martes, 29 de junio de 2021

Kagan: libertad, liberalismo y orden mundial


Los que suelen confundir la falta de regulaciones y controles del mercado con la libertad política deben leer The Return of History and the End of Dreams, de Robert Kagan.
En su libro Kagan señala lo que pasan por alto quienes creen que con solo las bendiciones combinadas del comercio, el capitalismo y la propiedad privada creciente se llega inexorablemente a una democracia liberal.
Se subestima el atractivo internacional de la autocracia. La Unión Soviética, después del impulso inicial que recibió la industrialización, fue un modelo de fracaso económico. Con el régimen de Putin, Rusia ha recobrado en parte su importancia en la arena internacional, bajo la forma de una actitud imperialista en política y una economía que se sustenta en buena medida en su industria petrolera.
En la actualidad Rusia no es una superpotencia económica, pero con su agresividad y férreo control político —apoyado por una oligarquía cómplice—, Putin hace indispensable tener en cuenta. En cualquier caso, y pese a la división ocurrida tras la caída de la Unión Soviética, sigue siendo un país con el cual hay que contar.
Kagan señala que “gracias a décadas de destacado crecimiento económico, los chinos pueden argumentar hoy que su modelo de desarrollo económico, que combina una economía cada vez más abierta con un sistema político cerrado, puede resultar exitoso para el desarrollo de muchas naciones”.
Si la caída del Muro de Berlín marcó el fin de buena parte del mundo comunista, hasta cierto punto la crisis financiera de 2007-2008 también significó el fin de una era; esa en que estudiosos y charlatanes se mezclaron con la intención de convertir al mercado en un nuevo dios, al que había que obedecer y respetar sin interferir nunca en sus designios, y donde el libre comercio reinaría a sus anchas.
Una década antes, en agosto de 1998, Mark Lilla había declarado muerto el espíritu del 68 en un artículo en The New York Times. En mayo de 2007, Nicolas Sarkozy llegaba a la presidencia en Francia con una plataforma influida por el ideal neocon norteamericano y la propuesta de un conservadurismo compasivo, similar al del estadounidense George W. Bush (que de compasivo tenía poco entonces pero más de lo que se apreció en su momento si se le compara con lo que vino después de los años con el mandato de Trump).
Si bien el triunfo de Sarkozy demostró su habilidad política para criticar abiertamente una situación que había ayudado a crear, fue sobre todo el comienzo del fin de los procesos electorales en que los franceses tendrían que escoger simplemente entre la izquierda y la derecha. En esa ocasión se decidieron por la última y luego, en 2012 con François Hollande, por la primera. Sin embargo, ya toda Europa comenzó a conocer que en lo adelante las cosas no iban a ser tan sencillas.
Si el fracaso del ensayo de un supuesto ideal comunista determinó no solo el fin de un sistema político, social y económico en varios países, y redujo a los partidos comunistas a una especie en vías de extinción, su conclusión implicó un cuestionamiento del ideal socialista en un sentido más amplio. 
Paradójicamente, si la incapacidad en la práctica de la aplicación del modelo comunista ruso (en sus variantes soviética, china o de otro tipo) fue la causa de su fin, el triunfo de las medidas y leyes logradas por los socialistas y políticos de izquierda terminó en ocasiones convertido en un freno para el desarrollo.
Libre del muro de contención que significaba la existencia del campo socialista, el capitalismo logró un desarrollo incontenible a nivel mundial, pero —cuesta trabajo repetirlo por lo cansón— con resultados más desiguales que nunca. 
Las respuestas entonces a ese desarrollo capitalista sin las contenciones políticas que en otra época habían implicado la URSS y el “campo socialista” se resumieron en las supuestas bonanzas del libre mercado a nivel mundial y el traslado de capitales, empresas y centros financieros: la globalización. No fue el único, pero sí uno de los más notables y comentados.
Mientras que el comunismo duró varias décadas, el neoliberalismo en su estado puro disfrutó de una vida mucho más breve y feliz. Bastó que las cosas comenzaran a marchar mal para que los banqueros y quienes los representan en Washington se sintieran obligados a llamar a la caballería al rescate. A la hora de las ganancias, se debía respetar al capital privado. Aunque al llegar el momento de las pérdidas, ahí estaba el Estado, benefactor de los ricos y corporativo en esencia, para cargar las cuentas sobre las espaldas de los contribuyentes.
Rusia y China mantienen regímenes autoritarios o totalitarios, donde las diferencias económicas con Occidente (China) se traducen en disputas y tarifas, y las geopolíticas (Rusia) en conversaciones donde el recelo y la mentira apenas se cubren con sonrisas y apretones de mano, pero donde las libertades ciudadanas ni siquiera se mencionan.
Un perfil en The Guardian señaló que Kagan decía sentirse “incómodo” al clasificarlo como “neocon”, y que “insistía en que él era ‘liberal’ y ‘progresista’ dentro de una tradición claramente estadounidense”.
Hay elementos en lo personal que validan y cuestionan dichas afirmaciones. Durante la campaña presidencial de 2008 se desempeñó como asesor de política exterior de John McCain, el candidato del Partido Republicano a la presidencia. En  febrero de 2016, Kagan abandonó públicamente el republicanismo (ha pasado a referirse a sí mismo como un “ex republicano”) y respaldó a la demócrata Hillary Clinton en sus aspiraciones presidenciales.
Entonces argumentó que el “obstruccionismo salvaje” de los políticos republicanos, y la insistencia en que “el gobierno, las instituciones, las tradiciones políticas, el liderazgo del partido e incluso los partidos mismos” eran cuestiones  que debían ser “derrocadas, evadidas, ignoradas, insultadas”, así como motivo de burla fueron los elementos que “prepararon el escenario para el ascenso de Donald Trump. Kagan llamó a Trump un “monstruo de Frankenstein” y también lo comparó con Napoleón. La primera caracterización fue correcta, la segunda una burda exageración.
En una columna de opinión aparecida el 1º de enero de 2019 en The Washington Post, conjuntamente con Antony J. Blinken (el actual Secretario de Estado), ambos señalaron que a medida que se intensifica la competencia geopolítica, “debemos complementar la diplomacia con la disuasión”, para agregar: “Las palabras por sí solas no disuadirán a los Vladimir Putin y Xi Jinping de este mundo. Reconocer sus tradicionales ‘esferas de interés’ imperiales solo los animará a expandirse más lejos mientras traicionan a las naciones soberanas que caen bajo su dominio”.
En el número de marzo/abril de este año, Kagan publicó un artículo en Foreign Affairs, con un título más que sugerente, al referirse a Estados Unidos: “Una superpotencia, nos guste o no”. No menor importante resultó el subtitulo, claramente didáctico: “Por qué los estadounidenses deben aceptar su papel global”.
Kagan insiste en que la única esperanza para preservar el liberalismo en casa y en el extranjero, "es el mantenimiento de un orden mundial que conduzca al liberalismo, y el único poder capaz de mantener ese orden es Estados Unidos". No hay alternativa. De eso, parece seguro. Queda por verse si el tiempo, la historia, la política, le darán la razón.

