viernes, 22 de enero de 2021

Cuba, sociedad civil, disidencia y Biden


Disidentes, activistas y legisladores cubanoamericanos desde hace años repiten, con mayor o menor estridencia, una contradicción que la prensa digiere y amplifica sin criticar: hablan de fortalecer o fomentar la sociedad civil en Cuba y al mismo tiempo se refieren a la naturaleza totalitaria del régimen, mientras califican de “cosméticos” los cambios realizados.
Si en la Isla hay un régimen totalitario —y por una parte poco apunta a considerar que esta no es la condición nacional—, quedan pocas esperanzas para la elaboración de dicha sociedad civil, que sería más bien parte de la tarea de reconstrucción del país tras una transición. Así lo indica la historia: no existía sociedad civil en la Unión Soviética (URSS) o en la Alemania nazi.
Cuando se mira desde otro ángulo, y se reconoce cierto ligero cambio en la Isla de un régimen totalitario a otro autoritario, donde determinadas parcelas de autonomía —otorgadas por el Gobierno o adquiridas circunstancialmente— permiten un desarrollo propio, se hace necesaria entonces una mayor precisión, para evitar caer en una repetición hueca.
Bajo el mantra de sociedad civil se cobijan los intereses y aspiraciones más diversos. Así el invocar la sociedad civil en Cuba, durante la época de la presidencia estadounidense de Barack Obama, se convirtió en criterio de moda o alcancía en la mano. Cabe la sospecha que ahora, con Joe Biden en la Casa Blanca, el criterio renazca. En última instancia, el enfoque sobre la situación en la isla depende en gran medida de las tendencias imperantes en Washington.
Sin embargo, más allá de una discusión sobre el concepto, vale la pena analizar cuánto avanza una táctica que busca establecer ese tipo de sociedad en las condiciones actuales cubanas, y aventurar su futuro.
El problema fundamental es que el totalitarismo implica por naturaleza la absorción completa de la sociedad civil por el Estado. Ha ocurrido en Cuba, donde unas llamadas “organizaciones de masas”, y los satélites que se desprenden de ellas, por décadas se definieron con orgullo militante como simples correas trasmisoras de las “orientaciones” del partido.
Ello no ha impedido la impudicia de —con un afán oportunista para ponerse a tono con las circunstancias internacionales—, con el paso del tiempo intentar reclamar un papel civilista, e incluso aspirar  y lograr en cierta medida a ser consideradas —y financiadas desde el exterior— como organizaciones no gubernamentales (ONG). 
Bajo dicho empeño buscaron y buscan venderse con sones para turistas, aunque no por ello han dejado de ser las mismas marionetas que cuando se crearon a imagen y semejanza de las existentes en la URSS.
Si burdo es el régimen cubano al intentar subirse al tren de la sociedad civil, tampoco la originalidad caracterizó al Gobierno estadounidense de Obama, y a quienes apoyaron  financieramente a grupos que —bajo el manto de la disidencia— no traspasaron la barrera de cierta notoriedad en el exterior y una nula proyección nacional.
Ante todo porque el proyecto no es nuevo. El empeño se originó en la desaparecida Europa del Este, donde existía un régimen represivo al igual que en la URSS, aunque no con igual absolutismo, cuando los disidentes de esos países comenzaron a hablar de las posibilidades de un restablecimiento democrático mediante el resurgimiento de la sociedad civil.
En la práctica dicha sociedad nunca fue establecida. En buena medida no ejerció una incidencia fundamental en la desaparición del “socialismo real” y dichos movimientos opositores tuvieron una existencia efímera, algunos un paso fulgurante por el Gobierno y una vida por delante para vivir de la nostalgia. También para fundamentar falsas esperanzas.
Largo es el rosario que tiene el caso cubano, por intentar trasladar modelos foráneos. En el camino de la transición se parte de la falacia de que existen constantes en las políticas de cambio y se descuida el análisis de las circunstancias específicas.
Por encima de otras consideraciones, destacó el hecho de que algunos de los que reclamaban el “empoderamiento de la sociedad civil”, desde la orilla miamense o en su proyección en la capital estadounidense —principalmente no en la esfera gubernamental sino mediante el cabildeo y las conversaciones y proyectos en los pasillos del Capitolio estadunidense— se negaron al mismo tiempo a facilitar mayores recursos para el avance de lo que pudieron ser sus factores esenciales o al menos contribuyentes: la promoción de negocios particulares, el refuerzo a la labor de emprendedores y otros aspectos de ayuda a una reforma económica.
Se vivió entonces bajo dos visiones disímiles —y en ocasiones contradictorias— sobre una posible sociedad civil cubana. Una enfatizaba el plano político y destacaba la existencia de grupos de denuncia de abusos; que en buena medida justificaban su existencia mediante la retorica de la victimización y dependían del financiamiento de Washington y Miami para su existencia. La otra apuntaba al plano económico y veía el surgimiento de una esfera laboral independiente del régimen como la vía necesaria para el fundamento de una sociedad más abierta.
En ambos casos, las limitaciones se destacaron por encima de los logros.
Entonces como ahora la dura realidad impuso sus condiciones. Mientras la promoción de la sociedad civil cubana por la disidencia no trascienda el discurso de Miami y destaque las necesidades de la población, no solo sus alcances sino sus propios objetivos han sido en extremo limitados.
Por otra parte, el surgimiento de un limitado sector  de trabajadores privados, en una sociedad con un grado extremo de control estatal como la cubana, no garantiza un futuro de una autonomía frente al Gobierno, ya que persiste la dependencia, tanto para mantener el nuevo estatus laboral adquirido como para simplemente poder caminar por las calles.
Ha persistido la limitante fundamental, que la creación de una verdadera sociedad civil buscaría eliminar: el mantenimiento de una doble moral, donde la hipocresía pública constituye uno de los principales recursos del régimen para sobrevivir.
Concluido el paréntesis que significó la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, donde la política hacia Cuba se limitó al revanchismo y la satisfacción emocional para garantizar el voto destinado al fallido intento de reelección del exmandatario, se abre una vía plena de interrogantes y restricciones.
Restricciones porque lo más efectivo que de momento puede producir la administración Biden  —cuando finalmente pueda dedicar tiempo y recursos a un asunto alejado de las grandes prioridades que acosan al país—, es restablecer las condiciones creadas a la partida de Obama: restablecimiento de la interrumpida plenitud consular y diplomática entre ambos países; eliminar de nuevo la inclusión de Cuba en la espuria “lista negra” de países que apoyan el terrorismo;  vuelta a una normalidad en los viajes y el turismo (lo cual depende en gran medida de la superación de la crisis creada por la pandemia); normalización de los canales para el envío de remesas y reinicio de los pasos destinados a una solución de aspectos hacia una normalización de vínculos que no inciden ni anulan las enormes diferencias políticas e ideológicas, pero sí hacen que las pautas de conductas y civilidad sean más llevaderas tanto para ciudadanos de ambos países como para la comunidad cubana residente en Estados Unidos. Por supuesto que papel fundamental en este empeño será la actitud que adopte el Gobierno de La Habana (de ahí también las interrogantes).
Cabe añadir —quizá como muestra de esperanza— que Biden llega al poder sin vínculos y dependencia con un exilio de Miami (más que en un sentido general sobre dicho exilio con el destacado y vocinglero sector que lo rechazó electoralmente) que poco contó en los resultados electorales. En eso su gobierno se diferencia de los primeros mandatos de Obama y Bill Clinton. 
También hay que añadir que el carácter retrógrado que intentarán —al menos de palabra y con vistas a la galería de Miami— “imponer” los recién electos representantes federales por Miami y el sempiterno congresista Mario Díaz-Balart no cuenta con el potencial de servir de mucho. Otra cosa es el Senado con la presencia de Bob Menéndez.
Así que, como en el ambiente político nacional, lo mejor a esperar de Biden es un regreso a esa normalidad creada por Obama, que por supuesto no llevará la democracia a Cuba, pero tampoco es la pérdida de tiempo que marcó la presidencia de Trump (¿hay que enfatizar que en cuatro años Trump no logró nada respecto a Cuba?). A estas alturas, ahorrarle dificultades innecesarias a los cubanos de aquí y allá podría llegar a ser un logro de su mandato.

