jueves, 30 de enero de 2020

Trump, el juicio, el cortesano servil y el partido que ya no es


Toda la jugada de los republicanos para declarar inocente a Trump en el juicio político implica enormes riesgos para su partido. Existen grandes posibilidades de que lo logren, pero a un precio muy elevado.
Hasta el momento, la definición mejor del gobierno de Donald Trump la ofreció el abogado Alan Dershowitz en el Senado: el presidente puede hacer lo que le venga en gana, siempre que lo considere en “beneficio público”. 
El problema es que la afirmación de “beneficio público” es la justificación perfecta para una dictadura.
Fidel Castro siempre pudo justificar —aunque realmente no lo necesitó— que todo lo que hacía era en “beneficio público”. Extender la lista a otros dictadores y tiranos resulta innecesario,
Dershowitz no se distingue mucho de Polonio, salvo en un mayor servilismo. En lugar de pedirle a Laertes ser fiel a sí mismo le solicita al Congreso —y por ende al pueblo estadounidense— no solo que reconozcan sino que sancionen de forma afirmativa y servil que la única responsabilidad de Trump es ser fiel a sí mismo.
Lo más mezquino y repulsivo de este juicio, para los republicanos, es la exigencia a traicionar sus supuestos valores tradiciones en favor de la supervivencia política de Trump. 
En última instancia, la repulsa no se dirige contra los demócratas o contra los socialistas, sino contra ellos mismos: contra Mitt Romney, Susan Collins, Lisa Murkowski o quizá Lamar Alexander; contra John Bolton.
Al final, el juicio político —que espero termine pronto— solo servirá para hacer aún más clara una realidad evidente: el Partido Republicano ya no existe, solo queda el partido de Trump.

martes, 28 de enero de 2020

El mito de Martí y la Cuba que no fue


José Martí logró agrupar en una sola persona al pensador y al hombre de acción. En ambos casos con méritos extraordinarios, aunque no únicos. Su grandeza es a la vez su tragedia. Para él y para Cuba.
Para Cuba, Martí es tanto el paradigma como la excepción: el líder político que lanza la lucha independentista bajo una plataforma de participación popular, con plena integración de negros y mulatos; el patriota que logra organizar la insurrección en el exilio y que crea las bases de un cabildeo eficaz en Washington; el escritor que abandona la labor literaria por la lucha armada, para en esos momentos realizar el Diario de Campaña, que es su mejor libro; el guía que concibe la lucha con astucia y sagacidad, y luego se lanza al combate y muere con inocencia torpe; el intelectual que hace estallar el molde de la espera y la elucubración teórica, y emprende una febril labor conspirativa; el héroe que tras su muerte nos entregan a diario. en forma de molde estrecho, y que en realidad es una figura escurridiza como pocas. 
El luchador como mito; la nación arquetípica que no se realiza.
De su ideario nos quedan los pensamientos, en los que lo luminoso de la palabra deslumbra y dificulta el análisis; también los  lugares comunes que nos parecen singulares por lo ejemplar de la escritura.
La nación ideal martiana no es más que la mistificación de varios de sus pensamientos —muchos valiosos, otros simplemente bonitos—, que constituyen una obra abierta y víctima de tergiversaciones.
Tanto durante la república, como en el exilio y por parte del régimen de La Habana, se encuentra en el mito martiano un elemento fundacional que no debe ser cuestionado: Martí se constituye (lo ha sido por muchos años) en la base sobre la cual se levanta el ideal político —republicano o revolucionario según el caso— y el canon literario imprescindible.
En lo que respecta al canon literario, Martí es un pilar pero no el centro del universo cultural cubano. 
Desde el punto de vista literario, establece un canon por el valor indiscutible de su escritura, pero no cuenta con una obra que nos permita considerarlo como punto de referencia indiscutible.
Su narrativa es limitada y menor, su teatro pobre y su poesía enfrenta la competencia de Heredia y Casal. 
Es en los ensayos, críticas, crónicas, artículos, discursos y conferencias, así como en su extraordinario Diario de Campaña, donde alcanza su definición mayor.
No se trata de rebajar a Martí, sino de separar una valoración de su obra del peso ideológico.
Porque la ideología martiana tampoco puede ser tomada como una guía a seguir libre de altibajos.
Si bien el pensamiento martiano y su práctica revolucionaria está marcados por los ideales democráticos, el desinterés y el rechazo al caudillismo, hay en su exaltación al heroísmo, y en su concepción simplista del indígena y el “hombre natural”, una tendencia exaltada que incluso puede resultar peligrosa, cuando de ella se apropian —como ha ocurrido innumerables veces— demagogos y populistas.
El mesianismo martiano y su romanticismo político también pueden resultar funestos. Su sobrevaloración del campo frente a la ciudad y el culto a la pobreza son conceptos arcaicos.
Es lógico que el gobierno cubano no sólo defiende el culto al héroe y al sacrificio que domina en la obra martiana, sino que desde el principio lo incorpore a su agenda política. Cabe agregar en este sentido, que el régimen de La Habana no distorsiona sino desvirtúa el pensamiento martiano.
Más allá de su valor como literato, pensador, escritor, diplomático, periodista, político, orador, organizador y polemista, la trayectoria que fija, precisa y puntualiza a Martí es su lucha —nunca mejor empleada la palabra— en favor de la independencia de su patria.
En todos los demás aspectos caben valoraciones y opiniones —críticas y señalamientos—, pero que nadie dude del Martí patriota. Al discrepar en este punto no se emite un juicio, se lanza una herejía. Y sin embargo, encasillar a Martí en su labor independentista impide verlo en su dimensión más amplia. Ese encasillamiento perentorio resulta al final una limitación.

viernes, 3 de enero de 2020

¿Y si, después de todo, vamos a la guerra?