lunes, 28 de junio de 2021

Mujeres en guerra (I)


Hacer remakes de películas famosas de la era soviética se ha convertido en una tendencia popular en Rusia. Nada notable entonces que en mayo de 2015 se estrenara una nueva versión de Los amaneceres son aquí apacibles. Para esa fecha, unas 20 adaptaciones de otros filmes célebres la habían antecedido en los últimos 15 años.
En el caso de Los amaneceres sobraban datos que justificaban la inversión. No solo el éxito de la película original en la desaparecida Unión Soviética y los luego transformados países socialistas. En la perenne China continuaba siendo uno de los filmes soviéticos más populares, que formaba parte del currículum escolar, y donde en 2005 se realizó una serie para televisión dirigida por Mao Weining, con la presencia de actores rusos. Estaba también la ópera de Kiril Molchanov (1972), son montajes en el Bolshoi y la Ópera China y hasta una película en tamil hecha en la India en 2009 (Peranmai).  Una versión teatral, del exiliado director soviético, Yuri Lyubimov, quien había estado al frente del Teatro Taganka de Moscú, seguía presentándose en diversas localidades, entre ellas Nueva York.

La versión rusa de 2012, dirigida por Renat Davletyarov —que fue primero presentada en el Kremlin como película y luego como una serie en cuatro partes puede verse actualmente en YouTube y Amazon, entre otros sitios— cuenta además con una canción a cargo del grupo Lyube, famoso por su interpretación de temas patrióticos rusos y que cuenta entre sus principales fanáticos al presidente Vladimir Putin. 

