miércoles, 8 de septiembre de 2021

The Long and Winding Road


En el camino de la transición se parte de la falacia de que existen constantes en las políticas de cambio y se descuida el análisis de las circunstancias específicas.
Para mencionar sucesos con resultados parciales o limitados en el avance real para un cambio en Cuba, y que ya se perciben como lejanos pero ocurrieron hace pocos años —durante el período final de la administración de Obama—, destaca el hecho de que algunos de los que reclamaban el “empoderamiento de la sociedad civil”, desde la orilla miamense o en su proyección en la capital estadounidense —tanto en la esfera gubernamental como mediante el cabildeo y las conversaciones en los pasillos del Capitolio estadunidense— se negaron al mismo tiempo a facilitar mayores recursos para el avance de lo que pudieron ser sus factores esenciales o al menos contribuyentes: la promoción de negocios particulares, el refuerzo a la labor de emprendedores y otros aspectos de ayuda a una reforma económica.
Se vivió entonces bajo dos visiones disímiles —y en ocasiones contradictorias— sobre una posible sociedad civil cubana. Una enfatizaba el plano político y destacaba la existencia de grupos de denuncia de abusos; que en buena medida justificaban su existencia mediante la retorica de la victimización y dependían del financiamiento de Washington y Miami para su existencia. La otra apuntaba al plano económico y veía el surgimiento de una esfera laboral independiente del régimen como la vía necesaria para el fundamento de una sociedad más abierta.
En ambos casos, las limitaciones se destacaron por encima de los logros.

La “pureza” perdida

Los empleados estaban preocupados, y hasta con vergüenza. Bueno, esto último era de esperar que fuera fingido; aunque nadie escatimaba en el esfuerzo. Bajaban la cabeza y evitaban mirarse unos a otros, pero todos pensaban lo mismo: en las próximas semanas su vida se iba a complicar —incluso— un poco más: nuevas incomodidades y menos tiempo disponible para ellos, su familia o para perderlo en lo que se les antojara. Porque el ministro había sido claro: “El dinero obtenido era un dinero sucio. Así no podía ser la cosa. Se había perdido la pureza y era necesario recuperarla de inmediato”.
Era La Habana y la década de los sesenta y los que soportaban el reproche autoritario no eran culpables de un robo, tráfico de drogas, prostitución, y ni siquiera engaño alguno. En las últimas semanas se habían dedicado a conseguir los artículos más diversos y humildes para venderlos en pequeñas ferias tras el horario semanal —aunque llamar “feria” a cuatro mesas con cuatro tarecos en una acera evidencia torpeza en quien escribe. Centavo a centavo se acercaban a la meta fijada en el ministerio para contribuir económicamente a un evento cualquiera, decretado por el gobierno, el partido, Fidel Castro o cualquier otro sinónimo.
Sin embargo, en vez de felicitarlos, como todos esperaban por estar cercanos a la cifra de recaudación —que incluso pensaban superar—, el ministro estaba indignado. Consideraba que el empeño no ejemplificaba un esfuerzo revolucionario sino una obra de perdición.
Porque las ganancias producto de unas sencillas ventas estaban viciadas. No era dinero puro y de inmediato quedaban prohibidas actividades de ese tipo. Los fondos que faltaban para cumplir el compromiso y superarlo —siempre se daba por sentado que los compromisos se superaban— había que ganárselos con trabajo agrícola.
El ministro volvía una y otra vez a enfatizar ese lenguaje casi religioso —de honor y pecado—, como si fuera no un simple cura sino un obispo o regidor, mientras se arreglaba la chaqueta de cuero; porque un ministro podía ostentar que todo el tiempo estaba en un ambiente refrigerado, donde no llegaba el calor de aquel verano en la Cuba revolucionaria.

La blanca nostalgia


La apropiación o nostalgia de Bach —y de la música barroca en general— por grupos como The Beatles y Procol Harum no es ajena a un interés similar que a finales de la década de 1960 existió entre músicos cubanos ejecutantes en orquestas de charanga, que por limitaciones económicas —entre otros factores— desde su niñez y adolescencia fueron incapaces, debido a circunstanciales sociales y económicas, de alcanzar una formación mejor. En Cuba, brevemente, ese hiato fue superado, y se logró disfrutar de agrupaciones entre las cuales Irakere logró ser símbolo y síntesis.
En Gran Bretaña ese esfuerzo más o menos consciente —aunque ambas categorías palidecen ante la presencia de un personal de apoyo con plena capacidad— sirvió para el empeño en boga de destruir las distinciones entre música popular y de concierto. Labor meritoria que, por otra parte, no logró abolir el azar.

