jueves, 4 de junio de 2020

Cuando la repulsa no justica la censura


The New York Times da marcha atrás, y es lamentable.
Una controversial carta abierta escrita por el senador republicano Tom Cotton, en la que defendía el uso de las tropas federales para apaciguar las protestas, no cumplía con los estándares del New York Times, afirmó el periódico el jueves.
Este retroceso obedece tanto a las críticas del personal del diario como del sindicato de periodistas de Nueva York, al igual que a la situación existente en todo el país.
Frente a estos factores, hay que contraponer el criterio del director de las páginas editoriales del diario, James Bennet, quien defendió la decisión de publicar el texto con estas palabras:
“Creemos que muchos lectores encontrarán que los argumentos del senador Cotton son dolorosos, incluso peligrosos“, escribió Bennet. “Creemos que esta es una de las razones por las cuales merecen escrutinio público e incluso debate”, agregó.
“Publicamos el argumento de Cotton en parte porque nos hemos comprometido con los lectores del Times a proporcionar un debate sobre cuestiones importantes como esta. Socavaría la integridad y la independencia de The New York Times si solo publicamos opiniones con las que los editores como yo estuvimos de acuerdo, y traicionaría lo que considero nuestro propósito fundamental: no decirte qué pensar, sino ayudarte a pensar para ti”, añadió Bennet.
Y en esto radica la clave del asunto. Al dar macha atrás el Times, y autocriticar su decisión, está dando una muestra de debilidad.
La libertad de opinión no se refiere simplemente a publicar una opinión contraria; incluye también la divulgación de criterios que se sabe o sospecha se fundamentan en bases erróneas. No cabe resumirlo todo a la vara de medir lo correcto e incorrecto, lo justo e injusto, lo falso y verdadero. Estos criterios, válidos a la hora de considerar una pieza informativa, no tienen igual dimensión cuando se aprecia una información o criterio. Y lo escrito por el senador Cotton responde a su forma de pensar, con independencia de que unos la consideren errónea y otros correcta.
Por supuesto que cuando se asume dicho criterio se entra en terreno minado. Pero bastan algunos parámetros para definir los patrones selectivos: desechar la simple difamación, los ataques personales en general y aquellos textos que evidencian una manipulación burda o responden a la propaganda y la tergiversación bajo el patrocinio de cualquier ideología.
Nada de ello excluye a cualquier editor —no importa lo insignificante de su publicación— de ser acusado de censor. Es parte de la naturaleza de su trabajo, y como tal debe asumirla.
En el caso de lo escrito por el legislador, no se puede reducir el mensaje a declaraciones demagógicas en su contra, como que “pone en peligro la vida de ciudadanos negros”. Sí, es cierto que vale el reclamo que justifica una represión desbordada, pero de ahí a categorizarlo como “peligroso” hay una distancia.
Esta distancia no solo viene dada por las palabras en sí. Más bien hay que analizarlas dentro del contexto, la sociedad en que se produce. Y The New York Times, afortunadamente no es Pravda en sus mejores (peores) tiempos.
Con ello se aclara que una sociedad democrática —y la prensa en ella— no se rige por la entelequia de convertir la opinión en hecho establecido o criterio absoluto. Eso es lo que siempre hicieron Stalin o Castro, para citar ejemplos cercanos a los lectores. Y la prensa que dominaban era simple cadena de transmisión, no instrumento de refutación, aprobación y análisis.
Poco favor se hace un periódico cuando desprecia el criterio discriminativo de sus lectores, que en medio de un torrente de informaciones, datos y opiniones, pueden valorar con justeza el alcance y la verdad de lo afirmado por el senador republicano.
Lo demás es demagogia, oportunismo y —puede doler decirlo— limitarse a lo “políticamente correcto”.

jueves, 28 de mayo de 2020

Una falsa dicotomía


Con una retórica cursi en cada palabra, el gobierno cubano repite el viejo discurso de un nacionalismo  decimonónico cada vez más ajeno a la realidad.
Buenta parte de esa labor la han desempeñado los pocos intelectuales orgánicos que aún quedan en la nación, y se han limitado a cierta regurgitación de conceptos caducos luego del agotamiento ideológico del modelo marxista-leninista: el intelectual afín a la Plaza de la Revolución ha devenido en supuesto fiel guardador de los “valores patrios”.
Estas figuras afines al sistema, que viven bajo las ruinas de lo que en una época se intentó caracterizar como “socialismo cubano” se ven obligadas a volver una y otra vez a las nociones de patria y nación como sustitutos ideales de gobierno o régimen.
Si tras la desaparición de la Unión Soviética y la caída del campo socialista, el régimen mantuvo dos maniobras para tratar de encaminar el deterioro ideológico —el post-marxismo adoptado como función de adaptación y el nacionalismo como elemento fundacional del proceso, a nivel de discurso—, en los últimos años las opciones se han limitado a repetir una explicación histórica reducida a la imagen del patriota colocada en la vieja pared del aula escolar, desamparada ante el acoso del polvo y las moscas.
Al dar muestras de agotamiento el nacionalismo católico, a comienzos de este siglo, algunos de los portavoces de la ideología oficial iniciaron un desplazamiento hacia el llamado “socialismo del siglo XXI”, propuesto por Hugo Chávez en Venezuela.
El problema con esos cambios oportunos —o para decir lo menos, oportunistas— fue que, desde el punto de vista teórico y fundacional, carecieron de solidez y solo sirvieron de espejismos al uso para justificar un acercamiento al poder o al dinero. A ello hay que agregar que, como el lugar que antes ocupaba la teoría lo comenzaron a llenar los medios masivos, el debate se llenó de mezclas absurdas.
De esta forma, el intentar montar en el mismo carro a Bolívar y Marx, en el mal llamado "socialismo del siglo XXI", no resultó más que un disparate que se agotó con la desaparición de Chávez y el deterioro de la situación económica y política en Venezuela
Hubo que volver entonces al nacionalismo del siglo XIX en su forma más cruda.
El problema con esa defensa de la nación, como altar y no como sitio de nacimiento y residencia, y sobre todo cuerpo legislativo fundamentado en un Estado de derecho, es que su invocación viene aparejada con un culto de los héroes que en realidad esconde una justificación del despotismo.
Cuba comenzará a ser una nación más plena en la medida en que la sociedad se libre de la enorme dependencia de los políticos. Cuando finalmente sea posible que la administración de las cosas se imponga sobre la administración de los hombres.
La llamada a la preservación de Cuba como nación —pretexto más bien de justificación del régimen actual— es vacía si no se acompaña del reclamo de Cuba como país democrático; de rescate de valores fundamentales, muchos de los cuales existieron en alguna medida en un Estado en desarrollo antes del funesto golpe de  Fulgencio Batista, pero de forma tan precaria que permitieron el surgimiento de tiranías y violaciones de derechos fundamentales, que mancharon la historia cubana.
E.M. Cioran afirmaba que la historia no es más que un desfile de falsos absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos. El discurso de quienes concentran el poder en Cuba no es más que el intento burdo de apropiarse de conceptos y ejemplos históricos en la búsqueda de perpetuar, por medio de la repetición, al totalitarismo a través de símbolos. Muchos, y casi siempre con mayor éxito, lo han intentado con anterioridad, aunque siempre la terca realidad ha terminado por imponerse.
El reclamo nacionalista tiene cada vez menor calado en un país cuyo modelo imperante no ha dudado en subordinar a sus ciudadanos a los intereses y ambiciones de sus gobernantes, y que en la actualidad se beneficia económicamente de quienes han partido. Un gobierno que se subordinó al esquema de dominación mundial impuesto por la desparecida Unión Soviética, para así lograr la supervivencia de la elite gobernante. Que aún en estos momentos practica una política de dependencia económica con el gobierno venezolano que solo se ha visto limitada por las dificultades surgidas en ese país y cuyos ciudadanos no dudaron en sacar, de no se sabe dónde, banderas estadounidenses a tutiplén, y exhibirlas con alegría cuando les fue permitido. Una nación donde el ideal ciudadano se resume, en millones de sus habitantes, en el simple deseo de abandonarlo.

