miércoles, 18 de noviembre de 2020

Algo para recordar: a propósito de Giuliani

En octubre de 2007, Uno de los problemas que algunos exiliados cubanos más conservadores enfrentaban con las aspiraciones de Giuliani para ganar la candidatura republicana era que, aunque por su retórica les parecía perfecto, un pequeño detalle de su historial les preocupaba.
Giuliani debería ser su candidato ideal, pero en Miami no olvidaban que fue el fiscal a cargo del encausamiento y prisión de Eduardo Arocena, dirigente del grupo terrorista Omega 7.
Cuando estuvo al frente de la fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, la oficina de Giuliani acusó a Arocena de confabularse para dar muerte a un diplomático cubano, así como por su participación en atentados dinamiteros en Miami y Manhattan.
 (La información de The New York Times sobre el encausamiento a Arocena aquí. Sobre la sentencia que le impuso un juez aquí.)

Arocena fue sentenciado a cadena perpetua más 35 años de prisión, a lo que luego se agregó otra sentencia de 20 años.

Entre sus cargos estaba uno de conspiración para la fabricación de armas ilegales y 22 cargos de posesión de dichas armas, así como uno de conspiración para construir bombas y 23 cargos relacionados con explosivos o la colocación de explosivos.

Esa visión de Arocena como un terrorista peligroso no era compartida en el sector exiliado más comprometido con la llamada "línea dura''. De hecho, su liberación se mantenía como un reclamo constante, aunque sin consecuencia alguna., 

Los años transcurridos han cimentado el olvido, o en la actualidad no se le da importancia al hecho. Por lo demás estas líneas no deben interpretarse como un reproche a la conducta del entonces fiscal Giuliani.

El virus de los necios


Un amigo me mandó una entrevista (después tuve que entretenerme en borrar las cookies del sitio en que aparece) de una tal Ana Olema, que es una exhibición de ignorancia con exaltación, lo que hizo imposible que llegara al final. Digo “tal” no como muestra de desprecio, sino para dar a entender que la persona a la que se alude es desconocida para quien escribe este texto. Desde hace algún tiempo me preocupa y molesta la insolencia de quienes se preocupan por expresar opiniones sobre este país, con una completa ignorancia política. Parece que los adorna una costumbre —infiero que heredada, aprendida, adoptada— del régimen en que nacieron y se criaron; de la cual alardean con desfachatez e indecoro. Mi problema con gente así no es de divergencia política e ideológica; lo que me molesta es escuchar o leer tanta insensatez.

