jueves, 17 de septiembre de 2020

Cuba sin futuro democrático, con Trump o sin él


Una de las razones fundamentales para el fracaso de los planes destinados a buscar un cambio político, o al menos iniciar un tránsito hacia la democracia, es la falta de motivación de la población en la isla para quitarse de arriba al régimen.
Hay que aclarar de inmediato que no es la única y que existen diversos factores que en un momento u otro adquieren mayor o menor relieve, pero la desidia y la espera forman parte de la realidad cubana, sobre la cual no se debe guardar silencio pese a cualquier reproche latente de que uno esta “contemplando los toros detrás de la barrera”.
Cierto. El mecanismo represivo es muy fuerte y ha logrado crear un terror que se adelanta a cualquier intento de cambio político. Sin embargo, la frustración que este mecanismo establece casi siempre no se canaliza en rencor sino en espera.
La situación imperante en la isla no muestra un futuro pero sí un escape. Y ese escape ha sido hasta fecha reciente Miami: la salida, el viaje al extranjero o incluso una simple remesa familiar. La política migratoria de la administración Trump primero y luego la crisis por la pandemia del covid-19 han establecido un paréntesis a las salidas, con la consecuencia de un cierre total a esa vida de escape. Pero este paréntesis se vive desde la Isla y por quienes viven en Miami con familiares en Cuba más bajo la óptica de una dilación que como una nueva situación definitiva. Para el ciudadano de a pie que vive a noventa millas, en la actualidad las esperanzas se cifran más en la elección estadounidense que en la que ocurrirá en su cuadra.
El exilio cubano, por otra parte, vive entre la realidad y el espejismo. El espejismo es lo que se lee, ve y escucha por los medios. Estos siguen controlados en gran parte —especialmente la televisión y la radio— por quienes llegaron primero y se limitan no a ofrecer una visión tergiversada de lo que desconocen sino a cumplir una función de ensueño. 
Lo primero que se desconoce o se pasa por alto es al cubano actual. La mayor parte de quienes han llegado en las últimas décadas nacieron no solo tras el 1º de enero de 1959, sino en una sociedad establecida y fuertemente cimentada por un régimen que no brinda alternativas. 
Si quienes eran niños al triunfo de la revolución —o crecieron durante el proceso de cambio institucionales que han degenerado en la Cuba actual— padecieron un deterioro progresivo de sus libertades individuales, una creciente carencia para la satisfacción de sus necesidades personales y un aislamiento paulatino, los que nacieron posteriormente —y en particular los “hijos del Período Especial”— llegaron a un mundo donde lo natural era la falta, no el despojo. No fueron perdiéndolo todo: nacieron sin nada.
De ahí que se pueda establecer pautas nacionales y momentos definitorios que marcan generaciones y grupos, tanto en la Isla como en el exilio.
Por ejemplo, esa urgencia de libertad y anticastrismo furibundo se agota en buena medida tras el éxodo del Mariel. Basta recorrer las discusiones que aún hoy persisten sobre las posiciones políticas de escritores y artistas de aquí y de allá, y encontrar muchas de los argumentos más enconados en quienes aprovecharon la oportunidad de salida que brindó el Mariel —o fueron expulsados del país— para desarrollar una obra en el exterior.
En la actualidad, el llamado ”anticastrismo” o la caricatura de oposición al régimen en el exilio se define entre un grupo cada vez más exiguo que solo encuentra justificación en gestos inútiles para lograr un avance de las ideas democráticas en la isla —como los pocos llevados a cabo por la administración Trump— y que apenas logra regocijo en una que otra zancadilla económica al gobierno cubano y quienes lo dirigen, además de causar nuevos engorros a quienes desean facilidades en la relación entre quienes habitan aquí y allá. El resto se resume en una chusmería que no llega siquiera al esperpento.
En el caso de quienes decidieron permanecer en Cuba o no pudieron irse, la Primavera Negra de 2003 fue el canto del cisne de una disidencia que debe ser catalogada como tal —me refiero al significado primordial de la palabra, no estoy negando la existencia de una oposición posterior— y en que buena parte de sus miembros rondaban entre los 40 y 50 años de edad.
Es hasta ellos —hombres y mujeres que casi constituyen un genotipo— es que llega la caracterización y el imaginario de un exilio que indudablemente ha ampliado sus fronteras respecto al limitado alcance de su composición primaria.
Lo demás son casos aislados, asideros a los que se agarra ese establishment del exilio en su afán por perpetuarse. Solo que los tiros van por otra parte y el cubano “recién” llegado no tiene nada que ver con ese “hombre viejo”.
El exiliado tradicional continúa su camino en extinción y el americanocubano —el nacido en Estados Unidos, porque a estas alturas cubanoamericanos son muchos— tiene poco o nada que ver con alguno de los dos anteriores (salvo en lo referente a esos políticos de turno que nacieron aquí y explotan una mentalidad del cubano de ayer para obtener réditos electorales en sus zonas de electores).
Queda entonces poco para la definición de una nación, de un “nuevo país”, del resurgimiento de la “Cuba de ayer” o del parto de una futura, cuando se carece de una voluntad fundacional.
Y es que si algo logró transmitir a la psique del cubano el régimen establecido por Fidel Castro no fue un espíritu nacionalista —como se repite tontamente hasta por periodistas internacionales que cubren su destino escribiendo desde Cuba o sobre Cuba— sino todo lo contrario: una mentalidad colonialista.
Solo que con una peculiaridad: colonia no para ser explotada sino para explotar a la metrópolis de turno.
En esto, Castro creó un modelo digno de un buen estudio histórico.
La dependencia del otro para la subsistencia está tan fuertemente arraigada entre los cubanos que anula o debilita cualquier motivación independentista. La desaparecida Unión Soviética en su momento, Venezuela mientras dure y Miami ahora y mañana.
Queda entonces el acomodo de acuerdo a las circunstancias, y para aquellos que nacieron durante el Período Especial —o pocos años antes— la opción es continuar buscando esa sobrevivencia a cualquier precio y por cualquier vía, que es el signo y la voluntad bajo la cual surgieron.
Mencionado el espejismo —la Cuba que no es, la rebelión que no existe, el acomodo diario— el exilio en general, y Miami en particular, continúa siendo la fuente de abastecimiento —por encima de cualquier ilusión de los votantes de Trump—
El gobierno de La Habana a lo único que puede aspirar es a seguir produciendo profesionales para brindar servicios en el exterior, confiar —como ha ocurrido en estos casi cuatro años— en que para Trump la cuestión se resume en esas pequeñas gratificaciones mencionadas que le aseguran los votos de un sector de la comunidad exiliada por lo demás sin alternativas, y acariciar el sueño de un futuro sin pandemia y con una “vacuna cubana”, donde de alguna forma se mantenga cierta corriente de inmigrantes, exiliados y viajeros, y sobre todo se mantenga el envío de remesas, que en última instancia está garantizado no por las acciones del actual o futuro inquilino de la Casa Blanca, sino por la voluntad familiar. Son estos los pilares de la nueva industria nacional.
Nada de azúcar, níquel y petróleo. Ni inversiones ni desarrollo. Sin exilio no hay país.
Lo malo es que esta situación que aparenta la eternidad del instante siempre ha abierto una interrogante: ¿país?

