sábado, 18 de mayo de 2019

Y así estamos


Las raíces de la valoración exagerada de lo propio, y la justificación a priori de nuestros defectos, se remontan a la herencia hispana y al surgimiento y desarrollo tardío del capitalismo de libre empresa en los países de habla española, tanto en España como en Latinoamérica.
En lo económico, las consecuencias han sido un proteccionismo, que lejos de proteger la industria local ha impedido su desarrollo; un mercantilismo en que el Estado ha sido al mismo tiempo parásito y protector de una burguesía anquilosada y de una clase comercial atrofiada, que no han podido alcanzar la plenitud por sí mismas.
En lo cultural, la sobrevaloración de nuestra identidad se convirtió en un recurso eficaz en días difíciles, pero también en una limitación a la hora de conocer y analizar nuestras capacidades. El fenómeno no es propio de los cubanos, y se repite en otras etnias y nacionalidades, en donde el temor a una asimilación o sincretismo —que conlleve una disolución paulatina de algunas de sus costumbres o características— los obliga a aferrarse de forma agresiva e hipócrita a moldes superados por el devenir histórico y social.
Pero es en el comportamiento cotidiano donde más tendemos a sublevarnos cada vez que se nos señala un defecto o limitación. Nos negamos a la crítica porque pensamos nos denigra, en lugar de aprender de nuestros defectos. 
Durante muchos años, a todo aquel que se atrevía a formular la más leve crítica en Cuba se lo tildaba de “hipercrítico”. Es curioso el arraigo de ciertas palabras. La mentalidad del militante del partido comunista que imponía su discurso, del profesor de filosofía marxista que propagaba el dogma y del vigilante del Comité de Defensa de la Revolución que espiaba al vecino se extiende más allá de la disidencia y del derrumbe de la sociedad cubana.
Foto: Gran Teatro de La Habana.

jueves, 16 de mayo de 2019

Del mal y varias muertes


Un hombre ha matado y se refugia en un cine. Lo arrestarán poco después. La película que ve por breve tiempo, y que será la última en su vida, es War Is Hell (1963), de una productora y distribuidora independiente, la American International Pictures (AIP). Una de las tantas cintas comerciales de bajo presupuesto (B movie) de la época y Burt Topper, su director y productor —y también guionista— incluso tiene un pequeño papel en ella, como un teniente del ejercito estadounidense.
Hoy la película apenas se recuerda, y si es referencia obligatoria en libros y artículos es por ese espectador y esa fecha: Lee Harvey Oswald y 22 de noviembre de 1963.
Topper fue algo más que el casual director de la película que ese día se proyectaba en el Texas Theatre de Dallas, aunque ni Kael, ni Thomson, ni Farber, ni Sarris, ni Rosenbraum se preocupen por él. Katz, más meticuloso, sí. Pero en su casi asombro por mencionarlo hay más ironía mordaz que labor de enciclopedista.
“Por alguna razón, sus filmes han sido discutidos con alguna profundidad por críticos de la principal revista de cine francesa, Cahiers du Cinéma”, dice Katz, y uno sabe que está más burlándose de los críticos de la Cahiersque justificando a Topper con la mención. Sin embargo, la reticencia no llega a desprecio. Katz mantiene a Topper en las siguientes ediciones de su The Film Encyclopedia.
No es, por otra parte, que Topper dé para mucho. Aunque tras realizar varios proyectos con la AIP desarrolló una carrera como productor independiente, siempre mantuvo sus vínculos con la compañía y lo que es más importante: se mantuvo haciendo productos similares en un cine que recorrió los últimos años de la década de 1950 hasta llegar al final de la de 1970 —atravesando el mundo de la televisión, las grandes superproducciones, Europa y aprovechando crisis, tensiones mundiales y contracultura para justificar un argumento: cintas “de relleno”, películas que no pretendían ser filmes. Si algunas de ellas son hoy “de culto” es por peculiaridades, momentos y circunstancias.
Ello no impide que más de una pueda verse sin pudor ni demasiados reparos, y el mejor ejemplo es The Strangler (1964), con un argumento que busca aprovechar la notoriedad del “estrangulador de Boston” —un asesino en serie de los años 60.
The Stranglerdebe todo a la actuación de Victor Buono, en el papel de reprimido sexual y asesino psicópata, y a Ellen Corby como su madre dominante y enferma cardiaca.
Por su figura corpulenta, Buono —que siempre da la impresión de que uno encuentra de pronto a Oliver Hardy en un argumento equivocado— nació destinado a dos tipos de papeles: cómico o villano. Destacó en el segundo, tanto en cine como en televisión, aunque durante su relativa corta vida (murió en 1982, a los 43 años) grabó varios discos humorísticos y publicó un libro de poesía cómica. Llegó al set de The Stranglertras una nominación al Oscar como actor secundario enWhat Ever Happened to Baby Jane? (1962). En el aspecto sexual fue a un tiempo comedido y osado, como algunos de los personajes que interpretó. Pudoroso en extremo, nunca enfatizó su homosexualismo pero no ocultó el hecho de vivir con su pareja.
Los productores pensaron titular The Strangler como The Boston Strangler, pero luego dejaron la ciudad indeterminada, como si fuera cualquiera de Estados Unidos. Ello permitió que el titulo sirviera aún a la versión de 1968, realizada por Richard Fleischer y protagonizada por Tony Curtis como el estrangulador y Henry Fonda como el principal detective a cargo del caso. 
Ambas películas se apartan de la historia real de los hechos. La cinta de 1964 omite las violaciones y termina con la muerte del psicópata. En la versión de 1968 no solo se menciona la ciudad, sino el presunto asesino (Albert DeSalvo), quien confesó ser el autor de los crímenes pero fue sentenciado por las violaciones, no por las muertes, y luego moriría asesinado en prisión. No fue hasta 2013 que una prueba de ADN pudo establecer su culpabilidad. Las dos comparten esa aproximación simplista del cine en la psicología, con el criminal como esquizofrénico paranoico capaz de burlar un polygraph(en la primera) e intensos interrogatorios (en ambas).
Topper fue contratado para dirigir The Strangler a raíz de su trabajo en War Is Hell. La producción comenzó a mediados de septiembre de 1963, unos dos meses antes de que Oswald entrara en aquel cine en Dallas, y su vida y las consecuencias de sus actos desbordaran cualquier trama imaginada de prisa, bajo los apremios y límites de la AIP.