Después de meses —¡años!— en que uno pensó que Donald Trump era más retórica que acción, bravuconería que resultados, el ataque que produjo la muerte de Qassem Soleimani abre una nueva dimensión de incertidumbre y temor.
Todas las declaraciones, la palabrería gastada empleada por Trump y sus adláteres —entre los que se encuentran los senadores floridanos, no oficiales pero siempre oficiosos— cuenta poco. Nos enfrentamos a un peligro real de guerra, que, cosa extraña. pensábamos que no entraba en los cálculos del mandatario.
Pero la realidad se impone. Quien ocupa la Casa Blanca parece dispuesto —o mentalmente subordinado— a poner las decisiones en manos de los militares. Difícil imaginar pero situación. Pongamos por caso que un joven e inexperto presidente como Kennedy hubiera dejado a los militares decir los pasos a seguir durante la Crisis de Octubre.
Lo cierto es que desde el ataque en Bagdad la imagen de un joven Trump con uniforme de cadete —como soldadito de plomo a la venta en Le Bon Marché— se hace cada vez más presente: ¿y si al final resulta que todo no es más que un irresuelto complejo entre la cobardía real y la supuesta gloria? 

jueves, 2 de enero de 2020

La realidad cubana y la ilusión perdida


La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión perdida.
El 1º de enero de 1959. El día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y de los demonios ajenos.
La revolución como un dios arbitrario. Un proceso que alentó las esperanzas y los temores de los pobres y la clase media baja; que les dio seguridad para combatir su impotencia y les permitió vengarse de su insignificancia. Que nutrió el sadismo latente en los desposeídos y les brindó la posibilidad de ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, pero que al mismo tiempo intensificó su masoquismo, al establecer como principio la aniquilación del individuo en el Estado, y vio en ello satisfacción y gozo.
Un sistema que desde sus comienzos hasta hoy —y mañana si llegara a existir—  alienta el oportunismo, porque no posee principios. Una patria que solo ofrece a sus hijos la satisfacción emocional que se deriva del embrutecimiento, la envidia, el odio y el delito compartido. Una ideología que alimenta el patriotismo como un sentimiento de superioridad, pero que en cambio practica la entrega total del país al mejor postor.
Un intento despiadado de manipulación masiva, de no darle tiempo a nadie de percatarse que su vida ha sido empobrecida cultural y económicamente.
Un país cuya mayoría de la población actual ―que aún no había nacido dicho 1º de enero― siempre ha vivido bajo el poder de un padre putativo, dominante y despótico, pero también sobreprotector y por momentos generoso en el pasado: el Estado cubano, que por décadas se ejemplificó y concretó en una figura, un hombre, un gobernante. Padre al que se trató no sólo de complacer en ocasiones, sino de obedecer siempre; al menos de aparentar esa obediencia.
Una población dominada por un régimen continuista, pero ahora nada dispuesto a seguir prometiendo esa sobreprotección de un Estado supuestamente capaz de satisfacer las principales necesidades del ciudadano ―aunque esto fuera siempre más una declaración que un hecho― y que lo ha abandonado materialmente, mientras yace atrapado entre la incertidumbre, la desesperanza y el tedio.
Tras la épica engrandecida hasta el cansancio de la lucha insurreccional y los primeros años de confrontación abierta, se abrió paso una obligación repetida, generación tras generación, de servir de puente a un futuro que se definía luminoso. En lo cotidiano fue un destino vulgar, que se caracterizó por el aburrimiento: el trabajo productivo y la guardia nocturna con el fusil sin balas. 
Desde el punto de vista psicológico, se descartó primero el derecho a la adolescencia —el afán de la rebelión— y luego se transformó el principio de la realidad que rige la adultez por una simulación infantil.
Ese detener el tiempo transformó a los cubanos en eternos niños. Ahora esos niños ya ancianos están viendo que todo el esfuerzo de una revolución rápida y violenta se está transformando en una contrarrevolución pausada y sin algarabía en lo económico, aunque con igual represión. El capitalismo vuelve a Cuba, en su forma más primitiva y despiadada, sin ninguno de los resguardos que en otros países se han conquistado a lo largo de los años; una mezcla cansada de mercantilismo, capitalismo salvaje y clientelismo. 
La lucha por sobrevivir convertida en realidad única. Por un motivo u otro, se acumularon las frustraciones en rebelarse. Hasta donde llegaron las concesiones hechas al sistema es historia personal. Unos fueron heroicos en su fracaso, otros simplemente cobardes o pusilánimes. Se puede argumentar que no fue una culpa personal o ciudadana, pero ha definido el panorama nacional.
Una tras otra, se han ido amontonando las generaciones inacabadas, incompletas en su capacidad de formar un destino.
Los cubanos se han transformado en maestros de la espera. Nos enseñaron a dominar el arte de la paciencia: un futuro mejor, un cambio gradual de las condiciones de vida, un viaje providencial al extranjero. Nos enseñaron también a no arriesgarnos, a no creer en el azar, a resignarnos a la pasividad. Seguimos esperando.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...