viernes, 31 de mayo de 2019

Cuba: el empeño de Bush, la política de Obama y la apuesta de Trump


El retroceso de una política más conciliadora hacia el régimen cubano no solo es la norma de la actual Casa Blanca, sino refleja un desencanto acumulado —y reforzado por la inercia de La Habana— dentro del exilio de Miami.
Aunque se mantiene una demarcación en las opiniones, según la edad y el momento de llegada a Estados Unidos, el presidente Donald Trump ha jugado con éxito la carta electoral de apoyarse en el sector más conservador de la comunidad en esta ciudad.
Sin embargo, y pese a la retórica empleada, en buena medida sus cambios respecto al acercamiento puesto en práctica por su antecesor —Barack Obama— no han revertido la situación a la época de George W. Bush y han colocado las alternativas no dentro del marco de la falta de democracia en la Isla sino en relación con lo que ocurre en Venezuela.
Antes de Obama, hubo un mandatario norteamericano que otorgó permiso a un mayor número de exiliados cubanos para que visitaran a sus familiares en la isla, que también incrementó la cantidad de dinero a llevar en cada viaje.
Alguien podría pensar que ese gobernante apoyaba una mayor flexibilidad para los viajeros, que pudiera desembocar algún día en una luz verde al turismo. Todo lo contrario. Otro creerá que se trataba de un demócrata liberal, quizá Jimmy Carter o Bill Clinton. Nada de eso. Ese presidente fue George W. Bush.
El 24 de marzo de 2003 entró en efecto un cambio sustancial en las restricciones de viajes de los norteamericanos a Cuba. Al tiempo que se aumentaron los controles, a fin de evitar que grupos e individuos hicieran turismo bajo el disfraz de “intercambios educacionales”, se aumentaron las facilidades para permitir los encuentros familiares. A partir de ese momento, los viajes educacionales tenían que fundamentarse en un curso académico. Por otra parte, el concepto de “familiar cercano” se amplió a la tercera generación. Cualquiera pudo viajar a conocer un tatarabuelo, a encontrarse con un primo segundo. Los visitantes estaban autorizados a llevar hasta $3.000 en cada viaje, —considerando que esa cifra cubría las remesas para 10 hogares—un notable incremento respecto a los $300 permitidos con anterioridad. 
La filosofía tras este cambio era no afectar a las familias en Cuba, al tiempo que se abría una puerta para enviar dinero a los disidentes. Pero en 2004 todo cambió. Se limitaron los viajes familiares a uno cada tres años, se restringieron los criterios en cuanto a los familiares que podían recibir dinero en la isla y prácticamente quedaron suprimidos los intercambios científicos y culturales.
¿Qué ocurrió en un año para un cambio tan notable? ¿Fue a causa de la oleada represiva, desatada por el régimen de Fidel Castro contra los opositores? Las fechas indican lo contrario. Aunque los cambios fueron elaborados con anterioridad a la detención de los 75 disidentes, su puesta en práctica coincidió con los meses de mayor rechazo internacional a la represión. El 18 de abril, luego de las condenas y el fusilamiento de los tres cubanos que intentaron escapar en una lancha, el gobierno norteamericano dijo que estos hechos no afectarían los viajes de familiares.
La explicación a las nuevas medidas, que limitaban viajes, remesas y envíos, hubo que buscarla por otra parte. 2003 no era un año electoral, 2004 sí. No fue un intento de llevar la libertad a Cuba. El objetivo fue ganar unos cuantos votos. Si determinados legisladores y grupos de opinión de la llamada “línea dura” del exilio no hubieran amenazado con retirar su apoyo a la campaña de reelección de Bush, nada hubiera cambiado. Fue un simple gesto electoral, en un año de votación reñida y en un estado que cuatro años antes resultó clave en las urnas.
Bush y sus asesores escogieron a un grupo de votantes, los únicos que le interesaban. Desde la llegada al poder, el expresidente republicano se había limitado a continuar la política de Clinton hacia Cuba en varios aspectos claves, pero luego la modificó en cuestiones que sin afectar los interese primordiales de EEUU le brindaron dividendos electorales. Lo demás es retórica y desperdicio de fondos. Continuaron las ventas de alimentos a La Habana, para beneficio de los granjeros norteamericanos, siguieron devolviéndose a los balseros y posponiendo la puesta en práctica del Título III de la Ley Helms-Burton. Se optó por la solución más fácil: un tono agresivo y perjudicar a los infelices.
El 20 de mayo —aniversario de la instauración de la república— fue durante los primeros años del gobierno de Bush una fiesta de promesas y retórica. Mientras se apuraba a firma la postergación del Título III de la Helms-Burton, el mandatario enfatizaba que una revisión total de la política hacia el régimen estaba en camino. La urgencia de esta revisión se hizo más apremiante tras el encarcelamiento de los disidentes y los tres fusilamientos de jóvenes que intentaron secuestrar una embarcación para huir del país.
En mayo de 2003, algunos legisladores republicanos hicieron saber su disgusto con la Casa Blanca. La congresista Ileana Ros-Lehtinen manifestó que aún seguía sin respuesta una carta enviada tres meses atrás, en la cual exhortaba al presidente a poner en práctica las promesas realizadas por esa fecha el año anterior en Miami. El congresista Lincoln Díaz-Balart también hizo un llamado a Bush, en el cual, y tras agradecer “la solidaridad con la libertad de Cuba” demostrada por el mandatario con “su amenaza del veto para mantener el embargo”, señalaba que “el sufrimiento actual de Cuba requiere ahora otra dimensión de esa solidaridad, [que] es lo que unánimemente espera nuestro pueblo”.
El disgusto se convirtió en algo cercano a una rebelión tras la repatriación de un grupo de supuestos secuestradores, interceptados por los guardacostas norteamericanos, que en la Isla fueron condenados a penas entre siete y diez años de prisión.
Tanto personalidades del partido republicano como del demócrata criticaron la acción del gobierno. Por ejemplo, Joe García, entonces secretario ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana, luego presidente del Partido Demócrata en el condado Miami-Dade y posteriormente representante federal, declaró a The Miami Heraldque lo hecho por Bush equivalía a “negociar penas de prisión con un país que el propio Departamento de Estado califica de terrorista”.
Sin embargo, la crítica que más llamó la atención de la Casa Blanca vino de un grupo de legisladores estatales y políticos de Florida, que el 12 de agosto de 2003 urgieron a Bush de que actuara respecto al tema de Cuba, o de lo contrario se arriesgaba a perder su apoyo para las elecciones de 2004.
El voto cubanoamericano se consideraba clave para esas elecciones. Florida entonces tenía 9,3 millones de votantes registrados, de los cuales 450.000 eran cubanoamericanos. En 2000 Bush había recibido el apoyo del 80% de esos votantes. Para esa fecha se calculó que recibir solo el 60% de estos votos este año podría resultar en una victoria de John Kerry en el estado, y posiblemente también en las elecciones presidenciales.
En las últimas elecciones presidenciales Mauricio Claver-Carone, exdirector ejecutivo del U.S.-Cuba Democracy PAC y actual asesor de la Casa Blanca para asuntos latinoamericanos, estimó que Trump obtuvo el 58 % del voto de los cubanoamericanos según una revisión que realizó en 30 precintos del Miami-Dade con una elevada población de cubanoamericanos.
Por su parte, el estratega demócrata Giancarlo Sopo y el profesor de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) Guillermo Grenier consideraron que Trump ganó el 50 % del voto cubanoamericano tras revisar los resultados de Hialeah, Westchester y West Miami.