martes, 7 de septiembre de 2021

Miami: el delirio de la intervención


En su último discurso sobre el Estado de la Unión, el ahora expresidente Barack Obama señaló que no era la función de Estados Unidos “reconstruir cada país que entrara en crisis”. Y luego enfatizó: “Eso no es ser un líder. Es una manera segura de acabar en un atolladero, derramando sangre y dinero estadounidense. Es la lección de Vietnam, de Irak, y ya deberíamos haberla aprendido”.
Sin saberlo, el entonces mandatario adelantaba la respuesta adecuada a una congresista como María Elvira Salazar, que en las últimas semanas ha acusado al presidente Joe Biden de “no ser líder”, por no tomar medidas más activas contra el gobierno cubano. ¿Hasta dónde llegarían esas medidas? Para los partidarios de los representantes cubanoamericanos del sur de Florida —republicanos por más detalle— la respuesta es corta: una invasión armada.
Curiosamente, la línea de acción que Obama anunciaba en aquella ocasión, que por otra parte lo acercaba a una tradición del pensamiento conservador —cuando los miembros del Partido Republicano criticaban al entonces presidente Bill Clinton por pretender convertir a los soldados estadounidenses en “protectores de las guarderías de Kosovo”—, no es compartida los legisladores republicanos del sur de Florida. Al menos en lo que respecta a Cuba.
Intervención y aislamiento
El cambio de estrategia conservadora ocurrió durante el mandato de George W. Bush, quien recurrió a una distorsión para que los hechos entraran en sus planes. Consideró a las “amenazas asimétricas” —referidas a los objetivos militares no convencionales, de las cuales el ejemplo más claro son las organizaciones terroristas— como si se tratara de potencias enemigas.
En su momento G. W. Bush recurrió a la vieja creencia estadounidense de considerar al “mal” como algo ajeno, fuera de sus fronteras. Luego, con nuevos bríos,  Donald Trump retomó la idea.
Tras Obama, la presidencia de Trump trazó una vía aislacionista que aún pervive en los fanáticos del exmandatario. Solo que en el caso de los legisladores cubanoamericanos —en los que el fanatismo hacia Trump se mide en conveniencia política; salvo en Mario Díaz-Balart, donde imperan también las afinidades electivas—, el reclamo de una intervención estadounidense directa, para algunos incluso armada, busca atraer partidarios y votos que les permitan mantenerse en el poder legislativo (¿suena familiar, no?). Para ello se imponen con la debida urgencia a llevar a cabo esa labor. Más cuando su actuación en favor de la mejoría social y económica de los distritos que representan es poca o nula; al punto de resumirse sin exageración en una frase: no les interesa dicho mejoramiento.
El mal externo
El colocar el origen y la causa del mal fuera de nuestra responsabilidad —e incluso territorio— es uno de los puntos donde han coincidido tanto el aventurerismo de Bush como el aislacionismo de Trump. Pese a sus conocidas diferencias y rencores, ambos siempre encontraron apoyo y justificación en ese sector del exilio que ahora reclama —más que pedir— una intervención militar en la isla.
En el caso de Cuba, hay que tener en cuenta que en su historia los factores externos han sido en muchos momentos más determinantes que los afanes y conductas de sus habitantes. Así, por razones y circunstancias múltiples, el hecho de que la independencia de la colonia se estableciera gracias a otra potencia extranjera —y luego la dependencia económica a dicha potencia y después a otra que en parte la sustituyó— han convertido en idea común y sin prejuicio la petición de ayuda exterior para resolver los problemas internos.
Si en EEUU la clave para explicar el furor contra lo ajeno se encuentra en la herencia puritana, algo arraigado en cierta zona del carácter nacional, que ocasionalmente reaparece e inicia un ciclo —y luego cede tras derrotas y muertes innecesarias—, igual repetición de ciclos, de euforia y sumisión, aplican en Cuba; esa hasta cierto punto extraña mezcla de mirar y copiar lo externo para luego o al mismo tiempo gritar un fervor nacionalista. 
Puede agregarse que EEUU esa fe y práctica puritana no ha sido muchas veces más que un mito alimentado por los interesas al uso. Al igual, ese “fuerte nacionalismo de los cubanos”, al que con frecuencia se refieren —por comodidad o desconocimiento— los periodistas locales y extranjeros, no pasa de ser un recurso fácil y un reflejo de ignorancia o vagancia por parte de la prensa. 
La proyección del mal como algo exterior actúa a las mil maravillas en las mentes formadas en la repulsa a lo desconocido. De dicha repulsa nace la intransigencia. Tanto la intransigencia puritana (calvinista), que también por oscurantismo o provecho tiende a ocultarse tras el cliché más burdo —“vinieron a estas tierras buscando la libertad religiosa”; sí, para ellos, pero no para los demás— como la intransigencia política que trata de callar las opiniones contrarias.
Intransigencia
Con el inicio de la lucha por librarse del dominio español, los cubanos comenzaron a exaltar la intransigencia no como un valor moral, un recurso emotivo y una justificación personal, sino como un valor político.
El error se ha trasladado a los libros de historia y a la literatura, recorre las páginas de los textos que en Cuba se enseñan desde la escuela primaria y sirve a muchos demagogos para alimentar sus engaños y de vocación suicida a unos cuantos insensatos.
Ser intransigente es negarse a transigir, a consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia, según el Diccionario de la Real Academia
De acuerdo a esa definición, la intransigencia puede interpretarse como sinónimo de rectitud, cumple una función de guía moral: cuando se transige, se cede, en parte se claudica.
La definición de intransigencia en inglés destaca otro aspecto del concepto. El intransigente rehúsa el compromiso, rechaza abandonar una posición o actitud extrema, de acuerdo al diccionario Webster.
Entre ambos aspectos de una misma definición existe un abismo cultural. Mientras que en español el intransigente es alguien que se niega a transigir, que se mantiene firme en sus convicciones, en inglés es un extremista.
La valoración positiva de la intransigencia —paradigma heredado de los patriotas,  pero que también ha servido para cubrir de gloria diversos fracasos políticos y bélicos— se asume desde hace muchos años por un sector del exilio miamense, despreocupado o inepto para juzgar el efecto negativo que la misma ejerce sobre su imagen, a los ojos del resto del país. 
Estulticia y oportunismo
La historia es vieja, muy vieja; la ilusión infinita. Lo que no deja de producir sorpresa es esa capacidad del exilio miamense, de volver una y otra a tropezar con la misma piedra, y cuando no la encuentra buscarla y colocarla en la vía.
El capítulo más reciente ocurrió durante el mandato del anterior inquilino de la Casa Blanca. Donald Trump y el exilio, donde los papeles de seductor-seducido se fueron intercambiando a partir del momento en que el exmandatario se dio cuenta que no era una mala aritmética contar con los votos de los cubanoamericanos, y que tampoco era muy difícil ganárselos. 
A partir de entonces, las cifras importaron poco para repetir viejos mitos con nuevos nombres; acelerar mentiras que reafirmasen que sin la little help de los cubanos de Miami, Trump no habría salido nunca de su pent-house en Manhattan; y por otra parte —primero con entusiasmo y luego con añoranza— aferrarse a la idea de que sin la participación del exinquilino, el fin del castrismo resultaría punto menos que imposible.
Lo peor es que vivimos uno de esos tantos momentos, en lo que respecta a Cuba, donde oportunistas, revanchistas y reaccionarios compiten a ver quien cae más bajo. Ello en medio de una oleada de terror en la isla, para paralizar el mínimo intento de rebelión política.
Ni el régimen de La Habana merece defensa alguna, ni tampoco emanó fervor el tardío reverdecimiento de La Pequeña Habana durante el mandato de Trump. Al final todo se redujo a un coro de idiotas aprovechados o de aprovechados idiotas, en ambas costas. Ahora nuevas voces y nuevos ámbitos están definiendo en Cuba la oposición —o al menos las respuestas— al régimen imperante, más allá de las persistentes torpezas en Miami. Largo es el rosario que tiene el caso cubano en intentar trasladar modelos foráneos. Aún queda una ligera esperanza de que esta tendencia se detenga.
Pasividad y más de lo mismo
El recurrir a la “pasividad” de Biden como chivo expiatorio ante la situación cubana no es solo una mentira oportunista —los políticos de ambos partidos son expertos en mentir— sino un insulto a la inteligencia del elector. Que se repita con énfasis en Miami solo indica la impunidad que por décadas ha permitido lucrar y avanzar a embaucadores disfrazados de patriotas.
Durante décadas, tanto legisladores demócratas como republicanos se mostraron más interesados en aparentar ante sus electores un interés por la situación en Cuba, que en contribuir a un cambio real en la nación caribeña.
Esa realidad siempre ha encontrado en Miami un acondicionamiento político: los republicanos diciendo que eran los demócratas quienes no querían un verdadero cambio en la isla y los segundos respondiendo desde una posición defensiva, con el argumento de que los primeros no habían hecho nada útil al respecto. En la práctica ambos partidos han hecho todo lo posible para no destacar sus objetivos comunes: el impedir una situación de inestabilidad en la isla que desencadene un éxodo masivo.
Aunque durante la administración de G. W. Bush concretó que desatar un éxodo masivo en Cuba hacia EEUU sería interpretado como un acto de guerra —y al respecto las tácticas del régimen han cambiado—, los objetivos persisten: trasladar a Miami los problemas internos de la isla.
Por otra parte, desde hace varias décadas se desarrolla en esta ciudad un espíritu reaccionario-revolucionario que ya no se materializa en acciones bélicas o terroristas (¡por suerte!), pero que no renuncia a una retórica afín. 
Ello a través de generaciones. Una parte de quienes han nacido —o desde la infancia han vivido en Miami— no logran separar las ventajas y privilegios de esta ciudad de las limitaciones que implican el identificarse de forma estrecha con un ámbito acotado, como es el de cualquier comunidad exiliada.
Sacando provecho al conocimiento de dos idiomas, y a la facilidad de un mundo por delante, han escogido el camino más fácil: apelar al sentimiento minoritario para adquirir cargos políticos y administrativos.
Al mismo tiempo, dichos supuestos representantes de la comunidad arrastran la desventaja —que no reconocen y se niegan a identificar— de carecer de patria. No en el sentido limitado de un nacionalismo antiguo —representado por una serie de valores que pueden considerarse más o menos vigentes o caducos—, sino bajo un concepto más amplio: son apátridas en la carencia de un sistema referencial contra el cual analizar y juzgar otros patrones nacionales. 
De esta forma, su patriotismo —para atenerse al argumento benevolente que poseen algunos— es en el mejor de los casos provinciano.
Historia antigua
Por demasiados años los cubanos han sido cautivos de una visión decimonónica de la historia, y una teoría del desarrollo que lleva a pensar que la evolución económica, social y política del país seguía un patrón de avance.
Este determinismo coincide en la isla y el exilio, aunque con conclusiones opuestas.
La situación imperante en la “República Mediatizada” tuvo por fin lógico la “Revolución”, se afirma desde la isla. Mientras en Miami se repite que la “República” avanzaba —con más o menos dificultades según el orador— por el camino del desarrollo, hasta ser destruida por la llegada de Fidel Castro al poder.
En ambos casos, la ilusión republicana establece la guía. Para alcanzarla, tanto en Miami como en La Habana se justifican los afanes independentistas, sin importar los medios necesarios para lograr la deseada independencia.
Una nueva generación en la isla ha transformado esta tendencia. En la actualidad, a muchos entre quienes rechazan al régimen no los alienta un afán contrarrevolucionario de destruir por completo a la sociedad existente, ni tampoco la vuelta nostálgica a la Cuba de ayer. Son ellos quieren merecen ser escuchados, y no los vocingleros de siempre en Miami.

sábado, 7 de agosto de 2021

Reclaman a Biden más información sobre la posible participación saudí en el 9/11, o que de lo contrario no participe en los actos conmemorativos


Al cumplirse 20 años de los atentados terroristas del 9/11 en Nueva York, crece el reclamo en favor de que el pueblo estadounidense conozca más sobre la posible participación de funcionarios de Arabia Saudí en los hechos.
El reclamo se materializa en una solicitud de los familiares de los fallecidos para que el presidente estadounidense Joe Biden no participe en los actos conmemorativos, a no ser que desclasifique los archivos sobre los atentados, informa la BBC.
Casi 1.800 personas firmaron una carta solicitando al mandatario que entregue documentos que creen implican a funcionarios de Arabia Saudí.
Dicen que si se niega, no debería asistir a las ceremonias el próximo mes para conmemorar el vigésimo aniversario de los atentados en los que murieron casi 3.000 personas. Piden que el mandatario se mantenga alejado de los tres sitios donde ocurrieron los ataques: Nueva York, Virginia y Pensilvania.
Según la investigación, los ataques fueron cometidos por el grupo terrorista al Qaeda. 15 de los 19 secuestradores de los aviones eran ciudadanos saudíes.
Las familias han denunciado reiteradamente que funcionarios saudíes tenían conocimiento previo de los ataques y no hicieron nada para detenerlos. Además, demandaron al gobierno de Arabia Saudí, quien negó estar involucrado.
El mes pasado, la demanda llevó a varios altos funcionarios sauditas a ser interrogados bajo juramento. Las declaraciones permanecen clasificadas, lo que molesta aún más a las familias.
“Desde la conclusión de la Comisión del 9/11 en 2004, se descubrieron muchas pruebas que implican a funcionarios del gobierno saudí en el apoyo a los ataques”, continúa la carta de las familias, de acuerdo a la BBC.
“A través de múltiples gobiernos, el Departamento de Justicia y el FBI buscaron activamente mantener esta información en secreto y evitar que el pueblo estadounidense sepa toda la verdad sobre los ataques del 11 de septiembre”, añaden.
Los gobiernos de George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump se negaron a desclasificar los documentos, citando preocupaciones de seguridad nacional.

viernes, 6 de agosto de 2021

La vieja y nueva lucha entre neoliberalismo y mercantilismo


Si la caída del Muro de Berlín marcó el fin de buena parte del mundo comunista, la crisis financiera de 2007-2008 también significó el fin de una era, esa en que estudiosos y charlatanes se mezclaron con la intención de convertir al mercado en un nuevo dios al que había que obedecer y respetar sin interferir nunca en sus designios.