jueves, 21 de enero de 2021

La oposición del dólar


Tanto mandatarios y legisladores demócratas como republicanos se han mostrado más interesados en aparentar ante sus electores un interés por la situación en Cuba, que en contribuir a un cambio real en la nación caribeña.
Ante un cuestionamiento de este por lo general han saltado las alarmas sobre el “derecho” de Washington para forzar un “cambio” de régimen en Cuba. Solo que más práctico sería preguntarse si ser una superpotencia le otorga a cualquier gobierno de Estados Unidos —no importa si demócrata o republicano— una potestad ilimitada para despilfarrar el dinero de sus contribuyentes.
Por décadas, todo o gran parte de lo que se ha hecho para promover la democracia en Cuba, con fondos norteamericanos, se ha hecho mal. Asombra que la nación más poderosa del mundo sea tan torpe ante un pequeño país, salvo que se abrigue la sospecha que ineptitud no ha sido un pecado sino un objetivo. Es cierto que se entra entonces en la teoría de las conspiraciones, pero son demasiados datos para encerrarlos simplemente en la casualidad y la circunstancia.
Desde los lejanos planes de la CIA para exterminar a Fidel Castro, una y otra vez en este país se ha repetido un esquema similar, difícil de entender fuera de Estados Unidos: la utilización de amplios recursos y fondos millonarios con el objetivo de no lograr nada.
Lo que en muchas ocasiones se ha interpretado como torpeza o franca ineficiencia no ha sido más que la apariencia de un proyecto destinado al fracaso.
Sólo una nación que cuenta con un presupuesto de millones y millones de dólares, puede destinar algunos de ellos simplemente al despilfarro; solo un país poderoso y al mismo tiempo víctima de su prepotencia puede llevar a cabo tal tarea.
En el caso cubano, Washington lo ha hecho con éxito durante décadas.
La consecuencia es que ha surgido un "anticastrismo" que es más un empeño económico que un ideal político, alimentado en gran medida por los fondos de los contribuyentes.
Cuando a finales del siglo pasado la transformación de este modelo se acercaba al punto clave, en el cual la estrechez del objetivo político del grupo del exilio que lo sustentaba hacía dudar de sus posibilidades futuras, la llegada al poder de George W. Bush dilató su supervivencia, al tiempo que impuso un gobierno con una carga ideológica —afín precisamente a los principales beneficiarios del “modelo anticastrista”— como no se conocía en esta nación desde décadas atrás.
La política de extremos pasó a ser la estrategia nacional y no una maldición miamense. En este sentido —aunque no en otros—, la administración de Barack Obama, no hizo más que prolongar una situación heredada.
Desde que Donald Trump se convirtió en presidente de EEUU, el Departamento de Estado ha canalizado al menos $13.954.253 en proyectos relacionados con “llevar la democracia a Cuba”, a través del National Endowment for Democracy, según muestran los documentos. Por su parte, durante la época de Trump, la USAID gastó cerca de $40 millones relacionados igualmente con Cuba.
Los cinco principales beneficiados con esos fondos hasta 2019 (de acuerdo a los registros encontrados en explorer.usaid.gov:) son:
1. Directorio Democrático Cubano, $3.900.000
2. People in Need (República Checa), $1.433.616
3. Grupo para la Responsabilidad Social Corporativa en Cuba, $1.380.000
4. CubaNet, $1.350.796
5. Asociación Diario de Cuba, $1.320.000.
(Fuente: http://cubamoneyproject.com/.../ned-23-million-in-cuba.../)
Por supuesto que —como siempre— el régimen de La Habana continúa acumulado réditos en su poderosa capacidad para prolongar el desastre. Nada cabe esperar de La Habana y cualquier apuesta a favor de una correspondencia de gestos choca contra el muro de la inmovilidad. Pero si todos  los esquemas, originados y financiados desde el exterior, en favor de fomentar la democracia, hasta ahora han fracaso en Cuba, por qué ese empeño torpe en gastar el dinero de los contribuyentes estadounidenses.
Si de algo ha sido ejemplo la isla, es en ser un laboratorio que convierte en fracaso lo que en otras partes triunfa. Desde los lejanos días de la expedición de Bahía de Cochinos, ya era hora para haber aprendido la lección. Lamentablemente no ha sido así, y hay pocas esperanzas de que la nueva administración de Joe Biden haga algo por remediar este entuerto.

El año en que ganó de nuevo la democracia

En 1933, el escritor inglés H.G. Wells predijo que la democracia pronto sería descartada como “demasiado lenta para los enigmas políticos y económicos urgentes, con la ruina y la muerte a la puerta”. 
Si en lo económico la afirmación de las crisis periódicas del capitalismo no ha dejado de perder vigencia, una explicación más amplia es necesaria. Más cuando se conoce que capitalismo y democracia no son términos intercambiables —una falacia neoliberal— y que el totalitarismo o autoritarismo no se definen solo como consecuencia de una crisis económica. (Pese a los ejemplos notables de Alemania y Rusia, el caso cubano no fue simplemente una excepción de la regla sino una manifestación de un fenómeno más amplio.)
Aunque a primera vista las sociedades democráticas parecen estar sometidas a una crónica inestabilidad —dominadas por la confusión y las acciones precipitadas—, una visión en perspectiva muestra los mecanismos que permiten la estabilidad del modelo. A la apariencia de una constante alternancia entre momentos críticos y de parálisis, entre la excitación y la inercia, el rumbo a largo plazo nos devuelve la confianza.
Cuando viajó a América, en 1831, Alexis de Tocqueville quedó impresionado por la calidad frenética y sin sentido de la política democrática. Los ciudadanos siempre se quejaban y sus políticos se lanzaban fanfarronadas interminablemente. El descontento era interrumpido con frecuencia por explosiones de pánico absoluto, a medida que los resentimientos se extendían.
Sin embargo, Tocqueville notó algo más sobre la democracia estadounidense: que debajo de la superficie caótica era bastante estable. El descontento de los ciudadanos coincidía con una fe subyacente de que la política democrática vería los errores y vencería al final. Porque la libertad de expresión incluye el poder decir que la democracia no funciona.
Por ello Tocqueville catalogó esta forma de gobierno como “intempestiva”. Sus fortalezas se revelaban solo a largo plazo, una vez que su energía incansable produce la adaptabilidad que le permite corregir sus propios errores. 
Las democracias pueden parecer “malas” a la altura de la ocasión. Pero lo que hacen bien es cortar y cambiar de rumbo para que ninguna ocasión sea demasiado larga para ellas. 
Aunque no todos comparten igual optimismo.
El sociólogo Sheldon S. Wolin, profesor emérito de la Universidad de Princeton, considera que desde 1980 —cuando el presidente Ronald Reagan prometió "librar al pueblo de la carga del gobierno"—, el partido republicano ha seguido una evolución conducente a Estados Unidos a una paulatina disolución de la democracia en un totalitarismo invertido. Para Wolin, la elección de Barack  Obama fue un ejemplo de “democracia fugitiva”.
Su concepto de totalitarismo invertido es que este, a diferencia del totalitarismo clásico, no nace de una revolución o de una ruptura sino de una evolución dirigida. Su objetivo principal no es la conquista del poder a través de la movilización de las masas, sino la desmovilización de éstas desde el poder, hasta devolverlas al estado infantil, del que ya Tocqueville había advertido que era uno de los peligros de la democracia americana.
Tras el fin de la Unión Soviética (URSS) y de las dictaduras comunistas de Europa del Este, se creyó que dicho triunfo significaba la derrota de las doctrinas rivales a la democracia, y que a partir de entonces se tornaba hasta cierto punto anacrónica la reivindicación de esta.
Poco después se supo que no era así. La oleada de populismo —de ambos signos políticos y múltiples significados— ha supuesto un reto constante al sistema democrático liberal en todo el mundo.
En Estados Unidos, superado el escollo que representó la Administración Trump, al desarrollo pausado pero constante de dicho sistema, los peligros no se han superado sino continúan presentes. Solo cabe esperar que la predicción de Wells siga sin cumplirse.
Si bien es cierto que el vaticinio resultó erróneo, no es menos cierto que las amenazas no han cesado. En la actualidad la sociedad estadounidense ha visto y sufrido una de esas épocas en donde sus valores, pautas e incluso hábitos se ponen en duda a diario. Y aunque con firmeza ejemplar las instituciones democráticas han resistido los embates hacia los extremos, el peligro está lejos de desaparecer.

