lunes, 4 de diciembre de 2006

EL TEMOR A LAS ARMAS BIOLOGICAS


EL TEMOR DE que Castro pudiera contar con instalaciones capaces de desarrollar armas biológicas recorre los pasillos de Washington desde hace varios años.
En 1981 y durante una visita a la Unión Soviética (URSS), Castro logró que el entonces premier Leonid Brezhnev entregara a la isla los equipos y la asistencia técnica necesarios para la creación de una industria biotecnológica. El interés primordial de Castro pareció ser entonces la producción de la sustancia interferón, para investigar su empleo y comercialización en el tratamiento del cáncer.
En 1999 un desertor soviético —ex coronel del ejército y ex subdirector del programa de armas biológicas de la URSS— afirmó que Cuba venía “produciendo armas biológicas desde hacía diez años”.
Este experto —que mientras existió la URSS se llamó Kanatjan Alibekov y al llegar a EEUU en 1992 cambió su nombre por Ken Alibek— acababa de publicar un libo, Biohazard (Peligro Bacteriológico). Antes había laborado como asesor del Departamento de Defensa y de la CIA y ahora trabajaba en la producción de medios de defensa contra las armas bacteriológicas.
En declaraciones al diario El Nuevo Herald, el 12 de julio de 1999, el ex mayor de la inteligencia cubana Florentino Azpillaga dijo haber visitado una mansión en la zona de Cubanacán, en La Habana, utilizada como laboratorio para desarrollar armas bacteriológicas. Agregó que en otra ocasión escuchó a Castro decir que Cuba utilizaría armas bacteriológicas contra EEUU si se viera atacada o amenazada.
En octubre de 2001, Alibek —que ya para entonces, y gracias a la ayuda de varias donaciones federales, contaba con su propio laboratorio (Hadron Advanced Biosystems Inc,) con 35 empleados— declaró en una audiencia congresional que la isla tenía “la intención de desarrollar armas biológicas mediante la ingeniería genética” y que Washington conocía de la capacidad cubana al respecto.
Ese mismo mes, José de la Fuente —un desertor cubano que fue fundador del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de La Habana, y su director de investigaciones desde 1991 hasta 1998— escribió en la revista Nature Biotechology que entre 1995 y 1998 la isla había vendido biotecnología “letal” de doble propósito a Irán.
En noviembre de 2001, el subsecretario Bolton participó en una Conferencia sobre Armas Biológicas en Ginebra.
Al hablar sobre el tema del bioterrorismo, citó a seis naciones que preocupaban a Washington: Irán, Irak, Libia, Corea del Norte, Sudán y Siria. Cuba no fue mencionada.
En marzo del año siguiente, el secretario adjunto Ford testificó sobre la capacidad para producir armas biológicas en ocho países. También se refirió al “esfuerzo limitado de desarrollo e investigación” cubano.
Esta formulación es la que luego fue alterada por Bolton y vuelta a citar textualmente por Ford —en el episodio que de nuevo ha ocupado los titulares de la prensa tras la nominación del primero.
Por último, en septiembre del 2004, el diario The New York Times publicó una información que afirmaba que “la comunidad de inteligencia había concluido que en la actualidad no se sabía con certeza si Cuba poseía un programa en ejecución de armas biológicas”. El artículo agregaba que en la nueva evaluación del caso, la comunidad de inteligencia “continuaba creyendo que Cuba contaba con la capacidad técnica para desarrollar algunos aspectos de un programa de armas biológicas ofensivas” y citaba un agente de inteligencia no identificado.