Mientras que el comunismo duró varias décadas, el neoliberalismo disfrutó de una vida mucho más breve y feliz. Bastó que las cosas comenzaran a marchar mal para que los banqueros, y quienes los representan en Washington, se sintieran obligados a llamar a la caballería al rescate.

A la hora de las ganancias, hay que respetar al capital privado. Pero al llegar el momento de las pérdidas, ahí está el Estado —benefactor de los ricos y corporativo en esencia—  para cargar las cuentas sobre las espaldas de los contribuyentes.

Desde el punto de vista histórico, el liberalismo surgió como una superación del Estado mercantilista, con una economía de libre mercado, basada en la división del trabajo, carente de influencias teleológicas e impulsada por el egoísmo individual, que terminaría dirigiendo ese egoísmo hacia el bienestar privado, que a su vez se encauzaría hacia el bienestar social: el hombre estaba obligado a servir a los otros, a fin de servirse a sí mismo. 

Algunos años antes de la caída del comunismo, pero sobre todo tras la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, los partidarios del neoliberalismo lo presentaron como la teoría capaz de lograr el desarrollo, y en última instancia el bienestar de todos mediante la desigualdad. La paradoja del enunciado descansaba en el fracaso del comunismo, un publicitado proyecto de justicia social que no solo se había convertido en un sistema totalitario —en la práctica política—, sino también un fracaso en sus objetivos económicos.

Sin embargo, además de deber su popularidad en buena medida a un fracaso ajeno y no a un mérito propio, el neoliberalismo olvidaba que el egoísmo se expresaba mejor en la avaricia individual que en el bienestar social, al que parecía destinado según los primeros teóricos de su antecesor, el liberalismo económico. La ganancia sin límites se perseguía a diario, sin considerarse un vicio y elogiándose como una virtud, sin pudor ni decencia.

¿En qué momento el neoliberalismo se convirtió en la antítesis del liberalismo? Concentrado en la competencia, en vez del intercambio; renunciando a la división entre el hombre económico y el ciudadano; queriendo poner la política al servicio del mercado, en lugar de acabar con ella.

Aunque tales afirmaciones son en cierta medida relativas.

Desde sus inicios, el liberalismo económico conducía, en última instancia, al Estado corporativo; esa mala semilla que tiene en su interior la sociedad propugnada por los neoliberales. Aunque esta “última instancia“ los teóricos liberales siempre consideraron poder evitarla o en su tiempo les resulta imposible pensar en la concentración de capital de nuestra época (Marx, que no era liberal en cuanto a economía, pero sí respondía a la época de la Ilustración en lo que respecta a su concepto del individuo como un ser guiado por la razón si se presentan las condiciones adecuadas, es algo aparte y posterior).

Cuando los neoliberales hablan de disminuir el papel de un Estado paternal, regulador y mercantilista, tras sus palabras está el afán de desmontar cualquier mecanismo de protección y ayuda a la población, para imponer con absoluta libertad sus proyectos de beneficio personal. 

Al negarse a intervenir desde un principio en el alza del petróleo a comienzos de este siglo, el entonces presidente George W Bush no hizo más que defender sus intereses familiares y los de su círculo de poder. Es cierto que una crisis bancaria de grandes proporciones afectó a todos los sectores sociales y económicos, pero lo fue también que los precios elevados de la gasolina perjudicaron especialmente a quienes, en la pirámide económica, estaban muy por debajo de los ricos; desde la clase media hasta los indocumentados.

El debate sobre el papel del Estado en los procesos económicos tuvo dos vertientes durante la segunda mitad del siglo pasado. En la primera y de mayores consecuencias políticas fue un enfrentamiento entre capitalismo y socialismo. Pero también se desarrolló, y de forma destacada dentro del mismo sistema capitalista.

Ambas están, por otra parte, íntimamente relacionadas. 

La intervención del Estado, para prevenir y solucionar las crisis económicas fue la solución propugnada por John F. Keynes para precisamente salvar al capitalismo y evitar un estallido social que llevara a una revolución socialista.

Se puso en práctica con éxito en este país durante muchos años. Luego le llegó el turno a Milton Friedman, y sus principios fueron desarrollados con mayor o menor eficacia en Europa y Estados Unidos por los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, así como en Latinoamérica por el equipo económico imperante durante los primeros años de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile.

Parecía que los neoliberales de Bush eran los herederos perfectos de tal teoría, que lo deja todo en manos del mercado. Sin embargo, volvió a cumplirse el principio de que los extremos que se tocan: su administración adquirió un cariz mercantilista, donde un presidente inepto utilizó al Gobierno para distribuir prebendas e intentar salir al rescate de sus compinches en dificultades.

Con más o menos rescoldos, el gobierno de Barack Obama acudió al rescate de la banca y la industria automovilística. Solo que tras la salvación vino la penitencia, y su administración impuso restricciones —muchas de las cuales fueron derogadas por la administración Trump— que impidieran a banqueros y empresarios actuar como simples buscadores de riqueza en territorio salvaje, arrancando cabezas enemigas, engañando e intercambiando basura por oro.

Con Donald Trump en la Casa Blanca convertida en un nuevo Versailles, el mercantilismo pasó a ser la piedra angular de una administración republicana, que al mismo tiempo rechazaba algunos de los principios básicos del republicanismo como hasta entonces había sido conocido (ejemplo clásico a citar: el libre comercio). Ello no impidió que los legisladores de dicho partido —transformados en acólitos sometidos por Trump— aplaudieran resignados.

En medio aún de la pandemia, el gobierno del demócrata Joe Biden no ha hecho mucho por desarrollar su propio esquema económico, salvo algunas medidas de carácter social. Por lo demás, Biden aprovecha del anterior inquilino de la Casa Blanca todo lo que puede sin que le comprometa demasiado ideológicamente, e intenta avanzar en un medio adverso, tanto por las condiciones del país (de nuevo es necesario mencionar la pandemia) como por su estrecho margen de mayoría demócrata en los órganos legislativos.

Pese a las décadas transcurridas, de una nueva situación social y económica (no solo en Estados Unidos sino también en el resto del mundo), con frecuencia se retoman los viejos conceptos del mercado “libre”, como si este estuviera aún regido por leyes más simples.

Si bien es cierto que en una economía de mercado libre la creación de mercancías está determinada por los precios y el consumo, en la actualidad estos mecanismos ya no son regidos por la simple ley de la oferta y la demanda, sino también por la propaganda, las técnicas de mercadeo, los monopolios y un mercado global donde no solo se venden mercancías sino también se compra mano de obra a bajo precio. A través del tiempo y los gobiernos, la avaricia no solo se ha mantenido sino ha aumentado.

jueves, 5 de agosto de 2021

De la denuncia y el grito


Todo el esfuerzo republicano que se lleva a cabo en Miami durante estas últimas semanas, bajo el mantra de la lucha por la democracia en Cuba, podría despertar una atención más amplia si no adoleciera de dos limitantes insalvables:
la sospecha de que el verdadero objetivo no es lograr que los residentes de la isla adquieran la libertad, sino un fin más mezquino que se traduzca en votos y propaganda
el peligro del inevitable desgaste de dicha campaña, que se acerca cada vez sin haber logrado nada; y que solo podría evitarse con nuevos sucesos en la isla, pero que en cualquier caso evidenciaría la inutilidad de un alboroto exterior al centro de origen.
La pregunta utilitaria puede entonces reducirse a un efecto local. Pero entonces cabe la duda sobre la finalidad de un ejercicio que, más que ganar miembros, reafirma adeptos. Duda que tiene que ver sobre las posibilidades de extender el alcance del voto de un grupo ciudadano que puede que responda masivamente a un partido (republicano), pero cuya validez no alcanza a modificar el resultado electoral que vienen mostrando las elecciones presidenciales  (donde el candidato demócrata una y otra vez ha alcanzado la victoria en Miami-Dade, aunque en ocasiones ello no se ha trasmitido a un resultado nacional).
Por supuesto que el alcance y la fuerza política de ese grupo ciudadano no se limita a cifras electorales, y que además de la influencia legislativa también cuenta el mantener el control de los medios y el ejercicio de reafirmación de cierta mentalidad de rebaño —herejía del término pero realidad práctica— que garantiza una capacidad de convocatoria que va del entusiasmo a la denuncia sincera.
Lo que entonces llama la atención es el brío desempeñado en mantener la algarabía. Y no puedo negarle encomio al ánimo y resistencia al ruido.

sábado, 24 de julio de 2021

Caos, represión y protestas: ¿el principio del fin del castrismo?