domingo, 15 de noviembre de 2020

El triunfo de Trump


La impactante falta de detalles, de la cual sus críticos se burlan como ridículamente poco seria en un asunto tan trascendente, no es una deficiencia. Es lo que caracteriza a la estrategia de Donald Trump.
Trump no está presentando un caso estrecho, quirúrgico y legalmente factible para aumentar sus posibilidades de seguir viviendo en la Casa Blanca el 21 de enero (eso es improbable). Tampoco está haciendo esto para ganar la discusión. (es casi matemáticamente imposible). Lo está haciendo, dicen estrategas políticos, observadores de Trump desde hace mucho tiempo y expertos en tácticas autoritarias, para sembrar dudas, salvar las apariencias y fortalecer, incluso en la derrota, el vínculo vital con su base política, de acuerdo a un artículo de Michael  Kruse en Politico.
Y está funcionando. Siete de cada 10 republicanos, según una encuesta de POLITICO / Morning Consult a principios de esta semana, creen que la elección le fue robada a su candidato.
En general, para Trump es tanto una culminación como una continuación: una especie de gran final de los últimos cinco años, en el que ha confiado tanto en tanta irrealidad, y también una pasarela, una especie de efecto decisivo hacia lo que vendrá una vez que deje Washington, DC, y presumiblemente se traslade a Mar-a-Lago para iniciar una pos presidencia que seguramente será diferente a cualquier otra.
Hay mucho en juego, y el daño colateral a la democracia estadounidense podría ser duradero y profundo, pero Trump está haciendo lo que siempre ha hecho. Está tejiendo un mito para sus propios intereses. Está haciendo lo que cree que debe hacer para ponerse al menos en la mejor posición posible para el futuro después de otro fracaso.
“No se trata de ganar la presidencia”, dijo esta semana el expublicista de Trump, Alan Marcus. “Es su estrategia de salida”.
“No se trata de contar los votos”, dijo Rory Cooper, estratega republicano y exasesor de Eric Cantor cuando era líder de la mayoría de la Cámara. “Toda su personalidad se basa en la idea de ganar a pesar de sus décadas de no ganar. Él está constantemente creando una leyenda sobre sí mismo, en lugar de una narrativa veraz. Por lo que no me sorprende que vaya a usar esto para convencer a sus seguidores de que la elección fue injusta y que él sigue siendo el líder de la oposición republicana”.
Añadió: “Tendrá que ocuparse de los problemas financieros una vez que deje el cargo y va a ganar mucho dinero. Va a ganar mucho dinero con los libros. Va a ganar mucho dinero con discursos. Podrá organizar mítines y cobrar por ellos. Dejando a un lado todo lo del Distrito Sur de Nueva York y lo que podría sucederle en Manhattan, solo en el aspecto financiero, el martirio de Trump, martirizarse a sí mismo, es bueno para los negocios”.
Cooper dijo que es imperativo que Trump mantenga activo el potencial para otra contienda electoral en 2024. “Ya sea que quiera hacer eso o no, la idea de que podría hacerlo debe permanecer viva desde el punto de vista de la rentabilidad”, agregó.“Si se mantiene esa posibilidad, se garantiza que él simplemente sigue siendo relevante y permanece en el centro de atención; sigue siendo una fuente de caos, desorden y división, que es en lo que parece prosperar”, dijo Lawrence Douglas, un profesor de derecho, jurisprudencia y pensamiento social de Amherst College, que escribió un libro que se publicó en mayo: Will He Go?
“No está perdiendo”, dijo Marcus. “Está ganando”.
“Honestamente, no creo que pueda estar funcionando de mejor manera para él”, dijo Cooper.
Este comportamiento tiene una larga historia.
“Donald es un creyente en la teoría de la gran mentira”, dijo uno de los abogados de Trump a Marie Brenner para un artículo en Vanity Fair hace 30 años este otoño. “Si dices algo una y otra vez, la gente te creerá”.
Trump es un mentiroso experto. La base de su existencia son las mentiras. No se hizo a sí mismo. No es un buen empresario, gerente o jefe. Pertenece al Establishment, en lugar de estar fuera de este. No ha sido en forma alguna una víctima singular, sino espectacularmente privilegiado y afortunado.
“No es quien dice ser”, de acuerdo a un exejecutivo del casino Trump, Jack O’Donnell, en agosto pasado. “Él es”, afirma el biógrafo de Trump, Michael D’Antontio, “una mentira andante”.
Le sirvió bien cuando comenzó su período previo a su candidatura a la presidencia, hace ahora una década. Trump avivó su potencial político, y sus aspiraciones ya de entonces a una candidatura, en especial y fundamentalmente con el intento de impugnar al presidente Barack Obama, mediante la difusión de una teoría conspirativa racista que ponía en duda la ciudadanía estadounidense del mandatario.
Lo hizo aún mejor durante su campaña de 2016, con su empeño contra los árbitros tradicionales de la verdad, lo que lo que transformó en un impulso a su oferta política. Además de atacar a la prensa y catalogarla de “noticias falsas”, la emprendió contra los funcionarios públicos, titulándolos de “El Estado Profundo”, y a Washington D.C. como “el pantano”. Así como lanzó ataques especialmente insidiosos contra la integridad de las elecciones estadounidenses.
A raíz de su derrota ante Ted Cruz en los caucus de Iowa —solo para empezar—, Trump acusó al senador de Texas de “fraude” y dijo que “le había robado [el resultado electoral]”.
En general, y a medida que noviembre de 2016 se acercaba cada vez más, Trump utilizó con mayor frecuencia de “amañadas” para referirse a las elecciones. En repetidas ocasiones se negó a comprometerse a aceptar los resultados si mostraban que perdió.
Y durante la duración de su administración —por supuesto— ha sido el mentiroso más persistente e impenitente que jamás haya podido sentarse detrás del gran escritorio en la Oficina Oval. 
Trump ha pasado una gran cantidad de su tiempo como presidente hablando y tuiteando sobre casos (mínimos, no comprobados o totalmente inventados) de votaciones ilegales y fraude electoral. Lo hizo en 2016, a raíz de su propia victoria en el Colegio Electoral, cuando insistió en la falsedad de que habría ganado el voto popular “si se deducen los millones de personas que votaron ilegalmente”. Volvió con lo mismo en las elecciones legislativas de medio término. “Se ha notificado con vigor a las fuerzas del orden de que vigilen de cerca cualquier VOTO ILEGAL”, tuiteó el día antes de esas elecciones. Y lo hizo, obviamente, de cara a las elecciones que acaban de concluir.
“Es desafiante”, dijo Jennifer Mercieca, autora de un libro sobre la retórica de Trump, Demagogue for President, “frente a la verdad objetiva”.
Douglas, el profesor de Amherst, lo predijo: “Si bien su derrota está lejos de ser segura, lo que no es inseguro es cómo reaccionaría Donald Trump ante la derrota electoral, especialmente en una derrota estrecha. Rechazará el resultado”, escribió en su libro que salió en la primavera. “La negativa de Trump a aceptar la derrota no es posible ni probable, es casi inevitable”.
“Donald Trump es la gran mentira”, dijo Carl Bernstein en CNN en septiembre. “Él es la gran mentira. Su presidencia es la gran mentira”.
“Es algo así como Goebbels”, dijo Joe Biden en MSNBC unas semanas después de ello, haciendo referencia al jefe de propaganda de Hitler. “Dices la mentira el tiempo suficiente, sigue repitiéndola, repitiéndola, repitiéndola, repitiéndola”.
“Esto es un fraude contra el público estadounidense”, mintió Trump la noche de las elecciones. “Nos estábamos preparando para ganar estas elecciones. Francamente, ganamos esta elección. Ganamos esta elección”.
“Si cuentas los votos legales, gano fácilmente. Si cuentan los votos ilegales, pueden intentar robarnos la elección”, mintió Trump dos días después en lo que el infatigable verificador de hechos de CNN describió como “el discurso más deshonesto de su presidencia”.
La misma falta de especificidad en sus afirmaciones radicales es lo que ha centrado la furia de la base republicana contra las instituciones a las que han sido entrenados para despreciar. Las afirmaciones estrechas, fácilmente refutables, no sobrevivirían mucho tiempo, pero las demandas generales de contar cada voto legal dan cobertura a los líderes del partido en Washington para que pueden imitar al presidente sin temor a la contradicción. Y la recaudación de fondos a nivel nacional probablemente no sería tan efectiva si Trump no estuviera afirmando que el fraude también fue de costa a costa.
“Si TODOS los Patriotas aportan $10, el presidente Trump y el Partido Republicano tendrán lo necesario para DEFENDER las elecciones y GANAR”, dice un mensaje de texto de la campaña de Trump. “Están haciendo todo lo posible para ENGAÑAR al pueblo estadounidense. Te necesito”, dice otro. No decir nada. Solo pedir dinero.
“Salvar las apariencias lo es todo para estos tipos”, expresó Ben-Ghiat, refiriéndose a los líderes autoritarios en general. “La razón por la que llama a todos perdedores”, agregó, refiriéndose a Trump en particular, “es que teme ser un perdedor”.
“No puede conceder”, dijo Douglas, “porque simplemente no encaja con la narrativa que les ha dicho a sus seguidores. Les ha dicho a sus partidarios que hay un Estado profundo que ha estado conspirando contra él para destituirlo de su cargo, desde el momento en que fue elegido, junto con las noticias falsas, y junto con los demócratas radicales, todos han estado conspirando contra él. Y casi sería reconocer a sus seguidores que les ha estado mintiendo todo el tiempo”.
“El escándalo comenzará a desvanecerse”, añadió Cooper. Más pérdidas en los tribunales. Más resultados certificados. Más republicanos en todo el país y jefes de Estado en todo el mundo siguen adelante en el reconocimiento del triunfo de Biden.

