lunes, 29 de octubre de 2018

La Escuela de Chicago y el autoritarismo


El pecado original de las teorías económicas ultraliberales es que requieren de iguales circunstancias que las fracasadas ideas comunistas: la necesidad de un Estado autoritario o una simple dictadura para imponerse
“¿Por qué la Escuela de Chicago y sus teorías económicas ultraliberales abonan mejor en las dictaduras y en los modelos autoritarios que en las democracias consolidadas?”, se pregunta Joaquín Estefanía en una columna de opinión en El País.
“Posiblemente porque para ser puestas en práctica, se necesita que las resistencias ciudadanas ante la desigualdad que generan no tengan cauces fuertes para manifestarse en el seno de la sociedad civil. Es por ello que los laboratorios más puros de los Chicago boys se han instalado en las dictaduras militares del Cono Sur latinoamericano de los años setenta del siglo XX, en la Turquía militar del pasado, y, posiblemente, tendrán otra oportunidad en el Brasil de hoy si el ultraderechista Bolsonaro gana las elecciones”, es su respuesta.
Jair Bolsonaro se impuso en la urnas brasileñas y Paulo Guedes ocupará la dirección del gran superministerio económico en Brasil, señalando una vez más ese “extraño maridaje” entre un ultraderechista nostálgico de la dictadura brasileña y un banquero ultraliberal de 69 años, que ha prometido emprender una política de privatizaciones a ultranza del sector público empresarial (petróleo, electricidad, correos…), una reforma fiscal que reduciría los impuestos a los más privilegiados bajo el reclamo de que son los que más invierten y la sustitución del sistema de pensiones de reparto por otro de capitalización, siguiendo la estela de lo que se hizo en el Chile de Pinochet.
El autor de la reforma chilena de las pensiones, José Piñera, es hermano de Sebastián Piñera, actual presidente del país, que recientemente declaró en España que la música del programa económico de Bolsonaro le sonaba bien. 
Sin embargo, y curiosamente junto con la victoria de Bolsonaro, un cable de la AFP indica que Piñera emprenderá en Chile una reforma del sistema de pensiones de la época pinochetista.
El presidente chileno Piñera anunció el domingo que enviará al Congreso un proyecto para reformar el criticado sistema privado de pensiones que exigirá de forma gradual un aporte de 4% al empleador, hasta ahora excluido de la fórmula recaudadora.
El derechista cumple así con su promesa de reformar el sistema de pensiones instaurado por la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) y diseñado por su hermano, José, al que solo contribuye con un 10% el empleado y que en promedio produce rentas en torno a los $400 dólares.
Uno de los pilares de la reforma será “aumentar el ahorro previsional de los trabajadores, mediante el aporte adicional y mensual del 4% del sueldo de cada trabajador, que será financiado por los empleadores”, señaló Piñera en cadena nacional.
El aporte “crecerá en forma gradual, de forma de no afectar nuestra capacidad de crear nuevos y buenos empleos, y en régimen va a significar un aumento del 40% en las pensiones de todos los trabajadores”, agregó el mandatario.
Piñera destacó que el país tiene 2,8 millones de pensionados de los cuales 1,5 millones tienen mensualidades tan bajas que necesitan ayuda del Estado —a través de pensiones básicas y aporte solidario— para sobrevivir.
Por tal motivo, se ampliará gradualmente el aporte estatal del 0,8% actual a un 1,12% del Producto Interior Bruto (PIB), lo que representa un incremento del gasto público cercano a los $1 000 millones.
Así que cabe preguntarse si el banquero brasileño tendrá en consideración el desastre que para los trabajadores chilenos ha significado el sistema de pensiones de la época de Pinochet —que en su momento recibió tantos elogios de los neoliberales que incluso se habló de su puesta en práctica en Estados Unidos, lo que a la largo terminó por perjudicar la imagen política del presidente de entonces en ese país, George W. Bush— o simplemente opte por repetir al pie de la letra el modelo de los Chicago boys.
Pero lo cierto es que —al igual que las fracasas teorías económicas de los regímenes comunistas— el modelo neoliberal, en su forma más pura, requiere de un gobierno autoritario para imponerse a plenitud.
Estefanía en su columna recuerda que Milton Friedman, el padre intelectual de los Chicago boys, visitó a Pinochet en los años más duros de su dictadura, en la mitad de los años setenta, y junto a su mujer, Rose, se hizo fotografías con el militar golpista que fueron publicadas en las primeras páginas de todos los periódicos, y que sirvieron como factor de legitimación. También Friedman fue al frente de la sociedad Mont Pelerin algo así como la Internacional económica ultraliberal, que se reunió en Santiago (otra forma de legitimación). 
En aquella ocasión pasó antes por Lima, donde Mario Vargas Llosa —quien en estos días ha guardado silencio sobre la elección presidencial en Brasil— hizo a Friedman una entrevista en televisión en la que le preguntó si tenía alguna duda moral al observar que sus teorías eran aplicadas generalmente en países con Gobiernos autoritarios: “No”, respondió un Friedman que estaba a punto de recibir el Premio Nobel de Economía, “no me gustan los Gobiernos militares, pero busco el mal menor”.
En El infinito viajar, Claudio Magris recuerda que la concepción radicalmente utilitarista del Gobierno de Margaret Thatcher —otra abandera del neoliberalismo y de la Escuela de Chicago—, que elevó el dinero a único ideal y promovió una transformación social que llevaba a la disolución de todos los valores, especialmente los tradicionales, y cualquier moral austera, terminó encontrando los adversarios más enconados en la Cámara de los Lores. En igual sentido, aunque el actual mandatario estadounidense se cuida mucho de plantearlo abiertamente, el proteccionismo de Donald Trump y su acción económica dista mucho de la época de Donald Trump. Sin embargo, esas contradicciones suelen pasarse por alto, al menos en teoría, suelen pasarse por alto en un gobierno populista, y Brasil no será una excepción en este caso sino todo lo contrario.
Una vieja trama acaba de repetirse en Brasil: aprovecharse de planteamientos con un supuesto fundamento moral y de respeto a los valores tradicionales para llegar al poder y poner en práctica medidas económicas que terminarán por perjudicar a los mismos electores que votaron manipulados por fines doctrinales para elegir un gobierno que extenderá las desigualdades en lugar de disminuirlas.
La fórmula de dictadura política más ultraliberalismo no es nueva. Sus resultados, para la población en general, no para los más favorecidos, también se conocen. En este sentido, puede afirmarse que Brasil retrocede, no avanza. El próximo gobierno de Bolsonaro no inaugurará una era que deje atrás a Lula y Rousseff sino una vuelta a los tiempos de Pinochet en Chile y Videla en Argentina.

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