La feroz represión contra los manifestantes pacíficos en Cuba, que incluso ha provocado la repulsa de intelectuales y artistas afines al régimen tanto en la isla como el exterior, no es más que parte del proceso iniciado tras la llegada de Raúl Castro al poder absoluto. Ahora, su heredero se limita a cumplir órdenes.
Raúl Castro buscó una ecuación básica para mantenerse al mando sin grandes problemas: intentar un difícil equilibrio entre represión y reforma. Solo que la puesta en práctica de dichas reformas se fue dilatando, y fueron cada vez más tenues y con mayor desánimo, al tiempo que la represión se mantuvo sin tregua.
Mientras tanto, llegó el coronavirus y antes y después una política realmente hostil en el terreno económico por parte del anterior inquilino de la Casa Blanca, que hasta el momento el nuevo ha mantenido. Pero hacer depender solo de factores externos  el estallido social elude o desvía la esencia del problema, que se fundamenta en un concepto de gobierno totalitario que elude la necesidad de ajustes profundos y se justifica mediante la represión.
Tras los primeros años de enfrentamientos violentos entre partidarios y opositores al régimen, Fidel Castro pudo ejercer una represión integra o absoluta que mantenía una cláusula de salida y una premonición astuta. Dejar abierta una puerta de escape a sus enemigos —siempre que existiera esa posibilidad— y anticiparse a las situaciones límites fueron dos de sus mayores habilidades.
Ello no libraba al gobierno bajo de su mando de culpa alguna. Pero reconocerlo en el análisis ayuda a comprender la naturaleza del mecanismo empleado por el mayor de los Castro para permanecer en el poder por tanto tiempo. Aunque siempre se debe aclarar que la explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un atenuante de esta. Mucho menos asociarla a una justificación de las largas condenadas y los fusilamientos ocurridos a lo largo de esa etapa del proceso. 
Una doble sorpresa acompañó a las protestas en toda Cuba iniciadas el domingo 11 de julio. Una, por supuesto, fue el hecho en sí. La otra, quizá mayor aún, es la aparente incapacidad del régimen para prevenirlas, anticiparse a los hechos; algo que durante décadas dio muestras sobradas de llevar a cabo.
Si se desestiman teorías conspirativas al uso, hasta cierto punto sorprende la incapacidad de prevención mostrada por los cuerpos represivos y las organizaciones políticas e ideológicas. Más cuando desde el pasado año crecían las señales de que no solo aumentaba el descontento sino era más difícil de controlar.
Cabe señalar que tanto la epidemia como la perpetua crisis económica llevaron al aumento del malestar que condujo a la generalización de protestas espontáneas. Pero desde el pasado año crecían las muestras de falta de control ante situaciones críticas que, según la óptica del régimen atentaban contra sus principios.
En medio de una crisis que se desconoce su culminación y alcance, solo es relativamente fácil el intentar señalar un culpable, o al menos un “chivo expiatorio”, y este es el actual presidente y secretario general del Partido Comunista, Miguel Díaz-Canel; un juicio que a estas alturas ya debe ser compartido por muchos comprometidos con el gobierno. Aunque el verdadero culpable de que el mecanismo represivo se torne cada vez más expuesto, y a la larga menos efectivo, es de quien lo colocó en ambos cargos: Raúl Castro. 
Y es que desde la llegada de Raúl Castro al poder total el proceso creado por su hermano inició una involución en sus supuestos fines “revolucionarios”, y comenzó a “batistianizarse”, con una mezcla de frivolidad y represión, superstición y acomodamiento, complacencia con el poder y frustración cotidiana. Solo le faltó a Raúl la violencia descarnada del asesinato cotidiano. Es de temer que Díaz-Canel dé ese paso.
Norberto Fuentes escribió en Children of the Enemy, publicado por el International Republican Institute en 1996,que Fidel Castro afirmaba que la conducta del gobierno chino en la Plaza de Tiananmen demostró que este no sabía cómo reprimir al pueblo de forma adecuada, y que por ello se vio forzado a la poco placentera tarea de “eliminar” a miles de sus ciudadanos. 
La represión en su forma más desnuda —arrestos y muertos— no conlleva necesariamente el inmediato fin de un régimen totalitario, pero lo tambalea frente a un precipicio. Ante ese precipicio se asoma el pueblo cubano, y la culpa no es solo de Díaz-Canel y la élite gobernante, sino principalmente de la herencia castrista.
 Este artículo apareció publicado en El Nuevo Herald el lunes 19 de julio de 2021.

jueves, 1 de julio de 2021

Mujeres en guerra (II)


Más que por sus valores cinematográficos, Battalion (2015), de Dmitriy Meskhiev, destaca como ejemplo de las aspiraciones y propósitos del presidente ruso Vladimir Putin respecto al cine; y sus semejanzas y diferencias con la era soviética. De ahí que sea necesario acoger con cierta reserva el reclamo oficial de que la película no es simple propaganda, sino la recreación de un hecho histórico.
Patrocinada por el Ministerio de Cultura —y por extensión con el apoyo de Putin— Battalion obtuvo cinco premios Águila Dorada (actriz secundaria para María Kozhevnikova, música, edición y edición sonora) de las nueve nominaciones con las que en 2015 encabezó la lista de selecciones para dichos premios —los equivalentes rusos a los óscares. Su presupuesto, que alcanzó los 250 millones de rublos  (unos $7.5 millones) fue enorme para los estándares de la cinematografía del país, y creció considerablemente de los 50 millones de rublos originales que su productor,  Fyodor Bondarchuk, reconoció le habían sido asignados por el ministerio, aunque aclarando que existía la promesa de más dinero.
Una prueba de la satisfacción de Putin con el filme fue la recepción que el mandatario brindó a los actores y el equipo de filmación en su residencia de Novo-Ogaryovo, en las afueras de Moscú, tras ver con ellos la película, que al año siguiente fue convertida en una serie para televisión en cuatro partes.
Hay que agregar que la cinta contó con el asesoramiento y beneplácito de la Sociedad de Historia Militar de Rusia, fundada por una orden ejecutiva de Putin a finales de 2012, y que cumple a cabalidad —en el plano histórico e ideológico— con las ideas imperiales del gobernante. Otro dato más: la sociedad es presidida por el propio ministro de Cultura, Vladimir Medinsky, al que en Moscú se considera como el “policía cultural” de Putin.
La historia
Battalion cuenta el origen y la entrada en combate del primer batallón de mujeres en la historia rusa. El hecho ocurrió en el transcurso de la Primera Guerra Mundial y permaneció silenciado durante las décadas de existencia de la Unión Soviética.
Tras la caída del zarismo, y con la nación todavía combatiendo con Alemania, el entonces ministro de la Guerra, Alexander Kerensky, accedió a la formación de lo que se conoce como el Primer Batallón de la Muerte de Mujeres Rusas, con el objetivo perentorio de estimular a los hombres para que siguieran peleando. No sucedió así. El plan fue un fracaso y el resultado otra matanza.
La idea del batallón fue de la campesina María Bochkareva, que luego de tres años de servir en el ejército en labores de suministro, ser herida en varias ocasiones y alcanzar el grado de oficial no comisionado en 1917, pidió a Kerensky formar un batallón femenino. Este no solo estuvo de acuerdo con la idea sino que la nombró teniente y puso el batallón a su cargo.
Bochkareva tuvo una vida singular, que vale una película biográfica. Golpeada incesantemente por su marido, lo abandonó y huyó con un carnicero judío que no la maltrataba pero fue incapaz de brindarle un mejor destino. En dos ocasiones lograron abrir una carnicería propia, pero en ambas él fue detenido, acusado de robos menores y deportado; primero a Yakutsk, en el Círculo Ártico, y luego a Amga, otro lugar de destierro desde el Imperio Ruso. Una y otra vez, ella lo siguió al destierro. 
Al iniciarse la Primera Guerra Mundial, Bochkareva quiso entrar en el Ejército Imperial Ruso, pero fue destinada a la Cruz Roja. Solo pudo incorporarse a las tropas cuando el zar Nicolás II le otorgó un permiso especial. Tras formar el primer batallón de mujeres, solo estuvo involucrada marginalmente en la creación de otras unidades femeninas. Como su unidad estaba en el frente cuando estalló la Revolución de Octubre, no participó en la defensa del Palacio de Invierno, donde otro grupo femenino —el Primer Batallón de Mujeres de Petrogrado— combatió a los bolcheviques. 
Posteriormente el batallón de mujeres de Bochkareva fue desbandado, en gran parte por la hostilidad de los soldados que aún se encontraban en el frente, y ella regresó a Petrogrado. Allí fue encarcelada brevemente por los bolcheviques. Luego se unió al Ejército Blanco del general Lavr Kornilov en el Cáucaso. Fue detenida de nuevo, e iba a ser fusilada cuando un soldado que había peleado junto a ella en el Ejército Imperial logró detener su ejecución. Partió al exilio y llegó a Estados Unidos en abril de 1918.
En Estados Unidos se entrevistó con el presidente  Woodrow Wilson, el 10 de julio de 1918. Estando en Nueva York le dictó sus memorias —Yashka: My Life As Peasant, Exile, and Soldier— a un periodista emigrado ruso. Viajó a Inglaterra, logró una audiencia con el rey George V y que la Oficina de Guerra del gobierno británico le concediera 500 rublos para que regresar a Rusia, a donde llegó en abril de 1919. Intentó formar un equipo médico de mujeres para el Ejército Blanco del almirante Aleksandr Kolchak, pero antes de completar la tarea fue detenida de nuevo. Interrogada durante cuatro meses, la Cheka terminó por ejecutarla como “enemigo de la clase obrera” el 16 de mayo de 1920.
Evidentemente, no una figura que durante el gobierno soviético se buscara recordar.
Verdad y ficción
Cuando se exhibió Battalion, el ministro Medinsky enfatizó que el filme era completamente fiel a los hechos históricos, y en gran parte ello es cierto. Pero eso no impide que la cinta repita clichés típicos de las películas de guerra y que por momentos se desvíe de la verdad histórica o haga hincapié en algunos detalles con fines ideológicos.Desde el punto de vista bélico, el primer batallón de mujeres no logró mucho. El poco terreno que pudieron conquistar en un primer combate —durante la llamada “Ofensiva de Kerensky”— fue pronto recuperado por los alemanes. Los soldados rusos no acudieron en su ayuda. Cansados de pelear, desilusionados y en buena medida cumpliendo con las directivas de los revolucionarios opuestos a la guerra, se mantuvieron neutrales. La supuesta inspiración que el mando de Kerensky creyó lograría inspirar en la tropa resultó en todo lo contrario: además de burlarse de ellas e incluso vejarlas, los soldados querían que las marcharan de nuevo a sus casas, que ese era su lugar para tener y cuidar hijos.
Se ha querido ver cierta tendencia feminista en la película. Sin embargo, no solo en una sociedad que sigue siendo fuertemente paternalista como la rusa el filme no produce tal efecto, sino que dicho énfasis no contó mucho para los objetivos del Kremlin. (Hay cierto detalle irónico en todo esto, ajeno a la película pero que forma parte de ella: el actor que interpreta a Kerensky, Marat Basharov, fue acusado de violencia doméstica en 2014 y desde entonces se ha convertido en un símbolo del  anti feminismo y la Rusia patriarcal). 
En realidad Putin y su corte lo que buscó fue destacar el nacionalismo bélico, más allá de cualquier otro tema. Los soldados renuentes a continuar luchando son presentados de forma desagradable en la mayoría de los casos. No solo se hace aparecer en el frente al marido de Bochkareva, que vuelve a darle una golpiza tremenda con total impunidad, sino lo que es peor: la participación de dichos soldados en una especie de “rescate de último momento” —en concepción fílmica que reproduce uno de los recursos más trillados del cine hollywoodense— resulta falsa desde el punto de vista histórico y demasiado convencional cinematográficamente.
La realidad es que la guerra estaba perdida para Rusia, y prolongarla solo significaba más inútiles perdidas de vidas. Pero en la película la futilidad de acción se presenta solo como heroísmo.
Hay un significado histórico y político en todo ello que la película elude. Y es que la ideología que la facción revolucionaria de entonces que terminó por imponerse —los bolcheviques— lo que propugnaba era la superación de los conflictos territoriales mediante el “internacionalismo proletario”. Entre los bolcheviques imperaba entonces la doctrina de la revolución mundial de Lenin y Trotsky, que fuera luego  abandonada, y más tarde consolidada por Stalin la tesis del socialismo en un solo país (la URSS). El deponer las armas y regresar a casa, o al menos permanecer neutral sin participar en combates, se justificaba no solo por la ideología revolucionaria: tenía un fundamento concreto en el cansancio y desesperanza ante la guerra (véase El doctor Zhivago de Pasternak). Hubo que esperar a la llegada de la Segunda Guerra Mundial, para que Stalin encontrara la justificación mayor de su doctrina, al tiempo que le permitiera avanzar en su objetivo imperialista).
Putin ha retomado dicho ideal estalinista, solo que bajo la fórmula puramente imperial. Una cosa es resaltar el coraje femenino, eso está bien en la película, otra muy distinta es congraciarse con el Kremlin. En última instancia, las mujeres en Battalion lo que hacen es sacar la cara por el Ejército Imperial Ruso. Que todo ello figure bajo la apariencia de una defensa nacional es simplemente complacencia con el ideal putiano. Cuando el comandante del regimiento elogia la iniciativa y el coraje de las mujeres no está lanzando un discurso feminista: se limita a repetir lo que propugna Putin.


