sábado, 9 de marzo de 2019

Cuba y la doble ciudadanía como rehén


La Constitución cubana recién enmendada acepta la doble ciudadanía, pero más que un paso de avance, el cambio no solo resulta engañoso sino completamente arcaico.
En última instancia, el gobierno cubano sigue sin permitir romper el cordón umbilical a quienes han adquirido una nueva ciudadanía, aunque los reciba como hijos pródigos.
La anterior Constitución de 1976 ya arrastraba definiciones que en la práctica se convertían en acertijos, mientras el régimen se escapaba del texto para forzar la represión.
Los cubanos no podían ser privados de su ciudadanía, salvo por causas legalmente establecidas. Tampoco podían ser privados del derecho a cambiar de esta. Pero al mismo tiempo no se permitía la doble ciudadanía; y en consecuencia, cuando se adquiría una extranjera se perdía la cubana. En esto último seguía la pauta de la Constitución de 1940.
Solo que lo escrito en el papel no se cumplimentaba en el día a día. Mientras que según aquella Constitución los cubanos con otra nacionalidad dejaban de ser “cubanos”, se les exigía dicho pasaporte para entrar al país a quienes habían nacido en la isla pero se habían marchado antes del 1º de enero de 1971. (A los que emigraron hasta diciembre de 1970 se les permite entrar usando el pasaporte de su nacionalidad actual.)
La norma tenía tanto la meta de recaudar dinero como un fin de control político, pero en la práctica era ilegal, ya que el gobierno no cumplía la ley que había creado.
Ahora el texto enmendado o “nueva” Constitución permite la doble ciudadanía. Establece que la adquisición de otra no implica la pérdida de la cubana. Pero —siempre hay un pero con el régimen— aclara que los ciudadanos cubanos, mientras se encuentren en el territorio nacional, se rigen por esa condición, en los términos establecidos en la ley y no pueden hacer uso de otra.
Es decir, se ha corregido una falta de coherencia entre el dictamen legal y la práctica, al tiempo que se mantiene el elemento de control. Cambia la letra, pero no el carácter represivo, al autorizar una ficción de derecho o un derecho ficticio: todos los extranjeros son iguales, menos los que nacieron en el país[1].
El cambio encierra un elemento que debe destacarse.
A la vez que prosigue un objetivo siempre presente en el gobierno de La Habana: la descontextualización de la comunidad de Miami como un exilio político, acepta casi a regañadientes la brecha entre el supuesto ideal nacionalista decimonónico —renacido tras la desaparición de la URSS— y la realidad del país.
Si bien desde el inicio de los “viajes de la comunidad” el régimen permitía el regreso de quienes en una época consideró traidores —vendidos al enemigo y capaces de cambiar al país de origen por un pantalón de marca—, siempre que se mostraran “respetuosos”, fue la española “Ley de Nietos” la que terminó por dejar bien a las claras los límites del patriotismo cubano.
Cuando decenas de miles de cubanos se hicieron ciudadanos españoles, demostraron su rechazo a la situación en que había caído su país de origen. Una actitud en que les precedieron los exiliados en Miami. En última instancia, dejaron a las claras que, para ellos, la Cuba que conocían  no valía una peseta.
Así que ahora la admisión de la doble ciudadanía para los cubanos les reconoce el deseo de ser extranjeros, solo que no pueden ejercerlo en el país de nacimiento.
Continúa vigente el concepto medieval del terruño y el origen, algo que no solo es obsoleto desde hace mucho tiempo, sino que obliga a quienes se someten a ello a portarse como ingratos hacia el país que los acogió. Al entrar bajo esas condiciones, tiran al cesto de la basura la ciudadanía adquirida, y no solo se desprecia a la nación, el gobierno y la población de su nuevo sitio de residenciasino que renuncian a los derechos que recobraron al abandonar Cuba.


[1]El cambio constitucional permitiría, en un futuro, que cualquier ciudadano estadounidense de origen cubano pudiera entrar a la isla con el pasaporte de su nacionalidad adquirida; siempre que el mismo indique el lugar de nacimiento, como es habitual. De esta manera, el requisito del pasaporte cubano queda ahora limitado a su papel de recaudador económico, por su alto costo, ya que la Constitución ha convertido en ley la diferenciación en las nacionalidades. Nada indica que en un futuro cercano ocurra dicha alternativa, por lo que he preferido considerarla una nota al pie de página.

viernes, 1 de marzo de 2019

¿Y Venezuela ahora?

Tras el fracaso en Hanói, ¿qué le queda al presidente Donald Trump para tratar de imponer su imagen de “resolvedor” de entuertos internacionales? Hay por ahí un país latinoamericano con grandes problemas. ¿Dedicarle más tiempo a ese asunto, perfilar una actuación más decisiva en ese terreno? Eso podría ser una buena noticia para el senador Marco Rubio y el asesor de Seguridad Nacional John Bolton.
Aunque una buena noticia no elimina dos hechos anteriores: a diferencia de Corea del Norte, Venezuela no se percibe como una amenaza bélica por los estadounidenses y Trump no va a meterse fácilmente en un conflicto armado en un país latinoamericano, que sabe además que le traerá más repudio internacional y dolores de cabeza migratorios (y eso sin contar con la posición que se sabe adoptarán Rusia y China).

jueves, 28 de febrero de 2019

¿Por qué Trump siempre cree a los dictadores?


¿A qué obedece esa actitud de Donald Trump, repetida una y otra vez, de creer lo que dicen algunos de los peores autócratas de nuestra época?
Se le preguntó a Trump si había confrontado a Kim Jong-un sobre el maltrato y la consecuente muerte del estadounidense Otto Warmbier, y la respuesta del presidente de Estados Unidos fue que el dictador norcoreano le dijo que él no había tenido conocimiento de lo que pasaba cuando ocurrieron los hechos.
De nuevo se escuchó un patrón de respuesta conocido, al que los gobernantes de los regímenes de Rusia y ahora Corea del Norte, o el reinado de Arabia Saudí, acuden siempre —con desfachatez e impudicia— cuando se les preguntan por crímenes horrendos. Y el presidente de EEUU siempre admite esas respuestas: ellos dicen que no saben nada, que no supieron nada, y Trump lo acepta; les cree y los apoya. Aunque en el caso de Kim Jong-un fue más lejos.
“Le hablé sobre ello y no creo que él hubiera permitido que algo así pasara”, dijo Trump, que agregó que él creía en “la palabra” de Kim.
Aceptar “la palabra” del gobernante norcoreano es una muestra de cinismo, pero considerar a este incapaz de un crimen de esa naturaleza —con el conocido historial de Kim Jong-un— es una infamia.
Durante la conferencia de prensa del jueves en Hanói, tras conocerse el fracaso de las negociaciones, el presidente Trump especificó que la falta de un acuerdo se debió a que Corea del Norte quería una retirada total de las sanciones antes de dar cualquier paso hacia la desnuclearización.
Trump dijo que ello era inaceptable. 
En su lugar, debió haber dicho la verdad: que él no podía hacerlo.
Las sanciones aprobadas por el Congreso de EEUU en 2017 —ya con Trump en la Casa Blanca— no pueden ser levantadas por el presidente sino con la aprobación de los congresistas. En esas sanciones se incluye el tema de los derechos humanos.
Ese tema, que Trump viene ignorando desde que inició el acercamiento personal con KIm, ahora —sin mencionarlo— ha resultado decisivo.
Es posible que Trump —de haber podido— habría cedido en un levantamiento parcial de sanciones, a fin de obtener un documento firmado; aunque este se limitara a una moratoria en las pruebas nucleares. De hecho Corea del Norte no ha realizado más ensayos de este tipo y el presidente Trump dice que Kim se comprometió a no realizarlos. Pero un acuerdo firmado no es igual a lo dicho por Trump; aunque los acuerdos firmados también se rompen por gente como Kim Jong-un y Vladimir Putin.
Sin embargo, Trump no podía prometerle a Kim levantamiento alguno de sanciones —parcial o completo—, porque sabía que el Congreso se lo echaría abajo bajo las condiciones actuales de Corea del Norte.
En última instancia Kim Jong-un se comportó como se espera de alguien que llega a negociar tras un largo viaje en su propio tren blindado —nostalgia evidente de la época “gloriosa” del comunismo y simbolismo a propósito de dejar bien claro el respeto y la fidelidad a sus antepasados—, y puso por delante el recibir antes de otorgar algo a cambio. En ello, no hizo más que recordar a los cubanos los tiempos de Fidel Castro. Igual reproche, entorpecimiento o traba encontró Barack Obama durante su viaje a Cuba: ante todo, el levantamiento del embargo.
Imposible para Kim —pese a su parcial educación en Occidente— comprender que un jefe de Estado de una nación democrática no puede hacer lo que se le antoje. Ejemplos de esa incomprensión autócrata dio Putin durante sus encuentros con presidentes estadounidenses —George W. Bush y Obama— y están documentados. Para la mentalidad de Kim, no le estaba pidiendo a Trump nada que él no fuera capaz de hacer de un plumazo.
Solo que Trump —hasta dónde hubiera sido capaz de transigir es pura especulación partidista— sabía de entrada que no podía ir tan lejos. 
El fracaso de la cumbre es en buena medida un triunfo para la democracia. Lástima que Kim Jong-un no lo entienda. Lo que cabe preguntarse es hasta dónde lo entiende Trump.

