jueves, 19 de marzo de 2020

Y de pronto, Trump descubrió las medidas «socialistas»


El presidente Donald Trump ahora está presionando para enviar a los estadounidenses cheques de cuatro cifras, establecer amplios programas de rescate corporativo y prestar miles de millones de dólares a pequeñas empresas para que puedan seguir pagando sus facturas.
Este enfoque difiere de la aproximación que por largo tiempo han priorizado los republicanos. Recurrir a las políticas fiscales —y solo a estas— al enfrentar problemas de esta categoría. 
Un cambio radical para un Partido Republicano que hace solo unas semanas estaba criticando al socialismo. 
La nueva serie de propuestas adopta filosofías popularizadas por un campo de candidatos presidenciales demócratas, como dar a la población dinero del gobierno e imponer condiciones estrictas sobre el bienestar corporativo, informa Politico.
"Tanto la Casa Blanca como los demócratas tienden a creer que ayudar a los trabajadores afectados por el cierre con pagos directos en efectivo es la mejor y es la estrategia correcta", dijo el senador demócrata Tim Kaine de Virginia. “Aunque no a todos los republicanos les gusta esa idea”.
La Casa Blanca espera que acciones de este tipo ayuden a rehabilitar a Trump, en momentos en que es fuertemente atacado por su vacilante enfoque del nuevo coronavirus en los últimos dos meses y su incapacidad para solucionar, problemas que continúan hasta la fecha: Estados Unidos aún no tiene suficientes kits de prueba para conocer la gama completa de estadounidenses potencialmente infectados por el coronavirus; la pandemia se ha extendido a los 50 estados y la falta de confianza en los esfuerzos de la administración, combinada con el cierre de empresas, escuelas y restaurantes, ha provocado fuertes caídas en el mercado de valores, que Trump siempre ha visto como fundamental en cualquier votación y juicio sobre su presidencia. Trump ha tratado una amenaza urgente como si fuese un problema de relaciones públicas, combinando la negación con frenéticas acusaciones a los demás.
Durante su visita a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, Trump dijo que tenía un don natural para comprender la ciencia de las pandemias, porque su tío era un físico nuclear en el MIT. Una declaración como para que ningún estadounidense duerma tranquilo por un buen tiempo. 
Algo parecido a la formulación de Rush Limbaugh a sus radio escuchas, de que el coronavirus “no era más que un resfriado común”.
El objetivo de la administración esta semana incluye impulsar a través del Congreso otro paquete de estímulo económico que probablemente supere los $1,3 billones, cuya pieza central serán los cheques enviados directamente a millones de estadounidenses.
Los pagos directos han recibido una recepción mucho mejor en el Congreso que la propuesta anterior del presidente, de recortar o suspender el impuesto sobre la nómina, una medida que habría ayudado tanto a los empleados como a los empleadores.
Otros $50 mil millones en préstamos apoyarían a las aerolíneas. La administración Trump apoya los límites para aumentar la compensación ejecutiva y reducir el servicio, pero los demócratas están presionando por disposiciones más estrictas.
La industria de las aerolíneas es un ejemplo de las grandes corporaciones que, desde la llegada de Trump a la presidencia, se han estado beneficiando con las políticas del mandatario. Al igual que otras, los ejecutivos de aviación no destinaron los grandes ingresos recibidos tras la reforma fiscal trumpista en la ampliación y mejoras de sus empresas, sustanciales beneficios para sus empleados y acumulación de un fondo de reserva. A lo que dedican este dinero fue a comprar acciones y dedicarse al juego bursátil. 
Al igual que en otros casos, esta situación llevó a un considerable aumento del volumen y los valores en el mercado bursátil, algo que en los últimos años Trump se ha dedicado a exaltar hasta el cansancio, y los fanáticos que lo siguen a gritar desde las gradas.
Sin embargo, han bastado poquísimas semanas para barrer toda esa euforia sobre la Bolsa.
Al no especificar la propuesta del Tesoro qué industrias podrían acceder a ese fondo de $150 mil millones, se ha desencadenado una feroz lucha de cabildeo entre hoteles, cruceros, la industria del turismo y los minoristas, todos los cuales han estado en contacto cercano con la Casa Blanca sobre las repentinas y bruscas caídas en sus negocios.
Mientras las negociaciones continuaban el jueves entre bastidores, el Departamento de Trabajo de Estados Unidos publicó estadísticas preocupantes sobre el mercado del empleo en medio de la pandemia, informa la AFP.
Los pedidos semanales de subsidios por desempleo aumentaron fuertemente (+70.000) como consecuencia del impacto económico de la pandemia, hasta las 281.000 nuevas solicitudes en datos corregidos por variaciones estacionales en la semana que terminó el 14 de marzo.
Se trata del nivel más alto desde septiembre de 2017, precisó en un comunicado.
La cifra supera las proyecciones de los analistas, que esperaban 220.000 nuevas inscripciones a este seguro.
El aumento es “claramente atribuible a los impactos” del coronavirus, señaló el ministerio, que añadió que en numerosos estado hubo un aumento de los despidos vinculados a la pandemia, especialmente en los sectores de la hotelería, los restaurantes y el transporte.
Medidas como el cierre de bares o restaurantes, la cancelación de vuelos, eventos y viajes por turismo para contener la expansión del mal llevan a muchos sectores a una caída de actividad.
En Estados Unidos, muchos empleos del sector servicios son precarios, pagados por día o semanalmente. Cuando la coyuntura se deteriora son las primeras víctimas, pues no existe una red de seguridad social como ocurre en Europa o en países de América Latina.
En algunos estados, como Nueva York, Oregon y Nueva Jersey, hubo un flujo tal de personas que pidieron subsidios por internet, que los sistemas se bloquearon, según la radio pública NPR.