sábado, 14 de noviembre de 2020

¿Y si Trump vuelve a intentarlo?


Si la elección presidencial fue un referendo sobre Trump, una decisión suya de volver a intentarlo en el 2024 sería la mejor noticia que podrían recibir los demócratas. Al menos desde la perspectiva de este noviembre pleno de incertidumbre, frustración y esperanza.
No deja de ser una buena salida para el ego de Donald Trump y las aspiraciones de sus partidarios: buscar presentar de nuevo su candidatura presidencial en 2024. Derrotado, pero no vencido —difícil que haya leído a Hemingway—, la idea de un renacimiento ya lo debe estar rondando. Sin que conozca una palabra de mitología antigua, la conducta del Ave Fénix no le es ajena. Una y otra vez ha caído en los negocios, y ha vuelto a levantarse. Más que una trayectoria de empresario exitoso, su ejemplaridad es la del sobreviviente.

Cuidado con él, nunca está liquidado por completo. Si ahora ensaya  un pataleo de apariencia interminable, es porque prepara su futuro. Eso además del rédito político en alargar la derrota, no como desencanto sino cultivando una aparente rebeldía, para que no lo olviden.

Necesario aclarar que lo escrito hasta aquí no es un ejercicio de hastío ni un exorcismo ante el fastidio de no ver cercana una vuelta a la normalidad.

