jueves, 28 de octubre de 2021

Cuando los exiliados de Miami confundieron el Vaticano con el Versailles

  

Cuando varias decenas de exiliados cubanos intentaron manifestarse en la plaza de San Pedro, en favor de la convocatoria a una marcha en Cuba por la libertad de los presos políticos, el cambio, la libertad y un debate nacional —todo por medios pacíficos—, fueron rechazados por las autoridades del lugar el pasado domingo 24 de octubre.
A los manifestantes no se les permitió acceder a la plaza, ya que el Vaticano, tiene prohibido las manifestaciones de índole política en su territorio; tampoco exhibir carteles y banderas (a uno de ellos le fue arrebata una bandera cubana por un policía italiano); y tuvieron que conformarse con manifestar su protesta en la Avenida de la Conciliación, la calle que lleva directo al Vaticano y forma parte de la ciudad de Roma, territorio italiano.
El acto político estaba destinado a ocurrir durante la hora del Ángelus, en que el Papa acostumbra a recitar la tradicional oración y saludar a los peregrinos que han solicitado previamente su presencia y ha sido aprobada. A los manifestantes exiliados se les había negado previamente el permiso de participación.
Durante la celebración, dichos peregrinos en muchos casos portan banderas, pero como representación de sus países, no con fines políticos. 
Por supuesto que la negativa y el rechazo por parte del Vaticano, a permitir un acto político en su territorio, ha provocado comentarios de exiliados miamenses irritados, con el aditamento peculiar de insultos y malas palabras que se ha convertido en el nivel retórico anticastrista peculiar de los últimos tiempos —tanto en Miami como en algunas veces en Cuba. Y por supuesto también que el particular objeto de insulto es el papa Francisco, ya de por sí una figura nada querida por iguales exiliados.
Quizá la vana ilusión ha llevado a dichos participantes a pedir disculpas al Vaticano y —no faltaba más— al Papa.
En favor de ellos vale decir que la función de refugio y amparo para perseguidos, y necesitados de apoyo, es uno de los fundamentos de la Iglesia católica, según sus propios enunciados.
La Iglesia no puede —o debe, porque en muchas ocasiones lo ha hecho— eludir su función. Solo que esta es matizada por las circunstancias, sin olvidar que uno de sus fundadores, desde el inicio —a su conveniencia y para evitar el peligro— definió lo que es del “César” y lo que es de “Dios”.
En igual sentido, tampoco es válido el argumento del supuesto carácter apolítico de la institución,  porque ello no es cierto.
Sin embargo, desde hace décadas existe una incomprensión, por parte de algunos opositores cubanos en la isla y del anticastrismo dominante en Miami, de la función de la Iglesia —pastoral y política—, en la que el Vaticano tiene la última palabra; lo que no impide criticarla.
El decidir si esa incomprensión de cierto anticastrismo es ignorancia, acomodo o simple intransigencia queda al criterio de cada cual.
En cuanto a lo ocurrido el domingo, no es difícil llegar a conclusiones. La marcha no estaba autorizada. El Vaticano, como Estado soberano, decide lo que permite o no. Aquí acaba el debate y comienzan los acomodos, las conveniencias y la utilización de un hecho con fines mezquinos (diminutos, pobres, pequeños).
Basta señalar el nombre oficial del país: Estado de la Ciudad del Vaticano. La basílica y la plaza de San Pedro forman parte de ese territorio.
Pero además es bueno recordar que en dicha plaza actúan dos cuerpos policiales: la policía italiana y la del Vaticano, además de un cuerpo de seguridad que controla la entrada y registra a quienes entran en la basílica. El control de seguridad del ingreso a la plaza de San Pedro es responsabilidad de la policía italiana, porque aunque no lo parezca, se pasa de un Estado a otro. Dichos cuerpos no son curas de aldeas, y actúan con severidad y sin miramientos, como ha podido comprobar quien ha visitado el lugar.
Así que cuando el Vaticano o Roma dice algo, lo mejor es obedecer; no a Dios sino al policía de turno.