Apoye a nuestras tropas… rusas


Un anuncio digital publicado por una rama de recaudación de fondos de la campaña de Trump el 11 de septiembre que llama a “apoyar a nuestras tropas” utiliza una fotografía de archivo de aviones de combate de fabricación rusa y modelos rusos vestidos como soldados. 
El anuncio, que fue realizado por el Comité Trump Make America Great Again, presenta siluetas de tres soldados caminando mientras un avión de combate vuela sobre ellos. El anuncio apareció por primera vez el 8 de septiembre y se publicó hasta el 12 de septiembre.
“Definitivamente es un MiG-29”, dijo Pierre Sprey, quien ayudó a diseñar los aviones F-16 y A-10 para la Fuerza Aérea de EEUU. “Me alegra ver que está apoyando a nuestras tropas”.
Ruslan Pukhov, director del Centro de Análisis de Estrategias y Tecnologías en Moscú, confirmó que los aviones son MiG-29 rusos, y también dijo que el soldado de la extrema derecha en el anuncio lleva un rifle de asalto AK-74.
El Comité Trump Make America Great Again está dirigido tanto por el Comité Nacional Republicano como por la campaña. La mayoría de las donaciones digitales y de bajo costo recaudadas por el comité se destinan a la campaña.
Luego de que Publico diera a conocer estos detalles, el creador de la imagen, Arthur Zakirov, confirmó en un mensaje de Facebook que la ilustración muestra un modelo 3D de un MiG-29, y que los soldados eran modelos rusos. Agregó que era una foto compuesta creada hace cinco años y tomada en tres países diferentes que muestra el cielo ruso, las montañas griegas y el suelo francés.
 “Hoy oyes hablar sobre la mano del Kremlin en la política estadounidense. Mañana eres esta mano”, bromeó, diciendo que el hecho de que su foto terminara en un anuncio de recaudación de fondos de Trump le pareció “bastante divertido”.
“Todo pasó por falta de atención”, dijo, y agregó que la campaña hizo “un mal trabajo de verificación de datos”.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Florida cierra el plan de Trump para ayudar a los desempleados

 


El gobernador republicano de Florida pondrá fin a un programa de Trump para aumentar los beneficios de desempleo para los estadounidenses desempleados porque el programa básico de desempleo del estado es demasiado pobre para continuar cumpliendo los requisitos para la ayuda federal, informa Politico.  
El gobernador Ron DeSantis, un aliado del presidente Donald Trump, está eliminando los $300 adicionales en beneficios semanales porque el estado paga a sus trabajadores desempleados muy poco para cumplir con el requisito de contrapartida del 25 por ciento. Florida parece ser el primer estado de la nación en detener el programa debido a su costo. 
La medida se produce ocho semanas antes del día de las elecciones, y Trump cuenta con su estado natal adoptivo para ganar un segundo mandato. Si Trump pierde Florida, su camino hacia la reelección podría ser difícil o imposible. 
Los legisladores estatales republicanos y demócratas se sorprendieron por la decisión de DeSantis, que se reveló sin fanfarria el lunes por la noche. Cientos de miles de residentes desempleados siguen necesitando desesperadamente ayuda financiera debido a la pandemia del coronavirus y el consiguiente cierre económico, y más de 3 millones de personas en Florida han solicitado alguna forma de ayuda estatal o federal por desempleo desde mediados de marzo. 
“Es desconcertante”, dijo la senadora estatal Annette Taddeo, demócrata por Miami. “Estás dejando el dinero sobre la mesa. Para las personas que afirman que tenemos que poner en marcha la economía, ¿adivinen qué? Una forma de impulsar la economía es asegurarse de que las personas tengan comida en la mesa y puedan pagar el alquiler”. 
Fred Piccolo, portavoz de DeSantis, no dio una explicación de por qué Florida estaba cerrando el programa, pero un funcionario de la administración reconoció que el costo estaba detrás de la decisión. La portavoz del Departamento de Oportunidades Económicas, Tiffany Vause, no respondió a preguntas detalladas sobre el programa. 
DeSantis presagió la semana pasada el anuncio, diciendo que Florida carecía de la “capacidad” para aceptar los pagos de $300 del gobierno federal. El programa Trump requiere que los estados gasten al menos $100 por persona a la semana en sus propios beneficios por desempleo para poder recibir los $300. Pero Florida, que tiene uno de los programas de desempleo más débiles del país, gasta muy poco para alcanzar ese umbral. 
Los pagos semanales de Florida alcanzan un máximo de $275, entre los más bajos de la nación, pero algunas personas cobran mucho menos. El estado tendría que aumentar sus pagos de beneficios para cumplir con los requisitos federales de contrapartida. 
El costo de lograr otras dos semanas de pagos podría costarle a Florida hasta $200 millones, según un senador estatal. 
El Congreso, como parte de la Ley CARES aprobada a principios de este año, proporcionó $600 adicionales a la semana para beneficios de desempleo para ayudar a las personas que quedaron sin trabajo por la pandemia. Cuando esa ayuda expiró y el Congreso no la extendió, Trump permitió en agosto que los estados recurrieran a fondos de ayuda para desastres para aumentar temporalmente los beneficios por desempleo. 
DeSantis anunció el mes pasado que Florida ofrecería los $300 adicionales a la semana, lo que fue posible gracias a la orden ejecutiva de Trump. 
Los floridanos han cobrado sus primeras tres semanas de ayuda, conocida como “asistencia por pérdida de salario”, y esta semana se realizó una cuarta ronda de pagos. 
Pero en una breve declaración el lunes por la noche, el Departamento de Oportunidades Económicas de Florida anunció que el pago de esta semana sería el último del programa. 
Trump inicialmente sugirió que los estados podrían usar el dinero no gastado de la Ley CARES para cumplir con los $100. Pero DeSantis planea usar los casi $6 mil millones enviados a Florida por el Congreso para pagar la respuesta estatal al coronavirus y cerrar algunas brechas en el presupuesto. 
El senador estatal Jeff Brandes, un republicano de San Petersburgo que alentó a DeSantis a aceptar la ayuda federal adicional por desempleo, dijo que el gobernador debería aprovechar las reservas de emergencia del estado para obtener la parte correspondiente de Florida. 
“Se limita a poner manos a la obra”, dijo Brandes. “Deberíamos estar afilando el lápiz”.  
A Florida le quedan aproximadamente $1,34 mil millones en su fondo fiduciario de desempleo, que se usa para pagar beneficios estatales, y la cantidad de trabajadores desempleados que reciben ayuda se está reduciendo porque el estado limita los pagos a 12 semanas. Solo alrededor de 368.000 personas están recibiendo beneficios de desempleo respaldados por el estado, frente a los 2,15 millones de personas en el pico. 
Los demócratas pidieron este año a DeSantis que aumentara el monto de los pagos semanales por desempleo y extendiera la cantidad de semanas que la gente podría cobrarlos, pero el gobernador ha dicho que carece de autoridad para alterar el programa. Por su parte, los líderes legislativos republicanos han rechazado los pedidos de los demócratas de celebrar una sesión especial para abordar los problemas presupuestarios que se avecinan en Florida. 
El senador estatal José Javier Rodríguez, un demócrata de Miami, dijo que otros estados obtendrían dólares de los impuestos federales debido a que Florida es “increíblemente barata”. 
“La idea de que no podemos identificar una fuente de dinero para reducir un margen de tres a uno es simplemente obscena”, dijo Rodríguez.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Las teorías conspirativas en las urnas



