jueves, 21 de enero de 2021

El año en que ganó de nuevo la democracia

En 1933, el escritor inglés H.G. Wells predijo que la democracia pronto sería descartada como “demasiado lenta para los enigmas políticos y económicos urgentes, con la ruina y la muerte a la puerta”. 
Si en lo económico la afirmación de las crisis periódicas del capitalismo no ha dejado de perder vigencia, una explicación más amplia es necesaria. Más cuando se conoce que capitalismo y democracia no son términos intercambiables —una falacia neoliberal— y que el totalitarismo o autoritarismo no se definen solo como consecuencia de una crisis económica. (Pese a los ejemplos notables de Alemania y Rusia, el caso cubano no fue simplemente una excepción de la regla sino una manifestación de un fenómeno más amplio.)
Aunque a primera vista las sociedades democráticas parecen estar sometidas a una crónica inestabilidad —dominadas por la confusión y las acciones precipitadas—, una visión en perspectiva muestra los mecanismos que permiten la estabilidad del modelo. A la apariencia de una constante alternancia entre momentos críticos y de parálisis, entre la excitación y la inercia, el rumbo a largo plazo nos devuelve la confianza.
Cuando viajó a América, en 1831, Alexis de Tocqueville quedó impresionado por la calidad frenética y sin sentido de la política democrática. Los ciudadanos siempre se quejaban y sus políticos se lanzaban fanfarronadas interminablemente. El descontento era interrumpido con frecuencia por explosiones de pánico absoluto, a medida que los resentimientos se extendían.
Sin embargo, Tocqueville notó algo más sobre la democracia estadounidense: que debajo de la superficie caótica era bastante estable. El descontento de los ciudadanos coincidía con una fe subyacente de que la política democrática vería los errores y vencería al final. Porque la libertad de expresión incluye el poder decir que la democracia no funciona.
Por ello Tocqueville catalogó esta forma de gobierno como “intempestiva”. Sus fortalezas se revelaban solo a largo plazo, una vez que su energía incansable produce la adaptabilidad que le permite corregir sus propios errores. 
Las democracias pueden parecer “malas” a la altura de la ocasión. Pero lo que hacen bien es cortar y cambiar de rumbo para que ninguna ocasión sea demasiado larga para ellas. 
Aunque no todos comparten igual optimismo.
El sociólogo Sheldon S. Wolin, profesor emérito de la Universidad de Princeton, considera que desde 1980 —cuando el presidente Ronald Reagan prometió "librar al pueblo de la carga del gobierno"—, el partido republicano ha seguido una evolución conducente a Estados Unidos a una paulatina disolución de la democracia en un totalitarismo invertido. Para Wolin, la elección de Barack  Obama fue un ejemplo de “democracia fugitiva”.
Su concepto de totalitarismo invertido es que este, a diferencia del totalitarismo clásico, no nace de una revolución o de una ruptura sino de una evolución dirigida. Su objetivo principal no es la conquista del poder a través de la movilización de las masas, sino la desmovilización de éstas desde el poder, hasta devolverlas al estado infantil, del que ya Tocqueville había advertido que era uno de los peligros de la democracia americana.
Tras el fin de la Unión Soviética (URSS) y de las dictaduras comunistas de Europa del Este, se creyó que dicho triunfo significaba la derrota de las doctrinas rivales a la democracia, y que a partir de entonces se tornaba hasta cierto punto anacrónica la reivindicación de esta.
Poco después se supo que no era así. La oleada de populismo —de ambos signos políticos y múltiples significados— ha supuesto un reto constante al sistema democrático liberal en todo el mundo.
En Estados Unidos, superado el escollo que representó la Administración Trump, al desarrollo pausado pero constante de dicho sistema, los peligros no se han superado sino continúan presentes. Solo cabe esperar que la predicción de Wells siga sin cumplirse.
Si bien es cierto que el vaticinio resultó erróneo, no es menos cierto que las amenazas no han cesado. En la actualidad la sociedad estadounidense ha visto y sufrido una de esas épocas en donde sus valores, pautas e incluso hábitos se ponen en duda a diario. Y aunque con firmeza ejemplar las instituciones democráticas han resistido los embates hacia los extremos, el peligro está lejos de desaparecer.

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