martes, 12 de febrero de 2019

Seis minutos, 20 segundos, 17 muertos


El próximo jueves 14 se cumplirá un año de la masacre en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas de Florida. Durante este tiempo, se han multiplicado las protestas, surgió un movimiento, ocurrieron otras masacres e interminables tiroteos, y nada se ha hecho.
La venta de todo tipo de armas de fuego ha continuado inmutable.
Ninguna regulación o ley aprobada.
Siempre presente el peligro de que en cualquier escuela —a los pocos  minutos de terminar el último turno de clases— suene la alarma de incendio y los alumnos salgan a los pasillos; en medio de la confusión crean escuchar el sonido de fuegos artificiales y sean en realidad disparos de un fusil de asalto del tipo AR-15.
Ausencia total de un logro en el campo legislativo.
Hace unos días, la Cámara de Representantes inició —por primera vez en años— audiencias destinadas a frenar el peligro.
La comisión judicial de la Cámara contempla un proyecto de ley bipartidista  que exigiría la verificación de antecedentes en todo tipo de venta y en la mayoría de los traspasos de armamentos (The Bipartisan Background Checks Act). La propuesta cuenta con 230 patrocinadores en la Cámara, de los cuales cinco son republicanos.
“A pesar de la necesidad obvia de ir a la fuente del problema de la violencia con armas de fuego, por mucho tiempo el Congreso no ha hecho virtualmente nada, Pero ahora, iniciamos un nuevo capítulo”, dijo el presidente de la comisión judicial, el demócrata Jerrold Nadler, de acuerdo a la agencia de noticias Reuters.
Por su parte, los legisladores republicanos consideran que la legislación no cumpliría con el objetivo de protección de los delitos con armas de fuego. 
“La mayor crueldad en el mundo es decirle a las personas que van a ayudarlas en su situación con una ley, y entonces tratar de aprobar una legislación que no haría nada para resolver el asunto”, afirmó el representante Doug Collins, el republicano de mayor rango en la comisión judicial, según Reuters. 
La situación con las armas de fuego no se limita a los delitos. De las 40,000 muertes por armas ocurridas en 2017, el 60 por ciento fueron auto infringidas, de acuerdo al Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.
No se espera que el proyecto legislativo de la Cámara logre su aprobación en el Senado, de mayoría republicana.
Hay un aspecto fundamental en que el proyecto en la Cámara merece la mayor atención. Busca una solución que trasciende la línea partidista, intenta un arreglo que coloca a un lado la ideología.
Quienes rechazan la facilidad con que en este país se adquieren armas de fuego, por lo general se enfrentan a tres argumentos en contra.
El primero es que dicha posición es típica de un pensamiento “liberal”, en el sentido izquierdista que se da a dicho concepto en Estados Unidos. El segundo es la necesidad de estar armado con fines de protección personal. El tercero es que se trata de un derecho establecido por la Constitución.
Sin embargo, los primeros que se oponen a dicha facilidad son los cuerpos policiales, que están lejos de poder ser acusados de “liberales”. Las investigaciones muestran que en los hogares en que hay armas aumenta el peligro de que ocurran muertes (The New England Journal of Mediciney el American Journal of Epidemiology, entre otras publicaciones). En ningún momento la Constitución habla de poseer uno de los poderosos fusiles actuales.
Lo que continúa siendo un desatino es que una parte importante de la población de EEUU considere una necesidad primordial el poder comprar un fusil de asalto, no simplemente una escopeta de caza, un revolver o una pistola, al tiempo que existen serias dudas  sobre el grado de responsabilidad que tienen muchos de los que adquieren este tipo de armamento. Y nadie parece capaz de poner freno a esa locura.

miércoles, 6 de febrero de 2019

¿Dónde estaba Trump?


¿Fue realmente el presidente Donald Trump quien habló en el discurso sobre el Estado de la Unión de este año? Nada tiene que ver lo que escuchamos con el estilo y la práctica de su gobierno? Esta táctica no es nueva por otra parte. Ya la vimos en el primero de este tipo que pronunció (que por cierto, no se considera un verdadero “Discurso sobre el Estado de la Unión”,  y por lo tanto este no es su tercero sino su segundo): ofrecer la versión más “presidenciable” posible para un gobernante que se destaca —y eso ha sido en gran medida su carta de triunfo electoral— por ser lo menos convencional posible para el gusto y regusto de sus partidarios.
Por lo demás no existían muchas expectativas y es lógico que así fuera en un evento que es una mezcla de acto de fin de curso y elogio fúnebre. En eso, al menos, Trump nunca se ha diferenciado de quienes lo precedieron en la Casa Blanca.
En un discurso leído, y donde algunos de los puntos más polémicos de su agenda no dejaron de ser mencionados pero tampoco enfatizados, lo que queda son comentarios y análisis para unos cuantos días, justificación de la labor de periodistas y analistas de turno (justificación a la que, por supuesto, no escapa este texto).
Por ello lo mejor es considerarlo como una puesta en escena, donde más allá del énfasis en aspectos emocionales —personas y acontecimientos que encuentran en esta actividad un reconocimiento justo y una valoración apreciable— uno se dedica, gracias a la labor de las cámaras, a percibir gestos y caras. Es esto último lo más llamativo, lo que en última instancia justifica el permanecer ante la pantalla.
Desde el punto de vista visual, hasta cierto punto las legisladoras demócratas vestidas de blanco lograron un contrapunto visual del espectáculo. Utilizaron un recurso vulgar, pero siempre efectivo. No se robaron el show, pero impusieron su presencia.
Pese al énfasis casi coreográfico de la Casa Blanca, por brindar una exhibición sin fallas, que el actor principal (Trump) cumplió con destreza, fue inevitable la demostración de una nación dividida. Aunque el mandatario dedicó la mayor parte del tiempo a destacar aspectos que pudieran contener un terreno común para republicanos y demócratas, en cuanto surgía una cuestión en disputa saltaban las diferencias, la polarización y hasta el enfado.
Como buen maestro de ceremonias, Trump hizo gala en enfatizar los logros económicos —algunos reales, otros atribuidos, otros valorados en exceso— que caracterizan la pujanza económica actual de Estados Unidos. Negarle estos resultados a su administración es tan mezquino como pasar por alto que muchas de esas cifras macroeconómicas no son más que un reflejo de una situación económica actual que nada indica será permanente (no lo ha sido nunca, ni con gobiernos republicanos ni demócratas, y pretender lo contrario es caer una falacia cercana a cualquier retórica triunfalista, como la comunista). En este sentido, el talón de Aquiles de su discurso es la omisión absoluta del tema de la educación. Más allá de las referencias a un planeado reinicio de los viajes espaciales con naves estadounidenses, los supuestos fondos para la lucha contra el cáncer infantil y el plan para la erradicación del virus HIV dentro de diez años, ni una palabra respecto a las universidades, la facilitación de recursos para el aprendizaje de las capas poblacionales con menos recursos y la mejora de los planes de estudio. Los jóvenes y su futuro quedaron fuera de las palabras de Trump.
En el terreno de las relaciones internacionales, nada nuevo. Respecto a Venezuela, el mandatario no fue más allá del ya sabido reconocimiento al líder opositor venezolano Juan Guaidó (lo siento por sus partidarios de la llamada “línea dura” del exilio cubano: Cuba tampoco estuvo presente en el discurso). Esta noche, al menos, Nicolás Maduro puede dormir más tranquilo.
En esta ocasión Trump, al dirigirse a ambas cámaras, con una en abierta oposición, no se limitó a un burdo acto de campaña, y es una buena noticia. La mala, que en muchos momentos sus palabras no fueron más allá de un mitin electoral glorificado.
Como ocurrió en su discurso de 2017, el punto de diferencia lo establece el predominio de promesas y buenas intenciones sobre el anuncio de fórmulas concretas, la ausencia de una mayor profundización o la falta de detalles.
Pero en ello el actual mandatario no se ha apartado demasiado a lo realizado por algunos de los que lo precedieron en el cargo, así que tiene a su favor una realidad más o menos aplastante: lo que debía ser un planteamiento realista sobre las condiciones del país y los planes para avanzar en la solución de los problemas nunca se ha librado del pecado de no ir más allá, casi siempre, de una declaración partidista.
Como en los otros dos (tres) discursos de este tipo que le antecedieron, Trump volvió a adoptar su cara más “presidencial” y pragmática. Fue un discurso bien escrito y bien leído, marcado por un tono positivo y sin estridencias —algo a esperar en un público y lugar que no busca aunque no siempre evita la algarabía—, pero ello ya se esperaba.
El problema actual con la administración de Trump, es que ya no despierta interrogantes —aunque sí algarabía con los tuits del mandatario— y se conoce desde hace tiempo que su labor presidencial está enfocada en su agenda ideológica y dirigida por su afán de reelección. Y ello no lo cambia discurso alguno, más allá de la pompa y el espectáculo.

