domingo, 14 de noviembre de 2021

La ronda de milicia


Al principio, cuando era niño, las milicias en Cuba me provocaron extrañeza y algunas risas veladas. “Un, dos, tres, rompiendo zapatos”. Luego me llegó el turno, y en la universidad no me quedó más remedio que entrar por el aro y cavar alguna que otra trinchera.
Así que oír hablar de una militia siempre me ha resultado una mala palabra; confirmada en Estados Unidos, donde las llamadas “milicias” están formadas por fanfarrones, mete miedos y fascistas más o menos declarados. En fin, lo mismo que en Alemania.
Pero hay otras, que fueron creadas para la defensa de ciudades y poblados, donde sus ciudadanos, es decir, los burgueses, las promovían y estaban orgullosos de ellas. Agrupaciones ciudadanas algo diferentes, verdaderamente voluntarias, para la defensa de ciudades que con el paso del tiempo fueron cada vez más símbolo y pretexto: que en algunos casos cumplían funciones policiales, pero también sirvieron como centros de actividades culturales y de discusión sobre la composición literaria y la expresión hablada.
Sociedades dramáticas, cámaras de retórica (rederijkerskamer), que llevaban a cabo y patrocinaban actividades literarias, incluso concursos de poesía y drama. Lugar de reunión de ciudadanos preocupados por el buen comer y el ocupar un lugar prominente —y pagar lo necesario al pintor a fin de aparecer— en la obra y figurar para la posteridad en el retrato de grupo. 
Conocer de la existencia de esa schutterij, pueblerina y hasta cierto punto ingenua, en la distante Holanda me ofreció una satisfacción —más bien una reconciliación— también provinciana. Ajena y propia.

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