Facebook ha cerrado sus servicios a gran número de miembros de QAnon, y aunque la medida tiene mucho de justificación corporativa, también ilustra la gravedad que ha alcanzado la divulgación de teorías conspirativas de cara a las elecciones presidenciales.
El pasado miércoles, Facebook anunció que había eliminado 790 grupos QAnon de su sitio y restringía otros 1,950 grupos, 440 páginas y más de 10,000 cuentas de Instagram relacionadas con esa teoría conspirativa de la extrema derecha.
¿Qué es QAnon?
El 28 de octubre de 2017, un usuario anónimo ahora ampliamente conocido como “Q” aparece en las redes sociales. Q predijo el arresto inminente de Hillary Clinton y un levantamiento violento en todo el país.
Aunque ambos hechos no se produjeron, QAnon pasó a estar asociado a lo que desde la pasada elección presidencial se conoce como Pizzagate: la afirmación sin fundamento de una red de pedófilos, entre ellos asociados de Hillary Clinton, que llevaban a cabo sus actividades en el sótano de una pizzería en Washington, DC. Además dichos individuos traficaban con sangre de niños.
Aquello desembocó en un hecho que por suerte tuvo más de esperpento que de tragedia: un hombre armado se presentó en la pizzería para “hacer una investigación por su cuenta”. Luego de tres disparos y no encontrar el sótano maldito (ni sótano alguno: en realidad la pizzería no lo tenía), se entregó a la policía.
Sin embargo, los miembros de QAnon persistieron en sus afirmaciones sin pruebas de la existencia de una conspiración dentro del propio gobierno, dirigida contra el presidente Donald Trump, sus partidarios y los miembros cercanos de su gabinete. Estas acusaciones —por lo general escritas en un lenguaje en que se insinúa el conocimiento de información de inteligencia— no solo han persistido sino que han cobrado fuerza. Las actividades de QAnon en las redes sociales, sea con publicaciones, comentarios o señalamientos, han crecido entre un 200 y un 300 por ciento en los últimos seis meses, según datos recopilados por The New York Times.
QAnon tipifica la atracción que existe en la actual sociedad estadounidense hacia las teorías conspirativas. Pero va más allá, al agrupar a un grupo disperso, que con sus teléfonos y computadoras personales intercambian rumores y teorías sin fundamento. Es un movimiento unido en el rechazo masivo de la razón, la objetividad y otros valores que caracterizaron la época de la Ilustración y dieron fundamento a la sociedad democrática.
Con QAnon asistimos al nacimiento de un culto, donde la paranoia es utilizada para fomentar una fervorosa esperanza solo hacia sus ideas, lo que otorga a los participantes un profundo sentido de pertenencia. Con fanfarria y entusiasmo, sus miembros recorren un camino entre la irreverencia y la sumisión. 
Lo grave de ello es que, más allá del gusto conspirativo que podía canalizarse con el disfrute de una película o una serie, su discurso por momentos agresivo, a veces bélico y fatalista —así como la tenencia de armas de asalto y la declaración de una disposición a usarlas—, constituye una amenaza para la democracia.
A ello se añade la entrada de la comunidad QAnon en la campaña electoral. Desde los participantes con camisetas, pancartas y distintos alegóricos en los actos de campaña de Trump, hasta la cifra de 76 aspirantes y candidatos legislativos —pasados y vigentes— que han exhibido  mensajes o se han mostrado favorables a dichas teorías conspirativas.
De ellos, 71 son republicanos, dos demócratas, uno libertario y dos independientes, de acuerdo a la última actualización en Media Matters for America, un sitio de análisis no lucrativo de tendencia progresista.
En términos conspirativos —difícil eludir el contagio—, la trama llega hasta la Casa Blanca. A finales del año pasado, Trump había retuiteado cuentas a menudo centradas en teorías de conspiración, incluidas las de QAnon, en al menos 145 ocasiones, según The New York Times.
Aunque muchos seguidores de QAnon se mueven muchas veces en una realidad alternativa —como en la serie de The Matrix—, la política tiene fronteras estrechas. Y en la lucha electoral cotidiana, algunos políticos se pueden servir de las teorías conspirativas como instrumentos de seducción. Pero a quienes se aferran a ellas solo les quedan dos destinos: el de manipulador o manipulado.

Hacia la estación autoritaria


El principal problema que enfrenta la sociedad estadounidense en estos momentos no es solo la presidencia de Donald Trump. Es la posibilidad de que se produzca una baja participación en las urnas.
Si ello ocurre, el camino quedará abierto para la consolidación de un gobierno populista autoritario, similar o peor al que existe con Ley y Justicia en Polonia o con  Viktor Orbán en Hungría.
Aquí ni siquiera hace falta un nombre nuevo de partido, porque el republicano  ha dejado de funcionar como la organización conservadora que requiere la nación, para convertirse en un culto trumpista. 
Para enfrentar al populismo de extrema derecha hay que establecer claramente una plataforma política de cara al futuro; definir el sistema económico a construir o mejorar y trazar la mejor vía de lidiar con la demagogia y el engaño de los políticos.
En estos tres frentes, la boleta de Joe Biden y Kamala Harris nos ofrece poco en que apoyarnos, al punto de dar la impresión que lo apuesta todo en el rechazo a Trump. Condición necesaria, ¿pero suficiente? 
El argumento de la vuelta a la normalidad —válido en su enunciado— y la aceptación más que implícita de que una presidencia de Biden abarcaría un solo mandato y tendría un carácter transicional no alcanzan para alimentar un poderoso entusiasmo. Y una victoria demócrata solo sería posible con un carácter contundente, arrollador. Lo demás es arriesgarse a un largo litigio y las trampas consecuentes, un peligro acrecentado con la presencia de un colaboracionista como el secretario de Justicia.
Los fundamentos de una plataforma política, más allá de los documentos de rigor, han quedado desplazados por la necesidad de respuesta ante un presidente que provoca a diario con nuevas mentiras y reiterados disparates. Si bien dichas respuestas son necesarias, trascenderse es fundamental para no quedar limitado a una caja de resonancia antitrumpista.
La respuesta al imperativo de modificar o mejorar el sistema económico debe trascender la dicotomía capitalismo-socialismo, porque esta resulta obsoleta. El llamado comunismo —o socialismo en su acepción soviética, cubana o asiática— no cabe en la discusión, porque en todas estas variantes demostraron su ineficiencia. Además, con la limitada cultura política del electorado estadounidense, de momento el único fin que sirve la palabra socialismo es introducir más confusión y miedo. 
Queda una adecuación de un capitalismo acorde a los avances tecnológicos, el internet y el mundo globalizado —una palabra que tanto los trumpistas como la militancia izquierdista de antaño detestan— y la base de ello es el facilitar la educación de niveles académicos elevados. Algo que, en lo planteado hasta ahora por Biden, resume buenas intenciones pero carece de una propuesta o plan amplio y priorizado.
Combatir la demagogia es el aspecto más difícil. La buena noticia es que en la democracia un demagogo termina por caer. Basta recordar al demócrata Huey Long y al republicano Joseph McCarthy. Pero quizá el primero no sea un buen ejemplo por las circunstancias de su final y el segundo fue solo un senador. ¿Y cuando el demagogo cuenta con el poder y el tiempo necesarios para poner en peligro la democracia? Aquí radica el peligro de la reelección de Trump.
En mayo de 1989, Donald Trump compró una página entera en los principales diarios neoyorquinos para publicar un texto titulado “Recuperar la pena de muerte. ¡Traigan a nuestra policía!”, en donde justificaba la violencia policial como necesaria para preservar la “vida como nosotros la conocemos”.
El alegato era en favor de una condena máxima y rápida contra los supuestos culpables de la violación y golpiza a una mujer blanca que corría por el Parque Central de Nueva York. A consecuencia del asalto, la víctima de 28 años quedó en coma y no recordaba lo ocurrido, pero sobrevivió. Cinco jóvenes —cuatro de la raza negra y otro latino— fueron acusados y condenados injustamente por el delito. En 2002, tras permanecer en prisión y en centros de detención juvenil, fueron exonerados por completo.
Esa ansia por volver al pasado —a la “vida como nosotros la conocemos”— ha determinado la presidencia de Donald Trump, donde no es difícil determinar a qué clase de “vida” se refiere y quiénes somos “nosotros”. Un mundo de exclusión y juicios falsos que busca perpetuar. 

lunes, 17 de agosto de 2020

Como Biden quiere cambiar a EEUU

Cuando lanzó su precandidatura a la presidencia de Estados Unidos en abril de 2019, el demócrata Joe Biden declaró que representaba dos cosas: a los trabajadores que “construyeron este país” y a los valores que pueden unificar las grietas que actualmente dividen a Estados Unidos, informa la BBC.

