sábado, 24 de julio de 2021

Caos, represión y protestas: ¿el principio del fin del castrismo?


La feroz represión contra los manifestantes pacíficos en Cuba, que incluso ha provocado la repulsa de intelectuales y artistas afines al régimen tanto en la isla como el exterior, no es más que parte del proceso iniciado tras la llegada de Raúl Castro al poder absoluto. Ahora, su heredero se limita a cumplir órdenes.
Raúl Castro buscó una ecuación básica para mantenerse al mando sin grandes problemas: intentar un difícil equilibrio entre represión y reforma. Solo que la puesta en práctica de dichas reformas se fue dilatando, y fueron cada vez más tenues y con mayor desánimo, al tiempo que la represión se mantuvo sin tregua.
Mientras tanto, llegó el coronavirus y antes y después una política realmente hostil en el terreno económico por parte del anterior inquilino de la Casa Blanca, que hasta el momento el nuevo ha mantenido. Pero hacer depender solo de factores externos  el estallido social elude o desvía la esencia del problema, que se fundamenta en un concepto de gobierno totalitario que elude la necesidad de ajustes profundos y se justifica mediante la represión.
Tras los primeros años de enfrentamientos violentos entre partidarios y opositores al régimen, Fidel Castro pudo ejercer una represión integra o absoluta que mantenía una cláusula de salida y una premonición astuta. Dejar abierta una puerta de escape a sus enemigos —siempre que existiera esa posibilidad— y anticiparse a las situaciones límites fueron dos de sus mayores habilidades.
Ello no libraba al gobierno bajo de su mando de culpa alguna. Pero reconocerlo en el análisis ayuda a comprender la naturaleza del mecanismo empleado por el mayor de los Castro para permanecer en el poder por tanto tiempo. Aunque siempre se debe aclarar que la explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un atenuante de esta. Mucho menos asociarla a una justificación de las largas condenadas y los fusilamientos ocurridos a lo largo de esa etapa del proceso. 
Una doble sorpresa acompañó a las protestas en toda Cuba iniciadas el domingo 11 de julio. Una, por supuesto, fue el hecho en sí. La otra, quizá mayor aún, es la aparente incapacidad del régimen para prevenirlas, anticiparse a los hechos; algo que durante décadas dio muestras sobradas de llevar a cabo.
Si se desestiman teorías conspirativas al uso, hasta cierto punto sorprende la incapacidad de prevención mostrada por los cuerpos represivos y las organizaciones políticas e ideológicas. Más cuando desde el pasado año crecían las señales de que no solo aumentaba el descontento sino era más difícil de controlar.
Cabe señalar que tanto la epidemia como la perpetua crisis económica llevaron al aumento del malestar que condujo a la generalización de protestas espontáneas. Pero desde el pasado año crecían las muestras de falta de control ante situaciones críticas que, según la óptica del régimen atentaban contra sus principios.
En medio de una crisis que se desconoce su culminación y alcance, solo es relativamente fácil el intentar señalar un culpable, o al menos un “chivo expiatorio”, y este es el actual presidente y secretario general del Partido Comunista, Miguel Díaz-Canel; un juicio que a estas alturas ya debe ser compartido por muchos comprometidos con el gobierno. Aunque el verdadero culpable de que el mecanismo represivo se torne cada vez más expuesto, y a la larga menos efectivo, es de quien lo colocó en ambos cargos: Raúl Castro. 
Y es que desde la llegada de Raúl Castro al poder total el proceso creado por su hermano inició una involución en sus supuestos fines “revolucionarios”, y comenzó a “batistianizarse”, con una mezcla de frivolidad y represión, superstición y acomodamiento, complacencia con el poder y frustración cotidiana. Solo le faltó a Raúl la violencia descarnada del asesinato cotidiano. Es de temer que Díaz-Canel dé ese paso.
Norberto Fuentes escribió en Children of the Enemy, publicado por el International Republican Institute en 1996,que Fidel Castro afirmaba que la conducta del gobierno chino en la Plaza de Tiananmen demostró que este no sabía cómo reprimir al pueblo de forma adecuada, y que por ello se vio forzado a la poco placentera tarea de “eliminar” a miles de sus ciudadanos. 
La represión en su forma más desnuda —arrestos y muertos— no conlleva necesariamente el inmediato fin de un régimen totalitario, pero lo tambalea frente a un precipicio. Ante ese precipicio se asoma el pueblo cubano, y la culpa no es solo de Díaz-Canel y la élite gobernante, sino principalmente de la herencia castrista.
 Este artículo apareció publicado en El Nuevo Herald el lunes 19 de julio de 2021.

No hay comentarios:

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...