La Ciudad del Vaticano y la Santa Sede son términos que se utilizan indistintamente, pero no significan lo mismo, como puede comprobar cualquiera simplemente consultado a Wikipedia.  
La Ciudad del Vaticano se refiere a la ciudad y a su territorio, mientras que la Santa Sede tiene que ver con la institución que dirige la Iglesia —la cual posee personalidad jurídica propia como sujeto de derecho internacional.
En rigor, es la Santa Sede y no el Estado del Vaticano la que mantiene relaciones diplomáticas con los demás países del mundo, aunque es el Vaticano quien da el soporte temporal y soberano (sustrato territorial) para la actividad de la Santa Sede.
Para buscar el apoyo de la Iglesia, los caminos son otros y no precisamente el acudir a la plaza de San Pedro, al menos que lo que se busca se limite a un show mediático. Confundir al Vaticano con Versailles —el de Miami, no el de verdad— es típico de un exilio que no aprende, sino disfruta de sus errores. “Bochinche, siempre bochinche”, Miranda debió haber nacido en Cuba.
Algunos incidentes
Sobran los ejemplos de los desacuerdos y confusiones, entre la influencia real y el simple aspaviento o la acción extemporánea, protagonizados por opositores y exiliados cubanos.
En diciembre de 2007 ocurrió uno en una iglesia de Santiago de Cuba, que no solo resultó un ejemplo más de los enfrentamientos entre opositores pacíficos y el gobierno, sino una muestra de la compleja relación entre quienes manifiestan su rechazo al régimen de La Habana y una Iglesia empeñada en una labor apostólica, que en muchas ocasiones ha buscado distanciarse de la política cotidiana de la isla.
Ocurrió de esta manera.
Luego de que unos 25 disidentes vestidos de negro marcharon por calles de Santiago de Cuba, se dirigieron al templo Santa Teresita, en cuyo salón parroquial fueron detenidos más de 20 de ellos, que luego quedaron en libertad.
Posteriormente, el arzobispo de Santiago de Cuba, Dionisio García Ibáñez, afirmó que las autoridades cubanas se habían disculpado y lamentado el incidente.
 “Creo que estas cosas hay que evaluarlas siempre de una manera dinámica, en el sentido de mirando hacia el futuro y evitar que situaciones como estas pasen. A nadie le conviene que esto pase y nadie quiere que esto pase”, comentó el prelado.
Otro desencuentro, menos violento y sin tanta divulgación, al parecer ocurrió en un templo de La Habana. 
Según Cuba Católica, un sacerdote de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en La Habana, amenazó con denunciar a un grupo que se reunía en el templo para rezar por quienes se encuentran encarcelados en la isla por motivos políticos. 
De acuerdo al periodista independiente Julio Beltrán Iglesias, el padre Teodoro le dijo a los disidentes que no podían “tirarse más fotos dentro de la iglesia ni quería que mencionáramos el nombre de la iglesia por internet; ya que si haríamos [sic] algo de esto nos acusaría a las autoridades cubanas”.
Ambos casos (el segundo incidente no pudo ser verificado en su momento por una segunda fuente) son ejemplos de la cautela —falta de compromiso dirán algunos— con que la Iglesia Católica lleva años tratando su situación en Cuba.
Otro ejemplo.
En julio de 2015 un grupo de opositores, que asistió a una recepción por el Día de la Independencia de Estados Unidos, organizada por la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, a cargo de Jeffrey DeLaurentis, aseguró al Diario Las Américas que el entonces cardenal cubano Jaime Ortega Alamino —ya fallecido— se negó a aceptar una petición de amnistía para los presos políticos.
Los detalles de lo ocurrido, según lo publicado entonces por la prensa de Miami, no estaban libres de discrepancias. 
Por su parte Antonio Rodiles, director del proyecto cívico Estado de SATS, declaraba a El Nuevo Herald que le había entregado la propuesta al cardenal. Pero volviendo al Diario La Américas, allí Rodiles confirmaba que se había acercado al cardenal para entregarle la propuesta de ley de amnistía y que “el representante de la Iglesia no rechazó recibir el documento de manera tajante, pero se cuestionó por qué le estaban entregando el documento en ese lugar”.