miércoles, 20 de enero de 2021

Se inicia la era Biden en el ajedrez Cuba-EEUU


La tarea no será fácil, luego de que Donald Trump dictara más de 190 medidas que reforzaron el embargo vigente desde 1962 hasta límites previamente impensables, desmontando buena parte del acercamiento de Barack Obama con la isla, y haciendo sentir un mayor rigor cotidiano a los cubanos en medio de la pandemia del covid-19, informa la AFP.
Para sellar la asfixia, 10 días antes de dejar la Casa Blanca, Trump volvió a meter a Cuba en la lista de promotores del terrorismo, de donde Obama la había sacado, y después sancionó al ministro del Interior
La cascada de sanciones hasta el último minuto incluyó la prohibición de que los cruceros estadounidenses pudieran hacer escala en Cuba, la inclusión en la lista roja de varias empresas y dirigentes cubanos, y castigos a compañías extranjeras que operan en la isla.
Durante su campaña, Biden prometió a Cuba revertir las restricciones de Trump a los viajes y al envío de dinero que los cubanos en el exterior mandan a sus familiares en la isla.
Una “iniciativa calibrada de ambas partes” 
Para Jorge Duany, director del Instituto de Investigaciones cubanas de la Universidad Internacional de la Florida, Biden podría “revertir la reciente decisión de restablecer a Cuba en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo y eliminar las restricciones a los vuelos y las remesas”.
Y a un mediano plazo podría nombrar un embajador “suponiendo que el Congreso, ahora controlado por los demócratas, lo aprobara”, dijo el académico a la AFP.
El experto señaló que el esfuerzo para “normalizar” las relaciones requiere una “iniciativa calibrada de ambas partes”.
En ese sentido, el “Gobierno de Cuba podría avanzar en implantar reformas económicas que permitan mayor participación del sector privado” y “mayor diversidad de opiniones políticas”, según Duany.
La Habana espera que sea Biden quien inicie el acercamiento. Cauteloso, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ofreció su disposición al diálogo abierto, pero sin condiciones.
“Estamos dispuestos a discutir sobre cualquier tema, lo que no estamos dispuestos a negociar y en lo que no cederemos ni un ápice es por la revolución, el socialismo y nuestra soberanía”, dijo el presidente el 17 de diciembre, en el sexto aniversario del inicio del deshielo entre Obama y el entonces presidente cubano, Raúl Castro.
Michael Shifter, presidente del centro de análisis político Diálogo Interamericano, descarta una iniciativa de La Habana.
“Me sorprendería si La Habana toma tal iniciativa, aunque quedara claro su disposición para relajar las tensiones entre ambos países”, dijo a la AFP.
Shifter coincide con Duany en que las remesas y los viajes son el inicio, y que un apoyo económico significativo “dependerá en gran medida de la disposición del gobierno cubano de tomar pasos reales en función de reformas económicas y políticas”.
“Cuba está cambiando” 
Al mismo tiempo que Díaz-Canel se pronunciaba en La Habana, dos centros de análisis y asesoría sobre política exterior publicaron en Washington el informe Estados Unidos y Cuba: una nueva política de compromiso, en referencia a lo que se llamó positive engagement (compromiso positivo), instaurado por Obama y eliminado por Trump.
La Oficina en Washington para Asuntos América Latinoamericanos (WOLA) y el Centro para la Democracia en las Américas (CDA) sugirieron una hoja de ruta para el equipo de Biden, que tiene entre sus integrantes al cubano Alejandro Mayorkas como próximo secretario de Seguridad Interior.
Continuar con las políticas del pasado (...) dejará a Estados Unidos fuera del juego, aislado de sus aliados...
Cuba “está cambiando”, dice el informe, y “Estados Unidos puede tener una influencia positiva en la trayectoria del cambio, pero solo comprometiéndose, creando lazos”.
El texto subraya que “continuar con las políticas del pasado o simplemente modificarlas en los márgenes, dejará a Estados Unidos fuera del juego, aislado de sus aliados, aislado de los cubanos comunes que no sean pequeños grupos disidentes y aislado de la creciente generación de líderes cubanos, quienes darán forma al futuro de la isla”.
Biden podría invitar a Díaz-Canel a la Cumbre de las Américas, que acogerá Estados Unidos a finales de 2021, dice el informe. Cuba participó por primera vez en 2015 en ese foro en su VII edición en Panamá, donde Obama y Raúl Castro sostuvieron un memorable encuentro.
Tras el 20 de enero, el tablero está listo y los relojes detenidos: todos esperan que Biden inicie la primera jugada para empezar a borrar la era Trump.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Algo para recordar: a propósito de Giuliani