Pero durante la campaña por la reelección de Bush la asesora de seguridad nacional Condoleezza Rice tuvo que sacar tiempo, en medio de una tensa situación nacional e internacional por la guerra en Irak, para responder a la carta el 17 de septiembre. Rice garantizó la “importancia y urgencia” de ayudar al pueblo cubano a conquistar su libertad, y pasó a numerar los “logros” de la administración en su política hacia Cuba.
Ya con anterioridad, el 22 de agosto, la administración había realizado dos anuncios paralelos para disminuir la tensión acumulado en los últimos meses, durante los cuales se había acusado a la Casa Blanca de incumplir sus “promesas” al exilio: el encausamiento de tres militares del régimen de La Habana, por su participación en el derribo de dos aviones de la organización Hermanos al Rescate, el 24 de febrero de 1996, la ampliación de las transmisiones de Radio y TV Martí mediante un nuevo y moderno sistema de satélite. Pero ambas medidas complacieron a pocos. El procedimiento legal carecía de posibilidades de realizarse en la actualidad, al no existir un tratado de extradición con Cuba y los acusados no poder ser juzgados en ausencia, situación que se mantiene en la actualidad. La transmisión de Radio y TV Martí vía satélite no solo resultaba una idea poco innovadora, sino que además partía de una premisa ilusoria: el entusiasmo de los pocos poseedores de equipos de recepción por satélites en la Isla para arriesgarse a ir a la cárcel y perder sus posesiones por escuchar y ver estas emisiones. 
Tras tantas frustraciones con el exilio a raíz de la celebración del 20 de mayo, el gobierno norteamericano escogió otra fecha patriótica: el 10 de octubre. Ese día se anunció la creación de una comisión presidencial de asesoramiento para una transición democrática, integrada por los secretarios de Estado y del Pentágono, el cubanoamericano Mel Martínez, secretario de Viviendas, y otros funcionarios de alto rango. Ese día también, Rice, encargada de realizar una conferencia de prensa al respecto, efectuó una reunión previa con los congresistas republicanos por la Florida, Ros-Lehtinen y Lincoln y Mario Díaz-Balart.
Pronto se supo que entre las medidas a considerar se encontraba la reducción del personal de la Sección de Intereses de EEUU en La Habana, lo que obligaría a Cuba a hacer lo mismo con su dependencia en Washington; la suspensión total de las visitas familiares; nuevos límites al envío de remesas; la suspensión de las licencias de exportación a las compañías norteamericanas que venden productos agrícolas a la Isla y el aumento de las restricciones a todo tipo de viajes a Cuba. También que las medidas evitarían cualquier movida que pusiera en peligro la reelección de Bush. En igual sentido, destacados cubanoamericanos y funcionarios de Washington encargados de monitorear la política hacia Cuba expresaron sus quejas de que no haber sido consultados sobre la creación de la comisión.
La conclusión fue que cada vez que un gobernador, político, empresario, ganadero o estrella de cine quería viajar a Cuba, pudo hacerlo sin graves problemas, mientras que un trabajador de Hialeah tenía que esperar tres años.
El largo recuento nos permite valorar la distancia que aún aguarda a Trump antes de satisfacer por completo los requerimientos del liderazgo de la comunidad cubana exiliada de Miami —la única decisiva a la hora de las urnas—, así como los cambios introducidos por el paso del tiempo en las prioridades de dicho liderazgo. Desde hace años el tema de la inmigración —por no hablar simplemente de balseros— ha sido desalojado de las prioridades, mientras se han atemperado los intentos de las limitaciones drásticas a los viajes familiares. Con la puesta en vigencia de los títulos III y IV de la Helms-Burton el presidente Trump ha marcado un avance significativo ante los anteriores mandatarios republicanos y demócratas, pero el alcance de esta medida es en parte una interrogante temporal, aunque no se puede despreciar su impacto sobre las posibles inversiones extranjeras en la Isla. Pero lo fundamental es la vinculación que la actual Casa Blanca ha realizado entre el régimen de La Habana y la situación en Venezuela. Así, la razón primordial para un endurecimiento de las medidas —según las propias declaraciones de la administración estadounidense— es el apoyo de La Habana a Caracas. Lo demás, el supuesto efecto dominó, tiene tanto que ver con la realidad como un wishful thinking. En el momento en el llamado “exilio histórico” cubano logró su representación mediática más visible con la actual administración estadounidense —con las visitas de Trump antes y después de su campaña presidencial, y la presencia de sus adláteres en Miami junto a representantes de ese exilio en los últimos tiempos, el campo de acción queda de momento reducido.
Por supuesto que cabe esperar la ampliación de las medidas contra el régimen de La Habana a medida que cobre impulso la campaña electoral por la presidencia de EEUU. El resultado de tales acciones continúa siendo impreciso. Ni republicanos ni demócratas pueden confiarse en un aumento del voto cubanoamericano a su favor, aunque al parecer los republicanos llevan la ventaja.
A pesar de la erosión gradual del apoyo a los republicanos entre los cubano estadounidenses de Florida y de la continua llegada de puertorriqueños que simpatizan con los demócratas después del huracán María, los republicanos ganaron dos contiendas estatales muy cerradas en Florida en 2018: una para el Senado y otra para la gubernatura, como ha señalado un análisis de The New York Times.
“En el importante estado de Florida, los demócratas perdieron terreno con los electores hispanos” un mes después de las elecciones de 2018. Rosenberg señala en ese texto: “Con todo y que en estas elecciones los demócratas vivieron uno de sus mejores años de la historia con los electores hispanos a lo largo del país, los demócratas de Florida sufrieron una baja en el número de seguidores latinos. En las estadísticas nacionales, los demócratas mostraron variaciones en sus márgenes de ventaja, de 62-36 (26 puntos) en 2014 a 69-29 (40 puntos) en las elecciones más recientes. En Florida, los demócratas registraron una variación de 58-38 (20 puntos) en 2014 a 54-44 (10 puntos) en 2018”, señaló Simon Rosenberg, presidente de NDN —un grupo de expertos que simpatiza con los demócratas y antes se llamaban Nueva Red Demócrata—, de acuerdo a una información de The New York Times.
El último sondeo realizado por la Universidad Internacional de la Florida (FIU) en el condado Miami-Dade muestra que la diferencia actual entre las opiniones a favor o en contra del mantenimiento del embargo no supera el margen de error que especifica el sondeo. 
Según la encuesta telefónicarealizada entre 1.001 cubanoamericanos residentes en Miami-Dade, 45 % dijo estar a favor de mantener el embargo, 44 % está en contra y otro 11 % no respondió o no sabe. La encuesta correspondiente a 2018 se realizó después de las elecciones legislativas de noviembre y tiene un margen de error de 3,1 %.Aunque el sondeo mostró un retroceso en el apoyo a eliminar el embargo, que alcanzó una mayoría del 54 % en 2016.
En líneas generales, quienes arribaron a Estados Unidos después de 1995 favorecen una relación más amplia y relajada con relación a su país de origen, mientras que los que se establecieron antes en el sur de Florida se mantienen firmes en sus posiciones más radicales y conservadoras.
Ello hace que se mantenga vigente y aún insuperable la distancia entre cambios demográficos y políticos, con las transformaciones demográficas a la saga. Lo que explica que aún la comunidad cubana en el exterior pueda ser catalogada —y lo es desde el punto de vista electoral— como partidaria del embargo estadounidense y favorable al cerco económico al gobierno cubano.