domingo, 12 de mayo de 2019

Comercio entre EEUU y China: realidad e ilusión


Isaac Deutscher cita a León Trotsky, quien afirmó en una ocasión que la revolución rusa corría el peligro de ser derrotada no solo por una entrada hostil al país de tropas extranjeras, sino por una “invasión de mercancías extranjeras baratas”. 
El vaticinio de Trotsky resultó correcto. Al final fueron los objetos de consumo y no los misiles los que hicieron polvo al imperio soviético.
Lo que no pudo prever Trotsky fue esa especie de ecuación a la inversa, que ocurriría años más tarde: el país más capitalista del mundo bajo una similar “invasión de mercancías extranjeras baratas”, solo que en este caso elaboradas en una nación con  un modelo económico que comparte semejanzas y grandes diferencias con Estados Unidos, pero cuyo sistema político tiene aún una estrecha vinculación con el creado por Lenin y Stalin en tiempos de la desaparecida Unión Soviética.
Lo que comenzó con las críticas diarias del ahora presidente Donald Trump sobre las injusticias del comercio entre EEUU y China, y la pérdida de puestos de trabajos de los estadounidenses , y luego escaló a una limitada guerra comercial entre las dos superpotencias, entra ahora en una etapa donde cada rival busca ver quien cede primero y se desgasta más rápido, pero en la cual los términos ideológicos serán cada vez más explícitos —aunque por supuesto la querella política siempre ha estado presente— en la confrontación entre dos modelos. Podrá hablarse de soberanía, de economía estatal y de mercado, de supuesta injerencia, de aprovechamiento y de víctimas, pero al final todo se reduce al enfrentamiento entre dos imperios.
Comercio e ideología
Los esquemas ideológicos continúan limitando la comprensión de los procesos políticos. China se benefició en gran parte de la derrota de la URSS. Su éxito fue la consecuencia lógica de apartarse del proyecto soviético en lo económico, mientras las estructuras de dominación política se han conservado casi intactas.
China está lejos de alcanzar al poderío norteamericano, pero desde hace años inició una larga marcha para lograrlo, mientras EEUU está empeñado en la preservación de su status quo en el equilibrio internacional.
Desde su llegada la Casa Blanca, el presidente Donald Trump se ha mostrado decidido a cambiar los términos de acuerdo, en lo que se refiere a la balanza comercial.
Trump, que no dejó de denunciar el superávit de China durante la campaña electoral, impuso el año pasado aranceles punitivos a muchos productos de ese país. Tras una tregua durante las negociaciones, que se suponía avanzaban positivamente, el pasado viernes entraron en vigor nuevos aranceles a productos chinos importados, por unos $200.000. Además de estas medidas vigentes, Trump ha amenazado de que  “pronto” podría empezar a gravar con un nuevo arancel del 25% otros $325.000 millones en bienes adicionales del gigante asiático que actualmente entran a EEUU sin pagar impuestos, informa el diario español El Mundo.
La reacción de Trump, al parecer, fue debida a un cable diplomático de Pekín, que llegó a Washington a última hora de la noche del viernes anterior, con ediciones sistemáticas a un borrador de acuerdo comercial de casi 150 páginas, de acuerdo a la agencia Reuters.
En cada uno de los siete capítulos del borrador de acuerdo comercial, China eliminaba sus compromisos de cambiar las leyes para resolver las quejas principales que causaron que EEUU iniciase la guerra comercial: el robo de propiedad intelectual y secretos comerciales de EEUU; transferencias forzadas de tecnología; la política de competencia; el acceso a los servicios financieros; y la manipulación de la moneda. Las reversiones por parte de Pekín socaban las demandas centrales de Washington. 
De acuerdo a expertos familiarizados con las negociaciones, los funcionarios chinos determinaron que muchas de las concesiones que EEUU solicitaba entraban en conflicto con leyes chinas que el gobierno no estaba preparado para modificar, según The New York Times. Al parecer, fue el propio presidente chino, Xi Jinping, quien decidió no proceder con tales concesiones.
Las exportaciones chinas y estadounidenses
China es el tercer mayor exportador de bienes a EEUU, detrás de Canadá y México. También es el tercer mayor comprador de servicios estadounidenses cuyo ranking lideran Gran Bretaña y Canadá.
El intercambio comercial de bienes y servicios entre EEUU y China alcanzó el año pasado un total de $737.100 millones.
Pese a las medidas de Trump, en 2018 el déficit comercial de EEUU con China fue de $378.700 millones, un aumento de 12,8% respecto al año anterior.
Por su parte, el año pasado los estadounidenses exportaron bienes por $120.000 millones a China, un 7,4% menos que en 2017. Al mismo tiempo, EEUU importó de China por valor de $539.000 millones: es decir, 6,7% más que un año antes, según el Departamento de Comercio estadounidense, informa la AFP.
En el rubro servicios, EEUU tuvo el año pasado un superávit de $40.400 millones con China, en áreas como las de marcas registradas, softwarey transporte, entre otras. Estas exportaciones contribuyen a la economía estadounidense con más de 1,1 millones de empleos, según la Cámara de Comercio Estados Unidos-China.
Sin embargo, muchos críticos —incluidos miembros de la Casa Blanca— alegan que el traslado de fábricas le costó a EEUU la pérdida de millones de puestos de trabajo, desde que China pasó a ser miembro de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001.
Aunque varios economistas consideran que no es tan clara la relación entre comercio y empleo: EEUU está casi en pleno empleo, pese al descomunal déficit comercial con la potencia asiática. Los trabajos perdidos estaban concentrados en determinadas fábricas y localidades, mientras que los empleos ganados se registran en todo el país.
Una parte del sector agrícola estadounidense ha sido perjudicado por la disputa comercial entre Pekín y Washington. Este sector es al mismo tiempo una parte importante de la base electoral del presidente.
El año pasado las ventas de soja estadounidense a China cayeron 75% contra 2017 y sumaron apenas unos $3.000 millones luego que Pekín impuso aranceles en represalia a las medidas tarifarias de Trump.
La industria química también ha confrontado dificultades.
“China suministra a Estados Unidos numerosos productos químicos que no están disponibles en otro lado y son insumos decisivos para las manufacturas en Estados Unidos”, dijo Cal Dooley, presidente del Consejo de la Industria Química de EEUU.
“Los riesgos de seguir usando a los aranceles como táctica de negociación con China simplemente son demasiado altos y no es claro que tengan algún beneficio”, señaló. 
“Está claro que las tensiones entre Estados Unidos y China son una amenaza para la economía mundial”, declaró Christine Lagarde, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), en París.
Aumento del impacto de la guerra comercial 
Las tarifas no son más que impuestos que pagan los importadores por mercaderías extranjeras, y que por supuesto se lo pasan a los clientes. Así que serán los ciudadanos estadounidenses quienes en última instancia pagarán las tarifas del 25% a los productos chinos.
Por supuesto, dichas tarifas perjudican las ventas y el productor y comerciante busca que sus productos sean competitivos en precios sin afectar sus ganancias. Pero desde hace años los estadounidenses disfrutan de una baja inflación, y las empresas de ganancias considerables, gracias al libre comercio, una política económica que es la quintaesencia del capitalismo en los países desarrollados. Con su estilo populista, Trump ha creado una amalgama ideológica donde supuestamente el libre mercado y el mercantilismo se dan la mano.
Trump ha señalado que si ambas partes no alcanzan un acuerdo —de momento las conversaciones no tiene fecha futura de reanudación—, Estados Unidos volvería a fabricar productos que China elabora actualmente. “Será a la antigua, la forma en que solíamos hacerlo: Nosotros haremos nuestros propios productos”.
Cabe preguntarse por el futuro de EEUU, si tal disparate del mandatario encuentra oídos receptores incluso entre sus fanáticos. El cambio en la economía de EEUU, de nación fundamentalmente productora de mercancías a país de avanzada mundial en la esfera de los servicios, la comunicación y la información es un índice de desarrollo, no de retroceso.
Hasta ahora la economía de EEUU ha limitado el impacto de la guerra comercial, pero los expertos apuntan a que tendrá consecuencias si el conflicto se alarga.
La imposición de tarifas y el panorama de una falta de acuerdo en un futuro cercano resultarán en un fuerte golpe para la economía de EEUU, advierte Deborah Elms, directora ejecutiva del Centro de Comercio de Asia.
“Todas esas compañías de EEUU que de repente se enfrentan a un 25% de incremento en los costos, y hay que recordar además que China va a responder con sus propias medidas”, añade Elms según la BBC.
 “Una guerra comercial será mala para China, tanto para la economía productiva  como para los mercados financieros, y también resultará mala para la economía mundial”, señala Gary Hufbauer, del Instituto Peterson para la Economía Internacional.
Realidad, imagen y percepción
En esta disputa comercial, cuentan mucho no solo los datos económicos sino las percepciones de ambas partes, y las que estas creen tienen sus respectivos rivales.
De acuerdo a varios expertos, por el momento la coyuntura parece favorable a Trump, con un crecimiento más sólido de lo previsto en el primer trimestre (+3,2%), frente a una economía china que se vio afectada el año pasado por los aranceles, informa la AFP.
Según Trump, China tiene más que perder que EEUU en este conflicto, porque como máximo solo puede aplicar aranceles a $120.000 millones de mercancías estadounidenses (el monto de las exportaciones de 2018).
Aunque el análisis del mandatario estadounidense limita la posible capacidad de respuesta de Pekín a la imposición de tarifas. En realidad, China puede desplegar medidas de otro tipo —más agresivas y de las cuales de momento ha preferido prescindir— como la venta de parte de la deuda estadounidense en sus manos o de bonos del gobierno de EEUU. Esto para limitar la respuesta al campo económico —mercado y finanzas—, ya que en la esfera de la geopolítica la situación puede complicarse para ambas potencias.
De acuerdo al Consejo Económico sino-estadounidense, las exportaciones estadounidenses hacia China bajaron el año pasado y los estados de EEUU que más exportan sufren por los aranceles chinos.
La disputa comercial ha mostrado fisuras dentro de la Casa Blanca y entre los aliados del presidente, con algunos funcionarios que presionan por una rápida resolución para calmar los mercados antes de 2020, y otros advirtiendo al presidente que un acuerdo débil con China podría dejarlo políticamente vulnerable para las elecciones del próximo año.
Alentado por una economía estadounidense saludable, Trump parece dispuesto a mantenerse firme en su guerra comercial, sobre todo a partir de que el citado déficit comercial mensual con China cayó en marzo a su nivel más bajo desde 2014, producto de una desaceleración de las exportaciones china a EEUU, pese que el déficit comercial general de EEUU con el mundo aumentó 1,5% en marzo, a $50 mil millones, según la CNBC. Trump considera que hay una relación entre esta disminución y las cifras positivas de crecimiento económico.
Pero si bien la mayoría de los grupos empresariales están de acuerdo con Trump en que China participa en prácticas comerciales desleales, no respeta la propiedad intelectual estadounidense y continúa subsidiando a sus empresas estatales, consideran que las tarifas son un instrumento de negociación deficiente, según The New York Times.
“Las empresas estadounidenses continúan teniendo problemas importantes con las políticas comerciales de China, pero simplemente debemos encontrar una manera de abordarlas que no convierta a nuestras empresas más competitivas en daños colaterales”, dijo Peter Robinson, director ejecutivo del Consejo de Estados Unidos para Negocios Internacionales, de acuerdo al mismo diario.
Ambas partes creen estar mejor posicionadas que la otra como para sobrevivir, advirtió Scott Kennedy, experto en comercio del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, informa la AFP.
Los chinos “no se ven a sí mismos como frágiles y creen que Estados Unidos crece a gran ritmo debido a rebajas de impuestos que no podrá seguir afrontando”, agregó.
 “Hemos entrado en una etapa donde la competencia geopolítica EEUU-China se ha intensificado y ahora es más explícita”, afirma Michael Hirson, director de Asia de la firma asesora Grupo Eurasia.
Estados Unidos y China han entrado en una etapa de confrontación que afecta no solo a ambos países, sino a la economía mundial en su totalidad.
A la salida de la Ciudad Prohibida, con el famoso cartel de Mao a un lado y camino a la Plaza de Tiananmen (fotografía: Rui Ferreira).