jueves, 12 de marzo de 2020

Coronavirus: Trump lo hizo mal y sigue haciéndolo peor


Destacar el mal manejo de la presidencia de Donald Trump ante la crisis por la epidemia de coronavirus no es una opinión política, ni tampoco una posición que se escuda bajo la barricada demócrata o producto de la extrema politización que vive el país.
Es un hecho.
La alarma sonó bien temprano frente a la amenaza de la pandemia. Exfuncionarios del gabinete de Trump lanzaron la alarma. Solo que simplemente ya no formaban parte del gobierno. Hay que enfatizar que no se trataba de legisladores demócratas, de aquellos que habían trabajado durante la administración Obama o de rivales políticos. 
No. Habían formado parte de ese gobierno que ahora prefería mirar para otra parte.
Mientras dichos funcionarios señalaban la gravedad de la situación que se avecinaba, su mensaje contrastaba con la narrativa optimista que emanaba de la Casa Blanca, informa el diario digital Politico.
El día de enero que se identificó un nuevo coronavirus en Wuhan, China, Tom Bossert, exasesor de seguridad nacional del presidente Trump, tuiteó una severa advertencia: “enfrentamos una amenaza global para la salud”.
“Hay que coordinar esfuerzos”, pedía.
No fue el único.
Otros como Scott Gottlieb, jefe de la Administración de Alimentos y Drogas hasta 2019, y Gary Cohn, quien una vez dirigió el Consejo Económico Nacional, también aparecieron en televisión y Twitter, argumentando que la administración debía prepararse para un empeoramiento de la situación.
Todos habían trabajado en la administración de Trump y habían tratado de guiar su gobierno dentro de los cauces normales de cualquier mandato presidencial de Estados Unidos. Pero ya no estaban.
En Twitter y TV, Gottlieb, Bossert y Cohn, entre otros, dieron un tono urgente, mientras que el presidente insistió en que el virus estaba “muy bajo control en Estados Unidos”. incluso pronosticando a fines de febrero que el número de casos sería cercano a cero “dentro de un par de días”. Afirmando falsamente que pronto llegaría una vacuna.
Mientras, el sustituto de Cohn, Larry Kudlow, afirmaba en febrero: “Hemos contenido esto, no lo diré hermético, pero bastante cercano a lo hermético”.
Uno de los problemas es que durante los años que lleva en la presidencia, Trump se ha empeñado en deshacerse de los funcionarios y expertos que cuestionen sus decisiones, intenten imponer guías o simplemente se opongan a sus disparates. Ello está más que documentado en entrevistas, declaraciones e incluso libros de los que han abandonado el gobierno o han sido echados a un lado con mayor o menor displicencia.
Y esa forma de proceder se ha mantenido impune hasta que llegó una gran crisis.
La realidad es que hoy por hoy nadie confía en Trump, ni sus asesores, ni la Bolsa de Nueva York, ni los expertos en enfermedades y virus, y mucho menos los empresarios e inversionistas; ni la industria hotelera, las aerolíneas y farmacéuticas. que trataran de ver lo que mejor salvan de esto. Solo le queda su banda de fanáticos.
El presidente habló el miércoles por la noche a toda la nación (en un tipo de alocución que realizaba por segunda vez durante su mandato). Al día siguiente volvieron a estrellarse las Bolsas.
El 12 de marzo de 2020 fue la peor sesión desde 1987 en Nueva York.
Los inversores visiblemente perdieron la esperanza en una respuesta económica y financiera eficaz ante una pandemia que hace cerrar fronteras, fábricas y escuelas. Y los anuncios de medidas de estímulo a fuerza de billones de dólares, dispersos y sin verdadera coordinación por parte de gobiernos y bancos centrales, no tranquilizaron a los mercados, según informa la AFP.
El anuncio de Trump —lleno de imprecisiones y sin haber sido comunicado antes a la Comunidad Europea— de una suspensión de entrada de europeos a Estados Unidos por 30 días fue el mejor ejemplo de esa ausencia de cooperación en la lucha contra el Covid-19. Y dio el golpe de gracia a mercados en desbandada.
La bolsa de Nueva York se derrumbó el jueves y su principal indicador registró su mayor caída desde el crack bursátil de octubre de 1987: 9,99% a 21.200,62 unidades.
El índice estrella de Wall Street no registraba tamaña caída desde el “lunes negro” del 19 de octubre de 1987, cuando perdió más de 22%.
Se trata de la quinta mayor caída de la historia para el Dow Jones según datos compilados por Howard Silverblatt, especialista en índices de S&P Dow Jones.
En tanto el tecnológico Nasdaq cedió 9,43% a 7.201,80 puntos.
Wall Street se recuperó luego a media jornada, cuando la Reserva Federal de Estados Unidos anunció una inyección adicional de 1,5 billones de dólares en el mercado a través de operaciones de recompra de bonos. Pero rápidamente la bolsa se hundió hasta el cierre.
La decisión de Trump estuvo lejos de tranquilizar a los inversores.
“Vendan, vendan, vendan”, comentaba el analista de AxiCorp Stephen Innes para resumir el estado de ánimo en las salas de comercio asiáticas tras los anuncios de Trump. “Las restricciones de viaje significan todavía menos actividad económica mundial”.
“Hay dos cuestiones clave, una es el fin de la crisis sanitaria y la otra es cómo se sostendrá la economía”, comentó Olivier Fainsilber, experto en transporte aéreo de la empresa Oliver Wyman.
Este jueves, el doctor Anthony Fauci, jefe del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EEUU, admitió que el sistema de salud del país “está fracasando” en la forma en la que está respondiendo a los nuevos casos de coronavirus.
“El sistema no está realmente orientado a lo que necesitamos en este momento, a lo que se está requiriendo. Eso es un fracaso. Admitámoslo”, dijo la principal autoridad en infectología del país en una audiencia ante el Congreso, informa la BBC.
Hasta la fecha, aunque Trump anunció el veto a la llegada de extranjeros desde 26 países europeos y se han adelantado numerosas medidas económicas para intentar calmar los mercados y estabilizar la Bolsa, las que han fracasado todas, se desconoce cuál es el plan concreto del gobierno para intentar lidiar con el virus desde su sistema de salud pública.
No se conoce el número exacto de casos. No se llevan a cabo las pruebas suficientes y persisten los temores de quienes no cuentan con seguros de salud ante el costo de los tratamientos.
Al presidente Trump solo se le ocurre, como forma de paliar las consecuencias de la pandemia —tanto desde el punto de la economía del individuo como las corporaciones— comentar diversas propuestas de rebajas fiscales, temporales o permanentes. Pero su medicina no llega a remedio casero, mucho menos la solución del problema.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Trump, Biden y las mentiras


