viernes, 10 de agosto de 2018

El sabor de la fruta


Recuerdo que por la década de 1970 en Cuba leí un artículo en la revista Bohemia sobre la “colonización del gusto”, que abordaba el asunto a partir de la preferencia por uno u otro sabor de helado (eso de “abordar el asunto” es una herencia de aquella época que a veces aún me desborda). 
Lo que aparecía en Bohemia era mucho más simple —a pesar de ese retorcimiento del periodismo cubano que no responde a una retórica sino a una política: es decir, a una política retórica—, y se resumía en la afirmación de que al uno nacer en el trópico, tenía que gustarle los helados de coco y chirimoya y no los de fresa y chocolate con nueces (cuando eso creo que no se identificaba a un sabor con un gusto o una preferencia sexual o de otro tipo y éramos más listos o más tontos o al menos yo lo era). 
Había un problema que el redactor de Bohemiapasaba por lo alto, o por lo bajo, y era que entonces en Cuba era más fácil encontrar los sabores de fresa y chocolate que los de coco y chirimoya, pero lo importante era —para mi, que leía el artículo— el estar condenado a que me gustara la chirimoya, que desde niño había despreciado más que detestar: en realidad apenas la había probado.
Pronto conocí —no quiero escribir sufrí para darle un tinte melodramático al tema— que esa condena de sabores se trasladaba también a los temas literarios, en lo que ya para entonces sabía era “mi circunstancia”, porque felizmente conocía a Ortega y también a Gasset, dúo no de moda y presente hasta hoy.
Para alguien que intentaba escribir en Cuba, algunos temas como que no cuadraban. Por ejemplo, había que huir de la ciudad, de cualquier detalle que se asociara a la burguesía, de Europa y de gran parte del arte y otras ramas contaminantes.
Mientras tanto amigos y no tan amigos triunfaban —es decir, ganaban premios literarios— con detalles sobre la “lucha contra bandidos”, la recogida de café, el ciclón Flora y las milicias y el trabajo voluntario.
Ya para entonces escribir sobre la insurrección y la dictadura de Batista y las torturas y el heroísmo de la sierra y el llano quedaba cada vez para aquellos con su nombre en un par de libros, y desde hacía años la épica, como experiencia vital, estaba agotada para la mayoría de los cubanos —literatos o no—, encerrados en las colas para comprar cualquier cosa, las guardias sin fusiles y las aburridas reuniones, Pero para quien pretendía escribir no quedaba opción alguna que la épica. Y no importaba mucho si esa épica se reducía al poema cursi sobre la abuela miliciana o cederista: el premio estaba asegurado.
El problema por lo tanto era hincarle el diente a la épica, montarse en el heroísmo. Pese a que la lucha no me entusiasmaba —más bien me aburría— y al heroísmo lo encontraba tonto. Y lo más grave aún: que seguía sin atreverme con la chirimoya. Aunque esto último no era tan grave, porque ni siquiera tenía que enfrentarme a ella, gracias a la generosidad revolucionaria. Si en esos años hubiera sido capaz de abreviar mis defectos, habría comprendido que todo se reducía a un ajuste de precedencias. Solo que nunca me ha gustado simplificar, más bien lo contrario. Tonto que soy.

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