje logra lo que quería. También en la realidad de la competencia en la pantalla, o antes de llegar a la pantalla. En 1942 ya había sido anunciada la realización de la cinta, con el título An American Symphonyy la participación de Judy Garland. Cuatro años después, Garland fue remplazada por Allyson y el título cambió a Two Sisters fromBoston. Un alivio para cualquier cantante, que ya no tendría que competir musicalmente con una hermana de 112 minutos.
Esa competencia entre hermanas ya había ocurrido en plena Segunda Guerra, pero entre Allyson y Gloria DeHaven y en otro musical, Two Girls and a Sailor(1944). Solo que el dúo no lucha a ver quién canta mejor sino por conquistar a un marinero que es también el heredero de una fortuna de 60 millones. Aunque aquí el romance y el amor entre hermanas se impone en un final vano. Two Girls and a Sailorfue dirigida por Richard Thorpe, al que siempre se menciona como el ejemplo clásico del director conocedor del oficio pero sin mayores aspiraciones. Su capacidad para ahorrarle dinero a los productores le valió contar siempre con trabajo a la vista, pero le impidió trascender. Esta película es una buena muestra de ello.
Koster, que entre cuyos méritos está el haber descubierto a Abbott y Costello trabando en un night-club de Nueva York y convencer a la Universal para que los contratara, nunca logró un Oscar, aunque sí fueron nominados seis actores —Cecil Kellaway, Loretta Young, Celeste Holm, Elsa Lanchester, Josephine Hull, James Stewart y Richard Burton— de sus películas. 
El inmigrante que se retiró del cine para dedicarse a lo que verdaderamente le interesaba: pintar, e hizo varios retratos de las actrices y actores con los que había trabajado, es también conocido por una anécdota que en buena medida lo define. Prometió a su segunda esposa, Peggy Moran, con quien se casó en 1942, que a partir de ese momento ella aparecería en todos sus filmes.
Cumplió su palabra, solo que la presencia de Moran se limitó a una escultura con su figura: por lo general una cabeza sobre un mantel, un escritorio o un piano. Para The Robeencargó un busto griego, que aparece prominentemente en la villa romana.
Me entretuve buscando la escultura de Moran en la mansión de los millonarios neoyorquinos patrocinadores de la ópera, entre los gorgoritos de Grayson y los decorados falsos de las falsas óperas. No logré identificarla.