viernes, 24 de mayo de 2019

Democracia y capitalismo en Cuba


Por décadas el exilio cubano de Miami se ha mantenido aferrado al credo  de que llevar la libertad a Cuba pasa por la reinstauración de un sistema político dominado por el mercado. No es cierto. Capitalismo y democracia no son sinónimos. Pueden coincidir, pero no necesariamente. Se puede aspirar a que en la Isla exista un Estado de derecho, el respeto absoluto a los derechos humanos, la propiedad privada y la libre empresa, sin que ello implique añorar una vuelta al pasado y apoyar la ilusión de convertir a La Habana en una copia de Miami.
Los fanáticos del neoliberalismo, que suelen confundir la falta de regulaciones y controles del mercado con la libertad política, deben leer The Return of History andthe End of Dreams, el libro de Robert Kagan, ideólogo neoconservador y uno de los de mayor talento en Estados Unidos. Kagan hace una buena observación al señalar lo que pasan por alto quienes creen que con solo las bendiciones combinadas del comercio, capitalismo y propiedad creciente se llega inexorablemente a una democracia liberal.
Lo que se subestima es el atractivo internacional de la autocracia. La Unión Soviética, después del impulso inicial que recibió la industrialización, fue un modelo de fracaso económico hasta su fin. Ahora con Vladimir Putin el crecimiento y la diversificación económica aún dejan mucho que desear —el país se sustenta en dos industrias, ambas muy lucrativas, el petróleo y la fabricación de armamentos— pero Rusia ha vuelto a ser una nación con aspiraciones imperiales y una superpotencia con la cual hay que contar y que se teme.
La China actual, de momento, no lo es un peligro bélico inminente, ¿pero hasta cuándo? Como dice Kagan, “gracias a décadas de destacado crecimiento económico, los chinos pueden argumentar hoy que su modelo de desarrollo económico, que combina una economía cada vez más abierta con un sistema político cerrado, puede resultar exitoso para el desarrollo de muchas naciones”.
Un sistema similar al chino o al vietnamita, con las variantes tropicales al uso, es lo que debe estar en la mente en más de un tecnócrata o funcionario cubano. No es siquiera que el ideal de la cúpula gobernante de la Isla sea la puesta en práctica de un modelo similar. Si algo se desprende de la realidad cubana actual, es la existencia de un conjunto de medidas de supervivencia para navegar en el caos sin que se produzca un estallido social.
Hasta ahora ―hay que señalarlo― lo han logrado como si fueran los dueños absoluto del tiempo. No hay mérito en ello si se recuerda otro  ejemplo —Corea del Norte—, donde un absolutismo cuasi monárquico, o monárquico en cuanto a la transmisión familiar del poder, mantiene firme las riendas del poder. 
Sin embargo, la casta militar cubana ha dado muestras de desempeñar con efectividad un rol productivo y no limitarse al poderío parásito de la mayoría de los militares norcoreanos.
Aquí vendría entonces  la pregunta de hasta dónde está el exilio preparado para lidiar con ese grupo de funcionarios y militares que están establecidos como los herederos del poder en Cuba.
Ante todo hay que señalar algunas verdades, dolorosas para algunos en Miami. Más allá de los méritos cívicos y el valor de sus integrantes, el  movimiento disidente es un buen indicador del control absoluto del Gobierno sobre la ciudadanía del país.
La disidencia ha demostrado su incapacidad como vía alternativa para el cambio de régimen, en tanto que se ha constituido en un formidable instrumento de denuncia.
Por otra parte, desde hace décadas el vínculo económico, entre el exilio y los residentes en la Isla, que en ocasiones sobrepasa el simple envío de remesas, se mantiene bajo el monopolio de explotación del régimen —en una relación económica más que simbiótica parasitaria— y pese a las presiones actuales de la Casa Blanca, de momento parece no solo sobrevivir el mismo, sino incrementarse la dependencia a partir del deterioro reinante en la Isla: el gobierno cubano buscará esquilmar más económicamente al exilio, a partir de explotar los vínculos familiares y aprovecharse de la inercia de la población.
A todo lo anterior se añade que la visión de que Cuba está gobernada por una gerontocracia es incompleta, y que quien piense―en parte por pereza, por culpa de los corresponsales internacionales que no hacen bien su trabajo y  hasta por desconocimiento de nombres y caras― que los mandos del régimen se limitan a un puñado de ancianos, y que todo se reduce a un problema de edad, lo más probable es que muera en la espera de una solución biológica.
Si, salvo que se produzca un estallido social incontrolable, el destino cubano más probable es un cambio generacional, que ampliará la vía capitalista pero mantendrá reducidas o controladas las libertades públicas, la ecuación capitalismo y democracia salta en pedazos.

