lunes, 7 de enero de 2019

Entre el dolor y el dólar


¿El dolor del exilio o el dólar del exilio? No se trata de una pregunta retórica ni de un burdo juego de palabras. Durante años, el invocar el dolor del exilio ha sido una especie de varita mágica, que ha puesto límite a las críticas, vanagloriado la censura y justificado los ataques más diversos. Nada más alejado de este comentario que negar que exista un dolor real. Pero, ¿es cierto en todos los que lo invocan? ¿Cuanto de engaño, oportunismo y negocio turbio se esconde tras algunos que lo mencionan a diario? ¿Dónde está el límite, que debía ser claro, entre el sufrimiento y el descaro? Y lo que resulta más importante: ¿Hasta cuándo hay que soportar a los que se consideran abanderados del pasado, mientras se enriquecen en el presente?
Nada en contra de la riqueza. Todo el respeto para el dolor. Pero ahí no termina el asunto. Están los que no se dejan embaucar ni manipular. Entonces comienzan las dificultades para los mercaderes, quienes se aprovechan de los sentimientos de una parte de la comunidad exiliada, con el fin de justificar sus privilegios. Líderes políticos surgidos de la demagogia del momento, que cuando han llegado a un cargo público muchas veces se han visto obligados a la renuncia o han sido puestos tras las rejas por corrupción o robo. Analistas políticos, que en situaciones normales no habrían pasado de ser peleteros de pueblos de provincias —con la desventaja de que al no practicar ese oficio honrado, están también incapacitados para ayudarnos a escoger entre un par de zapatos negros y otro de color marrón. Voces altisonantes, que rechinan en los oídos. Periodistas de un prestigioso estilo vetusto, de esos que aún escriben y declaman sermones altisonantes, como si estuvieran arengando en logias pueblerinas. Oportunistas tras una recompensa fácil. Jóvenes y viejos. Pronosticadores de cualquier índole. Magos y charlatanes.
En todas partes sufrimos el asalto de vocingleros ignorantes, comentaristas superficiales, de todo tipo y sexo, que se creen guardianes de la patria y hablan de un país que apenas conocieron, antes o después de marchar al exilio. Ciudadanos que escriben comentarios por todas partes, cuando no tienen mejor tribuna. Activistas que no pasan de ser aspirantes a guapos de barrios, que presionan a las instituciones para que se inclinen frente a sus intereses. Gritonas que recuerdan a esas mujeres con escapularios que aparecen en los cuentos del escritor mexicano Juan Rulfo. Ignorantes que de pronto se creen con derecho a censurar artículos, opiniones y libros.
No es una lucha entre jóvenes y viejos, sino entre lo viejo y lo nuevo. Pero una y otra vez, quienes se han cuestionado estas prácticas, se han topado con las mismas advertencias e iguales “llamados al orden”: respetar el dolor de la comunidad, no hacerle el juego al enemigo, no convertirse en “tontos útiles”, tener en cuenta los años de lucha y los sacrificios: tomateras, prisiones, fusilamientos, sacrificios. Cada palabra como una losa para sepultar el silencio.
Sin embargo, el respeto a los años de lucha no debe servir de justificación de errores y tampoco de patente de corso para los aprovechados. Ha llegado el momento de poner freno a las invocaciones patrióticas de quienes negocian con el anticastrismo. Es hora de decirles a esos señores que ellos no hablan en nombre de toda la comunidad exiliada, sino de apenas un sector de esta. Basta de farsa y miseria. Los que quieran seguir hablando de juzgar, condenar y dictar pautas en un país que desde hace años desconocen, y al que de momento no tienen la más remota posibilidad de volver salvo como visitantes, pueden hacerlo. Los “profesores” que dictan leyes y establecen tribunales, desde la soledad de un micrófono, pueden seguir practicando su deporte preferido. Pero, por favor, no repitan más que ellos son el símbolo del exilio. Representan, si acaso, a un grupo de recalcitrantes cada vez más aislados.
Durante mucho tiempo, un sector de la comunidad cubana exiliada ha ejercido un oficio lucrativo: disfrutar de todas las ventajas que proporciona el ser ciudadanos de un país poderoso, al tiempo que reivindican para provecho propio las utilidades que les proporciona el considerarse guías ideológicos y políticos de un exilio. ¿A quiénes representan? Sólo a unos pocos. Pero se han apropiado del silencio de otros muchos. Romper ese silencio es necesario.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...