jueves, 23 de abril de 2020

Lo que viene


Miedo. Muerte. Temor. Así son las crisis. Pero incluso una de salud como esta, se aprovecha por el enorme potencial que presenta para las justificaciones, los pretextos; las oportunidades para hacer avanzar una agenda, un interés, determinados planes, muchas ambiciones.
Y ya la pandemia del covid-19 en Estados Unidos está mostrando el profundo carácter clasista que le imponen los poderosos o que sufren los necesitados. La porfía por imponer ideas, creencias, criterios. El afán para que otros los cumplan.
Cada día que pase lo veremos con mayor fuerza y multiplicado su alcance. A los despidos que semanas atrás consideramos inevitables, se sumaran otros que sospecharemos esconden fines más ruines. Las medidas de ahorro que hasta ayer acatamos —sino con gusto al menos de forma solidaria—, hoy nos mostrarán el rostro de la avaricia.
Algunas ventajas, pequeños privilegios, amabilidades de nación superdesarrollada económicamente, de momento suspendidas a reclamo de la epidemia, no volverán.
Los republicanos parecen empeñados en colocar a la lucha de clases —sí, la lucha de clases— en primer término a la hora de decidir las elecciones. ¿Quién ganará la presidencia? Pequeño enigma dentro de tantas incógnitas. Por lo pronto, no hay que salir a descartar a Trump. Puede que triunfe. Sobran los ejemplos de estupidez en las urnas. Los cubanos de Miami son un buen ejemplo de ello.
Mientras tanto, aguantar los errores de los poderosos. Ver como el recurrir al conocimiento como guía, sigue compitiendo —al parecer en creciente desventaja— contra el oscurantismo y los fanáticos de siempre.
Luego al ¿final?, saldremos de esta crisis o más pobres o más ricos, según cada cual; pero todos más incrédulos, más divididos, más hostiles.

Locura total


En El cantor del jazz —la que se considera la primera película por completo sonora de la historia del cine— Al Jolson lanza una frase que se haría célebre: “Folks, you ain't heard nothin' yet”. Como en el cine, como en el teatro, como en la política, aún no lo habíamos escuchado todo: Jared Kushner, un “asesor principal de Trump” por méritos matrimoniales y no por talento ha pasado a la primera línea de dirección de la respuesta de la Casa Blanca a la crisis por la pandemia del covid-19.
El yerno de Trump se ha instalado en la Agencia Federal de Control de Emergencias (FEMA), y agrega a su abultado manojo de responsabilidades —sin logros visibles en frente alguno— la fabricación, el suministro y la planificación a largo plazo de los equipos y medios sanitarios para combatir el coronavirus.
Kushner no sirve para nada. No es una opinión, es un hecho comprobado. Si usted aún no lo sabe revise algunos de los artículos que aparecen citados en este texto, entre en el archivo de cualquier periódico o revista importante o simplemente dele un vistazo al fantasioso plan para llevar la paz entre israelíes y palestinos, que Michael Koplow, del centrista Israel Policy Forum, describió como “la versión de Monty Python de la paz israelí-palestina”.
Por supuesto, Kushner es un chico con suerte. Nació de padres multimillonarios, escogió bien con quien casarse y ha sabido ganarse la confianza de su suegro; no se sabe si simplemente repitiendo todo lo que este quiere oír o como respuesta a las peticiones de la hija preferida. A ello se limita su éxito. 
Por lo demás —tras resultar un estudiante mediocre cuyos estudios e instituciones académicas deben más a la fortuna familiar que a su aprovechamiento docente—, ha fracasado como urbanizador, como editor de un célebre diario de Nueva York —que acabó destruyendo— y al frente de los negocios de su padre, mientras este se encontraba en la cárcel.
Con su cara de eterno niño rico, Kushner no inspira mucha confianza y su historial lo demuestra. Si usted tiene una peseta y quiere invertirla, mejor la pone en manos de la esposa de este, que es mucho más viva.
Al frente
Jared Kushner se ha convertido en una de las figuras más importantes en la lucha nacional contra la pandemia de rápido crecimiento, según un artículo publicado en Politico.
Lo que comenzó como un esfuerzo por utilizar el sector privado para corregir las fallas de las primeras pruebas, se ha convertido en una labor integral para Kushner, quien junto con un grupo improvisado e informal de supuestos expertos ajenos al gobierno —incluido su excompañero de cuarto— se ha colocado al frente de los mayores retos que enfrenta la Casa Blanca: ampliar el acceso a las pruebas, aumentar la producción de la industria de suministros médicos necesarios y descubrir cómo llevar esos suministros a los sitios clave.
Kushner ha obtenido su nuevo centro de poder en la FEMA, la organización de respuesta a la crisis que se hizo cargo de la estrategia y planificación del coronavirus, y donde él y sus ayudantes influyen y controlan a las dependencias de salud que han sido criticadas por sus respuestas lentas. a la pandemia a principios de este año.
Así ha surgido un grupo, el de Kushner, que lleva a cabo una operación que contrasta con la del vicepresidente Mike Pence: si el primero está integrado solo por miembros del sector privado, el segundo lo forman funcionarios del gobierno. En este sentido, el grupo de Kushner ha logrado la adquisición y el transporte aéreo de suministros médicos de emergencia a EEUU, así como donaciones de guantes y máscaras.
A golpes de billete
Ello, por otra parte, no se ha visto libre de reproches. Especialmente en Europa, donde se ha comentado que los estadounidenses han adquirido suministros —incluso en los aeropuertos— a golpes de dinero en efectivo y pagando tres o cuatro veces el valor del embarque que originalmente estaba destinado a otros países. Algo que Washington niega (para ver información al respecto se puede consulta El País).
Sin embargo, este grupo de trabajo privado ha duplicado los equipos trabajo y las operaciones federales existentes, y su enfoque en las decisiones rápidas a corto plazo ha creado preocupación entre algunos funcionarios de agencias de salud, según entrevistas con 11 personas involucradas en el esfuerzo de Kushner, lo que incluye altos funcionarios del gobierno, asesores externos y voluntarios en los proyectos, así como otros departamentos del departamento de salud y funcionarios de la Casa Blanca, según el reportaje citado de Politico.
Para complicar aún más la situación, a la hora de llevar a cabo decisiones Kushner cuenta con toda la confianza de Trump —y vía libre para hablar con él—, mientras el presidente ha expresado en público sus frustraciones con algunos de los que están al frente de las dependencias de salud del gobierno.
Un sitio web que desapareció
Todo ello crea dificultades en la cadena de mando para enfrentar la crisis, algo fundamental a la hora de lidiar con este tipo de situaciones.
El equipo de Kushner ha ayudado a desplegar docenas de sitios de prueba locales, un logro que está muy por debajo de la promesa inicial del presidente—hecha el 13 de marzo— de establecer una red nacional de centros de prueba, en las que Google ayudaría a administrar el proceso mediante un sitio web; una de las tantas promesas no cumplidas expresadas por Trump sobre las pruebas.
Aunque en los días siguientes al anuncio de Trump, una compañía de seguros de salud privada  desarrolló un sitio web con las características que el presidente había descrito.
Un equipo de ingenieros, gerentes de proyecto y ejecutivos pasaron cerca de cinco días construyendo este sitio web independiente, a pedido del gobierno, según un portavoz de la compañía. 
La firma incluso envió a dos empleados de Nueva York para reunirse en persona con funcionarios federales en Washington, D.C., dijo el portavoz.
Luego, el sitio web fue desechado, repentina y misteriosamente.
El papel de Kushner
El papel de Kushner en ese episodio ha sido objeto de un escrutinio creciente, sobre todo tras un reportaje en The Atlantic de que Oscar Health, la aseguradora de salud cofundada por el hermano de Kushner, Josh, fue la que recibió el pedido de desarrollar el sitio web. 
El mismo Kushner también fue propietario o tuvo el control  de la compañía.
El proyecto, que podría haber violado las leyes federales de ética, fue finalmente descartado.
Un portavoz de Oscar dijo que la compañía donó el trabajo de forma gratuita.
Los defensores de Kushner dicen que sus métodos lograron lo que las agencias de salud que trabajaban solas no lograron: entusiasmar la participación del sector privado. Añaden que desde que Trump lo dedicó a esta labor el número de pruebas o tests se ha incrementado a 100.000 por día. Aunque se mantienen las críticas de que algunos esfuerzos se están duplicando y que existen registros de datos redundantes. También algunos han expresado el temor de que la participación de compañías del sector privado derivará en que estas obtengan jugosos contratos del gobierno.
Los datos
Cuando el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, dijo que el estado necesitaría 30.000 ventiladores en la cúspide del brote de coronavirus, Kushner decidió que Cuomo estaba siendo alarmista. 
“Tengo todos estos datos sobre la capacidad de unidades de cuidados intensivos”, dijo Kushner.
“Estoy haciendo mis propias proyecciones, y me he vuelto mucho más inteligente al respecto. Nueva York no necesita todos los ventiladores”, agregó, según una columna de opinión de Michelle Goldberg en The New York Times.
Por su parte, el Dr. Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas del país, ha dicho que confía en la estimación de Cuomo.
La conocida arrogancia de Kushner volvió a relucir cuando el pasado jueves hizo su debut en la sesión informativa diaria de coronavirus de la Casa Blanca.
“Las personas que tienen solicitudes de diferentes productos y suministros, muchos de ellos lo hacen basándose en proyecciones que no son proyecciones realistas”, dijo  entonces.
La periodista Andrea Bernstein, que observó detenidamente el historial comercial de Kushner para su reciente libro American Oligarchs: The Kushners, the Trumps, and the Marriage of Money and Power —y habló con personas de todos los lados de los  negocios inmobiliarios de Kushner, así como con aquellos que trabajaron con él en The New York Observer, el periódico semanal que compró en 2006 y luego destruyó— dijo a Goldberg que el yerno de Trump “realmente se ve a sí mismo como alguien con la capacidad para cambiar cualquier situación”. 
Una y otra vez, dijo Bernstein, las personas que habían tratado con Kushner le dijeron que en cualquier cosa que este hiciera, “creía que podía hacerlo mejor que nadie, y tenía una confianza suprema en sus propias habilidades y su propio juicio, incluso cuando no sabía de lo que estaba hablando”.
La perenne dualidad de Kushner, al mismo tiempo yerno y asesor principal del presidente, se ha extendido en cierto sentido a otras funciones del gobierno durante esta crisis, en la dualidad entre el sector público y el privado.
Algunos funcionarios del gobierno se encuentran cada vez más confundidos, ya que han recibido correos electrónicos de empleados de la industria privada pertenecientes al equipo de Kushner, y con los cuales han participado en reuniones  sin saber cuál es el papel exacto de estos en la respuesta del gobierno frente a la pandemia.
Varias personas involucradas en esta labor dijeron que la participación de asesores externos —que envían correos electrónicos a grandes grupos de empleados del gobierno desde direcciones privadas de correo electrónico— plantea preocupaciones legítimas de seguridad, sobre si estos asesores están siguiendo los protocolos gubernamentales adecuados, según un artículo de The Washington Post.
“No sabemos quiénes son esas personas”, dijo un alto funcionario citado en el artículo del Post. “¿Quien es este? Todos estamos recibiendo estos correos electrónicos”, agregó.
Por su parte, y según el mismo diario, Kushner defendió su papel en una entrevista y dijo que el objetivo de su equipo era aportar “un enfoque empresarial” a la crisis.
“Estamos haciendo cosas a velocidades récord y estamos haciendo todo lo posible para evitar daños y mitigar los impactos negativos”, dijo Kushner.
“En Estados Unidos, algunos de nuestros mejores recursos están en nuestro sector privado. El gobierno federal no está diseñado para resolver todos nuestros problemas; gran parte del músculo está en el sector privado y también hay mucha gente inteligente”, agregó.
Por supuesto que hay otra visión que difiera de la que tienen Kushner, sus amigos y otros multimillonarios que se creen dueños del país. Y es que desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca se ha impuesto el criterio de que los ricos son los que tienen la última palabra en Estados Unidos.
Cuando ocurre una crisis de tal naturaleza, como la que sufrimos actualmente, la dirección del plan a seguir debe estar en manos de expertos, no de ineptos que nunca se han destacado por algo diferente a tener dinero. Asesores que no asesoran y cuyos consejos carecen de fundamento.
Por ejemplo, Uno de los problemas es cuando ese esfuerzo para mitigar los “impactos negativos” no está bien dirigido.
Antes de involucrarse directamente en la respuesta gubernamental a la epidemia, Kushner había aconsejado al presidente de que los medios y algunos en la administración estaban reaccionando de forma exagerada a la amenaza del virus.
Con consejos de esa naturaleza, marchamos al abismo.