lunes, 20 de mayo de 2019

La eterna represión en Cuba


Con un historial de décadas de crisis, es el sector más soez de la sociedad cubana —donde el lumpen proletario ha recibido carnet de represor y al resentido y envidioso les han dado carta libre para desahogar su frustración— el preferido para llevar a cabo el trabajo sucio: ese donde la represión es más burda el golpe, el insulto y la humillacióny visible.
Asistimos a una táctica con al menos dos objetivos claros: amedrentar y limpiarse las manos. Salvo en contados momento extremos, el régimen ha mantenido a las fuerzas armadas fuera del ejercicio cotidiano de amedrentar a la población, al tiempo que convertido al terror en una práctica cotidiana, pero sin una institucionalización aparente. Así el aparato coercitivo del gobierno se presenta como una institución protectora que garantiza el orden y no como una maquinaria destinada a crear miedo y hasta pánico.
La policía y las fuerzas de seguridad están para proteger a los manifestantes en contra de la ira del pueblo. Los opositores no son sancionados con largas condenas a no ser que traspasen ciertas barreras, tras varias advertenciassino amenazados constantemente, detenidos unos pocos días, “desaparecidos” por unas cuantas horas.
Uno de los problemas con este tipo de táctica más allá, por supuesto, de la condena elementales que llega el momento en que se torna difícil de controlar.
Esa mujer que insulta y araña, ese hombre que sale con una cabilla en un cartucho, aquellos que forman parte de las turbas que agreden a varios ciudadanos indefensos que realizan una protesta pacífica, constituyen un grupo hetereogéno, al que aparentemente se controla fácilmente por medio de esos mismos mecanismos de terror, con pequeñas prebendas, algún que otro beneficio monetario o emocional y alimentando sus frustraciones y resabios, pero que al mismo tiempo resulta poco confiable, de gran inestabilidad emocional e irracional por naturaleza. 
Es decir, gente peligrosa que al tiempo que se alimenta y vive del caos es incapaz de comportarse con responsabilidad e independencia.
Hay que reconocer que hasta el momento el gobierno cubano ha podido controlar a sus turbas, pero hasta cuándo ello será posible resulta difícil de predecir.
Lo que llama la atención es que mientras el espectro amplio del sector más inconforme con la realidad cubana se transforma de acuerdo a las características de la sociedad actual, y se podría hablar de una disidencia tradicional ―vertical en buena medida e ilustrada―, un fenómeno posdisidente como son los blogueros y una oposición que proviene de las capas más desfavorecidas de la población de baja escolaridad y bordeando o dentro de la marginalidad social, la represión continúa anquilosada en sus formas más burdas.
En última instancia, el “recurso perfecto” para acallar cualquier voz independiente en Cuba son los actos de repudio.
En ese sentido, se podría afirmar que el Estado cubano se comporta con una tacañería extrema y no admite la menor manifestación de independencia.
Donde la función opositora ha evolucionado de un enfrentamiento radical al desacuerdo, la disidencia y la simple búsqueda de una vida propia, el gobierno continúa plantado en no permitir la menor apertura de un espacio político.
Bajo una óptica represiva, es lógico que una negativa tan burda a cualquier tipo de reforma necesite de acciones y mecanismos igualmente burdos para sostenerse en el poder. 
Del agente de seguridad sagaz y de mentalidad fría al matón de esquina, dispuesto siempre a golpear al indefenso, como la forma perfecta de demostrar su poder.
Ante el más leve temor de amenaza, el régimen cierra filas. El terror es el único instrumento en que confía. La turba que ahora golpea y veja se apoya en el policía listo para encarcelar y en el tribunal sin decoro que condena la decencia. Pero al mismo tiempo se asiste a un fenómeno de desgaste, en que la represión más elemental e inmediata va quedando cada vez más en manos de sujetos irresponsables y agresivos por naturaleza. La conducta de estos sujetos son la cara más turbia de un monstruo con varias cabezas, y no debe verse de forma aislada: constituye la esencia del sistema imperante en Cuba.

sábado, 18 de mayo de 2019

Y así estamos


Las raíces de la valoración exagerada de lo propio, y la justificación a priori de nuestros defectos, se remontan a la herencia hispana y al surgimiento y desarrollo tardío del capitalismo de libre empresa en los países de habla española, tanto en España como en Latinoamérica.
En lo económico, las consecuencias han sido un proteccionismo, que lejos de proteger la industria local ha impedido su desarrollo; un mercantilismo en que el Estado ha sido al mismo tiempo parásito y protector de una burguesía anquilosada y de una clase comercial atrofiada, que no han podido alcanzar la plenitud por sí mismas.
En lo cultural, la sobrevaloración de nuestra identidad se convirtió en un recurso eficaz en días difíciles, pero también en una limitación a la hora de conocer y analizar nuestras capacidades. El fenómeno no es propio de los cubanos, y se repite en otras etnias y nacionalidades, en donde el temor a una asimilación o sincretismo —que conlleve una disolución paulatina de algunas de sus costumbres o características— los obliga a aferrarse de forma agresiva e hipócrita a moldes superados por el devenir histórico y social.
Pero es en el comportamiento cotidiano donde más tendemos a sublevarnos cada vez que se nos señala un defecto o limitación. Nos negamos a la crítica porque pensamos nos denigra, en lugar de aprender de nuestros defectos. 
Durante muchos años, a todo aquel que se atrevía a formular la más leve crítica en Cuba se lo tildaba de “hipercrítico”. Es curioso el arraigo de ciertas palabras. La mentalidad del militante del partido comunista que imponía su discurso, del profesor de filosofía marxista que propagaba el dogma y del vigilante del Comité de Defensa de la Revolución que espiaba al vecino se extiende más allá de la disidencia y del derrumbe de la sociedad cubana.
Foto: Gran Teatro de La Habana.