De nuevo nos topamos con una institución (la Iglesia) y la consideración, por parte de esta, del “lugar adecuado”.
Según Rodiles al Herald, el cardenal no había “mostrado interés” y “tratado de minimizar a la oposición diciendo que en Cuba no hay presos políticos”.
“El cardenal se ha descalificado como mediador”, agregaba.
Aprovechar una recepción diplomática para la entrega de un documento de esta naturaleza, dentro de la situación cubana, puede ser considerado un desafío, incluso una provocación. Pero no constituye una ofensa. El cardenal Ortega debió haberse guardado el documento en el bolsillo y punto.
No es que todo lo hecho o dicho por dicho cardenal fuera meritorio, pero echar a un lado su historial, olvidar la pastoral “El amor todo lo pueda”; su labor en la liberación del grupo los 75 presos políticos de la Primavera Negra y a favor de las Damas de Blanco, puede interpretarse no solo como un gesto de ingratitud, sino como una actitud errada en lo político. Siempre y cuando la prioridad sea realmente la lucha en favor de la libertad y los derechos humanos y no la búsqueda de protagonismo.
Iglesia y gobierno
En las difíciles y complejas relaciones que la Iglesia católica mantiene con el Estado cubano actúan varios factores y hay diversos aspectos, definidos fundamentales por la labor de la institución y lo que le está permitido o no dentro de una sociedad como la que existe en la isla.
Mientras que las relaciones entre el Vaticano y La Habana —como dos Estados con concepciones ideológicas diferentes pero con nexos cordiales— han mejorado fundamentalmente luego de la visita de Juan Pablo II a la isla, no puede decirse lo mismo respecto a otras funciones que la institución religiosa lleva a cabo.
En primer lugar la Iglesia nacional ha crecido notablemente en lo que se refiere al número de fieles y la libertad para realizar actos como procesiones religiosas. Pero al mismo tiempo encuentra impedimentos y dificultades en extender su papel en la sociedad, como organización educativa, de asistencia humanitaria y social, y por lo tanto lograr el aumento de su influencia en la ciudadanía, más allá de satisfacer una necesidad espiritual.
Por su parte, el gobierno cubano siempre ha utilizado la amenaza del aumento de los participantes en las sectas evangélicas como instrumento de chantaje (aumento de un culto que por otra parte también ve como un potencial peligro para él).
En los terrenos de ayuda y guía del cubano de a pie, a la hora de enfrentar los problemas materiales —funciones en la que colabora pero también compite con el gobierno— a la Iglesia se le permite desempeñar un apoyo condicionado. Se saluda su participación, pero al mismo tiempo existen límites que le impiden pasar a ser —en buena medida— uno de los sustitutos de un Estado que, por principio, se define como el medio principal para llevar a cabo la satisfacción de las necesidades materiales, de educación y desarrollo personal. 
Al igual que ha ocurrido con el trabajo con cuenta propia y su crecimiento plagado de obstáculos, a la Iglesia se le acepta en una condición dictada por las circunstancias del momento, pero se hace lo posible por no extender su alcance más allá de ciertos límites.
Es por ello que el intento de aprovechar un momento de oración en la plaza de San Pedro, para llevar a cabo un acto político, estaba desde el inicio condenado al fracaso. Al menos —hay que repetirlo— que su intención fuera solo formar un show mediático. Pero incluso si ese fue el objetivo, su alcance estuvo limitado a Miami. Claro que quizá eso fue lo único que se pretendió. En resumidas cuentas, es de esta ciudad de donde sale el dinero. Lo demás no cuenta.
Así se pasa por alto que al Vaticano solo se va por dos objetivos: para rezar y para contemplar obras de arte. Y hasta ahora, no venden pastelitos. Es posible que esto último cambie en el futuro, así que quedan esperanzas.

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