Primero, la existencia de la posibilidad de volver a aspirar. En este país no se puede ser presidente más que en dos ocasiones, pero nada indica que estas tengan que ser consecutivas. De hecho, ya ocurrió. El demócrata Stephen Grover Cleveland lo fue entre 1885 y 1889 y luego entre 1893–1897 (22nd and 24th president).

Segundo, la publicación de la posibilidad. Trump ha estado discutiendo en privado con sus asesores el volver a presentarse en el 2024, según Axios. El senador Lindsey Graham dijo el pasado lunes, durante una entrevista en Fox News Radio, que Trump debería presentarse de nuevo en 2024, si pierde la batalla legal para lograr la reelección este año, según The Hill. Rick Gaetz, un asesor de la campaña de Trump en 2016, señaló que el actual mandatario “va a continuar desempeñando un papel significativo dentro del Partido Republicano”. Agregó que Trump probablemente “consideraría seriamente otra postulación en 2024”, según USA Today.

Claro que todo ello puede limitarse a otra muestra de wishful thinking ante la derrota, pero es iluso pensar que Trump desaparecerá del panorama político de este país cuando deje la presidencia. Y dada su personalidad —y a los 70 millones que votaron por él—, tampoco creer que se dedicará al rol común de quienes lo antecedieron.

Para intentar volver al poder, Trump necesitará algo más que el Twitter y las redes sociales: crear una cadena de televisión que sustituya al papel de Fox News, que al final demostró ser un verdadero centro noticioso, con independencia de  comentaristas y anfitriones. Alguien tendrá que mostrarle que el viejo principio de Lenin —que Fidel Castro puso en práctica con sagacidad y determinación— mantiene su vigencia: para hacer una revolución —y eso, en resumidas cuentas, ha sido el intento de Trump, aunque a su manera— es necesario un órgano de prensa. Pero para ello hacen falta muchos millones y él o no los tiene o no va a arriesgarlos.

Hay dos factores que dificultarán tal empeño. Uno es que la corte de Manhattan lo va a tener algo ocupado —y preocupado— cuando salga de Washington D.C. Otro es que este país —lamentablemente quizá— es implacable con los perdedores, y aunque se empeñe por demostrar que no lo es, al final perdió.

Hay figuras más jóvenes dentro del Partido Republicano, que buscarán protagonizar un trumpismo sin Trump. De momento, el mejor ejemplo en este sentido es el senador Ted Cruz. Su defensa en estos días de la supuesta victoria presidencial republicana tiene poco que ver con un mandatario al que posiblemente deteste y mucho con su interés en posesionarse como un heredero espurio.

¿Y esto beneficiará a los demócratas? El fantasma de una vuelta de Trump serviría para unir a un partido que, desde los primeros días de un nuevo mandato,  comenzará a evidenciar las señales de división, discordia e intereses diversos que solo ha podido eclipsar el rechazo común al republicano. En cualquier caso, si ocurre, será sobre todo entretenido verlo.