La serie está realizada con decoro, mantiene la tensión en sus dos últimas partes y se beneficia de los efectos especiales y todos los recursos de la cinematografía actual. Pero al mismo tiempo es similar y diferente del clásico soviético: más una película de acción que un filme que trate con al menos cierta profundidad los conflictos y consecuencias de la guerra en los protagonistas, y a la que se ha añadido un matiz erótico —por supuesto ausente casi por completo en el original—, que va desde una situación de estrés sexual entre el sargento y las mujeres a su mando hasta dos escenas (una de desnudos frontales en un baño improvisado en una caseta y otra bajo una cascada), que no resultan chocantes —todo lo contrario, impresión personal— y están hechas con lindeza y hasta discreción, pero no por ello resultan menos gratuitas. Por lo demás, la serie reduce ligeramente la carga ideológica soviética, sin traicionar ni la película original ni la novela, y un par de palabras de crítica velada al papel de Stalin al comienzo de la guerra y su error al no preparar a la nación para lo que se avecinaba no deja de ser un lugar común en la Rusia actual: no negar el hecho, pero no ir más allá.

El film original

La primera versión de Los amaneceres (1972) es de Stanislav Rostotsky, basada en la novela corta de Boris Vasilyev del mismo nombre. En su momento fue un éxito de público y taquilla, no solo en su país de origen sino internacionalmente. Premiada en el Festival de Venecia y nominada para el Oscar a película extranjera de igual año.

Se aparta en buena medida de las repetitivas y estereotipadas películas soviéticas  sobre la “Gran Guerra Patria” de años anteriores, por el énfasis en las características emocionales de los protagonistas y el eludir presentarlos como estereotipos heroicos y combatientes ideológicos. El énfasis está en la defensa de la nación invadida y no en la presentación de una lucha militante, aunque se señala la militancia comunista; el genuino costo de la guerra entre quienes la sufren y llevan a cabo.

Las acción tiene lugar en Karelia, cerca de Finlandia —aunque la película fue filmada en Ruskeala—, durante la Segunda Guerra Mundial. El sargento mayor Fyodor Evgrafych Vaskov, de 32 años, tiene a su cargo un puesto de vigilancia con artillería antiaérea en un poblado fronterizo. Luego que sus superiores descubren que los soldados bajo su mando están demasiado “distraídos” por los “placeres” locales (mujeres, bebidas y las consecuentes peleas entre ellos), son reemplazados por un equipo de mujeres para el manejo de las baterías antiaéreas de la base.

Al inicio el sargento ve con recelo a las mujeres, y teme dos cosas: que carezcan de capacidad bélica y el no poder controlarlas. A ello se añade una serie de frustraciones personales: el haber sido herido en su primer día de combate lo ha relegado a una labor que considera inferior y alejada del campo de batalla, el abandono por su mujer que se ha marchado con otro y la pérdida de su hijo con ella, de lo que culpa a su esposa y por añadidura a todas las mujeres. 

Pronto descubre que sus temores se cumplen solo parcialmente: las mujeres son buenas combatientes y dominan con habilidad el uso de los cañones, pero él es incapaz de dominarlas. Un hombre sin conocimientos ni cultura, se aferra al reglamento, las normas, lo establecido en el manual militar, como forma de control, mientras ansía entrar en acción, porque sabe que eso es lo único que domina, que sabe hacer.

Después de que una de las mujeres descubre a dos soldados alemanes en el bosque cercano, Vaskov selecciona a cinco para perseguirlos y evitar que lleven a cabo la demolición de la vía férrea, vital para la llegada de recursos al frente.

Las mujeres son muy jóvenes, en su mayoría adolescentes de poco más de 17 años, una de ellas incluso menos porque ha fingido su edad para entrar en el ejército. Quien está al frente de ellas es la sargento Rita Osyanina, viuda porque su marido ha muerto en el frente, y que ha buscado este puesto para estar cerca de su hijo, a cargo de su madre en el poblado cercano. Al grupo se une Zhenya Komelkova, que es conocida por ser amante de un coronel casado.

Las cinco seleccionadas para la misión (Sonya, Galya, Liza, Zhenya y Rita) tienen características personales disímiles, pero al mismo tiempo comparten similitudes.

Rita es amable, comprensiva y hasta cariñosa con sus subalternas, pero a la vez de voluntad fuerte, intrépida y valiente. Además, es la única que es madre. 

Zhenya, de 19 años, es una de las más atractivas sexualmente, no rehúye el peligro e incluso la aventura. De forma subrepticia ha llegado hasta el frente para reunirse con su amante, el coronel, que es quien la ha enviado a este lugar más tranquilo, para alejar del peligro y de él. No se arrepiente de su conducta amorosa, pero está cansada de la guerra y hasta de una relación que sabe sin futuro.

Sonya Gurvich ha sido una alumna excelente en la escuela y la universidad. Le gusta la poesía y lee en voz alta —incluso cuando debe permanecer oculta— , un libro de poemas de Alexander Blok, que le ha regalado su novio, que ha muerto en el frente, pero ella no lo sabe. Es además judía, un detalle singular en una película soviética de entonces.

