viernes, 22 de enero de 2021

Cuba, sociedad civil, disidencia y Biden


Disidentes, activistas y legisladores cubanoamericanos desde hace años repiten, con mayor o menor estridencia, una contradicción que la prensa digiere y amplifica sin criticar: hablan de fortalecer o fomentar la sociedad civil en Cuba y al mismo tiempo se refieren a la naturaleza totalitaria del régimen, mientras califican de “cosméticos” los cambios realizados.
Si en la Isla hay un régimen totalitario —y por una parte poco apunta a considerar que esta no es la condición nacional—, quedan pocas esperanzas para la elaboración de dicha sociedad civil, que sería más bien parte de la tarea de reconstrucción del país tras una transición. Así lo indica la historia: no existía sociedad civil en la Unión Soviética (URSS) o en la Alemania nazi.
Cuando se mira desde otro ángulo, y se reconoce cierto ligero cambio en la Isla de un régimen totalitario a otro autoritario, donde determinadas parcelas de autonomía —otorgadas por el Gobierno o adquiridas circunstancialmente— permiten un desarrollo propio, se hace necesaria entonces una mayor precisión, para evitar caer en una repetición hueca.
Bajo el mantra de sociedad civil se cobijan los intereses y aspiraciones más diversos. Así el invocar la sociedad civil en Cuba, durante la época de la presidencia estadounidense de Barack Obama, se convirtió en criterio de moda o alcancía en la mano. Cabe la sospecha que ahora, con Joe Biden en la Casa Blanca, el criterio renazca. En última instancia, el enfoque sobre la situación en la isla depende en gran medida de las tendencias imperantes en Washington.
Sin embargo, más allá de una discusión sobre el concepto, vale la pena analizar cuánto avanza una táctica que busca establecer ese tipo de sociedad en las condiciones actuales cubanas, y aventurar su futuro.
El problema fundamental es que el totalitarismo implica por naturaleza la absorción completa de la sociedad civil por el Estado. Ha ocurrido en Cuba, donde unas llamadas “organizaciones de masas”, y los satélites que se desprenden de ellas, por décadas se definieron con orgullo militante como simples correas trasmisoras de las “orientaciones” del partido.
Ello no ha impedido la impudicia de —con un afán oportunista para ponerse a tono con las circunstancias internacionales—, con el paso del tiempo intentar reclamar un papel civilista, e incluso aspirar  y lograr en cierta medida a ser consideradas —y financiadas desde el exterior— como organizaciones no gubernamentales (ONG). 
Bajo dicho empeño buscaron y buscan venderse con sones para turistas, aunque no por ello han dejado de ser las mismas marionetas que cuando se crearon a imagen y semejanza de las existentes en la URSS.
Si burdo es el régimen cubano al intentar subirse al tren de la sociedad civil, tampoco la originalidad caracterizó al Gobierno estadounidense de Obama, y a quienes apoyaron  financieramente a grupos que —bajo el manto de la disidencia— no traspasaron la barrera de cierta notoriedad en el exterior y una nula proyección nacional.
Ante todo porque el proyecto no es nuevo. El empeño se originó en la desaparecida Europa del Este, donde existía un régimen represivo al igual que en la URSS, aunque no con igual absolutismo, cuando los disidentes de esos países comenzaron a hablar de las posibilidades de un restablecimiento democrático mediante el resurgimiento de la sociedad civil.
En la práctica dicha sociedad nunca fue establecida. En buena medida no ejerció una incidencia fundamental en la desaparición del “socialismo real” y dichos movimientos opositores tuvieron una existencia efímera, algunos un paso fulgurante por el Gobierno y una vida por delante para vivir de la nostalgia. También para fundamentar falsas esperanzas.
Largo es el rosario que tiene el caso cubano, por intentar trasladar modelos foráneos. En el camino de la transición se parte de la falacia de que existen constantes en las políticas de cambio y se descuida el análisis de las circunstancias específicas.
Por encima de otras consideraciones, destacó el hecho de que algunos de los que reclamaban el “empoderamiento de la sociedad civil”, desde la orilla miamense o en su proyección en la capital estadounidense —principalmente no en la esfera gubernamental sino mediante el cabildeo y las conversaciones y proyectos en los pasillos del Capitolio estadunidense— se negaron al mismo tiempo a facilitar mayores recursos para el avance de lo que pudieron ser sus factores esenciales o al menos contribuyentes: la promoción de negocios particulares, el refuerzo a la labor de emprendedores y otros aspectos de ayuda a una reforma económica.