La información sobre la existencia de un programa de armas biológicas ofensivas, por parte de La Habana, siempre ha chocado con la misma piedra. La carencia —al menos en lo que se conoce públicamente— de pruebas objetivas que disipen las dudas.
La evaluación de los expertos nunca ha sido concluyente. Los testimonios de los desertores no han podido ser verificados de forma independiente. Luego de la guerra de Irak, han aumentado las precauciones a la hora de analizar los datos provenientes de exiliados y opositores a cualquier tiranía.
A raíz de las declaraciones de John Bolton en el Heritage Institute, De la Fuente dijo a The Miami Herald, el 8 de mayo de 2002, que mientras estaba en Cuba no había escuchado información alguna relacionada con la intención de “desarrollar armas bacteriológicas en Cuba”, que lo que él consideraba preocupante era la transferencia a Irán de una tecnología que pudiera ser usada con ese fin luego de ser vendida. Seis días más tarde, el 14 de mayo, afirmó al mismo diario: “Bolton no ha brindado prueba alguna”.
¿Cómo explicó Bolton su afirmación, al dar por cierta una amenaza cuando sólo se conocían indicios no comprobados? El ex subsecretario ha declarado que la detención de una espía al servicio de Castro lo llevó a reafirmar sus sospechas de que las evaluaciones de inteligencia realizadas por el Pentágono eran muy favorables al régimen de La Habana.
El arresto de Ana Belén Montes, el 21 de septiembre de 2001, conmocionó a la comunidad de inteligencia norteamericana. Montes era la principal analista sobre asuntos cubanos de la Agencia de Inteligencia del Departamento de Defensa (DIA). Ahora es el agente castrista de más alto nivel capturado y sentenciado por EEUU. Acusada de informar al gobierno de La Habana de al menos la identidad de un agente encubierto de EEUU en la isla, comunicar detalles de reuniones confidenciales sobre defensa nacional y maniobras militares, su caso ha dejado muchas interrogantes sin despejar.

