viernes, 27 de julio de 2012

Mórbida


En diciembre de 2011 Cubaencuentro destacaba la publicación, en el blog Diletante sin causa, de una reseña de Roberto Madrigal sobre la cinta Melancholia, de uno de mis directores actuales favoritos, Lars Von Trier. Por entonces le dije a Madrigal que yo también había pensado escribir sobre la película, pero que me tuvieron dos cuestiones. Una la señalaba él también, y era que me había parecido un truco gastado el uso de Tristan e Isolda como parte del fondo musical. Roberto lo expresaba en estos términos: “La composición de imágenes que realiza el director, Lars Von Trier, acompañadas de la música de Tristan e Isolda son hermosamente sobrecogedoras (aunque la idea de usar a Wagner para augurar con énfasis el desastre pendiente me parece un poco gastada)”.  La otra es que estaba en Madrid durante todo el lío de Cannes por unas declaraciones desafortunadas de Von Trier sobre Hitler. Por supuesto en los periódicos y la televisión española esas cosas se comentan mucho mas que en Miami, y a causa de cierto rezago provinciano por vivir en esta ciudad, o porque realmente la prensa estaba sacándole todo el jugo al escándalo, empezó a fatigarme el tema. A ello se unió que los redactores de la Cahiers du Cinema española se habían enamorado de la película. Esa revista ⎯y me refiero a la versión en español, no a la original francesa⎯ me parece bastante tonta ahora. Sin embargo le decía a Madrigal que la película, desde el punto de vista visual y en cuanto a sus actuaciones, me parecía deslumbrante. Un año y medio más tarde este criterio no ha hecho más que reafirmarse. En primer lugar por la belleza de ambas protagonistas. Además de  un desempeño extraordinario como actrices, en el aspecto físico y sin tener que apelar a gestos y expresiones salvo en situaciones extremas, el director consigue que Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg se complementen en cuerpos y rostros, al presentar todos los matices que van de una serenidad deslumbrante al temor terrenal ⎯nunca antes las palabras etérea y cotidiana han tenido una significación más precisa⎯, sin tener que recurrir a lo que tradicionalmente se conoce como la labor de actuación. De esta manera, no representan un modelo y mucho menos un estereotipo. Los papeles de ambas hermanas, intercambiables a veces, adquieren una gama que sorprende al espectador tras las escenas iniciales que lo preparan para todo lo contrario: encontrar un discurso marcado por una bipolaridad tanto afectiva como mórbida en lo social. En este sentido, la actuación también ejemplar de Kiefer Sutherland enriquece al tiempo que simplifica la trama.
Todo lo anterior no hace más que reforzar el hecho de que nos encontramos ante un director no solo talentoso sino también inteligente, pero cualquier discusión intelectual queda superada por un valor único: Melancholia es una cinta de una belleza que no se detiene en el deslumbramiento, sino admite la contemplación repetida.

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