jueves, 6 de septiembre de 2018

Conspiración en Washington y New York


El diario The New York Times no debió publicar de forma anónima el artículo que ha desatado esa especie de tormenta sobre Washington de los últimos días. La razón es simple, pero fundamental: un periódico debe evitar el convertirse en parte del problema que intenta denunciar.
No se trata de excluirse de una situación, tampoco de eludir el compromiso. 
Sin embargo, exponer una conspiración con el recurso de darle notoriedad a un conspirador anónimo es echar leña al fuego, no tratar de apagarlo o evitarlo.
Lo que se viola entonces es la ética periodística, aunque las intenciones aparentes sean las mejores: se cruza la barrera que debe separar a la divulgación de una información, la exposición de un análisis y la publicación de una información o punto de vista del activismo político en su forma más cruda: se manipula.
The New York Times publicó el 5 de septiembre un artículo anónimo —I Am Part of the Resistance Inside the Trump Administration—, donde las intenciones quedan claras desde el título. 
Aunque el autor de la pieza recalca que no forma parte del movimiento opuesto a la administración de Donald Trump, conocido por ese nombre, al referirse a este supuesto tipo de actividad clandestina sirve en bandeja de plata a los seguidores más fieros del mandatario un escenario de rebelión urbana acompañada de alzamiento en las sombras, que da pie a cualquier argumento de “Estado profundo” o conspiración contra el presidente: por ese camino hasta se justifica el considerar la investigación especial del fiscal Mueller como una “cacería de brujas”.
Que existe una burocracia en Washington que por su propia naturaleza se opone, obstaculiza, suaviza o exagera ciertas decisiones presidenciales no es noticia. Ha actuado de igual forma en anteriores administraciones. Lo que puede decirse es que  dicha labor se ha intensificado por la incompetencia del mandatario y de algunos de sus adláteres.
Tampoco resulta novedoso el hecho de que, en muchas ocasiones, los tuits del presidente y las acciones de su gobierno se mueven en dos mundos paralelos. Incluso lo han señalado varios legisladores republicanos, que por otra parte hacen a diario confesión y alarde de apoyarlo.
El caos en la Casa Blanca, la ignorancia de su inquilino, su volubilidad e irracionalismo ya no debe asombrarnos a estas alturas. 
En este sentido, más allá de nuevas anécdotas, el libro de Bob Woodward a punto de salir a la venta —Fear: Trump in the White House— no hace más que recorrer un camino trillado.
Lo que sí resulta nuevo —y hasta peligroso— es este reconocimiento público de un ambiente que va más allá de las intrigas, torpezas y recelos característicos de cualquier administración estadounidense, evidencia una situación de inestabilidad en el gobierno desconocida en este país —que debe tener alarmados a los aliados europeos y frotándose las manos a los enemigos de todas partes— y nos acerca a un panorama similar al que se suele leer en las historias de cualquier papado o reinado más o menos en decadencia.
De las muchas lecturas que brinda el estado actual de la nación, en lo que se refiere al gobierno, hay dos al menos muy preocupantes.
Una tiene que ver con esa supuesta “resistencia” que resalta el artículo de Times y que también figura —aunque sin ese nombre— en el libro de Woodward. Luchadores clandestinos que han asumido sus funciones no para promover en su totalidad una agenda que —nos guste o no— llevó a Trump al poder, sino para obstaculizarla: la desobediencia como un acto de patriotismo. Solo que aquí no estamos ante actos de desobediencia cívica sino puramente conspirativos. Y aquí cabe preguntarse si el autor de dicho artículo fue un (ex) militar o un civil.
Por otra parte, los conspiradores aspiran a nuestro reconocimiento como un acto de fe. ¿Y si hay también conspiradores con otras intenciones, que pueden ir del lucro personal a la injerencia extranjera?
La segunda es más personal: un político improvisado que hace campaña de “hombre fuerte”, que proclama sin tapujos su admiración por los gobernantes de este tipo incluso en naciones consideradas enemigas de este país, encuentra de pronto (porque la idea le resultaba imposible de admitir) y a la luz pública que es tratado como un pelele por algunos de sus subordinados y colaboradores cercanos.
Sin duda su ego está herido. Pero cuál será su reacción: ¿una purga en Washington a las puertas de unas elecciones legislativas, una acción militar que es dudoso le dejen llevar a cabo solo para satisfacer su estima en descrédito? Las alternativas son múltiples y algunas inquietantes. Trump necesita reafirmar su autoridad. Cómo lo hará es la incógnita. Es cierto que antes de su llegada a Washington existieron el “Garganta Profunda” del caso Watergate y el “Anonymous” autor de la novela Primary Colorsy, con la apenas disfrazada personalidad de Bill Clinton y su primera campaña presidencial. Pero ahora los conspiradores tienen acceso al escritorio más importante y mejor guardado de la Casa Blanca.
El principal problema en todo este embrollo es que la salida más apropiada es dar la cara, no ocultarla. Y mientras ello no ocurra el país estará en peligro y en crisis moral. Los conspiradores no son la solución y tampoco toda la culpa cae en Trump. Aquí no cabe el “No Trump, no problem”.
Hemos comenzado a presenciar el vergonzoso espectáculo de figuras prominentes del gabinete declarando verbalmente o por escrito su fidelidad al “monarca”, en una versión pedestre y torpe de una obra teatral en que el espectador se pierde en el juego de lealtades y traiciones mientras los crímenes se acumulan en el escenario.
Tampoco el asunto se reduce al anonimato, sino a un formar parte del gobierno y actuar a veces en su contra —no importa si declarando las mejores intenciones—, lo cual alimenta la inestabilidad. El autoritarismo sabe acallar las voces de manera efectiva, recurriendo simplemente al cansancio o la inercia. Un movimiento silencioso de oposición taimada puede limitarlo, pero no contribuye a su aniquilación.
En un momento en que el periodismo atraviesa por nuevos retos y limitaciones, es importante no dejar a un lado los puntos cardinales por los que se ha regido en tiempos mejores —para la sociedad y el oficio—, a la hora de ejercer y determinar su función: la prensa debe combatir la paranoia, no alimentarla. Con la publicación de este artículo anónimo, The New York Times ha confundido, o invertido, su papel.

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