jueves, 18 de febrero de 2021

Por una opinión moderada sobre Cuba


Dos son las actitudes que parecen determinar la conducta de quienes están al frente del gobierno cubano. Una es un afán desenfrenado en ganar tiempo, para mantenerse en el poder por lo que les queda de vida. La otra refleja un gran temor de mover lo mínimo, no vaya a ser que se tambalee todo. Una especie de efecto mariposa insular.
En la prensa oficial casi a diario aparecen declaraciones, informes y reportajes de actividades tendientes a impulsar el desarrollo económico del país. Pero tanto el limitado sector privado como el amplio sector de economía estatal están en manos de personas que conspiran contra ese desarrollo, por razones de supervivencia.
La fragilidad de un socialismo de mercado es que su sector privado, si bien en parte está regulado por la ley y la demanda, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático. 
Al mismo tiempo, ese control burocrático decide, en la mayoría de los casos, a partir de factores extraeconómicos, políticos e ideológicos principalmente.
Hasta ahora los limitados cambios económicos no han contado con una mentalidad abierta al avance de la función privada en la esfera económica, más allá de una acción limitada y prácticamente de subsistencia.
Ello no ha impedido una ampliación de la iniciativa propia y el negocio familiar o con algunos empleado, pero sin superar la esfera en que se requieren mayores estímulos y la existencia de mecanismos tanto financieros como de estructura. Los acuerdos y medidas al respecto han sido de una limitación exasperante. No hay que hacerse muchas ilusiones de que ello cambio en un futuro cercano.
Si bien se han dado pasos en la forma no estatal de gestión en las actividades de gastronomía, servicios personales y técnicos, donde los precios estarán determinados por la ley de la oferta y la demanda, aún no se ha producido un viraje económico dentro de un sistema absolutamente centralizado y estatista al máximo..
Al ritmo que se conducen los cambios económicos en Cuba, serían necesarios unos doscientos años para llevar a cabo una renovación total, y en ese caso centrada solo a una mejora del nivel de vida de los ciudadanos. Así y todo, esta reforma estaría encerrada dentro de los parámetros dados por la necesidad inherente al gobierno de mantener la escasez y la corrupción como formas de control.
Todo esto ocurre mientas la represión a quienes buscan mayores espacios de libertad y cambios políticos se mantiene sin variaciones. 
Hacer un análisis de la situación en la isla inevitablemente lleva a un replanteamiento del papel del exilio, o resignarse a un aislamiento aún mayor.
Lo que podría ayudar al desarrollo de esas posiciones que apuestan por un cambio —que van desde lo que hasta cierto punto podría considerarse actitudes reformistas hasta la franca oposición pacífica— es el desarrollo de un discurso dentro del exilio que rechace la confrontación, sin por ello renunciar a la denuncia de los abusos a los derechos humanos.
Mejor que consagrar tanto tiempo a un supuesto discurso combativo que no logra nada, sería apropiado dedicar mayor atención al análisis específico de una evolución lenta pero continua.
Por supuesto que en tal discusión caben todas las posiciones —salvo las extremistas y los fanatismos de cualquier índole— y que la inclusión no implica aceptación incondicional.
Practicar la moderación y la cordura en nuestras discusiones políticas no nos libra del exilio. No contribuye al fin del gobierno imperante en Cuba o al mejoramiento de las condiciones en Cuba. Tampoco ayuda a la permanencia del régimen. Simplemente facilita el entendernos mejor.
Contra este ideal de entendimiento, hay en el exilio quienes a diario se declaran opositores del régimen cubano, pero manifiestan una actitud similar a la existente en La Habana: “con nosotros o contra nosotros”. Las opiniones e informaciones contrarias a sus puntos de vista son consideradas un ataque y no un criterio divergente.
Estas manifestaciones de intransigencia dentro de un sector del exilio reflejan el ideal totalitario. No se trata de rebatir una idea sino de suprimirla. Apelando al argumento del respeto a la comunidad, el “dolor del exilio” y la necesidad de no “hacerle el juego” a La Habana, algunos intentan imponer un código de lo que se debe o no se debe informar; la fotografía que se debe o no se debe colocar; lo que es correcto y no es correcto hacer; definir la estrategia a adoptar por Washington respecto a la relación con el gobierno cubano y excluir o santificar a priori cualquier opinión.
Es cierto que esa ha sido siempre la actitud proclamada y repetida con orgullo por el régimen de La Habana —y que cuesta trabajo decirle "gobierno" y no catalogarlo simplemente como "dictadura", que lo es—, pero a lo largo de tantos años la exaltación ha demostrado brindar pobres resultados. Tampoco hay que imitar al enemigo en sus tácticas y estrategias.
Nada de ello, por supuesto lleva a negarle a quien lo desee la práctica de una actitud "vertical", pero además de que esta "verticalidad" implica el compromiso de ser verdadera, hay que reconocer que en la actualidad no es compartida —y por motivos diversos— ni por la totalidad del exilio ni de la población residente en la isla.
El defender un modelo de justicia social —desaparecido en buena medida en Cuba—no implica el suscribir propuestas agotadas. Se puede estar a favor de la educación gratuita, servicios médicos a la población y renglones económicos de propiedad estatal sin tener que andar con las obras de Marx y Engels bajo el brazo. Y mucho menos tener que salvar a Lenin y echarle toda la culpa a Stalin.
En la isla se mantiene firme ese control rígido e inmovilismo ya mencionados, que hace que la realidad cubana continúe inculcando a sus ciudadanos la necesidad de dominar el arte de la paciencia. 
Ya es hora de sustituir el atrincheramiento en una actitud de todo o nada —que incluso desde el punto de vista ético puede resultar meritoria— por un aprovechamiento de las condiciones del momento. 

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