jueves, 16 de mayo de 2019

Del mal y varias muertes


Un hombre ha matado y se refugia en un cine. Lo arrestarán poco después. La película que ve por breve tiempo, y que será la última en su vida, es War Is Hell (1963), de una productora y distribuidora independiente, la American International Pictures (AIP). Una de las tantas cintas comerciales de bajo presupuesto (B movie) de la época y Burt Topper, su director y productor —y también guionista— incluso tiene un pequeño papel en ella, como un teniente del ejercito estadounidense.
Hoy la película apenas se recuerda, y si es referencia obligatoria en libros y artículos es por ese espectador y esa fecha: Lee Harvey Oswald y 22 de noviembre de 1963.
Topper fue algo más que el casual director de la película que ese día se proyectaba en el Texas Theatre de Dallas, aunque ni Kael, ni Thomson, ni Farber, ni Sarris, ni Rosenbraum se preocupen por él. Katz, más meticuloso, sí. Pero en su casi asombro por mencionarlo hay más ironía mordaz que labor de enciclopedista.
“Por alguna razón, sus filmes han sido discutidos con alguna profundidad por críticos de la principal revista de cine francesa, Cahiers du Cinéma”, dice Katz, y uno sabe que está más burlándose de los críticos de la Cahiersque justificando a Topper con la mención. Sin embargo, la reticencia no llega a desprecio. Katz mantiene a Topper en las siguientes ediciones de su The Film Encyclopedia.
No es, por otra parte, que Topper dé para mucho. Aunque tras realizar varios proyectos con la AIP desarrolló una carrera como productor independiente, siempre mantuvo sus vínculos con la compañía y lo que es más importante: se mantuvo haciendo productos similares en un cine que recorrió los últimos años de la década de 1950 hasta llegar al final de la de 1970 —atravesando el mundo de la televisión, las grandes superproducciones, Europa y aprovechando crisis, tensiones mundiales y contracultura para justificar un argumento: cintas “de relleno”, películas que no pretendían ser filmes. Si algunas de ellas son hoy “de culto” es por peculiaridades, momentos y circunstancias.
Ello no impide que más de una pueda verse sin pudor ni demasiados reparos, y el mejor ejemplo es The Strangler (1964), con un argumento que busca aprovechar la notoriedad del “estrangulador de Boston” —un asesino en serie de los años 60.
The Stranglerdebe todo a la actuación de Victor Buono, en el papel de reprimido sexual y asesino psicópata, y a Ellen Corby como su madre dominante y enferma cardiaca.
Por su figura corpulenta, Buono —que siempre da la impresión de que uno encuentra de pronto a Oliver Hardy en un argumento equivocado— nació destinado a dos tipos de papeles: cómico o villano. Destacó en el segundo, tanto en cine como en televisión, aunque durante su relativa corta vida (murió en 1982, a los 43 años) grabó varios discos humorísticos y publicó un libro de poesía cómica. Llegó al set de The Stranglertras una nominación al Oscar como actor secundario enWhat Ever Happened to Baby Jane? (1962). En el aspecto sexual fue a un tiempo comedido y osado, como algunos de los personajes que interpretó. Pudoroso en extremo, nunca enfatizó su homosexualismo pero no ocultó el hecho de vivir con su pareja.
Los productores pensaron titular The Strangler como The Boston Strangler, pero luego dejaron la ciudad indeterminada, como si fuera cualquiera de Estados Unidos. Ello permitió que el titulo sirviera aún a la versión de 1968, realizada por Richard Fleischer y protagonizada por Tony Curtis como el estrangulador y Henry Fonda como el principal detective a cargo del caso. 
Ambas películas se apartan de la historia real de los hechos. La cinta de 1964 omite las violaciones y termina con la muerte del psicópata. En la versión de 1968 no solo se menciona la ciudad, sino el presunto asesino (Albert DeSalvo), quien confesó ser el autor de los crímenes pero fue sentenciado por las violaciones, no por las muertes, y luego moriría asesinado en prisión. No fue hasta 2013 que una prueba de ADN pudo establecer su culpabilidad. Las dos comparten esa aproximación simplista del cine en la psicología, con el criminal como esquizofrénico paranoico capaz de burlar un polygraph(en la primera) e intensos interrogatorios (en ambas).
Topper fue contratado para dirigir The Strangler a raíz de su trabajo en War Is Hell. La producción comenzó a mediados de septiembre de 1963, unos dos meses antes de que Oswald entrara en aquel cine en Dallas, y su vida y las consecuencias de sus actos desbordaran cualquier trama imaginada de prisa, bajo los apremios y límites de la AIP.

