viernes, 28 de junio de 2019

Los demócratas y la lucha contra los fantasmas de Clinton y Obama


El choque entre la congresista Kamala Harris y el exvicepresidente Joe Biden ilustra no solo algunos de los temas que resultarán esenciales durante toda la campaña, sino lo que es más importante: el enfoque y las posibles soluciones que dicen representar cada uno de los candidatos.
El punto de fricción tiene que ver con el llamado “busing”, la política de trasladar alumnos de enseñanza primaria, en ómnibus escolares públicos, para que estudiaran en escuelas fuera de sus zonas residenciales. El objetivo era buscar una mayor diversidad en las aulas, poner fin a la situación de gueto y también brindar la posibilidad de que aquellos niños que vivían en zonas más desfavorecidas se beneficiaran de mejores instalaciones y profesores. En general se pretendió extender los horizontes de todos, tanto los de unos barrios como los de otros.
La senadora Harris reconoció ayer jueves que ella fue una de las niñas que utilizaron esos autobuses como parte del programa de integración de las escuelas públicas en  Berkeley, California. También sentirse “dolida” por los comentarios que Biden hizo a principios de mes, en los que el exvicepresidente se refirió a su labor conjunta con el senador por Mississippi James Eastland, un segregacionista, durante su época en el Senado. No solo Harris sino otros contendientes y políticos demócratas piensan que Biden debe pedir disculpas por ello, a lo que él se ha negado.
El exvicepresidente dice que nunca se opuso al “busing”, siempre que fuera una participación voluntaria y nunca una norma impuesta por la secretaría de Educación, ha defendido su historial a favor de los derechos civiles y su apoyo a las medidas federales para combatir las causas de la segregación en escuelas y comunidades, así como ha insistido en estar a favor de utilizar la autoridad federal para imponerse sobre medidas estatales favorables a la segregación.
Harris y Biden comparten características de entorno familiar —clase media, profesionales, ejecutivos, más de un vaivén económico en el caso de Biden— aunque no proceden de familias ricas. No son miembros de los sectores más acaudalados. Sus puntos de vista difieren no por razones de clase económica o política, sino por visiones diferentes, condicionadas en buena medida por edad, circunstancia y hasta estados de procedencia. 
Hay en todo esto mucho de diferencia de opiniones y métodos, pero más aún de competencia electoral. Aunque sobre todo hay un aspecto de percepción y actitud que vale la pena destacar.
Si llegara a la presidencia Kamala Harris —de madre inmigrante de India y padre procedente de Jamaica, ambos profesionales— podría considerarse hasta cierto como la continuación de la vía de la diversidad en la Casa Blanca iniciada por Obama. Biden, por su parte, sería el triunfo del político estilo los Clinton (señalo en un sentido general, no hago comparaciones). Por supuesto que de momento es imposible predecir si el electorado estadounidense en general, no solo el núcleo duro del Partido Demócrata, este de nuevo dispuesto a retomar un camino de transformación nacional, o si prefiere el statu quoo continuar con el retroceso.
Las dos últimas alternativas se refieren a Donald Trump, pero también a Hilary Clinton, e incluso —¿por qué no?— a Barack Obama. Comienza a decantarse una línea divisoria entre los contendientes a la candidatura demócrata que se define por el avance o el retroceso; no solo por ideas o proyectos más a la izquierda o una búsqueda del votante del centro. Irremediablemente esta línea guarda relación con la edad de quienes se disputan los votos y coloca a Bernie Sanders en una posición singular y también incómoda: ver como algunas de sus propuestas, mantenidas desde la elección anterior, reaparecen ahora en boca de sus rivales. Pero esta vía de avance debe ser también —y sobre todo— un proyecto que termine de enterrar la época de Obama. Sin despreciar su labor, la posibilidad de retomar la senda de transformación que pareció iba a desarrollarse tras el funesto paso de George W. Bush por Washington, y que en buena medida se frustró. Que renazca la esperanza de un cambio no es mirar atrás, no es caer en la nostalgia ni perderse en el rencor.

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