miércoles, 26 de noviembre de 2008

Parábola de la caída


Mientras los exiliados cubanos triunfan en los negocios, conquistan posiciones elevadas en todas las organizaciones públicas y privadas del país al que emigran y se destacan en las profesiones más diversas, no logran aún la transformación democrática de la patria ni incluso adoptar una actitud más tolerante hacia las opiniones ajenas.
Somos excelentes administradores y negociantes y pésimos luchadores políticos. Magníficos profesionales, pero incapaces de mantener el rumbo democrático de un país.
La existencia de decenas de años de gobierno castrista nos ha dado nuestra justificación mayor: el extender un manto piadoso sobre los diversos períodos en que una y otra vez se intentó refundar la república, reiniciar el proceso constitucional, empezar casi de cero en el orden institucional. No se trata de postular una sociedad estática, sino de enfatizar la necesidad de una estabilidad, que Cuba ha estado siempre lejos de alcanzar.
Más que un interés por el avance a pasos lentos y sistemáticos, parece ser característico del cubano el afán por acabar con todo para hacerlo todo distinto. Borrón y cuenta nueva. El mito del ave fénix. Vocación heroica, ideal mitológico. Revolucionario por naturaleza.
Como las sociedades más estables no se construyen a golpes de héroes, nos quedamos siempre cortos.
Cuando saltamos la barrera de la exaltación y queremos llevar los ideales a la práctica, nos limitamos a esquemas alejados de la realidad; nos rodeamos de patrones erróneos, sólo justificados por la sonoridad de una frase, acabamos encerrados en las limitaciones cotidianas.
Es entonces la hora de arribistas y demagogos, que repitiendo un discurso hueco sacan provecho de nuestras virtudes y debilidades.
Porque a toda esta idealización e intenciones sublimes se contraponen actitudes mucho más apegadas a la realidad, que se imponen en la práctica y han hecho que en la política cubana siempre tengan mayores posibilidades de triunfo los vivos y los villanos.
Las raíces de la valoración exagerada de lo propio y la justificación a priori de nuestros defectos se remontan a la herencia hispana y al surgimiento y desarrollo tardío del capitalismo de libre empresa en los países de habla española, tanto en España como en Latinoamérica.
La sobrevaloración de nuestra identidad se ha convertido en un recurso eficaz en días difíciles, pero también en una limitación a la hora de conocer y analizar nuestras capacidades.
En nuestra nacionalidad se anidan no sólo expresiones positivas y creadoras, sino también valores y sentimientos perniciosos, dispuestos a aflorar cuando las circunstancias lo permiten: llevamos el diablo en el cuerpo.
En todos estos casos, junto al fanatismo los pequeños resentimientos, tras el afán heroico las mezquindades y los prejuicios. Junto a los dirigentes políticos, generales y miembros de los cuerpos represivos, a la par de funcionarios y oportunistas, han estado siempre —“brindado su apoyo desinteresado”— pequeños seres que no han obtenido grandes beneficios y privilegios, salvo el placer de satisfacer sus rencores y envidias: los porteros que en Cuba eran fieles guardianes a la puerta de los restaurantes, quienes se complacían en no dejar entrar a nadie, pero se inclinaban ante un uniforme verde oliva de un militar que ni siquiera se molestaba en mirarles; los encargados de distribuir los trabajos voluntarios entre sus compañeros de trabajo, mientras los miembros del Partido apenas se excusaban de no asistir debido a sus “urgentes reuniones”; los delatores de cuadra y los que asistían indolentes a gritar y ofender a quienes se atrevían a disentir del sistema. Si no llegaron más lejos en su bajeza, fue en muchos casos porque no se les pidió hacerlo.
Algunos de ellos un día marcharon al exilio y quizás nunca se han cuestionado que hicieron su pequeño mal de forma gratuita e injustificada. Son los que participaron en actos de repudio mientras aguardaban la llegada de un bote por el puerto del Mariel; los que aún hoy asisten a las manifestaciones, mientras alientan en sus corazones la esperanza de ganarse una visa en la lotería de la Oficina de Intereses.
Son también las flores del destierro, que en Miami se creen con derecho a dictar pautas sobre lo que debe hacer cualquier exiliado recién llegado, sin haber hecho nunca nada por impedir este exilio.
Se habla sobre la necesidad de juzgar, condenar o perdonar a todo aquel que en determinado momento ejerció un papel más o menos destacado durante estos largos años de régimen castrista, que pese a todo no culmina. De igual importancia es analizar la miseria humana que nos impulsó o nos conduce a cometer cualquier pequeña infamia. Miserias humanas en el exilio y en Cuba. Un año a punto de terminar y aún sin aprender a respetar la opinión del contrario.
Fotografía: fotografo ambulante en La Habana.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

creo q lo mas importante es q cuba renazca d las cenizas en q se encuentra,quien, como , eso se arregla por el camino,errores ,mal intencionados,buenos y regulares lo habra son el mal necesario para coger el trillo d la vidapq aquello no aguanta mas,q los gobernantes asumen una actitud digana y se vayan

Anónimo dijo...

espero que pueda salir este gran analisi sobre la realidad cubana el lunes el nuevo herald..creo que puede ser de una gran utilidad para todos lo cubanos de buena voluntad..gracias por toda tu contribucion y tu efuerzo por hacernos pensar con mas claridad

Anónimo dijo...

La mejor forma de que se adapten a la realidad los exiliados cubanos es dandole tiempo y permiso para que cuando mejore la cosa alla, crucen el charco al reves y desaparezcan de Miami para q esto mejore al menos espiritualmente.

Anónimo dijo...

Bueno. anonimo 9:57, si los cubanos cruzan el charco al revez, como tu dices, entonces si se jode La Florida, porque con la cantidad de indios nicaraguenses y salvadorenos que hay ahi, eso se convierte en pantano otra vez.

Unknown dijo...

En ocasiones me siento lejos de la realidad de Cuba, y de la realidad de Miami, pero no por ello dejo de ser, de muchas maneras, un exilado. Vivo en Brasil, los años pasan, a cada dia estoy más aplatanado, brasileirizado, y tengo miedo de que de aqui a 40 años, sea un viejo inmigrante, un tipo con acento diferente, con nostalgia de su país de origen, y que nunca hizo nada para volver a tener Pátria. Dejé hace tiempo de quejarme de Cuba. Espero ver mi tierra erguirse de una vez, pués estamos hace 150 años queriendonos levantar, y para eso vamos a tener que contar con estos 150 años, con los otros 370 años anteriores, y tendremos que observar la idea que la historia es un contínuo, y que se hace a los pocos, todos los dias. Borrón y cuenta nueva, definitivamente no funciona.

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