miércoles, 13 de diciembre de 2023

El pintor de la inquisición española


Muchas de las obras de Pedro Berruguete —pintor del gótico tardío e iniciador del Renacimiento en España— trasladan el mensaje del catolicismo ortodoxo del siglo XV, un mensaje beligerante, representado por la Inquisición, en escenas que introducen aspectos cotidianos, debilidades humanas —un hombre que duerme en tres de ellas. esos rostros de la Virgen que se confunden con los de cualquier mujer de la aristocracia o incluso muchacha de pueblo—, gestos tomados de la pintura flamenca y elementos del quattrocento.

En dichas imágenes, el sueño por lo tanto no es de un testigo o protagonista de una visión, sino aparece como un simple acto de indolencia, de evasión; sin escarnio pero tampoco como moraleja.

En Santo Domingo presidiendo un Auto de Fe, el fundador de la orden de los dominicos aparece junto a otros seis magistrados eclesiástico en el juicio inquisitorial a un grupo de herejes cátaros, mientras que Santo Domingo y los Albigenses presenta  una disputa entre el sacerdote católico y los herejes, en la que los libros de ambos fueron arrojados al fuego, y a los del fraile las llamas no los consumieron, mientras que los de los herejes ardieron: ello considerad como prueba de lo incorrecto de las enseñanzas de los albigenses. Ambas obras fueron encargadas a Berruguete por el Gran Inquisidor, Tomás de Torquemada, para el monasterio de Santo Tomás de Aquino en Ávila. 

Torquemada y España
Entre el inquisidor y el pintor existió una relación patrón cliente, que en su momento benefició a ambos y dejó algunas importantes muestras del arte español. Hay que tener en cuenta que el pintor había nacido, en Paredes de Nava, en el reino de Castilla durante la época de los Reyes Católicos. Torquemada fue el confesor y consejero de la reina y luego también del rey. Era prior del monasterio de Santa Cruz la Real en Segovia, y luego también del de Santo Tomás de Aquino. El inquisidor acumuló una gran fortuna; procedente en parte de los bienes confiscados a los judíos, musulmanes, conversos, moriscos y marranos perseguidos, una parte de la cual dedicó a ampliar el monasterio de Segovia y a erigir uno en Ávila, pero además contó para ello con fondos proporcionados por el testamento del tesorero real y también del testamento del rey Fernando. Ideología, geografía y riquezas jugaron cada cual su parte en dicha relación.

Varias de las imágenes creadas por Berruguete presentan el afán y la intransigencia de Torquemada, que no solo perseguía “herejes” sino en igual medida a conversos,  a los que consideraba criptojudíos que no practicaban realmente la fe católica, y resultaban un peligro para España. Una persecución que, más allá de los motivos ideológicos, tenía dos razones fundamentales: una general y otra particular; en lo general el expolio de las riquezas de los acusados y en lo personal se sospechaba o se creía que el inquisidor tenía antepasado judíos. 

En esos años de formación de la nación española ocurre un fenómeno único en Europa. En cualquier lugar fuera de la península, la conversión se acepta como un acto definitorio. No en España. No para Torquemada, la Inquisición y los Reyes Católicos. Para ellos la duda, la sospecha y el recelo se imponen. Sea por envidia —muchos judíos habían acumulado notables fortunas—, ignorancia o el predominio del carácter parroquial que tanto daño le ha hecho a los españoles, y que disminuido todavía persiste hoy, el converso vivía una vida de terror, y en muchos casos también de falsedad, porque se había visto obligado a que las apariencias sustituyeran a su verdadera fe, y se convirtiera en razón de vida.