martes, 10 de noviembre de 2020

Barr se suma al equipo del caos


Una de las peores consecuencias de un gobernante autoritario, o con tendencias autoritarias —y la carencia de precisión en estas dos formulaciones es porque hay un amplio registro donde caben múltiples ejemplos pero que de momento es mejor no establecer comparaciones— es no solo amparar sino alentar la ignorancia. En estos días la ignorancia abunda, crece a diario en las redes sociales y particularmente entre los seguidores de Trump.
Hay en marcha toda una maquinaria orquestada para fomentar la confusión y el miedo, con el objetivo de revertir un proceso democrático.
Como parte de ese proceso, algunos legisladores y funcionarios del actual gobierno juegan una carta donde al tiempo que cumplen objetivos políticos e ideológicos —quizá hasta órdenes o simplemente se ponen a tono con los deseos del mandatario—, tratan de aparentar un mínimo de dignidad desde hace tiempo perdida o sin mucho interés en conservar. El secretario de Justicia, William P. Barr, es el ejemplo más conspicuo. 
Desde su llegada al cargo —ese cargo que según él no buscaba, y así alardeó con falsedad durante su proceso de confirmación— Barr se ha destacado en desempeñar dicha función sibilina. Solo lo supera el senador Mitch McConnell, pero para este el papel de cancerbero del Partido Republicano en el Senado —y su exitosa tarea tanto en poner trabas como en hacer avanzar una agenda reaccionaria— tiene un desempeño más ilustre, aunque despreciable para quien esto escribe.
Barr es simplemente el sabueso de turno. Lo hace bien, pero cada vez se enloda más en ello.
El secretario de Justicia autorizó el lunes a los fiscales federales para que investigaran “alegaciones específicas” de fraude antes de que se certifiquen los resultados de las elecciones presidenciales en los estados.
La autorización de Barr tuvo como resultado inmediato que el funcionario del Departamento de Justicia a cargo de la supervisión de las investigaciones de fraude electoral, Richard Pilger, renunciara a las pocas horas de conocerse el anuncio.
Sin embargo, Barr aclaró en el memorando de autorización que ello no significa dar carta blanca a cualquier acusación, alegación o rumor.
“Las afirmaciones engañosas, especulativas, fantasiosas o inverosímiles no deberían ser una base para iniciar investigaciones federales”, dice el texto.
Así que el reproche al secretario de Justicia se limita al hacerse eco de una intención más que a iniciar persecuciones, cosa que no ha hecho.
Solo que la acción del fiscal general ha promovido gritos de euforia y falsas esperanzas —hasta ahora no justificadas— de revertir el resultado electoral.
Por ejemplo, un funcionario del Departamento de Justicia dijo que Barr había autorizado el escrutinio de las acusaciones sobre votantes no elegibles en Nevada y las boletas electorales llegadas tras el día de las elección en Pensilvania, de acuerdo a The New York Times.
En ambos casos, se trata de reclamos que los republicanos han hecho circular en días recientes, pero sin mostrar prueba alguna que los sustenten.
Dadas las cifras de los resultado electorales, ya computados en ambos estados, se trata de un ejercicio destinado a entretener a los partidarios de Trump con la apariencia de un triunfo que le quitaron, el wishful thinking de que su líder ganó y la ración diaria de nuevas sospechas.
Solo que al mismo tiempo ello contribuye al clima de desconfianza, cinismo y caos que busca alentar Trump, como una forma para mantenerse en el poder.
El papel de un funcionario público debe ser todo lo contrario a alimentar ese clima. Pero Barr ha escogido otro camino.

viernes, 6 de noviembre de 2020

De la derrota de Trump como bendición conservadora

La presidencia de Donald Trump ha sido más una conclusión que un comienzo. Si el partido que lo acogió para llegar a la Casa Blanca se ha transformado en un grupo de culto, más que en una organización política, la derrota en las urnas del actual mandatario podría dar paso a un renacimiento del verdadero conservadurismo.Por años una partida de fanáticos buscó apropiarse del Partido Republicano, mediante un desplazamiento geográfico, pero en realidad ideológico. El ala sureña del partido desplazó a los del norte, que lo habían guiado por años. Los gobiernos de ambos Bush fueron en parte la culminación de ese período, sobre todo durante el mandato del segundo. Pero la llegada a la presidencia de Barack Obama vino a poner de cabeza lo que hasta entonces se consideraba un cambio acorde a las circunstancias del momento.

Como suele ocurrir, la respuesta no fue una rectificación de rumbo sino empeñarse en el error. Para los republicanos, las dos derrotas presidenciales fueron compensadas con las posteriores victorias legislativas. Creció entonces la  percepción de que el extremismo era la carta de triunfo. 

Pero tras los debates en las primarias, en que cada aspirante se empeñaba en ser más intransigente que sus contrarios, el elegido se presentaba como el candidato no solo de su base partidista, sino de todos los estadounidenses. 

Donald Trump rompió por completo con ello. Tanto en la estrategia electoral como en la posterior práctica de gobierno. Solo se dirige a sus partidarios. Con él es todo o nada, a su lado o en su contra.

Tal política no ha obedecido simplemente a sus características de personalidad e intereses, sino a la lección aprendida tras las derrotas de John McCain y Mitt Romney. Tuvo además un precedente en la actuación de los legisladores republicanos cuando la elección presidencial estaba lejana.

Para entonces, y bajo el mandato de Obama, el juego político cambió a conquistar no al electorado estadounidense en general, sino a la base partidaria.

Un segundo factor contribuyó a dicho cambio, y ocurrió tras el fallo de la Corte Suprema en el caso Citizens United contra la Comisión Nacional de Elecciones, que ha permitido la inversión de grandes sumas de dinero en las campañas a partir de 2010.

Aunque fue lo que se especuló en un primer momento, dicho fallo no se tradujo  necesariamente en privilegios para las corporaciones, sino en una vía para hacer avanzar agendas ideológicas particulares y objetivos políticos personales. Al tiempo que los cabilderos han continuando siendo instrumentos destacados para lograr leyes a su favor, a la hora de buscar inclinar la balanza política, los grupos de acción política marcan la pauta. Así ocurre en ambos partidos.

Ello explica que la actual elección es en gran medida un duelo multimillonario de intereses y hasta egos, donde los principios ideológicos quedan opacados o simplemente echados a un lado.