Impune

Murió Donald Rumsfeld, sin haber sido sometido nunca a la investigación criminal que merecía, junto con el expresidende George W. Bush y otros funcionarios gubernamentales, incluidos el exvicepresidente Dick Cheney y el exdirector de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), George Tenet, por asesinatos, torturas y el destruirles la vida —de una forma o de otra— a millones de seres humanos.

martes, 29 de junio de 2021

Kagan: libertad, liberalismo y orden mundial


Los que suelen confundir la falta de regulaciones y controles del mercado con la libertad política deben leer The Return of History and the End of Dreams, de Robert Kagan.
En su libro Kagan señala lo que pasan por alto quienes creen que con solo las bendiciones combinadas del comercio, el capitalismo y la propiedad privada creciente se llega inexorablemente a una democracia liberal.
Se subestima el atractivo internacional de la autocracia. La Unión Soviética, después del impulso inicial que recibió la industrialización, fue un modelo de fracaso económico. Con el régimen de Putin, Rusia ha recobrado en parte su importancia en la arena internacional, bajo la forma de una actitud imperialista en política y una economía que se sustenta en buena medida en su industria petrolera.
En la actualidad Rusia no es una superpotencia económica, pero con su agresividad y férreo control político —apoyado por una oligarquía cómplice—, Putin hace indispensable tener en cuenta. En cualquier caso, y pese a la división ocurrida tras la caída de la Unión Soviética, sigue siendo un país con el cual hay que contar.
Kagan señala que “gracias a décadas de destacado crecimiento económico, los chinos pueden argumentar hoy que su modelo de desarrollo económico, que combina una economía cada vez más abierta con un sistema político cerrado, puede resultar exitoso para el desarrollo de muchas naciones”.
Si la caída del Muro de Berlín marcó el fin de buena parte del mundo comunista, hasta cierto punto la crisis financiera de 2007-2008 también significó el fin de una era; esa en que estudiosos y charlatanes se mezclaron con la intención de convertir al mercado en un nuevo dios, al que había que obedecer y respetar sin interferir nunca en sus designios, y donde el libre comercio reinaría a sus anchas.
Una década antes, en agosto de 1998, Mark Lilla había declarado muerto el espíritu del 68 en un artículo en The New York Times. En mayo de 2007, Nicolas Sarkozy llegaba a la presidencia en Francia con una plataforma influida por el ideal neocon norteamericano y la propuesta de un conservadurismo compasivo, similar al del estadounidense George W. Bush (que de compasivo tenía poco entonces pero más de lo que se apreció en su momento si se le compara con lo que vino después de los años con el mandato de Trump).
Si bien el triunfo de Sarkozy demostró su habilidad política para criticar abiertamente una situación que había ayudado a crear, fue sobre todo el comienzo del fin de los procesos electorales en que los franceses tendrían que escoger simplemente entre la izquierda y la derecha. En esa ocasión se decidieron por la última y luego, en 2012 con François Hollande, por la primera. Sin embargo, ya toda Europa comenzó a conocer que en lo adelante las cosas no iban a ser tan sencillas.
Si el fracaso del ensayo de un supuesto ideal comunista determinó no solo el fin de un sistema político, social y económico en varios países, y redujo a los partidos comunistas a una especie en vías de extinción, su conclusión implicó un cuestionamiento del ideal socialista en un sentido más amplio. 
Paradójicamente, si la incapacidad en la práctica de la aplicación del modelo comunista ruso (en sus variantes soviética, china o de otro tipo) fue la causa de su fin, el triunfo de las medidas y leyes logradas por los socialistas y políticos de izquierda terminó en ocasiones convertido en un freno para el desarrollo.
Libre del muro de contención que significaba la existencia del campo socialista, el capitalismo logró un desarrollo incontenible a nivel mundial, pero —cuesta trabajo repetirlo por lo cansón— con resultados más desiguales que nunca. 
Las respuestas entonces a ese desarrollo capitalista sin las contenciones políticas que en otra época habían implicado la URSS y el “campo socialista” se resumieron en las supuestas bonanzas del libre mercado a nivel mundial y el traslado de capitales, empresas y centros financieros: la globalización. No fue el único, pero sí uno de los más notables y comentados.
Mientras que el comunismo duró varias décadas, el neoliberalismo en su estado puro disfrutó de una vida mucho más breve y feliz. Bastó que las cosas comenzaran a marchar mal para que los banqueros y quienes los representan en Washington se sintieran obligados a llamar a la caballería al rescate. A la hora de las ganancias, se debía respetar al capital privado. Aunque al llegar el momento de las pérdidas, ahí estaba el Estado, benefactor de los ricos y corporativo en esencia, para cargar las cuentas sobre las espaldas de los contribuyentes.
Rusia y China mantienen regímenes autoritarios o totalitarios, donde las diferencias económicas con Occidente (China) se traducen en disputas y tarifas, y las geopolíticas (Rusia) en conversaciones donde el recelo y la mentira apenas se cubren con sonrisas y apretones de mano, pero donde las libertades ciudadanas ni siquiera se mencionan.
Un perfil en The Guardian señaló que Kagan decía sentirse “incómodo” al clasificarlo como “neocon”, y que “insistía en que él era ‘liberal’ y ‘progresista’ dentro de una tradición claramente estadounidense”.
Hay elementos en lo personal que validan y cuestionan dichas afirmaciones. Durante la campaña presidencial de 2008 se desempeñó como asesor de política exterior de John McCain, el candidato del Partido Republicano a la presidencia. En  febrero de 2016, Kagan abandonó públicamente el republicanismo (ha pasado a referirse a sí mismo como un “ex republicano”) y respaldó a la demócrata Hillary Clinton en sus aspiraciones presidenciales.
Entonces argumentó que el “obstruccionismo salvaje” de los políticos republicanos, y la insistencia en que “el gobierno, las instituciones, las tradiciones políticas, el liderazgo del partido e incluso los partidos mismos” eran cuestiones  que debían ser “derrocadas, evadidas, ignoradas, insultadas”, así como motivo de burla fueron los elementos que “prepararon el escenario para el ascenso de Donald Trump. Kagan llamó a Trump un “monstruo de Frankenstein” y también lo comparó con Napoleón. La primera caracterización fue correcta, la segunda una burda exageración.
En una columna de opinión aparecida el 1º de enero de 2019 en The Washington Post, conjuntamente con Antony J. Blinken (el actual Secretario de Estado), ambos señalaron que a medida que se intensifica la competencia geopolítica, “debemos complementar la diplomacia con la disuasión”, para agregar: “Las palabras por sí solas no disuadirán a los Vladimir Putin y Xi Jinping de este mundo. Reconocer sus tradicionales ‘esferas de interés’ imperiales solo los animará a expandirse más lejos mientras traicionan a las naciones soberanas que caen bajo su dominio”.
En el número de marzo/abril de este año, Kagan publicó un artículo en Foreign Affairs, con un título más que sugerente, al referirse a Estados Unidos: “Una superpotencia, nos guste o no”. No menor importante resultó el subtitulo, claramente didáctico: “Por qué los estadounidenses deben aceptar su papel global”.
Kagan insiste en que la única esperanza para preservar el liberalismo en casa y en el extranjero, "es el mantenimiento de un orden mundial que conduzca al liberalismo, y el único poder capaz de mantener ese orden es Estados Unidos". No hay alternativa. De eso, parece seguro. Queda por verse si el tiempo, la historia, la política, le darán la razón.

