martes, 23 de febrero de 2021

Multa de $456.000 a Rivera. Pero, ¿la pagará?


El exrepresentante David Rivera, un republicano de Florida que se ha visto sumido en escándalos y demandas durante la última década, recibió el martes una multa de 456.000 dólares a la Comisión Electoral Federal (FEC), escribe Kelly Hooper en Politico.
La FEC alegó en una demanda civil que Rivera llevó a cabo en secreto un plan durante una primaria del Congreso de 2012, para financiar la campaña del candidato demócrata Justin Lamar Sternad, en un esfuerzo por debilitar la campaña del oponente Joe García.
El tribunal federal para el Distrito Sur de Florida aceptó la decisión a favor de Rivera, de desestimar la denuncia inicial de la FEC en su contra en 2017, citando un fallo de la corte de Utah que la FEC se había excedido. La agencia presentó una demanda enmendada en 2019, que Rivera nuevamente intentó desestimar, pero esta vez el tribunal se puso del lado de la FEC y la demanda avanzó.
La FEC acusó a Rivera en la denuncia de haber hecho aproximadamente $55.000 en contribuciones de campaña en nombre de otro. Rivera ha continuado negando cualquier irregularidad.
El martes, el tribunal aceptó la moción de la FEC para un juicio sumario, declarando en una orden que “la evidencia del expediente claramente pinta una imagen que muestra que Rivera participó en un plan para financiar ilegalmente la campaña de Sternad”.
“Y el escrito de oposición de Rivera no refuta y ni siquiera aborda gran parte de esa evidencia”, dice la orden.
La FEC solicitó una multa civil de $456.000, que la corte otorgó.
Esta no fue la primera ocasión en que Rivera, quien representó al Distrito 25 del Congreso de Florida desde enero de 2011 hasta enero de 2013, fuera objeto de escrutinio legal. También estuvo bajo investigación federal en 2011 por su participación en un contrato secreto de consultoría, que un casino llevó a cabo con una empresa de marketing que figuraba a nombre de su madre, pero el caso no llegó a ninguna parte.
En otro caso, la oficina del fiscal estatal de Miami-Dade se había estado preparando para buscar enjuiciar a Rivera en una acusación formal de 52 cargos alegando robo, lavado de dinero y crimen organizado derivado de su uso de dinero público y contribuciones en efectivo de comités que utilizó con fines políticos, pero los abogados de Rivera persuadieron a la fiscalía de que abandonara el intento.
Rivera perdió una batalla judicial en 2016 con respecto a sus finanzas como legislador estatal, por lo que resultaría multado con $58.000. Sin embargo, no tuvo que pagar porque ya no era miembro de la Cámara de Florida, que habría tenido que hacer cumplir la multa.