Hablar de capitalismo y socialismo es un sin sentido. Más bien es la lucha del capitalismo tradicional estadounidense contra otro corporativo —mercantilista en esencia y populista en forma— que se ha adueñado del poder. 

El cambio en el Partido Republicano, de un conservadurismo pragmático norteño a un fundamentalismo rural sureño, contribuyó en gran medida a una polarización ideológica de los votantes, lo cual llevó a la Cámara de Representantes a políticos aferrados a posiciones ideológicas extremas y opuestos al compromiso.

Sin embargo, dicha rigidez ha desatado un efecto similar, aunque de signo contrario en el Partido Demócrata. Solo que hasta ahora, estos han logrado controlar las posiciones más radicales. El triunfo de Joe Biden en las primarias es un ejemplo de ello, aunque los trumpistas lo nieguen. A su vez, una derrota de Biden podría tener como consecuencia una verdadera radicalización demócrata.

Más allá de retórica de campaña, mentiras al uso y manipulación política, no hay un solo indicador importante que pueda servir para lanzar cualquier alarma de que un triunfo demócrata significa un acercamiento ideológico al socialismo, comunismo, anarquismo u otras malas yerbas para la mentalidad estadounidense promedio.

Todo lo contrario. En estos momentos el partido radical, intransigente y cerrado al compromiso es el republicano-trumpista. Solo hay que mirar hacia Trump y Mitch McConnell.

Tanto Trump como el movimiento Tea Party han sido —de manera profunda y desafiante— opuestos a cualquier tipo de moderación. Que la presencia de uno y las reliquias de otro se esfumen en las urnas será un beneficio para los verdaderos conservadores.

viernes, 23 de octubre de 2020

Viviendo con Trump, muriendo con Trump


¿Continuar con Trump el próximo año es una esperanza o una pesadilla? La respuesta a esta pregunta, por parte de los electores, quizá defina el resultado de la elección. Se desconoce la respuesta pero está más clara la pregunta después de un debate civilizado —el segundo y último— entre los contendientes. 
El hecho de la civilidad de la discusión fue la primera derrota de la noche para el presidente Donald Trump. Al concentrarse en los temas el debate, se evitó la interferencia emocional del caos y la violencia verbal que impide o desvía conocer  —al menos en parte— la visión que cada cual intenta transmitir. Y aunque en cada caso la estrategia, el enfoque y las supuestas decisiones no son nuevas, de la forma en que fueron planteadas en la noche del jueves 22 de octubre facilitan escoger un camino.
Porque si algo caracteriza a esta elección es ese esfuerzo, por ambos contendientes, por volver a un punto de partida que se perdió hace cuatro años. Para Trump, es como si durante estos casi cuatro años no hubiera sido el mandatario del país, y aunque repite y repite el autoelogio por lo bien que lo ha hecho, nunca se detiene a reflexionar en lo poco que ha hecho en beneficio del país. Y cuando se le pregunta al respecto, su respuesta no puede ser más infantil y tonta —del niño rico que pervive en él— y acude a echarle la culpa al mandatario o mandatarios anteriores. Por supuesto que cuando alguien llega a ser jefe de Estado, se espera que conozca los problemas y busque las soluciones, no que se limite a lamentarse de la leche derramada con anterioridad.
Es por ello que Trump falló al tratar, una y otra vez, de presentar a Joe Biden como un representante del clásico político que habla y habla pero no resuelve los problemas. Por supuesto que Biden lo ha sido en buena medida, como senador y vicepresidente, pero Trump también, y como presidente: tras cuatro años no puede venir con el cuento de que quiere llegar a la Casa Blanca: está ahí.
Así que entonces la elección se limita a escoger entre el volver a viejas fórmulas, parciales en su éxito pero efectivas en ocasiones, o seguir en el caos.
Porque si algo quedó claro es que el plan de Biden no es muy llamativo, y lo que intentaría es ampliar el papel del gobierno —pero de forma limitada— en la recuperación económica, la salud pública y una serie de beneficios. Pero el plan de Trump es la ausencia de plan.
Por lo demás —y en última instancia en este aspecto se encierra el mayor fracaso de Trump durante el debate— el presidente no logró acorralar a su oponente con las acusaciones de corrupción.
En su jugada más hábil de la noche, Biden pudo centrar la atención del espectador no en las acusaciones de Trump contra su familia —y en todo momento evitó la clásica respuesta tan oída en España en estos casos, de: “los tuyos también”— sino en el tema que más afecta al hogar estadounidense: la pandemia y la crisis económica consecuente. Y de esta manera, acusar al actual mandatario de prácticamente no hacer nada para detener la pandemia y llegar a las puertas del invierno sin un plan definido para enfrentar la situación.
En este sentido, no es que Biden cuente con un plan elaborado y complejo para enfrentar la pandemia, pero lo simple de sus propuestas —el uso obligatorio de mascarillas, aumento de las pruebas rápidas a escala nacional y ayuda económica para controlar la apertura— lleva a pensar en las razones por la cual no se han puesto en práctica.
Por supuesto que este debate —¿todos los debates?— contribuirá poco a cambiar la opinión de los electores, con 47 millones de boletas ya votadas, pero ratifica dos visiones opuestas sobre la nación, y en buena medida nos lleva a recordar las diferencias fundamentales entre republicanos y demócratas que en estos casi cuatro años Trump nos ha llevado a pasar por alto en medio del ruido. 