Liza Brichkina se ha pasado toda su corta vida esperando, no puede evitarlo y así morirá.

Galya padece de un enorme miedo a la guerra y siempre se refugia en un mundo imaginario. Finge tener una madre, aunque desde niña estuvo recluida en un orfanato del que ha escapado entrando al ejercito fingiendo su edad.

Todas estarán muertas al finalizar la película.

Rita es herida mortalmente por una granada. Sabe que va a morir y se mata con el revólver del sargento. Galya no puede dominar su miedo, y abandona su escondite llamando a su madre imaginaria para caer bajo una ráfaga alemana. Sonya es acuchillada por un alemán cuando emprende una carrera para traerle de vuelta al sargento un paquete de tabaco que Rita ha dejado abandonado. Zhenya es acribillada en una acción suicida para alejar a los alemanes. Liza se ahoga en un pantano. El sargento imagina que tras morir ella le dice que fue culpa de ella, por ir demasiado de prisa a buscar refuerzos.

En buena medida Los amaneceres de Rostotsky —que dura dos horas y 40 minutos— es una película en dos partes. La primera, que nos presenta al sargento, las muchachas y sus historias, es la más débil; tanto desde el punto de vista del argumento como en su presentación visual. Las historias personales de las jóvenes, así como las explicaciones de las razones que las llevaron a unirse al ejército, son simples y hasta en ocasiones trilladas y cursis. Visualmente están filmadas en colores, y sea por falta de recursos o de imaginación, las imágenes son torpes y pobres. De igual defecto adolecen tanto esa especie de prólogo y epílogo, tanto que ponen en peligro el continuar viéndola en alguien sin antecedentes del tema.

El valor de la película reside en todo lo filmado en blanco y negro y en la segunda parte, donde se desarrolla la acción bélica —vale agregar que las mejores películas sobre la invasión alemana a la URSS son en blanco y negro. El paso de la casi monotonía en el puesto —salvo en la secuencia del derribo del avión alemán, por lo demás poco original— a las escenas en el bosque, lago y pantano, marcan un avance saludable de acento y energía. La amenaza siempre presente, pero en muchas escenas no visible, de los alemanes, y el cambio que se produce en el grupo soviético, de asediadores a asediados, la convierten en una buena película de guerra. La ascensión humana en el personaje del sargento, de rígido y torpe a protector y fraternal con su tropa de mujeres está muy bien lograda. Y uno de los mayores méritos de la cinta es la actuación de Andrey Martynov, un actor que con ella se estrena en el cine. La película presenta al espectador la visión de unas mujeres que no lograron satisfacer sus aspiraciones y deseos, porque no les permitieron vivir lo necesario para ello; no de heroínas inmortales, ni de vestales superiores. Y ello, para el cine soviético de la época, es un mérito que aún hoy se debe reconocer.

De familia notable —su abuelo fue general del Ejército Imperial Ruso y su padre un médico y científico eminente— Stanislav Rostotsky (1922-2001) fue un realizador soviético que dedicó al tema de la guerra, de forma directa o circunstancial, la mayoría de sus películas. Amigo y alumno de Sergei Eisenstein, estudió también con Grigori Kozintsev. Ganó premios y dirigió el Festival de Cine de Moscú en 1975. En el V Congreso de Realizadores Soviéticos, en 1986, fue acusado de “nepotismo” y “conformismo político”. Quizá le sirvió de consuelo, o ironía, el hecho de compartir acusaciones similares con Lev Kulidzhanov y Sergei Bondarchuk, pero abandonó la carrera cinematográfica en 1989. Recordar que había sido casi aplastado por un tranque alemán durante la Segunda Guerra Mundial. A consecuencia del hecho perdió una pierna, pero siempre se negó a usar bastón o dar muestra alguna de invalidez, y muchos ni siquiera sabían que usaba una prótesis. Lo salvó una enfermera, que cargó con su cuerpo y luego lo atendió. A ella dedicó Los amaneceres son aquí apacibles.

Novela

Cuando los nazis invadieron la Unión Soviética, Boris Vasilyev (1924-2013) marchó a la guerra siendo aún un estudiante. Alcanzó el grado de teniente, pero dos años después se vio obligado a dejar el ejército por heridas sufridas.

Los amaneces son aquí apacibles apareció primero en la revista Juventud, en 1969. Luego fue llevado al teatro. Tres años más tarde Stanislav Rostotsky realizó la versión cinematográfica.