Muchísimo ha pasado desde entonces.

La pandemia de coronavirus, una crisis que desnudó el racismo en el país y lo que se perfila como una depresión económica histórica pusieron el año 2020 de cabeza y representan un enorme desafío para quien ocupe la Casa Blanca tras los comicios del 3 de noviembre.

Estos eventos han obligado a los candidatos a modificar algunas de sus propuestas, prioridades y estrategias.

Muchos analistas consideran que la decisión de Biden, de 77 años, de nombrar a la senadora por California Kamala Harris como su número dos —la primera mujer negra candidata a la vicepresidencia por el Partido Demócrata en la historia del país— forma parte de esos cambios.

Sin embargo, hay una cosa que no ha cambiado: la propuesta básica de Biden, que fuera vicepresidente de Barack Obama, sigue siendo reconstruir y restaurar lo que, a su entender, se ha perdido durante el gobierno actual.

Desde alianzas internacionales hasta el avance de la clase media, la protección ambiental y los derechos a la atención médica.

Biden pretende revocar muchas decisiones de Trump y afrontar nuevos desafíos para el país.

Con el comienzo el lunes de la Convención Nacional Demócrata, el evento de cuatro días al final del cual los delegados del Partido Demócrata formalizarán la candidatura de Biden y Harris, los corresponsales de la BBC analizan cuáles son las principales propuestas del rival de Trump.

Coronavirus: un programa nacional de prueba y rastreo

Para abordar el coronavirus —el desafío más inmediato y obvio que enfrenta EE.UU. hoy— Biden propone proporcionar pruebas gratuitas para todos y contratar a 100.000 personas para establecer un programa nacional de rastreo de contactos.

Dice que quiere establecer al menos diez centros de pruebas en cada estado y pedir a las agencias federales que desplieguen recursos y brinden una guía nacional más firme a través de expertos federales.

También cree que todos los gobernadores deberían exigir el uso de máscaras.

Salud: ampliación del Obamacare

Biden dice que ampliará el alcance de la Ley de Cuidado de Salud Accesible (ACA), más conocido como Obamacare, aprobado durante su gestión como vicepresidente y que Trump ha intentado derogar.

Su plan es asegurar a aproximadamente el 97% de los estadounidenses.

Aunque no llega a la propuesta de seguro médico universal, conocida como “Medicare para todos”, por la que abogan los miembros más progresistas de su partido, Biden promete dar a todos los estadounidenses la opción de inscribirse en una opción de seguro médico público similar a Medicare, que brinda beneficios médicos a los ancianos.

También promete reducir la edad de elegibilidad para Medicare, de 65 a 60 años.

Economía: aumentar el salario mínimo e invertir en energía verde

Biden quiere aumentar el salario mínimo a al menos $15 la hora, una medida que goza de popularidad entre los jóvenes y que se ha convertido en una especie de tótem del Partido Demócrata en 2020.

También propone poner fin al pago de salarios por debajo del mínimo para los trabajadores que reciben propinas.

Y ha dicho que revertirá los recortes de impuestos de la era Trump.

Medio ambiente: volver a unirse al Acuerdo Climático de París y pasar a usar energía verde para 2050

Biden ha prometido que si gana, volverá a sumar a EEUU al acuerdo de París, del que se retiró con Trump.

Se ha comprometido a alcanzar una “economía de energía limpia” al 100% para 2050 y ha descrito el cambio climático como “el desafío que definirá el futuro de nuestro país”.

Industria: priorizar la producción nacional

El plan “Reconstruir mejor” de Biden propone que el gobierno federal invierta $700.000 millones en materiales, servicios, investigación y tecnología fabricados en EEUU.

La propuesta también apunta al fortalecimiento de las llamadas leyes “Compre productos estadounidenses”, que incluyen ajustar la definición de lo que es considerado un bien de producción nacional.

Política exterior: reparar la reputación del país (y quizás enfrentar a China)

La política de Biden se centra en una noción de “política exterior para la clase media”, así como en la promesa de reparar las relaciones con los tradicionales aliados del país que Trump socavó, en particular con la OTAN.

Biden también ha dicho que China debería rendir cuentas por prácticas injustas, pero en lugar de imponer aranceles unilaterales ha propuesto formar una coalición internacional con otras democracias que China “no puede permitirse ignorar”.

Educación: preescolar universal y expandir la educación universitaria gratuita

En un giro notable hacia la izquierda, Biden ha respaldado varias grandes políticas educativas que se han vuelto populares dentro del partido: condonación de la deuda de préstamos estudiantiles, expansión de universidades gratuitas y acceso preescolar universal.

Estos se pagarían con el dinero recuperado de la retirada de los recortes de impuestos de la era Trump.

Control de armas: un cambio radical de las políticas actuales para frenar la violencia armada

La campaña de Biden llama a la violencia armada “una pandemia de salud pública”.

Si gana, el candidato ha prometido más de dos decenas de cambios en las políticas estadounidenses de control de armas.

Biden dice que prohibirá la fabricación y venta de armas de asalto y cargadores de alta capacidad y exigirá verificaciones de antecedentes para todos los compradores de armas.

También pondrá fin a la venta en línea de armas de fuego y municiones, e incentivará a los estados a invocar leyes de alerta que permitan a la policía confiscar armas temporalmente a personas consideradas

peligrosas.

Inmigración: marcha atrás a las políticas de Trump

Si es elegido, Biden dice que buscará inmediatamente deshacer las políticas de inmigración de la era Trump.

En sus primeros 100 días en el cargo, promete revertir las políticas que separan a los padres de sus hijos en la frontera, rescindir los límites a las solicitudes de los solicitantes de asilo y poner fin a las prohibiciones de viaje a varios países de mayoría musulmana.

También promete proteger a los “Dreamers”.

Justicia: reforma del sistema penal, marihuana legal y no más pena de muerte

Biden ha propuesto una serie de políticas para reducir el encarcelamiento, abordar las disparidades por raza, género e ingresos en el sistema judicial y rehabilitar a los prisioneros liberados.

Si es elegido, Biden dice que eliminaría las sentencias mínimas obligatorias, despenalizaría la marihuana y eliminaría las condenas anteriores por cannabis, y que pondría fin a la pena de muerte.