miércoles, 21 de octubre de 2020

Hechos: un millón de niños ha perdido el seguro médico bajo Trump


Cada cuatro años en Estados Unidos se repite, inagotable, el desfile de vivos y bobos. Un mal de la democracia que palidece —pero no cesa por ello de ser repugnante y efectivo— frente a las virtudes del proceso electoral. 
En Miami y Florida los vivos son muchos y solo cabe esperar que los bobos no sean tantos.
Desde hace tiempo, pero sobre todo en las últimas semanas, dichos vivos se han lanzado con ímpetu a revivir un fantasma.
Meter miedo con un muerto no resulta difícil —y no solo entre ignorantes—, así que a falta de mayor capacidad o argumento, el fantasma del comunismo vuelve a recorrer no el mundo, que ya está cansado de ello, sino las calles de Miami. Halloween anticipado, contado por unos cuantos —no tan idiotas—,  con horror y furia. 
Pero seamos serios. Hablemos de temas que se pueden medir, contabilizar, describir con números y no con adjetivos. Nada de consignas, nada de lemas de campaña, nada de odio. Dejemos la retórica para los comunistas.
Uno de estos temas —por ejemplo— es el de los niños sin seguro médico. 
Después de alcanzar un mínimo histórico de 4.7 por ciento en 2016, la tasa de niños sin seguro comenzó a crecer en 2017 y —a partir de 2019— volvió a subir al 5.7 por ciento.
Este aumento de un punto porcentual se traduce en al menos unos 726,000 niños más sin seguro de salud desde el inicio de la administración Trump, cuando la participación en los planes de Medicaid comenzó a bajar, de acuerdo a un nuevo estudio publicado por el Centro para Niños y Familias del Instituto de Políticas de Salud de la Universidad de Georgetown.
La mayor alza en la pérdida de seguro se observó entre 2018 y 2019, cuando a pesar de una economía fuerte, el número creció en 320,000 niños; el mayor salto anual visto en más de una década.
Hay que tomar en consideración que estos datos se recopilaron antes de la pandemia, por lo que la cifra es probablemente mucho mayor en 2020 —ya que muchas familias han perdido sus trabajos y consecuentemente el seguro patrocinado por el empleador— y debe estar cerca o superar el millón.
La situación ha afectado particularmente a los niños de origen latino, y en este sentido Texas y Florida son los estados más perjudicados, y ambos suman el 41 por ciento del total de pérdida de cobertura infantil.
Tras Texas (donde ahora otros 243,000 niños viven sin cobertura de salud), Florida tiene la mayor pérdida, al agregar alrededor de 55,000 nuevos niños desprotegidos  durante el período de tres años (el representante republicano Chris Sprowls atribuye la cifra al considerable aumento de la población en el estado, según The Miami Herald).
Gran parte del alza en la cifra de niños con seguro se produjo como consecuencia de la expansión en la cobertura de salud a consecuencia de la Ley del Cuidado de Salud a Bajo Precio (ACA), conocida como “Obamacare”, que entró en vigor en 2014. 
Sin embargo, ahora en muchos casos este tipo de cobertura ha sido reducida, eliminada  o es más difícil de solicitar.
La pérdida de cobertura de los niños se puede atribuir a diversos factores, pero fundamentalmente a los empeños de la administración Trump por socavar el Obamacare. Desde recortes a las campañas y medios de inscripción al plan; barreras burocráticas que dificultan que las familias se inscriban o permanezcan en Medicaid; un “clima hostil hacia las familias inmigrantes”, que lleva a que estas no busquen o soliciten servicios de salud; todo ha sido empleado para menoscabar el Obamacare.
En última instancia, lo que está afectando a los niños es parte de un esfuerzo mayor llevado a cabo por Trump para de una forma u otra poner fin al Obamacare.
Más estadounidenses estaban sin seguro de salud en 2019 que en 2018, una tendencia que continúa en aumento y nos aleja cada vez más de la histórica disminución a un 8.6 por ciento de no asegurados en 2016, según el Centro de Presupuesto y Prioridades Políticas.
Estas son cifras, realidades, datos. Lo demás, fantasmas y mitos que quedan para Halloween: a finales de octubre, antes de las elecciones.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Protestas pacíficas, vandalismo y caos: la realidad y el mito