jueves, 24 de enero de 2019

Miami y la olla


Pocos recuerdan al escritor inglés y líder sionista Israel Zangwill, salvo por el tema de una de sus obras de teatro, The Melting Pot
Para Zangwill, a principios del siglo pasado Estados Unidos era el crisol donde los inmigrantes de todas las naciones venían a fundirse. Pero si hubiera imaginado que varias décadas después casi dos millones de cubanos se iban a establecer en este país, habría cargado con su caldero para otra parte.
Las naciones y razas que se mencionan en The Melting Potproceden de Europa; los asiáticos, negros, caribeños y latinoamericanos quedan fuera de la definición, como los mexicanos en el recuento de los 21 asesinatos de Billy The Kid.
Cuando en 1959 se inició la diáspora cubana, los primeros en llegar no pensaban como Zangwill ni tenían el menor interés de fundirse en el pot. Creían que su permanencia en este país sería breve. Pronto los acontecimientos les hicieron modificar ese punto de vista, pero ello no evitó el surgimiento de una leyenda, donde Miami pasó de ser un sitio de veraneo a una ciudad moderna, al tiempo que se transformaba en la “capital del exilio”.
Esta dualidad ha definido la vida en la ciudad por casi seis décadas, a través de cambios donde la beligerancia ha adoptado diversas formas, aunque siempre con un éxito limitado.
El exilio cubano ha logrado una transformación que le permitió darle la vuelta a la olla sin caer en ella: los cubanos se han convertido en una minoría influyente en la política exterior estadounidense mediante los mecanismos de la política nacional: cabildeo, poder electoral y presencia en el Congreso.
Nunca Miami ha resultado un fenómeno fácil de asimilar por el resto del país. Primero fueron las luchas intestinas de los grupos de exiliados, los ajustes de cuenta y los atentados dinamiteros. Luego la convulsión creada por las diferentes avalanchas de refugiados.
A los intentos de considerarla una ciudad tropical, una especie de avanzada de la civilización, donde existen oportunidades de hacer negocios y disfrutar de una vacaciones placenteras, se han opuesto siempre aspectos más sombríos: corrupción política, años de elevadas tasas de criminalidad y una intransigencia en cuestiones que van de lo banal a lo esencial, pero que siempre resulta incomprensible para los otros.
La realidad es que durante décadas el exiliado demostró una enorme capacidad para desenvolverse y triunfar en el trabajo, aunque su vida, su memoria y su futuro giraban sobre un círculo de esperanzas nunca realizadas: vivía guiado por la ilusión de un futuro improbable y de un pasado espurio. Hoy, tras la llegada en los últimos años de cubanos, que practican un desarraigo irregular de llega y va, ha diluido esta dualidad.
Así nació el estereotipo, bajo el cual se le percibía como un ser que se negaba a ser catalogado como inmigrante, y reclamaba siempre el título de exiliado, pero acosado por las contradicciones o las disyuntivas entre ambos modelos de conducta, aunque ello a veces parecía no preocuparle: actuaba como si tuviera múltiples personalidades: la publicidad y la propaganda se mezclaban indisolubles en su vida; la arenga y la discusión política con la tarjeta de negocios y el comercial oportuno; la oportuna presencia a los actos políticos y estar pendiente de las noticias, pero sin despegar el ojo de la caja contadora.
Aunque en la mayoría de los casos era solo un cubano: un ciudadano que vivía una vida extraña en una ciudad conocida, la única donde su desarraigo se hacía más llevadero; no pertenecía por completo a Estados Unidos ni a la Cuba de los hermanos Castro. Para él, la patria era solo una realidad emocional, producto de la fantasía y la nostalgia. Por ello se jugaba su última carta a Miami, donde creía poder conservar su identidad.
Quienes llevan varias décadas de vida en el exilio por lo general transitaron diversos momentos en que estuvo vigente no solo la ilusión del regreso sino la alternativa entre una Cuba establecida bajo el régimen castrista y otra anterior al 1º de enero de 1959. 
Desde hace varios años esta dicotomía ha ido perdiendo cada vez más el sentido, no como opción política sino debido a la realidad biológica y fundamentalmente por el sentido de duración, longitud temporal. Aunque no puede decirse que el castrismo constituye un fenómeno de larga duración —longue duréehistórigráfico—, su permanencia estableció nuevos patrones, en los procesos productivos, los fenómenos ideológicos, los límites territoriales y de desarrollo o subdesarrollo dentro de la nación e incluso diversos aspectos geográficos que no podrán alterarse de un día o de un año para otro.
De The Jazz Singer  (1927) a La Bamba(1987), la lección del cine estadounidense siempre es la misma: el triunfo del inmigrante o hijo de inmigrante es mayor a medida que se integra más al país de adopción. Hace años recorrer La Pequeña Habana era visitar las ruinas del primer enclave cubano, donde los nombres de los establecimientos pretendieron perpetuar una ciudad perdida. Ahora las ruinas también han desapareciendo. No son los restos de un fracaso: son las huellas de un triunfo. Los logros de los cubanos, la expansión a toda la ciudad contribuyeron a la pérdida de una identidad con la que se quiso encasillar a todo un pueblo, y que solo representa un estereotipo.
Sobre los cimientos anglos, establecidos por Henry Flagler, Carl Fisher y Julia Tuttle, los cubanos le otorgaron la inicial característica latina a la ciudad, que luego fue expandiéndose y transformándose —convirtiéndose más y más en un ámbito latinoamericano— y ahora alcanza el ámbito internacional al que siempre aspiró.
De Wind Across the Everglades (1958) —esa obra maestra de Nicholas Ray casi olvidada— a las diversas películas que años atrás se filmaron o tuvieron por escenario a Miami, la ciudad se ha representado como un centro de vanidad, corrupción y delito en que el heroísmo y el amor luchaban por abrirse paso.
La disyuntiva entre asimilación e identidad (o estereotipo de la identidad) es fue el tema de la película que mejor aborda el drama del exiliado en Estados Unidos, El super(1979), donde el cubano enajenado, al borde de la locura y el suicidio, coloca su esperanza final en Miami.
¿Un salto al vacío? Si bien es cierto que en sus elementos más visibles y superficiales, restaurantes, “botánicas”, una sola que sobrevive de las tres emisoras de radio que durante una época dominaron el espacio radial, Miami conserva una fuerte identidad cubana tradicional, en cuanto a la composición poblacional la va perdiendo.
Surge de nuevo el ejemplo del cubano medio llegado a los comienzos del éxodo, que ha permanecido por décadas en Miami, que ha desarrollado en ella una gran parte de su vida y criado a sus hijos. No es solo una forma de comportarse, es sobre todo un trauma emocional. Aunque con el tiempo haya disminuido su participación activa en las luchas locales, en sus sentimientos se mantiene detenido en la llegada. Este cubano aún es el predominante como estereotipo adoptado por otras nacionalidades y grupos étnicos, entre ellos los anglos y negros.
Para este cubano exiliado, los sentimientos de fidelidad hacia un país u otro no parecen preocuparle: tiene dos patrias, pero no son una las dos. Como definición legal y práctica ha adoptado la ciudadanía estadounidense (por su renuencia a viajar al extranjero con un pasaporte emitido por el régimen castrista, debido también a que la misma en ocasiones le facilita oportunidades económicas y beneficios sociales, o por simpatía hacia Estados Unidos), pero no por ello ha dejado de sentirse cubano.
Asimilación y desarraigo que son dos monstruos con dos cabezas (¿o son uno los dos?).
Por mucho tiempo, el debate sobre el exilio giró sobre conceptos que ya no son suficientes para explicar la diversidad alcanzada durante décadas. No se trata simplemente de si cada vez los miembros de la comunidad cubana se comportan más como inmigrantes y no como exiliados o de si los conceptos de patria, bandera e himno nacional —por citar los más obvios y también los más esquemáticos— son mejor reverenciados por los que llegaron primero.
Admitir la diversidad —la existencia de diversos códigos de valores en individuos y grupos que han tenido un distinto desarrollo— no es una concesión: es la única forma de supervivencia. Solo en Miami, el último enclave. La ciudad del pasado y del futuro. Un lugar único en Estados Unidos.