martes, 21 de abril de 2020

¿Confirma el coronavirus las tesis de los colapsólogos?


Tachada por sus detractores de radical y catastrofista, la colapsología cobró fuerza con la brutal irrupción de la pandemia del coronavirus, al haber colocado al mundo al borde del abismo, informa la AFP.
La crisis sanitaria asociada a la paralización de la actividad económica mundial sumió al planeta en un periodo de incertidumbre, cuya principal característica será según las previsiones la mayor recesión desde la Gran Depresión de 1929.
“No es el fin del mundo, pero sí una advertencia”, afirma Yves Citton, profesor universitario y coautor del libro Générations collapsonautes, publicado en Francia.
La colapsología, nacida en ese país, viene advirtiendo desde hace un lustro de un hundimiento generalizado de la civilización industrial, debido al agotamiento de un modelo de desarrollo expansivo que persiste desde hace más de dos siglos.
Íntimamente vinculada al cambio climático y a la rarificación de los recursos naturales, esta corriente defiende una toma de conciencia social para hacer frente a este colapso que considera inevitable y que con la pandemia toma visos más verosímiles.
Con el coronavirus, “nos dimos cuenta de que no estábamos en absoluto preparados y que por lo tanto todo esto está llegando antes de lo que pensábamos”, dice el ecologista francés y exministro de Medio Ambiente Yves Cochet, que en su libro Avant l'effondrement prevé un hundimiento global antes de 2030.
Sin embargo, este matemático de formación se abstiene de declarar “por ahora” que el coronavirus supone la primera pieza que hará caer ineluctablemente el dominó.
“Es demasiado temprano para saber si es demasiado tarde”.
Pero Cochet está seguro de que la crisis económica mundial “será todavía más severa de lo que creemos”, con la “probabilidad de que el futuro nos lleve al desastre mundial, con muchas víctimas” en términos sanitarios y económicos.
Pablo Servigne, uno de los padres de la colapsología, estima por su parte que la súbita crisis desatada por el coronavirus demuestra cómo “nuestra sociedad se ha vuelto hipervulnerable”, por ejemplo con la dependencia alimentaria de fuentes de aprovisionamiento lejanas.
“La gran lección de la historia”, explica Servigne, “es que las tres maneras de morir masivamente son las guerras, las enfermedades y las hambrunas. Y que las tres se retroalimentan”.
Actualmente, “tenemos una pandemia que puede llevar a otros choques, a guerras, a conflictos geopolíticos o internos y a hambrunas. Y si se da una hambruna, seremos más vulnerables a otras pandemias”, afirma.
Pero Servigne no lo ve todo negro, al subrayar que “todas las crisis, brindan oportunidades”.
Así, destaca que la pandemia que ha confinado a gran parte de la población mundial en sus casas ha demostrado que es posible “dejar de contaminar, de destruir los ecosistemas, de ralentizar” y que la naturaleza puede recuperarse “rápidamente”.
Servigne se congratula asismismo del “gran retorno” de los Estados soberanos, con la preparación de planes de rescate económicos y de ayudas sociales masivas, después de que “la ideología dominante neoliberal pasara 50 años dedicados a desmantelar” su rol providencial.
Otros expertos, como es el caso del filósofo y sociólogo francés Bruno Latour, hacen hincapié en la necesidad de que esta crisis sea un revulsivo frente a la emergencia climática, cuyas consecuencias pueden ser todavía peores que la pandemia.
“La crisis sanitaria está insertada (...) en una mutación ecológica irreversible. Si bien tenemos muchas posibilidades de superar la primera, no tenemos ninguna de sobrepasar la segunda”, advierte Latour en un artículo publicado en el sitio AOC.
“La primera lección del coronavirus es la más increíble, y es que es posible en unas pocas semanas suspender en todo el mundo y simultáneamente un sistema económico que nos decían que era imposible ralentizar o redirigir”, según Latour.
Por lo tanto, estima que “sería una pena no utilizar la crisis sanitaria para descubrir otros medios de entrar en la mutación ecológica de otra manera que no sea a ciegas”.