Se vivió entonces bajo dos visiones disímiles —y en ocasiones contradictorias— sobre una posible sociedad civil cubana. Una enfatizaba el plano político y destacaba la existencia de grupos de denuncia de abusos; que en buena medida justificaban su existencia mediante la retorica de la victimización y dependían del financiamiento de Washington y Miami para su existencia. La otra apuntaba al plano económico y veía el surgimiento de una esfera laboral independiente del régimen como la vía necesaria para el fundamento de una sociedad más abierta.
En ambos casos, las limitaciones se destacaron por encima de los logros.
Entonces como ahora la dura realidad impuso sus condiciones. Mientras la promoción de la sociedad civil cubana por la disidencia no trascienda el discurso de Miami y destaque las necesidades de la población, no solo sus alcances sino sus propios objetivos han sido en extremo limitados.
Por otra parte, el surgimiento de un limitado sector  de trabajadores privados, en una sociedad con un grado extremo de control estatal como la cubana, no garantiza un futuro de una autonomía frente al Gobierno, ya que persiste la dependencia, tanto para mantener el nuevo estatus laboral adquirido como para simplemente poder caminar por las calles.
Ha persistido la limitante fundamental, que la creación de una verdadera sociedad civil buscaría eliminar: el mantenimiento de una doble moral, donde la hipocresía pública constituye uno de los principales recursos del régimen para sobrevivir.
Concluido el paréntesis que significó la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, donde la política hacia Cuba se limitó al revanchismo y la satisfacción emocional para garantizar el voto destinado al fallido intento de reelección del exmandatario, se abre una vía plena de interrogantes y restricciones.
Restricciones porque lo más efectivo que de momento puede producir la administración Biden  —cuando finalmente pueda dedicar tiempo y recursos a un asunto alejado de las grandes prioridades que acosan al país—, es restablecer las condiciones creadas a la partida de Obama: restablecimiento de la interrumpida plenitud consular y diplomática entre ambos países; eliminar de nuevo la inclusión de Cuba en la espuria “lista negra” de países que apoyan el terrorismo;  vuelta a una normalidad en los viajes y el turismo (lo cual depende en gran medida de la superación de la crisis creada por la pandemia); normalización de los canales para el envío de remesas y reinicio de los pasos destinados a una solución de aspectos hacia una normalización de vínculos que no inciden ni anulan las enormes diferencias políticas e ideológicas, pero sí hacen que las pautas de conductas y civilidad sean más llevaderas tanto para ciudadanos de ambos países como para la comunidad cubana residente en Estados Unidos. Por supuesto que papel fundamental en este empeño será la actitud que adopte el Gobierno de La Habana (de ahí también las interrogantes).
Cabe añadir —quizá como muestra de esperanza— que Biden llega al poder sin vínculos y dependencia con un exilio de Miami (más que en un sentido general sobre dicho exilio con el destacado y vocinglero sector que lo rechazó electoralmente) que poco contó en los resultados electorales. En eso su gobierno se diferencia de los primeros mandatos de Obama y Bill Clinton. 
También hay que añadir que el carácter retrógrado que intentarán —al menos de palabra y con vistas a la galería de Miami— “imponer” los recién electos representantes federales por Miami y el sempiterno congresista Mario Díaz-Balart no cuenta con el potencial de servir de mucho. Otra cosa es el Senado con la presencia de Bob Menéndez.
Así que, como en el ambiente político nacional, lo mejor a esperar de Biden es un regreso a esa normalidad creada por Obama, que por supuesto no llevará la democracia a Cuba, pero tampoco es la pérdida de tiempo que marcó la presidencia de Trump (¿hay que enfatizar que en cuatro años Trump no logró nada respecto a Cuba?). A estas alturas, ahorrarle dificultades innecesarias a los cubanos de aquí y allá podría llegar a ser un logro de su mandato.

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