martes, 22 de enero de 2019

El «palo periodístico», la precisión y las falsas ilusiones


Las discusiones, respuestas, contra respuestas, comentarios y tuits que durante todo el vienes 18 de enero causó el reportaje de Jason Leopold y Anthony Cormier aparecido enBuzzFeed, responden a una característica —problemática por lo demás— de la prensa actual: las noticias, informaciones, reportajes tienen que salir lo más rápido posible.
Dar el “palo periodístico” es no solo esencial —siempre lo ha sido— sino más urgente que nunca. Y cuando se trata de un asunto extremadamente complejo, la precisión se sacrifica a veces.
El alboroto surge por una cuestión muy puntual. Según el reportaje de BuzzFeed, aparecido a últimas horas del jueves,  el presidente Donald Trump  había “instruido personalmente” a su entonces abogado Michael Cohen para que mintiera al Congreso sobre la construcción de una Trump Tower en Moscú.
Según BuzzFeed, las fuentes en que se fundamentaba la información fueron dos funcionarios federales, participantes en una investigación relacionada con Cohen y que pidieron el anonimato. También se señala que el fiscal especial Robert S. Mueller había conocido de las instrucciones de Trump a Cohen “a través de entrevistas con múltiples testigos de la Organización Trump y correos electrónicos internos de la empresa, mensajes de texto y la captura de otros documentos", además de las entrevistas de Cohen con la oficina de Mueller.
De ser cierta la información, posiblemente el Presidente había cometido un delito federal, existía una causa para someterlo a un juicio político y finalmente había una prueba convincente.
El revuelo era justificado, y aunque en diversos programas de televisión se específico el “si era cierta la información” y los expertos partían de esa premisa en sus comentarios, la mayor parte del tiempo se dedicaba al procedimiento, las sospechas que a partir de la “aclaración necesaria” se daban por ciertas y el escándalo. En muchos, el deseo se impuso a la certeza.
Entonces surgió un inusual comentario de la oficina de Mueller: “La descripción de BuzzFeedde declaraciones específicas a la oficina del fiscal especial y la caracterización de los documentos y testimonios obtenidos por esta oficina, con respecto al testimonio ante el Congreso de Michael Cohen no son exactos”.
La ola se alborotó nuevamente, solo que ahora en sentido contrario: todo era una patraña y quedaba claro que las “Fake News” fracasaban de nuevo. Ya no era solo que Cohen era un mentiroso probado, como los defensores de Trump, venían reclamando desde horas de la mañana, sino que la prensa lo era igualmente. El propio presidente tuiteó: “Un día muy triste para el periodismo, pero grande para nuestro país”.
En primer lugar, hay que dejar a Cohen fuera en esta ocasión, como facilitador de la noticia. Ni él había sido fuente de la información, ni ofrecido declaraciones al respecto. Su abogado, Lanny Davis, dijo a Politicoque su cliente no había participado en el reportaje de BuzzFeed,sin entrar en mayores detalles.
La oficina de Mueller señaló la inexactitud en la descripción de “declaraciones específicas a la oficina del fiscal especial y la caracterización de los documentos y testimonios obtenidos por esta”. No dijo que toda la información fuera falsa.
Durante todo el tiempo que lleva la investigación. Mueller no ha permitido filtración alguna. Era lógico que ahora respondiera a una información de prensa que, de una forma o de otra, puede verse como una interferencia a su trabajo; una potencial alteración de su marcha y un anticiparse a conclusiones que al parecer no han sido completamente establecidas o descartadas.
BuzzFeed, por su parte, se mantiene firme en lo publicado y las fuentes utilizadas, y ha pedido a la oficina del fiscal federal que aclare lo que disputa al afirmar que la parte del reportaje que se refiere a dicha oficina carece de precisión.
Al parecer, la filtración no procede de la oficina del fiscal federal sino de otras instancias que también han estado investigando a Cohen. El exfiscal federal Randall Eliason, en la actualidad profesor de derecho en la Universidad George Washington, dijo a Politicoque se trataba de agentes del FBI que trabajaban en el Distrito Sur de Nueva York en el caso contra Cohen. 
De acuerdo a Eliason, los agentes del FBI “podrían conocer acerca de todos los asuntos de Cohen, incluidos materiales obtenidos mediante las órdenes de registro en su casa y oficina, los cuales pueden constituir un conjunto de pruebas en apoyo”.
De ser correcta esta especulación, la cuestión en disputa en la información de BuzzFeedsería entre lo que al parecer ha concluido el Distrito Sur de Nueva York sobre la conducta de Cohen y una valoración que posiblemente se ha excedido en sus conclusiones sobre lo que piensa o ha determinado el equipo de Mueller.
En cualquier caso, hasta el momento hay indicios que apuntan hacia que la información deBuzzFeedno es del todo correcta, carece de precisión en un aspecto determinado y que contiene valoraciones o conclusiones aceleradas.
A esto último apunta también algunos antecedentes en la labor de uno de los reporteros, Jason Leopold. En 2002Salonno publicó un trabajo de Leopold porque contenía imprecisiones y tergiversaciones. En 2006, Leopold escribió en Truthout.orgque el encausamiento de Karl Rove en el caso de Valerie Plame era “inminente”. Ello nunca ocurrió.
Aunque el historial y trabajo de un reportero necesariamente afecta el valor de una información, no por ello resuelve por completo una situación en donde hay demasiadas causas, razones y evidencias en juego.
Cohen ya ha sido condenado por mentir al Congreso. Hasta ahora se mantiene en pie la duda de la participación de Trump en dicha mentira. Si ello cae dentro de los privilegios de secreto profesional dentro de la relación de abogado y cliente; si se trata solo de una cuestión menor dentro de un posible acuerdo empresarial que no fue a ninguna parte; si es solo un detalle dentro de largas horas de testimonio de Cohen en el Congreso o las múltiples conversaciones del Presidente y su exabogado es, en buena medida, una cuestión abierta a variadas interpretaciones, donde cada cual arrima la brasa a su sartén político o ideológico. La verdad hasta hoy es que no acaba de aparecer la famosa “pistola humeante”, la prueba irrefutable del delito. Esa “pistola” no suele encontrarse fácil en procesos tan complejos y a un nivel tan elevado de gobierno en una sociedad democrática.
Lo que continúa ocurriendo en la administración de Trump es una lucha, por momentos feroz, entre quienes buscan causas legales para sacarlo del poder y quienes lo defienden a cualquier precio. La distancia entre juicio a secas y juicio político sigue siendo amplia. Y para el segundo, quienes consideran que el mandatario debe abandonar la Casa Blanca no cuentan con el apoyo (los votos) suficientes.
En este sentido resulta cada vez más importante el papel de Rudy Giuliani, el actual abogado de Trump cuya labor no es diseñar una posible estrategia de defensa en las cortes, sino mantener y ampliar una defensa política el mandatario en la prensa; que brinde argumentos, respuestas y apoyo emocional a los partidarios y esa base de votantes cuya fidelidad hasta hoy en inconmovible.
Giuliani dijo el domingo, durante una entrevista en Meet the Press, de la NBC, que las discusiones sobre la construcción de una Trump Tower en Moscú posiblemente se extendieron hasta “tan lejos como octubre, noviembre” de 2016. Es decir, Cohen fue declarado culpable de mentir sobre las fechas al Congreso, cuando primero dijo que las negociaciones habían concluido en enero de 2016, y en su rectificación el exabogado afirmó que en realidad el asunto estuvo tratándose hasta junio de ese año. Pero ahora Giuliani alarga más la fecha, casi hasta finales de ese año. Y, por supuesto, lo hace con la conformidad, o según instrucciones de Trump. Giuliani también buscó reducir la importancia de las mismas, reduciéndolas a nivel de una simple propuesta y con poca participación de Trump en ellas. 
Trump afirmó el 29 de noviembre de 2018, según Politico: “Teníamos una disposición para posiblemente hacer un trato para construir un edificio de algún tipo en Moscú. Decidí no hacerlo. La razón principal —podría haber habido otras razones. Pero la razón principal, fue muy simple: estaba concentrado en postularme para presidente”.
Aunque no es que ahora Giuliani contradiga a Trump, sino que Trump usa a Giuliani para contradecirse él mismo[1]. Es esa actitud tan frecuente en el mundo de los negocios y de la farándula la que Trump ha llevado a la presidencia de Estados Unidos.
Dicha actitud facilita y dificulta al mismo tiempo la labor de cualquier periodista. Pero quién ha dicho que el trabajo del periodista es siempre una ocupación fácil.
En lo que respecta a la prensa, aunque periodistas y abogados muchas veces comparten áreas de trabajo, no solo sus funciones son diversas sino el lenguaje también. Mientras uno se mueve entre la precisión, ambigüedad y el silencio —y de su múltiple empleo en los tribunales depende muchas veces su éxito—, el comunicador aspira a llegar a la mayor audiencia posible, y para ello siempre conspira, a su favor y en su contra, la prontitud y el bosquejo.