sábado, 20 de febrero de 2021

El primer libro de cocina de Cuba


En 1856 el escritor gaditano Eugenio Coloma y Garcés publicó el recetario más antiguo de la isla caribeña, en el que incluyó numerosos platos típicos del país, escribe Ana Vega Pérez de Arlucea en el Diario Vasco.
Eugenio Coloma y Garcés, editor, escritor y agrónomo español, nacido en el Puerto de Santa María (Cádiz) en torno a 1812, era hijo de un cántabro —Pedro Coloma Partearroyo– y una portuense –María de la Paz Garcés y Muñoz— con estrechos vínculos comerciales en Cuba. 
Su padre había residido varios años en la isla y allí también se fueron siendo jóvenes Eugenio y su hermano Ramón a completar su formación y buscar nuevos horizontes. 
Ramón Coloma Garcés volvería luego a España y acabaría siendo, además de destacado médico en Jerez de la Frontera, padre del jesuita Luis Coloma, autor del cuento del Ratoncito Pérez.
Eugenio Colom se quedaría para siempre en La Habana, ciudad en la que se especializó en agricultura y donde publicó numerosas obras dedicadas al tema, como Manual del Hacendado y Labrador o sea cartilla agrícola cubana (1861), Catecismo de agricultura cubana (1863) y Almanaque perpetuo de agricultura cubana (1864). Tuvo tiempo también de dedicar otras obras a la jardinería, la economía doméstica y la contabilidad.
En 1856 Eugenio Coloma publicó bajo las siglas «E. de C. y G.» el Manual del cocinero cubano, repertorio según su portada «completo y escogido de los mejores tratados modernos del arte de cocina española, americana, francesa, inglesa, italiana y turca, arreglado al uso, costumbres y temperamento de la Isla de Cuba».
Sus 337 páginas y 728 recetas están dedicadas en su mayor parte a la gastronomía cubana. 
Por entonces la cocina cubana estaba no sólo ya completamente diferenciada de la española, sino que era apreciada por todos los estamentos sociales de la isla. Tanto esclavos como agricultores, comerciantes o potentados compartían una misma base culinaria que, aunque diferenciada en calidad y cantidad, llenaba las mesas de ricos y pobres por igual de arroz blanco, frijoles, ajiaco y tasajo. En las mansiones criollas estos platos típicos se comían en la intimidad, reservando las recetas españolas y europeas para cuando venían invitados.
Eugenio Coloma y Garcés fue el primero en editar un libro de cocina en Cuba y también pionero a la hora de considerar la gastronomía local un signo de identidad que debía ser estimado y divulgado con orgullo. 
«Convencido de que uno de los goces de esta miserable vida es la gastronomía», decía en el prólogo de su libro, «¿qué placer más grato hay que se presente tan halagüeño a la imaginación como al gusto, que una mesa en que además de reinar el buen orden y el aseo, se halle cubierta de manjares con vista, aroma y sabor deliciosos? No creo, querido lector, haya alguno que comparativamente pueda exceder a tan sublime goce, no digo de los gastrónomos que por su delicado gusto saben apreciar su mérito, sino aun de aquellos que, atormentados cruelmente y extenuados por la inapetencia, ven el puerto de su salvación en este arte encantador».
 El Manual del cocinero cubano se vendía como una recopilación de las mejores recetas extranjeras y nacionales, arreglada «al temperamento, naturaleza, usos y costumbres de este envidiable suelo cubano, puesto que si ellos escribieron para su país, nosotros escribimos para el nuestro». 
El Manual compila por primera vez los clásicos platos de la isla: mondongo criollo, criadillas a los Tierra-adentro, sopa habanera, olla cubana, col rellena criolla, ajiaco de monte, picadillo del país, puerco frito a lo habanero, arroz blanco criollo, plátanos fritos verdes, crema de guanábana, dulce de papayas y cajeta de piña cubana, entre otros.
El recetario tuvo tanto éxito que en 1857 salió una segunda edición, ya con el nombre completo de su autor, y en 1859 se lo copiaron casi entero bajo el título de El cocinero puerto-riqueño, que a su vez también se considera el primer libro de cocina publicado en Puerto Rico. Por lo tanto, Eugenio Coloma fue el padre de la literatura gastronómica en dos países.
Del Manual del Cocinero Cubano hay una edición de 2017 de la Editorial Oriente.