Primero el objetivo fue Bernie Sanders, al que Donald Trump tildaba de “loco”, pero con la resurrección de Joe Biden, tanto el presidente como su campaña de reelección y sus fieles fanáticos han girado el foco de sus ataques hacia el exvicepresidente de Barack Obama.
La contra campaña electoral de Trump se basa en desarrollar una total operación de descrédito que cale entre los votantes y que ya fue utilizada contra Hillary Clinton en 2016, cuando se puso en duda la salud física de la aspirante demócrata a la Casa Blanca, informa el diario español El País.
Trump ha cuestionado de forma continuada la capacidad de Biden, de 77 años, hasta el punto de declarar en sus mítines que, de ser elegido, el demócrata acabará por gobernar el país desde un asilo de ancianos. En esos ataques también se incluyen referencias a las meteduras de pata del exsenador. “No quiero ser demasiado crítico”, explicaba con ironía Trump la pasada semana durante una entrevista en Fox News. “Pero para ser sincero, nunca he visto una cosa igual”, declaraba el magnate sobre el exvicepresidente. Ese mismo argumento se repite como un eco por asesores, amigos y familiares del presidente: Biden está en posesión de sus facultades mentales.
Las insinuaciones, de mayor o menor calado, se elevaron al límite el pasado fin de semana cuando, según informa Politico, el presidente cuestionó en su residencia de descanso de Florida ante más de 500 mecenas del Partido Republicano la capacidad mental de Joe Biden. De repente, ya no solo se trataba del famoso calificativo con el que desde hace mucho tiempo Trump se refiere al exvicepresidente, “Sleepy Joe”. Trump iba un paso mucho más allá y polemizaba también en Twitter al escribir que Biden no sabía ni dónde estaba ni en qué día vivía o lo que estaba haciendo. “Francamente, ni siquiera creo que sepa por qué cargo está compitiendo”.
En uno de sus últimos tuits, lanzado ya de lleno a la hipérbole, Trump ha calificado la Administración de Barack Obama y Joe Biden como “la más corrupta de la historia”. Para Jennifer Palmieri, directora de comunicación de la campaña de Clinton en 2016, citada por Politico, los ataques que lleva lanzando Trump desde hace meses tendrán resultados muy cuestionables entre los votantes demócratas e independientes. “El equipo de campaña de Trump ha estado golpeando duro a Biden y su familia durante más de un año y no parece que haya hecho mella en los votantes”, explica Palmieri, que añade que si acaso ha sucedido lo contrario.
Los insultos continúan, y no solo a Biden. Desde Sanders hasta los candidatos que ya se han retirado —como Mike Bloomberg, de quien el presidente dijo que lo único que se llevaba de la campaña era el mote que él mismo le había puesto: mini Mike— forman parte del epicentro de las agresiones de Trump. 
En un mitin de campaña en Carolina del Norte, en la noche del lunes 2 de marzo, Trump dijo que Biden no se encontraba mentalmente apto para la presidencia, y afirmó que el exvicepresidente tergiversaba los hechos y a menudo parecía confundido.
Ello ocurrió solo horas después de que Trump celebró una sesión abierta sobre el coronavirus, en la que tuvo dificultades y un “dale pa'lante y pa'tras” con el concepto de vacuna y pareció sugerir que no tenía idea de que se requieren ensayos clínicos para los medicamentos.
 “A menudo se observa que Trump critica a sus oponentes por fallas que él mismo ha llevado a extremos cómicos. Trump es probablemente el presidente estadounidense más corrupto de la historia, pero a menudo afirma sin fundamento que sus enemigos son corruptos. Trump es el mentiroso y fabulista más grande que ha ocupado la Oficina Oval, pero a menudo critica falsamente a sus críticos como mentirosos”, afirma Greg Sargent en The Washington Post.
El empeño de Trump en atacar a sus oponentes, a menudo contando solo con débiles pruebas y otras sin alguna, ha desempeñado un papel muy importante en su ascenso. También su habilidad para manipular a los medios para que difundan sus acusaciones a menudo falsas. Desde su época de urbanizador en Nueva York inició el desarrollo de este tipo de jugadas y lo ha perfeccionado durante décadas.
De hecho, para un segmento del electorado de Estados Unidos, la estatura de Trump creció a medida que intensificó sus exageraciones, distorsiones y, a menudo, mentiras descaradas. Su apoyo al movimiento marginal que acusó falsamente al presidente Obama de haber nacido en el extranjero, no fue un revés para él, sino un peldaño político. Sus ataques contra Hillary Clinton en 2016, exagerados en gran medida, desviaron la atención hacia sus propios escándalos, de acuerdo a Los Angeles Times.
El domingo Twitter puso en vigencia una nueva etiqueta —“medios manipulados”—en un video editado de Joe Biden que un funcionario de la Casa Blanca publicó y que luego Trump retuiteó.
El sábado, el director de redes sociales de la Casa Blanca, Dan Scavino, tuiteó un video del candidato demócrata 2020 que decía a sus seguidores en Missouri: “No podemos ganar esta reelección, disculpe, solo podemos reelegir a Donald Trump”.
Al final de la noche, Trump había compartido el video dos veces, escribiendo: “¡Estoy de acuerdo con Joe!”. También recibió un retweet del gerente de campaña de Trump, Brad Parscale.
Sin embargo, el tuit de Scavino, que fue visto casi 5 millones de veces hasta el domingo por la noche, había cortado el resto de la oración.
“Solo podemos reelegir a Donald Trump si, de hecho, nos involucramos en este pelotón de fusilamiento circular aquí”, había dicho el exvicepresidente. “Tiene que ser una campaña positiva, así que únete a nosotros”.
El video editado apareció en medio de la campaña sobre la capacidad cognitiva de Biden y la intención de crear sospechas de que el candidato de 77 años tiene demencia. La campaña de Trump ha convertido los tropiezos verbales y los errores de Biden en un punto focal de sus mensajes.