lunes, 6 de mayo de 2019

«Mi estimado Rick, ¿cuándo te vas a dar cuenta…?»


Con el tiempo Miami se ha convertido no en la frontera establecida por décadas —el punto que definía la llegada a ‘‘tierras de libertad’’— sino el espacio donde se adquieren las mercancías, o se gana el dinero que se gasta en la otra orilla.
Para el régimen cubano el objetivo siempre ha sido subordinar al exilio a una función abastecedora: bajo el mantra de una patria que todo lo espera y nada tiene que dar a cambio, el exiliado debe cumplir su deber filial. La familia que quedó atrás se convierte entonces en una vía para el sostenimiento de la nación, tal y como la entienden sus gobernantes.
“Si las Tropas y las Milicias cubanas no DEJAN de inmediato las operaciones militares y de otro tipo con el propósito de causar la muerte y la destrucción de Venezuela, se impondrá un embargo total y completo, junto con las sanciones de más alto nivel”, escribió el presidente estadounidense Donald Trump en su cuenta de Twitter.
Tras la amenaza —difícil de llevar a cabo a estas alturas por otra parte— no hay más que un intento de vuelta al pasado. No responde a una vocación seria o un interés genuino por parte del mandatario sino a una forma fácil de garantizar los votos en busca de su reelección. Trump juega con los exiliados cubanos la misma carta que con los cristianos ultraderechistas: garantizar a sus partidarios más fieles que pueden confiar en él.
Solo que en el caso del llamado “exilio histórico” de Miami —en última instancia el único que queda en pie: es un decir— esta vuelta al pasado no sería más que un reclamo del fracaso.
Supongamos por un momento que Trump interrumpe los vuelos directos, el envío de remesas y cierra las fronteras de Estados Unidos a los cubanos de la isla. Demos aún un pasó más allá e imaginemos que suspende el correo postal, suprime las llamadas telefónicas y termina por cerrar la embajada en La Habana.
Pues bien, no estaría haciendo otra cosa que reinstalar normas y políticas que ya estuvieron vigente en el pasado y no condujeron a camino alguno en favor de la democracia, la libertad o el avance de los derechos humanos en Cuba.
Los exiliados cubanos en Miami con familiares en la isla volverían a recurrir a los vuelos por terceros países, las redes internacionales de comunicación y los potenciales intermediarios en Canadá u otra parte a los que se enviaría dinero para que a su vez estos lo hicieran llegar Cuba, no mediante bancos y agencias de envíos sino mediante gestiones personales. Ya todo ello existió y fracasó en cuanto a un avance democrático o el fin de la represión. 
Aferrarse al embargo es batallar a favor de la derrota, defender una trinchera que es un blanco perfecto para el enemigo, desde la cual no se puede lanzar un ataque y que solo protege un pozo sin agua custodiado por un puñado de soldados sedientos. Se trata de una herramienta tan poco efectiva para lograr la libertad de Cuba que no justifica una discusión seria: su ineficacia ha quedado demostrada por el tiempo; su significado reducido a un problema de dólares y votos y su valor a una pataleta.
Claro que la puesta en práctica en pleno de la Helms-Burton autorizada por Trump es afín a su política comercial nacionalista de tarifas y aislamiento. Pero ese ir contra la corriente en un mundo cada vez más globalizado tiene el significado de un paréntesis —el valor de uno o dos períodos administrativos en EEUU— y no establece una política duradera.
Por supuesto que moralmente es condenable que el robo de propiedades en Cuba quede impune y que extranjeros estén aprovechándose de ello, pero la situación actual va mucho más allá de un problema de litigios. Concentrar las esperanzas en la Helms-Burton es una ilusión vana que por demasiado tiempo ha abrumado al exilio. Pero mejor sería que quienes hoy ponen esperanza en dicha ley volvieran a ver  Casablanca: “Mi estimado Rick, ¿cuándo te vas a dar cuenta que en el mundo actual el aislacionismo ya no resulta una política práctica?”.