En octubre de 2007, Uno de los problemas que algunos exiliados cubanos más conservadores enfrentaban con las aspiraciones de Giuliani para ganar la candidatura republicana era que, aunque por su retórica les parecía perfecto, un pequeño detalle de su historial les preocupaba.
Giuliani debería ser su candidato ideal, pero en Miami no olvidaban que fue el fiscal a cargo del encausamiento y prisión de Eduardo Arocena, dirigente del grupo terrorista Omega 7.
Cuando estuvo al frente de la fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, la oficina de Giuliani acusó a Arocena de confabularse para dar muerte a un diplomático cubano, así como por su participación en atentados dinamiteros en Miami y Manhattan.
 (La información de The New York Times sobre el encausamiento a Arocena aquí. Sobre la sentencia que le impuso un juez aquí.)

Arocena fue sentenciado a cadena perpetua más 35 años de prisión, a lo que luego se agregó otra sentencia de 20 años.

Entre sus cargos estaba uno de conspiración para la fabricación de armas ilegales y 22 cargos de posesión de dichas armas, así como uno de conspiración para construir bombas y 23 cargos relacionados con explosivos o la colocación de explosivos.

Esa visión de Arocena como un terrorista peligroso no era compartida en el sector exiliado más comprometido con la llamada "línea dura''. De hecho, su liberación se mantenía como un reclamo constante, aunque sin consecuencia alguna., 

Los años transcurridos han cimentado el olvido, o en la actualidad no se le da importancia al hecho. Por lo demás estas líneas no deben interpretarse como un reproche a la conducta del entonces fiscal Giuliani.

El virus de los necios


Un amigo me mandó una entrevista (después tuve que entretenerme en borrar las cookies del sitio en que aparece) de una tal Ana Olema, que es una exhibición de ignorancia con exaltación, lo que hizo imposible que llegara al final. Digo “tal” no como muestra de desprecio, sino para dar a entender que la persona a la que se alude es desconocida para quien escribe este texto. Desde hace algún tiempo me preocupa y molesta la insolencia de quienes se preocupan por expresar opiniones sobre este país, con una completa ignorancia política. Parece que los adorna una costumbre —infiero que heredada, aprendida, adoptada— del régimen en que nacieron y se criaron; de la cual alardean con desfachatez e indecoro. Mi problema con gente así no es de divergencia política e ideológica; lo que me molesta es escuchar o leer tanta insensatez.