Otro enorme daño entonces, que trascendió el tiempo y el país, fueron los estatutos de limpieza de sangre ibéricos. Estos se basaban en la idea de que “los fluidos del cuerpo, y sobre todo la sangre, transmitían del padre y la madre a los hijos un cierto número de cualidades morales” y en la de que “los judíos, en tanto que pueblo, eran incapaces de cambiar, a pesar de su conversión”. Principios de igual índole de barbarie serían puestos en práctica por los nazis, y por más que indirectamente, uno puede buscarlos igualmente en el “instinto de clase”, proclamado por los comunistas rusos y luego en las naciones que dominaron, o en la “combatividad” siempre inspeccionada en el castrismo.
Ideología y anécdota

Produce asombro, al contemplar Auto de Fe, la aparente tranquilidad de la representación, ante la barbarie que encierra. 

Los condenados, que van a ser quemados vivos, se reducen a  un detalle —no central— de esta pintura al óleo de moderado tamaño (154 cm x 92 cm), que fuera parte de uno de los retablos del monasterio de Santo Domingo de Ávila, y que ahora se encuentra en El Prado. 

Esta aparente tranquilidad se explica en parte porque la pintura tiene dos secciones completamente diferenciadas. La superior muestra al santo católico, en el acto de perdonarle la vida al hereje albigense Raimundo de Corsi. La parte inferior, donde predominan los colores sombríos, es donde se asiste al verdadero horror de la Inquisición, con sacerdotes, soldados, una monja y un verdugo, así como espectadores de la quema.

Se ha señalado el carácter propagandístico de la tabla, donde la presencia de Santo Domingo está destinada a darle un realce y una justificación a una institución que, en los momentos que fue pintado, no gozaba de una plena aceptación —no solo por parte de los católicos sino también de algunos sacerdotes—, e incluso el propio papa había estado renuente a su establecimiento en España; solo lo hizo presionado por los Reyes Católicos.
Sin embargo, la Inquisición terminó por imponerse mediante el terror, y es este terror el que en parte está ausente de la representación, sea porque en el momento de elaborada todavía la institución no había acumulado tantos juicios, torturas y asesinatos, sea porque Berruguete, como artista, no puede librarse de añadir un  toque personal, que si no cuestiona, resta solemnidad a lo ceremonial del acto.

Primero hay que considerar además el anacronismo. Domingo de Guzmán había muerto en 1221, y aunque se había opuesto con firmeza a los albigenses en el sur de Francia, y pese a que la Inquisición fue establecida en el siglo XIII. Igualmente, la ropa de los participantes es contemporánea y no de la época en que vivió el santo, aunque ello era común en la pintura de entonces. Pero todo ello contribuye no solo a darle sostén a los tribunales inquisitoriales sino a la intención de pureza e integridad, de permanencia.

Sin embargo, el aspecto “propagandístico” aparece matizado por cierta ironía, que borda el sarcasmo: el sacerdote durmiendo a pierna suelta al centro en la parte superior. Esta mordacidad le llega a Berruguete de la pintura flamenca, pero lo anecdótico del gesto no impide imaginar por un momento un leve intento de enfatizar en la pintura la falsedad de la ceremonia, en medio del horror.

Segundo la época. Mientras Berruguete pintaba en Ávila esta tabla, varios hechos permitieron a la Inquisición —y especialmente a Torquemada— aumentar su alcance, al estimular la animosidad de la población de Castilla hacia los conversos. 
Uno fue que el inquisidor de Aragón, Pedro de Arbués, fue asesinado. Otro el supuesto asesinato ritual del “Santo Niño de la Guardia”, un incidente por el cual una familia judía fue acusada, sin que existiera pruebas para ello, ni que se encontrara  cadáver ni se hubiera denunciado la desaparición de algún niño. Fue en Ávila donde los acusados por el asesinato de Arbués fueron juzgados y quemados en la hoguera, al igual que ocurrió con los supuestos asesinos del “Santo Niño”. De esta forma, Ávila, una ciudad donde todavía en 1474 la mitad de la población era de origen hebreo, y donde había existido un clima de general tolerancia, comenzó a vivir bajo el fanatismo de Torquemada y los Reyes Católicos.

Berruguete se destacó por sus temas religiosos, por lo general en obras por encargo. Ello no impidió que en pequeñas ocasiones, un toque personal escapara como anécdota a la ortodoxia.

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