[1]En formular declaraciones “explosivas”, Giualiani ha alcanzado un dominio absoluto del procedimiento. Días atrás había dicho a Chris Cuomo en CNN que pudo haber existido confabulación con Rusia por parte de la campaña de Trump, pero que ello no implicaba al Presidente. Tras las declaraciones del domingo, el lunes expresó que había hablado “hipotéticamente” al referirse a las fechas.

miércoles, 16 de enero de 2019

Las culpas de Benes


Bernardo Benes fue  “culpable” de contribuir a la liberación de 3.600 presos políticos en Cuba, intentar un entendimiento entre Washington y La Habana, cooperar decisivamente a un cambio en el perfil de la comunidad exiliada en Miami y desarrollar la creación de diversas instituciones —algunas con mejor suerte que otras— de ayuda y entendimiento entre cubanos, estadounidenses, latinoamericanos, judíos y cristianos. Por esos “delitos” sufrió humillaciones, ostracismo y ataques de diversa naturaleza. Nadie ejemplificó mejor que él una importante época en Miami. Fue historia, política y humanismo. No se puede hablar de lo mejor y lo peor del exilio histórico sin mencionarlo.
El hombre que llegó a Miami en 1960 y se convirtió en un empresario de éxito e importante líder comunitario y político —al punto de estar considerado “entre los nombres más importantes en los medios empresariales de Miami” y ser llamado “el Henry Kissinger cubano”— fue posteriormente insultado y convertido en un apestado. Que hubiera coadyuvado a la liberación de tantos presos políticos no fue tan importante como el hecho de reunirse con Fidel Castro. Por muchos años la palabra “diálogo” inspiró temor y ser catalogado de “dialoguero” se convirtió en un insulto en el sur de Florida.
Benes contó su historia en un libro, Misiones Secretas a Cuba—de Robert M. Levine y el propio Benes—, que primero salió en inglés y luego en español. El libro resume su versión de lo ocurrido y es una mezcla de saga familiar e historia, y no pretende ser análisis sino testimonio.
Parte de la tenacidad de Benes —su enfrentamiento por momentos sosegado y otros dinámico— frente a las adversidades siempre tuvo una explicación familiar.
Nacido en Cuba a la sombra de un padre taciturno que perdió a su familia en el Holocausto, se enfrentó a la dictadura de Fulgencio Batista y luego al régimen de Castro, para conocer el dolor del exilio en su expresión más depurada. Quien se graduó de derecho a los 21 años, prefirió contribuir a una mayor justicia social antes que dedicarse exclusivamente a ganar dinero.
Fue este ideal, que primero persiguió en Cuba, el que trajo Benes al exilio. En octubre de 1966, la revista Fortunepublicó: “Bernardo Benes es un joven incansable y enérgico de 31 años que, en su breve carrera, ya ha conseguido contribuir al derrocamiento de Batista, fungir como asesor legal del Ministerio de Hacienda de Castro y, en nueve meses, llegar de empleado en una máquina ponchadora a vicepresidente del Banco de Ahorros y Préstamos de Miami”.
Le hubiera sido muy fácil proseguir esa vía exitosa, pero nunca estuvo entre sus objetivos el limitarse al enriquecimiento. Misiones Secretas a Cubacuenta que en 1962 Benes ayudó a “obtener el financiamiento para el hospital Pan American con la ayuda de un grupo de 22 médicos cubanos y sus esposas, encabezados por Modesto Mora”. El Pan American fue el primer hospital en el sur de la Florida concebido para atender a la comunidad cubana. Oficialmente, se suponía que los médicos, las enfermeras y todo el personal fuera bilingüe, pero desde el principio se impuso el español y el hospital formó parte importante de un conjunto de instituciones que creció rápidamente y se convirtió en la red encargada de satisfacer las necesidades de los inmigrantes.
“Bernardo hizo de todo en la comunidad hispana”, dijo Monseñor Bryan D. Walsh, quien fuera responsable de los servicios sociales católicos de Miami durante más de 40 años, en un reportaje de Meg Laughlin publicado en The Miami Heralden 1994. “Fue uno de los primeros en darles la bienvenida a los hispanos, y también en darles una voz”.
En la década de 1970, Benes fue director de un programa de préstamos para viviendas en América Central, del Sur y el Caribe que logró que millones de personas consiguieran casas. Fue presidente del consejo de salud que creó el fideicomiso de Salud Pública, una junta de 15 líderes cívicos que transformó el Hospital Jackson de ser uno de los hospitales peor administrados del país a situarlo entre los 25 mejores. Inició la rama hispana de Big Brothers and Big Sisters of America, especializándose en mentores para niños refugiados recién llegados y comenzó un programa que ofrecía a las familias de Liberty City casas con pagos accesibles a cambio de su ayuda para construirlas, de acuerdo al reportaje de Laughlin.
La “mala fortuna” de Benes en Miami comenzó cuando fue nombrado coordinador latino de la campaña presidencial de Jimmy Carter en la Florida. Su actuación pública como promotor y recaudador de fondos para un candidato que los cubanos consideraban excesivamente liberal despertó el resentimiento de muchos exiliados. A su vez algunos dirigentes demócratas nacionales desconfiaban de los demócratas floridanos. Sospechaban que no compartían los objetivos del partido nacional: muchos eran, en las palabras de Claude Pepper, racistas y “republicanos sureños disfrazados”, de acuerdo a Misiones Secretas.
La historia de los encuentros de Benes y Castro, así como las negociaciones que condujeron a la liberación de los presos y las diversas etapas del “Diálogo” aparecen narradas en el libro. No es la única versión de lo ocurrido. Hay otros documentos y diversas interpretaciones de los hechos. Pero si bien puede afirmarse que Misiones Secretasno es una obra única, también hay que decir que resulta imprescindible para conocer el proceso.
De su participación en las negociaciones en La Habana puede afirmarse que no cometió falta alguna en sus principios, y si hizo más de un juicio erróneo, fue en gran parte a causa de una cuestión de inocencia. La única culpa que se le puede achacar es la de no haber sido un buen conspirador. Pero eso solo es un defecto cuando no se aprecia la virtud. Benes fue un hombre honesto que pudo haberse equivocado en algunas ocasiones, pero que actuó siempre con desinterés y dedicación.
Este texto actualiza una columna de opinión publicada el 13 de agosto de 2007 en el Nuevo Herald.