domingo, 15 de noviembre de 2020

El triunfo de Trump


La impactante falta de detalles, de la cual sus críticos se burlan como ridículamente poco seria en un asunto tan trascendente, no es una deficiencia. Es lo que caracteriza a la estrategia de Donald Trump.
Trump no está presentando un caso estrecho, quirúrgico y legalmente factible para aumentar sus posibilidades de seguir viviendo en la Casa Blanca el 21 de enero (eso es improbable). Tampoco está haciendo esto para ganar la discusión. (es casi matemáticamente imposible). Lo está haciendo, dicen estrategas políticos, observadores de Trump desde hace mucho tiempo y expertos en tácticas autoritarias, para sembrar dudas, salvar las apariencias y fortalecer, incluso en la derrota, el vínculo vital con su base política, de acuerdo a un artículo de Michael  Kruse en Politico.
Y está funcionando. Siete de cada 10 republicanos, según una encuesta de POLITICO / Morning Consult a principios de esta semana, creen que la elección le fue robada a su candidato.
En general, para Trump es tanto una culminación como una continuación: una especie de gran final de los últimos cinco años, en el que ha confiado tanto en tanta irrealidad, y también una pasarela, una especie de efecto decisivo hacia lo que vendrá una vez que deje Washington, DC, y presumiblemente se traslade a Mar-a-Lago para iniciar una pos presidencia que seguramente será diferente a cualquier otra.
Hay mucho en juego, y el daño colateral a la democracia estadounidense podría ser duradero y profundo, pero Trump está haciendo lo que siempre ha hecho. Está tejiendo un mito para sus propios intereses. Está haciendo lo que cree que debe hacer para ponerse al menos en la mejor posición posible para el futuro después de otro fracaso.
“No se trata de ganar la presidencia”, dijo esta semana el expublicista de Trump, Alan Marcus. “Es su estrategia de salida”.
“No se trata de contar los votos”, dijo Rory Cooper, estratega republicano y exasesor de Eric Cantor cuando era líder de la mayoría de la Cámara. “Toda su personalidad se basa en la idea de ganar a pesar de sus décadas de no ganar. Él está constantemente creando una leyenda sobre sí mismo, en lugar de una narrativa veraz. Por lo que no me sorprende que vaya a usar esto para convencer a sus seguidores de que la elección fue injusta y que él sigue siendo el líder de la oposición republicana”.
Añadió: “Tendrá que ocuparse de los problemas financieros una vez que deje el cargo y va a ganar mucho dinero. Va a ganar mucho dinero con los libros. Va a ganar mucho dinero con discursos. Podrá organizar mítines y cobrar por ellos. Dejando a un lado todo lo del Distrito Sur de Nueva York y lo que podría sucederle en Manhattan, solo en el aspecto financiero, el martirio de Trump, martirizarse a sí mismo, es bueno para los negocios”.
Cooper dijo que es imperativo que Trump mantenga activo el potencial para otra contienda electoral en 2024. “Ya sea que quiera hacer eso o no, la idea de que podría hacerlo debe permanecer viva desde el punto de vista de la rentabilidad”, agregó.“Si se mantiene esa posibilidad, se garantiza que él simplemente sigue siendo relevante y permanece en el centro de atención; sigue siendo una fuente de caos, desorden y división, que es en lo que parece prosperar”, dijo Lawrence Douglas, un profesor de derecho, jurisprudencia y pensamiento social de Amherst College, que escribió un libro que se publicó en mayo: Will He Go?
“No está perdiendo”, dijo Marcus. “Está ganando”.
“Honestamente, no creo que pueda estar funcionando de mejor manera para él”, dijo Cooper.
Este comportamiento tiene una larga historia.
“Donald es un creyente en la teoría de la gran mentira”, dijo uno de los abogados de Trump a Marie Brenner para un artículo en Vanity Fair hace 30 años este otoño. “Si dices algo una y otra vez, la gente te creerá”.
Trump es un mentiroso experto. La base de su existencia son las mentiras. No se hizo a sí mismo. No es un buen empresario, gerente o jefe. Pertenece al Establishment, en lugar de estar fuera de este. No ha sido en forma alguna una víctima singular, sino espectacularmente privilegiado y afortunado.
“No es quien dice ser”, de acuerdo a un exejecutivo del casino Trump, Jack O’Donnell, en agosto pasado. “Él es”, afirma el biógrafo de Trump, Michael D’Antontio, “una mentira andante”.
Le sirvió bien cuando comenzó su período previo a su candidatura a la presidencia, hace ahora una década. Trump avivó su potencial político, y sus aspiraciones ya de entonces a una candidatura, en especial y fundamentalmente con el intento de impugnar al presidente Barack Obama, mediante la difusión de una teoría conspirativa racista que ponía en duda la ciudadanía estadounidense del mandatario.