viernes, 19 de febrero de 2021

Cuba y las categorías caducas


¿Cuánto queda en pie en la actualidad de aquella división tradicional entre izquierda y derecha del siglo XX?, ¿existe un categoría, una forma de nombrar, que permita recurrir a la mención del fascismo y aplicarlo por igual a ambos extremos del pensamiento político?, ¿cuál sería el denominador común?, ¿el rechazo a la democracia parlamentaria?, ¿el recurrir a la violencia? Las preguntas se multiplican y por lo común el ejercicio periodístico no se detiene en la renovación de las caracterizaciones. Todo lo contrario: continúa apoyándose en ellas para ejercer su oficio con más facilidad y mayor ahorro de conceptos y palabras, uno de sus principios fundamentales.
La relatividad de ciertas categorías al uso, de las que nos cuesta trabajo desprendernos y que aun se repiten (en lo particular, desde ahora me declaro que no estoy libre de ese pecado), es un rasgo común en la prensa actual, con independencia de tendencias ideológicas, objetivos políticos y fines comerciales. Aquí entran de lleno conceptos —quizá sería mejor decir el continuar apelando a los términos— de “derecha” e “izquierda”.
Octavio Paz ya alertaba sobre ello en un artículo publicado en el número 168 de la  revista Vuelta, en noviembre de 1990, donde expresaba que si bien “las denominaciones ‘izquierda’, ‘derecha’ y otras semejantes no son confiables, sí lo son, en cambio, las actitudes, las ideas y las opiniones. Y más adelante agregaba: “¿Izquierda o derecha? Lo que cuenta no son las denominaciones sino las actitudes”.
Entre el discurso de Augusto Pinochet y el de Fidel Castro siempre hubo más de una similitud. En una entrevista aparecida en la revista The New Yorker, poco antes de su arresto en Inglaterra, el general chileno se atrevió a caracterizar al entonces gobernante cubano como un líder “nacionalista”, al que respetaba por la defensa firme de sus ideas. Castro siempre mostró su reserva durante el cautiverio de Pinochet, apelando al criterio de la territorialidad y advirtiendo que él nunca se dejaría capturar fácilmente.
Se ha avanzado en la denuncia de las violaciones a las libertades individuales, por encima de los criterios partidistas. Pero aún queda aún mucho por hacer. Perseguir y torturar a un ser humano por sus ideas merece la repulsa internacional.
Parece casi imposible que se pueda “limpiar” toda denuncia de maltratos de la carga ideológica. Algunas organizaciones, como Amnistía Internacional, lo logran. Pero no son pocas las víctimas y sus defensores que con todo derecho exigen el castigo de sus torturadores, mientras injustamente miran para otro lado cuando se trata de condenar a otros.
No hay terrorismo bueno y terrorismo malo. No se justifica ningún Estado policial. El gobierno de Nicolás Maduro merece la condena internacional a la cual se niegan los gobiernos que representan una supuesta “izquierda” latinoamericana, que se proclama radical y antiimperialista, cuando no ha sido más que corrupta y déspota. Igual ocurre en el caso del régimen de La Habana.
¿Hay un anticastrismo o varios? Uno solo si la respuesta se limita a una definición esencial: la oposición al régimen de los hermanos Castro. Muchos, cuando tras esa pauta se tiende a establecer una agenda única o fijar una forma de pensar, actuar o sentir que responde a un conjunto de patrones —más o menos conocidos, mejor o peor definidos, pero de exigido cumplimiento—, que convierten a una posición, o mejor una actitud ante un hecho político, en un dogma. Entonces se pasa al fanatismo. O a lo que es incluso peor: la adopción de un canon por conveniencia.
Eso en Cuba se llama oportunismo, pero la palabra ha perdido significado en el exilio y es quizá más preciso decir que se adopta una forma de pasividad, complacencia o incluso complicidad ante el charlatán de turno, el demagogo de esquina o el líder improvisado. Todo con tal de no buscarse problemas.
Quizá la clave del problema radica en esa tendencia a los extremos que aún domina tanto en Cuba como en el exilio, donde en ocasiones falta o es muy tenue la línea que va del castrismo al anticastrismo —no en cuanto a definición sino como formas de enfrentamiento o actitud ante la posición contraria o distinta—, palabras que por lo demás en muchos casos solo adquieren un valor circunstancial.