lunes, 28 de junio de 2021

Mujeres en guerra (I)


Hacer remakes de películas famosas de la era soviética se ha convertido en una tendencia popular en Rusia. Nada notable entonces que en mayo de 2015 se estrenara una nueva versión de Los amaneceres son aquí apacibles. Para esa fecha, unas 20 adaptaciones de otros filmes célebres la habían antecedido en los últimos 15 años.
En el caso de Los amaneceres sobraban datos que justificaban la inversión. No solo el éxito de la película original en la desaparecida Unión Soviética y los luego transformados países socialistas. En la perenne China continuaba siendo uno de los filmes soviéticos más populares, que formaba parte del currículum escolar, y donde en 2005 se realizó una serie para televisión dirigida por Mao Weining, con la presencia de actores rusos. Estaba también la ópera de Kiril Molchanov (1972), son montajes en el Bolshoi y la Ópera China y hasta una película en tamil hecha en la India en 2009 (Peranmai).  Una versión teatral, del exiliado director soviético, Yuri Lyubimov, quien había estado al frente del Teatro Taganka de Moscú, seguía presentándose en diversas localidades, entre ellas Nueva York.

La versión rusa de 2012, dirigida por Renat Davletyarov —que fue primero presentada en el Kremlin como película y luego como una serie en cuatro partes puede verse actualmente en YouTube y Amazon, entre otros sitios— cuenta además con una canción a cargo del grupo Lyube, famoso por su interpretación de temas patrióticos rusos y que cuenta entre sus principales fanáticos al presidente Vladimir Putin. 

La serie está realizada con decoro, mantiene la tensión en sus dos últimas partes y se beneficia de los efectos especiales y todos los recursos de la cinematografía actual. Pero al mismo tiempo es similar y diferente del clásico soviético: más una película de acción que un filme que trate con al menos cierta profundidad los conflictos y consecuencias de la guerra en los protagonistas, y a la que se ha añadido un matiz erótico —por supuesto ausente casi por completo en el original—, que va desde una situación de estrés sexual entre el sargento y las mujeres a su mando hasta dos escenas (una de desnudos frontales en un baño improvisado en una caseta y otra bajo una cascada), que no resultan chocantes —todo lo contrario, impresión personal— y están hechas con lindeza y hasta discreción, pero no por ello resultan menos gratuitas. Por lo demás, la serie reduce ligeramente la carga ideológica soviética, sin traicionar ni la película original ni la novela, y un par de palabras de crítica velada al papel de Stalin al comienzo de la guerra y su error al no preparar a la nación para lo que se avecinaba no deja de ser un lugar común en la Rusia actual: no negar el hecho, pero no ir más allá.

El film original

La primera versión de Los amaneceres (1972) es de Stanislav Rostotsky, basada en la novela corta de Boris Vasilyev del mismo nombre. En su momento fue un éxito de público y taquilla, no solo en su país de origen sino internacionalmente. Premiada en el Festival de Venecia y nominada para el Oscar a película extranjera de igual año.

Se aparta en buena medida de las repetitivas y estereotipadas películas soviéticas  sobre la “Gran Guerra Patria” de años anteriores, por el énfasis en las características emocionales de los protagonistas y el eludir presentarlos como estereotipos heroicos y combatientes ideológicos. El énfasis está en la defensa de la nación invadida y no en la presentación de una lucha militante, aunque se señala la militancia comunista; el genuino costo de la guerra entre quienes la sufren y llevan a cabo.

Las acción tiene lugar en Karelia, cerca de Finlandia —aunque la película fue filmada en Ruskeala—, durante la Segunda Guerra Mundial. El sargento mayor Fyodor Evgrafych Vaskov, de 32 años, tiene a su cargo un puesto de vigilancia con artillería antiaérea en un poblado fronterizo. Luego que sus superiores descubren que los soldados bajo su mando están demasiado “distraídos” por los “placeres” locales (mujeres, bebidas y las consecuentes peleas entre ellos), son reemplazados por un equipo de mujeres para el manejo de las baterías antiaéreas de la base.

Al inicio el sargento ve con recelo a las mujeres, y teme dos cosas: que carezcan de capacidad bélica y el no poder controlarlas. A ello se añade una serie de frustraciones personales: el haber sido herido en su primer día de combate lo ha relegado a una labor que considera inferior y alejada del campo de batalla, el abandono por su mujer que se ha marchado con otro y la pérdida de su hijo con ella, de lo que culpa a su esposa y por añadidura a todas las mujeres. 

Pronto descubre que sus temores se cumplen solo parcialmente: las mujeres son buenas combatientes y dominan con habilidad el uso de los cañones, pero él es incapaz de dominarlas. Un hombre sin conocimientos ni cultura, se aferra al reglamento, las normas, lo establecido en el manual militar, como forma de control, mientras ansía entrar en acción, porque sabe que eso es lo único que domina, que sabe hacer.

Después de que una de las mujeres descubre a dos soldados alemanes en el bosque cercano, Vaskov selecciona a cinco para perseguirlos y evitar que lleven a cabo la demolición de la vía férrea, vital para la llegada de recursos al frente.

Las mujeres son muy jóvenes, en su mayoría adolescentes de poco más de 17 años, una de ellas incluso menos porque ha fingido su edad para entrar en el ejército. Quien está al frente de ellas es la sargento Rita Osyanina, viuda porque su marido ha muerto en el frente, y que ha buscado este puesto para estar cerca de su hijo, a cargo de su madre en el poblado cercano. Al grupo se une Zhenya Komelkova, que es conocida por ser amante de un coronel casado.

Las cinco seleccionadas para la misión (Sonya, Galya, Liza, Zhenya y Rita) tienen características personales disímiles, pero al mismo tiempo comparten similitudes.

Rita es amable, comprensiva y hasta cariñosa con sus subalternas, pero a la vez de voluntad fuerte, intrépida y valiente. Además, es la única que es madre. 

Zhenya, de 19 años, es una de las más atractivas sexualmente, no rehúye el peligro e incluso la aventura. De forma subrepticia ha llegado hasta el frente para reunirse con su amante, el coronel, que es quien la ha enviado a este lugar más tranquilo, para alejar del peligro y de él. No se arrepiente de su conducta amorosa, pero está cansada de la guerra y hasta de una relación que sabe sin futuro.

Sonya Gurvich ha sido una alumna excelente en la escuela y la universidad. Le gusta la poesía y lee en voz alta —incluso cuando debe permanecer oculta— , un libro de poemas de Alexander Blok, que le ha regalado su novio, que ha muerto en el frente, pero ella no lo sabe. Es además judía, un detalle singular en una película soviética de entonces.

Liza Brichkina se ha pasado toda su corta vida esperando, no puede evitarlo y así morirá.

Galya padece de un enorme miedo a la guerra y siempre se refugia en un mundo imaginario. Finge tener una madre, aunque desde niña estuvo recluida en un orfanato del que ha escapado entrando al ejercito fingiendo su edad.

Todas estarán muertas al finalizar la película.

Rita es herida mortalmente por una granada. Sabe que va a morir y se mata con el revólver del sargento. Galya no puede dominar su miedo, y abandona su escondite llamando a su madre imaginaria para caer bajo una ráfaga alemana. Sonya es acuchillada por un alemán cuando emprende una carrera para traerle de vuelta al sargento un paquete de tabaco que Rita ha dejado abandonado. Zhenya es acribillada en una acción suicida para alejar a los alemanes. Liza se ahoga en un pantano. El sargento imagina que tras morir ella le dice que fue culpa de ella, por ir demasiado de prisa a buscar refuerzos.

En buena medida Los amaneceres de Rostotsky —que dura dos horas y 40 minutos— es una película en dos partes. La primera, que nos presenta al sargento, las muchachas y sus historias, es la más débil; tanto desde el punto de vista del argumento como en su presentación visual. Las historias personales de las jóvenes, así como las explicaciones de las razones que las llevaron a unirse al ejército, son simples y hasta en ocasiones trilladas y cursis. Visualmente están filmadas en colores, y sea por falta de recursos o de imaginación, las imágenes son torpes y pobres. De igual defecto adolecen tanto esa especie de prólogo y epílogo, tanto que ponen en peligro el continuar viéndola en alguien sin antecedentes del tema.