Lo hizo aún mejor durante su campaña de 2016, con su empeño contra los árbitros tradicionales de la verdad, lo que lo que transformó en un impulso a su oferta política. Además de atacar a la prensa y catalogarla de “noticias falsas”, la emprendió contra los funcionarios públicos, titulándolos de “El Estado Profundo”, y a Washington D.C. como “el pantano”. Así como lanzó ataques especialmente insidiosos contra la integridad de las elecciones estadounidenses.
A raíz de su derrota ante Ted Cruz en los caucus de Iowa —solo para empezar—, Trump acusó al senador de Texas de “fraude” y dijo que “le había robado [el resultado electoral]”.
En general, y a medida que noviembre de 2016 se acercaba cada vez más, Trump utilizó con mayor frecuencia de “amañadas” para referirse a las elecciones. En repetidas ocasiones se negó a comprometerse a aceptar los resultados si mostraban que perdió.
Y durante la duración de su administración —por supuesto— ha sido el mentiroso más persistente e impenitente que jamás haya podido sentarse detrás del gran escritorio en la Oficina Oval. 
Trump ha pasado una gran cantidad de su tiempo como presidente hablando y tuiteando sobre casos (mínimos, no comprobados o totalmente inventados) de votaciones ilegales y fraude electoral. Lo hizo en 2016, a raíz de su propia victoria en el Colegio Electoral, cuando insistió en la falsedad de que habría ganado el voto popular “si se deducen los millones de personas que votaron ilegalmente”. Volvió con lo mismo en las elecciones legislativas de medio término. “Se ha notificado con vigor a las fuerzas del orden de que vigilen de cerca cualquier VOTO ILEGAL”, tuiteó el día antes de esas elecciones. Y lo hizo, obviamente, de cara a las elecciones que acaban de concluir.
“Es desafiante”, dijo Jennifer Mercieca, autora de un libro sobre la retórica de Trump, Demagogue for President, “frente a la verdad objetiva”.
Douglas, el profesor de Amherst, lo predijo: “Si bien su derrota está lejos de ser segura, lo que no es inseguro es cómo reaccionaría Donald Trump ante la derrota electoral, especialmente en una derrota estrecha. Rechazará el resultado”, escribió en su libro que salió en la primavera. “La negativa de Trump a aceptar la derrota no es posible ni probable, es casi inevitable”.
“Donald Trump es la gran mentira”, dijo Carl Bernstein en CNN en septiembre. “Él es la gran mentira. Su presidencia es la gran mentira”.
“Es algo así como Goebbels”, dijo Joe Biden en MSNBC unas semanas después de ello, haciendo referencia al jefe de propaganda de Hitler. “Dices la mentira el tiempo suficiente, sigue repitiéndola, repitiéndola, repitiéndola, repitiéndola”.
“Esto es un fraude contra el público estadounidense”, mintió Trump la noche de las elecciones. “Nos estábamos preparando para ganar estas elecciones. Francamente, ganamos esta elección. Ganamos esta elección”.
“Si cuentas los votos legales, gano fácilmente. Si cuentan los votos ilegales, pueden intentar robarnos la elección”, mintió Trump dos días después en lo que el infatigable verificador de hechos de CNN describió como “el discurso más deshonesto de su presidencia”.
La misma falta de especificidad en sus afirmaciones radicales es lo que ha centrado la furia de la base republicana contra las instituciones a las que han sido entrenados para despreciar. Las afirmaciones estrechas, fácilmente refutables, no sobrevivirían mucho tiempo, pero las demandas generales de contar cada voto legal dan cobertura a los líderes del partido en Washington para que pueden imitar al presidente sin temor a la contradicción. Y la recaudación de fondos a nivel nacional probablemente no sería tan efectiva si Trump no estuviera afirmando que el fraude también fue de costa a costa.
“Si TODOS los Patriotas aportan $10, el presidente Trump y el Partido Republicano tendrán lo necesario para DEFENDER las elecciones y GANAR”, dice un mensaje de texto de la campaña de Trump. “Están haciendo todo lo posible para ENGAÑAR al pueblo estadounidense. Te necesito”, dice otro. No decir nada. Solo pedir dinero.
“Salvar las apariencias lo es todo para estos tipos”, expresó Ben-Ghiat, refiriéndose a los líderes autoritarios en general. “La razón por la que llama a todos perdedores”, agregó, refiriéndose a Trump en particular, “es que teme ser un perdedor”.
“No puede conceder”, dijo Douglas, “porque simplemente no encaja con la narrativa que les ha dicho a sus seguidores. Les ha dicho a sus partidarios que hay un Estado profundo que ha estado conspirando contra él para destituirlo de su cargo, desde el momento en que fue elegido, junto con las noticias falsas, y junto con los demócratas radicales, todos han estado conspirando contra él. Y casi sería reconocer a sus seguidores que les ha estado mintiendo todo el tiempo”.
“El escándalo comenzará a desvanecerse”, añadió Cooper. Más pérdidas en los tribunales. Más resultados certificados. Más republicanos en todo el país y jefes de Estado en todo el mundo siguen adelante en el reconocimiento del triunfo de Biden.