domingo, 8 de marzo de 2020

El mal manejo de Trump aumenta la crisis por el coronavirus


De una manera cada vez más explícita, el presidente Donald Trump ha socavado los esfuerzos de su propio gobierno para combatir el brote de coronavirus, y resistido los intentos de una planificación para prepararse ante el peor de los escenarios; así como anulando un plan de salud pública a pedido de aliados políticos y repitiendo solo las advertencias que eligió escuchar, informa el diario digital Político
Los miembros del Congreso han criticado a altos funcionarios como el secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, y el director de los Centros para el Control de Enfermedades, Robert Redfield, por el error más grande del gobierno: no asegurar suficientes pruebas para evitar un brote de coronavirus en Estados Unidos. Pero muchos funcionarios actuales y anteriores de la administración Trump dicen que el verdadero fracaso de la gestión fue de Trump.
Las entrevistas con 13 funcionarios actuales y anteriores, así como con personas cercanas a la Casa Blanca, pintaron la imagen de un presidente que premia a los subordinados que le dicen lo que quiere escuchar mientras rehúye a los que dan malas noticias.
Por ejemplo, los asistentes elogiaron a Trump por sus esfuerzos para bloquear los viajes desde China, lo que satisfacía a la valoración del presidente sobre la necesidad de una zona de seguridad fronteriza del presidente, pero no transmitieron la importancia de realizar pruebas comunitarias simultáneas, lo que podría haber descubierto un posible brote en Estados Unidos. 
Funcionarios del gobierno y científicos independientes ahora temen que el coronavirus se haya propagado silenciosamente en Estados Unidos durante semanas, ya que han aparecido casos inexplicables en más de 25 estados.
Una persona que ayudó a asesorar la respuesta de la administración señaló que los ayudantes de Trump desanimaron a Azar de informar al presidente sobre la amenaza del coronavirus en enero.
“Trump ha creado una atmósfera donde el juicio de su personal es que no debería necesitar saber estas cosas”, agregó.
“Es una situación claramente difícil cuando el nivel superior lo que quiere es escuchar ciertas respuestas”, dijo un exfuncionario que informó a la Casa Blanca. “Eso puede dificultar que la gente exprese su verdadera evaluación, incluso las mentes más experimentadas e independientes”.
Si bien la semana pasada Trump permitió que los hospitales y laboratorios comenzaran a desarrollar sus propias pruebas de coronavirus, culpando erróneamente a las regulaciones de la administración de Obama por un retraso, el mismo movimiento podría haberse hecho hace semanas si el presidente y sus asesores lo consideraran necesario, dijeron dos funcionarios.
A medida que el brote ha crecido, Trump se ha apegado al conteo diario de casos de coronavirus y a la forma en que Estados Unidos se compara con otras naciones, reiterando que quiere que los números de Estados Unidos se mantengan lo más bajos posible. Los funcionarios de salud lo han complacido al resaltar los resultados más optimistas en las sesiones informativas, y sus agencias han alterado la transparencia prometida. El CDC ha dejado de detallar cuántas personas en el país se han hecho la prueba del virus, y su panel en línea está muy por detrás del número de casos de EEUU rastreados por Johns Hopkins e incluso va a la zaga de la propia Unión Europea de casos en EEUU.
La presión para obtener la aprobación de Trump puede ser una distracción en el mejor de los casos y una obsesión en el peor: Azar, que acaba de sobrevivir a un choque contundente con un congresista y que sentía que su trabajo estaba en juego, pasó parte de enero haciendo apariciones en medios de televisión conservadores y tomando otras medidas para apuntalar su buena fe en contra del aborto, para así  obtener la aprobación del presidente, incluso cuando el brote mundial de coronavirus se hizo más fuerte.