La narración no habría pasado de una historia más sobre la guerra, si Vasilyev no hubiera tenido la feliz ocurrencia de convertir a los personajes en mujeres. Tiempo después de su aparición, admitió que en realidad no habían participado mujeres jóvenes en los hechos narrados. Fue debido a que el relato no llegaba a desarrollarse, o a que se dio cuenta que no pasaba de describir un hecho heroico más, que se le ocurrió crear personajes femeninos.

El hecho real  tuvo lugar en una de las estaciones del ferrocarril Kirov, que conecta Petrozavodsk con Murmansk. Fueron enviados siete soldados, que se recuperaban de sus heridas, para vigilar la estación ferroviario. Sucedió que los alemanes lanzó un grupo de paracaidistas, bien entrenados y equipados, para sabotear la vía férrea y evitar el transporte de tropas y equipos al frente. Los soldados soviéticos carecían del armamento adecuado, pero lograron evitar la voladura la línea férrea. Al final del combate, solo quedó vivo el sargento, que comandaba a los soldados soviéticos. Por otra parte, ese fue el único dato verdadero que sobrevivió en la narración. 

Vasilyev renunció al Partido Comunista en 1989. En 1993 firmó “La carta de los 44”, en que los escritores pedían la disolución y prohibición de los partidos comunistas y nacionalistas. En los últimos años de su vida se dedicó a escribir ficción histórica, a partir de crónicas medievales rusas.

Epílogo

En el frente soviético, durante la Segunda Guerra Mundial, participaron 300.000 mujeres. Unas pocas fueron célebres, la mayoría han permanecido olvidadas.




jueves, 24 de junio de 2021

Freud, Marx y Feuerbach

Ludwig Feuerbach elabora una concepción de la religión que se anticipa medularmente al tratamiento posterior de Sigmund Freud sobre este tipo de doctrina, a la que asocia con una proyección de las necesidades emocionales internas.
Al considerar Feuerbach que la afirmación de una trascendencia llevaba a una alienación, y que para salir de ella era necesario retomar al hombre concreto, se adelantaba en lo fundamental al posterior tratamiento de Freud de las creencias religiosas como una proyección de las profundas necesidades emocionales del individuo.
La imagen de Freud de “nuestros santos más modernos” traza un paralelo apropiado entre lo religioso y lo secular, tan central al pensamiento de Feuerbach. Por ello el  padre del psicoanálisis se refiere a este como un luchador por “nuestras” verdades. 
El interés temprano de Freud por Feuerbach —un filósofo materialista y crítico del pensamiento hegeliano, muy popular en la cultura vienesa de la década de 1870— fue enorme, aunque veinte o treinta años después lo negó y dijo que no recordaba tal influencia (Freud olvidaba y recordaba no solo según las normas del inconsciente sino de acuerdo a las leyes de lo consciente).
El sensualismo y la crítica de la religión fueron ideas que inspiraron a Freud en sus inicios. El psicoanálisis —en su origen puramente freudiano— refleja una lucha con la religión, tan importante para su creador, que resulta muy cercana a las ideas de Feuerbach.
Cuando estudié psicología en la Universidad de La Habana, de Feuerbach solo se hablaba en referencia a las “Tesis sobre Feuerbach”, de Carlos Marx, donde quedaba reducido a una especie de tonto, al que era mejor despreciar y hasta burlarse de él. Pero siempre quedaba una duda si uno era capaz de encontrar sus escritos sobre el cristianismo, la muerte y la inmortalidad, lo cual no era fácil.
Publicadas como apéndice del Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, de Federico Engels, en 1888, las tesis fueron capaces de entusiasmar a un estudiante inculto, sobre todo por su calidad epigramática, que las acercaba o convertía en buenos “comerciales”, especialmente la última de ellas: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Como frase hasta deslumbra, pero encierra la falacia de desdeñar la labor e importancia de los filósofos anteriores, que en realidad sí llevaban siglos transformando al mundo. Si no hubiera existido siempre esa condición —y ese peligro— por qué entonces Sócrates se sintió obligado a ingerir un jugo de cicuta.
Uno de los riesgos presente en las tesis fue desde el inicio el énfasis desmedido en el papel de la praxis —fundamentado en un quehacer revolucionado elevado a una categoría de esencia (Jean Paul Sartre fue víctima y sacerdote de ello). Pero tal énfasis, trasladado a intérpretes sin la potencia del pensamiento de Marx, y políticos  guiados por objetivos más vulgares, decayó en un reduccionismo no solo pedestre sino pernicioso.
En varias ocasiones Marx se equivoca en sus juicios sobre el pensamiento de  Feuerbach —sea de forma perniciosa o por simple tergiversación—, como cuando afirma que este no ve el “sentimiento religioso” como un producto social.
Lo que ocurre es que Marx cae en un reduccionismo contrario, que lo lleva a verlo todo como producto social. Este reduccionismo se transformaría posteriormente, con la ideología soviética, en una verdadera caricatura. 
De la crítica a Feuerbach, de considerar al “individuo humano abstracto”, se terminó en el fin de abolir al individuo. No se puede acusar a Marx de ser el principal culpable de ello, pero sí de car cabida a ese desarrollo.
Sin embargo, tanto las tesis marxistas como el verdadero pensamiento de Feuerbach —no tergiversado— brindan elementos valiosos al análisis psicológico. 
Marx cree que Feuerbach, al considerar la auto enajenación religiosa como el desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real, se queda corto; que se limita a disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal, sin advertir que ese desdoble solo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esa base terrenal consigo misma.
Es decir, que la contradicción obedecería en última instancia a un conflicto social —político e ideológico. Sin embargo, los años han demostrado que su visión resultó simplista, para decir lo menos. La resolución de los conflictos sociales —en los poquísimos casos que ha ocurrido— no llevan automáticamente a la eliminación de la enajenación religiosa.
Es en este sentido —no el único— que el aporte de Feuerbach, y después de Freud, conserva una vigencia que supera la estrecha praxis marxista.