martes, 15 de enero de 2019

La farsa, el engaño y la espera


Era para saltar ante la pantalla del televisor. Al presidente de Estados Unidos una reportera le pregunta, de forma directa, si él había sido un agente ruso.
“No solo no trabajé para Rusia, sino que creo que es una vergüenza que incluso hayas hecho esa pregunta, porque es un gran fraude”, contestó Donald Trump.
Fraude —en su tercera acepción en español (delito que comete el encargado de vigilar la ejecución de contratos públicos, o de algunos privados, confabulándose con la representación de los intereses opuestos)— es la traducción correcta de “hoax”: engañar a muchos con una estratagema. Pero en inglés es también truco, mistificación, burla. En ese idioma la palabra tiene un sentido teatral, de impostura, que significa a la vez algo falso y absurdo; encierra el fraude y la fabricación.
A Trump le gusta emplearla y —algo poco usual en alguien que lanza vocablos sin detenerse mucho en su significado, tanto como mentiras, verdades a media y citas sin contexto— aquí hay que reconocerle la precisión con que intenta encerrar el asunto. 
“Hoax” tiene mucho que ver con el periodismo sensacionalista, la prensa del corazón, la farándula y hasta el burlesco. Trump no solo busca desmentir sino rebajar de categoría el asunto.
Hasta el lunes 14 de enero su actitud había sido sentirse insultado. En Fox, el domingo, se había negado a precisar su respuesta, con una negación más en actitud y desprecio que en palabras. Pero al parecer un día después se sintió obligado a esta respuesta de sí o no.
No, todavía me resisto a creer que pueda acusarse al presidente de EEUU de haber sido —¿o ser?— un “agente de Rusia”, alguien, para decirlo de la forma más brutal, “a sueldo de Moscú”.
Pero la situación que afronta en estos momentos el Gobierno y el Congreso de EEUU  han hecho posible esta pregunta. No fue una impertinencia, una falta de respeto de la periodista, sino una duda justificada. Increíble, pero motivada.
Surgen entonces los necesarios matices, las circunstancias dadas, los hechos; la distancia que va de un acto criminal a un delito político o una incapacidad de liderazgo. Salen a relucir las afinidades, el propósito de ciertas decisiones y las semejanzas en los actos. Se recuerda, incluso, la frase leninista de los “tontos útiles”.
Y lo que igualmente preocupa ahora no es solo una actitud cuestionable o polémica del mandatario, sino esa complicidad —no imaginable hace apenas unos años— de los legisladores republicanos. 
Porque si por décadas un partido se caracterizó por una verticalidad total ante el “peligro ruso” fue el Partido Republicano. Cierto, la URSS desapareció; también la clásica confrontación ideológica entre capitalismo y comunismo. Pero la bolina subsiste. Rusia sigue empeñada a jugar su papel de gran potencia, no como poderío económico —algo que le resulta imposible— sino mediante sus aspiraciones imperialistas. No es simplemente que Vladimir Putin sea un ex KGB: es que continúa actuando como un KGB.
Quedan entonces los hechos, que han sembrado las dudas.
El Gobierno ruso interfirió en las elecciones de EEUU de 2016, con el fin de que Trump resultara electo. No está claro aún si con la complicidad de la campaña del actual mandatario o con el beneplácito de este, pero de la intervención rusa no tiene duda la comunidad de inteligencia estadounidense.
Este mes se dio a conocer que los fiscales federales han acusado al exjefe de la campaña presidencial de Trump, Paul Manafort, de compartir datos de sondeos políticos de 2016 con un asociado vinculado con la inteligencia rusa. Esta es, hasta el momento, la prueba más directa de un vínculo entre dicha campaña y Rusia, aunque no puede afirmarse que el actual presidente tuviera conocimiento de ello. Por su parte, Trump lo niega.
The New York Times publicó la semana pasada que, tras el despido del director del FBI, James Comey, en 2017, el FBI inició una investigación de contrainteligencia para determinar si Rusia había influido sobre él.
The Washington Post reportó durante el fin de semana que el presidente ocultó los detalles de sus encuentros con Putin, incluso a sus propios funcionarios, llegando incluso en una ocasión a confiscar las notas de sus intérprete.
Trump no ha negado, de forma específica, ambas informaciones, aunque desestimó su importancia.
Quedan las sospechas, las abundantes sospechas, que no acusan pero causan dudas. Y la cuestión principal puede resumirse en una pregunta: ¿son manifestaciones de carácter, demostraciones de un proceder independiente a convicciones establecidas; rasgos de un individualismo feroz que se traduce en un nacionalismo a ultranza; inmadurez o incluso ingenuidad política; coincidencias o muestras de un patrón, un esquema dirigido a un objetivo preciso de subversión: un trastorno del orden establecido que puede resultar peligroso para una nación como Estados Unidos o el mundo en general?
Hechos y sospechas
El mes pasado el Presidente anunció que las tropas estadounidenses abandonarían Siria, algo que los rusos venían reclamando desde hace tiempo.
Luego Trump afirmó que la Unión Soviética tuvo todo su derecho al invadir Afganistán in 1979; algo que no solo contradice el discurso y la práctica política de este país por décadas sino la mentalidad estadounidense alimentada —o manipulada— con recursos que van desde textos de análisis hasta el cine (¿alguien se acuerda de Rambo?).
El Departamento del Tesoro está intentando levantar las sanciones a compañías de  Oleg Deripaska, un oligarca con estrecho lazos con Putin. Esas sanciones fueron impuestas en 2018, como respuesta a la interferencia rusa en las elecciones.
En 2017 Trump compartió información sumamente secreta sobre Israel con el canciller ruso en una reunión en la Oficina Oval, al tiempo que alardeó sobre el despido de Comey como una forma de aliviar la presión en la investigación sobre la posible interferencia rusa en las elecciones.
Hay muchos más detalles, muchos todavía sin determinar, sobre reuniones, vínculos y acercamientos entre figuras cercanas a Trump, o familiares de este, y personeros o potentados rusos.
No se trata aquí de sacar a relucir a Clinton, Obama o cualquier asunto ajeno a la cuestión que debe ser aclarada de una vez por todas: hasta dónde han llegado los vínculos entre Trump y el Gobierno ruso.
Una esperanza
William Barr, nominado por Trump para dirigir el Departamento de Justicia, ha prometido por escrito al Senado permitir la conclusión de la investigación del fiscal especial Robert Mueller.
“Creo que es en el mejor interés de todos —el Presidente, el Congreso, y más importante, el pueblo estadounidense— que este asunto sea resuelto al permitir al fiscal especial terminar su trabajo”, escribió Barr en su declaración inicial, luego leída en la audiencia de confirmación en el Senado.
“El país necesita una resolución creíble de todas estas cuestiones”, agregó.
Ahora solo queda esperar.
Datos para este texto han sido tomados de un editorialde The New York Timesdel 14 de enero de 2019.

