jueves, 24 de junio de 2021

Freud, Marx y Feuerbach

Ludwig Feuerbach elabora una concepción de la religión que se anticipa medularmente al tratamiento posterior de Sigmund Freud sobre este tipo de doctrina, a la que asocia con una proyección de las necesidades emocionales internas.
Al considerar Feuerbach que la afirmación de una trascendencia llevaba a una alienación, y que para salir de ella era necesario retomar al hombre concreto, se adelantaba en lo fundamental al posterior tratamiento de Freud de las creencias religiosas como una proyección de las profundas necesidades emocionales del individuo.
La imagen de Freud de “nuestros santos más modernos” traza un paralelo apropiado entre lo religioso y lo secular, tan central al pensamiento de Feuerbach. Por ello el  padre del psicoanálisis se refiere a este como un luchador por “nuestras” verdades. 
El interés temprano de Freud por Feuerbach —un filósofo materialista y crítico del pensamiento hegeliano, muy popular en la cultura vienesa de la década de 1870— fue enorme, aunque veinte o treinta años después lo negó y dijo que no recordaba tal influencia (Freud olvidaba y recordaba no solo según las normas del inconsciente sino de acuerdo a las leyes de lo consciente).
El sensualismo y la crítica de la religión fueron ideas que inspiraron a Freud en sus inicios. El psicoanálisis —en su origen puramente freudiano— refleja una lucha con la religión, tan importante para su creador, que resulta muy cercana a las ideas de Feuerbach.
Cuando estudié psicología en la Universidad de La Habana, de Feuerbach solo se hablaba en referencia a las “Tesis sobre Feuerbach”, de Carlos Marx, donde quedaba reducido a una especie de tonto, al que era mejor despreciar y hasta burlarse de él. Pero siempre quedaba una duda si uno era capaz de encontrar sus escritos sobre el cristianismo, la muerte y la inmortalidad, lo cual no era fácil.
Publicadas como apéndice del Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, de Federico Engels, en 1888, las tesis fueron capaces de entusiasmar a un estudiante inculto, sobre todo por su calidad epigramática, que las acercaba o convertía en buenos “comerciales”, especialmente la última de ellas: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Como frase hasta deslumbra, pero encierra la falacia de desdeñar la labor e importancia de los filósofos anteriores, que en realidad sí llevaban siglos transformando al mundo. Si no hubiera existido siempre esa condición —y ese peligro— por qué entonces Sócrates se sintió obligado a ingerir un jugo de cicuta.
Uno de los riesgos presente en las tesis fue desde el inicio el énfasis desmedido en el papel de la praxis —fundamentado en un quehacer revolucionado elevado a una categoría de esencia (Jean Paul Sartre fue víctima y sacerdote de ello). Pero tal énfasis, trasladado a intérpretes sin la potencia del pensamiento de Marx, y políticos  guiados por objetivos más vulgares, decayó en un reduccionismo no solo pedestre sino pernicioso.
En varias ocasiones Marx se equivoca en sus juicios sobre el pensamiento de  Feuerbach —sea de forma perniciosa o por simple tergiversación—, como cuando afirma que este no ve el “sentimiento religioso” como un producto social.
Lo que ocurre es que Marx cae en un reduccionismo contrario, que lo lleva a verlo todo como producto social. Este reduccionismo se transformaría posteriormente, con la ideología soviética, en una verdadera caricatura. 
De la crítica a Feuerbach, de considerar al “individuo humano abstracto”, se terminó en el fin de abolir al individuo. No se puede acusar a Marx de ser el principal culpable de ello, pero sí de car cabida a ese desarrollo.
Sin embargo, tanto las tesis marxistas como el verdadero pensamiento de Feuerbach —no tergiversado— brindan elementos valiosos al análisis psicológico. 
Marx cree que Feuerbach, al considerar la auto enajenación religiosa como el desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real, se queda corto; que se limita a disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal, sin advertir que ese desdoble solo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esa base terrenal consigo misma.
Es decir, que la contradicción obedecería en última instancia a un conflicto social —político e ideológico. Sin embargo, los años han demostrado que su visión resultó simplista, para decir lo menos. La resolución de los conflictos sociales —en los poquísimos casos que ha ocurrido— no llevan automáticamente a la eliminación de la enajenación religiosa.
Es en este sentido —no el único— que el aporte de Feuerbach, y después de Freud, conserva una vigencia que supera la estrecha praxis marxista.

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