miércoles, 28 de agosto de 2019

La vieja y nueva lucha entre neoliberalismo y mercantilismo


Si la caída del Muro de Berlín marcó el fin de buena parte del mundo comunista, la crisis financiera de 2007-2008 también significó el fin de una era, esa en que estudiosos y charlatanes se mezclaron con la intención de convertir al mercado en un nuevo dios al que había que obedecer y respetar sin interferir nunca en sus designios.
Mientras que el comunismo duró varias décadas, el neoliberalismo disfrutó de una vida mucho más breve y feliz. Bastó que las cosas comenzaran a marchar mal para que los banqueros, y quienes los representan en Washington, se sintieran obligados a llamar a la caballería al rescate.
A la hora de las ganancias, hay que respetar al capital privado. Pero al llegar el momento de las pérdidas, ahí está el Estado —benefactor de los ricos y corporativo en esencia—  para cargar las cuentas sobre las espaldas de los contribuyentes.
Desde el punto de vista histórico, el liberalismo surgió como una superación del Estado mercantilista, con una economía de libre mercado, basada en la división del trabajo, carente de influencias teleológicas e impulsada por el egoísmo individual, que terminaría encausando al egoísmo hacia el bienestar privado que a su vez es encauzado hacia el bienestar social. El hombre estaba obligado a servir a los otros, a fin de servirse a sí mismo. 
Algunos años antes de la caída del comunismo, pero sobre todo tras la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, el neoliberalismo se convirtió en la teoría capaz de lograr el desarrollo, y en última instancia el bienestar de todos, mediante la desigualdad. La paradoja del enunciado descansaba en el fracaso del comunismo, un publicitado proyecto de justicia social que no solo se había convertido en un sistema totalitario, en la práctica política, sino fracasado en sus objetivos económicos.
Pero además de deber su popularidad, en buena medida, a un fracaso ajeno y no a un mérito propio, el neoliberalismo olvidaba que el egoísmo se expresaba mejor en la avaricia individual que en el bienestar social, al que parecía destinado según los primeros teóricos de su antecesor, el liberalismo económico. La ganancia sin límites se perseguía a diario, sin considerarse un vicio y elogiándose como una virtud: sin pudor ni decencia.
Desde sus inicios, el liberalismo económico llevaba en última instancia al Estado corporativo. Esa mala semilla que tiene en su interior la sociedad propugnada por los neoliberales.
Cuando estos últimos hablan de disminuir el papel de un Estado paternal, regulador y mercantilista, tras sus palabras está el afán de desmontar cualquier mecanismo de protección y ayuda a la población, para imponer con absoluta libertad sus proyectos de beneficio personal. 
Al negarse a intervenir desde un principio en el alza del petróleo a comienzos de este siglo, el entonces presidente George W Bush no hizo más que defender sus intereses familiares y los de su círculo de poder. Es cierto que una crisis bancaria de grandes proporciones afectó a todos los sectores sociales y económicos, pero lo fue también que los precios elevados de la gasolina perjudicaron especialmente a quienes, en la pirámide económica, estaban por debajo de los ricos; desde la clase media hasta los indocumentados.
El debate sobre el papel del Estado en los procesos económicos tuvo dos vertientes durante la segunda mitad del siglo pasado. En la primera y de mayores consecuencias políticas fue un enfrentamiento entre capitalismo y socialismo. Pero también se desarrolló, y de forma destacada dentro del mismo sistema capitalista.
Ambas están, por otra parte, íntimamente relacionadas. 
La intervención del Estado, para prevenir y solucionar las crisis económicas fue la solución propugnada por John F. Keynes para precisamente salvar al capitalismo y evitar un estallido social que llevara a una revolución socialista.
Se puso en práctica con éxito en este país durante muchos años. Luego le llegó el turno a Milton Friedman, y sus principios fueron desarrollados con mayor o menor eficacia en Europa y Estados Unidos por los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, así como en Latinoamérica por el equipo económico imperante durante la dictadura de Augusto Pinochet en Chile.
Parecía que los neoliberales de Bush eran los herederos perfectos de tal teoría, que lo deja todo en manos del mercado. Sin embargo, volvió a cumplirse el principio de que los extremos que se tocan: su administración adquirió un cariz mercantilista, donde un presidente inepto utilizó al Gobierno para distribuir prebendas e intentar salir al rescate de sus compinches en dificultades.
Con más o menos rescoldos, el gobierno de Barack Obama acudió al rescate de la banca y la industria automovilística. Solo que tras la salvación vino la penitencia, y su administración impuso restricciones —muchas de las cuales han sido derogadas ahora— que impidieran a banqueros y empresarios actuar como simples buscadores de riqueza en territorio salvaje, arrancando cabezas enemigas, engañando e intercambiando basura por oro.
Hoy, con la Casa Blanca convertida en un nuevo Versailles, el mercantilismo se ha convertido en la piedra angular de una administración republicana que rechaza algunos de los principios básicos del republicanismo hasta ahora conocido, como el libre comercio;  mientras, los legisladores de dicho partido —acólitos sometidos por Trump— aplauden resignados.
Por otra parte, si bien es cierto que en una economía de mercado libre la creación de mercancías está determinada por los precios y el consumo, en la actualidad estos mecanismos ya no son regidos por la simple ley de la  oferta y la demanda, sino también por la propaganda, las técnicas de mercadeo, los monopolios y un mercado global donde no solo se venden mercancías sino también se compra mano de obra a bajo precio. Oponerse a tales prácticas forma parte de la retórica de campaña electoral permanente de Donald Trump, con su proteccionismo nacionalista. En la práctica, los vaivenes no solo en las declaraciones sino en la práctica política del actual mandatario, sirven a un juego de tronos y d bonos que beneficia a unos pocos. A través del tiempo y los gobiernos, la avaricia de estos no solo se ha mantenido sino también aumentado.

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