sábado, 14 de septiembre de 2019

Aburrimiento, libertad e ilusión


A comienzos del Siglo XIX el poeta alemán Heinrich Heine consideraba a la entonces vigorosa y en expansión nación estadounidense como una monótona y gigantesca cárcel de libertad.
“Todos nos moriremos de aburrimiento” de cumplirse el destino que temía, que era la conversión del mundo en una república americana.
Años más tarde, Sigmund Freud llamaba a Estados Unidos “el mayor experimento que el mundo ha visto”, pero creía —más bien temía— que estaba destinado al fracaso.
Ni Heine ni Freud se entusiasmaban con Marx, los comunistas y sus doctrinas.
Durante Napoleón III Heine consideraba cercano el dominio del comunismo, pero juzgaba que sería un simple episodio —tendrían que pasar demasiado décadas para que se verificara la certeza de su vaticinio—, mientras que para Freud en Rusia se había hecho realidad una ilusión que amenazaba a la humanidad.
En 1784 la Academia de Ciencias francesa nombró a una comisión para analizar la teoría del magnetismo animal de Anton Mesmer. Curiosamente, dicho grupo incluía no solo a miembros destacados de la Escuela de Medicina de París, sino también al embajador estadounidense, Benjamín Franklin.
El dictamen fue certero —el magnetismo por sí solo no es capaz de producir nada— pero la conclusión aún más importante: el estimular la fantasía de los pacientes puede resultar peligroso.
Desde entonces el fallo ha servido una y otra vez para justificar la censura de espectáculos y obras más o menos artísticas, pero esa consecuencia negativa no encierra el fenómeno. 
En su libro más famoso, De planetarum influxu, Mesmer dice que los astros influyen sobre nuestras vidas. Hasta el día de hoy esta afirmación —que se remonta a las civilizaciones griega y romana— continúa alimentando temores y esperanzas, pero sobre todo a un numeroso grupo de charlatanes.
En cierto sentido Mesmer era un charlatán, y los académicos de París lograron demostrarlo. Pero hoy día igual  charlatanería se practica a tiempo completo y con éxito y a nadie parece interesarle (no para ejercer la censura sino para preocuparse por la educación).
Las ideas comunistas terminaron trocando la ilusión no solo en desengaño, sino en tragedia. Negaron la libertad (nunca por otra parte demostraron mucha fe en ella) y convirtieron las que pretendían ser ideas innovadoras en sustento de lugares comunes, sentencias de ocasión y frases hechas y verdaderas (“repartieron la pobreza”). Al final la mayoría de sus propulsores se convirtieron —más allá de sus pretensiones originales— en los ejemplos perfectos para olvidarse por un tiempo de las injusticias capitalistas.
Las sociedades más eficientes y de relativa justicia tienden a ser también monótonas. Repetirlo es otro lugar común. Pero el temor al aburrimiento continúa latente. Todos los días, perseguido en ocasiones entre la vergüenza y el morbo, me siento frente a la pantalla del televisor —ese objeto antiguo al que me encadena la edad— y por un par de minutos espero ávido cualquier noticia de Trump.

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