jueves, 14 de junio de 2018

Del intelectual como víctima propicia


El instrumento es viejo pero efectivo. Resalta, eso sí, la mezquindad de su uso. Cuando un gobierno autoritario o totalitario quiere hacer sentir su presencia, establecer parámetros, agraciar posibles aliados, calmar temores o simplemente congraciarse con potenciales rivales recurre a reprimir a cualquier intelectual de paso.
Lo hizo con Heberto Padilla, lo hace ahora con Fernando Ravsberg, salvando las enormes distancias poéticas que el periodista nunca ha pretendido transitar. Pero por lo demás hay mucho en común, no en los hombres, las víctimas, sino en el mecanismo.
Y es que, por un momento, resulta fácil aplastar a un escritor o a un periodista. No hay inversiones que se vean amenazadas; no hay miedo a una respuesta bélica contundente, porque ambos no cuentan con las socorridas divisiones; no hay cosechas en peligro, buques mercantes que no acudan al puerto, fábricas que interrumpan su marcha. No hay fiesta que se cancele, show que no se produzca, película que no se proyecte.
Después, con el paso del tiempo, las cosas se complican. Pero ni al funcionario, al burócrata o al político les preocupan el futuro. Lo de ellos es el hoy: aferrarse al poder, conservarlo al menor riesgo posible.
A Fidel Castro no le era imprescindible reprimir a Padilla para ganarse la confianza de los soviéticos, pero el esfuerzo censor ayudó, hizo lo suyo, anotó un tanto. Dejó en claro que a partir de ese momento las cosas no iban a ser como antes, que toda esa bobería de socialismo distinto, en libertad, con intelectuales europeos opinando se acababa. A partir de entonces La Habana sería como Moscú, donde a los poetas se les encarcelaban. Hacía falta un Mandelstam cubano y ahí estaba Padilla. Claro que tampoco se trataba de volver estrictamente al ayer, y el poeta no tenía que morir en un campo de concentración: bastaba con amargarle la vida.
Y ahora tampoco es como ayer, y a Ravsberg, que ni siquiera es cubano —uruguayo de nacimiento que lleva décadas viviendo en la isla—, no van a detenerlo como a Padilla, ni internarlo en un campo como a Mandelstam: simplemente le han retirado su permiso de residencia y su credencial de periodista extranjero. No más “Cartas desde Cuba”: que se busque un buzón de correo en otra parte.
“Que se vayan, no los queremos, no los necesitamos”: Ravsberg convertido en marielito uruguayo.
Asombra, por un momento, esa capacidad desarrollada por el régimen cubano, de convertir en arma represiva lo que en un principio se vio como un supuesto avance en lo social y político: el retiro, temporal o más o menos permanente, del pasaporte a los disidentes, la parada en el aeropuerto para impedirles el codiciado viaje, la multa oportuna. 
El retiro de credenciales no deja de ser entonces una rectificación necesaria —¿escribir por la libre en Cuba?— que el nuevo presidente, Miguel Díaz-Canel, necesita para enviar un doble mensaje: alarde de ortodoxia rustica y advertencia grosera para periodistas independientes cubanos, a quienes no les resultaría tan fácil el tomar un avión de un día para otro en caso necesario.
Queda para el futuro si estos alardes de acción ortodoxa —gratos a Ramiro Valdés o Machado Ventura— son pruebas de permanencia o simples respiros. Porque la permanencia en una dictadura no es más que un ejercicio cambiante.
Por lo demás, algarabía breve sin llegar a serenata diurna. Silvio Rodríguez reclama que la censura a Ravsberg no hubiera ocurrido en la época de Fidel y Raúl Castro. Quizá sin saberlo rememora aquella escena de Los Olvidados, en que el viejo músico callejero —golpeado, despojado de su dinero y con sus instrumentos musicales rotos tras un asalto de jóvenes y niños delincuentes— se lamenta con esta frase casi legendaria: “En tiempos de don Porfirio no pasaban estas cosas”.
Y así es de simple. Ni Fidel ni Raúl molestaron al periodista, porque nunca les fue necesario. La añoranza es más que simple, tonta. La pregunta entonces es otra: ¿Es tan débil el poder de Díaz-Canel que necesita estos pequeños gestos?