Sin embargo, ha rechazado las llamadas para retirar fondos a la policía. Ha dicho que algunos de esos fondos deberían ser redirigidos a los servicios sociales, como los de salud mental, pero hasta ahora ha eludido los planes para “desfinanciar” a la policía, en el ojo del huracán por acciones de brutalidad como la que llevó a la reciente muerte del afroestadounidense George Floyd.

En cambio, su plataforma aboga por una inversión de $300 millones en un programa de policía comunitaria y promete expandir el poder del Departamento de Justicia para abordar la mala conducta sistémica en los departamentos de policía.

Vivaldi y Carlos VI

En septiembre de 1728, Vivaldi mantuvo un encuentro con Carlos VI en Trieste.  De la reunión hay el testimonio de dos cartas de un abate veneciano a una dama francesa. 
“El emperador ha dedicado mucho tiempo a discutir de música con Vivaldi. Se dice que él ha hablado [con el compositor] más en dos semanas que lo que ha hecho en dos años con sus propios ministros”, escribió el religioso.
Como su abuelo Fernando II y su padre, Leopoldo I, Carlos VI no solo era capaz de componer —principalmente música religiosa— sino de dirigir una ópera de Fux. Eso, por supuesto, no le impidió estar empeñado en guerras constantes, como era común en la época.
Por su parte, Vivaldi buscaba una posición como compositor y ejecutante en Viena, y no recibió ninguna de las dos, por lo que no hay que confiar mucho en la comprensión y los gustos de los monarcas.
Dejando a un lado la segura benignidad de los cortesanos —incluidos los músicos de la corte— hacia las habilidades musicales del monarca, queda siempre su interés musical.
Imaginemos por un momento un encuentro similar en la actualidad. Pensar en una reunión de este tipo con Trump es demasiado cruel. Busquémoslo en España, en Francia, en Gran Bretaña, en Holanda. Busquemos más, sin esperanza.
Uno, a veces, no puede —¿o no quiere?— evitar ser reaccionario.

domingo, 16 de agosto de 2020

«Seberg»

Como película, Seberg no se destaca salvo por Kristen Stewart. Como filme político, deja cabos sueltos, mucho sin mencionar y carece de profundidad, lo que es típico en cintas de este tipo. 
Pero el programa COINTELPRO existió y muchos de sus documentos son ahora públicos. Una institución policial de Estados Unidos llevó a cabo una campaña de desprestigio y calumnia contra una artista estadounidense por sus simpatías políticas y por sus donaciones al controversial movimiento de las “Panteras Negras”. A lo que se debe añadir que en general el Black Power merece la crítica y la condena por algunas de sus ramas y participantes (la armada y terrorista), sin que por ello se eluda las características de la sociedad norteamericana que llevaron a su existencia (en ese eludir en situar la realidad del momento se lamenta la ausencia de al menos una línea que señale que Hakim Jamal fue asesinado por miembros del Black Power, al final de la película antes de los créditos, mientras se escucha  a Nina Simone cantando Just Like Tom Thumb's Blues de Bob Dylan).
Sin embargo, lo que preocupa y alarma es que esas tácticas de difamación, intimidación y calumnia no terminaron con el final de la era de Hoover en el FBI. Lo que es peor, ahora están más extendidas que nunca en la política y en toda la sociedad estadounidense. Con impudicia e impunidad el presidente Donald Trump las emplea a diario, y sus partidarios las repiten y se alimentan de ella. Todo para recordarnos que en lo social y político este país avanza y retrocede con una frecuencia exasperante.

domingo, 2 de agosto de 2020

¿Cuál de las tres?


Tres son las más fuertes candidatas a formar parte de la boleta demócrata como el vicepresidente nominado por Biden: Kamala Harris, Val Demings y Susan Rice.
Aunque la senadora Harris parece la candidata ideal, tengo dudas de que Biden la elija. Aquí entran a jugar las personalidades de ambos y el hecho de que el exvicepresidente no debe sentirse muy complacido a incluir en el ticket a alguien que, desde el primer día en la Casa Blanca, inicie sus pasos para una posible elección futura a la presidencia.
La representante Demings cuenta a su favor con el hecho de haber sido jefe del departamento de policía de Orlando antes de ser elegida a la Cámara y el potencial de ayudar a ganar el estado de Florida (Harris también tiene experiencia en el terreno legal). Sin embargo, no resulta decisivo el nombramiento de un vice para ganar un estado. De hecho, por lo general el votante se fija en quien encabeza la boleta y no el segundo nombre, aunque debido a las características de Biden y de este año electoral, ello puede cambiar.
En cuanto a experiencia en el campo internacional participación en las administraciones de Clinton y Obama, Rice es la candidata con mayor puntaje. Aunque su nominación les serviría a los republicanos para volver al tema de Benghazi y avivaría el siempre presente conflicto ideológico sobre la posición de Estados Unidos con respecto a Israel e Irán. Quizá sería la nominada con mayores posibilidades de ofrecer ”municiones” a trumpistas y republicanos en la contienda ideológica. Rice cuenta además con simpatía de Obama y las suficientes credenciales “liberales” para atraer a los votantes más progresistas. Tendría el apoyo de buena parte de la comunidad LGBT, ecologistas y partidarios de una posición más negociadora de EEUU en el terreno internacional y menos belicistas. Más de cooperación y menos de aislamiento.
De las tres, creo que es la más capacitada, aunque quizá Biden mire más a la situación nacional, se decida por Demings y deje todo el tema de política internacional a decidirlo en base a su propia experiencia y conocimiento. Si un candidato presidencial busca en su compañero de boleto lo que él carece o tiene en falta, no necesita tanto a Rice y sí a Demings para contar con el voto de los electores de la raza negra de manera decisiva.
Solo que —¿lo olvidaba?—, yo no soy Biden.
De izquierda a derecha; Kamala Harris, Val Demings, Susan Rice.

lunes, 13 de julio de 2020

Del boicot a Goya y la eterna esquizofrenia del exilio cubano


No me fascina la idea de un boicot cualquiera, pero por otra parte no deja de deslumbrarme esa actitud esquizoide que parece constituir la maldición eterna del exilio cubano en Miami.
Cuando se trata de un boicot a una empresa —que en otras ocasiones aquí se ha intentado, en campañas sin pena ni gloria, de que no se compren sus productos por razones diversas dentro de un anticastrismo chato—, ya que su director ejecutivo no solo apoyó la labor del presidente Trump sino la consideró “una bendición” para el país, saltan las alarmas. A la hora de aliviar o simplemente valorar los resultados de un embargo que en poco o nada ha contribuido a la democracia en Cuba, pero sí siempre a que sea más difícil, costosa y precaria la vida de los cubanos de allá y sus familiares de aquí, se rasgan las vestiduras y estremecen sus gritos a favor de impedir el tráfico.
Todo ello sin contar una larga tradición, en la época de aquel locutor radial, en que cada semana se alentaba el impedir la compra de chorizos, turrones, maracas o tortillas por las razones más diversas.
“Esto es reprimir [la libertad] de expresión”, ha dicho el director ejecutivo de Goya Robert Unanue, quien reafirmó que no se disculpaba por lo dicho.
No viene mal recordar la respuesta de Goya cuando en 1990, el escritor y periodista Carlos Alberto Montaner hizo un comentario en su programa de televisión Portada, en el cual señaló que —bajo su punto de vista— en los llamados guetos puertorriqueños de ciudades estadounidenses, “miles de madres solteras muy jóvenes trataban de escapar de la pobreza a través de los servicios sociales [welfare] o mediante nuevas parejas que después las abandonaban y dejaban tras ellos otros niños para empeorar el problema”, según publicó The New York Times.
Montaner luego pidió disculpas por su comentario, pero ello no impidió que por esa causa Goya Foods de Secaucus, New Jersey, retirara sus anuncios del Canal 41, de la cadena Univisión en Secaucus.
Goya no fue la única compañía que participó en aquel boicot y tampoco se trata de revivir una vieja polémica o valorar aquí las palabras del comentarista, sino tener presente que el boicoteo es un arma de doble filo y cuando se utiliza los participantes en ocasiones entran en un campo minado: “quien a hierro mata, a hierro muere”. Así que en muchos casos —no todos— lo mejor es abstenerse, tanto en uno como en otro sentido (por supuesto, este escrito es una violación de la regla).
A los exiliados cubanos, sin embargo, poco le importan escrúpulos de este tipo. Un boicot, si es pueril, solo consigue la exaltación de los necios.
Frente al arrebato del boicot a los productos Goya lo más natural es la indiferencia. Pero no, el exilio siempre arrebatador de causas locales y de cualquier tipo —desde hace casi cuatro años transformado en bastión trumpista—, arremete con furia y se lanza a vaciar anaqueles, propagar las virtudes del sofrito, invitar a frijoles a los vecinos y comprar aceitunas, muchas aceitunas aunque sean de origen español. Así, con la alacena hasta lo topes, se detiene por un momento a contemplar su obra.
En eso de embargos, boicoteos, rechazos y negativas, por lo menos se debería intentar algún rubor. 