“Tenemos en el presidente Trump el mayor protector de la libertad religiosa que jamás haya estado en la Oficina Oval”, dijo Azar en Fox News el 16 de enero, horas después de trabajar para reunir a los líderes mundiales de la salud para luchar contra la postura de Naciones Unidas sobre los derechos al aborto. Trump también arremetió contra Azar por las malas encuestas de salud ese día.
Casi al mismo tiempo, Azar concluyó que el nuevo coronavirus representaba un riesgo para la salud pública y trató de compartir un mensaje urgente con el presidente: el brote potencial podría dejar a decenas de miles de estadounidenses enfermos y muchos muertos.
Pero los asistentes de Trump se burlaron y menospreciaron a Azar como alarmista, ya que había advertido al presidente de una gran amenaza para la salud pública y su propia agenda económica, dijeron que tres personas informaron sobre las conversaciones. Algunos funcionarios argumentaron que el virus no sería peor que la gripe.
 Mientras tanto, Azar tenía sus propias preocupaciones: un enfrentamiento con la responsable de Medicare, Seema Verma, había debilitado su posición en la Casa Blanca, que en diciembre había considerado reemplazos para Azar y Verma.
“Debido a que se sentía bastante inseguro, sobre las disputas dentro de su departamento y el deseo de complacer al presidente, no sé si estaba en posición de transmitir el mensaje que el presidente no quería escuchar”, dijo un exfuncionario que trabajó con Azar.
La lucha por el favor de Trump fue parte de la causa de la enemistad destructiva de Azar con Verma, ya que los dos trataron de enfrentarse entre sí para promocionar las iniciativas de Trump. Los funcionarios, incluidos Azar, Verma y otros líderes de alto nivel, se vieron obligados a pasar tiempo apuntalando sus posiciones con el presidente y sus diputados en un momento en que deberían centrarse en un objetivo compartido: detener una pandemia potencial.
“El jefe lo ha dejado claro, le gusta ver a su gente pelear y quiere que las noticias sean buenas”, dijo un asesor de un alto funcionario de salud involucrado en la respuesta al coronavirus. “Este es el mundo que fabrica a su alrededor”.
Las demandas impredecibles de Trump y su atención a las declaraciones públicas, y su propia susceptibilidad a la adulación, han creado una administración en la que los altos funcionarios se sienten constantemente asediados, preocupados de que el próximo tweet presidencial decida su futuro profesional y se asusten de que necesiten impresionarlo regularmente.
Azar, por ejemplo, ha batallado con funcionarios de la Casa Blanca y Verma durante meses por políticas, personal e incluso asientos a bordo del avión presidencial. Esas peleas se han reavivado en medio de la crisis del coronavirus, cuando Azar se enfrentó con rivales de toda la vida, como el principal asesor de Política Nacional Joe Grogan, sobre cómo financiar la respuesta y si se estaban realizando suficientes pruebas de coronavirus.
Como Trump no está dispuesto, o no puede, detener las luchas del Departamento de Salud, que han ocupado y se han apoderado de Washington durante un tiempo de paz relativo. Cuando hay una guerra contra una pandemia potencial, no hay lugar para estas distracciones, dicen las autoridades.
“Si este tipo de disfunción existe como parte de las operaciones diarias, entonces, sí, durante una verdadera crisis, los problemas se magnifican y se exacerban”, dijo un ex funcionario de Trump HHS. “Y con consecuencias extremadamente perjudiciales”.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Perder el tiempo