El valor de la película reside en todo lo filmado en blanco y negro y en la segunda parte, donde se desarrolla la acción bélica —vale agregar que las mejores películas sobre la invasión alemana a la URSS son en blanco y negro. El paso de la casi monotonía en el puesto —salvo en la secuencia del derribo del avión alemán, por lo demás poco original— a las escenas en el bosque, lago y pantano, marcan un avance saludable de acento y energía. La amenaza siempre presente, pero en muchas escenas no visible, de los alemanes, y el cambio que se produce en el grupo soviético, de asediadores a asediados, la convierten en una buena película de guerra. La ascensión humana en el personaje del sargento, de rígido y torpe a protector y fraternal con su tropa de mujeres está muy bien lograda. Y uno de los mayores méritos de la cinta es la actuación de Andrey Martynov, un actor que con ella se estrena en el cine. La película presenta al espectador la visión de unas mujeres que no lograron satisfacer sus aspiraciones y deseos, porque no les permitieron vivir lo necesario para ello; no de heroínas inmortales, ni de vestales superiores. Y ello, para el cine soviético de la época, es un mérito que aún hoy se debe reconocer.

De familia notable —su abuelo fue general del Ejército Imperial Ruso y su padre un médico y científico eminente— Stanislav Rostotsky (1922-2001) fue un realizador soviético que dedicó al tema de la guerra, de forma directa o circunstancial, la mayoría de sus películas. Amigo y alumno de Sergei Eisenstein, estudió también con Grigori Kozintsev. Ganó premios y dirigió el Festival de Cine de Moscú en 1975. En el V Congreso de Realizadores Soviéticos, en 1986, fue acusado de “nepotismo” y “conformismo político”. Quizá le sirvió de consuelo, o ironía, el hecho de compartir acusaciones similares con Lev Kulidzhanov y Sergei Bondarchuk, pero abandonó la carrera cinematográfica en 1989. Recordar que había sido casi aplastado por un tranque alemán durante la Segunda Guerra Mundial. A consecuencia del hecho perdió una pierna, pero siempre se negó a usar bastón o dar muestra alguna de invalidez, y muchos ni siquiera sabían que usaba una prótesis. Lo salvó una enfermera, que cargó con su cuerpo y luego lo atendió. A ella dedicó Los amaneceres son aquí apacibles.

Novela

Cuando los nazis invadieron la Unión Soviética, Boris Vasilyev (1924-2013) marchó a la guerra siendo aún un estudiante. Alcanzó el grado de teniente, pero dos años después se vio obligado a dejar el ejército por heridas sufridas.

Los amaneces son aquí apacibles apareció primero en la revista Juventud, en 1969. Luego fue llevado al teatro. Tres años más tarde Stanislav Rostotsky realizó la versión cinematográfica.

La narración no habría pasado de una historia más sobre la guerra, si Vasilyev no hubiera tenido la feliz ocurrencia de convertir a los personajes en mujeres. Tiempo después de su aparición, admitió que en realidad no habían participado mujeres jóvenes en los hechos narrados. Fue debido a que el relato no llegaba a desarrollarse, o a que se dio cuenta que no pasaba de describir un hecho heroico más, que se le ocurrió crear personajes femeninos.

El hecho real  tuvo lugar en una de las estaciones del ferrocarril Kirov, que conecta Petrozavodsk con Murmansk. Fueron enviados siete soldados, que se recuperaban de sus heridas, para vigilar la estación ferroviario. Sucedió que los alemanes lanzó un grupo de paracaidistas, bien entrenados y equipados, para sabotear la vía férrea y evitar el transporte de tropas y equipos al frente. Los soldados soviéticos carecían del armamento adecuado, pero lograron evitar la voladura la línea férrea. Al final del combate, solo quedó vivo el sargento, que comandaba a los soldados soviéticos. Por otra parte, ese fue el único dato verdadero que sobrevivió en la narración. 

Vasilyev renunció al Partido Comunista en 1989. En 1993 firmó “La carta de los 44”, en que los escritores pedían la disolución y prohibición de los partidos comunistas y nacionalistas. En los últimos años de su vida se dedicó a escribir ficción histórica, a partir de crónicas medievales rusas.

Epílogo

En el frente soviético, durante la Segunda Guerra Mundial, participaron 300.000 mujeres. Unas pocas fueron célebres, la mayoría han permanecido olvidadas.




jueves, 24 de junio de 2021

Freud, Marx y Feuerbach

Ludwig Feuerbach elabora una concepción de la religión que se anticipa medularmente al tratamiento posterior de Sigmund Freud sobre este tipo de doctrina, a la que asocia con una proyección de las necesidades emocionales internas.
Al considerar Feuerbach que la afirmación de una trascendencia llevaba a una alienación, y que para salir de ella era necesario retomar al hombre concreto, se adelantaba en lo fundamental al posterior tratamiento de Freud de las creencias religiosas como una proyección de las profundas necesidades emocionales del individuo.
La imagen de Freud de “nuestros santos más modernos” traza un paralelo apropiado entre lo religioso y lo secular, tan central al pensamiento de Feuerbach. Por ello el  padre del psicoanálisis se refiere a este como un luchador por “nuestras” verdades. 
El interés temprano de Freud por Feuerbach —un filósofo materialista y crítico del pensamiento hegeliano, muy popular en la cultura vienesa de la década de 1870— fue enorme, aunque veinte o treinta años después lo negó y dijo que no recordaba tal influencia (Freud olvidaba y recordaba no solo según las normas del inconsciente sino de acuerdo a las leyes de lo consciente).
El sensualismo y la crítica de la religión fueron ideas que inspiraron a Freud en sus inicios. El psicoanálisis —en su origen puramente freudiano— refleja una lucha con la religión, tan importante para su creador, que resulta muy cercana a las ideas de Feuerbach.
Cuando estudié psicología en la Universidad de La Habana, de Feuerbach solo se hablaba en referencia a las “Tesis sobre Feuerbach”, de Carlos Marx, donde quedaba reducido a una especie de tonto, al que era mejor despreciar y hasta burlarse de él. Pero siempre quedaba una duda si uno era capaz de encontrar sus escritos sobre el cristianismo, la muerte y la inmortalidad, lo cual no era fácil.
Publicadas como apéndice del Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, de Federico Engels, en 1888, las tesis fueron capaces de entusiasmar a un estudiante inculto, sobre todo por su calidad epigramática, que las acercaba o convertía en buenos “comerciales”, especialmente la última de ellas: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Como frase hasta deslumbra, pero encierra la falacia de desdeñar la labor e importancia de los filósofos anteriores, que en realidad sí llevaban siglos transformando al mundo. Si no hubiera existido siempre esa condición —y ese peligro— por qué entonces Sócrates se sintió obligado a ingerir un jugo de cicuta.
Uno de los riesgos presente en las tesis fue desde el inicio el énfasis desmedido en el papel de la praxis —fundamentado en un quehacer revolucionado elevado a una categoría de esencia (Jean Paul Sartre fue víctima y sacerdote de ello). Pero tal énfasis, trasladado a intérpretes sin la potencia del pensamiento de Marx, y políticos  guiados por objetivos más vulgares, decayó en un reduccionismo no solo pedestre sino pernicioso.
En varias ocasiones Marx se equivoca en sus juicios sobre el pensamiento de  Feuerbach —sea de forma perniciosa o por simple tergiversación—, como cuando afirma que este no ve el “sentimiento religioso” como un producto social.
Lo que ocurre es que Marx cae en un reduccionismo contrario, que lo lleva a verlo todo como producto social. Este reduccionismo se transformaría posteriormente, con la ideología soviética, en una verdadera caricatura. 
De la crítica a Feuerbach, de considerar al “individuo humano abstracto”, se terminó en el fin de abolir al individuo. No se puede acusar a Marx de ser el principal culpable de ello, pero sí de car cabida a ese desarrollo.
Sin embargo, tanto las tesis marxistas como el verdadero pensamiento de Feuerbach —no tergiversado— brindan elementos valiosos al análisis psicológico. 
Marx cree que Feuerbach, al considerar la auto enajenación religiosa como el desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real, se queda corto; que se limita a disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal, sin advertir que ese desdoble solo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esa base terrenal consigo misma.
Es decir, que la contradicción obedecería en última instancia a un conflicto social —político e ideológico. Sin embargo, los años han demostrado que su visión resultó simplista, para decir lo menos. La resolución de los conflictos sociales —en los poquísimos casos que ha ocurrido— no llevan automáticamente a la eliminación de la enajenación religiosa.
Es en este sentido —no el único— que el aporte de Feuerbach, y después de Freud, conserva una vigencia que supera la estrecha praxis marxista.

martes, 22 de junio de 2021

Locos y líderes

“Necios, visionarios, víctimas de alucinaciones y delirios, neuróticos y locos han jugado un gran papel en todas las épocas de la historia de la humanidad, y no solo cuando el accidente del nacimiento les ha concedido ser soberanos. Por lo general, han causado estragos; pero no siempre. Estas personas han ejercido una influencia de gran alcance sobre su propia época y la posterior; han dado impulso a importantes movimientos culturales y han hecho grandes descubrimientos. Han podido lograr tales logros, por un lado, con la ayuda de la parte intacta de sus personalidades, es decir, a pesar de sus anormalidades; pero, por otro lado, a menudo son precisamente los rasgos patológicos de sus caracteres, la unilateralidad de su desarrollo, el fortalecimiento anormal de ciertos deseos, el abandono acrítico y desenfrenado hacia un solo objetivo, lo que les da el poder de arrastrar a otros tras ellos y para vencer la resistencia del mundo”.