lunes, 20 de abril de 2020

El Mariel cambió a Miami


Dos motivos fundamentales impulsaron a miles de cubanos a una travesía incierta durante la avalancha producida por el puente marítimo Mariel-Cayo, a mediados de abril de 1980. El deseo de vivir en libertad y la necesidad de un mejor futuro económico. Ambos se complementan, aunque no son sinónimos. 
Con una audacia que en más de una ocasión se interpretó como falta de agradecimiento, cuando no como poca capacidad de adaptación e indisciplina, los marielitos— la palabra se ha ganado el honor de poder rechazar las comillas— conquistaron su lugar bajo el sol de Miami. Lo consiguieron con trabajo y dedicación.
Ahora que se destaca el triunfo económico de quienes llegaron sin un centavo —con apenas la ropa que traían puesta, hecha jirones por la espera de varios días y el viaje— no debe olvidarse que su integración a la sociedad norteamericana tuvo un carácter transformador. 
La llamada “generación del Mariel” fue la que cambió de forma irrevocable a Miami, al ampliar el consumo, la fuerza de trabajo y el uso del idioma español hasta rincones que hasta ese momento habían resistido “la invasión cubana”.
Los marielitos llegaron cargando diversas “culpas”, de las que le costó trabajo librarse. La primera fue haber vivido hasta ese momento bajo el régimen de La Habana. No importó que fuera por fecha de nacimiento, ideales políticos o imperativos familiares. Durante los primeros años a cada momento se les recordó sus errores o los de sus familiares, que imposibilitaron una “salida a tiempo del comunismo”. Si hoy en Miami es normal que al iniciar una nueva vida cualquier cubano no tenga que ocultar su pasado en la isla, es gracias al Mariel.
Mientras que hasta ese momento la mayoría de los exiliados habían llegado gracias a sus esfuerzos y los de sus familiares, luego de un recorrido que podía incluir una estancia de varias años en un tercer país y una larga espera —que para muchos significó también largos períodos de trabajo obligatorio en la agricultura antes de lograr la salida—, estos recién llegados habían simplemente aprovechado una oportunidad única.
Tras tomar la decisión de abandonar la isla —algunos fueron incluso obligados a irse—, los habían montado en un bote, propiedad de unos desconocidos la mayor parte de las veces y desembarcado en Cayo Hueso. No habían venido, los “habían traído”. 
Esa fue la segunda culpa a cargar. Lo ocurrido años antes —en el puerto de Camarioca y luego durante los Vuelos de La Libertad— fue un éxodo escalonado que no llegó a causar esa división tan precisa y repentina entre unos y otros: “yo estaba aquí y tú acabas de llegar”.
También a diferencia de quienes salieron primero, los marielitos se encontraron una estructura creada de negocios cubanos que les facilitó su inserción laboral —con mayores o menores ventajas, con un grado más elevado o más moderado de explotación— e hizo posible que en cierto sentido fuera menos “traumática” su nueva vida.
Quien se estableció en esta ciudad en 1980 tuvo que pasar por dos procesos distintos de asimilación. Uno fue la adaptación clásica a un nuevo país, nuevas costumbres y un nuevo idioma. El otro fue el descubrir de que junto con una serie de principios elementales —que en Cuba se habían ido deteriorando y continúan aún en crisis—, en Miami subsistían una serie de valores caducos que él pensaba superados. Fue en parte una vuelta a los años 50 en el mundo de los 80: el futuro en forma de pasado. 
El álbum fotográfico de lo ocurrido en los días del Mariel y las imágenes de la vida actual de esos miles de protagonistas constituye un poderoso instrumento de propaganda. Entonces la historia se captó en blanco y negro. Fueron días extremos, de grandes contrastes. 
La adopción de Miami como patria no deja de tener un carácter contradictorio, aunque puede justificarse. A diferencia de los que llegaron durante las décadas de 1960 y 1970, la Cuba que los marielitos dejaron atrás no significa añoranza, salvo en los recuerdos personales. 
El triunfo del inmigrante es mayor en la medida que se integra más al país de adopción. Quienes llegaron por el Mariel no han abandonado por completo el sentirse cubano, más bien han aumentado la geografía de su patria.

Pandemia alimenta el antisemitismo


La crisis del coronavirus está aumentando las demostraciones de antisemitismo por todo el mundo, alimentado por infundios de siglos de antigüedad según los cuales los judíos serían responsables de la propagación de infecciones, según un grupo de investigadores de Israel, informa la agencia Reuters.
Sus hallazgos, publicados en el informe anual sobre el antisemitismo en el mundo del Centro Kantor de la Universidad de Tel Aviv, mostraron un aumento del 18% en los incidentes de corte antisemita ocurridos en 2019 con respecto al año anterior.
En los primeros meses de 2020, políticos de extrema derecha de Estados Unidos y Europa y líderes religiosos ultraconservadores han aprovechado la crisis sanitaria y las dificultades económicas resultantes de la misma para fomentar el odio contra los judíos, dijeron los investigadores.
“Desde el comienzo de la pandemia de covid-19 se ha producido un aumento significativo de las acusaciones de que los judíos, tanto individual como colectivamente, están detrás de la propagación del virus o se están beneficiando directamente de él”, dijo Moshe Kantor, presidente del Congreso Judío Europeo.
“El lenguaje y las imágenes exhibidas apuntan claramente a un resurgimiento de los ‘libelos de sangre’ medievales, en los que se acusaba a los judíos de propagar enfermedades, envenenar pozos o controlar las economías”, dijo Kantor durante la presentación del informe.
El presidente del Congreso Judío Europeo advirtió de que, a medida que el desempleo se dispara por causa de las medidas de confinamiento impuestas para contener el coronavirus, “cada vez más gente puede buscar chivos expiatorios creados para ellos por los teóricos de la conspiración”.
Kantor hizo un llamamiento a los líderes mundiales para que aborden el problema de un creciente extremismo “que ya llama a nuestras puertas”.
Los incidentes de carácter grave y violento contra judíos ocurridos en todo el mundo aumentaron a 456 en 2019 frente a los 387 de 2018, con siete judíos asesinados en ataques antisemitas durante el año pasado, según el informe.
En 2019 se notificaron 122 incidentes violentos de carácter grave contra judíos en Reino Unido, seguidos de 111 en Estados Unidos, 41 en Francia y Alemania y 33 en Australia, según los hallazgos del estudio.
Kantor dijo que se ha registrado un aumento constante del antisemitismo en los últimos años, especialmente en Internet, así como en la sociedad, la política y los medios de comunicación.
Añadió que el aumento del uso de las redes sociales durante la crisis sanitaria podría facilitar la difusión de teorías de la conspiración, “proporcionando respuestas simplistas a los crecientes temores de la ciudadanía”.

jueves, 19 de marzo de 2020

Y de pronto, Trump descubrió las medidas «socialistas»