El problema con estos patrones de pensamiento es que resultan poco útiles a la hora de plantearse el futuro de Cuba.
Quienes nacimos en Cuba nos hemos destacado en agregar una nueva parcela al ejercicio estéril de ignorar el debate, gracias a practicar el expediente fácil de despreciar los valores ajenos. Aquí —quiere eso decir en cualquier lugar del mundo— y en la isla nos creemos dueños de la verdad absoluta. Practicamos el rechazo mutuo, como si solo supiéramos mirarnos al espejo y vanagloriarnos.
En muchas ocasiones, el encuentro de la diversidad de criterios ha quedado pospuesto. La apuesta reducida al todo o nada. Antes que discutir o aceptar diferencias, abogar por la uniformidad.
Establecer lo anterior como una situación en blanco y negro sería caer en el mismo pecado que se intenta rechazar. Basta citar un ejemplo: ni Miami es siempre tan intransigente como la pintan, ni en ocasiones tan tolerante como debiera. Olvidar que es una ciudad generosa con exiliados de los más diversos orígenes resulta una injusticia.
La causa de todo ello radica precisamente en la razón de origen. Empecinarse, exagerar e insistir son rasgos típicos del exiliado, escribe Edward W. Said, al caracterizar una condición de la que participaba.
Sin embargo, aunque no todos ”practican” el exilio con igual fuerza, ello no impide que se adopte un “código político”, y es aquí donde el anticastrismo es único, pero diverso a la vez.
Es por ello que en la actualidad, y en lo que respecta al caso cubano, se libran dos luchas simultáneas. Una contra el régimen castrista y otra contra el monopolio anticastrista. No son dos luchas iguales y no se intenta equipararlas. La primera está bien definida. La segunda es un debate entre la amplitud de criterios y el aferrarse a una estrategia caduca e irreal, y que por mucho tiempo y en Estados Unidos solo sirvió a fines electorales, no en suelo cubano sino en territorio estadounidense. 
Si obsoleto es el modelo político imperante en la Isla, igual resultan las ideas de los anticastristas de café de esquina. La ceguera política —una terquedad sin tregua de mantener al día la industria de la glorificación del pasado republicano— alimenta a unos cuantos y proporciona alivio emocional a quienes se niegan a escuchar y ver un mundo que ya no les pertenece, del que han quedado fuera por soberbia y desprecio.
Los que solo se preocupan por echar a un lado las opiniones contrarias y mirar hacia otro lado, frente a una nación que lleva años transformándose para bien y para mal, no tienen grandes dificultades a la hora de mantenerse encerrados en sus puntos de vista. Este atrincheramiento se justifica en frustraciones y años de espera, pero ha contribuido a brindar una imagen que no se corresponde con la Cuba actual.
En un intercambio de recriminaciones y miradas estereotipadas, en muchos casos la prensa norteamericana solo ha querido mostrar las situaciones extremas y destacar las acciones de los personajes más alejados de los valores ciudadanos de este país. Al mismo tiempo, los exiliados han observado esa visión con ira y rechazo, pero también con un sentimiento de reafirmación.
De esta forma, ser de izquierda se ha identificado con una posición de apoyo al régimen imperante en Cuba, mientras que los derechistas han disfrutado de las “ventajas” de verse libres de dicha sospecha. Cabe afirmar que a esta visión han contribuido, en primer lugar, los miles de izquierdistas, latinoamericanos y estadounidenses, que han preferido mirar hacia otra parte frente a las injusticias y los abusos a los derechos humanos y ciudadanos llevados a cabos por el castrismo. 
El problema con estos patrones de pensamiento es lo limitado de su alcance. Se trata de dejar a un lado una belicosidad de retreta, sin barricadas a la vista, para avanzar hacia una mayor relación ciudadana entre quienes viven aquí y allá. El abandono, en resumidas cuentas, de un anticastrismo parlanchín.

