miércoles, 4 de septiembre de 2019

Camp, castrismo y anticastrismo


Más allá de la dicotomía castrismo-anticastrismo, hay una zona donde reina una cierta o total ambigüedad; donde nunca queda claro hasta qué punto una simulación es tan solo una simulación o si se supone que debe ser algo más serio.
En buena medida el problema se origina en el rechazo a no ir a la esencia del régimen, en detenerse por las ramas y los contornos.
Esa actitud lleva a la adopción de posiciones que, en otro terreno, podrían identificarse como cercanas al camp. 
Surge así una especie de intérprete de lo que ocurre en Cuba que se dedica  al reconocimiento de una textura, a la valoración de una superficie. Nunca al contenido esencial de un sistema.
Fuera de Cuba, apuntar la existencia de dicha posición no implica la necesidad de un enfrentamiento frontal. Simplemente constatar el hecho. 
Dentro de Cuba, sin embargo, es igualmente válido señalarla como una fuente de distracción. 
Aunque el problema fundamental para quienes se arriesgan por ese terreno viene en otra dirección. Es que constituye una búsqueda peligrosa para los que mantienen o aparentan una ortodoxia revolucionaria, quienes consideran que con dicha actitud no solo se intenta la asimilación sino que también se aspira a cierto control. 
Por ello es un ejercicio admitido desde el exterior, y quienes lo han intentado dentro la isla sufren siempre de una acción privativa (de mayores o menores consecuencias). 
La brújula podría ser siempre la adopción de una crítica o denuncia de la esencia del sistema, que no se desvíe de dicho objetivo por concomitantes como las características del exilio de Miami, la administración estadounidense de turno o cualquier otro factor externo que por otra parte es igualmente sujeto de crítica y distinción.
Ello implica a la vez la necesidad de dos exámenes —que no son sinónimos de dos actuaciones— básicos: el análisis axiológico y la observación fenomenológica.
De esta manera, la practica represiva, que bajo las manifestaciones más diversas ha caracterizado al proceso cubano desde sus inicios no admite el atenuante de circunstancias exteriores —embargo, Trump—, y menos aún cuando dicha tarea de imponer el terror se realiza contra opiniones, actividades de oposición pacíficas o simples criterios que se apartan de una línea trazada desde la Plaza de la Revolución, donde la arbitrariedad y el oportunismo corren parejos con la ambición del eterno anquilosamiento en el poder.
Establecer un criterio de valor no significa ver la situación en blanco y negro. Tampoco mantener la mirada limitada y conservar las experiencias solitarias, algo que por otra parte marca a quienes han sufrido cualquier tipo de exilio, con independencia de raza y nación. No es solo un problema político. Es una condición moral.

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