jueves, 21 de diciembre de 2023

Se acabó el socialismo en Cuba


Se acabo el socialismo en Cuba. Bueno, es un decir. Desde hace décadas el ajiaco económico cubano escapa a esa definición, pero el régimen se empeña en celebrar “plenos”, congresos y asambleas.
Precisamente en esta última reunión de la Asamblea Nacional del Poder Popular, al terminar el año, es donde el primer ministro, Manuel Marrero, presentó el plan de choque económico que se pondrá en marcha el próximo año.
Llama la atención que el segundo más alto funcionario del poder en Cuba —y que posiblemente en cualquier momento llegue al primero— hable de “choque económico”, un termino tabú por décadas, con la negativa de que ello no ocurría en Cuba y que era uno de los males del capitalismo.
Marrero dijo que la idea es pasar a “subsidiar a personas y no a productos”, y en el decir tiene razón. Queda por ver quienes serán los “beneficiados”.
Pero lo importante ahora es que, de pronto el régimen ha descubierto el 
welfare, las food stamp, los programas de asistencia nutricional suplementaria (SNAP), la canasta básica y otros medios de ayuda a los pobres que por mucho tiempo han existido en los países capitalistas —desarrollados y no tan desarrollados— para aliviar las necesidades de los menos favorecidos, precisamente porque viven en países capitalistas.
A uno le habían dicho en Cuba que allí eso no pasaba, que no iba a pasar, que no era necesario. Con el socialismo se acaban las crisis económicas (típicas de la sociedad capitalista) y esos pobres remedios… para los pobres.
A mediados de la década de 1970 trabajé por cerca de tres años, como investigador sociológico, en la dirección de Asistencia Social del Ministerio del Trabajo en Cuba. Me pareció entonces un tiempo enorme y que solo me sirvió para agregar otro título universitario —que nunca he vuelto a usar— a mi expediente académico. En realidad estudié sociología para, como trabajador estudiante, no tener que trabajar 45 horas a la semana y marcar una tarjeta a las siete de la mañana en una institución llena de profesionales —abogados, economistas, “investigadores”— que eran tratado como simples peones. Cuando por fin pude irme de allí para el Ministerio de Cultura, el viceministro —un tal Peñalver— me llamó a su oficina y me reprochó que yo abandonara los “viejitos”, que los “tirara a mierda”. No se altere, yo no me voy de Cuba, le respondí. Equivocado que estaba. En fin, que dejando a un lado el paréntesis autobiográfico, una de las pocas cosas que recuerdo de aquella época es que la asistencia social era la cenicienta, la pariente pobre y miserienta del ministerio, de la cual no se hablaba en la mayoría de las ocasiones.
Por entonces el tema de la asistencia social no lo mencionaban mucho los funcionarios. Existía dicha asistencia, pero para los muy pobres, discapacitados, familiares de los presos comunes y unos pocos más desdichados. Las únicas que ponían empeño en ello eran las trabajadoras sociales, que atendían los casos. En aquella época, de “pleno empleo”, la dirección que contaba era la de la Seguridad Social y por entonces se pedía a los trabajadores que no se retiraran al cumplir la edad, que siguieran en la “trinchera del trabajo” hasta morirse. Paradójicamente, en los centros de trabajo que cumplían los requisitos —“Héroes del Moncada”— sus empleados o trabajadores disfrutaban el privilegio de, a la hora de retirarse hacerlo con el salario completo, como si siguieran trabajando. Solo que, para adquirir la condición de “Héroes del Moncada” se tenía en cuenta que en el centro laboral nadie se retiraba.
Con el paso del tiempo, aquellos “privilegiados“ que se retiraron con el sueldo completo han terminado vendiendo jabitas de nailon en las esquinas, gracias a una inflación de tres dígitos y una escasez drástica. 
Una vez más, el primer ministro cubano elude el verdadero problema.
“No es justo que reciban lo mismo los que mucho tienen que los que muy poco tienen. Hoy nosotros le subsidiamos lo mismo a un ancianito pensionado que al dueño de grandes negocios privados que tiene mucho dinero”, señaló Marrero.
La cuestión que escapa a las palabras del funcionario es que eso que recibe es una miseria. Los desamparados —un término que ya se usaba en aquella dirección de Asistencia Social en la que trabajé— ahora son millones, retirados y no retirados.
Se suponía que la famosa plusvalía de la que hablaba Marx en el socialismo pasaba al Estado y no al capitalista, y ese Estado la distribuía entre todos los ciudadanos que vivían felices, con pleno empleo, vacaciones, servicios médicos y educacionales y retiros. 
La realidad es que finalmente el régimen admite que tiene que poner en práctica una “política de choque” y oficializar la miseria. Adiós al socialismo, ¿pero eso no ocurrió ya hace décadas?, ¿o nunca existió?. ¿o si existió siempre fue un fracaso? Demasiadas preguntas una sola respuesta: la ruina de un Estado fallido.

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