sábado, 14 de noviembre de 2020

¿Y si Trump vuelve a intentarlo?


Si la elección presidencial fue un referendo sobre Trump, una decisión suya de volver a intentarlo en el 2024 sería la mejor noticia que podrían recibir los demócratas. Al menos desde la perspectiva de este noviembre pleno de incertidumbre, frustración y esperanza.
No deja de ser una buena salida para el ego de Donald Trump y las aspiraciones de sus partidarios: buscar presentar de nuevo su candidatura presidencial en 2024. Derrotado, pero no vencido —difícil que haya leído a Hemingway—, la idea de un renacimiento ya lo debe estar rondando. Sin que conozca una palabra de mitología antigua, la conducta del Ave Fénix no le es ajena. Una y otra vez ha caído en los negocios, y ha vuelto a levantarse. Más que una trayectoria de empresario exitoso, su ejemplaridad es la del sobreviviente.

Cuidado con él, nunca está liquidado por completo. Si ahora ensaya  un pataleo de apariencia interminable, es porque prepara su futuro. Eso además del rédito político en alargar la derrota, no como desencanto sino cultivando una aparente rebeldía, para que no lo olviden.

Necesario aclarar que lo escrito hasta aquí no es un ejercicio de hastío ni un exorcismo ante el fastidio de no ver cercana una vuelta a la normalidad.

Primero, la existencia de la posibilidad de volver a aspirar. En este país no se puede ser presidente más que en dos ocasiones, pero nada indica que estas tengan que ser consecutivas. De hecho, ya ocurrió. El demócrata Stephen Grover Cleveland lo fue entre 1885 y 1889 y luego entre 1893–1897 (22nd and 24th president).

Segundo, la publicación de la posibilidad. Trump ha estado discutiendo en privado con sus asesores el volver a presentarse en el 2024, según Axios. El senador Lindsey Graham dijo el pasado lunes, durante una entrevista en Fox News Radio, que Trump debería presentarse de nuevo en 2024, si pierde la batalla legal para lograr la reelección este año, según The Hill. Rick Gaetz, un asesor de la campaña de Trump en 2016, señaló que el actual mandatario “va a continuar desempeñando un papel significativo dentro del Partido Republicano”. Agregó que Trump probablemente “consideraría seriamente otra postulación en 2024”, según USA Today.

Claro que todo ello puede limitarse a otra muestra de wishful thinking ante la derrota, pero es iluso pensar que Trump desaparecerá del panorama político de este país cuando deje la presidencia. Y dada su personalidad —y a los 70 millones que votaron por él—, tampoco creer que se dedicará al rol común de quienes lo antecedieron.