domingo, 5 de mayo de 2019

Cuba, Venezuela, la familia y la vía coreana


Como en un lance de muy reducidas alternativas, el régimen cubano siempre ha mostrado unos dados con apenas dos caras: aceptar una situación sin cambio político en la isla o el peligro del caos. Es posible que ha llegado el fin de tal dicotomía, pero también cabe la duda si asistimos a un bluf por parte de Washington.
El presidente Donald Trump amenazó al gobierno cubano con un “embargo total y completo”, pero resulta difícil considerar la amenaza más allá de una fanfarronada.
El mandatario, por otra parte, no ha logrado siquiera cerrar las fronteras de Estados Unidos a la entrada de inmigrantes indocumentados, como es aparentemente su deseo y como prometió durante la campaña que lo llevó a la Casa Blanca.
¿Un embargo “completo”? Al parecer Trump ha cambiado de canal de televisión: ha dejado Fox por TCM y las películas de la II Guerra Mundial.
Aunque no hace falta ese “embargo completo” para complicarle la vida a los cubanos de a pie.
Hay un peligro real de una crisis económica profunda en Cuba —ocasionada por la desaparición del sostén económico que representa Venezuela— y de un caos consecuente a noventa millas de Estados Unidos.
Algunos en el exilio de Miami apuestan al caos como una solución para la llegada de la democracia a la isla. Pero esta es sin duda una mala alternativa, por dos razones fundamentales.
Una es la capacidad demostrada —y no disminuida— con que cuenta el régimen para exportar las dificultades fuera de sus costas; no mediante un éxodo masivo sino a través de presiones emocionales y de todo tipo sobre una comunidad que ya no se caracteriza por la ruptura sino por la continuidad.
La segunda es que nada garantiza que la repuesta a un potencial tumulto sea un avance democrático, sino más bien un retroceso social y político. Además, ninguna nación apuesta por un desorden que indudablemente repercutirá en sus costas.
Hasta hace poco parecía que el futuro del gobierno de Raúl Castro dependía de la disminución de la brecha entre la vida del ciudadano de a pie y la Cuba que ofrecía una imagen de estabilidad a los ojos del mundo. 
Castro fracasó en ese esfuerzo, si alguna vez realmente se lo propuso como objetivo serio, pero logró mantener la estabilidad mediante una hábil mezcla de apatía y represión. Las imágenes del desfile por el 1º de Mayo, ocurrido hace unos días, refuerzan el hecho. Por años también, optó por mantener la indecisión entre la permanencia y el cambio. Y ahora con Trump esa indecisión amenaza con convertirse en reproche por no aprovechar mejor la apertura brindada por Obama.
Pero lo cierto es que con una figura en la presidencia cubana que apenas se define por su transitoriedad, las posibilidades de un desastre se han multiplicado.
Mientras tanto, la situación venezolana se caracteriza por ser una especie de montaña rusa diaria —más que un ajedrez político—, con la inestabilidad como estrategia y la confusión convertida en táctica cotidiana.
En ese escenario, mientras Nicolás Maduro se aferra al poder cada vez más como un déspota tártaro, la esperanza de Washington transcurre entre presiones diplomáticas —mentiras y especulaciones bajo el disfraz de guerra psicológica— y  una hasta ahora infructuosa espera —bolsa en mano— por la llegada de los generales chavistas que saquen del camino al payaso opresor. 
Como en Venezuela no hay cohetes y sí mucho petróleo, no cabe aguardar por una vía coreana: esa de cumbres sin sentido, risas y gestos vacíos. El gobierno de Maduro carece de futuro. ¿Y qué le queda a los cubanos? ¿Sangre, sudor y lágrimas? No tan dramático: la llamada a Miami para más envíos. A no ser que Trump corte también la línea telefónica. Aunque alguien debe advertirle que cuando se trata de la familia cubana, no basta con amenazas.

Wajda y la «Cruzada de los Niños»


Gates to Paradise(1968) es una película singular dentro de la filmografía de Andrzej Wajda. Al menos por dos características de su momento de exhibición: es una producción británica y trata de una manera abierta —sobre todo en el aspecto visual— el tema del homosexualismo.
Creo que ambas cuestiones me permiten afirmar que en su época no se exhibió en Cuba y que puedo confiar en mi recuerdo de no haberla visto. 
Si bien el homosexualismo sirve de referencia malsana, pecaminosa —en lo que es acorde con la doctrina católica—, su explicitud visual no era común entonces y mucho menos para un director del campo socialista. De haber sido posible disponer de ella, dudo que el ICAIC se hubiera atrevido a ponerla por esos años.
Con anterioridad Wajda había filmado fuera de Polonia —El amor a los veinte años(1962) y Lady Macbeth en Siberia(1962)—, pero en un caso (El amor…) se trató de un cuento dentro de una producción internacional, con cinco directores de todo el mundo, y Lady Macbeth… es una producción yugoslava, en lenguaje serbo-croata, basada en el mismo relato de Nikolai Leskov que utilizó Dmitri Shostakovich para su ópera (censurada por Stalin), y aunque la película utiliza parte de la música de Shostakovich, no es una versión cinematográfica de la obra del compositor soviético. Gates to Paradisees una película hecha con una productora capitalista y un reparto internacional (la versión original está hablada en inglés, la disponible en YouTube, algo más breve, tiene los diálogos en alemán con subtítulos en inglés). 
Verla hoy para muchos debe reducirse a una curiosidad, por la actuación en su primera parte de una adolescente Jenny Agutter, y nada más. Pero sin ser un filme importante en la extensa obra del director polaco, en su simplicidad narrativa y pese al desbalance de las actuaciones que se inclinan demasiado en favor de los personajes masculinos, logra sostenerse con decoro aunque sin grandes méritos. Al final son los niños, en su conjunto y diversidad —siempre avanzando con una obstinación entre angelical y desafiante— lo que salva la película.
Aquí Wajda vuelve a trabajar con una obra y un guion del escritor polaco Jerzy Andrzejewski —lo había hecho con anterioridad en Cenizas y Diamantes(1958) y en Los Hechiceros Inocentes(1960)—, solo que ahora la trama ni es contemporánea ni se refiere directamente al país de ambos. Aunque como siempre en Wajda, el pasado sirve para indicar el presente.
El año es 1212, en el norte de Francia, y el tema histórico; o más bien seudohistórico, porque su existencia es puesta en duda en la actualidad: la llamada “Cruzada de los niños”, la leyenda de un movimiento popular originado cuando miles de niños decidieron seguir el llamado de un pastor adolescente —Jacques de Cloyes— y marchar a “Tierra Santa” para convertir a los musulmanes al cristianismo de forma pacífica, mediante el don de la pureza infantil: lograr con la inocencia lo que no había sido posible con las armas (se habla de otro movimiento similar en Alemania, con otro niño pastor —Nicolás de Colonia).
Todas las descripciones donde se mezclan posibles hechos con mitos —narraciones populares, el cuento del “Flautista de Hamelín”, diversos estallidos sociales en que niños, y no solo niños, se lanzaron al camino a consecuencia del hambre y utilizaron la religiosidad como pretexto— coinciden en un final triste: la mayoría de los niños murieron en el trayecto por tierra, otros se ahogaron en el mar y los pocos sobrevivientes fueron vendidos como esclavos. 
El guion de Andrzejewski retoma estos pocos datos en una narración que abre y cierra la película y por lo demás añade algo de ficción para armar el desarrollo: un sacerdote bonachón salido del monasterio tras arrepentirse de los desmanes que cometió como cruzado; un noble —también antiguo cruzado— que sabe ya no puede intentar de nuevo volver a Jerusalén y aplaca su tormento enamorándose de efebos; el resto son pastores adolescentes de ambos sexos, guiados no por el fervor religioso sino por el atractivo de la carne, dominados por la pasión, el desengaño y la frustración amorosa.
Al final el sacerdote descubre, mediante confesiones que son mas bien interrogatorios de policía comprensivo, que todo es falso. Pero no logra interrumpir el peregrinaje, porque comprueba que “la verdad no brinda esperanza, esta solo se alimenta de la mentira”. Y aquí es donde Wajda introduce la crítica actual en un filme histórico: la perversidad del fanatismo.
“La Cruzada de los Niños” no solo ha servido de inspiración a Andrzejewski. Uno de los libros de los más de cien cuentos escritos por Marcel Schwob lleva igual título. La mejor novela de Kurt Vonnegut, y por la cual ocupa el lugar que merece en la literatura,  Slaughterhouse-Five(1969), tiene como subtítulo: The Children's Crusade, y en ella Vonnegut hace referencia a la anécdota, lo ocurrido, el engaño, como un elemento más de la ironía y catástrofe que suelen encerrarse tras una supuesta causa justa. A Wajda parece moverlo un sentimiento similar, aunque más pausado, menos trágico y kafkiano al extremo a Vonnegut, pero con igual énfasis en la inutilidad y el absurdo.  


