lunes, 27 de septiembre de 2021

Estados Unidos: la democracia sigue en peligro


Tras la derrota electoral de Trump, una teoría conspirativa afirmó que los resultados en las urnas habían sido alterados por las máquinas de votación. Desde hace meses se sabe la falsedad de tales afirmaciones. Lo novedoso ahora es que la campaña de Trump sabía del engaño, y pese a ello se dedicó a divulgarlo a sabiendas de que mentía.
Dos semanas después de las elecciones de 2020, un equipo de abogados estrechamente aliado con Donald J. Trump celebró una conferencia de prensa en la sede del Partido Republicano en Washington. En el evento afirmaron que una empresa de máquinas de votación había trabajado con una firma de software electoral, el financiero George Soros y Venezuela para robarle la presidencia a Trump.
Sin embargo, cuando tuvo lugar la conferencia de prensa el 19 de noviembre, la campaña de Trump ya había preparado un memorando interno relacionado con muchas de las extravagantes afirmaciones sobre la empresa Dominion Voting Systems y la empresa de software Smartmatic. En el memo se establecía que esas acusaciones eran falsas.
Los documentos judiciales presentados a fines de la semana pasada, como una moción en una demanda por difamación contra la campaña de Trump y otros, por un exempleado de Dominion, Eric Coomer, contienen pruebas de que los funcionarios de dicha campaña sabían desde el principio que muchas de las afirmaciones. contra las empresas eran infundadas, de acuerdo a The New York Times.
No se ha publicado que el exmandatario conociera de la existencia de este memorando.
Sin embargo, pese a que en su momento muchos analistas políticos y votantes, tanto demócratas como  republicanos, rechazaron los esfuerzos de los abogados Rudolph W. Giuliani y Sidney Powell —quienes también aparecen en la demanda por difamación— como un intento desesperado de apaciguar a un presidente derrotado en negación de su perdida, las teorías conspirativas aún perduran.
Eso es lo peligroso para la democracia y Trump tiene responsabilidad en ello.
Desde el inicio de su derrota electoral, se ha dedicado con fervor a sembrar dudas, salvar las apariencias y fortalecer —incluso tras perder— el vínculo vital con su base política. 
Para él, su derrota no fue tanto una culminación como una continuación: sigue aferrado a utilizar la irrealidad en su provecho.
Lo grave de ello es que no se trata de un simple daño colateral a la democracia estadounidense, sino un mal duradero y profundo.
“Donald es un creyente en la teoría de la gran mentira”, dijo uno de los abogados de Trump a Marie Brenner para un artículo en Vanity Fair hace más de 30 años. “Si dices algo una y otra vez, la gente te creerá”.
“Él es”, afirma el biógrafo de Trump, Michael D’Antontio, “una mentira andante”.
Lanzar y repetir mentiras sin tregua no es un simple “vicio” de Trump. Se ha convertido en una táctica del Partido Republicano.
El sociólogo Sheldon S. Wolin, profesor emérito de la Universidad de Princeton, considera que desde 1980 —cuando el presidente Ronald Reagan prometió “librar al pueblo de la carga del gobierno”—, el Partido Republicano ha seguido una evolución conducente a Estados Unidos a una paulatina disolución de la democracia en un totalitarismo invertido. 
El concepto de totalitarismo invertido para Wolin es que este, a diferencia del totalitarismo clásico, no nace de una revolución o de una ruptura sino de una evolución dirigida. 
Su objetivo principal no es la conquista del poder a través de la movilización de las masas, sino la desmovilización de estas desde el poder, hasta devolverlas al estado infantil, del que ya Tocqueville había advertido que era uno de los peligros de la democracia americana.
En Estados Unidos, superado el retroceso y escollo que representó la Administración Trump al desarrollo pausado pero constante del sistema democrático, todos los peligros no se han superado sino muchos continúan presentes. Las amenazas no han cesado, si bien ahora quienes amenazan no están en la Casa Blanca.
La oleada de populismo —de ambos signos políticos y múltiples significados— ha supuesto un reto constante al sistema democrático liberal en todo el mundo. Aunque hasta ahora, en la sociedad estadounidense, las instituciones democráticas han resistido los embates hacia los extremos, el peligro está lejos de desaparecer. Por ello resulta necesaria una prensa independiente que divulgue los excesos, las estafas y los engaños de quienes intentan, o han intentado a través de la mentira, torcer el destino de la sociedad, con independencia de la ideología que digan sustentar.

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