viernes, 30 de agosto de 2019

El extraño y el ciclón


Desde hace un par de días este ciclón, del que no acabo de aprender su nombre pero que reconozco cada vez que veo en la pantalla, me hace sentir extraño. No es la primera vez que ocurre. La sensación se agudiza cada año que pasa. Aquí en Miami —ocurrió después de Andrew, hace ya tanto—, cada vez que se aproxima un huracán se desata otro en gasolineras y supermercados. Como los pronósticos son cada vez más tempranos, una semana antes se vuelve imposible echar gasolina, comprar una botella de agua, siquiera una lata de salchichas. Para los que no nos ocupamos de hacer facturas semanales, presupuestar los gastos hogareños o planificar el menú se vuelve una pesadilla. Por otra parte están los vecinos. Con ellos  se repite esa mezcla de envidia y desprecio. Ahora mismo, hoy viernes por la noche, llevo horas escuchando taladros que con barrenas, espigas y puntas de destornillador vulneran las paredes —imagino que para colocar planchas o tablas protectoras— y me hacen recordar la consulta de cualquier dentista. Me pregunto las razones para tal furia —¿no se supone que terminaron su semana laboral, que es “viernes social”, la noche ideal para salir con la novia, los amigos; en fin, la esposa—;  cualquier pretexto mejor para perder el tiempo que dedicar tantas horas al taladreo, el martillar, desatar la furia desmedida contra un huracán que no los amenaza directamente, que nos afectará con sus vientos más fuertes contra los cuales es inútiles protegernos, que si acaso inundará nuestras calles, avenidas, estaciones de bombeo, transformadores eléctricos, servicios de comunicaciones, cajas de control de semáforos, tragantes y otros equipos que no están debidamente protegidos desde hace años por avaricia corporativa, ineficiencia burocráticas y porque los políticos locales se sienten invulnerables y más allá de esos problemas. Porque siempre las soluciones que se buscan es que uno compre una planta eléctrica propia, almacene gasolina —eso sí, con los bidones adecuados— o emprenda unas vacaciones temporales en otro estado. Claro que en gran medida la culpa es de la televisión —pero eso ya lo he escrito varias veces y no lo voy a repetir ahora, porque esa vocación de quedar como un idiota como que molesta un poco—, la cual logra en estos casos traspasar barreras ideológicas, diferencias de idiomas y preferencias políticas: no importa si uno mire a la izquierda o la derecha, le trompe-l'œilse concentra en la tormenta que está a días de distancia, a un espacio de decenas de horas, kilómetros o millas de tiempo por venir. Ayudan siempre los reporteros empapados bajo la lluvia inclemente, los múltiples mapas, los indispensables gráficos. Luego vienen los políticos, porque no hay certeza mejor en el laberinto de la política estadounidense que la necesidad de prestar atención a los ciclones —no hacerlo fue peor para George W. Bush que desperdiciar tantas vidas en Irak—. Y de pronto se encuentra que ese político al que uno le negó el voto en la pasada elección, de verdad lo hace bien frente al mal tiempo ahora; y se anota en la libreta para la próxima, aunque luego se olvide. Pero lo mejor y lo peor es ese sentimiento de que uno se siente soberano de la verdad, que mira con desprecio a otros en la fila para comprar agua y que acude renegando al estacionamiento del supermercado al que acude en la búsqueda de comida enlatada. Que luego se vanagloria por el tiempo perdido y las maldiciones —porque sabía que era inútil adquirir más baterías— y por un par de días se vanagloria por tener razón. Porque al final para uno lo más importante durante la espera del ciclón es eso, el minuto de desprecio en que no se acerca y pasa de largo. Aunque lo más importante no. Lo segundo en importancia. Porque lo primero es disfrutar de la duda, la impaciencia, la certeza de que uno está en lo cierto y los demás son imbéciles… ¿y si no? 

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