domingo, 12 de mayo de 2019

Comercio entre EEUU y China: realidad e ilusión


Isaac Deutscher cita a León Trotsky, quien afirmó en una ocasión que la revolución rusa corría el peligro de ser derrotada no solo por una entrada hostil al país de tropas extranjeras, sino por una “invasión de mercancías extranjeras baratas”. 
El vaticinio de Trotsky resultó correcto. Al final fueron los objetos de consumo y no los misiles los que hicieron polvo al imperio soviético.
Lo que no pudo prever Trotsky fue esa especie de ecuación a la inversa, que ocurriría años más tarde: el país más capitalista del mundo bajo una similar “invasión de mercancías extranjeras baratas”, solo que en este caso elaboradas en una nación con  un modelo económico que comparte semejanzas y grandes diferencias con Estados Unidos, pero cuyo sistema político tiene aún una estrecha vinculación con el creado por Lenin y Stalin en tiempos de la desaparecida Unión Soviética.
Lo que comenzó con las críticas diarias del ahora presidente Donald Trump sobre las injusticias del comercio entre EEUU y China, y la pérdida de puestos de trabajos de los estadounidenses , y luego escaló a una limitada guerra comercial entre las dos superpotencias, entra ahora en una etapa donde cada rival busca ver quien cede primero y se desgasta más rápido, pero en la cual los términos ideológicos serán cada vez más explícitos —aunque por supuesto la querella política siempre ha estado presente— en la confrontación entre dos modelos. Podrá hablarse de soberanía, de economía estatal y de mercado, de supuesta injerencia, de aprovechamiento y de víctimas, pero al final todo se reduce al enfrentamiento entre dos imperios.
Comercio e ideología
Los esquemas ideológicos continúan limitando la comprensión de los procesos políticos. China se benefició en gran parte de la derrota de la URSS. Su éxito fue la consecuencia lógica de apartarse del proyecto soviético en lo económico, mientras las estructuras de dominación política se han conservado casi intactas.
China está lejos de alcanzar al poderío norteamericano, pero desde hace años inició una larga marcha para lograrlo, mientras EEUU está empeñado en la preservación de su status quo en el equilibrio internacional.
Desde su llegada la Casa Blanca, el presidente Donald Trump se ha mostrado decidido a cambiar los términos de acuerdo, en lo que se refiere a la balanza comercial.
Trump, que no dejó de denunciar el superávit de China durante la campaña electoral, impuso el año pasado aranceles punitivos a muchos productos de ese país. Tras una tregua durante las negociaciones, que se suponía avanzaban positivamente, el pasado viernes entraron en vigor nuevos aranceles a productos chinos importados, por unos $200.000. Además de estas medidas vigentes, Trump ha amenazado de que  “pronto” podría empezar a gravar con un nuevo arancel del 25% otros $325.000 millones en bienes adicionales del gigante asiático que actualmente entran a EEUU sin pagar impuestos, informa el diario español El Mundo.
La reacción de Trump, al parecer, fue debida a un cable diplomático de Pekín, que llegó a Washington a última hora de la noche del viernes anterior, con ediciones sistemáticas a un borrador de acuerdo comercial de casi 150 páginas, de acuerdo a la agencia Reuters.
En cada uno de los siete capítulos del borrador de acuerdo comercial, China eliminaba sus compromisos de cambiar las leyes para resolver las quejas principales que causaron que EEUU iniciase la guerra comercial: el robo de propiedad intelectual y secretos comerciales de EEUU; transferencias forzadas de tecnología; la política de competencia; el acceso a los servicios financieros; y la manipulación de la moneda. Las reversiones por parte de Pekín socaban las demandas centrales de Washington. 
De acuerdo a expertos familiarizados con las negociaciones, los funcionarios chinos determinaron que muchas de las concesiones que EEUU solicitaba entraban en conflicto con leyes chinas que el gobierno no estaba preparado para modificar, según The New York Times. Al parecer, fue el propio presidente chino, Xi Jinping, quien decidió no proceder con tales concesiones.
Las exportaciones chinas y estadounidenses
China es el tercer mayor exportador de bienes a EEUU, detrás de Canadá y México. También es el tercer mayor comprador de servicios estadounidenses cuyo ranking lideran Gran Bretaña y Canadá.
El intercambio comercial de bienes y servicios entre EEUU y China alcanzó el año pasado un total de $737.100 millones.
Pese a las medidas de Trump, en 2018 el déficit comercial de EEUU con China fue de $378.700 millones, un aumento de 12,8% respecto al año anterior.
Por su parte, el año pasado los estadounidenses exportaron bienes por $120.000 millones a China, un 7,4% menos que en 2017. Al mismo tiempo, EEUU importó de China por valor de $539.000 millones: es decir, 6,7% más que un año antes, según el Departamento de Comercio estadounidense, informa la AFP.
En el rubro servicios, EEUU tuvo el año pasado un superávit de $40.400 millones con China, en áreas como las de marcas registradas, softwarey transporte, entre otras. Estas exportaciones contribuyen a la economía estadounidense con más de 1,1 millones de empleos, según la Cámara de Comercio Estados Unidos-China.
Sin embargo, muchos críticos —incluidos miembros de la Casa Blanca— alegan que el traslado de fábricas le costó a EEUU la pérdida de millones de puestos de trabajo, desde que China pasó a ser miembro de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001.
Aunque varios economistas consideran que no es tan clara la relación entre comercio y empleo: EEUU está casi en pleno empleo, pese al descomunal déficit comercial con la potencia asiática. Los trabajos perdidos estaban concentrados en determinadas fábricas y localidades, mientras que los empleos ganados se registran en todo el país.
Una parte del sector agrícola estadounidense ha sido perjudicado por la disputa comercial entre Pekín y Washington. Este sector es al mismo tiempo una parte importante de la base electoral del presidente.
El año pasado las ventas de soja estadounidense a China cayeron 75% contra 2017 y sumaron apenas unos $3.000 millones luego que Pekín impuso aranceles en represalia a las medidas tarifarias de Trump.
La industria química también ha confrontado dificultades.
“China suministra a Estados Unidos numerosos productos químicos que no están disponibles en otro lado y son insumos decisivos para las manufacturas en Estados Unidos”, dijo Cal Dooley, presidente del Consejo de la Industria Química de EEUU.
“Los riesgos de seguir usando a los aranceles como táctica de negociación con China simplemente son demasiado altos y no es claro que tengan algún beneficio”, señaló. 
“Está claro que las tensiones entre Estados Unidos y China son una amenaza para la economía mundial”, declaró Christine Lagarde, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), en París.
Aumento del impacto de la guerra comercial 
Las tarifas no son más que impuestos que pagan los importadores por mercaderías extranjeras, y que por supuesto se lo pasan a los clientes. Así que serán los ciudadanos estadounidenses quienes en última instancia pagarán las tarifas del 25% a los productos chinos.
Por supuesto, dichas tarifas perjudican las ventas y el productor y comerciante busca que sus productos sean competitivos en precios sin afectar sus ganancias. Pero desde hace años los estadounidenses disfrutan de una baja inflación, y las empresas de ganancias considerables, gracias al libre comercio, una política económica que es la quintaesencia del capitalismo en los países desarrollados. Con su estilo populista, Trump ha creado una amalgama ideológica donde supuestamente el libre mercado y el mercantilismo se dan la mano.
Trump ha señalado que si ambas partes no alcanzan un acuerdo —de momento las conversaciones no tiene fecha futura de reanudación—, Estados Unidos volvería a fabricar productos que China elabora actualmente. “Será a la antigua, la forma en que solíamos hacerlo: Nosotros haremos nuestros propios productos”.
Cabe preguntarse por el futuro de EEUU, si tal disparate del mandatario encuentra oídos receptores incluso entre sus fanáticos. El cambio en la economía de EEUU, de nación fundamentalmente productora de mercancías a país de avanzada mundial en la esfera de los servicios, la comunicación y la información es un índice de desarrollo, no de retroceso.
Hasta ahora la economía de EEUU ha limitado el impacto de la guerra comercial, pero los expertos apuntan a que tendrá consecuencias si el conflicto se alarga.
La imposición de tarifas y el panorama de una falta de acuerdo en un futuro cercano resultarán en un fuerte golpe para la economía de EEUU, advierte Deborah Elms, directora ejecutiva del Centro de Comercio de Asia.
“Todas esas compañías de EEUU que de repente se enfrentan a un 25% de incremento en los costos, y hay que recordar además que China va a responder con sus propias medidas”, añade Elms según la BBC.
 “Una guerra comercial será mala para China, tanto para la economía productiva  como para los mercados financieros, y también resultará mala para la economía mundial”, señala Gary Hufbauer, del Instituto Peterson para la Economía Internacional.
Realidad, imagen y percepción
En esta disputa comercial, cuentan mucho no solo los datos económicos sino las percepciones de ambas partes, y las que estas creen tienen sus respectivos rivales.
De acuerdo a varios expertos, por el momento la coyuntura parece favorable a Trump, con un crecimiento más sólido de lo previsto en el primer trimestre (+3,2%), frente a una economía china que se vio afectada el año pasado por los aranceles, informa la AFP.
Según Trump, China tiene más que perder que EEUU en este conflicto, porque como máximo solo puede aplicar aranceles a $120.000 millones de mercancías estadounidenses (el monto de las exportaciones de 2018).
Aunque el análisis del mandatario estadounidense limita la posible capacidad de respuesta de Pekín a la imposición de tarifas. En realidad, China puede desplegar medidas de otro tipo —más agresivas y de las cuales de momento ha preferido prescindir— como la venta de parte de la deuda estadounidense en sus manos o de bonos del gobierno de EEUU. Esto para limitar la respuesta al campo económico —mercado y finanzas—, ya que en la esfera de la geopolítica la situación puede complicarse para ambas potencias.
De acuerdo al Consejo Económico sino-estadounidense, las exportaciones estadounidenses hacia China bajaron el año pasado y los estados de EEUU que más exportan sufren por los aranceles chinos.
La disputa comercial ha mostrado fisuras dentro de la Casa Blanca y entre los aliados del presidente, con algunos funcionarios que presionan por una rápida resolución para calmar los mercados antes de 2020, y otros advirtiendo al presidente que un acuerdo débil con China podría dejarlo políticamente vulnerable para las elecciones del próximo año.
Alentado por una economía estadounidense saludable, Trump parece dispuesto a mantenerse firme en su guerra comercial, sobre todo a partir de que el citado déficit comercial mensual con China cayó en marzo a su nivel más bajo desde 2014, producto de una desaceleración de las exportaciones china a EEUU, pese que el déficit comercial general de EEUU con el mundo aumentó 1,5% en marzo, a $50 mil millones, según la CNBC. Trump considera que hay una relación entre esta disminución y las cifras positivas de crecimiento económico.
Pero si bien la mayoría de los grupos empresariales están de acuerdo con Trump en que China participa en prácticas comerciales desleales, no respeta la propiedad intelectual estadounidense y continúa subsidiando a sus empresas estatales, consideran que las tarifas son un instrumento de negociación deficiente, según The New York Times.
“Las empresas estadounidenses continúan teniendo problemas importantes con las políticas comerciales de China, pero simplemente debemos encontrar una manera de abordarlas que no convierta a nuestras empresas más competitivas en daños colaterales”, dijo Peter Robinson, director ejecutivo del Consejo de Estados Unidos para Negocios Internacionales, de acuerdo al mismo diario.
Ambas partes creen estar mejor posicionadas que la otra como para sobrevivir, advirtió Scott Kennedy, experto en comercio del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, informa la AFP.
Los chinos “no se ven a sí mismos como frágiles y creen que Estados Unidos crece a gran ritmo debido a rebajas de impuestos que no podrá seguir afrontando”, agregó.
 “Hemos entrado en una etapa donde la competencia geopolítica EEUU-China se ha intensificado y ahora es más explícita”, afirma Michael Hirson, director de Asia de la firma asesora Grupo Eurasia.
Estados Unidos y China han entrado en una etapa de confrontación que afecta no solo a ambos países, sino a la economía mundial en su totalidad.
A la salida de la Ciudad Prohibida, con el famoso cartel de Mao a un lado y camino a la Plaza de Tiananmen (fotografía: Rui Ferreira).