Sentenciada a 25 años de prisión el 16 de octubre de 2002, Montes rehusó pedir disculpas por sus actos. Se desconoce también si la información brindada por ella tras su arresto ha permitido evaluar el daño causado por sus actividades, poner al descubierto a otros agentes castristas y alertar sobre la existencia de nuevas redes del espionaje cubano. Hasta el momento, la respuesta de EEUU se ha limitado a la expulsión, en noviembre de 2002, de cuatro diplomáticos cubanos.
Por su parte, La Habana ha preferido mantener una total discreción sobre el caso. Una semana después de la sentencia de Montes, el 19 de octubre, el canciller cubano, Felipe Pérez Roque, reconoció los vínculos de ésta con la isla. Agregó que ella había actuado “movida por la ética y un considerable sentido de justicia”.
Desde entonces, en contadas ocasiones se ha mencionado en La Habana el nombre de Ana Belén Montes.
El arresto y condena de Montes intensificó la continua crítica de algunos legisladores, funcionarios de Bush y exiliados sobre los informes de inteligencia elaborados en Washington —especialmente los del Pentágono— respecto al peligro que pudiera significar Cuba para EEUU.
Montes participó en la redacción de un controvertido informe del Pentágono —entregado al Congreso en marzo de 1998— donde se afirma que La Habana no representa una amenaza para la seguridad nacional norteamericana. El documento no fue bien recibido por el exilio de línea dura. Luego que se conoció la existencia de la espía, quienes desde el principio criticaron la evaluación han afirmado una y otra vez que sus sospechas se han visto corraboradas por los hechos.
Con el tiempo ha empezado a quedar claro que la misión de Montes fue principalmente el ofrecer información al gobierno cubano, al tiempo que mínima su influencia en la toma de decisiones y en la elaboración definita de políticas hacia Cuba. Informes posteriores, realizados sin la participación de ésta, han confirmado la misma apreciación sobre la capacidad ofensiva del régimen de Castro.
Hay, sin embargo, un hecho innegable. Montes pertenecía al grupo de trabajo interagencias sobre Cuba. Otro miembro de este grupo era Fulton Armstrong, el analista de la CIA que criticó el discurso de Bolton sobre la amenaza bioterrorista de La Habana. Armstrong es uno de los expertos que supuestamente Bolton trató de que fueran despedidos (en este caso que la CIA lo sacara de la nómina).
Armstrong es un analista con 20 años de experiencia. Su nombre salió al dominio público por primera vez en las audiencias sobre Bolton —algunos consideran que de forma inapropiada, ya que se encuentra trabajando como agente encubierto en el exterior—, pero su labor no es ajena a los académicos y periodistas dedicados al tema cubano.
El periodista Rui Ferreira —muchas de sus informaciones sobre espionaje aparecidas en El Nuevo Herald han sido utilizadas para la elaboración de este artículo— lo conoce desde hace algunos años y lo considera un especialista certero y capacitado.
Con un dominio perfecto del mandarín y el español, Armstrong trabajó en la Oficina de Intereses de EEUU en La Habana a finales de los años 80. Luego desempeñó el cargo de director del Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional para un área que incluía a Cuba. En 2000 fue asignado como principal analista de inteligencia para América Latina del Consejo Nacional de Inteligencia (NIC). Durante esos años realizó informes de inteligencia sobre Cuba, Nicaragua, Haití y Venezuela.
Según la publicación neoconservadora The Weekly Standard, Armstrong escribió un estudio sobre inteligencia para la CIA en 2002, ya desclasificado. El estudio destaca la existencia de cuatro prioridades diferentes en los asuntos de interés nacional, de las cuales sólo dos son de una “importancia estratégica genuina”.
Armstrong califica a las medidas políticas de EEUU hacia Cuba en la tercera de estas categorías. Estas medidas no están, por lo tanto, destinadas a resolver un problema de prioridad nacional. Todos los asuntos concernientes a la isla —así como las respuestas de Washington— carecen de lo que el analista considera una real importancia estratégica.
Dice Armstrong: “En ocasiones, cuestiones que no afectan a la nación en su conjunto son elevadas a la categoría de interés nacional debido al poder de los electores. Al tiempo que en un sentido general son consistentes con el interés nacional, estas prioridades políticas favorecen a los intereses de un grupo sobre otros. Estos electores presentan de una forma muy activa sus enfoques [sobre una cuestión considerada de interés nacional], pero sus opositores consideran éstos soslayan aspectos más importantes”.
Luego se pregunta: “¿Debe un analista aceptar el punto de vista de intereses muy particulares y limitados, como una expresión válida del interés nacional, cuando una administración parece apoyarlos?”.
Es este tipo de enfoque el que provocó que durante el primer período del gobierno de Bush, Bolton y Otto Reich —entonces secretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental— trataran de que Armstrong y otros fueran trasladados y dejaran de brindar sus servicios como analistas para el Departamento de Estado.
No hay que olvidar que el mismo día que Bolton lanzó su acusación sobre el supuesto bioterrorismo cubano, Reich, sugirió la implicación de La Habana en los acontecimientos que produjeron el regreso al poder del presidente venezolano Hugo Chávez, tras una breve salida del poder.
Reich afirmó que poseía informes de que cuatro aviones cubanos habían aterrizado en el aeropuerto venezolano de Maiquetía [en la mañana del 12 de abril de 2002], “cuando el resultado de esta alteración del orden constitucional todavía estaba en duda''. Y luego agregó: "¿Qué estaban haciendo allí, qué estaban llevando?, no sabemos''.
Posteriormente la administración norteamericana tuvo que aclarar que se trataba de informes no confirmados. Luego se supo que la información sobre los aviones era falsa.
Durante años, los partidarios de una línea dura frente al gobierno de Castro han tratado de fundamentar la supuesta amenaza que Cuba representa para EEUU sobre tres aspectos: el narcotráfico, la capacidad militar y el bioterrorismo. En determinados momentos, estas acusaciones no han carecido de fundamento, en un sentido general. Pero siempre su valor ha disminuido —o se ha perdido por completo— ante la imposibilidad de presentar una base sólida y demostrable que las sustente.

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