viernes, 19 de abril de 2019

Por qué de un «impeachment» a Trump


Los demócratas enfrentan el dilema de si iniciar o no un proceso de juicio político a Donald Trump, titula hoy la prensa. No hay tal dilema. Ante la certeza de que el Partido Republicano —desintegrado de sus valores básicos durante la última campaña por la presidencia— no llevará a cabo esa tarea, que en primer lugar es a ellos a quienes corresponde iniciar, no hay más remedio que sacar la cara.
Dicho juicio político no debe entenderse como una vía de llegar al poder, sino como un ejercicio de sanación nacional. No queda otro remedio tras el informe de Robert Mueller. No se trata de una estrategia política sino de un imperativo moral.
Tras más de dos años de caos y furia en la Casa Blanca, en última instancia poco hay de nuevo en dicho documento, pero el resumen que ofrece del mal gobierno de Trump es tan abrumador que impide la inercia.
Al argumento de que los demócratas deben concentrar sus esfuerzos en la próxima campaña electoral, que en resumidas cuentas no alcanzará el tiempo para dicho juicio político y de que tampoco hay los votos suficientes para su aprobación —por razones partidistas, no por la ausencia de causa justificada— solo cabe señalar el peligro que para la democracia estadounidense representa oponer una razón de Estado a la justicia.
No otra cosa ha hecho el fiscal general William Barr —en una versión de Maquiavelo reeditada— al justificar la actuación del mandatario con independencia de la legitimidad de sus métodos.
Lo que ha quedado en claro, en estos momentos en Estados Unidos, es que la ley no es pareja para todos, que algunos poderosos pueden gozar de impunidad mientras al ciudadano de a pie le toca perder. Lo demás es palabrería.
El informe Mueller no encuentra delito donde no quiso buscar. Investigaciones en las que no se ha profundizado aún; participantes a los que no se llamó a declarar en persona, comenzando por el mandatario; dudas planteadas pero dejadas a otros el resolverlas. No se trata de juzgar (que no era la función del fiscal especial), sino el detenerse en ciertos momentos de la indagación, ya sea por temor a los resultados, falta de audacia o ante la seguridad de una carencia de poder para seguir adelante. Triste decirlo, pero en algunos momentos el documento es una muestra de cobardía.
Nada de lo anterior disminuye su valor como testimonio: un paisaje desolador donde el presidente de la nación más poderosa del mundo da órdenes que no se cumplen, y se saluda que así sea por lo inadecuado de las mismas.
Penoso que un partido como el republicano, que por décadas se caracterizó por su enfrentamiento vertical a la poderosa Unión Soviética, ahora simplemente mire hacia otro lado frente a la mayor injerencia rusa, en el proceso democrático fundamental de EEUU, de toda la historia.
Risible casi que el presidente Trump recurra 36 veces al “no me acuerdo” durante su declaración por escrito, y repita así el mismo recurso o truco que tanto le criticó a Hillary Clinton durante toda la campaña electoral.
Este país avanza hacia la disolución de algunos de sus valores fundamentales. Se impone “Hacer de América, Estados Unidos de nuevo”.

jueves, 18 de abril de 2019

Trump, Cuba y el juego electoral


Cuba y Venezuela se limitan a piezas electorales en el juego emprendido por el presidente Donald Trump para ganar la reelección. Lo demás es mucho ruido y un poco de furia, donde realidad y farsa se mezclan sin tino ni gracia.
Claro que la suerte y el juego tienen sus recompensas y lo primero es congratular al exilio de Miami —¿hay que agregar “histórico”?— por recibir una brisa en el ocaso. Hoy sus miembros pueden exclamar que ahora sí van a construir (digo, a derrotar) el “castro-comunismo”. No suena serio, pero qué importa.
En cualquier caso todo esto no supera el capítulo emocional que desde hace décadas es el único que vale en esta ciudad: los supuestos intentos de lograr que la democracia llegue a Cuba se han limitado a un empecinamiento en estrategias caducas, que desde hace décadas no se modifican por falta de voluntad política o conveniencia.
Al inicio de su campaña hacia la presidencia, Trump reconoció esos límites: “Cincuenta años es suficiente”, dijo en una entrevista con el Daily Caller, publicada el 22 de octubre de 2015, refiriéndose a la decisión del entonces presidente Barack Obama de restablecer relaciones con La Habana. “El concepto de apertura con Cuba es correcto”, agregó. Solo que luego llegó la hora de apelar a cualquier voto. 
Y al darle marcha atrás no solo a sus palabras sino al reloj, el actual mandatario y los miembros de su gabinete han impuesto un récord.
Si hasta el momento se podía criticar el empecinamiento en el exilio por la retórica de la Guerra Fría, al presente los funcionarios de Trump alientan una vuelta más atrás en el calendario, a la época de la “Doctrina Monroe”. Curiosa mención por lo demás, cuando se habla de la injerencia rusa en Venezuela y se lanza un manto piadoso a lo ocurrido durante las últimas elecciones presidenciales.
El anuncio de que el 2 de mayo entrará en vigor una norma, que permite demandar en tribunales estadounidenses a empresas extranjeras que gestionan bienes confiscados en Cuba y pone fin a una exención de dos décadas, despierta no solo ilusiones sino reaviva prejuicios.
Con independencia de su efectividad para lograr la libertad de Cuba (a lo largo de los años las sanciones económicas han demostrado su ineficacia), la medida desencadenará demandas y contrademandas, y de momento los únicos beneficiados con ella serán los bufetes. Pero ello no importa para un tipo de mentalidad, siempre presente en Miami, donde la nostalgia y el revanchismo han marchado juntos.
Por lo demás, se trata de una estrategia milenaria: cuando no se puede derrocar al enemigo con un enfrentamiento directo, se impone la política de sitiar, cercar o cerrar todas las entradas y salidas.
Limitarse a ver esta medida como un instrumento en favor del avance democrático en Cuba y Venezuela es un error. Ella forma parte de la guerra comercial contra Europa  en que está empeñado Trump desde su llegada a la Casa Blanca. Así que la Helms-Burton será otra tuerca en el entramado en que participan desde los subsidios de Washington a la compañía aeronáutica Boeing hasta las represalias europeas contra las exportaciones agrícolas estadounidenses.
Hay más. Junto a la entrada en vigor del Título III se anuncian restricciones a los viajes y límites a las remesas. Con las nuevas medidas de este tipo, asistiremos solo al tanteo inicial de una estrategia que busca el aislamiento total entre Miami y Cuba. 
El proceso está en marcha. Dentro de poco se podrá hablar de “plaza sitiada” no solo en La Habana. 
Por supuesto que siempre queda mencionar que Díaz-Canel es malo, Maduro malísimo y Raúl Castro pésimo. Si obsoleto es el modelo imperante en la isla, igual resultan las ideas de los opositores de esquina de esta ciudad. 
Tras los votos —recuérdese que cualquier voto cuenta— de un estado que le resulta imprescindible para ganar la reelección, Trump alimenta un anticastrismo parlanchín que empieza y termina en las urnas.

martes, 26 de marzo de 2019

«A todos presta oídos; tu voz, a pocos»

Cuando Shakespeare escribió Hamlet debe haber estado seguro de que personajes como Polonio eran típicos solo de las cortes europeas, o de quizá representaciones de la antigüedad; de asambleas de griegos y romanos —de algún consejo de Atenas o senado en Roma—, pero nunca de la América salvaje o imaginable. Lo más cercano a la misma sería alguien mucho más vital: el Calibán (¿caníbal?) de La Tempestad.Pero si bien Shakespeare vivió y creó antes de la fundación de Estados Unidos de América, la política estadounidense le debe mucho, incluso en sus personajes menores. Aunque en ocasiones estos personajes no alcanzan, se quedan cortos en sus papeles; se limitan a ser bufones burdos y entonces resulta imposible encontrarles siquiera una referencia lejana en las obras teatrales. Lindsey Graham es uno de ellos.