El presidente Donald Trump ahora está presionando para enviar a los estadounidenses cheques de cuatro cifras, establecer amplios programas de rescate corporativo y prestar miles de millones de dólares a pequeñas empresas para que puedan seguir pagando sus facturas.
Este enfoque difiere de la aproximación que por largo tiempo han priorizado los republicanos. Recurrir a las políticas fiscales —y solo a estas— al enfrentar problemas de esta categoría. 
Un cambio radical para un Partido Republicano que hace solo unas semanas estaba criticando al socialismo. 
La nueva serie de propuestas adopta filosofías popularizadas por un campo de candidatos presidenciales demócratas, como dar a la población dinero del gobierno e imponer condiciones estrictas sobre el bienestar corporativo, informa Politico.
"Tanto la Casa Blanca como los demócratas tienden a creer que ayudar a los trabajadores afectados por el cierre con pagos directos en efectivo es la mejor y es la estrategia correcta", dijo el senador demócrata Tim Kaine de Virginia. “Aunque no a todos los republicanos les gusta esa idea”.
La Casa Blanca espera que acciones de este tipo ayuden a rehabilitar a Trump, en momentos en que es fuertemente atacado por su vacilante enfoque del nuevo coronavirus en los últimos dos meses y su incapacidad para solucionar, problemas que continúan hasta la fecha: Estados Unidos aún no tiene suficientes kits de prueba para conocer la gama completa de estadounidenses potencialmente infectados por el coronavirus; la pandemia se ha extendido a los 50 estados y la falta de confianza en los esfuerzos de la administración, combinada con el cierre de empresas, escuelas y restaurantes, ha provocado fuertes caídas en el mercado de valores, que Trump siempre ha visto como fundamental en cualquier votación y juicio sobre su presidencia. Trump ha tratado una amenaza urgente como si fuese un problema de relaciones públicas, combinando la negación con frenéticas acusaciones a los demás.
Durante su visita a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, Trump dijo que tenía un don natural para comprender la ciencia de las pandemias, porque su tío era un físico nuclear en el MIT. Una declaración como para que ningún estadounidense duerma tranquilo por un buen tiempo. 
Algo parecido a la formulación de Rush Limbaugh a sus radio escuchas, de que el coronavirus “no era más que un resfriado común”.
El objetivo de la administración esta semana incluye impulsar a través del Congreso otro paquete de estímulo económico que probablemente supere los $1,3 billones, cuya pieza central serán los cheques enviados directamente a millones de estadounidenses.
Los pagos directos han recibido una recepción mucho mejor en el Congreso que la propuesta anterior del presidente, de recortar o suspender el impuesto sobre la nómina, una medida que habría ayudado tanto a los empleados como a los empleadores.
Otros $50 mil millones en préstamos apoyarían a las aerolíneas. La administración Trump apoya los límites para aumentar la compensación ejecutiva y reducir el servicio, pero los demócratas están presionando por disposiciones más estrictas.
La industria de las aerolíneas es un ejemplo de las grandes corporaciones que, desde la llegada de Trump a la presidencia, se han estado beneficiando con las políticas del mandatario. Al igual que otras, los ejecutivos de aviación no destinaron los grandes ingresos recibidos tras la reforma fiscal trumpista en la ampliación y mejoras de sus empresas, sustanciales beneficios para sus empleados y acumulación de un fondo de reserva. A lo que dedican este dinero fue a comprar acciones y dedicarse al juego bursátil. 
Al igual que en otros casos, esta situación llevó a un considerable aumento del volumen y los valores en el mercado bursátil, algo que en los últimos años Trump se ha dedicado a exaltar hasta el cansancio, y los fanáticos que lo siguen a gritar desde las gradas.
Sin embargo, han bastado poquísimas semanas para barrer toda esa euforia sobre la Bolsa.
Al no especificar la propuesta del Tesoro qué industrias podrían acceder a ese fondo de $150 mil millones, se ha desencadenado una feroz lucha de cabildeo entre hoteles, cruceros, la industria del turismo y los minoristas, todos los cuales han estado en contacto cercano con la Casa Blanca sobre las repentinas y bruscas caídas en sus negocios.
Mientras las negociaciones continuaban el jueves entre bastidores, el Departamento de Trabajo de Estados Unidos publicó estadísticas preocupantes sobre el mercado del empleo en medio de la pandemia, informa la AFP.
Los pedidos semanales de subsidios por desempleo aumentaron fuertemente (+70.000) como consecuencia del impacto económico de la pandemia, hasta las 281.000 nuevas solicitudes en datos corregidos por variaciones estacionales en la semana que terminó el 14 de marzo.
Se trata del nivel más alto desde septiembre de 2017, precisó en un comunicado.
La cifra supera las proyecciones de los analistas, que esperaban 220.000 nuevas inscripciones a este seguro.
El aumento es “claramente atribuible a los impactos” del coronavirus, señaló el ministerio, que añadió que en numerosos estado hubo un aumento de los despidos vinculados a la pandemia, especialmente en los sectores de la hotelería, los restaurantes y el transporte.
Medidas como el cierre de bares o restaurantes, la cancelación de vuelos, eventos y viajes por turismo para contener la expansión del mal llevan a muchos sectores a una caída de actividad.
En Estados Unidos, muchos empleos del sector servicios son precarios, pagados por día o semanalmente. Cuando la coyuntura se deteriora son las primeras víctimas, pues no existe una red de seguridad social como ocurre en Europa o en países de América Latina.
En algunos estados, como Nueva York, Oregon y Nueva Jersey, hubo un flujo tal de personas que pidieron subsidios por internet, que los sistemas se bloquearon, según la radio pública NPR.

jueves, 12 de marzo de 2020

Coronavirus: Trump lo hizo mal y sigue haciéndolo peor


Destacar el mal manejo de la presidencia de Donald Trump ante la crisis por la epidemia de coronavirus no es una opinión política, ni tampoco una posición que se escuda bajo la barricada demócrata o producto de la extrema politización que vive el país.
Es un hecho.
La alarma sonó bien temprano frente a la amenaza de la pandemia. Exfuncionarios del gabinete de Trump lanzaron la alarma. Solo que simplemente ya no formaban parte del gobierno. Hay que enfatizar que no se trataba de legisladores demócratas, de aquellos que habían trabajado durante la administración Obama o de rivales políticos. 
No. Habían formado parte de ese gobierno que ahora prefería mirar para otra parte.
Mientras dichos funcionarios señalaban la gravedad de la situación que se avecinaba, su mensaje contrastaba con la narrativa optimista que emanaba de la Casa Blanca, informa el diario digital Politico.
El día de enero que se identificó un nuevo coronavirus en Wuhan, China, Tom Bossert, exasesor de seguridad nacional del presidente Trump, tuiteó una severa advertencia: “enfrentamos una amenaza global para la salud”.
“Hay que coordinar esfuerzos”, pedía.
No fue el único.
Otros como Scott Gottlieb, jefe de la Administración de Alimentos y Drogas hasta 2019, y Gary Cohn, quien una vez dirigió el Consejo Económico Nacional, también aparecieron en televisión y Twitter, argumentando que la administración debía prepararse para un empeoramiento de la situación.
Todos habían trabajado en la administración de Trump y habían tratado de guiar su gobierno dentro de los cauces normales de cualquier mandato presidencial de Estados Unidos. Pero ya no estaban.
En Twitter y TV, Gottlieb, Bossert y Cohn, entre otros, dieron un tono urgente, mientras que el presidente insistió en que el virus estaba “muy bajo control en Estados Unidos”. incluso pronosticando a fines de febrero que el número de casos sería cercano a cero “dentro de un par de días”. Afirmando falsamente que pronto llegaría una vacuna.
Mientras, el sustituto de Cohn, Larry Kudlow, afirmaba en febrero: “Hemos contenido esto, no lo diré hermético, pero bastante cercano a lo hermético”.
Uno de los problemas es que durante los años que lleva en la presidencia, Trump se ha empeñado en deshacerse de los funcionarios y expertos que cuestionen sus decisiones, intenten imponer guías o simplemente se opongan a sus disparates. Ello está más que documentado en entrevistas, declaraciones e incluso libros de los que han abandonado el gobierno o han sido echados a un lado con mayor o menor displicencia.
Y esa forma de proceder se ha mantenido impune hasta que llegó una gran crisis.
La realidad es que hoy por hoy nadie confía en Trump, ni sus asesores, ni la Bolsa de Nueva York, ni los expertos en enfermedades y virus, y mucho menos los empresarios e inversionistas; ni la industria hotelera, las aerolíneas y farmacéuticas. que trataran de ver lo que mejor salvan de esto. Solo le queda su banda de fanáticos.
El presidente habló el miércoles por la noche a toda la nación (en un tipo de alocución que realizaba por segunda vez durante su mandato). Al día siguiente volvieron a estrellarse las Bolsas.
El 12 de marzo de 2020 fue la peor sesión desde 1987 en Nueva York.
Los inversores visiblemente perdieron la esperanza en una respuesta económica y financiera eficaz ante una pandemia que hace cerrar fronteras, fábricas y escuelas. Y los anuncios de medidas de estímulo a fuerza de billones de dólares, dispersos y sin verdadera coordinación por parte de gobiernos y bancos centrales, no tranquilizaron a los mercados, según informa la AFP.
El anuncio de Trump —lleno de imprecisiones y sin haber sido comunicado antes a la Comunidad Europea— de una suspensión de entrada de europeos a Estados Unidos por 30 días fue el mejor ejemplo de esa ausencia de cooperación en la lucha contra el Covid-19. Y dio el golpe de gracia a mercados en desbandada.
La bolsa de Nueva York se derrumbó el jueves y su principal indicador registró su mayor caída desde el crack bursátil de octubre de 1987: 9,99% a 21.200,62 unidades.
El índice estrella de Wall Street no registraba tamaña caída desde el “lunes negro” del 19 de octubre de 1987, cuando perdió más de 22%.
Se trata de la quinta mayor caída de la historia para el Dow Jones según datos compilados por Howard Silverblatt, especialista en índices de S&P Dow Jones.
En tanto el tecnológico Nasdaq cedió 9,43% a 7.201,80 puntos.
Wall Street se recuperó luego a media jornada, cuando la Reserva Federal de Estados Unidos anunció una inyección adicional de 1,5 billones de dólares en el mercado a través de operaciones de recompra de bonos. Pero rápidamente la bolsa se hundió hasta el cierre.
La decisión de Trump estuvo lejos de tranquilizar a los inversores.
“Vendan, vendan, vendan”, comentaba el analista de AxiCorp Stephen Innes para resumir el estado de ánimo en las salas de comercio asiáticas tras los anuncios de Trump. “Las restricciones de viaje significan todavía menos actividad económica mundial”.
“Hay dos cuestiones clave, una es el fin de la crisis sanitaria y la otra es cómo se sostendrá la economía”, comentó Olivier Fainsilber, experto en transporte aéreo de la empresa Oliver Wyman.
Este jueves, el doctor Anthony Fauci, jefe del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EEUU, admitió que el sistema de salud del país “está fracasando” en la forma en la que está respondiendo a los nuevos casos de coronavirus.
“El sistema no está realmente orientado a lo que necesitamos en este momento, a lo que se está requiriendo. Eso es un fracaso. Admitámoslo”, dijo la principal autoridad en infectología del país en una audiencia ante el Congreso, informa la BBC.
Hasta la fecha, aunque Trump anunció el veto a la llegada de extranjeros desde 26 países europeos y se han adelantado numerosas medidas económicas para intentar calmar los mercados y estabilizar la Bolsa, las que han fracasado todas, se desconoce cuál es el plan concreto del gobierno para intentar lidiar con el virus desde su sistema de salud pública.
No se conoce el número exacto de casos. No se llevan a cabo las pruebas suficientes y persisten los temores de quienes no cuentan con seguros de salud ante el costo de los tratamientos.
Al presidente Trump solo se le ocurre, como forma de paliar las consecuencias de la pandemia —tanto desde el punto de la economía del individuo como las corporaciones— comentar diversas propuestas de rebajas fiscales, temporales o permanentes. Pero su medicina no llega a remedio casero, mucho menos la solución del problema.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Trump, Biden y las mentiras