lunes, 6 de mayo de 2019

«Mi estimado Rick, ¿cuándo te vas a dar cuenta…?»


Con el tiempo Miami se ha convertido no en la frontera establecida por décadas —el punto que definía la llegada a ‘‘tierras de libertad’’— sino el espacio donde se adquieren las mercancías, o se gana el dinero que se gasta en la otra orilla.
Para el régimen cubano el objetivo siempre ha sido subordinar al exilio a una función abastecedora: bajo el mantra de una patria que todo lo espera y nada tiene que dar a cambio, el exiliado debe cumplir su deber filial. La familia que quedó atrás se convierte entonces en una vía para el sostenimiento de la nación, tal y como la entienden sus gobernantes.
“Si las Tropas y las Milicias cubanas no DEJAN de inmediato las operaciones militares y de otro tipo con el propósito de causar la muerte y la destrucción de Venezuela, se impondrá un embargo total y completo, junto con las sanciones de más alto nivel”, escribió el presidente estadounidense Donald Trump en su cuenta de Twitter.
Tras la amenaza —difícil de llevar a cabo a estas alturas por otra parte— no hay más que un intento de vuelta al pasado. No responde a una vocación seria o un interés genuino por parte del mandatario sino a una forma fácil de garantizar los votos en busca de su reelección. Trump juega con los exiliados cubanos la misma carta que con los cristianos ultraderechistas: garantizar a sus partidarios más fieles que pueden confiar en él.
Solo que en el caso del llamado “exilio histórico” de Miami —en última instancia el único que queda en pie: es un decir— esta vuelta al pasado no sería más que un reclamo del fracaso.
Supongamos por un momento que Trump interrumpe los vuelos directos, el envío de remesas y cierra las fronteras de Estados Unidos a los cubanos de la isla. Demos aún un pasó más allá e imaginemos que suspende el correo postal, suprime las llamadas telefónicas y termina por cerrar la embajada en La Habana.
Pues bien, no estaría haciendo otra cosa que reinstalar normas y políticas que ya estuvieron vigente en el pasado y no condujeron a camino alguno en favor de la democracia, la libertad o el avance de los derechos humanos en Cuba.
Los exiliados cubanos en Miami con familiares en la isla volverían a recurrir a los vuelos por terceros países, las redes internacionales de comunicación y los potenciales intermediarios en Canadá u otra parte a los que se enviaría dinero para que a su vez estos lo hicieran llegar Cuba, no mediante bancos y agencias de envíos sino mediante gestiones personales. Ya todo ello existió y fracasó en cuanto a un avance democrático o el fin de la represión. 
Aferrarse al embargo es batallar a favor de la derrota, defender una trinchera que es un blanco perfecto para el enemigo, desde la cual no se puede lanzar un ataque y que solo protege un pozo sin agua custodiado por un puñado de soldados sedientos. Se trata de una herramienta tan poco efectiva para lograr la libertad de Cuba que no justifica una discusión seria: su ineficacia ha quedado demostrada por el tiempo; su significado reducido a un problema de dólares y votos y su valor a una pataleta.
Claro que la puesta en práctica en pleno de la Helms-Burton autorizada por Trump es afín a su política comercial nacionalista de tarifas y aislamiento. Pero ese ir contra la corriente en un mundo cada vez más globalizado tiene el significado de un paréntesis —el valor de uno o dos períodos administrativos en EEUU— y no establece una política duradera.
Por supuesto que moralmente es condenable que el robo de propiedades en Cuba quede impune y que extranjeros estén aprovechándose de ello, pero la situación actual va mucho más allá de un problema de litigios. Concentrar las esperanzas en la Helms-Burton es una ilusión vana que por demasiado tiempo ha abrumado al exilio. Pero mejor sería que quienes hoy ponen esperanza en dicha ley volvieran a ver  Casablanca: “Mi estimado Rick, ¿cuándo te vas a dar cuenta que en el mundo actual el aislacionismo ya no resulta una política práctica?”.

domingo, 5 de mayo de 2019

Cuba, Venezuela, la familia y la vía coreana


Como en un lance de muy reducidas alternativas, el régimen cubano siempre ha mostrado unos dados con apenas dos caras: aceptar una situación sin cambio político en la isla o el peligro del caos. Es posible que ha llegado el fin de tal dicotomía, pero también cabe la duda si asistimos a un bluf por parte de Washington.
El presidente Donald Trump amenazó al gobierno cubano con un “embargo total y completo”, pero resulta difícil considerar la amenaza más allá de una fanfarronada.
El mandatario, por otra parte, no ha logrado siquiera cerrar las fronteras de Estados Unidos a la entrada de inmigrantes indocumentados, como es aparentemente su deseo y como prometió durante la campaña que lo llevó a la Casa Blanca.
¿Un embargo “completo”? Al parecer Trump ha cambiado de canal de televisión: ha dejado Fox por TCM y las películas de la II Guerra Mundial.
Aunque no hace falta ese “embargo completo” para complicarle la vida a los cubanos de a pie.
Hay un peligro real de una crisis económica profunda en Cuba —ocasionada por la desaparición del sostén económico que representa Venezuela— y de un caos consecuente a noventa millas de Estados Unidos.
Algunos en el exilio de Miami apuestan al caos como una solución para la llegada de la democracia a la isla. Pero esta es sin duda una mala alternativa, por dos razones fundamentales.
Una es la capacidad demostrada —y no disminuida— con que cuenta el régimen para exportar las dificultades fuera de sus costas; no mediante un éxodo masivo sino a través de presiones emocionales y de todo tipo sobre una comunidad que ya no se caracteriza por la ruptura sino por la continuidad.
La segunda es que nada garantiza que la repuesta a un potencial tumulto sea un avance democrático, sino más bien un retroceso social y político. Además, ninguna nación apuesta por un desorden que indudablemente repercutirá en sus costas.
Hasta hace poco parecía que el futuro del gobierno de Raúl Castro dependía de la disminución de la brecha entre la vida del ciudadano de a pie y la Cuba que ofrecía una imagen de estabilidad a los ojos del mundo. 
Castro fracasó en ese esfuerzo, si alguna vez realmente se lo propuso como objetivo serio, pero logró mantener la estabilidad mediante una hábil mezcla de apatía y represión. Las imágenes del desfile por el 1º de Mayo, ocurrido hace unos días, refuerzan el hecho. Por años también, optó por mantener la indecisión entre la permanencia y el cambio. Y ahora con Trump esa indecisión amenaza con convertirse en reproche por no aprovechar mejor la apertura brindada por Obama.
Pero lo cierto es que con una figura en la presidencia cubana que apenas se define por su transitoriedad, las posibilidades de un desastre se han multiplicado.
Mientras tanto, la situación venezolana se caracteriza por ser una especie de montaña rusa diaria —más que un ajedrez político—, con la inestabilidad como estrategia y la confusión convertida en táctica cotidiana.
En ese escenario, mientras Nicolás Maduro se aferra al poder cada vez más como un déspota tártaro, la esperanza de Washington transcurre entre presiones diplomáticas —mentiras y especulaciones bajo el disfraz de guerra psicológica— y  una hasta ahora infructuosa espera —bolsa en mano— por la llegada de los generales chavistas que saquen del camino al payaso opresor. 
Como en Venezuela no hay cohetes y sí mucho petróleo, no cabe aguardar por una vía coreana: esa de cumbres sin sentido, risas y gestos vacíos. El gobierno de Maduro carece de futuro. ¿Y qué le queda a los cubanos? ¿Sangre, sudor y lágrimas? No tan dramático: la llamada a Miami para más envíos. A no ser que Trump corte también la línea telefónica. Aunque alguien debe advertirle que cuando se trata de la familia cubana, no basta con amenazas.