Trump: locura y política


El tema de la inestabilidad emocional del presidente Donald Trump ha vuelto de nuevo a la prensa, pero siempre se enfrenta con desventaja a la rutina de la psiquiatría y la psicología: imposible emitir un juicio certero sin los medios adecuados.
Establecer un diagnóstico sin la necesaria entrevista con el enfermo, sin el apoyo de los correspondientes exámenes y sin la existencia de conductas extremas que no dejen duda sobre un comportamiento alucinado remite indiscutiblemente a una valoración en que factores ajenos —la política, las preferencias personales y la antipatía del que juzga— definen el resultado.
George Conway, esposo de la destacada asesora presidencial Kellyanne Conway, se convirtió la semana pasada en el principal impulsor de la tesis, al menos en el campo mediático, con la reproducción de páginas del Diagnostic andStatistical Manual of Mental Disorders (DSM–5),el Manual de Diagnóstico y Estadísticas sobre los Trastornos Mentales que publica la Asociación de Psiquiatras de Estados Unidos.
Según Conway, Trump presenta los síntomas de sufrir un desorden patológico propio de una personalidad narcisista extrema. Pero como ha declarado su pareja —que ha salido en defensa del presidente— él no es psiquiatra sino abogado.
Sin embargo, muchos, incluso en la Casa Blanca, se preguntan sobre los objetivos del mandatario al lanzarse esa misma semana a lanzar repetidos ataques al fallecido senador estadounidense y héroe nacional John McCain. 
¿Por qué esas obsesiones de Trump? ¿A qué obedece el dedicar tiempo y alentar comentarios, reportajes y análisis en la prensa —a la que considera su “enemigo”—  sobre tales temas?
Más allá de la existencia de rasgos de la personalidad del mandatario que pueden caracterizarse de irracionales —en última instancia, en mayor o menor grado todos los tenemos— vale la pena preguntarse si se trata más bien de una táctica política de fomentar el caos como forma de manipulación de la opinión pública, algo que por otra parte le ha brindado réditos políticos.
Rechazar ese comportamiento es otra cosa. Pero entonces volvemos al terreno de la política, el campo adecuado de criticar al presidente, y no se alimenta un argumento que en resumidas cuentas no hace más que girar sobre el dichosoimpeachment, cada vez más lejano o imposible sino ocurre una revelación sorprendente.
No es la primera vez que se menciona la “locura” de Trump o su incapacidad emocional para el cargo. Desde la campaña por la presidencia, psiquiatras se refirieron al tema e incluso un grupo de expertos emitió un documento al respecto. Aunque más adecuado resulta analizar si el presidente no está utilizando la “Teoría del loco” (Madman theory) con fines políticos.
El primer presidente estadounidense al que se le atribuyó el uso de la “Teoría del loco” fue Richard Nixon (1969-1974), supuestamente para intimidar a la Unión Soviética y a Corea del Norte. H. R. Haldeman, quien fuera jefe de gabinete de Nixon, escribió que este le habló de esa teoría.
La idea básicamente consiste en mostrarse frente a los enemigos como alguien demasiado impredecible o dispuesto a ir al combate, para disuadirlos de actuar contra los intereses propios.
Durante la confrontación inicial entre Trump y el gobernante norcoreano Kim Jong-un llovieron las acusaciones mutuas de locura, en una danza de recriminaciones, donde la psiquiatría no era más que la política por otros medios.
Las conjeturas de que Trump actúa de ese modo surgieron desde antes que asumiera la presidencia. Él mismo reivindicó la carta de la imprevisibilidad a lo largo de su campaña electoral.
“Tenemos que ser impredecibles”, respondió en 2016 cuando el diario TheWashington Post le preguntó cómo actuaría ante el expansionismo chino.
“Somos totalmente predecibles. Y lo predecible es malo”.
Sin embargo, la imprevisibilidad puede ser peligrosa.
“Puede haber (…) algún mérito en la ‘Teoría del loco’ hasta que te encuentras en una crisis”, dijo David Petraeus, general retirado de EEUU, en una discusión que tuvo lugar en la Universidad de Nueva York en 2017.
Cabe entonces esperar que ese actuar como “un loco”, sin serlo, no tenga los mismos resultados catastróficos que ocurrirían ante una locura verdadera.
El apelar a la “locura” de Trump puede servir también como una excusa, cuando en realidad la condena al presidente debe fundamentarse en los métodos empleados para llevar a cabo sus fines. Aquí cabe mencionar el dicho pueblerino de que “no está loco sino es sinvergüenza”.
Los ataques del mandatario a McCain no obedecen simplemente a una obsesión con la figura del héroe que él nunca ha sido, de envidia frente a un historial en el Congreso y durante la Guerra de Vietnam o simplemente un complejo de inferioridad ante un hombre que a lo largo de su vida se destacó por su independencia en el pensar o actuar —más allá de que uno comparta o no sus acciones y opiniones— sin caer para ello en el burdo exhibicionismo o la inconsecuencia. Todos estos rasgos son fácilmente explicables por la psicología o simplemente el psicoanálisis, pero en Trump hay algo más, que desborda dichas características personales, y es un afán de imponerse y justificarse ante una base fiel de fanáticos, al tiempo que golpea a un establishmental que rechaza y teme al mismo tiempo, no importa que forme parte del partido en que se apoyó para lograr la victoria electoral.
Al atacar a McCain, Trump complace y alimenta a esa base fundamentalista e idólatra que lo reconoce como el paladín que les ha brindado una voz con la que expresar sus odios y resentimientos acumulados durante años, aquellos con se han sentido traicionados —y han tenido motivos para ellos— por una clase política tradicional que ellos consideran los han utilizado para cosechar sus votos y luego abandonarlos una vez colocados en Washington. 
El presidente la ha emprendido contra el legislador ya fallecido —y, por supuesto, es repudiable en sus vituperios a alguien que ya no solo no puede defenderse sino que nunca cayó en una ignominia que justifique tal virulencia, con independencia de que no se compartan sus criterios— para lanzarse a un objetivo más amplio: advertir a figuras prominentes dentro del Partido Republicano que no deben contradecirlo y mucho menos enfrentarlo abiertamente. El voto en el Senado contra la declaración de emergencia de la Casa Blanca para disponer de fondos destinados la construcción del famoso muro tiene mucho que ver con las injurias de la pasada semana.
Es este sentido, y más allá de lo execrable de su acción, ha logrado en buena medida su propósito. Prueba de ello son las tímidas respuestas de los senadores Mitch McConnell y Lindsey Graham,  así como de la senadora Martha McSally, que ocupa el asiento que dejó vacante con su muerte McCain. El que no se haya producido una respuesta coordinada, por parte de los legisladores republicanos evidencia una dependencia hacia el mandatario que terminará por pasarle la cuenta al partido.
La interrogante de si las palabras de Trump contra McCain ha estado determinadas más por una estrategia que por un comportamiento se aclara si se tiene en cuenta de que el fallecido senador es una figura cuya popularidad ha ido en aumento más en el campo demócrata que el republicano.
Una encuesta de Fox News, realizada una semana antes de la muerte de McCain, en agosto de 2018, mostró que su popularidad en todo el país se situaba en un 52% entre los votantes registrados, que lo veían favorablemente, mientras el 37% lo consideraba desfavorablemente. Un descenso respecto al 64% de popularidad en 2009, meses antes de ser derrotado por el expresidente Barack Obama. Pero entre los republicanos su popularidad bajó tras sus críticas a Trump. La encuesta de Fox halló que el 60% de los demócratas tenían una valoración positiva de McCain, comparado con el 41% de los republicanos. Cuatro años antes, un sondeo de CNN-ORC había encontrado que el 58% de los republicanos tenía una visión favorable de McCain.
De esta manera, la actitud de Trump, más que remitirse a un rasgo emocional o al carácter de su personalidad, responde a su estrategia persistente de reafirmarse en ese núcleo duro de votantes al que considera como la razón principal de su triunfo en las urnas.
Por supuesto que ello hecha a un lado otro grupo importante de electores, que se mueve en la franja de los independientes y menos inclinados a limitarse solo a criterios ideológicos al colocar sus votos. Sobre dichos votantes es que debe concentrarse el esfuerzo de quienes buscan limitar el mandato de Trump a un solo período, y colocar en un segundo plano los análisis de personalidad. Hasta ahora, sigue siendo la política, y no la afición por la psiquiatría la que define el juego.
Una versión abreviada de este texto, por razones de espacio, también aparece en El Nuevo Herald.