martes, 22 de junio de 2021

Locos y líderes

“Necios, visionarios, víctimas de alucinaciones y delirios, neuróticos y locos han jugado un gran papel en todas las épocas de la historia de la humanidad, y no solo cuando el accidente del nacimiento les ha concedido ser soberanos. Por lo general, han causado estragos; pero no siempre. Estas personas han ejercido una influencia de gran alcance sobre su propia época y la posterior; han dado impulso a importantes movimientos culturales y han hecho grandes descubrimientos. Han podido lograr tales logros, por un lado, con la ayuda de la parte intacta de sus personalidades, es decir, a pesar de sus anormalidades; pero, por otro lado, a menudo son precisamente los rasgos patológicos de sus caracteres, la unilateralidad de su desarrollo, el fortalecimiento anormal de ciertos deseos, el abandono acrítico y desenfrenado hacia un solo objetivo, lo que les da el poder de arrastrar a otros tras ellos y para vencer la resistencia del mundo”.

 

Sigmund Freud

 

 

lunes, 21 de junio de 2021

El «Tome Nota» de Vargas Llosa

 

Es lamentable, pero Mario Vargas Llosa está dañando su prestigio como columnista y analista político con su campaña desaforada en favor de la hija de su exrival político. Por supuesto que Vargas Llosa tiene todo su derecho de hacer campaña política por quien le plazca, y a que sus arengas sean todo lo vocingleras que quiera. Pero debería importarle el juicio que merezcan sus escritos, incluso más allá de su conducta. En su desatino ha perdido hasta la elegancia, y llega a emprenderla contra una reportera de la misma publicación donde aparecen sus escritos. Periodista que, por otra parte, ha recibido amenazas y calumnias de los fujimoristas, lo cual ha sido denunciado por la Asociación de Prensa Extranjera en el Perú. Pero ello parece ni preocuparle ni importarle. Su última columna la hubiera firmado con gusto el difunto locutor exiliado cubano Armando Pérez Roura. No por el fervor reaccionario sino por el grado de torpeza. Igual gusto por despotricar, la misma argumentación bajo falsas premisas,  el recurso barato de las insinuaciones, el delirio de meter miedo; el mismo entusiasmo, igual necedad.