jueves, 18 de febrero de 2021

Por una opinión moderada sobre Cuba


Dos son las actitudes que parecen determinar la conducta de quienes están al frente del gobierno cubano. Una es un afán desenfrenado en ganar tiempo, para mantenerse en el poder por lo que les queda de vida. La otra refleja un gran temor de mover lo mínimo, no vaya a ser que se tambalee todo. Una especie de efecto mariposa insular.
En la prensa oficial casi a diario aparecen declaraciones, informes y reportajes de actividades tendientes a impulsar el desarrollo económico del país. Pero tanto el limitado sector privado como el amplio sector de economía estatal están en manos de personas que conspiran contra ese desarrollo, por razones de supervivencia.
La fragilidad de un socialismo de mercado es que su sector privado, si bien en parte está regulado por la ley y la demanda, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático. 
Al mismo tiempo, ese control burocrático decide, en la mayoría de los casos, a partir de factores extraeconómicos, políticos e ideológicos principalmente.
Hasta ahora los limitados cambios económicos no han contado con una mentalidad abierta al avance de la función privada en la esfera económica, más allá de una acción limitada y prácticamente de subsistencia.
Ello no ha impedido una ampliación de la iniciativa propia y el negocio familiar o con algunos empleado, pero sin superar la esfera en que se requieren mayores estímulos y la existencia de mecanismos tanto financieros como de estructura. Los acuerdos y medidas al respecto han sido de una limitación exasperante. No hay que hacerse muchas ilusiones de que ello cambio en un futuro cercano.
Si bien se han dado pasos en la forma no estatal de gestión en las actividades de gastronomía, servicios personales y técnicos, donde los precios estarán determinados por la ley de la oferta y la demanda, aún no se ha producido un viraje económico dentro de un sistema absolutamente centralizado y estatista al máximo..
Al ritmo que se conducen los cambios económicos en Cuba, serían necesarios unos doscientos años para llevar a cabo una renovación total, y en ese caso centrada solo a una mejora del nivel de vida de los ciudadanos. Así y todo, esta reforma estaría encerrada dentro de los parámetros dados por la necesidad inherente al gobierno de mantener la escasez y la corrupción como formas de control.
Todo esto ocurre mientas la represión a quienes buscan mayores espacios de libertad y cambios políticos se mantiene sin variaciones. 
Hacer un análisis de la situación en la isla inevitablemente lleva a un replanteamiento del papel del exilio, o resignarse a un aislamiento aún mayor.
Lo que podría ayudar al desarrollo de esas posiciones que apuestan por un cambio —que van desde lo que hasta cierto punto podría considerarse actitudes reformistas hasta la franca oposición pacífica— es el desarrollo de un discurso dentro del exilio que rechace la confrontación, sin por ello renunciar a la denuncia de los abusos a los derechos humanos.
Mejor que consagrar tanto tiempo a un supuesto discurso combativo que no logra nada, sería apropiado dedicar mayor atención al análisis específico de una evolución lenta pero continua.
Por supuesto que en tal discusión caben todas las posiciones —salvo las extremistas y los fanatismos de cualquier índole— y que la inclusión no implica aceptación incondicional.
Practicar la moderación y la cordura en nuestras discusiones políticas no nos libra del exilio. No contribuye al fin del gobierno imperante en Cuba o al mejoramiento de las condiciones en Cuba. Tampoco ayuda a la permanencia del régimen. Simplemente facilita el entendernos mejor.
Contra este ideal de entendimiento, hay en el exilio quienes a diario se declaran opositores del régimen cubano, pero manifiestan una actitud similar a la existente en La Habana: “con nosotros o contra nosotros”. Las opiniones e informaciones contrarias a sus puntos de vista son consideradas un ataque y no un criterio divergente.
Estas manifestaciones de intransigencia dentro de un sector del exilio reflejan el ideal totalitario. No se trata de rebatir una idea sino de suprimirla. Apelando al argumento del respeto a la comunidad, el “dolor del exilio” y la necesidad de no “hacerle el juego” a La Habana, algunos intentan imponer un código de lo que se debe o no se debe informar; la fotografía que se debe o no se debe colocar; lo que es correcto y no es correcto hacer; definir la estrategia a adoptar por Washington respecto a la relación con el gobierno cubano y excluir o santificar a priori cualquier opinión.
Es cierto que esa ha sido siempre la actitud proclamada y repetida con orgullo por el régimen de La Habana —y que cuesta trabajo decirle "gobierno" y no catalogarlo simplemente como "dictadura", que lo es—, pero a lo largo de tantos años la exaltación ha demostrado brindar pobres resultados. Tampoco hay que imitar al enemigo en sus tácticas y estrategias.
Nada de ello, por supuesto lleva a negarle a quien lo desee la práctica de una actitud "vertical", pero además de que esta "verticalidad" implica el compromiso de ser verdadera, hay que reconocer que en la actualidad no es compartida —y por motivos diversos— ni por la totalidad del exilio ni de la población residente en la isla.
El defender un modelo de justicia social —desaparecido en buena medida en Cuba—no implica el suscribir propuestas agotadas. Se puede estar a favor de la educación gratuita, servicios médicos a la población y renglones económicos de propiedad estatal sin tener que andar con las obras de Marx y Engels bajo el brazo. Y mucho menos tener que salvar a Lenin y echarle toda la culpa a Stalin.
En la isla se mantiene firme ese control rígido e inmovilismo ya mencionados, que hace que la realidad cubana continúe inculcando a sus ciudadanos la necesidad de dominar el arte de la paciencia. 
Ya es hora de sustituir el atrincheramiento en una actitud de todo o nada —que incluso desde el punto de vista ético puede resultar meritoria— por un aprovechamiento de las condiciones del momento. 

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...