lunes, 25 de marzo de 2019

Trece consejos para quien escribe, por Walter Benjamin


1- Deny himself nothing that will not prejudice the next.
2- Talk about what you have written, by all means, but do not read from it while the work is in progress. 
3- In your working conditions avoid everyday mediocrity. 
4- Avoid haphazard writing materials.
5- Let no thought pass incognito, and keep your notebook as strictly as the authorities keep their register of aliens.
6- Keep your pen aloof from inspiration, which it will then attract with magnetic power. The more circumspectly you delay writing down an idea, the more maturely developed it will be on surrendering itself.
7- Never stop writing because you have run out of ideas. Literary honour requires that one break off only at an appointed moment (a mealtime, a meeting) or at the end of the work.
8- Fill the lacunae of inspiration by tidily copying out what is already written. Intuition will awaken in the process.
9- Nulla dies sine linea [‘No day without a line’] — but there may well be weeks.
10- Consider no work perfect over which you have not once sat from evening to broad daylight.
11- Do not write the conclusion of a work in your familiar study. You would not find the necessary courage there.
12- Stages of composition: idea — style — writing. The value of the fair copy is that in producing it you confine attention to calligraphy. The idea kills inspiration, style fetters the idea, writing pays off style.
13- The work is the death mask of its conception.

sábado, 9 de marzo de 2019

Cuba y la doble ciudadanía como rehén


La Constitución cubana recién enmendada acepta la doble ciudadanía, pero más que un paso de avance, el cambio no solo resulta engañoso sino completamente arcaico.
En última instancia, el gobierno cubano sigue sin permitir romper el cordón umbilical a quienes han adquirido una nueva ciudadanía, aunque los reciba como hijos pródigos.
La anterior Constitución de 1976 ya arrastraba definiciones que en la práctica se convertían en acertijos, mientras el régimen se escapaba del texto para forzar la represión.
Los cubanos no podían ser privados de su ciudadanía, salvo por causas legalmente establecidas. Tampoco podían ser privados del derecho a cambiar de esta. Pero al mismo tiempo no se permitía la doble ciudadanía; y en consecuencia, cuando se adquiría una extranjera se perdía la cubana. En esto último seguía la pauta de la Constitución de 1940.
Solo que lo escrito en el papel no se cumplimentaba en el día a día. Mientras que según aquella Constitución los cubanos con otra nacionalidad dejaban de ser “cubanos”, se les exigía dicho pasaporte para entrar al país a quienes habían nacido en la isla pero se habían marchado antes del 1º de enero de 1971. (A los que emigraron hasta diciembre de 1970 se les permite entrar usando el pasaporte de su nacionalidad actual.)
La norma tenía tanto la meta de recaudar dinero como un fin de control político, pero en la práctica era ilegal, ya que el gobierno no cumplía la ley que había creado.
Ahora el texto enmendado o “nueva” Constitución permite la doble ciudadanía. Establece que la adquisición de otra no implica la pérdida de la cubana. Pero —siempre hay un pero con el régimen— aclara que los ciudadanos cubanos, mientras se encuentren en el territorio nacional, se rigen por esa condición, en los términos establecidos en la ley y no pueden hacer uso de otra.
Es decir, se ha corregido una falta de coherencia entre el dictamen legal y la práctica, al tiempo que se mantiene el elemento de control. Cambia la letra, pero no el carácter represivo, al autorizar una ficción de derecho o un derecho ficticio: todos los extranjeros son iguales, menos los que nacieron en el país[1].
El cambio encierra un elemento que debe destacarse.
A la vez que prosigue un objetivo siempre presente en el gobierno de La Habana: la descontextualización de la comunidad de Miami como un exilio político, acepta casi a regañadientes la brecha entre el supuesto ideal nacionalista decimonónico —renacido tras la desaparición de la URSS— y la realidad del país.
Si bien desde el inicio de los “viajes de la comunidad” el régimen permitía el regreso de quienes en una época consideró traidores —vendidos al enemigo y capaces de cambiar al país de origen por un pantalón de marca—, siempre que se mostraran “respetuosos”, fue la española “Ley de Nietos” la que terminó por dejar bien a las claras los límites del patriotismo cubano.
Cuando decenas de miles de cubanos se hicieron ciudadanos españoles, demostraron su rechazo a la situación en que había caído su país de origen. Una actitud en que les precedieron los exiliados en Miami. En última instancia, dejaron a las claras que, para ellos, la Cuba que conocían  no valía una peseta.
Así que ahora la admisión de la doble ciudadanía para los cubanos les reconoce el deseo de ser extranjeros, solo que no pueden ejercerlo en el país de nacimiento.
Continúa vigente el concepto medieval del terruño y el origen, algo que no solo es obsoleto desde hace mucho tiempo, sino que obliga a quienes se someten a ello a portarse como ingratos hacia el país que los acogió. Al entrar bajo esas condiciones, tiran al cesto de la basura la ciudadanía adquirida, y no solo se desprecia a la nación, el gobierno y la población de su nuevo sitio de residenciasino que renuncian a los derechos que recobraron al abandonar Cuba.


[1]El cambio constitucional permitiría, en un futuro, que cualquier ciudadano estadounidense de origen cubano pudiera entrar a la isla con el pasaporte de su nacionalidad adquirida; siempre que el mismo indique el lugar de nacimiento, como es habitual. De esta manera, el requisito del pasaporte cubano queda ahora limitado a su papel de recaudador económico, por su alto costo, ya que la Constitución ha convertido en ley la diferenciación en las nacionalidades. Nada indica que en un futuro cercano ocurra dicha alternativa, por lo que he preferido considerarla una nota al pie de página.

viernes, 1 de marzo de 2019

¿Y Venezuela ahora?

Tras el fracaso en Hanói, ¿qué le queda al presidente Donald Trump para tratar de imponer su imagen de “resolvedor” de entuertos internacionales? Hay por ahí un país latinoamericano con grandes problemas. ¿Dedicarle más tiempo a ese asunto, perfilar una actuación más decisiva en ese terreno? Eso podría ser una buena noticia para el senador Marco Rubio y el asesor de Seguridad Nacional John Bolton.
Aunque una buena noticia no elimina dos hechos anteriores: a diferencia de Corea del Norte, Venezuela no se percibe como una amenaza bélica por los estadounidenses y Trump no va a meterse fácilmente en un conflicto armado en un país latinoamericano, que sabe además que le traerá más repudio internacional y dolores de cabeza migratorios (y eso sin contar con la posición que se sabe adoptarán Rusia y China).

jueves, 28 de febrero de 2019

¿Por qué Trump siempre cree a los dictadores?