Norberto Fuentes vs Heberto Padilla

El libro. La primera línea. En una fecha temprana —7 de diciembre de 1959— del proceso iniciado con la llegada al poder de Fidel Castro, “Heberto Padilla inaugura en Cuba el lenguaje de la represión política contra los artistas”. La mención refiere a un artículo aparecido en Lunes de Revolución, de “condena a José Lezama Lima y el grupo de Orígenes por sus obras ajenas al proceso revolucionario”.
Y ya no cabe —no puede caber— duda al lector de que el poeta será nuevamente juzgado, analizado, puesto en la picota, en la persecución de detalles, hechos y datos que produzcan un desmenuzamiento que ayude a comprender lo ocurrido, antes después y durante los 37 días del arresto del poeta, entre el 20 de marzo y el 26 de abril de 1971.
“Es decir, 13 días de tenebroso arresto y 25 de chaucha”, escribe Norberto Fuentes en Un affaire para recordar, su último libro que acaba de ser publicado por la editorial Cuarteles de Invierno. Pero no lo dice él. Aclara que son palabras del propio Padilla en La mala memoria.  
Escoger palabras, citas, momentos; ese viejo oficio del escritor se ejerce aquí con un arte despiadado, que transcurre entre el repudio y el desgarro. Se brinda una versión de lo ocurrido día tras día en Villa Marista, donde Padilla permaneció encerrado, y uno se pregunta: ¿pero eso fue todo? Más cuando la información de lo ocurrido a escritores y artistas durante el régimen estalinista es ahora tan amplia. 
“Triste parodia de los procesos de Moscú”, así calificó Guillermo Cabrera Infante a la autocrítica de Padilla. Y ese afán de imitación —a veces convertido en pura farsa, otras de desemboque trágico— recorre a los protagonistas, figuras y figurines que forman esa casi obra de teatro del absurdo que es el “caso Padilla”. Absurdo político en consecuencia e intenciones, donde se reparte por igual el terror y la culpa, como escrito por un Shakespeare tropical y torpe. 
“Reunión de Fidel Castro con los intelectuales cubanos, de donde surge su famoso lineamiento de permisibilidad a la actividad artística: «Dentro de la Revolución, todo, contra la Revolución, nada»”, escribe Norberto Fuentes, al igual en la primera página de su libro. De nuevo escoger palabras, señalar un hecho. Pero es una fecha en una simple cronología y todas las consecuencias se encontrarán después, más adelante en el texto.
“La revelación de [estas] divergencias marca el fin de la tregua de diez años entre la Revolución y el mundo artístico”, escribió Saverio Tutino en Le Monde con referencia a lo que estaba ocurriendo en Cuba con Padilla y Antón Arrufat.
¿Tregua?, ¿dejar pasar? El libro de Fuentes glosa otra historia. Si desde fines de octubre de 1968 Fidel Castro traza las pautas de lo que se debe decir sobre cada autor de cada libro que se publica y resulta potencialmente “problemático”, según sus criterios, la crítica literaria del país se estuvo ejerciendo al nivel político más alto, con independencia de valores y resultados. El “enigmático” y temido Leopoldo Ávila era el nombre sindicado de dos autores: Fidel Castro y Luis Pavón.
Pero escarnio, censura y afrenta no es lo mismo que la prisión. Y la detención de Padilla hace visible, sobre todo a los ojos de Europa, aquello que estaba latente o apenas invisible para los escritores y artistas, al considerar que su profesión era ara y no pedestal. 
Fue esa mezcla de audacia y temor —que en ocasiones habita entre algunos intelectuales— lo que llevó a que Padilla trasladara los riesgos de la página a los comentarios con visitantes extranjeros, y a buscar incesante contactos con el interior, pero sobre todo la debilidad que se convirtió en obsesiva por desarrollar el papel del intelectual soviético perseguido, acosado y hasta destruido. Por supuesto, contó en su auxilio con la mejor de las productoras a su alcance: el régimen castrista.
Que en lo personal el papel no se adecuaba a su físico y carácter es un objetivo que busca reafirmar el libro de Fuentes con mordaz firmeza. Leemos: “No han pasado tres horas de arresto, cuando Heberto, trasladado a su celda, irrumpe en llantos, llantos de altos decibeles”. Así, toda la detención del poeta pasa entre desmayos y alucinaciones, como un tránsito de la neurosis a la locura. Castigos, presiones, acusaciones, extensos interrogatorios, no parecen necesarios según el libro para obtener la culpa, que al parecer se acepta desde el inicio. La comparación en este punto, con los procesos de Moscú, debilita la imagen de Heberto Padilla que después de su muerte en Estados Unidos ha comenzado a crecer en un exilio de Miami que nunca lo aceptó.
Sin embargo, las tribulaciones de Padilla y Fuentes no ocupan la mayor parte del libro, que contiene la edición facsimilar de los boletines de la cancillería cubana sobre el caso Padilla. El lector tiene ante si un documento reservado de la cancillería cubana —posiblemente la copia que perteneciera a Haydeé Santamaría—, y “que en su época estuvo clasificado, solo para altos dirigentes y para la crema y nata del servicio diplomático cubano”. 
Además de la transcripción más completa y fidedigna de lo acontecido la noche del 27 de abril de 1971 en la sede de la UNEAC, aquí hay desde extractos o textos completos de cables de prensa y artículos de periódicos, hasta las más diversas cartas sobre el caso Padilla, incluso el desglose de los intelectuales extranjeros que firmaron una, dos o ambas cartas de protesta enviadas por estos a Fidel Castro; quienes se arrepintieron de la firma, los que ampliaron sus criterios de rechazo a lo ocurrido o los que se manifestaron a favor de La Habana.
Además de constituir un material de primordial interés para investigadores y especialistas en general, para cualquier lector enterarse de la opinión entonces de cualquier escritor —por ejemplo, abundan los autores mexicanos— puede tanto  satisfacer una curiosidad nueva como despertar dudas, e incluso modificar criterios sobre alguna que otra figura literaria.
Jorge Edwards, en su biografía de Pablo Neruda, Adiós, Poeta, escribe: '“A Fidel siempre lo encontré irritado frente a los escritores, desconfiado, como si ese precario poder que ellos manejan, el que les confiere el uso y el arte de la palabra, amargara de algún modo, en su núcleo más vital y sensible, el poder suyo”.
Edwards, “el escritor de mayor relevancia internacional vinculado con Padilla en La Habana hasta la misma noche anterior al arresto”, escribe Norberto Fuentes. Sin embargo, nadie lo menciona, su nombre no aparece en culpas y lamentos. Tampoco él figura en declaraciones, tras su salida presurosa de Cuba por esos días. El diplomático se apodera —aún más— del escritor, que esperará años para publicar un libro con su versión de los hechos. 
Más allá de la discusión conocida, que intenta precisar hasta qué punto se impuso la práctica oportunista y cuándo termino la voluntad revolucionaria, lo que definió las primeras décadas del proceso revolucionario fue la imposibilidad de que los escritores pudieran escapar del debate político.
No se trata de confundir la labor del escritor con la del político. Un peligro siempre presente en un país donde uno de sus mejores escritores fue a la vez un héroe independentista y ha sido elevado a la santidad nacional, en la isla y el exilio.
 Durante el mayo francés, Sartre reclamaba que el intelectual volviera a ejercer el papel desempeñado en el siglo XIX. Por décadas fue el fantasma de Sartre, y no el del comunismo, el más apreciado por los escritores cubanos. Hasta cierto punto no era una elección cuestionable, pero carecía de profundidad. Esa falta de rigor terminó por destruir más de una vida.
Cuando Padilla decidió presentar a concurso el manuscrito de Fuera del juego, escogió un lema para que le sirviera de seudónimo e identificación de la obra: “Vivir la vida no es cruzar un campo”. Se trata de un verso del poema “El huerto de Getsemaní”, que aparece al final de la novela El doctor Zhivago, de Boris L. Pasternak, a esa novela triste y luminosa donde el protagonista, de forma callada, reafirma en cada momento su lucha por su condición, aun a costa de su destrucción física. 
Con información, ironía y desgaire, Un affaire para recordar no nos permite dejar de tener en cuenta lo ocurrido —desde los ángulos y matices más diversos— en ese año maldito para la literatura cubana que fue 1971. 
Un affaire para recordar, de Norberto Fuentes, se puede adquirir en Amazon.