Primero el objetivo fue Bernie Sanders, al que Donald Trump tildaba de “loco”, pero con la resurrección de Joe Biden, tanto el presidente como su campaña de reelección y sus fieles fanáticos han girado el foco de sus ataques hacia el exvicepresidente de Barack Obama.
La contra campaña electoral de Trump se basa en desarrollar una total operación de descrédito que cale entre los votantes y que ya fue utilizada contra Hillary Clinton en 2016, cuando se puso en duda la salud física de la aspirante demócrata a la Casa Blanca, informa el diario español El País.
Trump ha cuestionado de forma continuada la capacidad de Biden, de 77 años, hasta el punto de declarar en sus mítines que, de ser elegido, el demócrata acabará por gobernar el país desde un asilo de ancianos. En esos ataques también se incluyen referencias a las meteduras de pata del exsenador. “No quiero ser demasiado crítico”, explicaba con ironía Trump la pasada semana durante una entrevista en Fox News. “Pero para ser sincero, nunca he visto una cosa igual”, declaraba el magnate sobre el exvicepresidente. Ese mismo argumento se repite como un eco por asesores, amigos y familiares del presidente: Biden está en posesión de sus facultades mentales.
Las insinuaciones, de mayor o menor calado, se elevaron al límite el pasado fin de semana cuando, según informa Politico, el presidente cuestionó en su residencia de descanso de Florida ante más de 500 mecenas del Partido Republicano la capacidad mental de Joe Biden. De repente, ya no solo se trataba del famoso calificativo con el que desde hace mucho tiempo Trump se refiere al exvicepresidente, “Sleepy Joe”. Trump iba un paso mucho más allá y polemizaba también en Twitter al escribir que Biden no sabía ni dónde estaba ni en qué día vivía o lo que estaba haciendo. “Francamente, ni siquiera creo que sepa por qué cargo está compitiendo”.
En uno de sus últimos tuits, lanzado ya de lleno a la hipérbole, Trump ha calificado la Administración de Barack Obama y Joe Biden como “la más corrupta de la historia”. Para Jennifer Palmieri, directora de comunicación de la campaña de Clinton en 2016, citada por Politico, los ataques que lleva lanzando Trump desde hace meses tendrán resultados muy cuestionables entre los votantes demócratas e independientes. “El equipo de campaña de Trump ha estado golpeando duro a Biden y su familia durante más de un año y no parece que haya hecho mella en los votantes”, explica Palmieri, que añade que si acaso ha sucedido lo contrario.
Los insultos continúan, y no solo a Biden. Desde Sanders hasta los candidatos que ya se han retirado —como Mike Bloomberg, de quien el presidente dijo que lo único que se llevaba de la campaña era el mote que él mismo le había puesto: mini Mike— forman parte del epicentro de las agresiones de Trump. 
En un mitin de campaña en Carolina del Norte, en la noche del lunes 2 de marzo, Trump dijo que Biden no se encontraba mentalmente apto para la presidencia, y afirmó que el exvicepresidente tergiversaba los hechos y a menudo parecía confundido.
Ello ocurrió solo horas después de que Trump celebró una sesión abierta sobre el coronavirus, en la que tuvo dificultades y un “dale pa'lante y pa'tras” con el concepto de vacuna y pareció sugerir que no tenía idea de que se requieren ensayos clínicos para los medicamentos.
 “A menudo se observa que Trump critica a sus oponentes por fallas que él mismo ha llevado a extremos cómicos. Trump es probablemente el presidente estadounidense más corrupto de la historia, pero a menudo afirma sin fundamento que sus enemigos son corruptos. Trump es el mentiroso y fabulista más grande que ha ocupado la Oficina Oval, pero a menudo critica falsamente a sus críticos como mentirosos”, afirma Greg Sargent en The Washington Post.
El empeño de Trump en atacar a sus oponentes, a menudo contando solo con débiles pruebas y otras sin alguna, ha desempeñado un papel muy importante en su ascenso. También su habilidad para manipular a los medios para que difundan sus acusaciones a menudo falsas. Desde su época de urbanizador en Nueva York inició el desarrollo de este tipo de jugadas y lo ha perfeccionado durante décadas.
De hecho, para un segmento del electorado de Estados Unidos, la estatura de Trump creció a medida que intensificó sus exageraciones, distorsiones y, a menudo, mentiras descaradas. Su apoyo al movimiento marginal que acusó falsamente al presidente Obama de haber nacido en el extranjero, no fue un revés para él, sino un peldaño político. Sus ataques contra Hillary Clinton en 2016, exagerados en gran medida, desviaron la atención hacia sus propios escándalos, de acuerdo a Los Angeles Times.
El domingo Twitter puso en vigencia una nueva etiqueta —“medios manipulados”—en un video editado de Joe Biden que un funcionario de la Casa Blanca publicó y que luego Trump retuiteó.
El sábado, el director de redes sociales de la Casa Blanca, Dan Scavino, tuiteó un video del candidato demócrata 2020 que decía a sus seguidores en Missouri: “No podemos ganar esta reelección, disculpe, solo podemos reelegir a Donald Trump”.
Al final de la noche, Trump había compartido el video dos veces, escribiendo: “¡Estoy de acuerdo con Joe!”. También recibió un retweet del gerente de campaña de Trump, Brad Parscale.
Sin embargo, el tuit de Scavino, que fue visto casi 5 millones de veces hasta el domingo por la noche, había cortado el resto de la oración.
“Solo podemos reelegir a Donald Trump si, de hecho, nos involucramos en este pelotón de fusilamiento circular aquí”, había dicho el exvicepresidente. “Tiene que ser una campaña positiva, así que únete a nosotros”.
El video editado apareció en medio de la campaña sobre la capacidad cognitiva de Biden y la intención de crear sospechas de que el candidato de 77 años tiene demencia. La campaña de Trump ha convertido los tropiezos verbales y los errores de Biden en un punto focal de sus mensajes.