jueves, 4 de junio de 2020

Cuando la repulsa no justica la censura


The New York Times da marcha atrás, y es lamentable.
Una controversial carta abierta escrita por el senador republicano Tom Cotton, en la que defendía el uso de las tropas federales para apaciguar las protestas, no cumplía con los estándares del New York Times, afirmó el periódico el jueves.
Este retroceso obedece tanto a las críticas del personal del diario como del sindicato de periodistas de Nueva York, al igual que a la situación existente en todo el país.
Frente a estos factores, hay que contraponer el criterio del director de las páginas editoriales del diario, James Bennet, quien defendió la decisión de publicar el texto con estas palabras:
“Creemos que muchos lectores encontrarán que los argumentos del senador Cotton son dolorosos, incluso peligrosos“, escribió Bennet. “Creemos que esta es una de las razones por las cuales merecen escrutinio público e incluso debate”, agregó.
“Publicamos el argumento de Cotton en parte porque nos hemos comprometido con los lectores del Times a proporcionar un debate sobre cuestiones importantes como esta. Socavaría la integridad y la independencia de The New York Times si solo publicamos opiniones con las que los editores como yo estuvimos de acuerdo, y traicionaría lo que considero nuestro propósito fundamental: no decirte qué pensar, sino ayudarte a pensar para ti”, añadió Bennet.
Y en esto radica la clave del asunto. Al dar macha atrás el Times, y autocriticar su decisión, está dando una muestra de debilidad.
La libertad de opinión no se refiere simplemente a publicar una opinión contraria; incluye también la divulgación de criterios que se sabe o sospecha se fundamentan en bases erróneas. No cabe resumirlo todo a la vara de medir lo correcto e incorrecto, lo justo e injusto, lo falso y verdadero. Estos criterios, válidos a la hora de considerar una pieza informativa, no tienen igual dimensión cuando se aprecia una información o criterio. Y lo escrito por el senador Cotton responde a su forma de pensar, con independencia de que unos la consideren errónea y otros correcta.
Por supuesto que cuando se asume dicho criterio se entra en terreno minado. Pero bastan algunos parámetros para definir los patrones selectivos: desechar la simple difamación, los ataques personales en general y aquellos textos que evidencian una manipulación burda o responden a la propaganda y la tergiversación bajo el patrocinio de cualquier ideología.
Nada de ello excluye a cualquier editor —no importa lo insignificante de su publicación— de ser acusado de censor. Es parte de la naturaleza de su trabajo, y como tal debe asumirla.
En el caso de lo escrito por el legislador, no se puede reducir el mensaje a declaraciones demagógicas en su contra, como que “pone en peligro la vida de ciudadanos negros”. Sí, es cierto que vale el reclamo que justifica una represión desbordada, pero de ahí a categorizarlo como “peligroso” hay una distancia.
Esta distancia no solo viene dada por las palabras en sí. Más bien hay que analizarlas dentro del contexto, la sociedad en que se produce. Y The New York Times, afortunadamente no es Pravda en sus mejores (peores) tiempos.
Con ello se aclara que una sociedad democrática —y la prensa en ella— no se rige por la entelequia de convertir la opinión en hecho establecido o criterio absoluto. Eso es lo que siempre hicieron Stalin o Castro, para citar ejemplos cercanos a los lectores. Y la prensa que dominaban era simple cadena de transmisión, no instrumento de refutación, aprobación y análisis.
Poco favor se hace un periódico cuando desprecia el criterio discriminativo de sus lectores, que en medio de un torrente de informaciones, datos y opiniones, pueden valorar con justeza el alcance y la verdad de lo afirmado por el senador republicano.
Lo demás es demagogia, oportunismo y —puede doler decirlo— limitarse a lo “políticamente correcto”.

jueves, 28 de mayo de 2020

Una falsa dicotomía


Con una retórica cursi en cada palabra, el gobierno cubano repite el viejo discurso de un nacionalismo  decimonónico cada vez más ajeno a la realidad.
Buenta parte de esa labor la han desempeñado los pocos intelectuales orgánicos que aún quedan en la nación, y se han limitado a cierta regurgitación de conceptos caducos luego del agotamiento ideológico del modelo marxista-leninista: el intelectual afín a la Plaza de la Revolución ha devenido en supuesto fiel guardador de los “valores patrios”.
Estas figuras afines al sistema, que viven bajo las ruinas de lo que en una época se intentó caracterizar como “socialismo cubano” se ven obligadas a volver una y otra vez a las nociones de patria y nación como sustitutos ideales de gobierno o régimen.
Si tras la desaparición de la Unión Soviética y la caída del campo socialista, el régimen mantuvo dos maniobras para tratar de encaminar el deterioro ideológico —el post-marxismo adoptado como función de adaptación y el nacionalismo como elemento fundacional del proceso, a nivel de discurso—, en los últimos años las opciones se han limitado a repetir una explicación histórica reducida a la imagen del patriota colocada en la vieja pared del aula escolar, desamparada ante el acoso del polvo y las moscas.
Al dar muestras de agotamiento el nacionalismo católico, a comienzos de este siglo, algunos de los portavoces de la ideología oficial iniciaron un desplazamiento hacia el llamado “socialismo del siglo XXI”, propuesto por Hugo Chávez en Venezuela.
El problema con esos cambios oportunos —o para decir lo menos, oportunistas— fue que, desde el punto de vista teórico y fundacional, carecieron de solidez y solo sirvieron de espejismos al uso para justificar un acercamiento al poder o al dinero. A ello hay que agregar que, como el lugar que antes ocupaba la teoría lo comenzaron a llenar los medios masivos, el debate se llenó de mezclas absurdas.
De esta forma, el intentar montar en el mismo carro a Bolívar y Marx, en el mal llamado "socialismo del siglo XXI", no resultó más que un disparate que se agotó con la desaparición de Chávez y el deterioro de la situación económica y política en Venezuela
Hubo que volver entonces al nacionalismo del siglo XIX en su forma más cruda.
El problema con esa defensa de la nación, como altar y no como sitio de nacimiento y residencia, y sobre todo cuerpo legislativo fundamentado en un Estado de derecho, es que su invocación viene aparejada con un culto de los héroes que en realidad esconde una justificación del despotismo.
Cuba comenzará a ser una nación más plena en la medida en que la sociedad se libre de la enorme dependencia de los políticos. Cuando finalmente sea posible que la administración de las cosas se imponga sobre la administración de los hombres.
La llamada a la preservación de Cuba como nación —pretexto más bien de justificación del régimen actual— es vacía si no se acompaña del reclamo de Cuba como país democrático; de rescate de valores fundamentales, muchos de los cuales existieron en alguna medida en un Estado en desarrollo antes del funesto golpe de  Fulgencio Batista, pero de forma tan precaria que permitieron el surgimiento de tiranías y violaciones de derechos fundamentales, que mancharon la historia cubana.
E.M. Cioran afirmaba que la historia no es más que un desfile de falsos absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos. El discurso de quienes concentran el poder en Cuba no es más que el intento burdo de apropiarse de conceptos y ejemplos históricos en la búsqueda de perpetuar, por medio de la repetición, al totalitarismo a través de símbolos. Muchos, y casi siempre con mayor éxito, lo han intentado con anterioridad, aunque siempre la terca realidad ha terminado por imponerse.
El reclamo nacionalista tiene cada vez menor calado en un país cuyo modelo imperante no ha dudado en subordinar a sus ciudadanos a los intereses y ambiciones de sus gobernantes, y que en la actualidad se beneficia económicamente de quienes han partido. Un gobierno que se subordinó al esquema de dominación mundial impuesto por la desparecida Unión Soviética, para así lograr la supervivencia de la elite gobernante. Que aún en estos momentos practica una política de dependencia económica con el gobierno venezolano que solo se ha visto limitada por las dificultades surgidas en ese país y cuyos ciudadanos no dudaron en sacar, de no se sabe dónde, banderas estadounidenses a tutiplén, y exhibirlas con alegría cuando les fue permitido. Una nación donde el ideal ciudadano se resume, en millones de sus habitantes, en el simple deseo de abandonarlo.