miércoles, 13 de junio de 2018

Donald Trump, el vendedor de entuertos


En Estados Unidos tenemos un presidente que se comporta como un vendedor de automóviles usados que se aprovecha de compradores en apuro, sin crédito, con poco dinero, esperanzas, frustraciones, inseguridad y desamparo. Igual fantochería, las mismas técnicas baratas, el mismo interés en lograr la venta de un cacharro —si es posible casi inservible— e igual objetivo de lograr una cuasi estafa rápida, o una estafa total, pero siempre cuidándose de bordear la ilegalidad sin brindar la oportunidad de caer en la cárcel. Engañar evitando los riesgos. Asumir la filosofía de que los demás —el público, los electores, los posibles clientes— no son más que idiotas capaces de creerlo. En resumidas cuentas, tiene algo de razón: de lo contrario no se habría acercado a su establecimiento o votado por él.
Todo al final lo resume en el lenguaje que emplea. Juega con las palabras desde una posición que le favorece: adopta la simpleza no solo porque él, en esencia, es simple de pensamiento y acción, sino porque también sabe que muchos otros lo son. No hay que negarle habilidad en ese juego, y reconocer que pese a que personajes así han sido caricaturizados por la literatura, el cine y el teatro, ello no ha impedido su supervivencia, quizá todo lo contrario.
Así que Donald Trump es al mismo tiempo nuestro predicador evangélico de pantalla de turno —consume y explota la televisión hasta el cansancio—,  el vendedor de brebajes de antaño y el político demagogo y populista de siempre. Una trinidad que parece eterna. La promesa resume su discurso. El cumplirlas o no queda en el aire.
Desde su llegada a la presidencia, el presidente Donald Trump, convertido en “el gran perturbador mundial” está imponiendo un nuevo desorden internacional, destruyendo pactos y acuerdos con un marcado énfasis en hacer retroceder no solo a su país sino al resto del mundo. Creando una serie de situaciones con las que tendrán que lidiar quienes vengan tras él y empeñando en una óptica torcida con la que convierte en “amigos” a los enemigos de siempre, desprecia a los aliados tradicionales de la nación americana e insulta a los que no debe agredir —de momento con palabras y gestos comerciales— mientras elogia a quien no lo merecen.
Kim es el último ejemplo de ello. Durante la cumbre, Trump dijo que era “muy inteligente” y “un negociador muy valioso y muy duro”.
“He comprobado que es un hombre con mucho talento. También he comprobado que quiere mucho a su país”, dijo el presidente de la nación democrática más poderosa del mundo a quien con férreo puño gobierna una de las dictaduras más despiadadas y opacas que existen, con entre 80.000 y 120.000 personas detenidas en los campos de trabajo para presos políticos, según datos de Amnistía Internacional.
Ningún resultado firme, concreto, duradero se desprende de su reunión con el déspota norcoreano, Kim Jong-un. El principal logro que vociferan sus partidarios —la primera reunión entre un presidente estadounidense y un gobernante norcoreano en 70 años— sería risible sino implicara el ocultamiento de una farsa potencialmente peligrosa. En este caso los “méritos” son todos para Kim, que fue el que expresó el deseo de reunirse. Al acceder con prontitud —sin condiciones y sin un marco de referencia preciso— al encuentro no hizo más que otorgarle una legitimidad al autócrata que nunca lograron ni su padre ni su abuelo, y más “meritorio” incluso el producto si tenemos en cuenta que Kim lo obtuvo sin modificar en lo más mínimo la esencia de su régimen y sin prometer cambio alguno al respecto, limitándose a repetir viejas promesas.
La interrupción de las pruebas nucleares, por parte de Corea del Norte, no obedeció a un deseo expreso de detener su programa de desarrollo de armas atómicas sino bajo la declaración de resultados alcanzados: el país tiene armas nucleares y punto.
En igual sentido, la tan publicitada entrega de tres prisioneros no se aparta ni un milímetro de gestos similares llevados a cabo por otros regímenes totalitarios en otro momento. Que el régimen de Corea del Norte tiene como objetivo el lograr “la desnuclearización de la península de Corea” es una vieja cantaleta que solo los tontos inútiles se han apresurado a señalar. Ello no significa ni remotamente el deseado desarme unilateral del régimen. Si algo ha quedado claro, para gobiernos autoritarios, totalitarios y dictaduras de todo tipo, es que el camino más rápido para sentar a Washington en una mesa de negociación es conseguirse una o unas cuantas decenas de armas nucleares. La carrera está abierta.
Donde el cinismo de Trump cayó en una inmoralidad flagrante fue cuando evocó al estudiante estadounidense Otto Warmbier —que estuvo preso más de un año en Pyongyang por una acción pueril que terminó costándole la vida y solo fue devuelto a Estados Unidos a punto de morir— y dijo que su muerte no había sido “en vano”, tras pasar horas sonriéndose y apretándole la mano, tocándolo y dándole palmaditas en el hombro a su ejecutor.
Si algo podría decirse a favor de toda esta farsa es que coloca las negociaciones en el mismo punto en que estaban hace más de 10 años, sin lograr un paso adelante, y luego de conocer lo que ocurrió luego.
El único vencedor en el encuentro fue Kim, que obtuvo la importante concesión de conseguir que se interrumpieran los ejercicios militares anuales de EEUU con su aliado surcoreano. Esto sí es un resultado a exhibir, que el gobernante norcoreano tiene ahora para exhibir no solo a sus seguidores y adláteres en el país —obedientes fieles si quieren continuar vivos— sino a sus aliados de Rusia y China. No solo en Pyongyang, también en Moscú, Pekín y hasta en La Habana hay motivos para festejar.
Pero el espectáculo más patético —si se quiere— de los resultados de la reunión en Singapur es el que han brindado los cubanos “anticastristas” que exclamaron, y exclaman aún, que Barack Obama, cuando se reunió con Raúl Castro, pisoteó el principio básico de una nación democrática —especialmente de Estados Unidos—de llegar a acuerdos con dictadores “a cambio de nada”, de reunirse con ellos, de saludarlos, sonreír y darles la mano, y que ahora se muestran alborozados con lo hecho por Trump.
El régimen de Corea del Norte es la concreción de todo aquello que esos “anticastristas” dicen detestar: una dictadura hereditaria (abuelo, padre, hijo), que prohíbe todas las libertades —civiles, políticas, culturales y de palabra—, genocida y asesina. Desde un primer momento, el escándalo del carguero Chong Chon Gang puso en evidencia no solo el deterioro económico y político de Corea del Norte, sino también señaló las semejanzas entre los regímenes de La Habana y Pyongyang, así como las similitudes en la situación de ambos países (este blog se hizo eco de ello). Pero todo ello ha quedado sumergido ante esa floreciente fidelidad (no hacia Castro, como algunos en el pasado) a Trump.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...