Si el debate demócrata del 19 de febrero en Las Vegas tuvo una importancia relativa en esa larga macha que es la contienda por la presidencia de EEUU, el del 25 de febrero  en Charleston —a cuatro días de las primarias en Carolina del Sur y una semana del “Supermartes”— fue una perdida de tiempo: mucho ruido y ninguna nuez.
En primer lugar porque todos los aspirantes dedicaron la primera parte del encuentro y un buen rato en la segunda a caerle en pandilla al senador Bernie Sanders, una táctica socorrida y en buena medida inevitable, pero que brindó pobres resultados por una dispersión que llegó a la tontería. Ello sin contar que, cuando son muchos contra uno, el efecto emocional en el espectador puede resultar desfavorable a los atacantes.
Hasta ahora, la campaña electoral demócrata está resultando torpe, confusa y  dispersa. Por momentos da la impresión que la totalidad de los aspirantes se concentra en hacer el mayor daño posible al futuro del Partido Demócrata, poner en peligro las elecciones legislativas —que coinciden con la presidencial— y poner por delante su persona frente al bien partidista.
Aunque lo anterior de momento no sirve como un posible indicador de triunfo o fracaso en las urnas de noviembre (basta recordar 2016) y se espera que tras el 3 de marzo la vía esté más clara.
Esta dispersión —a veces hay la tentación de hablar de “caos”— le está resultando muy favorable a Sanders, con muchos “pequeños” rivales, cuyas puntaciones  en las encuestas y resultados electorales los acercan cada vez más a la insignificancia. Pero también debe señalarse que también aumentan las dudas sobre las esperanzas de un retador fuerte dentro del área considerada, en términos generales, como “moderada”.
Sin embargo, lo más cuestionable del proceder de los aspirantes demócratas es el empeño en malgastar oportunidades para lanzar argumentos contundentes en contra de la labor del presidente Donald Trump al frente del país. Y en el último debate esa impericia llegó al extremo.
Fue el exalcalde de South Bend, Pete Buttigieg, quien expresó su incredulidad porque Sanders estaba llevando el debate a episodios que en la mayoría de los casos ocurrieron años antes de que Buttigieg naciera en 1982, como la tan comentada declaración sobre el valor positivo de la campaña de alfabetización en Cuba.
“No estoy esperando un escenario en el que se trate de Donald Trump, con su nostalgia por el orden social de la década de 1950, y Bernie Sanders con una nostalgia por la política revolucionaria de la década de 1960”, dijo Buttigieg.
“Esto es 2020. No vamos a sobrevivir ni a tener éxito, y ciertamente no vamos a ganar reviviendo la Guerra Fría. Y no vamos a ganar esta contienda crítica, y crítica en la Cámara y el Senado, si quienes participan en ellas tienen que explicar por qué el candidato del Partido Demócrata le dice a la gente que mire el lado positivo del régimen de Castro. Tenemos que ser mucho más inteligentes al respecto y mirar hacia el futuro”.
El problema con Sanders —quizá sea mejor decir uno de los problemas— es que el senador ha convertido la ideología, la imprecisión y el populismo en parte de sus instrumentos de campaña, y le ha ido muy bien con ese uso. En ello no difiere mucho de Trump, salvo en el hecho de que al actual presidente de EEUU no puede catalogársele de ideológico.
Por ejemplo, Sanders no es socialista. No es siquiera un socialista democrático o social demócrata en la plena acepción del término, aunque lleva décadas repitiéndolo ( a través de esos años ha abandonado de su plataforma política algunas de las reclamaciones socialdemócratas). Y eso es, dejando a un lado sandeces como llamarlo “comunista”, que él no admite. En su supuesto programa hay ideas que han sido puestas en práctica por gobiernos socialdemócratas en Europa, así como por el laborismo británico o durante etapas de mandatos que pueden catalogarse de progresistas o con conciencia social en países tan diversos como Canadá y Costa Rica.
Hay cierta aberración en rechazar esas ideas de bienestar social, que en gran medida encierran una fuerte dosis de sentido común, así como en considerar que no son populares en Estados Unidos. Oponerse a un aumento del salario mínimo, la matrícula gratuita en colegios comunitarios y en universidades públicas, y el contar con un sistema de salud para toda la población —de forma escalonada en cuatro años— no significan implantar un régimen totalitario, un gobierno comunista, ni siquiera uno socialista.
Pero a Sanders, sin embargo, le encanta el “alarde socialista”. ¿Lo llevará al triunfo o al fracaso?