Más del 93 por ciento de las protestas efectuadas en Estados Unidos este verano fueron pacíficas. Al lanzar el temor a un futuro de caos y violencia si triunfan los demócratas no solo se exagera sino se tergiversa.
Un informe del US Crisis Monitor —del  Proyecto de datos de eventos y ubicación de conflictos armados (ACLED) y la Universidad de Princeton— muestra las cifras de lo ocurrido, sin la emoción de las imágenes pero con la realidad de los números. Basta  para romper la falsedad introducida como una cuña entre la representación y el hecho.
La ACLED es una organización no gubernamental especializada en la recopilación, el análisis, la ubicación y el desglose de conflictos: codifica las fechas y ubicaciones de todos los casos de manifestaciones y violencia política denunciados en más de 150 países.
Los hallazgos de dicho informe permiten tener una visión más completa, alejada de las cámaras, de lo ocurrido.  
La muerte de George Floyd bajo custodia policial provocó una oleada de protestas, asociadas con el movimiento Black Lives Matter (BLM), que se extendió rápidamente desde Minneapolis por todo el país.
Entre el 26 de mayo —un día después de la muerte de Floyd— y el 22 de agosto se registraron más de 7,750 manifestaciones vinculadas al movimiento BLM, en más de 2,440 lugares en los 50 estados y Washington, DC. Las manifestaciones violentas, por su parte, se limitaron a menos de 220 lugares, una cifra inferior al 10% de las áreas en donde ocurrieron protestas pacíficas.
Pero la realidad de las cifras siempre choca con el dramatismo de las imágenes, y la impresión de violencia y desórdenes se ha generalizado hasta convertirse en un factor importante de cara a las próximas elecciones presidenciales.
Esta distancia entre la percepción de los hechos y la verdad de lo sucedido no asombra en una época de valoración de la noticia por su cualidad de espectáculo —las marchas aburren, los incendios no—, pero debería alertar de la necesidad aclarar en detalle la situación. Los demócratas no lo están haciendo y podría contribuir a una pérdida de votos.
Mientras la televisión dirige a los espectadores hacia las escenas de saqueos y  vandalismo, hay muy pocos indicadores que sugieran que los manifestantes han participado en actos de violencia generalizados. Por ejemplo, las tan divulgadas imágenes de Portland, Oregon, nos llevan a desconocer u olvidar que dichos actos  violentos fueron mayormente limitados a unas cuadras específicas y no se extendieron a toda la ciudad.
A la percepción limitada que tenemos de los hechos, cuando nos limitamos a la información visual, se une el interés en manipular no solo las imágenes sino las situaciones; en algunos casos con la participación de infiltrados y provocadores con el propósito de instigar la violencia o con la presencia de participantes de otros estados, que se trasladan con el propósito de alterar el orden.
Por ejemplo, durante una manifestación el 27 de mayo en Minneapolis, fue visto un hombre con un paraguas rompiendo vidrieras. Luego se supo que estaba vinculado a grupos supremacistas blancos; nada que ver, por supuesto, con el movimiento BLM.
El informe de la ACLED muestra que desde mayo se realizaron más de 100 eventos en los cuales participaron actores de otros estados. Esto incluye también contra-manifestaciones, la mayoría de las cuales fueron en respuesta a las actividades asociadas con el movimiento BLM.
Esta intervención de personas ajenas a la localidad la realizaron miembros de organizaciones y grupos denominados tanto de extrema izquierda como de extrema derecha.
El tratar de manipular o utilizar las manifestaciones con otros objetivos ha llegado a ciertos extremos. Dos hombres asociados con Boogaloo —un movimiento de extrema derecha que busca el inicio de una segunda guerra civil en EEUU—fueron arrestados por tratar de utilizar las protestas para encubrir un intento de venta de armas al grupo militante palestino Hamas, y utilizar el dinero para apoyar el movimiento Boogaloo, según informó The New York Times.
En general, las campañas no violentas tienen el doble de posibilidades de triunfar que las violentas. Tanto el movimiento BLM con los demócratas en general deben reforzar esta actitud, no con simples declaraciones de ocasión sino con toda una campaña política. Todavía están a tiempo.

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