 

Sigmund Freud

 

 

lunes, 21 de junio de 2021

El «Tome Nota» de Vargas Llosa

 

Es lamentable, pero Mario Vargas Llosa está dañando su prestigio como columnista y analista político con su campaña desaforada en favor de la hija de su exrival político. Por supuesto que Vargas Llosa tiene todo su derecho de hacer campaña política por quien le plazca, y a que sus arengas sean todo lo vocingleras que quiera. Pero debería importarle el juicio que merezcan sus escritos, incluso más allá de su conducta. En su desatino ha perdido hasta la elegancia, y llega a emprenderla contra una reportera de la misma publicación donde aparecen sus escritos. Periodista que, por otra parte, ha recibido amenazas y calumnias de los fujimoristas, lo cual ha sido denunciado por la Asociación de Prensa Extranjera en el Perú. Pero ello parece ni preocuparle ni importarle. Su última columna la hubiera firmado con gusto el difunto locutor exiliado cubano Armando Pérez Roura. No por el fervor reaccionario sino por el grado de torpeza. Igual gusto por despotricar, la misma argumentación bajo falsas premisas,  el recurso barato de las insinuaciones, el delirio de meter miedo; el mismo entusiasmo, igual necedad.

Norberto Fuentes vs Heberto Padilla

El libro. La primera línea. En una fecha temprana —7 de diciembre de 1959— del proceso iniciado con la llegada al poder de Fidel Castro, “Heberto Padilla inaugura en Cuba el lenguaje de la represión política contra los artistas”. La mención refiere a un artículo aparecido en Lunes de Revolución, de “condena a José Lezama Lima y el grupo de Orígenes por sus obras ajenas al proceso revolucionario”.
Y ya no cabe —no puede caber— duda al lector de que el poeta será nuevamente juzgado, analizado, puesto en la picota, en la persecución de detalles, hechos y datos que produzcan un desmenuzamiento que ayude a comprender lo ocurrido, antes después y durante los 37 días del arresto del poeta, entre el 20 de marzo y el 26 de abril de 1971.
“Es decir, 13 días de tenebroso arresto y 25 de chaucha”, escribe Norberto Fuentes en Un affaire para recordar, su último libro que acaba de ser publicado por la editorial Cuarteles de Invierno. Pero no lo dice él. Aclara que son palabras del propio Padilla en La mala memoria.  
Escoger palabras, citas, momentos; ese viejo oficio del escritor se ejerce aquí con un arte despiadado, que transcurre entre el repudio y el desgarro. Se brinda una versión de lo ocurrido día tras día en Villa Marista, donde Padilla permaneció encerrado, y uno se pregunta: ¿pero eso fue todo? Más cuando la información de lo ocurrido a escritores y artistas durante el régimen estalinista es ahora tan amplia. 
“Triste parodia de los procesos de Moscú”, así calificó Guillermo Cabrera Infante a la autocrítica de Padilla. Y ese afán de imitación —a veces convertido en pura farsa, otras de desemboque trágico— recorre a los protagonistas, figuras y figurines que forman esa casi obra de teatro del absurdo que es el “caso Padilla”. Absurdo político en consecuencia e intenciones, donde se reparte por igual el terror y la culpa, como escrito por un Shakespeare tropical y torpe. 
“Reunión de Fidel Castro con los intelectuales cubanos, de donde surge su famoso lineamiento de permisibilidad a la actividad artística: «Dentro de la Revolución, todo, contra la Revolución, nada»”, escribe Norberto Fuentes, al igual en la primera página de su libro. De nuevo escoger palabras, señalar un hecho. Pero es una fecha en una simple cronología y todas las consecuencias se encontrarán después, más adelante en el texto.
“La revelación de [estas] divergencias marca el fin de la tregua de diez años entre la Revolución y el mundo artístico”, escribió Saverio Tutino en Le Monde con referencia a lo que estaba ocurriendo en Cuba con Padilla y Antón Arrufat.
¿Tregua?, ¿dejar pasar? El libro de Fuentes glosa otra historia. Si desde fines de octubre de 1968 Fidel Castro traza las pautas de lo que se debe decir sobre cada autor de cada libro que se publica y resulta potencialmente “problemático”, según sus criterios, la crítica literaria del país se estuvo ejerciendo al nivel político más alto, con independencia de valores y resultados. El “enigmático” y temido Leopoldo Ávila era el nombre sindicado de dos autores: Fidel Castro y Luis Pavón.
Pero escarnio, censura y afrenta no es lo mismo que la prisión. Y la detención de Padilla hace visible, sobre todo a los ojos de Europa, aquello que estaba latente o apenas invisible para los escritores y artistas, al considerar que su profesión era ara y no pedestal. 
Fue esa mezcla de audacia y temor —que en ocasiones habita entre algunos intelectuales— lo que llevó a que Padilla trasladara los riesgos de la página a los comentarios con visitantes extranjeros, y a buscar incesante contactos con el interior, pero sobre todo la debilidad que se convirtió en obsesiva por desarrollar el papel del intelectual soviético perseguido, acosado y hasta destruido. Por supuesto, contó en su auxilio con la mejor de las productoras a su alcance: el régimen castrista.
Que en lo personal el papel no se adecuaba a su físico y carácter es un objetivo que busca reafirmar el libro de Fuentes con mordaz firmeza. Leemos: “No han pasado tres horas de arresto, cuando Heberto, trasladado a su celda, irrumpe en llantos, llantos de altos decibeles”. Así, toda la detención del poeta pasa entre desmayos y alucinaciones, como un tránsito de la neurosis a la locura. Castigos, presiones, acusaciones, extensos interrogatorios, no parecen necesarios según el libro para obtener la culpa, que al parecer se acepta desde el inicio. La comparación en este punto, con los procesos de Moscú, debilita la imagen de Heberto Padilla que después de su muerte en Estados Unidos ha comenzado a crecer en un exilio de Miami que nunca lo aceptó.
Sin embargo, las tribulaciones de Padilla y Fuentes no ocupan la mayor parte del libro, que contiene la edición facsimilar de los boletines de la cancillería cubana sobre el caso Padilla. El lector tiene ante si un documento reservado de la cancillería cubana —posiblemente la copia que perteneciera a Haydeé Santamaría—, y “que en su época estuvo clasificado, solo para altos dirigentes y para la crema y nata del servicio diplomático cubano”. 
Además de la transcripción más completa y fidedigna de lo acontecido la noche del 27 de abril de 1971 en la sede de la UNEAC, aquí hay desde extractos o textos completos de cables de prensa y artículos de periódicos, hasta las más diversas cartas sobre el caso Padilla, incluso el desglose de los intelectuales extranjeros que firmaron una, dos o ambas cartas de protesta enviadas por estos a Fidel Castro; quienes se arrepintieron de la firma, los que ampliaron sus criterios de rechazo a lo ocurrido o los que se manifestaron a favor de La Habana.
Además de constituir un material de primordial interés para investigadores y especialistas en general, para cualquier lector enterarse de la opinión entonces de cualquier escritor —por ejemplo, abundan los autores mexicanos— puede tanto  satisfacer una curiosidad nueva como despertar dudas, e incluso modificar criterios sobre alguna que otra figura literaria.
Jorge Edwards, en su biografía de Pablo Neruda, Adiós, Poeta, escribe: '“A Fidel siempre lo encontré irritado frente a los escritores, desconfiado, como si ese precario poder que ellos manejan, el que les confiere el uso y el arte de la palabra, amargara de algún modo, en su núcleo más vital y sensible, el poder suyo”.
Edwards, “el escritor de mayor relevancia internacional vinculado con Padilla en La Habana hasta la misma noche anterior al arresto”, escribe Norberto Fuentes. Sin embargo, nadie lo menciona, su nombre no aparece en culpas y lamentos. Tampoco él figura en declaraciones, tras su salida presurosa de Cuba por esos días. El diplomático se apodera —aún más— del escritor, que esperará años para publicar un libro con su versión de los hechos. 
Más allá de la discusión conocida, que intenta precisar hasta qué punto se impuso la práctica oportunista y cuándo termino la voluntad revolucionaria, lo que definió las primeras décadas del proceso revolucionario fue la imposibilidad de que los escritores pudieran escapar del debate político.
No se trata de confundir la labor del escritor con la del político. Un peligro siempre presente en un país donde uno de sus mejores escritores fue a la vez un héroe independentista y ha sido elevado a la santidad nacional, en la isla y el exilio.
 Durante el mayo francés, Sartre reclamaba que el intelectual volviera a ejercer el papel desempeñado en el siglo XIX. Por décadas fue el fantasma de Sartre, y no el del comunismo, el más apreciado por los escritores cubanos. Hasta cierto punto no era una elección cuestionable, pero carecía de profundidad. Esa falta de rigor terminó por destruir más de una vida.
Cuando Padilla decidió presentar a concurso el manuscrito de Fuera del juego, escogió un lema para que le sirviera de seudónimo e identificación de la obra: “Vivir la vida no es cruzar un campo”. Se trata de un verso del poema “El huerto de Getsemaní”, que aparece al final de la novela El doctor Zhivago, de Boris L. Pasternak, a esa novela triste y luminosa donde el protagonista, de forma callada, reafirma en cada momento su lucha por su condición, aun a costa de su destrucción física. 
Con información, ironía y desgaire, Un affaire para recordar no nos permite dejar de tener en cuenta lo ocurrido —desde los ángulos y matices más diversos— en ese año maldito para la literatura cubana que fue 1971. 
Un affaire para recordar, de Norberto Fuentes, se puede adquirir en Amazon.

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