jueves, 23 de abril de 2020

Lo que viene


Miedo. Muerte. Temor. Así son las crisis. Pero incluso una de salud como esta, se aprovecha por el enorme potencial que presenta para las justificaciones, los pretextos; las oportunidades para hacer avanzar una agenda, un interés, determinados planes, muchas ambiciones.
Y ya la pandemia del covid-19 en Estados Unidos está mostrando el profundo carácter clasista que le imponen los poderosos o que sufren los necesitados. La porfía por imponer ideas, creencias, criterios. El afán para que otros los cumplan.
Cada día que pase lo veremos con mayor fuerza y multiplicado su alcance. A los despidos que semanas atrás consideramos inevitables, se sumaran otros que sospecharemos esconden fines más ruines. Las medidas de ahorro que hasta ayer acatamos —sino con gusto al menos de forma solidaria—, hoy nos mostrarán el rostro de la avaricia.
Algunas ventajas, pequeños privilegios, amabilidades de nación superdesarrollada económicamente, de momento suspendidas a reclamo de la epidemia, no volverán.
Los republicanos parecen empeñados en colocar a la lucha de clases —sí, la lucha de clases— en primer término a la hora de decidir las elecciones. ¿Quién ganará la presidencia? Pequeño enigma dentro de tantas incógnitas. Por lo pronto, no hay que salir a descartar a Trump. Puede que triunfe. Sobran los ejemplos de estupidez en las urnas. Los cubanos de Miami son un buen ejemplo de ello.
Mientras tanto, aguantar los errores de los poderosos. Ver como el recurrir al conocimiento como guía, sigue compitiendo —al parecer en creciente desventaja— contra el oscurantismo y los fanáticos de siempre.
Luego al ¿final?, saldremos de esta crisis o más pobres o más ricos, según cada cual; pero todos más incrédulos, más divididos, más hostiles.