viernes, 11 de enero de 2019

Los Balcanes en Washington DC


¿Es esto lo que nos espera por dos años? Al parecer se están cumpliendo los peores pronósticos. El cierre del Gobierno y la bronca —no vale hablar de polémica— por el muro que no es muro y la búsqueda desesperada de fondos para pagar un proyecto sobre el que —con independencia de que uno esté a favor o en contra— ni Trump ni los republicanos han mostrado el mayor interés, no por avanzar sino siquiera poner en marcha, durante dos años de poder casi absoluto, opaca un problema incluso mayor: los legisladores de ambos partidos (los demócratas con particular saña tras una victoria notable pero no suficiente) se empeñan cada vez más no en lograr acuerdos sino en desarrollar una especie de guerra de guerrillas donde lo único que importa es ganar a cualquier precio y estás conmigo o contra mi. De continuar esta tendencia, no solo el bipartidismo característico de esta nación está en peligro sino también el avance mediante un saludable toma y daca, el diálogo y la confrontación dentro del respeto mutuo. A medida que, aparentemente, Estados Unidos (América para los estadounidenses) se encierra en sí misma por voluntad de una Casa Blanca cada vez más opaca, se asemeja más a lo que supuestamente rechaza: esa Europa balcanizada o esa Centroamérica y Suramérica canibalizada. Avanzamos hacia un mundo cada vez más cercano a esa época pre I Guerra Mundial que desde estas costas siempre pareció tan ajeno. Más que lamentable peligroso.

La misma división, igual desengaño


En muchas ocasiones las encuestas son como los informes meteorológicos: pretenden convencernos de que nos dan a conocer un pronóstico, cuando apenas nos dicen algo que distinguimos con solo mirar por la ventana.
Lo que diversos medios de prensa se han empeñado en identificar como un avance del apoyo al embargo en Miami no pasa de un simple malabarismo, en que se escoge la bola que está arriba —abajo o en el aire— solo que con números: la comunidad cubana sigue dividida por las mismas tendencias y fronteras trazadas desde hace años: momento de llegada al sur de Florida, edad, la existencia o no de familiares en la Isla, actitud hacia Cuba del inquilino de turno en la Casa Blanca. 
Como en otras ocasiones, las respuestas al cuestionario permiten el análisis por categorías y uno de los mayores méritos de este sondeo es enfatizar en que la comunidad exiliada no es monolítica. 
Ello de por sí ya resulta mucho más que una característica del lugar —si se quiere ver con ojos anecdóticos—, pero el problema es que demasiadas veces, una y otra tendencia —no importa el signo, a quien favorece o beneficie— se ha tratado de vender a Miami como una roca y no como un espejo.
Como cualquier documento académico, el informe de la encuesta no elude hacer explícitas estas y otras limitaciones a la hora de analizar los resultados, y quizá lo mejor es remitir solo a dicho texto, pero la tentación a especular le resulta más difícil de eludir al periodista que al científico.
El sondeo y el embargo
El último sondeo realizado por la Universidad Internacional de la Florida (FIU) en el condado Miami-Dade muestra que la diferencia actual entre las opiniones a favor o en contra del mantenimiento del embargo no supera el margen de error que especifica el sondeo. 
Según la encuesta telefónica realizada entre 1.001 cubanoamericanos residentes en Miami-Dade, 45 % dijo estar a favor de mantener el embargo, 44 % está en contra y otro 11 % no respondió o no sabe. La encuesta correspondiente a 2018 se realizó después de las elecciones legislativas de noviembre y tiene un margen de error de 3,1 %.
Hay dos datos que vale la pena señalar: un retroceso en el apoyo a eliminar el embargo, que alcanzó una mayoría del 54 % en 2016, y una opinión favorable al restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, que  recibió el apoyo de una amplia mayoría, 63 %.
A través de los diversos datos presentados se hace patente un estancamiento en las opiniones, junto a las limitaciones en la capacidad de influirse mutuamente de cada uno de los estamentos que componen la comunidad cubana exiliada de Miami. 
Si bien, respecto a la política estadounidense, se mantiene la preponderancia en las urnas locales, estatales y nacionales de los criterios imperantes en el grupo primigenio del exilio, no por ello dicho grupo ha logrado imponer sus puntos de vista en cuanto a las relaciones de la comunidad con la Isla.
En líneas generales, el tan conocido poder de influencia del exilio en Washington —reducido ahora en la Cámara de Representantes— no ha bastado para mantener un aislamiento respecto a Cuba sino todo lo contrario: a partir del marco familiar las relaciones familiares en ambas orillas se han extendido a diversas esferas y convertido a la participación económica desde Miami —ya sea mediante ayudas o diversos negocios más o menos públicos— en un elemento clave para el sostenimiento de la población en la Isla.
En líneas generales, quienes arribaron a Estados Unidos después de 1995 favorecen una relación más amplia y relajada con relación a su país de origen, mientras que los que se establecieron antes en el sur de Florida se mantienen firmes en sus posiciones más radicales y conservadoras.
Ello hace que se mantenga vigente y aún insuperable la distancia entre cambios demográficos y políticos, con los cambios demográficos a la saga. Lo que explica que aún la comunidad cubana en el exterior pueda ser catalogada —y lo es desde el punto de vista electoral— como partidaria del embargo estadounidense y favorable al cerco económico al Gobierno cubano.
Aunque lo anterior no impide que continúe vigente la tendencia iniciada desde la administración de George W. Bush, en favor de los viajes a la Isla y el envío de dinero y artículos de consumo.
“Los cubanoamericanos continúan acogiendo y apoyando muchos de los cambios en la política de los Estados Unidos desde diciembre de 2014, como los viajes, el mantenimiento o la expansión de relaciones económicas y la voluntad de permitir que los ciudadanos de los Estados Unidos inviertan en empresas cubanas”, señalan los autores del estudio, los profesores de FIU Guillermo Grenier y Hugh Gladwin, según informa el Nuevo Herald.
Variaciones sobre un mismo tema
En un estudio que se repite periódicamente, vale la pena señalar no solo las fluctuaciones más o menos periódicas, sino las constantes u opiniones permanentes en el sector poblacional entrevistado.
A groso modo, puede decir que las primeras dependen en buena medida de los traspasos de gobierno en EEUU, mientras que las segundas guardan relación con el estancamiento de la situación política y económica en la Isla.
De esta forma, y como se señala en el sitio digital OnCubaNews, la diferencia entre que el 51% de los entrevistado esté a favor del embargo y el 49% en contra no constituye propiamente una novedad,  ya que exceptuando los sondeos realizados en 2008, 2014 y 2016 —cuando la mayoría de los cubanoamericanos favorecieron el levantamiento del embargo—, en los restantes desde el inicio del sondeo (1991) ha imperado el apoyo a la medida.
“Las tres excepciones han coincidido con etapas electorales importantes para los demócratas: la elección y reelección de Obama y el duelo entre Trump y la exsecretaria de Estado, Hillary Clinton”, afirma OnCuba.
La encuesta refleja entonces tanto la decepción de una comunidad exiliada ante la incapacidad o el deseo del Gobierno cubano por aprovechar la apertura creada bajo la administración de Barack Obama, como cierto resurgimiento del entusiasmo entre el llamado “exilio histórico” (cubanos que inmigraron entre 1959 y 1979 ) por el discurso de Donald Trump en el teatro Manuel Artime en La Pequeña Habana, al inicio de su mandato y la firma de un memorando presidencial con nuevas restricciones en los negocios con Cuba. En este grupo, el apoyo al embargo aumentó más de un 10 % en relación con 2016, según el Nuevo Herald, aunque sería mejor hablar del resurgir de una ilusión —con independencia de la posibilidad de concretarse— más que de cambio de actitud.
De igual manera, se evidencia un desencanto sobre las supuestas posibilidades abiertas con el incremento del turismo a la Isla. Aunque la mayoría de los cubanoamericanos (57 %) sigue apoyando la eliminación de las restricciones a los viajes de los estadounidenses a Cuba —principalmente para hacer turismo—, esta aprobación también se erosionó en los últimos dos años. En la encuesta de 2016, 74 % había mostrado apoyo a ese cambio de política, de acuerdo al Nuevo Herald.
Por ello es que, en estos cambios de opinión que al parecer reflejan una trayectoria continua de ilusión y desengaño, una constante es el acuerdo en que el embargo no ha funcionado bien (más del 80 %).
“Es lo único en que no hay matices. De eso no hay duda”, apuntó Grenier, uno de los autores, según OnCuba.
Política de Washington, política de La Habana
Más que un resultado de ciertos cambios de la política de EEUU hacia Cuba, estos retrocesos en las opiniones a favor de una política más conciliadora hacia régimen parecen obedecer a un desencanto acumulado y reforzado por la inercia de La Habana. Ello también contribuye a la demarcación, en dichas opiniones, según la edad y el momento de llegada a EEUU.
Por otra parte, las constantes que se mantienen a través de los diversos sondeos se deben contraponer o complementar con resultados paralelos en otras mediciones del mismo estudio.
Un dato interesante a analizar es que se mantiene la fidelidad a los candidatos republicanos entre los entrevistados que se identifican como electores, aunque no aumenta su número. Así, estos declararon haber votado por Ron DeSantis para gobernador de Florida (70 %) y por Rick Scott para el Senado (69 %); además, cerca del 72 % de dicho grupo votó por el candidato republicano a representante federal en su distrito. 
Aunque ha aumentado el número de votantes que se inscriben sin declarar afiliación partidista (26 %), y el número de electores republicanos cubanoamericanos en Miami-Dade se ha mantenido más o menos estable en los últimos años (alrededor de 55 %, una notable disminución respecto al 70 % de comienzos de la década de 1990), se mantiene esa constancia en las urnas que hace del voto cubanoamericano un factor importante en las elecciones.
Ahora bien, se ha producido un cambio importante.
Según el estudio, cuando un cubano vota por un candidato específico, el tema Cuba se ubica en el último lugar de prioridades de una lista de 10.
“En orden descendente, para el elector cubano los aspectos de mayor relevancia para conformar su intención de voto serían: economía y trabajo, salud, control de armas, inmigración, impuestos, votar por su partido (sin importar prioridades), terrorismo, política internacional, otras prioridades y, por último, la posición del candidato con respecto a Cuba”, informa OnCuba.
Para estos electores, las afinidades ideológicas hacia el republicanismo trascenderían en amplia medida al tema cubano, pero al analizar las diversas categorías de estos votantes, tanto por edad como por origen, la pertenencia al Partido Republicano crece a partir de los 40 años de edad (llegando al 90 % en los cubanos de 76 años o más) y presenta una diferencia notable entre los que adquirieron la ciudadanía y quienes nacieron en EEUU.
Mientras, el voto republicano sigue predominando entre quienes nacieron en Cuba y adquirieron posteriormente la ciudadanía estadounidense —con independencia de la fecha de arribo—, para quienes nacieron en EEUU de padres cubanos se presenta un empate del 50% a la hora de elegir candidatos de ambos partidos.
La nueva encuesta de FIU viene entonces a reafirmar ese juego de espejos entre Cuba y Miami, donde la espera, el cambio y las prioridades transitan una vía en que la familia se impone en el hacer cotidiano; mientras la política —sobre todo en su retórica pero también en su práctica— aún se empecina en viejas rutas.