viernes, 21 de febrero de 2020

La larga marcha de Sanders


Los debates durante las elecciones primarias de Estados Unidos suelen ser demasiados, aburridos y confusos. El del 19 de febrero en Las Vegas fue todo lo contrario.
Elizabeth Warren impuso el tono de la discusión, apenas cinco minutos tras su inicio. Michael Bloomberg tropezó casi a cada instante, al dejar en evidencia que no bastan el dinero y una campaña de anuncios políticos bien estructurada para llegar a la Casa Blanca. Pete Buttigieg intentó un análisis crítico y un aplomo por momentos forzado. Amy Klobuchar apostó por una sonrisa a veces fingida. Ambos quedaron moderadamente bien, pero no lo suficiente para dar un paso más allá de la secuencia debate-primaria estatal. Joe Biden tuvo sus buenos momentos, pero solo para dar la impresión momentánea de que aún existe. Bernie Sanders reinó —o mejor dicho, intentó reinar— como cabeza de lista para la nominación demócrata.
Aunque estas son conclusiones temporales, minutos después de concluido el encuentro. Todo puede cambiar, y una buena o mala noche para los aspirantes los ayuda o perjudica, pero solo por unos días, acaso un par de semanas. 
Lo significativo son dos aspectos, que de momento no van a ser  alterados por los vaivenes en las encuestas o lo que ocurra en Nevada.
El primero y más importante es la respuesta de Sanders a la pregunta del presentador Chuck Todd de la NBC, sobre si el contendiente con el mayor número de delegados debía ser el nominado, incluso si no tuviera la mayoría. Muchos dijeron que sí, y dieron por descartada una nominación impugnada.
Todos menos Sanders, quien expresó su opinión de que la denominación debería de ir automáticamente para quien obtuviera más votos en las urnas primarias y los caucuses.
Una respuesta clave.
El senador por Vermont dejó bien claro que considera que hay una buena posibilidad de que él termine con un mayor número de delegados electos, pero no con el apoyo de los superdelegados designados por el Partido Demócrata.
Es decir, que considera que sus rivales están de acuerdo en que los superdelegados decidan la nominación, y así otorgarle la victoria probablemente al binomio Biden- Bloomberg o Bloomberg-Biden; con lo que no estaría de acuerdo él, y por supuesto, tampoco sus partidarios. 
Crisis —o el peligro de crisis— en convenciones han ocurrido con anterioridad en ambos partidos. Para citar un ejemplo aún cercano, durante las primarias de 2016 dicho fantasma recorrió las filas demócratas, pero al final Hillary Clinton superó a Sanders en delegados. Solo que este año el senador ha crecido en popularidad y pujanza.
El otro aspecto que el debate mostró es una opinión generalizada entre los aspirantes a la candidatura: evitar la reelección de Donald Trump pasa por lograr una participación masiva en las urnas. Solo que una investigación reciente de la Fundación Knight cuestiona dicha creencia.
Los estadounidenses no se caracterizan por una elevada presencia en las urnas. En 2016, más del 40 % de los ciudadanos con capacidad de voto no participaron. Ello incluye más de 2.5 millones en Michigan, 3.5 millones en Pennsylvania y 1 millón en Wisconsin, los tres estados donde Trump derrotó a Clinton por un margen total de 77,774 votos, y ganó la presidencia.
De ahí que los demócratas realicen una campaña para lograr una mayor participación electoral (los republicanos también).
Pero si a nivel nacional un mayor número de posibles votantes ha expresado el criterio de preferir a cualquier candidato demócrata antes que a Trump, ello no ocurre en estados claves como Arizona, Florida, Pennsylvania y Virginia, donde quienes no han votado dicen que ahora lo harían por Trump .
Una de las explicaciones de este fenómeno es que dichos “no votantes” se sienten inclinados a votar por Trump, aunque no sean partidarios republicanos. En igual sentido, aunque en menor número, otros tampoco identifican a Sanders con el Partido Demócrata, y votarían por él.
La consecuencia sería que, de ganar Sanders la nominación, la batalla por la presidencia estaría definida en última instancia por un duelo de personalidades, más allá de los criterios partidistas, y por una definición en medio de una polarización extrema.
En buena medida, el último debate demócrata lo dejó bien claro.

jueves, 30 de enero de 2020

Trump, el juicio, el cortesano servil y el partido que ya no es


Toda la jugada de los republicanos para declarar inocente a Trump en el juicio político implica enormes riesgos para su partido. Existen grandes posibilidades de que lo logren, pero a un precio muy elevado.
Hasta el momento, la definición mejor del gobierno de Donald Trump la ofreció el abogado Alan Dershowitz en el Senado: el presidente puede hacer lo que le venga en gana, siempre que lo considere en “beneficio público”. 
El problema es que la afirmación de “beneficio público” es la justificación perfecta para una dictadura.
Fidel Castro siempre pudo justificar —aunque realmente no lo necesitó— que todo lo que hacía era en “beneficio público”. Extender la lista a otros dictadores y tiranos resulta innecesario,
Dershowitz no se distingue mucho de Polonio, salvo en un mayor servilismo. En lugar de pedirle a Laertes ser fiel a sí mismo le solicita al Congreso —y por ende al pueblo estadounidense— no solo que reconozcan sino que sancionen de forma afirmativa y servil que la única responsabilidad de Trump es ser fiel a sí mismo.
Lo más mezquino y repulsivo de este juicio, para los republicanos, es la exigencia a traicionar sus supuestos valores tradiciones en favor de la supervivencia política de Trump. 
En última instancia, la repulsa no se dirige contra los demócratas o contra los socialistas, sino contra ellos mismos: contra Mitt Romney, Susan Collins, Lisa Murkowski o quizá Lamar Alexander; contra John Bolton.
Al final, el juicio político —que espero termine pronto— solo servirá para hacer aún más clara una realidad evidente: el Partido Republicano ya no existe, solo queda el partido de Trump.

