martes, 26 de septiembre de 2006

UNA SUPERSTICION CARIBEÑA


AL ESCRIBIR EN fecha reciente un artículo en El Nuevo Herald, en que planteaba la necesidad de una aproximación a la obra martiana alejada del mito (Enterrar a Martí), recibí muchos mensajes en desacuerdo, que fueron de la ira a la crítica.
El enojo o la necesidad de aclarar que estaba en un error motivó también varias artículos en respuesta, la mayor parte de exiliados y uno del director de la Biblioteca Nacional, Eliades Acosta Ramos.
De los escritos en el exilio y que he podido leer, sólo el del escritor Félix Luis Viera, Con Martí, adelante (publicado en La Nueva Cuba y reproducido en este blog) me pareció que analizaba puntos de vista y valoraciones sobre la figura y la obra martiana. Los otros estaban más cerca del Martí de las imágenes y bustos polvorientos de casas y escuelas que de una discusión seria.
Sin embargo, el artículo de Acosta Ramos, Havami: la ciudad imposible, marcha por otro rumbo. Aunque me vincula erróneamente a dos temas que yo he tratado de forma distinta: por un lado Martí y por el otro la referencia que hice en este blog a la propuesta de anexar Cuba a Estados Unidos, idea que he dejado bien claro en más de una ocasión que yo no apruebo, establece un vínculo que merece el análisis. Este nexo, por otra parte, en el caso del director de la Biblioteca Nacional responde no sólo a una lógica sino también a una ideología.
Tanto los miembros del exilio como los representantes del régimen de La Habana encuentran en el mito martiano un elemento fundacional que no debe ser cuestionado: Martí se constituye (lo ha sido por muchos años) no sólo en la base sobre la que se levanta el ideal (republicano o revolucionario según el caso) y en el canon literario imprescindible.
En lo que respecta al canon literario, creo que Martí es un pilar, pero no el centro del universo cultural cubano. Agrego que considero que en la literatura cubana no existe una figura similar a Shakespeare, Dante o Cervantes, con igual facilidad para echar a un lado los rivales.
Desde el punto de vista literario, Martí establece un canon por el valor indiscutible de su escritura, pero no cuenta con una obra que nos permita considerarlo como punto de referencia indiscutible. Desde el punto de vista de la narrativa, ésta es limitada y menor. Su teatro es pobre y su poesía enfrenta la competencia de Heredia y Casal. Es en los ensayos, críticas, crónicas, artículos, discursos y conferencias, así como en su extraordinario Diario de Campaña, donde alcanza su definición mayor.
No se trata de rebajar a Martí, sino de separar una valoración de su obra del peso ideológico.
Porque la ideología martiana tampoco puede ser tomada como una guía a seguir libre de altibajos.
Si bien el pensamiento martiano y su práctica revolucionaria está marcados por los ideales democráticos, el desinterés y el rechazo al caudillismo, hay en su exaltación al heroísmo y en su concepción simplista del indígena y el “hombre natural” una tendencia exaltada que incluso puede resultar peligrosa, cuando de ella se apropian -como ha ocurrido innumerables veces- demagogos y populistas.
El mesianismo martiano y su romanticismo político pueden resultar funestos. Su sobrevaloración del campo frente a la ciudad y el culto a la pobreza son conceptos arcaicos.
La lucidez de su análisis de la Conferencia Monetaria Interamericana de 1890 (un texto que mantiene su vigencia en esta época de tratados de libre comercio entre los países latinoamericanos y Estados Unidos) contrasta con el exceso de metáforas, alegorías y símiles de Nuestra América y Madre América, en donde se sueña más que se describe una identidad nacional y latinoamericana ficticia, alejada de la realidad e imposible de alcanzar.
Es lógico que el gobierno cubano no sólo defienda el culto al héroe y al sacrificio que domina en la obra martiana, sino que desde el principio lo incorporara a su agenda política. Cabe agregar en este sentido que el régimen de La Habana no distorsiona sino desvirtúa el pensamiento de José Martí.
No es de extrañar que exista la necesidad, en una literatura cubana alejada de los patrones gubernamentales, de ampliar fronteras y agregar temas y figuras. No en el sentido de la famosa frase de mantener el tronco (“Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”) sino de un modo abarcador y sin cortapisas.
Jorge Luis Borges, por ejemplo, puede ser mucho más importante para cualquier escritor cubano que Martí. Por cierto, creo que leí en una ocasión que el poeta argentino consideraba al cubano una “superstición caribeña”. No hay duda de que Borges era un hombre agudo.

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