lunes, 7 de enero de 2019

Entre el dolor y el dólar


¿El dolor del exilio o el dólar del exilio? No se trata de una pregunta retórica ni de un burdo juego de palabras. Durante años, el invocar el dolor del exilio ha sido una especie de varita mágica, que ha puesto límite a las críticas, vanagloriado la censura y justificado los ataques más diversos. Nada más alejado de este comentario que negar que exista un dolor real. Pero, ¿es cierto en todos los que lo invocan? ¿Cuanto de engaño, oportunismo y negocio turbio se esconde tras algunos que lo mencionan a diario? ¿Dónde está el límite, que debía ser claro, entre el sufrimiento y el descaro? Y lo que resulta más importante: ¿Hasta cuándo hay que soportar a los que se consideran abanderados del pasado, mientras se enriquecen en el presente?
Nada en contra de la riqueza. Todo el respeto para el dolor. Pero ahí no termina el asunto. Están los que no se dejan embaucar ni manipular. Entonces comienzan las dificultades para los mercaderes, quienes se aprovechan de los sentimientos de una parte de la comunidad exiliada, con el fin de justificar sus privilegios. Líderes políticos surgidos de la demagogia del momento, que cuando han llegado a un cargo público muchas veces se han visto obligados a la renuncia o han sido puestos tras las rejas por corrupción o robo. Analistas políticos, que en situaciones normales no habrían pasado de ser peleteros de pueblos de provincias —con la desventaja de que al no practicar ese oficio honrado, están también incapacitados para ayudarnos a escoger entre un par de zapatos negros y otro de color marrón. Voces altisonantes, que rechinan en los oídos. Periodistas de un prestigioso estilo vetusto, de esos que aún escriben y declaman sermones altisonantes, como si estuvieran arengando en logias pueblerinas. Oportunistas tras una recompensa fácil. Jóvenes y viejos. Pronosticadores de cualquier índole. Magos y charlatanes.
En todas partes sufrimos el asalto de vocingleros ignorantes, comentaristas superficiales, de todo tipo y sexo, que se creen guardianes de la patria y hablan de un país que apenas conocieron, antes o después de marchar al exilio. Ciudadanos que escriben comentarios por todas partes, cuando no tienen mejor tribuna. Activistas que no pasan de ser aspirantes a guapos de barrios, que presionan a las instituciones para que se inclinen frente a sus intereses. Gritonas que recuerdan a esas mujeres con escapularios que aparecen en los cuentos del escritor mexicano Juan Rulfo. Ignorantes que de pronto se creen con derecho a censurar artículos, opiniones y libros.
No es una lucha entre jóvenes y viejos, sino entre lo viejo y lo nuevo. Pero una y otra vez, quienes se han cuestionado estas prácticas, se han topado con las mismas advertencias e iguales “llamados al orden”: respetar el dolor de la comunidad, no hacerle el juego al enemigo, no convertirse en “tontos útiles”, tener en cuenta los años de lucha y los sacrificios: tomateras, prisiones, fusilamientos, sacrificios. Cada palabra como una losa para sepultar el silencio.
Sin embargo, el respeto a los años de lucha no debe servir de justificación de errores y tampoco de patente de corso para los aprovechados. Ha llegado el momento de poner freno a las invocaciones patrióticas de quienes negocian con el anticastrismo. Es hora de decirles a esos señores que ellos no hablan en nombre de toda la comunidad exiliada, sino de apenas un sector de esta. Basta de farsa y miseria. Los que quieran seguir hablando de juzgar, condenar y dictar pautas en un país que desde hace años desconocen, y al que de momento no tienen la más remota posibilidad de volver salvo como visitantes, pueden hacerlo. Los “profesores” que dictan leyes y establecen tribunales, desde la soledad de un micrófono, pueden seguir practicando su deporte preferido. Pero, por favor, no repitan más que ellos son el símbolo del exilio. Representan, si acaso, a un grupo de recalcitrantes cada vez más aislados.
Durante mucho tiempo, un sector de la comunidad cubana exiliada ha ejercido un oficio lucrativo: disfrutar de todas las ventajas que proporciona el ser ciudadanos de un país poderoso, al tiempo que reivindican para provecho propio las utilidades que les proporciona el considerarse guías ideológicos y políticos de un exilio. ¿A quiénes representan? Sólo a unos pocos. Pero se han apropiado del silencio de otros muchos. Romper ese silencio es necesario.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...