Para intentar volver al poder, Trump necesitará algo más que el Twitter y las redes sociales: crear una cadena de televisión que sustituya al papel de Fox News, que al final demostró ser un verdadero centro noticioso, con independencia de  comentaristas y anfitriones. Alguien tendrá que mostrarle que el viejo principio de Lenin —que Fidel Castro puso en práctica con sagacidad y determinación— mantiene su vigencia: para hacer una revolución —y eso, en resumidas cuentas, ha sido el intento de Trump, aunque a su manera— es necesario un órgano de prensa. Pero para ello hacen falta muchos millones y él o no los tiene o no va a arriesgarlos.

Hay dos factores que dificultarán tal empeño. Uno es que la corte de Manhattan lo va a tener algo ocupado —y preocupado— cuando salga de Washington D.C. Otro es que este país —lamentablemente quizá— es implacable con los perdedores, y aunque se empeñe por demostrar que no lo es, al final perdió.

Hay figuras más jóvenes dentro del Partido Republicano, que buscarán protagonizar un trumpismo sin Trump. De momento, el mejor ejemplo en este sentido es el senador Ted Cruz. Su defensa en estos días de la supuesta victoria presidencial republicana tiene poco que ver con un mandatario al que posiblemente deteste y mucho con su interés en posesionarse como un heredero espurio.

¿Y esto beneficiará a los demócratas? El fantasma de una vuelta de Trump serviría para unir a un partido que, desde los primeros días de un nuevo mandato,  comenzará a evidenciar las señales de división, discordia e intereses diversos que solo ha podido eclipsar el rechazo común al republicano. En cualquier caso, si ocurre, será sobre todo entretenido verlo.

martes, 10 de noviembre de 2020

Barr se suma al equipo del caos


Una de las peores consecuencias de un gobernante autoritario, o con tendencias autoritarias —y la carencia de precisión en estas dos formulaciones es porque hay un amplio registro donde caben múltiples ejemplos pero que de momento es mejor no establecer comparaciones— es no solo amparar sino alentar la ignorancia. En estos días la ignorancia abunda, crece a diario en las redes sociales y particularmente entre los seguidores de Trump.
Hay en marcha toda una maquinaria orquestada para fomentar la confusión y el miedo, con el objetivo de revertir un proceso democrático.
Como parte de ese proceso, algunos legisladores y funcionarios del actual gobierno juegan una carta donde al tiempo que cumplen objetivos políticos e ideológicos —quizá hasta órdenes o simplemente se ponen a tono con los deseos del mandatario—, tratan de aparentar un mínimo de dignidad desde hace tiempo perdida o sin mucho interés en conservar. El secretario de Justicia, William P. Barr, es el ejemplo más conspicuo. 
Desde su llegada al cargo —ese cargo que según él no buscaba, y así alardeó con falsedad durante su proceso de confirmación— Barr se ha destacado en desempeñar dicha función sibilina. Solo lo supera el senador Mitch McConnell, pero para este el papel de cancerbero del Partido Republicano en el Senado —y su exitosa tarea tanto en poner trabas como en hacer avanzar una agenda reaccionaria— tiene un desempeño más ilustre, aunque despreciable para quien esto escribe.
Barr es simplemente el sabueso de turno. Lo hace bien, pero cada vez se enloda más en ello.
El secretario de Justicia autorizó el lunes a los fiscales federales para que investigaran “alegaciones específicas” de fraude antes de que se certifiquen los resultados de las elecciones presidenciales en los estados.
La autorización de Barr tuvo como resultado inmediato que el funcionario del Departamento de Justicia a cargo de la supervisión de las investigaciones de fraude electoral, Richard Pilger, renunciara a las pocas horas de conocerse el anuncio.
Sin embargo, Barr aclaró en el memorando de autorización que ello no significa dar carta blanca a cualquier acusación, alegación o rumor.
“Las afirmaciones engañosas, especulativas, fantasiosas o inverosímiles no deberían ser una base para iniciar investigaciones federales”, dice el texto.
Así que el reproche al secretario de Justicia se limita al hacerse eco de una intención más que a iniciar persecuciones, cosa que no ha hecho.
Solo que la acción del fiscal general ha promovido gritos de euforia y falsas esperanzas —hasta ahora no justificadas— de revertir el resultado electoral.
Por ejemplo, un funcionario del Departamento de Justicia dijo que Barr había autorizado el escrutinio de las acusaciones sobre votantes no elegibles en Nevada y las boletas electorales llegadas tras el día de las elección en Pensilvania, de acuerdo a The New York Times.
En ambos casos, se trata de reclamos que los republicanos han hecho circular en días recientes, pero sin mostrar prueba alguna que los sustenten.
Dadas las cifras de los resultado electorales, ya computados en ambos estados, se trata de un ejercicio destinado a entretener a los partidarios de Trump con la apariencia de un triunfo que le quitaron, el wishful thinking de que su líder ganó y la ración diaria de nuevas sospechas.
Solo que al mismo tiempo ello contribuye al clima de desconfianza, cinismo y caos que busca alentar Trump, como una forma para mantenerse en el poder.
El papel de un funcionario público debe ser todo lo contrario a alimentar ese clima. Pero Barr ha escogido otro camino.

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