domingo, 8 de marzo de 2020

El mal manejo de Trump aumenta la crisis por el coronavirus


De una manera cada vez más explícita, el presidente Donald Trump ha socavado los esfuerzos de su propio gobierno para combatir el brote de coronavirus, y resistido los intentos de una planificación para prepararse ante el peor de los escenarios; así como anulando un plan de salud pública a pedido de aliados políticos y repitiendo solo las advertencias que eligió escuchar, informa el diario digital Político
Los miembros del Congreso han criticado a altos funcionarios como el secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, y el director de los Centros para el Control de Enfermedades, Robert Redfield, por el error más grande del gobierno: no asegurar suficientes pruebas para evitar un brote de coronavirus en Estados Unidos. Pero muchos funcionarios actuales y anteriores de la administración Trump dicen que el verdadero fracaso de la gestión fue de Trump.
Las entrevistas con 13 funcionarios actuales y anteriores, así como con personas cercanas a la Casa Blanca, pintaron la imagen de un presidente que premia a los subordinados que le dicen lo que quiere escuchar mientras rehúye a los que dan malas noticias.
Por ejemplo, los asistentes elogiaron a Trump por sus esfuerzos para bloquear los viajes desde China, lo que satisfacía a la valoración del presidente sobre la necesidad de una zona de seguridad fronteriza del presidente, pero no transmitieron la importancia de realizar pruebas comunitarias simultáneas, lo que podría haber descubierto un posible brote en Estados Unidos. 
Funcionarios del gobierno y científicos independientes ahora temen que el coronavirus se haya propagado silenciosamente en Estados Unidos durante semanas, ya que han aparecido casos inexplicables en más de 25 estados.
Una persona que ayudó a asesorar la respuesta de la administración señaló que los ayudantes de Trump desanimaron a Azar de informar al presidente sobre la amenaza del coronavirus en enero.
“Trump ha creado una atmósfera donde el juicio de su personal es que no debería necesitar saber estas cosas”, agregó.
“Es una situación claramente difícil cuando el nivel superior lo que quiere es escuchar ciertas respuestas”, dijo un exfuncionario que informó a la Casa Blanca. “Eso puede dificultar que la gente exprese su verdadera evaluación, incluso las mentes más experimentadas e independientes”.
Si bien la semana pasada Trump permitió que los hospitales y laboratorios comenzaran a desarrollar sus propias pruebas de coronavirus, culpando erróneamente a las regulaciones de la administración de Obama por un retraso, el mismo movimiento podría haberse hecho hace semanas si el presidente y sus asesores lo consideraran necesario, dijeron dos funcionarios.
A medida que el brote ha crecido, Trump se ha apegado al conteo diario de casos de coronavirus y a la forma en que Estados Unidos se compara con otras naciones, reiterando que quiere que los números de Estados Unidos se mantengan lo más bajos posible. Los funcionarios de salud lo han complacido al resaltar los resultados más optimistas en las sesiones informativas, y sus agencias han alterado la transparencia prometida. El CDC ha dejado de detallar cuántas personas en el país se han hecho la prueba del virus, y su panel en línea está muy por detrás del número de casos de EEUU rastreados por Johns Hopkins e incluso va a la zaga de la propia Unión Europea de casos en EEUU.
La presión para obtener la aprobación de Trump puede ser una distracción en el mejor de los casos y una obsesión en el peor: Azar, que acaba de sobrevivir a un choque contundente con un congresista y que sentía que su trabajo estaba en juego, pasó parte de enero haciendo apariciones en medios de televisión conservadores y tomando otras medidas para apuntalar su buena fe en contra del aborto, para así  obtener la aprobación del presidente, incluso cuando el brote mundial de coronavirus se hizo más fuerte.
“Tenemos en el presidente Trump el mayor protector de la libertad religiosa que jamás haya estado en la Oficina Oval”, dijo Azar en Fox News el 16 de enero, horas después de trabajar para reunir a los líderes mundiales de la salud para luchar contra la postura de Naciones Unidas sobre los derechos al aborto. Trump también arremetió contra Azar por las malas encuestas de salud ese día.
Casi al mismo tiempo, Azar concluyó que el nuevo coronavirus representaba un riesgo para la salud pública y trató de compartir un mensaje urgente con el presidente: el brote potencial podría dejar a decenas de miles de estadounidenses enfermos y muchos muertos.
Pero los asistentes de Trump se burlaron y menospreciaron a Azar como alarmista, ya que había advertido al presidente de una gran amenaza para la salud pública y su propia agenda económica, dijeron que tres personas informaron sobre las conversaciones. Algunos funcionarios argumentaron que el virus no sería peor que la gripe.
 Mientras tanto, Azar tenía sus propias preocupaciones: un enfrentamiento con la responsable de Medicare, Seema Verma, había debilitado su posición en la Casa Blanca, que en diciembre había considerado reemplazos para Azar y Verma.
“Debido a que se sentía bastante inseguro, sobre las disputas dentro de su departamento y el deseo de complacer al presidente, no sé si estaba en posición de transmitir el mensaje que el presidente no quería escuchar”, dijo un exfuncionario que trabajó con Azar.
La lucha por el favor de Trump fue parte de la causa de la enemistad destructiva de Azar con Verma, ya que los dos trataron de enfrentarse entre sí para promocionar las iniciativas de Trump. Los funcionarios, incluidos Azar, Verma y otros líderes de alto nivel, se vieron obligados a pasar tiempo apuntalando sus posiciones con el presidente y sus diputados en un momento en que deberían centrarse en un objetivo compartido: detener una pandemia potencial.
“El jefe lo ha dejado claro, le gusta ver a su gente pelear y quiere que las noticias sean buenas”, dijo un asesor de un alto funcionario de salud involucrado en la respuesta al coronavirus. “Este es el mundo que fabrica a su alrededor”.
Las demandas impredecibles de Trump y su atención a las declaraciones públicas, y su propia susceptibilidad a la adulación, han creado una administración en la que los altos funcionarios se sienten constantemente asediados, preocupados de que el próximo tweet presidencial decida su futuro profesional y se asusten de que necesiten impresionarlo regularmente.
Azar, por ejemplo, ha batallado con funcionarios de la Casa Blanca y Verma durante meses por políticas, personal e incluso asientos a bordo del avión presidencial. Esas peleas se han reavivado en medio de la crisis del coronavirus, cuando Azar se enfrentó con rivales de toda la vida, como el principal asesor de Política Nacional Joe Grogan, sobre cómo financiar la respuesta y si se estaban realizando suficientes pruebas de coronavirus.
Como Trump no está dispuesto, o no puede, detener las luchas del Departamento de Salud, que han ocupado y se han apoderado de Washington durante un tiempo de paz relativo. Cuando hay una guerra contra una pandemia potencial, no hay lugar para estas distracciones, dicen las autoridades.
“Si este tipo de disfunción existe como parte de las operaciones diarias, entonces, sí, durante una verdadera crisis, los problemas se magnifican y se exacerban”, dijo un ex funcionario de Trump HHS. “Y con consecuencias extremadamente perjudiciales”.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Perder el tiempo