¿A qué obedece esa actitud de Donald Trump, repetida una y otra vez, de creer lo que dicen algunos de los peores autócratas de nuestra época?
Se le preguntó a Trump si había confrontado a Kim Jong-un sobre el maltrato y la consecuente muerte del estadounidense Otto Warmbier, y la respuesta del presidente de Estados Unidos fue que el dictador norcoreano le dijo que él no había tenido conocimiento de lo que pasaba cuando ocurrieron los hechos.
De nuevo se escuchó un patrón de respuesta conocido, al que los gobernantes de los regímenes de Rusia y ahora Corea del Norte, o el reinado de Arabia Saudí, acuden siempre —con desfachatez e impudicia— cuando se les preguntan por crímenes horrendos. Y el presidente de EEUU siempre admite esas respuestas: ellos dicen que no saben nada, que no supieron nada, y Trump lo acepta; les cree y los apoya. Aunque en el caso de Kim Jong-un fue más lejos.
“Le hablé sobre ello y no creo que él hubiera permitido que algo así pasara”, dijo Trump, que agregó que él creía en “la palabra” de Kim.
Aceptar “la palabra” del gobernante norcoreano es una muestra de cinismo, pero considerar a este incapaz de un crimen de esa naturaleza —con el conocido historial de Kim Jong-un— es una infamia.
Durante la conferencia de prensa del jueves en Hanói, tras conocerse el fracaso de las negociaciones, el presidente Trump especificó que la falta de un acuerdo se debió a que Corea del Norte quería una retirada total de las sanciones antes de dar cualquier paso hacia la desnuclearización.
Trump dijo que ello era inaceptable. 
En su lugar, debió haber dicho la verdad: que él no podía hacerlo.
Las sanciones aprobadas por el Congreso de EEUU en 2017 —ya con Trump en la Casa Blanca— no pueden ser levantadas por el presidente sino con la aprobación de los congresistas. En esas sanciones se incluye el tema de los derechos humanos.
Ese tema, que Trump viene ignorando desde que inició el acercamiento personal con KIm, ahora —sin mencionarlo— ha resultado decisivo.
Es posible que Trump —de haber podido— habría cedido en un levantamiento parcial de sanciones, a fin de obtener un documento firmado; aunque este se limitara a una moratoria en las pruebas nucleares. De hecho Corea del Norte no ha realizado más ensayos de este tipo y el presidente Trump dice que Kim se comprometió a no realizarlos. Pero un acuerdo firmado no es igual a lo dicho por Trump; aunque los acuerdos firmados también se rompen por gente como Kim Jong-un y Vladimir Putin.
Sin embargo, Trump no podía prometerle a Kim levantamiento alguno de sanciones —parcial o completo—, porque sabía que el Congreso se lo echaría abajo bajo las condiciones actuales de Corea del Norte.
En última instancia Kim Jong-un se comportó como se espera de alguien que llega a negociar tras un largo viaje en su propio tren blindado —nostalgia evidente de la época “gloriosa” del comunismo y simbolismo a propósito de dejar bien claro el respeto y la fidelidad a sus antepasados—, y puso por delante el recibir antes de otorgar algo a cambio. En ello, no hizo más que recordar a los cubanos los tiempos de Fidel Castro. Igual reproche, entorpecimiento o traba encontró Barack Obama durante su viaje a Cuba: ante todo, el levantamiento del embargo.
Imposible para Kim —pese a su parcial educación en Occidente— comprender que un jefe de Estado de una nación democrática no puede hacer lo que se le antoje. Ejemplos de esa incomprensión autócrata dio Putin durante sus encuentros con presidentes estadounidenses —George W. Bush y Obama— y están documentados. Para la mentalidad de Kim, no le estaba pidiendo a Trump nada que él no fuera capaz de hacer de un plumazo.
Solo que Trump —hasta dónde hubiera sido capaz de transigir es pura especulación partidista— sabía de entrada que no podía ir tan lejos. 
El fracaso de la cumbre es en buena medida un triunfo para la democracia. Lástima que Kim Jong-un no lo entienda. Lo que cabe preguntarse es hasta dónde lo entiende Trump.

martes, 12 de febrero de 2019

Seis minutos, 20 segundos, 17 muertos


El próximo jueves 14 se cumplirá un año de la masacre en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas de Florida. Durante este tiempo, se han multiplicado las protestas, surgió un movimiento, ocurrieron otras masacres e interminables tiroteos, y nada se ha hecho.
La venta de todo tipo de armas de fuego ha continuado inmutable.
Ninguna regulación o ley aprobada.
Siempre presente el peligro de que en cualquier escuela —a los pocos  minutos de terminar el último turno de clases— suene la alarma de incendio y los alumnos salgan a los pasillos; en medio de la confusión crean escuchar el sonido de fuegos artificiales y sean en realidad disparos de un fusil de asalto del tipo AR-15.
Ausencia total de un logro en el campo legislativo.
Hace unos días, la Cámara de Representantes inició —por primera vez en años— audiencias destinadas a frenar el peligro.
La comisión judicial de la Cámara contempla un proyecto de ley bipartidista  que exigiría la verificación de antecedentes en todo tipo de venta y en la mayoría de los traspasos de armamentos (The Bipartisan Background Checks Act). La propuesta cuenta con 230 patrocinadores en la Cámara, de los cuales cinco son republicanos.
“A pesar de la necesidad obvia de ir a la fuente del problema de la violencia con armas de fuego, por mucho tiempo el Congreso no ha hecho virtualmente nada, Pero ahora, iniciamos un nuevo capítulo”, dijo el presidente de la comisión judicial, el demócrata Jerrold Nadler, de acuerdo a la agencia de noticias Reuters.
Por su parte, los legisladores republicanos consideran que la legislación no cumpliría con el objetivo de protección de los delitos con armas de fuego. 
“La mayor crueldad en el mundo es decirle a las personas que van a ayudarlas en su situación con una ley, y entonces tratar de aprobar una legislación que no haría nada para resolver el asunto”, afirmó el representante Doug Collins, el republicano de mayor rango en la comisión judicial, según Reuters. 
La situación con las armas de fuego no se limita a los delitos. De las 40,000 muertes por armas ocurridas en 2017, el 60 por ciento fueron auto infringidas, de acuerdo al Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.
No se espera que el proyecto legislativo de la Cámara logre su aprobación en el Senado, de mayoría republicana.
Hay un aspecto fundamental en que el proyecto en la Cámara merece la mayor atención. Busca una solución que trasciende la línea partidista, intenta un arreglo que coloca a un lado la ideología.
Quienes rechazan la facilidad con que en este país se adquieren armas de fuego, por lo general se enfrentan a tres argumentos en contra.
El primero es que dicha posición es típica de un pensamiento “liberal”, en el sentido izquierdista que se da a dicho concepto en Estados Unidos. El segundo es la necesidad de estar armado con fines de protección personal. El tercero es que se trata de un derecho establecido por la Constitución.
Sin embargo, los primeros que se oponen a dicha facilidad son los cuerpos policiales, que están lejos de poder ser acusados de “liberales”. Las investigaciones muestran que en los hogares en que hay armas aumenta el peligro de que ocurran muertes (The New England Journal of Mediciney el American Journal of Epidemiology, entre otras publicaciones). En ningún momento la Constitución habla de poseer uno de los poderosos fusiles actuales.
Lo que continúa siendo un desatino es que una parte importante de la población de EEUU considere una necesidad primordial el poder comprar un fusil de asalto, no simplemente una escopeta de caza, un revolver o una pistola, al tiempo que existen serias dudas  sobre el grado de responsabilidad que tienen muchos de los que adquieren este tipo de armamento. Y nadie parece capaz de poner freno a esa locura.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...