Locura total


En El cantor del jazz —la que se considera la primera película por completo sonora de la historia del cine— Al Jolson lanza una frase que se haría célebre: “Folks, you ain't heard nothin' yet”. Como en el cine, como en el teatro, como en la política, aún no lo habíamos escuchado todo: Jared Kushner, un “asesor principal de Trump” por méritos matrimoniales y no por talento ha pasado a la primera línea de dirección de la respuesta de la Casa Blanca a la crisis por la pandemia del covid-19.
El yerno de Trump se ha instalado en la Agencia Federal de Control de Emergencias (FEMA), y agrega a su abultado manojo de responsabilidades —sin logros visibles en frente alguno— la fabricación, el suministro y la planificación a largo plazo de los equipos y medios sanitarios para combatir el coronavirus.
Kushner no sirve para nada. No es una opinión, es un hecho comprobado. Si usted aún no lo sabe revise algunos de los artículos que aparecen citados en este texto, entre en el archivo de cualquier periódico o revista importante o simplemente dele un vistazo al fantasioso plan para llevar la paz entre israelíes y palestinos, que Michael Koplow, del centrista Israel Policy Forum, describió como “la versión de Monty Python de la paz israelí-palestina”.
Por supuesto, Kushner es un chico con suerte. Nació de padres multimillonarios, escogió bien con quien casarse y ha sabido ganarse la confianza de su suegro; no se sabe si simplemente repitiendo todo lo que este quiere oír o como respuesta a las peticiones de la hija preferida. A ello se limita su éxito. 
Por lo demás —tras resultar un estudiante mediocre cuyos estudios e instituciones académicas deben más a la fortuna familiar que a su aprovechamiento docente—, ha fracasado como urbanizador, como editor de un célebre diario de Nueva York —que acabó destruyendo— y al frente de los negocios de su padre, mientras este se encontraba en la cárcel.
Con su cara de eterno niño rico, Kushner no inspira mucha confianza y su historial lo demuestra. Si usted tiene una peseta y quiere invertirla, mejor la pone en manos de la esposa de este, que es mucho más viva.
Al frente
Jared Kushner se ha convertido en una de las figuras más importantes en la lucha nacional contra la pandemia de rápido crecimiento, según un artículo publicado en Politico.
Lo que comenzó como un esfuerzo por utilizar el sector privado para corregir las fallas de las primeras pruebas, se ha convertido en una labor integral para Kushner, quien junto con un grupo improvisado e informal de supuestos expertos ajenos al gobierno —incluido su excompañero de cuarto— se ha colocado al frente de los mayores retos que enfrenta la Casa Blanca: ampliar el acceso a las pruebas, aumentar la producción de la industria de suministros médicos necesarios y descubrir cómo llevar esos suministros a los sitios clave.
Kushner ha obtenido su nuevo centro de poder en la FEMA, la organización de respuesta a la crisis que se hizo cargo de la estrategia y planificación del coronavirus, y donde él y sus ayudantes influyen y controlan a las dependencias de salud que han sido criticadas por sus respuestas lentas. a la pandemia a principios de este año.
Así ha surgido un grupo, el de Kushner, que lleva a cabo una operación que contrasta con la del vicepresidente Mike Pence: si el primero está integrado solo por miembros del sector privado, el segundo lo forman funcionarios del gobierno. En este sentido, el grupo de Kushner ha logrado la adquisición y el transporte aéreo de suministros médicos de emergencia a EEUU, así como donaciones de guantes y máscaras.
A golpes de billete
Ello, por otra parte, no se ha visto libre de reproches. Especialmente en Europa, donde se ha comentado que los estadounidenses han adquirido suministros —incluso en los aeropuertos— a golpes de dinero en efectivo y pagando tres o cuatro veces el valor del embarque que originalmente estaba destinado a otros países. Algo que Washington niega (para ver información al respecto se puede consulta El País).
Sin embargo, este grupo de trabajo privado ha duplicado los equipos trabajo y las operaciones federales existentes, y su enfoque en las decisiones rápidas a corto plazo ha creado preocupación entre algunos funcionarios de agencias de salud, según entrevistas con 11 personas involucradas en el esfuerzo de Kushner, lo que incluye altos funcionarios del gobierno, asesores externos y voluntarios en los proyectos, así como otros departamentos del departamento de salud y funcionarios de la Casa Blanca, según el reportaje citado de Politico.
Para complicar aún más la situación, a la hora de llevar a cabo decisiones Kushner cuenta con toda la confianza de Trump —y vía libre para hablar con él—, mientras el presidente ha expresado en público sus frustraciones con algunos de los que están al frente de las dependencias de salud del gobierno.
Un sitio web que desapareció
Todo ello crea dificultades en la cadena de mando para enfrentar la crisis, algo fundamental a la hora de lidiar con este tipo de situaciones.
El equipo de Kushner ha ayudado a desplegar docenas de sitios de prueba locales, un logro que está muy por debajo de la promesa inicial del presidente—hecha el 13 de marzo— de establecer una red nacional de centros de prueba, en las que Google ayudaría a administrar el proceso mediante un sitio web; una de las tantas promesas no cumplidas expresadas por Trump sobre las pruebas.
Aunque en los días siguientes al anuncio de Trump, una compañía de seguros de salud privada  desarrolló un sitio web con las características que el presidente había descrito.
Un equipo de ingenieros, gerentes de proyecto y ejecutivos pasaron cerca de cinco días construyendo este sitio web independiente, a pedido del gobierno, según un portavoz de la compañía. 
La firma incluso envió a dos empleados de Nueva York para reunirse en persona con funcionarios federales en Washington, D.C., dijo el portavoz.
Luego, el sitio web fue desechado, repentina y misteriosamente.
El papel de Kushner
El papel de Kushner en ese episodio ha sido objeto de un escrutinio creciente, sobre todo tras un reportaje en The Atlantic de que Oscar Health, la aseguradora de salud cofundada por el hermano de Kushner, Josh, fue la que recibió el pedido de desarrollar el sitio web. 
El mismo Kushner también fue propietario o tuvo el control  de la compañía.
El proyecto, que podría haber violado las leyes federales de ética, fue finalmente descartado.
Un portavoz de Oscar dijo que la compañía donó el trabajo de forma gratuita.
Los defensores de Kushner dicen que sus métodos lograron lo que las agencias de salud que trabajaban solas no lograron: entusiasmar la participación del sector privado. Añaden que desde que Trump lo dedicó a esta labor el número de pruebas o tests se ha incrementado a 100.000 por día. Aunque se mantienen las críticas de que algunos esfuerzos se están duplicando y que existen registros de datos redundantes. También algunos han expresado el temor de que la participación de compañías del sector privado derivará en que estas obtengan jugosos contratos del gobierno.
Los datos
Cuando el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, dijo que el estado necesitaría 30.000 ventiladores en la cúspide del brote de coronavirus, Kushner decidió que Cuomo estaba siendo alarmista. 
“Tengo todos estos datos sobre la capacidad de unidades de cuidados intensivos”, dijo Kushner.
“Estoy haciendo mis propias proyecciones, y me he vuelto mucho más inteligente al respecto. Nueva York no necesita todos los ventiladores”, agregó, según una columna de opinión de Michelle Goldberg en The New York Times.
Por su parte, el Dr. Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas del país, ha dicho que confía en la estimación de Cuomo.
La conocida arrogancia de Kushner volvió a relucir cuando el pasado jueves hizo su debut en la sesión informativa diaria de coronavirus de la Casa Blanca.
“Las personas que tienen solicitudes de diferentes productos y suministros, muchos de ellos lo hacen basándose en proyecciones que no son proyecciones realistas”, dijo  entonces.
La periodista Andrea Bernstein, que observó detenidamente el historial comercial de Kushner para su reciente libro American Oligarchs: The Kushners, the Trumps, and the Marriage of Money and Power —y habló con personas de todos los lados de los  negocios inmobiliarios de Kushner, así como con aquellos que trabajaron con él en The New York Observer, el periódico semanal que compró en 2006 y luego destruyó— dijo a Goldberg que el yerno de Trump “realmente se ve a sí mismo como alguien con la capacidad para cambiar cualquier situación”. 
Una y otra vez, dijo Bernstein, las personas que habían tratado con Kushner le dijeron que en cualquier cosa que este hiciera, “creía que podía hacerlo mejor que nadie, y tenía una confianza suprema en sus propias habilidades y su propio juicio, incluso cuando no sabía de lo que estaba hablando”.
La perenne dualidad de Kushner, al mismo tiempo yerno y asesor principal del presidente, se ha extendido en cierto sentido a otras funciones del gobierno durante esta crisis, en la dualidad entre el sector público y el privado.
Algunos funcionarios del gobierno se encuentran cada vez más confundidos, ya que han recibido correos electrónicos de empleados de la industria privada pertenecientes al equipo de Kushner, y con los cuales han participado en reuniones  sin saber cuál es el papel exacto de estos en la respuesta del gobierno frente a la pandemia.
Varias personas involucradas en esta labor dijeron que la participación de asesores externos —que envían correos electrónicos a grandes grupos de empleados del gobierno desde direcciones privadas de correo electrónico— plantea preocupaciones legítimas de seguridad, sobre si estos asesores están siguiendo los protocolos gubernamentales adecuados, según un artículo de The Washington Post.
“No sabemos quiénes son esas personas”, dijo un alto funcionario citado en el artículo del Post. “¿Quien es este? Todos estamos recibiendo estos correos electrónicos”, agregó.
Por su parte, y según el mismo diario, Kushner defendió su papel en una entrevista y dijo que el objetivo de su equipo era aportar “un enfoque empresarial” a la crisis.
“Estamos haciendo cosas a velocidades récord y estamos haciendo todo lo posible para evitar daños y mitigar los impactos negativos”, dijo Kushner.
“En Estados Unidos, algunos de nuestros mejores recursos están en nuestro sector privado. El gobierno federal no está diseñado para resolver todos nuestros problemas; gran parte del músculo está en el sector privado y también hay mucha gente inteligente”, agregó.
Por supuesto que hay otra visión que difiera de la que tienen Kushner, sus amigos y otros multimillonarios que se creen dueños del país. Y es que desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca se ha impuesto el criterio de que los ricos son los que tienen la última palabra en Estados Unidos.
Cuando ocurre una crisis de tal naturaleza, como la que sufrimos actualmente, la dirección del plan a seguir debe estar en manos de expertos, no de ineptos que nunca se han destacado por algo diferente a tener dinero. Asesores que no asesoran y cuyos consejos carecen de fundamento.
Por ejemplo, Uno de los problemas es cuando ese esfuerzo para mitigar los “impactos negativos” no está bien dirigido.
Antes de involucrarse directamente en la respuesta gubernamental a la epidemia, Kushner había aconsejado al presidente de que los medios y algunos en la administración estaban reaccionando de forma exagerada a la amenaza del virus.
Con consejos de esa naturaleza, marchamos al abismo.

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