Si el debate demócrata del 19 de febrero en Las Vegas tuvo una importancia relativa en esa larga macha que es la contienda por la presidencia de EEUU, el del 25 de febrero  en Charleston —a cuatro días de las primarias en Carolina del Sur y una semana del “Supermartes”— fue una perdida de tiempo: mucho ruido y ninguna nuez.
En primer lugar porque todos los aspirantes dedicaron la primera parte del encuentro y un buen rato en la segunda a caerle en pandilla al senador Bernie Sanders, una táctica socorrida y en buena medida inevitable, pero que brindó pobres resultados por una dispersión que llegó a la tontería. Ello sin contar que, cuando son muchos contra uno, el efecto emocional en el espectador puede resultar desfavorable a los atacantes.
Hasta ahora, la campaña electoral demócrata está resultando torpe, confusa y  dispersa. Por momentos da la impresión que la totalidad de los aspirantes se concentra en hacer el mayor daño posible al futuro del Partido Demócrata, poner en peligro las elecciones legislativas —que coinciden con la presidencial— y poner por delante su persona frente al bien partidista.
Aunque lo anterior de momento no sirve como un posible indicador de triunfo o fracaso en las urnas de noviembre (basta recordar 2016) y se espera que tras el 3 de marzo la vía esté más clara.
Esta dispersión —a veces hay la tentación de hablar de “caos”— le está resultando muy favorable a Sanders, con muchos “pequeños” rivales, cuyas puntaciones  en las encuestas y resultados electorales los acercan cada vez más a la insignificancia. Pero también debe señalarse que también aumentan las dudas sobre las esperanzas de un retador fuerte dentro del área considerada, en términos generales, como “moderada”.
Sin embargo, lo más cuestionable del proceder de los aspirantes demócratas es el empeño en malgastar oportunidades para lanzar argumentos contundentes en contra de la labor del presidente Donald Trump al frente del país. Y en el último debate esa impericia llegó al extremo.
Fue el exalcalde de South Bend, Pete Buttigieg, quien expresó su incredulidad porque Sanders estaba llevando el debate a episodios que en la mayoría de los casos ocurrieron años antes de que Buttigieg naciera en 1982, como la tan comentada declaración sobre el valor positivo de la campaña de alfabetización en Cuba.
“No estoy esperando un escenario en el que se trate de Donald Trump, con su nostalgia por el orden social de la década de 1950, y Bernie Sanders con una nostalgia por la política revolucionaria de la década de 1960”, dijo Buttigieg.
“Esto es 2020. No vamos a sobrevivir ni a tener éxito, y ciertamente no vamos a ganar reviviendo la Guerra Fría. Y no vamos a ganar esta contienda crítica, y crítica en la Cámara y el Senado, si quienes participan en ellas tienen que explicar por qué el candidato del Partido Demócrata le dice a la gente que mire el lado positivo del régimen de Castro. Tenemos que ser mucho más inteligentes al respecto y mirar hacia el futuro”.
El problema con Sanders —quizá sea mejor decir uno de los problemas— es que el senador ha convertido la ideología, la imprecisión y el populismo en parte de sus instrumentos de campaña, y le ha ido muy bien con ese uso. En ello no difiere mucho de Trump, salvo en el hecho de que al actual presidente de EEUU no puede catalogársele de ideológico.
Por ejemplo, Sanders no es socialista. No es siquiera un socialista democrático o social demócrata en la plena acepción del término, aunque lleva décadas repitiéndolo ( a través de esos años ha abandonado de su plataforma política algunas de las reclamaciones socialdemócratas). Y eso es, dejando a un lado sandeces como llamarlo “comunista”, que él no admite. En su supuesto programa hay ideas que han sido puestas en práctica por gobiernos socialdemócratas en Europa, así como por el laborismo británico o durante etapas de mandatos que pueden catalogarse de progresistas o con conciencia social en países tan diversos como Canadá y Costa Rica.
Hay cierta aberración en rechazar esas ideas de bienestar social, que en gran medida encierran una fuerte dosis de sentido común, así como en considerar que no son populares en Estados Unidos. Oponerse a un aumento del salario mínimo, la matrícula gratuita en colegios comunitarios y en universidades públicas, y el contar con un sistema de salud para toda la población —de forma escalonada en cuatro años— no significan implantar un régimen totalitario, un gobierno comunista, ni siquiera uno socialista.
Pero a Sanders, sin embargo, le encanta el “alarde socialista”. ¿Lo llevará al triunfo o al fracaso?

viernes, 21 de febrero de 2020

La larga marcha de Sanders


Los debates durante las elecciones primarias de Estados Unidos suelen ser demasiados, aburridos y confusos. El del 19 de febrero en Las Vegas fue todo lo contrario.
Elizabeth Warren impuso el tono de la discusión, apenas cinco minutos tras su inicio. Michael Bloomberg tropezó casi a cada instante, al dejar en evidencia que no bastan el dinero y una campaña de anuncios políticos bien estructurada para llegar a la Casa Blanca. Pete Buttigieg intentó un análisis crítico y un aplomo por momentos forzado. Amy Klobuchar apostó por una sonrisa a veces fingida. Ambos quedaron moderadamente bien, pero no lo suficiente para dar un paso más allá de la secuencia debate-primaria estatal. Joe Biden tuvo sus buenos momentos, pero solo para dar la impresión momentánea de que aún existe. Bernie Sanders reinó —o mejor dicho, intentó reinar— como cabeza de lista para la nominación demócrata.
Aunque estas son conclusiones temporales, minutos después de concluido el encuentro. Todo puede cambiar, y una buena o mala noche para los aspirantes los ayuda o perjudica, pero solo por unos días, acaso un par de semanas. 
Lo significativo son dos aspectos, que de momento no van a ser  alterados por los vaivenes en las encuestas o lo que ocurra en Nevada.
El primero y más importante es la respuesta de Sanders a la pregunta del presentador Chuck Todd de la NBC, sobre si el contendiente con el mayor número de delegados debía ser el nominado, incluso si no tuviera la mayoría. Muchos dijeron que sí, y dieron por descartada una nominación impugnada.
Todos menos Sanders, quien expresó su opinión de que la denominación debería de ir automáticamente para quien obtuviera más votos en las urnas primarias y los caucuses.
Una respuesta clave.
El senador por Vermont dejó bien claro que considera que hay una buena posibilidad de que él termine con un mayor número de delegados electos, pero no con el apoyo de los superdelegados designados por el Partido Demócrata.
Es decir, que considera que sus rivales están de acuerdo en que los superdelegados decidan la nominación, y así otorgarle la victoria probablemente al binomio Biden- Bloomberg o Bloomberg-Biden; con lo que no estaría de acuerdo él, y por supuesto, tampoco sus partidarios. 
Crisis —o el peligro de crisis— en convenciones han ocurrido con anterioridad en ambos partidos. Para citar un ejemplo aún cercano, durante las primarias de 2016 dicho fantasma recorrió las filas demócratas, pero al final Hillary Clinton superó a Sanders en delegados. Solo que este año el senador ha crecido en popularidad y pujanza.
El otro aspecto que el debate mostró es una opinión generalizada entre los aspirantes a la candidatura: evitar la reelección de Donald Trump pasa por lograr una participación masiva en las urnas. Solo que una investigación reciente de la Fundación Knight cuestiona dicha creencia.
Los estadounidenses no se caracterizan por una elevada presencia en las urnas. En 2016, más del 40 % de los ciudadanos con capacidad de voto no participaron. Ello incluye más de 2.5 millones en Michigan, 3.5 millones en Pennsylvania y 1 millón en Wisconsin, los tres estados donde Trump derrotó a Clinton por un margen total de 77,774 votos, y ganó la presidencia.
De ahí que los demócratas realicen una campaña para lograr una mayor participación electoral (los republicanos también).
Pero si a nivel nacional un mayor número de posibles votantes ha expresado el criterio de preferir a cualquier candidato demócrata antes que a Trump, ello no ocurre en estados claves como Arizona, Florida, Pennsylvania y Virginia, donde quienes no han votado dicen que ahora lo harían por Trump .
Una de las explicaciones de este fenómeno es que dichos “no votantes” se sienten inclinados a votar por Trump, aunque no sean partidarios republicanos. En igual sentido, aunque en menor número, otros tampoco identifican a Sanders con el Partido Demócrata, y votarían por él.
La consecuencia sería que, de ganar Sanders la nominación, la batalla por la presidencia estaría definida en última instancia por un duelo de personalidades, más allá de los criterios partidistas, y por una definición en medio de una polarización extrema.
En buena medida, el último debate demócrata lo dejó bien claro.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...