martes, 28 de enero de 2020

El mito de Martí y la Cuba que no fue


José Martí logró agrupar en una sola persona al pensador y al hombre de acción. En ambos casos con méritos extraordinarios, aunque no únicos. Su grandeza es a la vez su tragedia. Para él y para Cuba.
Para Cuba, Martí es tanto el paradigma como la excepción: el líder político que lanza la lucha independentista bajo una plataforma de participación popular, con plena integración de negros y mulatos; el patriota que logra organizar la insurrección en el exilio y que crea las bases de un cabildeo eficaz en Washington; el escritor que abandona la labor literaria por la lucha armada, para en esos momentos realizar el Diario de Campaña, que es su mejor libro; el guía que concibe la lucha con astucia y sagacidad, y luego se lanza al combate y muere con inocencia torpe; el intelectual que hace estallar el molde de la espera y la elucubración teórica, y emprende una febril labor conspirativa; el héroe que tras su muerte nos entregan a diario. en forma de molde estrecho, y que en realidad es una figura escurridiza como pocas. 
El luchador como mito; la nación arquetípica que no se realiza.
De su ideario nos quedan los pensamientos, en los que lo luminoso de la palabra deslumbra y dificulta el análisis; también los  lugares comunes que nos parecen singulares por lo ejemplar de la escritura.
La nación ideal martiana no es más que la mistificación de varios de sus pensamientos —muchos valiosos, otros simplemente bonitos—, que constituyen una obra abierta y víctima de tergiversaciones.
Tanto durante la república, como en el exilio y por parte del régimen de La Habana, se encuentra en el mito martiano un elemento fundacional que no debe ser cuestionado: Martí se constituye (lo ha sido por muchos años) en la base sobre la cual se levanta el ideal político —republicano o revolucionario según el caso— y el canon literario imprescindible.
En lo que respecta al canon literario, Martí es un pilar pero no el centro del universo cultural cubano. 
Desde el punto de vista literario, establece un canon por el valor indiscutible de su escritura, pero no cuenta con una obra que nos permita considerarlo como punto de referencia indiscutible.
Su narrativa es limitada y menor, su teatro pobre y su poesía enfrenta la competencia de Heredia y Casal. 
Es en los ensayos, críticas, crónicas, artículos, discursos y conferencias, así como en su extraordinario Diario de Campaña, donde alcanza su definición mayor.
No se trata de rebajar a Martí, sino de separar una valoración de su obra del peso ideológico.
Porque la ideología martiana tampoco puede ser tomada como una guía a seguir libre de altibajos.
Si bien el pensamiento martiano y su práctica revolucionaria está marcados por los ideales democráticos, el desinterés y el rechazo al caudillismo, hay en su exaltación al heroísmo, y en su concepción simplista del indígena y el “hombre natural”, una tendencia exaltada que incluso puede resultar peligrosa, cuando de ella se apropian —como ha ocurrido innumerables veces— demagogos y populistas.
El mesianismo martiano y su romanticismo político también pueden resultar funestos. Su sobrevaloración del campo frente a la ciudad y el culto a la pobreza son conceptos arcaicos.
Es lógico que el gobierno cubano no sólo defiende el culto al héroe y al sacrificio que domina en la obra martiana, sino que desde el principio lo incorpore a su agenda política. Cabe agregar en este sentido, que el régimen de La Habana no distorsiona sino desvirtúa el pensamiento martiano.
Más allá de su valor como literato, pensador, escritor, diplomático, periodista, político, orador, organizador y polemista, la trayectoria que fija, precisa y puntualiza a Martí es su lucha —nunca mejor empleada la palabra— en favor de la independencia de su patria.
En todos los demás aspectos caben valoraciones y opiniones —críticas y señalamientos—, pero que nadie dude del Martí patriota. Al discrepar en este punto no se emite un juicio, se lanza una herejía. Y sin embargo, encasillar a Martí en su labor independentista impide verlo en su dimensión más amplia. Ese encasillamiento perentorio resulta al final una limitación.

viernes, 3 de enero de 2020

¿Y si, después de todo, vamos a la guerra?


Después de meses —¡años!— en que uno pensó que Donald Trump era más retórica que acción, bravuconería que resultados, el ataque que produjo la muerte de Qassem Soleimani abre una nueva dimensión de incertidumbre y temor.
Todas las declaraciones, la palabrería gastada empleada por Trump y sus adláteres —entre los que se encuentran los senadores floridanos, no oficiales pero siempre oficiosos— cuenta poco. Nos enfrentamos a un peligro real de guerra, que, cosa extraña. pensábamos que no entraba en los cálculos del mandatario.
Pero la realidad se impone. Quien ocupa la Casa Blanca parece dispuesto —o mentalmente subordinado— a poner las decisiones en manos de los militares. Difícil imaginar pero situación. Pongamos por caso que un joven e inexperto presidente como Kennedy hubiera dejado a los militares decir los pasos a seguir durante la Crisis de Octubre.
Lo cierto es que desde el ataque en Bagdad la imagen de un joven Trump con uniforme de cadete —como soldadito de plomo a la venta en Le Bon Marché— se hace cada vez más presente: ¿y si al final resulta que todo no es más que un irresuelto complejo entre la cobardía real y la supuesta gloria? 

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...