Wajda y la «Cruzada de los Niños»


Gates to Paradise(1968) es una película singular dentro de la filmografía de Andrzej Wajda. Al menos por dos características de su momento de exhibición: es una producción británica y trata de una manera abierta —sobre todo en el aspecto visual— el tema del homosexualismo.
Creo que ambas cuestiones me permiten afirmar que en su época no se exhibió en Cuba y que puedo confiar en mi recuerdo de no haberla visto. 
Si bien el homosexualismo sirve de referencia malsana, pecaminosa —en lo que es acorde con la doctrina católica—, su explicitud visual no era común entonces y mucho menos para un director del campo socialista. De haber sido posible disponer de ella, dudo que el ICAIC se hubiera atrevido a ponerla por esos años.
Con anterioridad Wajda había filmado fuera de Polonia —El amor a los veinte años(1962) y Lady Macbeth en Siberia(1962)—, pero en un caso (El amor…) se trató de un cuento dentro de una producción internacional, con cinco directores de todo el mundo, y Lady Macbeth… es una producción yugoslava, en lenguaje serbo-croata, basada en el mismo relato de Nikolai Leskov que utilizó Dmitri Shostakovich para su ópera (censurada por Stalin), y aunque la película utiliza parte de la música de Shostakovich, no es una versión cinematográfica de la obra del compositor soviético. Gates to Paradisees una película hecha con una productora capitalista y un reparto internacional (la versión original está hablada en inglés, la disponible en YouTube, algo más breve, tiene los diálogos en alemán con subtítulos en inglés). 
Verla hoy para muchos debe reducirse a una curiosidad, por la actuación en su primera parte de una adolescente Jenny Agutter, y nada más. Pero sin ser un filme importante en la extensa obra del director polaco, en su simplicidad narrativa y pese al desbalance de las actuaciones que se inclinan demasiado en favor de los personajes masculinos, logra sostenerse con decoro aunque sin grandes méritos. Al final son los niños, en su conjunto y diversidad —siempre avanzando con una obstinación entre angelical y desafiante— lo que salva la película.
Aquí Wajda vuelve a trabajar con una obra y un guion del escritor polaco Jerzy Andrzejewski —lo había hecho con anterioridad en Cenizas y Diamantes(1958) y en Los Hechiceros Inocentes(1960)—, solo que ahora la trama ni es contemporánea ni se refiere directamente al país de ambos. Aunque como siempre en Wajda, el pasado sirve para indicar el presente.
El año es 1212, en el norte de Francia, y el tema histórico; o más bien seudohistórico, porque su existencia es puesta en duda en la actualidad: la llamada “Cruzada de los niños”, la leyenda de un movimiento popular originado cuando miles de niños decidieron seguir el llamado de un pastor adolescente —Jacques de Cloyes— y marchar a “Tierra Santa” para convertir a los musulmanes al cristianismo de forma pacífica, mediante el don de la pureza infantil: lograr con la inocencia lo que no había sido posible con las armas (se habla de otro movimiento similar en Alemania, con otro niño pastor —Nicolás de Colonia).
Todas las descripciones donde se mezclan posibles hechos con mitos —narraciones populares, el cuento del “Flautista de Hamelín”, diversos estallidos sociales en que niños, y no solo niños, se lanzaron al camino a consecuencia del hambre y utilizaron la religiosidad como pretexto— coinciden en un final triste: la mayoría de los niños murieron en el trayecto por tierra, otros se ahogaron en el mar y los pocos sobrevivientes fueron vendidos como esclavos. 
El guion de Andrzejewski retoma estos pocos datos en una narración que abre y cierra la película y por lo demás añade algo de ficción para armar el desarrollo: un sacerdote bonachón salido del monasterio tras arrepentirse de los desmanes que cometió como cruzado; un noble —también antiguo cruzado— que sabe ya no puede intentar de nuevo volver a Jerusalén y aplaca su tormento enamorándose de efebos; el resto son pastores adolescentes de ambos sexos, guiados no por el fervor religioso sino por el atractivo de la carne, dominados por la pasión, el desengaño y la frustración amorosa.
Al final el sacerdote descubre, mediante confesiones que son mas bien interrogatorios de policía comprensivo, que todo es falso. Pero no logra interrumpir el peregrinaje, porque comprueba que “la verdad no brinda esperanza, esta solo se alimenta de la mentira”. Y aquí es donde Wajda introduce la crítica actual en un filme histórico: la perversidad del fanatismo.
“La Cruzada de los Niños” no solo ha servido de inspiración a Andrzejewski. Uno de los libros de los más de cien cuentos escritos por Marcel Schwob lleva igual título. La mejor novela de Kurt Vonnegut, y por la cual ocupa el lugar que merece en la literatura,  Slaughterhouse-Five(1969), tiene como subtítulo: The Children's Crusade, y en ella Vonnegut hace referencia a la anécdota, lo ocurrido, el engaño, como un elemento más de la ironía y catástrofe que suelen encerrarse tras una supuesta causa justa. A Wajda parece moverlo un sentimiento similar, aunque más pausado, menos trágico y kafkiano al extremo a Vonnegut, pero con igual énfasis en la inutilidad y el absurdo.  


Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...