martes, 1 de junio de 2021

Vargas Llosa se equivoca, de nuevo



Produce vergüenza ajena la actitud de los Vargas Llosa (padre e hijo) en la actual campaña por la presidencia de Perú.
No se trata de evocar la presidencia de Alberto Fujimori, es simplemente tener en cuenta lo que ha hecho su hija, sobre quien el ministerio fiscal peruano ha pedido 30 años de cárcel, por acusaciones de lavado de dinero, organización criminal y obstrucción de la justicia.
Eso de pedir perdón y jurar colocando la mano en una biblia —como ha hecho la candidata presidencial peruana— es un simple montaje donde se pretende juzgar a los electores de idiotas. Y quienes apoyan y contribuyen a ese tipo de farsa merecen, más que el rechazo, el desprecio. 
Por supuesto que muchas ideas y propuestas del candidato de la izquierda no son como para atraer el voto del ciudadano sensato —y algunas no son siquiera de izquierda sino reaccionarios—, pero los argumentos que utiliza Vargas Llosa en su apoyo a la hija de Fujimori son tan manidos, falsos y manipulados, que resulta lamentable el espectáculo que produce el escritor, que en política casi siempre, y desde el inicio, ha estado desacertado. 
Lo peor es que —a falta de una argumentación mejor que mostrar— el discurso que postula en apoyo de la reacción. consolidada alrededor de Fujimori, repite y amplifica una retórica ultraderechista que él dice no compartir.
Así que lo mejor hubiera sido la discreción, el silencio; en su caso con plenas y múltiples justificaciones. Aunque como siempre la fascinación de salir a relucir lo ha seducido, y de nuevo lo abandonará. 
Bastaba en última instancia el expresar su opinión en una columna, limitarse a la labor tradicional del escritor y periodista. Pero no, Vargas Llosa está en campaña por la hija de su exrival político (aunque lo fundamental no es la vieja rivalidad sino la acusación que tiene pendiente Keiko Fujimori). Y eso, creo que es imperdonable.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...